31.1.2018

Comparto una excelente nota de mi amigo Alejo Brignole, columnista del diario Cambio de Bolivia,  sobre el referendo ecuatoriano, cuyos términos y argumentos hago míos sin reservas.
Abrazos,
Atilio


___________________________________________

REFERENDUM EN ECUADOR: LA NUEVA BATALLA DE AYACUCHO

Por Alejo Brignole*

El próximo domingo 4 de febrero el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, convoca a un referéndum que intenta afianzar su estrategia de acoso y derribo contra la Revolución Ciudadana que llevara a cabo su antecesor, Rafael Correa. Una Revolución que fue democrática, profunda y plagada de desafíos, pero exitosa desde múltiples lecturas. Fue una trasformación total de las estructuras nacionales ecuatorianas, antiguamente fagocitadas –colonizadas– por oligarquías sirvientes a los poderes externos y a la hegemonía estadounidense.
Lenín Moreno, que fuera vicepresidente de Correa en su primera gestión y que ascendió a la presidencia como delfín de la Alianza PAÍS, sorpresivamente cambió de rumbo ideológico y conceptual sobre lo que Ecuador debe ser como nación. Se alió con los poderes tradicionales, devolvió los medios de comunicación a las élites corporativas y regresó a las arquitecturas económicas elitistas que Rafael Correa pudo reducir y doblegar durante una década de cambios constantes.
Sin dudas Rafael Correa –presidente desde el 2007 al 2017– logró dotar a Ecuador de herramientas genuinamente democráticas y devolver al pueblo llano los beneficios de una riqueza nacional históricamente negada. Una riqueza enajenada al capital extranjero y apropiada por las oligarquías nacionales, en tanto beneficiarias de segundo orden y cómplices de ese saqueo.
Como es de esperar, Washington y sus aliados naturales en el asimétrico reparto mundial de la riqueza, intentan aplicar todos los mecanismos disponibles para evitar el virus de la independencia económica y la soberanía política latinoamericana. No debemos olvidar que América Latina es un pilar fundamental para el sostenimiento del capitalismo internacional, altamente dependiente de nuestros recursos y riquezas fisiocráticas (las del suelo nacional). Cualquier intento soberano resulta, por tanto, un problema de primer orden para la concentración económica, cuyo centro de gravedad se halla siempre en los países sumergentes.
Escasos de riquezas propias, estos países centrales deben mantener a toda costa mecanismos extractivos en las periferias mundiales para no sucumbir. Esta es la batalla que Rafael Correa peleó y en donde obtuvo históricos triunfos. Y esas son las victorias que Lenín Moreno, ahora aliado como un Iscariote a los diseños de los enemigos de Ecuador (y de toda Latinoamérica) intenta revertir. Para hacerlo, el presidente Moreno comenzó a hablar de corrupción en la anterior gestión –de la cual formó parte–. Y lo hizo siguiendo una agenda impuesta y elaborada por las usinas de pensamiento estratégico estadounidense. Tal cual hizo Temer en Brasil, o Macri en Argentina (ambos corruptos hasta niveles insospechados), Lenín Moreno promovió la idea de que la Revolución Ciudadana y la gestión de Correa no fue una ingeniería política nacional y popular claramente antiimperialista, sino apenas un entramado corrupto pensado para robar. De esta manera, las usinas de pensamiento norteamericanas intentan instalar en el ideario colectivo latinoamericano que los gobiernos de izquierda y los proyectos bolivarianos son un cáncer que hay que erradicar. Es decir, intentan deslegitimar los paradigmas y los logros sociales alcanzados (baste consultar las estadísticas de los gobiernos de Lula en Brasil, de Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, de Hugo Chávez en Venezuela o los de Bolivia con el MAS-IPSP).
Lo que se intenta, en definitiva, es que los exitosísimos experimentos socializantes bolivarianos queden en el olvido. Que los electorados abracen la idea de que la corrupción, el clientelismo y el subdesarrollo son las consecuencias inevitables de las gestiones ubicadas a la izquierda del espectro político.
Este andamiaje ideológico es el que se intenta operar desde los medios masivos de comunicación. Casi todos invariablemente en manos de conglomerados corporativos intensamente
emparentados entre sí y con ramificaciones en los oligopolios financieros y económicos mundializados. Esto es, una comunicación de masas en manos de los poderosos.
Pero como Rafael Correa ha dejado una huella tangible y perdurable en el pueblo ecuatoriano, dotándolo de un bienestar como nunca conoció en su historia nacional, el problema no resulta de fácil resolución para Lenín Moreno. Deslegitimar a un gobernante amado que identificó y atendió las necesidades crónicas de sus gobernandos, no se logra con frases altisonantes o mentiras escritas por periodistas venales entregados a los diseños mediáticos de las corporaciones. Desprestigiar a Correa requiere de una arquitectura más compleja y riesgosa. Por eso el Gobierno de Moreno convocó a un referéndum para el próximo domingo 4, en un intento de marginar a Correa mediante preguntas capciosas y razonamientos falaces.
En la consulta popular, el nuevo Gobierno perjuro de Lenín Moreno expone preguntas tales como… ¿Está usted de acuerdo con que se enmiende la Constitución de la República de Ecuador para que se sancione a toda persona condenada por actos de corrupción con su inhabilitación para participar en la vida política del país, con la pérdida de sus bienes?
Evidentemente nadie quiere a un corrupto manejando los asuntos públicos. Sin embargo la intención de la pregunta es dotar al nuevo Gobierno –si triunfa el Sí del referéndum– de un mecanismo de exclusión vitalicia para Rafael Correa, para la cual ya trabajan varios jueces armándole causas penales inconsistentes, tal cual sucedió con Dilma Rousseff o Lula en Brasil. Todas tácticas diseñadas desde Washington y aplicadas por sus más fieles servidores: presidentes neoliberales, diputados y jueces nacionales frecuentadores de las embajadas estadounidenses en nuestros territorios.
Otra de las preguntas del referéndum versa sobre la continuidad presidencial, en un intento por derogar la reelección presidencial sancionada en la reforma constitucional ecuatoriana de 2008. La continuidad de los gobiernos refractarios a toda dominación es una auténtica piedra en el zapato del capitalismo extractivo. Su peor pesadilla. Que al frente de un país gobierne un defensor de los recursos y un limitador del poder corporativo resulta un problema estratégico vertebral. De allí los esfuerzos hegemónicos por derribar todo intento de consolidar una estabilidad soberana que asegure a nuestras naciones el resguardo de sus riquezas. Sacar para siempre a Correa de juego –Como a Lula, como a Dilma, como a Evo, o a Nicolás Maduro– es una aspiración irrenunciable del poder corporativo trasnacional liderado por Washington, pues de nuestro fracaso y de nuestro regreso al subdesarrollo programado, depende el bienestar de las sociedades sumergentes y del propio capitalismo.
El Domingo 4 de febrero en Ecuador se vivirá, otra vez, una batalla decisiva por la independencia latinoamericana. Una segunda Batalla de Ayacucho que abra las puertas al colonialismo de siempre, o que reafirme nuestra voluntad de ser potentes y soberanos frente a los que procuran nuestra dependencia. Hoy Correa revive al Mariscal Sucre y Lenín Moreno, traidor a su clase y a su país, encarna en su traición a lo peor de nuestra Historia.

