LA COYUNTURA VENEZOLANA, vista por un académico de EEUU.


Comparto un interesante análisis de Gabriel Hetland que más allá de ciertos pasajes polémicos de su texto subraya con claridad la enorme responsabilidad de EEUU y la oposición en la gestación de la crisis actual y en la violencia de las "guarimbas" de 2014 y 2017, y el riesgo que conlleva el "temerario aventurerismo" de Guaidó y EEUU que "aumenta el riesgo de catástrofe y guerra civil"


El riesgo de una intervención estadounidense catastrófica en Venezuela es real.

(Jue 24 Ene 2019 12.28 EST Última modificación en jue 24 ene 2019 16,25 EST).

La guerra traería sufrimientos indecibles al país y una probabilidad cada vez menor del cambio que Venezuela necesita.

AL declararse a sí mismo como presidente de Venezuela el miércoles, Juan Guaidó ha llevado a Venezuela al borde de la catástrofe. Las acciones hasta ahora desconocidas del líder de la oposición, que parecen estar estrechamente coordinadas con los Estados Unidos, si no están dirigidas por ellos, han puesto en marcha una peligrosa cadena de eventos.
Estados Unidos reconoció a Guaidó como presidente minutos después de su declaración. Varias naciones latinoamericanas, la mayoría con gobiernos conservadores respaldados por Estados Unidos, también lo han hecho. La creciente lista incluye a Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Costa Rica y Paraguay. Canadá y la Organización de los Estados Americanos también han reconocido a Guaidó. Según informes, la Unión Europea ha considerado un paso así, pero por el momento ha emitido un llamamiento para nuevas elecciones.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha respondido a estas acciones rompiendo relaciones con los Estados Unidos y ordenando a los diplomáticos estadounidenses que abandonen el país dentro de las 72 horas. Guaidó, a su vez, le dijo a Estados Unidos y otros diplomáticos que se quedaran, un mensaje también presentado por el senador republicano de Estados Unidos Marco Rubio, un opositor principal de Maduro. La administración de Trump está ignorando la orden de Maduro, que un funcionario de alto rango calificó de sin sentido". Otro funcionario de alto rango de Trump declaró : "Todas las opciones están sobre la mesa", reiterando un mensaje que el propio Trump ha presentado desde 2017.
Lo que pasa a continuación es lo que cualquiera puede adivinar. Pero una invasión estadounidense se siente como una posibilidad real.

Este curso de acción debe ser firmemente rechazado. Esto no es porque Maduro merece el apoyo o la simpatía de nadie. Es debido al sufrimiento y el daño indecibles que la intervención militar de los Estados Unidos traería a Venezuela y a la región, y la probabilidad cada vez más pequeña de que tal acción pueda traer el cambio que Venezuela necesita.

Venezuela realmente necesita cambio. La crisis económica que asola el país desde 2013 no muestra signos de disminuir y ha empeorado en los últimos 18 meses. La grave escasez de alimentos, medicinas y bienes básicos, junto con el castigo de la hiperinflación, ha llevado a unos tres millones de venezolanos a abandonar el país en los últimos años. El gobierno ha reaccionado gobernando de manera cada vez más autoritaria.

El caso contra Maduro es fácil de hacer. Sin embargo, debe reconocerse que la crisis de Venezuela no es únicamente por la acción de Maduro. El gobierno de los Estados Unidos y la oposición también comparten la responsabilidad. Los Estados Unidos han reconocido que sus sanciones podrían perjudicar a los venezolanos, y lo siguiente aparece en un informe del Servicio de Investigación del Congreso de noviembre de 2018:

Si bien las sanciones económicas más fuertes podrían influir en el comportamiento del gobierno venezolano, también podrían tener efectos negativos y consecuencias no deseadas. A los analistas les preocupa que las sanciones más fuertes puedan exacerbar la difícil situación humanitaria de Venezuela, que se ha caracterizado por la escasez de alimentos y medicamentos, el aumento de la pobreza y la migración masiva. Muchos grupos de la sociedad civil venezolana se oponen a sanciones que podrían empeorar las condiciones humanitarias.

