2019

Comienza un año muy particular: se cumplen 60 años del triunfo de la Revolución Cubana. Para mí es una fecha muy especial y la conmemoración de esa gran victoria popular y la derrota del imperialismo norteamericano eclipsan cualquier otro tipo de consideración, sea personal, institucional o colectiva. Esa victoria convierte, en este caso, las salutaciones tradicionales de fin de año en una tontería. Con la Revolución Cubana Nuestra América salió de la prehistoria y comenzó a escribir su propia historia. La luz irradiada aquel 1° de Enero de 1959  llega potente y vibrante hasta nuestros días gracias al internacionalismo, la solidaridad y la porfiada y difícil construcción del socialismo aún bajo las peores condiciones posibles. 

Si la historia lo absolvió a Fidel, como premonitoriamente lo había anunciado,  la tenaz resistencia de la Revolución Cubana ante las agresiones del mayor imperio de la historia, del más poderoso ejército jamás conocido, convirtieron a esa isla heroica en un  luminoso ejemplo para todo el mundo. Pese a sesenta años de agresiones y de un criminal bloqueo integral en su contra, ejemplo único en la historia universal, Cuba sigue siendo una fuente de inspiración para todos los que luchan contra la injusticia , la confirmación de que no estamos irremisiblemente condenados a ser colonias de un imperio que ha perpetrado las mayores atrocidades de las que se tenga noticia. Hiroshima y Nagasaki son crímenes sin parangón pese a lo cual ningún presidente estadounidense tuvo la entereza moral de asumir y, por lo menos, enviar una nota al pueblo japonés diciendo aunque sea una sola palabra:  “perdón”.  ¡Nada! 


Contra esa monstruosa impunidad ha luchado Cuba, para honor de los pueblos de Nuestra América y para eterna deshonra de tantos malos gobiernos que optaron, y todavía optan, por arrastrarse ante el Goliat vencido que echar su suerte, como diría Martí, con el David valeroso e inteligente que de la mano de Fidel, del Che, de Raúl, de Camilo, de Haydé, de Vilma, de tantos y tantas revolucionarios y revolucionarias de Cuba, brindaron a la humanidad un ejemplo que, en este año que comienza brilla con renovada fuerza moral. Por eso esta breve recordación y este poco convencional mensaje de fin de año, y una invitación para ver este corto video de Fidel con sabias palabras dichas cuando, desintegrada la Unión Soviética, la isla rebelde quedó sola frente al imperio, y salió airosa de tan crucial desafío.
 Feliz Año Nuevo, ni un paso atrás en nuestras luchas  y … ¡Hasta la victoria siempre! 



https://www.youtube.com/watch?v=8GQYDhOKgXk

(Por Atilio A. Boron) ¿Qué más decir a todo lo que decenas de amigos han ya dicho sobre él? Se nos fue uno de aquellos "imprescindibles", como decía Brecht, de esos que luchan día y noche, sin parar, sin desanimarse, sin jamás bajar los brazos. Fue un historiador que, a diferencia de la mayoría de sus colegas, supo salir de su gabinete, y escribir la historia real de los oprimidos y los aniquilados. No se conformó con catalogar datos e informes sino que se metió en la piel viva de las víctimas, recorrió sus lugares, sus refugios, sus estancias y fábricas. Reivindicó sus luchas con inigualable rigor porque su total identificación con los ignotos hacedores de la historia le permitió ver lo que estaba más allá del horizonte de visibilidad de los historiadores académicos. Fue un hombre de los pueblos y un hombre de ciencia a la vez; diría, y estoy seguro que algunos me criticarán por esto, que fue el más eminente de nuestros historiadores contemporáneos. Bayer hizo para la Argentina lo que Howard Zinn hiciera para los Estados Unidos al escribir su monumental "Historia del pueblo de Estados Unidos", infelizmente traducida al castellano con un título que no le hace honor y desvirtúa al original: "La otra historia de los Estados Unidos". Los animaba la misma pasión por el comunismo anárquico, el mismo odio contra el sistema capitalista que impone su "orden" y su "falsa civilización" instaurando las formas más sádicas y despiadadas de la barbarie, que Osvaldo registró minuciosamente. Y por eso uno y otro fueron ninguneados aquí y allá; pero la honda huella que dejaron con sus historias contadas desde abajo y para los de abajo perdurará para siempre.