*Escritor y columnista dominical de Cambio.


(Por Atilio A. Boron) El de hoy es un día de luto para la democracia en el mundo. Tres jueces arrojaron por la borda toda la evidencia que confirmaban la inocencia de Lula y lo condenaron a una pena de doce años y un mes por haber supuestamente incurrido en el delito de corrupción. Para colmo, estos funestos personajes que manchan de manera indeleble a la Justicia brasileña decidieron aumentar la pena que originalmente le había fijado el polémico juez Sergio Fernando Moro que era de 9 años y seis meses de prisión. Tal como ocurriera en el caso de Dilma Rousseff no existen pruebas irrefutables que Lula hubiera recibido el famoso triplex en Guarujá a cambio de favores concedidos a ciertas empresas examinadas en el marco del proceso legal conocido como Lava Jato. Pero la certeza incontrovertible de la existencia del delito, fundamento del debido proceso, no es ya necesaria en Brasil, como en Argentina, para condenar a un enemigo político. La diferencia es que en este país se lo encarcela bajo la dudosa figura de la “prisión preventiva”, extremos hasta los cuales hoy no se ha llegado en Brasil. Por eso no hay ninguna posibilidad de que Lula vaya a prisión a raíz de la sentencia de la Cámara. Un dato que habla de la bajeza y el talante moral del empresariado brasileño, que canta loas a la democracia y la república, lo ofrece el hecho de que tras conocerse la ilegal condena a Lula la Bolsa de Sao Paulo subió un 3.72 por ciento.



       De todos modos el asunto está lejos de haber sido clausurado. Quedan muchas instancias de apelación, ante la propia Cámara que decidió aumentarle la pena, ante el Superior Tribunal de Justicia (STJ) alegando que en el curso del proceso se transgredió alguna ley federal, o ante el Supremo Tribunal Federal (STF), si llegara a plantearse que le sentencia viola derechos garantizados por la Constitución. Habida cuenta de lo dilatados que suelen ser los plazos legales quien decidirá si Lula puede o no participar en las elecciones y, en caso de ganarlas, asumir la presidencia es el Tribunal Superior Electoral (TSE), donde el PT deberá inscribir la candidatura de Lula entre el 20 de julio y el 15 de Agosto próximos. Dado que el proceso legal continúa su curso y cuyo resultado final bien podría ser el sobreseimiento de Lula, parece poco probable –por lo temerario- que los magistrados del TSE veten la inscripción del líder petista y, si triunfa en las elecciones, le impidan que llegue al Palacio del Planalto. En pocas palabras, se perdió una batalla contra una in(justicia) corrupta y venal, pero el proceso electoral sigue su curso y la ventaja de Lula sobre sus impresentables competidores aumenta de a poco pero día a día. No se habla del asunto pero son muchos en Brasil que temen que la proscripción de Lula puede ser la chispa que incendie la reseca pradera social brasileña, devastada por las políticas de Temer e indignada por el sesgo antipopular de la justicia federal. No vaya a ser que el ensañamiento político en contra del ex presidente se convierta en el detonante de un estallido social de incalculables proyecciones. No hay que olvidar una clara enseñanza de la historia: quienes con más empecinamiento se opusieron a las reformas terminaron siendo, a pesar de ellos, los que catalizaron las revoluciones.