No hay duda de que las sanciones han empeorado las condiciones humanitarias. La razón principal es que las sanciones más severas impuestas a mediados de 2017 restringieron severamente la capacidad de Venezuela de incurrir en deuda, y al hacerlo diezmaron la producción petrolera venezolana. Esto ha reducido los recursos públicos disponibles para una población cada vez más desesperada. Lejos de ser un efecto secundario accidental, esta parece ser uno de las intenciones de la política estadounidense: hacer que los venezolanos se desesperen tanto que se vuelvan contra Maduro. La inhumanidad de tal política es clara.
La oposición tiene una parte de responsabilidad por la crisis por dos razones. Uno es el daño directo e indirecto causado por los violentos episodios de protesta, como los ocurridos en 2014 y 2017, con el ruidoso aliento de los Estados Unidos. Además de la propiedad dañada y las vidas perdidas, muchas a manos de las fuerzas de la oposición (y el gobierno también es responsable de muchas muertes), la violencia de la oposición alimentó un clima de temor y polarización, lo que inhibió las perspectivas de reforma económica y el diálogo entre gobierno y oposición.

La oposición también merece críticas por su incapacidad para establecer vínculos más efectivos con las clases trabajadoras de Venezuela. Si bien históricamente apoyan fuertemente al chavismo, las clases trabajadoras, compuestas en gran parte por trabajadores formales e informales, los desempleados o los trabajadores domésticos pobres, han sufrido tremendamente en la crisis actual. Este sufrimiento ha llevado a repetidos casos de protesta popular dirigida contra la administración de Maduro. La oposición no ha podido conectarse efectivamente con estas protestas por varias razones, entre las que destaca su incapacidad para articular un programa positivo que aborde de manera efectiva las preocupaciones cotidianas del sector popular (por ejemplo, la disminución de la habitabilidad). Las clases trabajadoras también desconfían de la historia de violencia de la oposición y de sus estrechos vínculos con los Estados Unidos.

Para superar los graves desafíos a los que se enfrenta, Venezuela necesita una oposición amplia y pacífica que combine las demandas políticas legítimas (por ejemplo: elecciones libres y justas y un diálogo significativo entre el gobierno y la oposición) y demandas sociales y económicas apremiantes como el acceso a alimentos, medicamentos y servicios básicos. El temerario aventurerismo de Guaidó y Estados Unidos ha hecho que este escenario sea mucho menos probable, al tiempo que aumenta dramáticamente el riesgo de catástrofe y guerra civil. Tal aventurerismo debe ser rechazado
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(Gabriel Hetland es profesor asistente de Estudios y Sociología de América Latina, el Caribe y los Latinos en la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Albany, NY.)
(La traducción es la del Guardian, con pequeñas correcciones de estilo que para nada modifican el contenido de esta nota)

"GUAIDÓ: FANTOCHE DEL SIGLO XXI" Y UNA ADVERTENCIA SOBRE LA OPCIÓN MILITAR DE EEUU EN VENEZUELA.

Hago mías las palabras de este gran amigo y notable luchador antiimperialista chileno Manuel Cabieses sobre la payasada montada por el imperio en Venezuela.

Tomo nota de lo que dice Manuel al final: "Ojalá que el gobierno de Venezuela mantenga la calma y no convierta esta comedia en un drama" y agregaría, empero, que tal cosa podría ocurrir SI ESTADOS UNIDOS CONVIERTE A VENEZUELA EN UN OBJETIVO MILITAR. Yo NO DESCARTARÍA que, dado lo que dijera Trump ("todas las opciones están sobre la mesa") y ante el fracaso de esta fantochada acompañada por los lambiscones de los gobiernos neocoloniales de Latinoamérica la Casa Blanca ordenara un "BOMBARDEO QUIRÚRGICO" sobre instalaciones militares en Venezuela o lugares donde según sus servicios de inteligencia se almacenan armas y pertrechos militares. Ante la imposibilidad de sobornar y dividir a las FFAA los gringos pueden avanzar en su destrucción, para dejar a Venezuela indefensa. Habrá que estar muy alertas ante ese eventual peligro y todas las precauciones son pocas.
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"GUAIDÓ: FANTOCHE DEL SIGLO XXI" 