La inagotable pasión de Bayer y su permanente combate y denuncia a la injusticia; su fecunda intransigencia que no hizo concesión alguna a los opresores; su certero diagnóstico de los momentos históricos que, a diferencia de tantos, le salvó de extraviarse ante los camaleónicos cambios de piel de las clases dominantes; su valentía al develar los crímenes ocultos por la historia oficial y denunciar el genocidio de la Campaña del Desierto, en el siglo diecinueve, tanto como su posterior reiteración en el veinte, en la Patagonia trágica y en otros acontecimientos que marcaron las luchas populares a lo largo de ese siglo, todo este legado fue escrito como un inmenso proyecto de educación popular, de lucha contra-hegemónica, de concientización contestataria. La cátedra, el periodismo, el cine, los debates públicos: todo era válido para llevar adelante su misión como un “intelectual público” descorriendo el telón de mentiras de la mal llamada “historia patria” -un relato escandaloso de los vencedores que esconden sus crímenes bajo un manto de falacias y negaciones- y mostrar la historia real de los pueblos. Por eso Bayer se preocupó para que toda esa inmensa obra no quedase encerrada en los claustros académicos sino que llegara a la sociedad en su conjunto. Y al cabo de largos años de prédica lo consiguió. Cambió lo que parecía imposible de cambiar reivindicando el papel de nuestros pueblos originarios, de las peonadas rurales de la Patagonia, de los obreros en las grandes ciudades, y denunciando a las instituciones opresoras del Estado burgués y a quienes perpetraban los crímenes (los Julio A. Roca, Federico Rauch, Héctor B. Varela, Ramón L. Falcón y tantos otros).
Complemento necesario de esa labor fue la reivindicación histórica de quienes, ante la absoluta inacción y complicidad de la Justicia y el Estado por tanta masacre, se convirtieron en sus vengadores. (Simón Radowitzky, Kurt Gustav Wilckens, Severino di Giovanni).
Bayer cambió radicalmente nuestra visión del pasado e iluminó los rincones oscuros del presente. No sólo como historiador. También por su ininterrumpida militancia en las mejores causas populares que conoció la Argentina, rechazando todo sectarismo y entregándose sin reservas a toda lucha en contra el capital y sus representantes sin importar quién la convocara. Una pena inmensa su partida. Pero hay un destello de esperanza, en medio de tanta tristeza: Osvaldo dejó una legión de jóvenes que hace ya tiempo han comenzado a dar continuidad a su obra. Es el mejor homenaje que podemos brindar a sus luchas y su memoria.
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En recuerdo a su memoria dejo a continuación el enlace de un libro que a pedido del Instituto Espacio para la Memoria, creado a instancias de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires pero desgraciadamente disuelto por una decisión mayoritaria de ese órgano con el voto conjunto del PRO y el FpV en mayo del 2014. La razón: incluir al IEM en un proyecto que incluía el traspaso de los sitios de memoria del ámbito de la Ciudad de Buenos al gobierno nacional, con las consecuencias fáciles de comprender.
En su momento el IEM encargó a algunos investigadores realizar un estudio sobre el terrorismo de estado en la Argentina. Se crearon dos grupos de trabajo: uno destinado a relevar las raíces históricas del terrorismo de Estado en la Argentina. Integraban ese grupo Osvaldo Bayer, Julio Gambina y Atilio Boron .El otro, versaba sobre el discurso político del terrorismo de Estado, y estaba conformado por Elvira Barillaro y Francisca La Greca. El Instituto Espacio para la Memoria regresa sin el Estado
La obra puede leerse aquí:

https://docs.google.com/file/d/0Bx2YC3gJbq2TSUs1dUJRUlBrMGc/edit




25.12.2018
Comparto este breve prólogo que escribiera para este interesantísimo libro sobre la “antipolítica”, el posibilismo, el realismo en la política de izquierda y el papel (y los límites) del autonomismo en América Latina. O sea, un libro para despertar polémicas y combatir el sopor vacacional.



P r ó l o g o

         Es para mí motivo de honda satisfacción el haber sido invitado para escribir unas pocas líneas a modo de prólogo de un texto como éste, que aborda algunos de los principales desafíos que atribulan a la izquierda latinoamericana -y en cierta medida también la europea- en el momento actual.[1] En efecto, enfrentamos una feroz arremetida del imperio que procura desandar en Latinoamérica el camino iniciado, en su fase más reciente, con el triunfo de Hugo Chávez Frías en las elecciones presidenciales venezolanas de 1998. El objetivo de máxima, sin embargo, va más lejos: arrasar también con todo el acumulado histórico, con el aprendizaje de los pueblos y las enseñanzas de las luchas populares desatadas en todo el continente a partir del triunfo de la Revolución Cubana acaecido casi cuarenta años antes. El ataque del imperialismo, orquestado conjuntamente con los secuaces locales que medran por toda la región, obtuvo algunos éxitos pero también sufrió algunas derrotas. Entre los primeros, una evidente ralentización de la dinámica transformadora que supieron tener las experiencias progresistas sobre todo en Venezuela, Bolivia y Ecuador, potenciada sin duda por al boom en los precios de las commodities latinoamericanas. En el caso del Ecuador la desaceleración se convirtió de súbito en retroceso cuando el sucesor de Rafael Correa, Lenín Moreno, consumó una infame traición vendiendo la Revolución Ciudadana y sus conquistas al mejor postor y sin ningún tipo de escrúpulos. En Venezuela, el ataque del imperio en sórdida complicidad con sucesivos gobiernos colombianos ha traspasado también todo límite moral. Violentas insurrecciones, asesinatos a mansalva, destrucción de propiedades públicas y privadas, incendio de personas por el sólo delito de “portación de cara” chavista son algunos de los jalones de esta brutal contraofensiva que se combinan con una implacable guerra económica destinada a instigar, como consecuencia de las privaciones que ocasionan, el desencanto y la furia de las masas populares contra el gobierno abriendo el camino para que la burguesía imperial norteamericana se apodere, de una vez y para siempre, del petróleo y las riquezas mineras de Venezuela. Sin embargo, pese a ello, el gobierno bolivariano se ha mantenido firme en el poder rechazando a pie firme todos esos embates. En Bolivia la campaña de desprestigio y demonización de Evo Morales no ha hecho sino aumentar con el paso del tiempo y nada autoriza a pensar que la situación podría revertirse en vísperas de las cruciales elecciones presidenciales del 2019. Mientras, Cuba resiste una renovada agresión norteamericana lanzada por Donald Trump que puso fin a la relativa normalización de relaciones inaugurada por Barack Obama en 2015.

Los gobiernos que constituían la versión más moderada de este ciclo progresista y de izquierda: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay no escaparon a las iras del imperio. Las heridas causadas por la derrota del ALCA en Mar del Plata en el 2005 aún no cicatrizan, y los gobiernos progresistas de Argentina y Brasil desempeñaron, según la Casa Blanca, un papel decisivo para la victoria estratégica concebida por Fidel y Chávez. Y eso el imperio no lo olvida ni mucho menos perdona, como lo prueban la destitución de Dilma Rousseff, la cárcel de Luis Inacio “Lula” da Silva y el acoso de Cristina Fernández. En Paraguay Fernando Lugo fue destituido en una escandalosa farsa legislativa y judicial –un juicio político “express”- que se consumó en menos de veinticuatro horas. En Brasil el proceso fue más largo, pero terminó con la ilegal, anticonstitucional e ilegítima remoción del gobierno de Dilma. En ambos casos, la embajada de Estados Unidos estaba bajo el mando de un mismo personaje: Liliana Ayalde, lo que no deja de ser  una curiosa coincidencia, máxime si se toma nota de que en la actualidad dicha funcionaria es nada menos que la jefa civil del Comando Sur. Los casos de Paraguay y Brasil muestran la eficacia del “lawfare” administrado tras bambalinas por “la embajada” (como lo prueban ad nauseam las filtraciones publicada por el Wikileaks) e inaugurado algunos años antes, en el 2009, en Honduras, y que tuviera como resultado el derrocamiento del presidente José Manuel “Mel” Zelaya. En la Argentina la inesperada victoria de Mauricio Macri allanó el camino para la recolonización norteamericana del país y la profundización de su dependencia. Todo, por supuesto, con la bendición de la Casa Blanca que ha apoyado sin retaceos el co-gobierno entre el FMI y Cambiemos, con las nefastas consecuencias de sobras conocidas. Sólo Uruguay permanece fiel al impulso inicial, si bien apelando a una cautelosa moderación en casi todas sus políticas.