GRAMSCI

El 22 de enero de 1891 nacía en Ales, Cerdeña,  Antonio Francesco Sebastiano Gramsci, sin duda alguna uno de los grandes teóricos marxistas del siglo veinte. El espectro de las preocupaciones intelectuales de este joven sardo fue impresionante. Gramsci fue, como todas las grandes cabezas de la historia de las ideas, un hombre que cultivó con fruición y rigurosidad eso que Albert O. Hirschman llamó “el arte de traspasar fronteras” y que constituye un verdadero sacrilegio para el mundo académico contemporáneo con sus estériles divisiones en “disciplinas” separadas. Como Marx, como Lenin, como Mao y, en la vereda opuesta, como Weber o Schumpeter, Gramsci fue filósofo, politólogo, sociólogo, lingüista, historiador, crítico literario, periodista y político, fundador del Partido Comunista Italiano. Un personaje realmente extraordinario cuyos análisis de la estructura social y política del capitalismo de su tiempo así como del complejo aparato ideológico-cultural que sostenía su dominación política conservan una notable actualidad. No es exagerado, por lo tanto, concebir a Gramsci como nuestro contemporáneo, como un hombre que milita día a día con nosotros en nuestras luchas antiimperialistas y anticapitalistas. Su integridad personal y su incansable militancia lo llevó a soportar once años en las cárceles del fascismo italiano, ocasión en la que escribió sus célebres Cuadernos de la Cárcel, una cantera inagotable de sabiduría política que corona brillantemente sus escritos anteriores. Gramsci sobrellevó ejemplarmente las penurias de la cárcel, que le costaría la vida porque moriría a los pocos días de ser liberado de la prisión, el 27 de Abril de 1937. Hubiera bastado una simple carta dirigida al dictador Benito Mussolini solicitando un pedido de clemencia y declarando su intención de exiliarse en Francia para que el déspota hubiera dispuesto de inmediato su libertad. Es que Mussolini y Gramsci se conocían desde jóvenes y, por un corto tiempo, ambos militaron en la facción más radical del socialismo italiano que se oponía a la entrada de Italia a la Primera Guerra Mundial. De ahí su mutuo conocimiento. Pero Gramsci, dando un ejemplo que -hay que reconocerlo, fue emulado por muchos comunistas en las más distintas latitudes- no transigió y prefirió morir lentamente en la cárcel antes que traicionar a sus ideas y a sus camaradas. El tenebroso fiscal que tuvo a su cargo la farsa jurídica que condenó a Gramsci a la cárcel había pronunciado unas palabras memorables, consciente de la potencia intelectual y política de su víctima: "¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!". Fue por eso condenado a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión, y lo mataron de a poco en las mazmorras del fascismo. Pero ese cerebro jamás dejó de funcionar, y nos dejó una herencia maravillosa que primero fue rigurosamente ocultada porque se hallaba en las antípodas de la codificación estalinista del marxismo soviético y luego distorsionada, queriendo convertir a Gramsci en un inofensivo ícono socialdemócrata fundador del eurocomunismo. Al publicarse las obras completas de este enorme pensador quedó en evidencia el nexo inescindible entre Lenin y Gramsci como teórico de la revolución en Occidente y las razones de su fracaso, como un pensador intransigentemente anticapitalista y fervientemente comunista. Para recordarlo, me permito reproducir aquí un artículo que escribí hace unos años en una fugaz revista de jóvenes estudiantes de Derecho en Argentina y que hoy me parece oportuno reproducir.







El legado de Gramsci *

Por Atilio A. Boron

          “¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!”, exclamó entre la desesperación y la impotencia el fiscal del régimen fascista ante la corte que estaba juzgando al fundador del Partido Comunista Italiano. La corte, naturalmente, obedeció a su mandato y lo condenó a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión y una considerable suma de dinero en
concepto de multa. Allí pasaría los restantes once años de su vida sólo para ser liberado pocos días antes de su muerte, el 27 de Abril de 1937, cuando múltiples enfermedades agravadas por la falta de cuidado médico habían minado irreversiblemente su salud. Su larga agonía en las mazmorras del fascismo revela no sólo la bajeza moral del régimen sino también el talante ético de su víctima.[1] Es bien sabido que en múltiples ocasiones Mussolini le hizo saber a Gramsci, con quien había compartido en los años de la Primera Guerra Mundial algunas actividades en el marco del viejo Partido Socialista Italiano (principalmente en el diario Avanti!) su decisión de conmutar su pena y dejarlo marchar al exilio a condición de que el prisionero hiciera llegar su pedido de clemencia. Gramsci se negó terminantemente a semejante humillación, pagando con su vida la ejemplar coherencia de su conducta.

          La preocupación del fiscal del régimen era más que comprensible, no así su perversa conclusión. Preocupación comprensible, decimos, porque sin duda Gramsci fue una de las más importantes cabezas teóricas del marxismo en el siglo veinte, a la altura de las más encumbradas y comparable tan sólo con Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburg y, tal vez, aunque esto sería motivo de arduas polémicas, con algunas pocas más como Mao Zedong.[2] Pero hay una calificación muy importante: los tres arriba mencionados, para ni hablar de Mao, pertenecían a una zona marginal del capitalismo europeo: Rusia y Polonia. Gramsci, en cambio, pensaba al marxismo y la revolución desde uno de los países que, en cierto modo al menos, se localizaba en el núcleo esencial del sistema capitalista. Es cierto que tal como lo demostrara el propio Gramsci en realidad no había una Italia sino al menos dos: el Norte próspero e industrial, con una influencia que llegaba hasta Roma y luego el Mezzogiorno, el Sur arcaico y tradicional, esa “inmensa disgregación social”, en palabras del propio Gramsci, que le otorgaba a Italia una fisonomía muy especial en el concierto de los capitalismos de la época.  Si el Piemonte y la Lombardía, con sus cabeceras en Turín y Milán, eran un reflejo latino del mundo industrial que agitaba la vida cotidiana en buena parte del Norte de Europa, la estructura social que se configuraba de Roma hacia el Sur tenía muchísimo más que ver con la periferia capitalista latinoamericana que con lo que acontecía de Roma al Norte. Pese a ser un hombre del Sur a Gramsci, nacido en Cerdeña, le tocó pensar y actuar al marxismo allí donde Marx había dicho que debía producirse la revolución socialista: en aquellas naciones en donde el capitalismo hubiera alcanzado su mayor desarrollo. Gramsci es, por lo tanto, el gran teórico marxista de la revolución en Occidente y también de su fracaso.