Por MANUEL CABIESES DONOSO
Juan Guaidó, militante de Voluntad Popular, célula terrorista de extrema derecha en Venezuela, pasará a la historia como el primer fantoche del siglo XXI en América Latina.
Los gobernantes fantoches fueron criaturas que utilizó el Imperio Romano, y que imitaron los fascistas de Mussolini, los nazis de Hitler y los norteamericanos en América Latina, Iraq y Libia en los siglos XIX y XX.
La diferencia de los fantoches anteriores con el actual de Venezuela, es que aquellos -mal que mal- tenían un gobierno -medio cojo pero gobierno al fin- que se ufanaban de representar.
Un gobierno, aunque sea provisorio y elemental, tiene que disponer de un aparato administrativo, tribunales -corruptos pero tribunales al fin y al cabo-, policía y –lo más importante- fuerzas armadas dislocadas en el territorio nacional que obedecen –o fingen hacerlo- al gobernante fantoche.
Resumiendo: lo mínimo que exigen las reglas del artilugio imperial para someter a un pueblo es que el gobernante fantoche controle toda o buena parte del país.
En el caso de Venezuela, el Diocleciano yanqui invirtió las reglas del juego. En vez de crear primero las condiciones institucionales mínimas que permitieran designar al fantoche, comenzó construyendo la cúpula de la pirámide. El resultado es un desastre de la teoría y de la práctica política. En vez de un gobernante fantoche tenemos en Venezuela un mamarracho al cual ni el policía de la esquina hace caso. Guaidó es un gobernante sin gobierno. No controla aspecto alguno de la vida venezolana. El aparato administrativo, los servicios públicos, las comunicaciones, el presupuesto nacional, la policía, las fuerzas armadas, el espacio territorial, marítimo y aéreo, todo en suma, está bajo las órdenes del presidente constitucional de la república, Nicolás Maduro.
Esto hace aún más risible –o tristemente ridículo- el rol del “presidente” Guaidó. A pesar del reconocimiento instantáneo del imperio y sus gobiernos satélites, él no manda a nadie en Venezuela. Ni siquiera es el presidente fantoche de un verdadero gobierno fantoche. Lo ocurrido en Venezuela es un montaje del monstruo comunicacional que maneja EE.UU.
Peor aún es el papelón que está haciendo más una decena de países latinoamericanos, entre ellos Chile. Otorgaron su reconocimiento diplomático y político al fantoche de Caracas a los pocos minutos de hacerlo la Casa Blanca. Esos gobiernos –algunos de los cuales presumen de serios- confirman la confidencia que hizo el ex presidente peruano P.P. Kuczynski luego de entrevistarse con Trump. Para Washington, dijo el peruano depuesto por corrupto, América Latina y el Caribe es “un perro simpático que está durmiendo en la alfombrita”.
Duele ver que entre esos perritos se encuentre el gobierno de Chile que en el pasado tuvo una política internacional honorable y apegada a los deberes de la hermandad latinoamericana y al respeto al principio de no intervención. Al gobierno del presidente Piñera -y de su amanuense en Relaciones Exteriores, el tránsfuga Ampuero- le faltó la altura de miras del presidente conservador Jorge Alessandri Rodríguez que en 1962 hizo lo posible por impedir la expulsión de Cuba de la OEA. Chile fue uno de los pocos gobiernos que se abstuvo de secundar la maniobra de EE.UU.
¿En qué va a terminar esta astracanada que está viviendo América Latina?
Ojalá que el gobierno de Venezuela mantenga la calma y no convierta esta comedia en un drama. Hay que dejar que las payasadas las hagan los Trump, los Pompeos, los Bolsonaro, los Guaidó y los perritos amaestrados del Grupo de Lima.
Nosotros, seamos serios, por favor.
MANUEL CABIESES DONOSO
24 de enero, 2019
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(Por Atilio A. Boron) En una batalla sin cuartel para ocupar el lugar del lamebotas mayor del imperio un grupo de gobiernos latinoamericanos ha resuelto desconocer la legitimidad del proceso electoral que consagró la re-elección de Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela y fijar sanciones contra sus ministros y altos funcionarios. Los autoproclamados integrantes del Grupo de Lima, cuyo nombre más apropiado debido a la fuerte presencia del narco en casi todos esos gobiernos sería el “Cartel de Lima”, compiten para lograr la anhelada presea otorgada por la Casa Blanca. Un supuesto que une a estos obsecuentes es que cuanto más servil sea un gobierno ante Washington tanto mayor será la recompensa (económica, financiera, diplomática, etcétera) que recibirá a cambio. Craso error: como todo imperio, el norteamericano respeta el dictum clásico según el cual “Roma no paga a traidores”.  De éstos está repleta la historia latinoamericana pese a lo cual  nuestros pueblos siguen sumidos en la pobreza, la desigualdad y la ignorancia. Los traidores que se pusieron al servicio del emperador no lograron otra cosa que enriquecerse. Sus pueblos, nada.