         Pero, como decíamos más arriba, no todo fue retroceso y derrota. Los designios del imperialismo tropezaron con escollos inesperados: trataron durante sesenta años de derrocar a la Revolución Cubana y no pudieron. Creían que Venezuela volvería a ser una colonia yankee y el chavismo resiste y resiste. Confiaban en que se habían anexado México luego de 36 años ininterrumpidos de co-gobierno entre el FMI, el PRI y el PAN y en las recientes elecciones presidenciales triunfó quien no debía triunfar, el hombre al cual le habían arrojado infinidad de dardos envenenados
               –populista y “castro-chavista” lo vituperaba la pandilla de embaucadores profesionales dirigida por Mario Vargas Llosa desde el “house organ” de la derecha en España-  que se reproducían en infinidad de medios de comunicación latinoamericanos.  Sus monigotes en Brasil no tienen condiciones de competir con Lula, y en el Perú su lacayo Pedro Pablo Kuczynski tuvo que renunciar acusado de corrupción. Y en Colombia la izquierda entró por primera vez en su historia a la segunda vuelta de la elección presidencial y obtuvo casi ocho millones y medio de votos, cuando apenas cuatro años atrás alcanzaba a duras penas el millón y medio. Derrotas, sí, pero también algunos triunfos resonantes.

         En este delicado contexto regional no podría ser más urgente  plantearse el tema que Romano y Díaz Parra encaran en su escrito: ¿Qué hacer? se preguntan, retomando la clásica interrogante de V. I. Lenin. Al igual que éste lo hiciera en su libro, la indagación de nuestros autores transita por dos vías: una, por la cuestión ideológica; otra, por la crucial problemática de la organización. En línea con lo que tantas veces observara el revolucionario ruso la única arma de que disponen las masas plebeyas es su organización. Pero vivimos en una época en donde la ideología dominante predica, para los dominados (no así para los opresores) las virtudes de la antipolítica, lo novedoso, la no-organización y del impulso espontáneo de los sujetos políticos, modo subrepticio de rendir culto a un componente central del neoliberalismo: el individualismo, el “sálvese quien pueda” y al margen de cualquier estrategia de acción colectiva. En un pasaje de su libro nuestros autores observan con justeza que “el partido político acaba asimilado a una coalición electoral y el sindicato a una asociación profesional … (al paso que) el vacío dejado por las organizaciones revolucionarias va siendo cubierto en unas ocasiones por las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y en otras por las iglesias evangelistas, mientras que incluso las protestas y las manifestaciones adquieren un carácter cada vez más apolítico … con su hartazgo de la política”, todo lo cual remata en la imposibilidad de cualquier transformación sea en la política como en la economía. La política aparece como insanablemente corrupta y perversa, y el capitalismo como un baluarte inexpugnable e invencible. El sueño de Francis Fukuyama, o sea nuestra pesadilla, hechos realidad. Ante ello, lo único sensato que puede hacer la ciudadanía es volverle la espalda a la vida pública, privatizarse, ensimismarse en la satisfacción de sus necesidades y tramitar su vida cotidiana a través del mercado. Olvidarse de partidos, sindicatos y movimiento obrero es la voz de orden. La ideología es un anacronismo, y el ideal comunista es reemplazado por el ideal consumista. La degradación del ciudadano lo convierte en consumidor, las más de las veces de bienes que jamás estarán a su alcance. Escapar de este callejón sin salida exige romper con la cultura dominante y visualizar los contornos de una alternativa post o anticapitalista -que, las grandes usinas ideológicas del neoliberalismo bien se cuidan de ocultar, o descartar como mortíferas “utopías”- y concebir las formas organizativas apropiadas para el logro de ese objetivo.

         La izquierda latinoamericana lleva décadas empeñada en una laboriosa reconstrucción para salir de este atolladero. Hasta ahora los esfuerzos, aseguran Romano y Díaz Parra, no han dado buenos frutos y la razón es clara y distinta: la perniciosa influencia del posmodernismo como cultura dominante del tardocapitalismo que se expresa a través de dos variantes: el autonomismo y el posibilismo, o falso realismo de izquierda.[2] Los autores aseguran con razón que ambos terminaron siendo colonizados por el sesgo antipolítico y el fatalismo capitalista de la ideología dominante. El autonomismo, porque su ciega fe en la eficacia del espontaneísmo y de un “basismo” que desprecia la organización (no sólo el modelo de partido leninista de1902 sino de cualquier forma de organización) ante un enemigo de clase que planifica y se organiza de manera extraordinaria esteriliza todos sus esfuerzos y lo condena a una parroquial irrelevancia, una fuga hacia una catarsis privada de toda potencialidad transformadora. Otro tanto ocurre con el posibilismo o falso realismo de izquierda porque al postergar sine die la lucha contra el capitalismo y el imperialismo queda atrapado en las redes del sistema, asfixiado por sus múltiples dispositivos y sin ninguna potencialidad estructuralmente transformadora.