Para honrar tan ambicioso programa nuestro autor tuvo que ser, al mismo tiempo, uno de los más lúcidos analistas de las estructuras económico-sociales y políticas de los capitalismos avanzados. Si Lenin, Trotsky y Rosa tenían siempre como telón de fondo las particularidades del desarrollo capitalista en Rusia –o en Polonia o en China en el caso de Mao- y, al mismo tiempo, de su atraso en relación a otros países europeos, Gramsci siempre tuvo como horizonte de sus aportaciones los desarrollos experimentados en los puntos más altos de la civilización del capital: referencias a la situación de Francia, Alemania e Inglaterra son constantes a lo largo de toda su obra así como su pionera reflexión sobre el fordismo y el capitalismo en los Estados Unidos, algo que difícilmente encontramos en muchos autores de la tradición marxista. Esta permanente mirada hacia los capitalismos más desarrollados era impulsada por algunas preguntas a las que habría de dedicarle casi toda su vida: ¿por qué fracasó la revolución en Occidente? y ¿cuál podrá ser el futuro del socialismo en esa parte del mundo?

          No sólo su locación geográfica en el corazón capitalista europeo diferencia a Gramsci de sus predecesores “orientales”. Como lo subraya Perry Anderson en su Consideraciones sobre el marxismo occidental, Gramsci es un teórico de otra generación y pertenece a otra época histórica. Lenin había nacido en 1870,  Rosa en 1871 y Trotsky en 1879. Gramsci, en cambio, es de 1891 y corresponde a una cohorte en la cual se incluyen Lukács (1885), Korsch (1886) y Walter Benjamín, nacido en 1892, fundadores, según el historiador británico, del “marxismo occidental.” Es decir, que cuando estalla la Revolución Rusa Gramsci era un joven de veintiséis años que, hastiado del marxismo reseco, acartonado, convertido en un inofensivo catecismo redactado por el pontífice máximo  de la Segunda Internacional (y de su partido guía, la socialdemocracia alemana), Karl Kautsky, escribe alborozado al confirmarse la noticia del triunfo de los soviets en Rusia un artículo cuyo título lo dice todo: “La revolución contra ‘El Capital’ ”. ¿A qué se refería Gramsci con este título? A la versión de ese libro popularizada por el partido socialdemócrata alemán y de la cual se “deducía” la imposibilidad absoluta de una revolución socialista en la periferia del capitalismo. Y en caso de que tal monstruosa aberración tuviese lugar lo más conveniente para el avance de la revolución mundial era abortar el proceso lo antes posible. Lo que ya era, el gobierno de los Soviets,  “no podía ser”, porque el libro, según su erudito intérprete, decía que debía ser otra cosa.



          El joven Gramsci se rebela contra tamaña insensatez. Había llegado a Torino en1911, a la edad de veinte años, para estudiar en la Facultad de Letras de la Universidad de esa ciudad.  Allí comienza a desplegar una intensa actividad política en el marco del Partido Socialista y, tiempo después, una vez producida la Revolución Rusa, en un grupo político denominado L’Ordine Nuevo (“El nuevo orden”) integrado, entre otros por Palmiro Togliatti, quien luego sería el Secretario General del PCI, y otros jóvenes radicalizados como Angelo Tasca y Umberto Terraccini. En 1921 Gramsci se encontraría entre los fundadores del PCI. De inmediato asumiría un trabajo en el Secretariado de la Internacional Comunista que, entre 1921 y 1924 lo llevaría a vivir en Moscú y Viena. En 1924 regresa a Italia y es elegido Secretario General del PCI y, al año siguiente diputado al Parlamento Italiano que ya funcionaba bajo las severas restricciones impuestas por el régimen fascista desde sus primeros años. A fines de 1926 es encarcelado bajo la absurda acusación de “haber querido instaurar por la violencia la república de los Soviets” en Italia, sometido a un proceso judicial viciado de nulidad absoluta y condenado, como decíamos al principio, a una reclusión que terminaría con su vida.[3]

          Si bien la producción de Gramsci con anterioridad a su
encarcelamiento es importante, de lejos el corpus principal de su obra es el que intermitentemente logra escribir, bajo las peores condiciones que puedan imaginarse, durante sus años en las cárceles fascistas. Pero no todo el tiempo, porque como lo expresa en su denso epistolario, sus privaciones, enfermedades y depresiones lo obligaban a largos períodos de pasividad en donde no hallaba fuerzas ni siquiera para leer. Pero sus célebres Cuadernos constituyen un aporte teórico de fundamental importancia. Escritos y reescritos varias veces en unos cuadernos escolares, con una letra pequeña, casi diminuta, los Cuadernos contienen sus reflexiones sobre una amplia diversidad de temas y arrojan luz sobre algunos de los problemas más importantes del capitalismo contemporáneo.  A la muerte de Gramsci estos manuscritos iniciaron una increíble peripecia que tendría como etapas más significativas la España desgarrada por la Guerra Civil y la Unión Soviética enfrascada en la guerra a muerte contra el nazismo. Finalizada la guerra estos preciosos escritos emprenderían lentamente el retorno a Italia donde, al cabo de unos diez años comenzaron a ser publicados por Einaudi, una editorial comercial de Turín. Esto fue así porque el Partido Comunista Italiano, temeroso de irritar a los custodios del dogma que sentaban sus reales en Moscú con la difusión de las ideas de un pensador tan “heterodoxo” como Gramsci, se abstuvo de publicarlo en Editori Riuniti, la principal editorial del partido. Es decir, solo  unos quince años después de la muerte de Gramsci esos manuscritos comenzaron a ver la luz pública bajo la forma de libros compilados por un colectivo de notables intelectuales bajo la dirección de Palmiro Togliatti, a la sazón Secretario General del partido italiano, con títulos precisos e índices temáticos muy específicos.[4] Pero lo cierto es que Gramsci jamás escribió esos libros sino una enorme serie de notas, o “notitas” como a él le gustaba llamarlas (noterelle) en donde volcaba sus reflexiones sobre hechos de los que lograba informarse, los recuerdos de su época de estudiante, o de las poquísimas informaciones sobre la situación de las sociedades capitalistas a las que podía tener acceso desde la cárcel. Notas que muy a menudo contenían advertencias como “afirmación no suficientemente controlada o probada” o “primera aproximación al tema”, para dejar en claro que se estaba en presencia de un pensamiento en construcción bajo las peores condiciones imaginables.