Algunos de los escribas del Cartel dicen que las elecciones en Venezuela fueron fraudulentas. Desoyen a sabiendas la sentencia de James Carter cuando aseguró que: “de las 92 elecciones que hemos monitoreado, yo diría que el proceso electoral en Venezuela es el mejor del mundo", superior, por supuesto, al de EEUU.[1] Mienten cuando hablan de la escasa representatividad del nuevo gobierno debido a la elevada abstención registrada en esa elección: 54 %, en medio de una infernal guerra económica, sabotaje a los transportes y todo tipo de inconvenientes para concurrir a votar. Sin embargo, la abstención del 53.4 % que hubo en Chile meses antes y que consagró la re-elección de Sebastián Piñera no generó inquietud alguna ni en la Casa Blanca ni entre sus sumisos lacayos. Se pliegan con entusiasmo a tan infame campaña el actual gobierno brasileño, remate final del “golpe blando” que destituyó a Dilma Rousseff  y surgido de un fraudulento proceso en donde el candidato que encabezaba las encuestas fue encarcelado e impedido de postularse en las elecciones. La estafa mereció las felicitaciones de eminentes demócratas como Donald Trump y Benjamin Netanyahu. También participa del Cartel el corrupto e inepto gobierno de Mauricio Macri, cuyo incumplimiento de todas y cada una de sus promesas de campaña ya figura en los libros de ciencia política como uno de los fraudes post-electorales más escandalosos de la historia. O el presidente Juan O. Hernández, de Honduras, surgido de un comicio tan corrupto y viciado que fue objetado por la mismísima OEA y que el Departamento de Estado demoró casi un mes en reconocer. Pese a ello Hernández no se arredra y se erige como un campeón de la democracia latinoamericana. Como Iván Duque, peón de brega de Álvaro Uribe, asesino serial de líderes políticos y sociales en Colombia, lúgubre coleccionista de fosas comunes y siniestro creador de los “falsos positivos” que exterminaron a miles de jóvenes campesinos inocentes en todo el país para demostrar la supuesta eficacia de su criminal política de “seguridad democrática.” 

En suma, estos malos gobernantes han montado un espectáculo que sería cómico si no fuera por la tragedia que ocasionan día a día a nuestra gente. Con sus errores y sufriendo toda clase de arteros ataques, desde dentro y fuera del país, la Revolución Bolivariana acabó con el analfabetismo, entregó a su pueblo más de dos millones y medio de viviendas y se emancipó del yugo colonial al que están  deshonrosamente sometidos sus críticos, que nada hicieron por sus pueblos salvo mentirles y oprimirlos. Impertérrita, la patria de Bolívar y Chávez sigue su curso. “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” dicen que dijo el Quijote. Más allá del debate actual sobre si lo dijo o no, flota en la obra del gran Miguel de Cervantes Saavedra  la idea de que “cambiar el mundo, amigo Sancho … no es locura ni utopía, sino justicia.”  Dejemos que los paniaguados del imperio ladren y que  la Revolución Bolivariana continúe avanzando con más bríos que nunca, corrigiendo errores y profundizando los aciertos.





[1] https://actualidad.rt.com/actualidad/view/54145-jimmy-carter-sistema-electoral-venezolano-mejor-mundo

2.1.2019


(Por Atilio A. Boron) Se ha vuelto un lugar común caracterizar al nuevo gobierno de Jair Bolsonaro como “fascista”.  Esto, a mi juicio, constituye un grave error. El fascismo no se deriva de las características de un líder político por más que en los tests de personalidad –o en las actitudes de su vida cotidiana, como en el caso de Bolsonaro- se compruebe un aplastante predominio de actitudes reaccionarias, fanáticas, sexistas, xenofóbicas y racistas. Esto era lo que medían los sociólogos y psicólogos sociales estadounidenses a la salida de la Segunda Guerra Mundial con la famosa “Escala F”, donde la efe se refería al fascismo. Se pensaba en esos momentos,  y algunos todavía alimentan esa creencia, que el fascismo era la cristalización en el plano del Estado y la vida política de personalidades desquiciadas, portadoras de graves psicopatologías, que por razones circunstanciales se habían encaramado al poder. La intencionalidad política de esta operación era obvia: para el pensamiento convencional y para las ciencias sociales de la época la catástrofe del fascismo y el nazismo debían  ser atribuidas al papel de algunos individuos: la paranoia de Hitler o los delirios de grandeza de Mussolini. El sistema, es decir, el capitalismo y sus contradicciones, era inocente y no tenía responsabilidad alguna ante el holocausto de la Segunda Guerra Mundial.