          ¿Dónde encontrar la salida? Con muy buen tino nuestros autores se abstienen de dar una receta. Ninguna revolución y ningún gran movimiento social se constituyó a partir de un libreto previamente escrito. Si algo distingue a los procesos revolucionarios es su irreductible originalidad. Obvio que siempre habrá algunos elementos comunes en todas aquellas fuerzas que se proponen abolir al capitalismo y combatir al imperialismo. Pero lo que las distingue siempre es su originalidad: la Revolución Rusa lo fue, como también lo fue la Revolución China, la Vietnamita, la Cubana, la Bolivariana y todas las demás. La revolución no puede ser calco y copia, decía con razón Mariátegui, anticipando lo que sobrevendría hacia el final del siglo veinte.
El General Suharto, luego dictador de Indonesia, en los días del golpe contra Sukarno y el lanzamiento del Plan Jakarta

         Las formas organizativas que impulsarán la revolución anticapitalista que necesita la humanidad para, según insistiera Fidel, salvarse del seguro apocalipsis al que la condena el capitalismo serán producto de la praxis histórica de los pueblos, de su rebeldía, de sus tradiciones de lucha, del valor y la clarividencia de sus líderes. Pero algunos componentes tendrán que estar presentes, pues de lo contrario jamás se podrá llegar a tomar el cielo por asalto. Eso no se logrará sin una aceitada y democrática organización del campo popular; sin una adecuada estrategia general de lucha y de largo aliento; sin tácticas correctas y eficaces para acumular fuerzas en cada coyuntura; sin apelar a todas las formas de lucha, como hace la burguesía; sin una preparación ideológica de las masas, librando esa batalla de ideas que, una vez más, requería Fidel tras los pasos de Martí y Gramsci; sin abandonar definitivamente los cantos de sirena que aseguran que se puede cambiar el mundo sin tomar el poder; sin dejar de pensar por un minuto que la conquista del poder del estado (¡y no sólo del gobierno!) es el problema principal de la revolución; sin tener en claro que en las degradadas periferias del capitalismo mundializado el antiimperialismo es el corazón de cualquier tentativa emancipadora; y sin olvidar que la derecha, que se opondrá con todas sus fuerzas al proceso revolucionario, estará permanentemente al acecho y que en caso de que logre prevalecer no dudará un minuto en pasar por las armas a los revolucionarios. Para quienes piensen que estoy exagerando los invito a recordar lo que fue la dictadura cívico-militar argentina entre 1976 y 1983; o la Operación Cóndor en la América Latina de los setentas; o las continuas matanzas de luchadores sociales en países como México, Brasil o Colombia, entre los más virulentos; o lo que fueron las invasiones en Irak y Libia, o lo que está ocurriendo hoy mismo en Siria o, para quienes desconocen esa experiencia, lo ocurrido con el Plan Jakarta puesto en marcha por el gobierno de Estados Unidos en 1965  en Indonesia, con los militares que exterminaron, uno a uno, a por lo menos 500.000 miembros del Partido Comunista o acusados de serlo y partidarios además del gobierno nacionalista de izquierda de Sukarno.[3] Quienes realmente estén dispuestos a librar una lucha contra el capitalismo y el imperialismo deberían tener siempre presente contra qué clase de enemigo están luchando y lo que es capaz de hacer. Y reflexionar sobre los temas que con tanta lucidez y espíritu anticapitalista exponen Romano y Díaz Parra en su libro.

Buenos Aires, 31 de Agosto de 2018
          





[1] Al hablar de la “izquierda latinoamericana” los autores son conscientes de que se trata de un conglomerado muy heterogéneo y que ciertas interpretaciones que se hacen en este libro -y con las cuales estamos de acuerdo-  no necesariamente se aplican por igual a todos los casos. Son válidas para la mayoría pero, por suerte, aún sobreviven organizaciones políticas de izquierda que se resisten a arriar las banderas del anticapitalismo y el antiimperialismo. Además, habría que hilar fino para diferenciar entre gobiernos de izquierda y fuerzas políticas y movimientos sociales de izquierda. Pero el argumento que se desarrolla en estas páginas conserva toda su validez en su planteamiento más general.
[2] A estos podríamos agregar una tercera variante: el infantilismo izquierdista, expresado principal si bien no exclusivamente, por distintas ramas del trotskismo que deslumbradas ante la belleza de la inminente revolución pierden por completo de vista al actor principal del drama latinoamericano: el imperialismo, y se refugian en su gueto político a la espera de la hora final cuando irrumpirá la revolución “químicamente pura.” De ahí su generalizada repulsa a los gobiernos y fuerzas políticas que en los últimos años libraron batalla contra aquél, fulminados todos por igual con el mote de “reformistas”. 
[3] Como consta en los documentos de la Embajada de Estados Unidos en Jakarta y que fueron desclasificados en el 2017. Algunas otras fuentes elevan considerablemente el número de esa matanza hasta unos tres millones. Ver estos y otros datos oficiales del gobierno de Estados Unidos en https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/indonesia/2017-10-17/indonesia-mass-murder-1965-us-embassy-files

20 Diciembre 2018

Un día como hoy, pero de 1989, el recientemente fallecido criminal de Guerra George H. W. Bush ordenaba a sus tropas atacar la ciudad de Panamá, arrestar al presidente Manuel Noriega y llevarlo prisionero a EEUU.


"El sismógrafo de la Universidad de Panamá registró 417 impactos de bombas en las primeras 14 horas de la invasión. De ese total, 66 bombas cayeron en los primeros 4 minutos. El Comando Sur reconoció 314 militares panameños caídos en combate, frente a 23 norteamericanos. No reconoció muertos civiles. Pero el Comité Panameño de Derechos Humanos reconocía en 1990 tener una lista de 556 muertos, que incluía 93 desaparecidos.El ex Procurador General de Estados Unidos, Ramsey Clark, aseguró tiempo después que los muertos sumaban varios miles" (Fuente: Olmedo Beluche, https://kaosenlared.net/el-legado-de-george-bush-en-panama/)


Fueron 42 días de desigual combate, entre el ejército más poderoso del mundo y una fuerza militar infinitamente más débil y un pueblo desarmado, o armado solo con machetes.
En homenaje a esa heroica defensa de los panameños comparto la nota de quien en ese momento era una niña y ahora nos cuenta sus vivencias y lo ocurrido durante la invasión. 