          El infortunio editorial de tan excelsa producción teórica ha sido notable. Es casi un milagro que no hubiera terminado convertido en cenizas en la hoguera de sus carceleros fascistas o en la de los custodios de la pureza del dogma. El periplo recorrido por esos 33 cuadernos, apretujados en una destartalada valija y recorriendo el dantesco escenario que se extendía desde los Urales a los Pirineos provoca asombro todavía hoy. Gramsci sufrió una doble censura: la de sus carceleros fascistas y la de los burócratas del estalinismo que, al igual que hicieran con Mariátegui entre nosotros, jamás le perdonaron al italiano su fidelidad a las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin y su rechazo a las imposturas intelectuales y políticas del marxismo oficial. Los primeros le impedían a
Gramsci acceder a la producción teórica del pensamiento socialista o marxista, o enterarse de las novedades y las noticias de su tiempo a las que se asomaba por la dudosa vía del rumor o, sobre todo, leyendo algunas revistas como Civiltá Católica, que informaba de algunos de los hechos de este mundo con evidente parcialidad. Sin embargo, era el alimento que necesitaba una mente lúcida como pocas, audaz como casi nadie, para bajo tan adversas condiciones producir la contribución teórica más importante al marxismo en el período posterior a la Primera Guerra Mundial y, muy especialmente, desde la muerte de Lenin en 1924. Los segundos, a su vez, se prodigaron en impedir la difusión de su pensamiento una vez que su genio creador se apagara. Los principales temas abordados en esos Cuadernos pertenecen al corazón mismo de la teoría marxista de la política y la cultura. Debemos a Gramsci una elaboración sobre el “estado “ampliado” del capitalismo contemporáneo, un estado de clase (algo que escamotean las lecturas socialdemócratas de Gramsci) que sintetiza en su seno los tradicionales mecanismos de la dominación y la coerción con los renovados dispositivos de la dominación ideológica que Louis Althusser incluyó bajo el nombre de “aparatos ideológicos del estado”. Nuestro autor desarrolla asimismo una concepción materialista de la hegemonía que contrasta vívidamente con algunas teorizaciones contemporáneas, como las de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, para quienes la hegemonía es un etéreo juego de “significantes flotantes” totalmente removidos del sórdido materialismo de la sociedad civil, para decirlo con una expresión muy usual en los análisis de Marx. Gramsci también aporta nuevas hipótesis sobre los intelectuales, la escuela y los medios de comunicación y su función política en la perpetuación del dominio de clase; nos habla de los impactos que los desarrollos tecnológicos, como el fordismo, tienen sobre la sociedad americana, desde la moral sexual hasta la política; y también sobre la “revolución pasiva” y el transformismo como rasgos sobre los cuales se asienta una transformación capitalista que se produce sin revolución burguesa, algo de suma importancia para América Latina. Las crisis políticas y la valorización de la función educativa y organizativa del partido político de las clases subalternas, ese “príncipe colectivo”, es otro de los temas que motivaron de su parte profundas reflexiones. Con razón algunos autores llaman a Gramsci el teórico de las super-estructuras, por la concentración de su labor en el examen de estas cuestiones a las cuales el marxismo de su tiempo, dominado por un economicismo ramplón, no le había asignado la importancia que efectivamente tenían.

          En sus numerosos escritos Gramsci plasmó una concepción metodológica del marxismo superadora de los esquematismos en que la “filosofía de la praxis” (como él designaba al marxismo en su afán por sortear la censura carcelaria) había caído tanto a manos de la social democracia alemana como de la Tercera Internacional. Sería una tarea imposible resumir en unas pocas líneas la vastedad de su rico pensamiento, que abarca casi todos los aspectos de la vida social. Como vimos más arriba, Gramsci fue un teórico político y un filósofo, un crítico cultural, un historiador del Risorgimento italiano y un internacionalista; también un fino sociólogo cuyos análisis sobre el Mezzogiorno italiano o sobre la vida cotidiana y los usos, costumbres y creencias populares de la sociedad norteamericana, muy especialmente del modo en que el fordismo se expande desde la fábrica hasta abarcar y modelar casi todas las formas de la sociabilidad, son hasta el día de hoy piezas obligadas de referencia en cualquier estudio sobre el tema.

Quisiera concluir con una reflexión final, pertinente especialmente para los jóvenes cientistas sociales de nuestros días. Al hablar de los aspectos teóricos y prácticos del economicismo Gramsci decía que el liberalismo como filosofía económica y política se basaba en un error teórico fácilmente detectable: la tendencia a reificar una distinción entre sociedad política y sociedad civil que, siendo eminentemente metodológica, se convertía en orgánica u ontológica y, a partir de la cual, el estado en cuanto sociedad política y la sociedad civil devenían en “cosas” separadas, en “esferas institucionales” distintas y separadas entre sí. Una distinción meramente metodológica, decía Gramsci, se transmuta en una separación ontológica entre esferas sociales aisladas rompiendo la unicidad y totalidad de la vida social. Ese desliz es congruente con la imagen que la sociedad burguesa proyecta de sí misma: un conjunto de átomos individuales y de “partes” separadas, cada una con su propia lógica y “leyes de movimiento” y en donde los imperativos de una, la economía, debe prevalecer sobre todas las demás. Así, el desempleo es un tema de la economía, independiente de su impacto sobre la vida social. El economicismo se convierte, parafreaseando a Engels, en una verdadera religión de la burguesía toda vez que sitúa a los imperativos de la acumulación y las necesidades del mercado por encima de cualquier otra consideración. En los últimos tiempos –y sobre todo bajo la CEOcracia macrista- esta concepción se expresa en el debate político argentino bajo el mandato de la “gobernabilidad” y la “racionalidad de la vida económica”: cualquier gobierno debe garantizar ambos, para lo cual es necesario reconciliar la política –en un papel subordinado, obviamente- con las impostergables necesidades de la economía. Bajo el capitalismo esto significó, lisa y llanamente, subordinar la democracia, la justicia o la igualdad a la primacía de la ganancia y los impulsos supuestamente bienhechores del mercado.