Descartada esa visión hay quienes insisten que la presencia de movimientos o inclusive partidos políticos de clara inspiración fascista inevitablemente teñirán de modo indeleble al gobierno de Bolsonaro. Otro error: tampoco son ellas las que definen la naturaleza profunda de una forma estatal como el fascismo. En el primer peronismo de los años cuarenta así como en el varguismo brasileño pululaban en los círculos cercanos al poder varias organizaciones y personajes fascistas o fascistoides. Pero ni el peronismo ni el varguismo construyeron un Estado fascista. El peronismo clásico fue, usando la conceptualización gramsciana, un caso de “Cesarismo progresivo” al cual sólo observadores muy prejuiciados pudieron caracterizar como fascista debido a la presencia en él de grupos y personas tributarios de esa ideología. Esos eran fascistas pero el gobierno de Perón no lo fue. Viniendo a nuestra época: Donald Trump es un fascista, hablando de su personalidad,  pero el gobierno de EEUU no lo es.

Desde la perspectiva del materialismo histórico al fascismo no lo definen personalidades ni grupos. Es una forma excepcional del Estado capitalista, con características absolutamente únicas e irrepetibles. Irrumpió cuando su modo ideal de dominación, la democracia burguesa, se enfrentó a una gravísima crisis en el período transcurrido entre la Primera y la Segunda Guerra mundiales. Por eso decimos que es una “categoría histórica” y que ya no podrá reproducirse porque las condiciones que hicieron posible su surgimiento han desaparecido para siempre. 


 ¿Cuáles fueron las condiciones tan especiales que demarcaron lo que podríamos llamar “la era del fascismo”, ausentes en el momento actual, En primer lugar el fascismo fue la fórmula política con la cual un bloque dominante hegemonizado por una burguesía nacional resolvió por la vía reaccionaria y despótica una crisis de hegemonía causada por la inédita movilización insurreccional de las clases subalternas y la profundización del disenso al interior del bloque dominante a la salida de la Primera Guerra Mundial. Para colmo, esas burguesías en Alemania e Italia bregaban por lograr un lugar en el reparto del mundo colonial y las enfrentaba con las potencias dominantes en el terreno internacional, principalmente el Reino Unido y Francia. El resultado: la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en la era de la transnacionalización  y la financiarización del capital y el predominio de mega-corporaciones que operan a escala planetaria la burguesía nacional yace en el cementerio de las viejas clases dominantes.  Su lugar lo ocupa ahora una burguesía imperial y multinacional, que ha subordinado fagocitado a sus congéneres nacionales (incluyendo las de los países del capitalismo desarrollado) y actúa en el tablero mundial con una unidad de mando que periódicamente se reúne en Davos para trazar estrategias globales de acumulación y dominación política. Y sin burguesía nacional no hay régimen fascista por ausencia de su principal protagonista.

Segundo, los regímenes fascistas fueron radicalmente estatistas. No sólo descreían de las políticas liberales sino que eran abiertamente antagónicos a ellas. Su política económica fue intervencionista, expandiendo el rango de las empresas públicas, protegiendo a las del sector privado nacional y estableciendo un férreo proteccionismo en el comercio exterior. Además, la reorganización de los aparatos estatales exigida para enfrentar las amenazas de la insurgencia popular y la discordia entre “los de arriba” proyectó a un lugar de prominencia en el Estado a la policía política, los servicios de inteligencia y las oficinas de propaganda. Imposible que Bolsonaro intente algo de ese tipo dadas la actual estructura y complejidad del Estado brasileño, máxime cuando su política económica reposará en las manos de un Chicago “boy” y ha proclamado a los cuatro vientos su intención de liberalizar la vida económica.

Tercero, los fascismos europeos fueron regímenes de organización y movilización de masas, especialmente de capas medias. A la vez que perseguían y destruían las organizaciones sindicales del proletariado encuadraban vastos movimientos de las amenazadas capas medias y, en el caso italiano, llevando estos esfuerzos al ámbito obrero y dando origen a un sindicalismo vertical y subordinado a los mandatos del gobierno. O sea, la vida social fue “corporativizada” y hecha obediente a las órdenes emanadas “desde arriba”. Bolsonaro, en cambio, acentuará la despolitización -infelizmente iniciada cuando el gobierno de Lula cayó en la trampa tecnocrática y creyó que el “ruido” de la política espantaría a los mercados-  y profundizará la disgregación y atomización de la sociedad brasileña, la privatización de la vida pública, la vuelta de mujeres y hombres a sus casas, sus templos y sus trabajos para cumplir sus roles tradicionales. Todo esto se sitúa  en las antípodas del fascismo.