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*Esto lo viví en la invasión de Estados Unidos a Panamá el 20 de diciembre de 1989.*
Primero quiero aclarar que todos los panameños que nacieron antes del 20 de diciembre de 1989 somos sobrevivientes a una guerra.
-El 20 de diciembre de 1989 los canales de televisión panameños no tenian señal, solo se veía el canal 8 en ingles de los gringos, y solo salía la cara del presidente de Estados Unidos George Buch diciendo "Just Cause" en español "causa justa".
Nosotros éramos una familia de 6 hermanos, yo era la mayor, la invasión fue un miercoles y mi papá había viajado a la provincia de Veraguas por motivos de trabajo, por lo que estabamos en la casa solo en compañía de mi mamá.
El puente de las Américas había sido tomado por el ejército del Comando Sur de Estados Unidos y era imposible el regreso de mi papá, nadie podía pasar y el país quedó terriblemente incomunicado cuando Estados Unidos tambien cortó las líneas telefónicas en todo el país.
Mi mamá puso todos los colchones de las camas en el medio de la sala de la casa y todos tubimos que dormir alertas escuchando los bombardeos que pasaban sobre la casa, pues, el cuartel de Tinajita estaba cerca, solo nos dividía una pequeña montaña.
Los gringos lanzaron una luz de bengala que iluminaba dies veces más que una bengala normal, y se mantenía casi 2 horas flotando en el aire.
Nuestro vecino nos reunió y nos dijo que se creía que el general Manuel Antonio Noriega estaba en el cuartel de Tinajita y por eso los gringos mantenian intensos ataques en esa área, todos los vecinos sentimos que lo estaba pasando en nuestro país no estaba bien, y conseguimos cientos de machetes que fueron distribuidos a todos los vecinos para defendernos en caso de un ataque de los gringos.
En la casa no había comida porque estaba lejos la quincena, estábamos esperando a mi papá y era incierta su llegada porque el Puente de las Américas estaba cerrado, así que frente al desespero de la familia mi mamá fue con unas vecinas a buscar comida donde pudiera, pero todos los locales estaban cerrados.
Mi mamá y unas vecinas que tenian tambien varios hijos decidieron aprovechar un saqueo que había en una galera o distribuidora del barrio del Crisol, y lograron conseguir unas barras de queso solamente.
Mis hermanos y yo solo comimos queso desde el 20 de diciembre hasta el día 1 de enero de 1990 cuando el chino que tenía un super en la comunidad decidió abrir voluntariamente su local para evitar que la puerta de la entrada fuera bandalizada.
El chino abrió su local a las 8:00 de la mañana del 1 de enero frente a una multitud de vecinos desesperados que no tenian comida. No se que habra sido de ese chino ahora con los años, pero gracias a su buen corazón más de 100 familias pudimos alimentarnos, la verdad es que comer sardina con arroz fue una bendición, mis hermanitos llevaron unas latitas de leche ideal.
La radio Nacional había sido bombardeada por los gringos cuando su locutor denunciaba la invasión y decía que todos los panameños estabamos obligados a defender la patria y tomar las armas contra el ejército invasor, solo escuchamos en el pequeño radio cuando le enviaron un mortero, o quien sabe que artefacto explosivo, estos periodistas murieron con las botas puestas y lo escuchamos en un radio pequeño que consiguió mi hermanito, y a partir de ese momento fue interrumpida la señal.
Mis hermanitos pusieron un alambre en el techo de la casa y lograron la señal de Radio Caracol de Colombia que hablaba sobre la invasión a Panamá, decia que estabamos siendo bombardeados y que los gringos estaban tratando de capturar al general Noriega.
En las noches escuchabamos el sonido de las metralladoras en Tinajita de soldados panameños contra el ataque de unos helicopteros Apaches y aviones de Estados Unidos que disparaban contra el cuartel.
Los vecinos haciamos reunión en la noche el 20 de diciembre y estabamos todos dispuestos a tomar las armas contra los invasores, pero solo teniamos machetes, así que literalmente podemos decir que este grupo de panameños en el barrio del Crisol de Panamá tomamos los machetes contra el ejército más poderoso del mundo.
Hoy ya soy una madre de familia con hijos, y recuerdo ese momento con mucho dolor, se que hay aun miles de madres que perdieron a sus hijos, hermanos, tios, padres en esta invasión, por lo que les brindo mi solidaridad y apoyo.
Pienso que desde el 20 de diciembre de 1989 hasta hoy hemos tenido que soportar gobiernos corruptos, que se han vendido a los intereses de Estados Unidos y al banco Mundial que privatizó nuestras principales instituciones de servicio social como telefónica, eléctrica, puerto de contenedores, líneas aereas, azucareras, cemento y muchas más; además de que la pobreza y el desempleo han aumentado.
Somos sobrevivientes de una guerra.
Esto vivió una compañera de las comunidades
*Somos:* *Coordinadora Victoriano Lorenzo "CVL".*
*Panamá.*
19-12-2018.



(Por Atilio A. Boron) El pasado 7 de Diciembre Noam Chomsky cumplió 90 años. En el fárrago de noticias de esos días el onomástico de uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo ese acontecimiento pasó desapercibido. La prensa hegemónica estaba ocupada entonando sus himnos fúnebres por la muerte de un criminal serial, el ex presidente George H. W. Bush, la absoluta futilidad de la sesión del G-20 en Buenos Aires o el arresto en Canadá de la heredera del gigantesco emporio telefónico Huawei.  Los ideólogos del establishment no hicieron otra cosa que imitar a la prensa autoproclamada libre e independiente –que no es ni lo uno ni lo otro- en el sistemático ninguneo de la figura del lingüista, filósofo y politólogo estadounidense. La cobardía intelectual del mandarinato burgués e imperialista –tanto en Estados Unidos y Europa como en América Latina- es revulsiva. Dado que no podrían durar ni cinco minutos debatiendo con Chomsky  -y con tantos otros, ninguneados también como él- lo que hacen es ignorarlo y ocultarlo a la vista del gran público. Montados en sus enormes aparatos de propaganda, que no de información, desde allí peroran y mienten impunemente, o barren bajo la alfombra las opiniones fundadas, irrefutables y valientes de ese enorme francotirador intelectual que es el ex profesor del MIT.