La base teórica y metodológica de esta engañifa está en esa visión fragmentada de la vida social que Gramsci criticó con simpar elocuencia. En el plano académico esta reificación tuvo por consecuencia legitimar los saberes parciales y compartimentalizados: una ciencia económica para “la economía”; una ciencia política para el “estado y la sociedad política”; una sociología para la “sociedad civil”, el “derecho” para las normas, y la crítica cultural para la cultura. De este modo una correcta visión de la vida social en toda su compleja interrelación se vuelve absolutamente imposible. Peor aún: se arranca de raíz cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento crítico y emancipatorio dado que sin una visión ahistórica, integrada y totalizante de la vida social lo que existe, en su irreductible fragmentación, es lo único que puede existir. En este “pensamiento único” entronizado como el “sentido común epocal” (otra categoría gramsciana) cualquier referencia a la construcción de una buena sociedad es rápidamente desterrada del discurso político y descalificada como una ingenua y romántica utopía de incurables soñadores. El marxismo de Gramsci es uno de los mejores antídotos contra ese chantaje que con tanta fuerza se manifiesta en la académica y en los medios de (in)comunicación.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­____________________

* Ensayo originalmente publicado en la revista Derecho y Barbarie (Buenos Aires), Nº 2, 2009. El presente texto tiene apenas algunas correcciones y alguna actualización necesarias para insertarlo, de algún modo, en el momento político de la Argentina del 2018.



[1] Actitud similar a la del gobierno de Mauricio Macri en relación al prisionero político Héctor Timerman, ex canciller en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, quien por las falsas denuncias en su contra fue impedido de viajar a Estados Unidos para someterse a una delicada intervención quirúrgica para combatir el cáncer que lo afecta.

[2] Habrá quienes objeten la inclusión de Trotsky en esta categoría, pero sus diversos escritos –no así su actividad política- lo hacen merecedor de ella. Por supuesto, el revolucionario ruso y fundador del Ejército Rojo no puede ser culpado por los análisis y las desastrosas políticas seguidas por sus epígonos, especialmente en América Latina, situados invariablemente como aliados objetivos del imperialismo y la reacción y enemigos implacables de cuantos procesos emancipatorios hayan nacido en este continente desde la Revolución Cubana hasta Evo Morales, pasando por todos los demás. Por supuesto, estas sectas que se reclaman herederas de Trotsky no pueden ignorar cual fue su línea política cuando llegó exiliado a México acogido por el gobierno bonapartista de Lázaro Cárdenas y como Trotsky prestó un cauteloso apoyo al gobernante mexicano cosa que los trotskistas contemporáneos le niegan hasta a la Revolución Cubana. Pero por misteriosas razones nunca aluden al tema. A los seguidores actuales del revolucionario ruso les cabe el aforismo de Jacinto Benavente:”¡Bienaventurados nuestros imitadores, porque de ellos serán todos nuestros defectos!”  

 


[3] Hay un sugestivo paralelismo entre esta acusación a Gramsci y la que los publicistas del macrismo lanzaron en contra de las manifestaciones del 14 y el 18 de Diciembre en repudio al tratamiento de la ley de reforma previsional, también acusados de pretender subvertir el orden institucional vigente. De ahí que la caracterización más acertada del gobierno de Mauricio Macri sea la de una “democradura”.
[4] Recién en 1971 el PCI publicaría en Editori Riuniti la obra de Gramsci. Los títulos de los libros eran: Il materialismo storicoGli IntelletualliIl Risorgimento;  Note sul Machiavelli;  Letteratura e vita nazionale; y Passato e Presente. En 1976 verían finalmente la luz los Cuadernos, tal cual Gramsci los escribió. Fueron publicados, en el apogeo de la hegemonía intelectual que el PCI había conquistado en Italia, bajo la dirección de un gran estudioso del tema: Valentino Gerratana.

“Hay puñales en las sonrisas de los hombres;
cuanto más cercanos son, más sangrientos.”
(William Shakespeare)