Cuarto, los fascismos fueron Estados rabiosamente nacionalistas. Pugnaban por redefinir a su favor el “reparto del mundo” lo que los enfrentó comercial y militarmente con las potencias dominantes. El nacionalismo de Bolsonaro, en cambio, es retórica insustancial, pura verborrea sin consecuencias prácticas. Su “proyecto nacional” es convertir a Brasil en el lacayo favorito de Washington en América Latina y el Caribe, desplazando a Colombia del deshonroso lugar de la “Israel sudamericana”. Lejos de ser reafirmación del interés nacional brasileño el bolsonarismo es el nombre del intento, esperamos que infructuoso, de total sometimiento y recolonización del Brasil bajo la égida de Estados Unidos.

Pero, dicho todo esto: ¿significa que el régimen de Bolsonaro se abstendrá de aplicar las brutales políticas represivas que caracterizaron a los fascismos europeos. ¡De ninguna manera! Lo dijimos antes, en la época de las dictaduras genocidas “cívico-militares”: estos regímenes pueden ser –salvando el caso de la Shoa ejecutada por Hitler- aún más atroces que los fascismos europeos. Los treinta mil detenidos-desaparecidos en la Argentina y la generalización de formas execrables de tortura y ejecución de prisioneros ilustran la perversa malignidad que pueden adquirir esos regímenes; la fenomenal tasa de detención por cien mil habitantes que caracterizó a la dictadura uruguaya no tiene parangón a nivel mundial; Gramsci sobrevivió once años en las mazmorras del fascismo italiano y en la Argentina hubiera sido arrojado al mar como tantos otros días después de su detención. Por eso, la renuencia a calificar al gobierno de Bolsonaro como fascista no tiene la menor intención de edulcorar la imagen de un personaje surgido de las cloacas de la política brasileña; o de un gobierno que será fuente de enormes sufrimientos para el pueblo brasileño y para toda América Latina. Será un régimen parecido a las más sanguinarias dictaduras militares conocidas en el pasado, pero no será fascista. Perseguirá, encarcelará y asesinará sin merced a quienes resistan sus atropellos. Las libertades serán coartadas y la cultura sometida a una persecución sin precedentes para erradica “la ideología de género” y cualquier variante de pensamiento crítico. Toda persona u organización que se le oponga será blanco de su odio y su furia. Los Sin Tierra, los Sin Techo, los movimientos de mujeres, los LGTBI, los sindicatos obreros, los movimientos estudiantiles, las organizaciones de las favelas, todo será objeto de su frenesí represivo.

Pero Bolsonaro no las tiene todas consigo y tropezará con muchas resistencias, si bien inorgánicas y desorganizadas al principio. Pero sus contradicciones son muchas y muy graves: el empresariado    –o la “burguesía autóctona”, que no nacional, como decía el Che- se opondrá a la apertura económica porque sería despedazado por la competencia china; los militares en actividad no quieren ni oír hablar de una incursión en tierras venezolanas para ofrecer su sangre a una invasión decidida por Donald Trump en función de los intereses nacionales de Estados Unidos; y las fuerzas populares,  aún en su dispersión actual no se dejarán avasallar tan fácilmente. Además, comienzan a aparecer graves denuncias de corrupción contra este falso “outsider” de la política que estuvo durante veintiocho años como diputado en el Congreso de Brasil, siendo testigo o partícipe de todas las componendas que se urdieron durante esos años. Por lo tanto, sería bueno que recordara lo ocurrido con otro Torquemada brasileño: Fernando Collor de Melo, que como Bolsonaro llegó en los noventas con el fervor de un cruzado de la restauración moral y terminó sus días como presidente con un fugaz paso por el Palacio del Planalto. Pronto podremos saber qué futuro le espera al nuevo gobierno, pero el pronóstico no es muy favorable y la inestabilidad y las turbulencias estarán a la orden del día en Brasil. Habrá que estar preparados, porque la dinámica política puede adquirir una velocidad relampagueante y el campo popular debe poder reaccionar a tiempo. Por eso el objetivo de esta reflexión no fue entretenerse en una distinción académica en torno a las diversas formas de dominio despótico en el capitalismo sino contribuir a una precisa caracterización del enemigo, sin lo cual jamás se lo podrá combatir exitosamente. Y es importantísimo derrotarlo antes de que haga demasiado daño.


 
Este personaje, no será otro Girólamo Savonarola, que llegó a purificar Florencia de sus pecados y terminó en la hoguera



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