Chomsky dictando su conferencia en el Aula Magna de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, 1993. Fue su primera visita a la Argentina, en pleno menemismo, y las dificultades para conseguir un auditorio con suficiente aforo fueron enormes. Imposible hacerlo en Medicina y Derecho. 

Por eso las “fake news” son sólo un nuevo nombre para designar una vieja costumbre del pseudo-periodismo que procura disimular su condición de órgano de propaganda proclamando su carácter “profesional” e “imparcial”. Sus voceros son pigmeos intelectuales que hacen de la prepotencia verdad; o de la asimetría entre los que pueden hablar y los que no también verdad. Son los que aupados sobre sus enormes oligopolios mediáticos proclaman sus sofismas e inoculan sus venenos para enturbiar la mente del gran público, para confundirlo, para sumirlo en la ignorancia porque cuanto más confuso e ignorante sea más fácil será someterlo. Alabados como grandes personalidades del mundo de la cultura y la comunicación por las mentiras dominantes les cabe a ellos y ellas el sayo de la cáustica réplica que Gyorg Lúkacs espetara, desafiante,  ante sus inquisidores: “un conejo parado en la cima del Himalaya sigue siendo un conejo”. Conejos que deben impedir que el mundo sepa que Chomsky vive, piensa y escribe; y que sobreviven y medran en su oficio porque suprimen toda disidencia bien fundada. Cuando forzados por las circunstancias montan un simulacro de debate seleccionan cuidadosamente sus rivales. No hay lugar para Chomsky. Eligen en cambio a sus críticos más rústicos, elementales, impresentables y salen airosos de esa falaz contienda. Por eso el lingüista norteamericanos, pese a ser el “Bartolomé de Las Casas del imperio americano” como acertadamente lo describiera Roberto Fernández Retamar, es un gran desconocido para el público de Estados Unidos. Sus opiniones son dañinas y  no deben circular masivamente. Y su nonagésimo cumpleaños no fue celebrado como la supervivencia de un fabuloso tesoro de conocimientos acumulados, de audaces teorizaciones, de valientes denuncias sino como la insoportable longevidad de un excéntrico al que no se le debe prestar ninguna atención. Para el pensamiento dominante (y ya sabemos de quién es ese pensamiento)  sus opiniones sólo revelan su odio y sus patológicos prejuicios sobre la sociedad norteamericana. No son opiniones propias de gentes “razonables”, esas que comprenden que cuando Estados Unidos mata a millones de personas en todo el mundo –en Siria, en Irak, en Palestina, en Afganistán, en Yemen, en Libia- o cuando provoca desastres humanitarios en Honduras y Haití, o cuando bloquea y agrede a países como Irán, Cuba y Venezuela, sometiéndolos a indecibles sufrimientos, son heroicos y desinteresados sacrificios que la Casa Blanca hace en defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Chomsky no comparte ese discurso autocomplaciente . Por eso, a sus noventa años, no hay nada que celebrar, nada que festejar, nada que dar a conocer.

Chomsky en la Asamblea de CLACSO en La Habana, Octubre 2003.

 Termino recomendando la lectura de una de sus notas más punzantes de los últimos años (publicada en La Jornada el 3 de Noviembre del 2015) y que lleva por título “EEUU, el Estado terrorista número uno” comienza así: “Oficial: EEUU es el mayor Estado terrorista del mundo y se enorgullece de serlo. Esa debería ser la cabeza de la nota principal del New York Times del 15 de octubre pasado, cuyo título, más cortés, dice así: Estudio de la CIA sobre ayuda encubierta provoca escepticismo sobre el apoyo a rebeldes sirios.” Con retraso desde la Argentina y toda Latinoamérica le mandamos esta salutación por su nonagésimo cumpleaños deseándole que “cumplas muchos más”, como dice la canción mexicana y que nos siga inspirando con su excepcional inteligencia, sus sólidas denuncias y su fecunda prédica antiimperialista.

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Para enmendar  mi olvido comparto con mis lectoras y lectores el texto arriba mencionado que lleva un título más que apropiado, mismo que inspiró a varios de nosotros a lanzar una campaña para declarar el  9 de Agosto como el Día Internacional de los Crímenes Estadounidenses contra la Humanidad. 





Chomsky, foto actual

“EEUU, el Estado terrorista número uno”