(Por Atilio A. Boron) Resulta imposible hablar de la dramática coyuntura política que se ha configurado en el Ecuador con motivo del Referendo y la Consulta Popular del 4 de Febrero sin que una palabra aflore de inmediato en la conciencia (y en el ánimo) del observador: traición. Es un término durísimo por su mayúscula inmoralidad. Ese enorme humanista que fue Shakespeare hizo de la traición objeto de innumerables reflexiones en su voluminosa producción literaria. Pero fue en Macbeth donde el tema se convirtió en el hilo conductor de la obra. Y allí la traición aparece como el reverso de una pasión enfermiza e incontrolable: la ambición y junto a ella la envidia y una mal contenida rivalidad que irrumpe de súbito ni bien  las condiciones son propicias.
Podrá argüirse, ¿traición a qué, o a quién? ¿A qué? Nada menos que a la mayoría del pueblo ecuatoriano que votó por un candidato que se presentaba como el continuador de la Revolución Ciudadana, un proceso de transformaciones profundas que cambió radicalmente, y para bien, a la sociedad ecuatoriana. Moreno perpetró una estafa electoral, como la de Mauricio Macri en la Argentina, e incurrió en una malversación de la confianza en él depositada por la ciudadanía que lo hizo presidente. ¿Debería el pueblo ecuatoriano depositar su confianza en las promesas de un personaje que ya lo traicionó una vez?  ¿Por qué no habría de reincidir en su deshonesta conducta? Por supuesto, como todas las creaciones históricas, la Revolución Ciudadana tuvo sus contradicciones, sus grandes aciertos, sus errores y sus asignaturas pendientes. Pero la dirección del proceso era la correcta y el imperialismo y la derecha ecuatoriana no se equivocaron al transformar a su líder, Rafael Correa, en la bête noire no sólo del Ecuador sino de la política internacional. Traición al pueblo que lo votó, al partido que lo postuló para la presidencia y también a Rafael Correa, de quien Lenín Moreno fue su vicepresidente y muy estrecho colaborador, dentro y fuera del país, durante diez años. Traición por atacar a un personaje de quien hablaba puras maravillas durante la campaña electoral que lo proyectó al Palacio de Carondolet y en cuya enorme popularidad se apoyó para prevalecer en el muy reñido balotaje. Éste tuvo esas características porque ya desde la campaña de la primera vuelta la derecha local e internacional, los partidos del viejo orden, las cámaras empresariales y toda la oligarquía mediática en Ecuador y en el extranjero denunciaban que el fraude se habría perpetrado por el Consejo Nacional Electoral en la fase previa a los comicios y que se continuaría el día de la votación y en los posteriores mientras se practicara el recuento de los votos. Una acusación completamente infundada (como se demostró en la reunión de los representantes de CREO-SUMA, la fuerza política que postulaba a Guillermo Lasso, con los observadores internacionales invitados para monitorear el proceso electoral). Algunos de estos, para nada simpatizantes del gobierno de Correa, estallaron de indignación ante la catarata de falsas impugnaciones motorizadas por los partidarios de Lasso y amplificadas extraordinariamente por los “medios independientes”. En la citada reunión con la gente de CREO-SUMA uno de los observadores puso punto final a las críticas diciendo: “no queremos chismes, aporten datos concretos”. Nunca lo hicieron y jamás formalizaron una denuncia concreta ante el Tribunal Contencioso Electoral. El objetivo de esta estrategia difamatoria era muy claro: deslegitimar el previsible triunfo de Moreno en la primera vuelta, debilitar de antemano su gobierno y ablandar el espíritu del nuevo equipo de gobierno en caso de que el candidato de la derecha Guillermo Lasso fuese derrotado en la segunda vuelta. Pese a lo absurdo e infundado de esas acusaciones de fraude lo cierto es que hicieron mella en la frágil contextura política de Moreno y en su entorno, quienes relegaron a un papel subordinado y menor a Alianza País, una organización política que había dado sobradas muestras –¡victoriosa en catorce procesos electorales- de su eficacia como maquinaria electoral.

Pero la traición de Moreno mal podría ser explicada sólo por factores psicológicos, como si sólo fuera la maliciosa secuela de una desmedida  ambición. Tampoco por groseros errores de campaña, que ocasionaron una victoria muy ajustada. La fulminante y asombrosa mutación de la orientación política del actual presidente está al servicio de un proyecto restaurador para el cual fue reclutado -¿quién sabe cuándo, cómo y a cambio de qué?- por los factores tradicionales del poder en el Ecuador y, sin duda alguna, por Washington con el objeto preciso e impostergable de destruir definitivamente cualquier opción progresista o de izquierda en el país y, por extensión, a quien como Rafael Correa encarnó esos ideales durante diez años. Obviamente que el actual presidente demostró ser un personaje tan escurridizo como inescrupuloso, que se agazapó en los intersticios de la estructura gubernamental y esperó con paciencia y astucia el momento para descargar su puñalada trapera haciendo honor a la cita utilizada en el epígrafe de esta nota. A todos les llamaba la atención, en su campaña, tanto en la primera como en la segunda vuelta, los exaltados elogios a Correa y la facilidad con que lanzaba promesas demagógicas de imposible cumplimiento. El lanzamiento del Plan Toda una Vida surgió en las dos últimas semanas de la campaña de la primera vuelta como un recurso para intensificarla, dada la probabilidad de no atravesar al 40% de los votos. Con ese plan se buscaba aterrizar la propuesta programática de Alianza País y otorgarle al discurso, hasta ese momento siempre vago, de grandes visiones y mensajes esperanzadores propios de un pastor tele-evangelista, mediante la enunciación de contenidos concretos y metas identificables por los electores. En esa línea, prometió el oro y el moro: empleo para todos, casas para todos, salud para todos pero sin jamás decir cómo financiaría esas políticas y cuál sería su proyecto económico. Se suponía que sería el que había instaurado su predecesor, pero llamativamente no habló de la economía ecuatoriana, del dominio que pese a los cambios introducidos por Correa seguían conservando los banqueros, los oligopolios mediáticos, el capital extranjero; en suma, los que detentaban en el Ecuador el poder real, distinto y muy superior al del gobierno. No pasó desapercibido para nadie como en los tramos finales de la segunda vuelta Moreno se mostraba cada vez más receptivo a los reclamos de la derecha, admitía sin respuesta sus acusaciones de fraude, oía con indiferencia sus vociferantes quejas por la falta de libertad de prensa en el Ecuador y a la necesidad de reabrir un diálogo que, presuntamente, habría sido clausurado por Correa. Pese a ello a todos nos sorprendió la intempestiva denuncia de corrupción lanzada ni bien asumió sus funciones como presidente, sombra indecente proyectada indiscriminadamente contra los funcionarios del anterior gobierno, salvo él, por supuesto. Si había tanta corrupción como Moreno decía, ¿cómo tardó diez años en darse cuenta de que estaba en un nido de corruptos? Dado que esto es inverosímil, si la corrupción existió él fue cómplice de la misma; y si no existió lo suyo es una infamia, perpetrada una vez más al servicio de la coalición de intereses que, a fines del siglo pasado, hundió al Ecuador en la peor crisis de su historia.