03-11-2014

Oficial: EU es el mayor Estado terrorista del mundo y se enorgullece de serlo. Esa debería ser la cabeza de la nota principal del New York Times del 15 de octubre pasado, cuyo título, más cortés, dice así: Estudio de la CIA sobre ayuda encubierta provoca escepticismo sobre el apoyo a rebeldes sirios.
La nota informa sobre una revisión hecha por la CIA a las operaciones encubiertas recientes para determinar su efectividad. La Casa Blanca concluyó que, por desgracia, los éxitos son tan escasos que es necesario reconsiderar esa política.
Se incluye una declaración del presidente Barack Obama de que pidió a la CIA llevar a cabo esa revisión para encontrar casos en los que financiar y proveer de armas a una insurgencia en algún país haya funcionado bien. Y no pudieron hallar mucho. Por eso Obama tiene cierta renuencia a continuar con esos esfuerzos.
El primer párrafo cita tres ejemplos importantes de ayuda encubierta: Angola, Nicaragua y Cuba. En realidad, cada uno fue una importante operación terrorista lanzada por Estados Unidos.
Angola fue invadida por Sudáfrica, que, según Washington, se defendía de uno de los más notorios grupos terroristas del mundo: el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela. Eso fue en 1988.
Para entonces el gobierno de Ronald Reagan estaba prácticamente solo en su apoyo al régimen del apartheid, incluso violando las sanciones que su propio Congreso había impuesto al incremento del comercio con su aliado sudafricano.
Washington se unió a Sudáfrica en dar apoyo crucial al ejército terrorista Unita de Jonas Savimbi en Angola. Continuó haciéndolo incluso después de que Savimbi sufrió una rotunda derrota en una elección libre y cuidadosamente vigilada, y de que Sudáfrica le había retirado el respaldo.
Savimbi era un monstruo cuya ambición de poder había llevado abrumadora miseria a su pueblo, en palabras de Marrack Goulding, embajador británico en Angola.
Las consecuencias fueron horrendas. Una investigación de la ONU en 1989 estimó que las depredaciones sudafricanas provocaron 1.5 millones de muertes en países vecinos, sin mencionar lo que ocurría en Sudáfrica misma. Fuerzas cubanas finalmente vencieron a los agresores sudafricanos y los obligaron a retirarse de Namibia, la cual habían ocupado ilegalmente. Sólo Estados Unidos siguió apoyando al monstruo Savimbi.
En Cuba, después de la fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961, el entonces presidente estadunidense John F. Kennedy lanzó una campaña asesina y destructiva para llevar los terrores de la Tierra a Cuba, según palabras del historiador Arthur Schlesinger, aliado cercano del mandatario, en su biografía semioficial de Robert Kennedy, a quien se asignó la responsabilidad de esa guerra terrorista.
Las atrocidades contra Cuba fueron graves. Los planes consideraban que el terrorismo culminara en un levantamiento en octubre de 1962, que daría pie a una invasión estadunidense. Hoy día la academia reconoce que esa fue una de las razones por las que el entonces primer ministro soviético Nikita Jrushchov emplazó misiles en Cuba, con lo que se produjo una crisis que se acercó peligrosamente a una guerra nuclear. El entonces secretario de la Defensa Robert McNamara concedió más tarde que si él hubiera sido un gobernante cubano, habría esperado una invasión estadunidense.
Los ataques terroristas contra Cuba continuaron durante más de 30 años. Desde luego, el costo para los cubanos fue severo. Los recuentos de víctimas, de los que apenas si se oye en Estados Unidos, fueron dados a conocer en detalle por primera vez en un estudio del experto canadiense Keith Bolender, Voices From the Other Side: an Oral History of Terrorism Against Cuba (Voces desde el otro lado: historia oral del terrorismo contra Cuba), en 2010.
El saldo de la prolongada guerra terrorista fue amplificado por un sofocante embargo, que continúa a la fecha en desafío al mundo. El 28 de octubre pasado, la Asamblea General de la ONU avaló, por vigésimo tercera vez, la necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba. La votación fue de 188 a dos (Estados Unidos e Israel) y tres abstenciones de subordinados isleños de Estados Unidos en el Pacífico.
Hoy día existe cierta oposición al embargo en altos estratos estadunidenses, informa ABC News, porque ya no es útil (citando el libro reciente de Hillary Clinton, Hard Choices). El experto francés Salim Lamrani pasa revista a los aciagos costos para los cubanos en su libro de 2013 La guerra económica contra Cuba.
Apenas si hace falta mencionar a Nicaragua. La guerra terrorista de Ronald Reagan fue condenada por el Tribunal Internacional de La Haya, que ordenó a Estados Unidos poner fin a su uso ilegal de la fuerza y pagar sustanciales reparaciones de daños.
Washington respondió intensificando la guerra y vetando una resolución del Consejo de Seguridad que llamaba a todos los estados –con dedicatoria a Estados Unidos– a observar el derecho internacional.
Otro ejemplo de terrorismo se conmemorará el 16 de noviembre, en el 25 aniversario del asesinato de seis sacerdotes jesuitas en San Salvador por una unidad terrorista del ejército salvadoreño, armada y entrenada por Estados Unidos. Bajo las órdenes del alto mando militar, los soldados irrumpieron en la universidad jesuita para dar muerte a los sacerdotes y a todo testigo, incluidas su ama de llaves y la hija de ésta.
Este suceso culminó las guerras terroristas de Estados Unidos en Centroamérica en la década de 1980, aunque sus efectos aún ocupan las primeras planas, en los informes acerca de los inmigrantes ilegales, que en buena medida huyen de las consecuencias de aquella carnicería y son deportados de Estados Unidos para sobrevivir, si pueden, en las ruinas de sus países de origen.
Washington también ha surgido como el campeón mundial en generar terror. El ex analista de la CIA Paul Pillar advierte sobre el impacto generador de resentimiento de los ataques de Estados Unidos en Siria, que podrían inducir aún más a las organizaciones yihadistas Jabhat al-Nusra y Estado Islámico a reparar su ruptura del año pasado y hacer campaña conjunta contra la intervención estadunidense, presentándola como una guerra contra el Islam.
Esa es ahora una consecuencia familiar de las operaciones estadunidenses, que han ayudado a propagar el yihadismo de un rincón de Afganistán a gran parte del planeta.
La manifestación más temible del yihadismo hoy día es el Estado Islámico, o Isil, que ha establecido su califato asesino en vastas zonas de Irak y Siria.
Creo que Estados Unidos es uno de los creadores claves de esta organización, asevera el ex analista de la CIA Graham Fuller, prominente comentarista sobre aquella región. Estados Unidos no planeó la formación del Isil, pero sus intervenciones destructivas en Medio Oriente y la guerra en Irak fueron las causas básicas del nacimiento del Isil, añade.
A esto podríamos agregar la mayor campaña terrorista del orbe: el proyecto global de asesinato de terroristas lanzado por Obama. El impacto generador de resentimiento de esos ataques con drones y con fuerzas especiales debe de ser bastante conocido para requerir mayor comentario.
Todo esto constituye un registro que hay que contemplar con cierto horror.

Noam Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge. Su libro más reciente es Masters of Mankind: Essays and Lectures, 1969-2013
Traducción: Jorge Anaya


14.12.2018
Comparto nota aparecida en Página/12 de hoy.

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(Por Atilio A. Boron) Alemania y Japón tienen el dudoso honor de ser dos países en los que jamás triunfó una revolución. No por casualidad fueron también los que, precisamente a causa de ello, dieron nacimiento a  regímenes tan oprobiosos como el nazismo y el militarismo fascista japonés. Por contraposición la historia francesa está signada por recurrentes revoluciones y levantamientos populares. Aparte de la Gran Revolución de 1789 hubo estallidos revolucionarios en 1830, otro mucho más vigoroso en 1848 y la gloriosa Comuna de París de 1871, el primer gobierno de la clase obrera en la historia universal. Luego de su sangriento aplastamiento pareció que la rebeldía del pueblo francés se había apagado para siempre. Pero no fue así. Reapareció en la heroica  resistencia a la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial y luego, con una fuerza arrolladora, en el Mayo francés de 1968.

¿Es esto lo único que hace de Francia un país tan peculiar? No. Más importante que este incesante fermento insurreccional que históricamente distingue a las capas populares francesas es que sus luchas resuenan como ninguna otra en la escena mundial. Ya lo había advertido Karl Marx en 1848 cuando, observando la revolución en Francia, dijera que “el canto del gallo galo despertará una vez más a Europa”. Y la despertó, aunque esos sueños fueron aplastados a sangre y fuego. Miremos la historia: la Revolución Francesa retumbó en Europa y América, con fuerza atronadora; la Comuna se convirtió en una fuente de inspiración para el movimiento obrero mundial, sus enseñanzas reverberando inclusive en algunos rincones apartados de Asia. El Mayo francés se reproduciría, con las lógicas características nacionales, por todo el mundo. En otras palabras: Francia tiene esa única capacidad de convertir lo suyo en un acontecimiento histórico-universal, como gustaba decir a Hegel. Y esa es, precisamente, la inimitable peculiaridad de lo francés.

La rebelión de los “chalecos amarillos” que comenzó hace pocas semanas cuando dos camioneros y la dueña de un pequeño comercio -desconocidas entre sí y habitando en distintos lugares del interior de Francia- lanzaron a través de las redes sociales una convocatoria a protestar en las rotondas de entrada de sus pequeñas ciudades por el aumento del precio del combustible. A los pocos días una de ellas tenía casi un millón de seguidores en su cuenta de Facebook. Luego vino la convocatoria del 17 de Noviembre en París y, a partir de allí, la protesta adquiriría una dimensión fenomenal que puso al gobierno de Macron entre la espada y la pared. Lo que no habían podido hacer en tres meses los sindicatos del ferrocarril lo lograron los “chalecos amarillos” en pocas semanas. Y la cosa sigue, y el “contagio” del virus rebelde que llega desde Francia ya se vislumbra más allá de sus fronteras. Se ha insinuado en Bélgica, Holanda y ahora en Polonia, con ocasión de la Cumbre del Clima en Katowice. En Egipto el régimen de Al Sisi prohibió la venta de chalecos amarillos en todo el país como una medida precautoria para evitar que el ejemplo francés cunda en su país.



La revuelta, de final abierto, no es sólo por el precio del combustible. Es una protesta difusa pero generalizada y de composición social muy heterogénea contra la Francia de los ricos y que en cuya abigarrada agenda de reivindicaciones se perciben los contornos de un programa no sólo pos sino claramente anti-neoliberal. Pero hay también otros contenidos que remiten a una cosmovisión más tradicional de una  Francia blanca, cristiana y nacionalista. Ese heteróclito conjunto de reivindicaciones, inorgánicamente expresadas, alberga demandas múltiples y contradictorias aspiraciones producto de una súbita e inesperada eclosión de activismo espontaneísta, carente de dirección política. Esto es un grave problema porque toda esa enorme energía social liberada en las calles de Francia podría tanto dar lugar a conquistas revolucionarias como naufragar en un remate reaccionario. Sin embargo, más allá de la incertidumbre sobre el curso futuro de la movilización popular y la inevitable complejidad ideológica presente en todos los grandes movimientos espontáneos de masas no caben dudas de que su sola existencia ha socavado la continuidad de la hegemonía neoliberal en Francia y la estabilidad del gobierno de Emmanuel Macron.

Y en un mundo de superpoblado de esperpentos como los Trumps y los Bolsonaros, los Macris y los Macrones todo esto es una buena noticia porque el “canto del gallo galo” bien podría despertar la rebeldía dormida –o premeditadamente anestesiada- de los pueblos dentro y fuera de Europa y convertirse en la chispa que incendie la reseca llanura en que las políticas neoliberales han convertido a nuestras sociedades, víctimas de un silencioso pero mortífero holocausto social de inéditas proporciones. No es la primera vez que los franceses desempeñan esa función de vanguardia en la escena universal y su ardorosa lucha podría convertirse, sobre todo en los suburbios del imperio, en el disparador de una oleada de levantamientos populares –como ocurriera principalmente con la Revolución Francesa y el Mayo de 1968- en contra de un sistema, el capitalismo, y una política, el neoliberalismo, cuyos nefastos resultados son harto conocidos. No sabemos si tal cosa habrá de ocurrir, si el temido “contagio” finalmente se producirá, pero los indicios del generalizado repudio a gobiernos que sólo enriquecen a los ricos y expolian a los pobres son inocultables en todo el mundo. No habrá que esperar mucho tiempo pues pronto la historia dictará su inapelable veredicto.

Más allá de sus efectos globales la brisa que viene de Francia es oportuna y estimulante en momentos en que tantos intelectuales y publicistas de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos se regodean hablando del “fin del ciclo progresista” en Nuestra América, que supuestamente sería seguido por el comienzo de otro de signo “neoliberal” o conservador que sólo lo pronostican quienes quieren convencer a los pueblos que no hay alternativas de recambio y que es esto, el capitalismo, o el caos, ocultando con malicia que el capitalismo es el caos en su máxima expresión. Por eso los acontecimientos en Francia ofrecen un baño de sobriedad a tanta mentira que pretende pasar por  riguroso análisis económico o sociopolítico y nos demuestran que muchas veces la historia puede tomar un giro inesperado, y que lo que aparecía como un orden económico y político inmutable e inexpugnable se puede venir abajo en menos de lo que canta un gallo … francés.


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