El desmantelamiento de la Revolución Ciudadana no sólo pasa por restaurar escandalosamente a los banqueros y a la oligarquía mediática  “el poder detrás del trono”, como la verdadera autoridad del gobierno. El embate se descarga también sobre la cultura y los medios de comunicación, con la razzia practicada en el periódico oficial “El Telégrafo” que, bajo la nueva inspiración, cuenta con un ultra corrupto como el presidente brasileño Michel Temer como uno de sus colaboradores al paso que notables intelectuales ecuatorianos fueron corridos del periódico. Moreno no encuentra nada malo en que el espectro comunicacional del país haya caído una vez más en manos privadas o que medios del estado, como la Radio Pública del Ecuador, por ejemplo, se convirtiese en vociferante expresión crítica de todo lo que antes elogiaba. No obstante, el morenismo está lejos de constituir un compacto bloque en el poder. Múltiples contradicciones lo surcan. Por un lado están los sobrevivientes de la fase anterior, progresistas que –por ahora- se desempeñan en el área de las políticas sociales hasta que la derecha complete la purga realizada en la administración pública; frente a ellos se agrupa un heteróclito enjambre de grupos empresariales que tomaron el gobierno por asalto unidos por la común ambición de saquear a la economía nacional y al estado y enfrentados a otros sectores corporativos que, dejados a margen del festín, ambicionan asumir directamente el control del gobierno sin superfluas mediaciones como la de Moreno y su grupo. Este asalto al gobierno por parte de los grupos empresariales es análogo al que tuvo lugar en la Argentina con la llegada de Macri. En ambos casos se produjo un extravagante y deplorable tránsito desde el poder al gobierno cuando, en una democracia, se supone que la marcha es al revés: es el gobierno surgido del voto popular quien tiene que conquistar el poder o al menos fragmentos significativos de éste si es que efectivamente quiere gobernar El resultado de esta inversión lo estamos viendo claramente en la Argentina: vaciamiento de la democracia, desprotección social, concentración de la riqueza y recrudecimiento de la violencia institucional para acallar las protestas sociales. No creo que la historia sería muy diferente en el Ecuador de continuar por el rumbo trazado por Moreno.

Lenín Moreno y su Vicepresidente Jorge Glass


De lo anterior se desprende que más allá de la aparente variedad de sus preguntas, el referendo de febrero tiene un solo objetivo: tronchar de raíz la posibilidad de que Rafael Correa pueda volver a presentarse a elecciones. Hay tres preguntas cruciales que son las que revelan con claridad el proyecto político del nuevo bloque empresarial que ha colonizado las alturas del estado: dos de ellas encaminadas a garantizar lo único que le importa al imperio y a sus lacayos ecuatorianos: el destierro político de Correa, condenarlo al ostracismo y, de ese modo, liquidar en pocos meses su herencia política revirtiendo los cambios que tuvieron lugar en los últimos diez años y reinstalando al estado nacional en su tradicional subordinación a las fuerzas del mercado. Se trata de las preguntas sobre supresión definitiva de la posibilidad que pueda tener una ciudadana o un ciudadano de repostularse para el mismo cargo, lesionando el derecho de los ciudadanos de presentarse a elecciones, de elegir y de ser elegidos, todo esto justificado con el propósito de garantizar el principio de la alternancia. El otro artículo busca eliminar al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, un órgano que fue el custodio principal del estado de derecho y la separación de poderes consagrada por la Constitución de Montecristi. De aprobarse esta modificación las principales autoridades de las diferentes ramas y aparatos del estado pasarían “transitoriamente” a ser designadas a dedo por el actual presidente. En otras palabras, se legalizaría un golpe de estado. La tercera, la número seis en el referendo, expresa con meridiana claridad el pacto de Moreno con la oligarquía financiera. Mediante ella se pretende derogar la Ley de la Plusvalía que tiene por objeto “evitar la especulación sobre el valor de las tierras y fijación de tributos.” ([1]En pocas palabras, de lo que se trata con este ilegal e ilegítimo engendro jurídico es eliminar para siempre la presencia de Rafael Correa en la política ecuatoriana (y regional); reconstruir en clave corporativa y privatista al estado, como sucediera en la Argentina de Macri, facilitando las operaciones especulativas de los capitalistas (de ahí la anhelada derogación de la Ley de la Plusvalía) y transfiriendo el control de los cargos decisivos del aparato estatal a manos privadas, instaurando una suerte de CEOcracia que propinaría un golpe mortal a las aspiraciones democráticas de la ciudadanía ecuatoriana.

A la traición se le suma la infamia de una movida como ésta. Quienes luchamos por una Latinoamérica unida y en marcha hacia su segunda y definitiva independencia no podemos sino expresar nuestro más enérgico repudio a los nefastos designios del actual gobierno ecuatoriano y la confianza en el pueblo de ese país que sabrá desbaratar esa maniobra. En la primera nota que escribí a propósito de la trascendental elección presidencial de Febrero del 2017 dije que en Ecuador se libraba una nueva batalla de Stalingrado, decisiva no sólo para su futuro sino del de toda América Latina. Respiramos aliviados cuando se derrotó al candidato del viejo régimen, representante del país oprimido por una voraz oligarquía y sus mentores del norte. Pero jamás  imaginamos que en el valiente ejército ciudadano que consagró la victoria de Moreno había un “caballo de Troya”, una quinta columna dispuesta a traicionar no sólo al líder popular del Ecuador sino al proyecto de transformación que él encarnaba. Si el pueblo ecuatoriano llegara a respaldar la propuesta de Moreno en su referendo, si llegara a triunfar el SI ese país se internaría, para su desgracia, en la misma senda opresora, decadente y violenta abierta por Mauricio Macri en la Argentina. Una sobria mirada a lo que está ocurriendo en mi país debería ser suficiente para persuadir a las ecuatorianas y los ecuatorianos de la necesidad de evitar tan nefasto desenlace. El triunfo del NO en las tres preguntas claves del referendo abriría en cambio las puertas para el renacer de una esperanza hoy ensombrecida por el oprobio de una traición.


COMPARTO una reflexión sobre un tema de gran actualidad en la Argentina: el regreso de la violencia a la vida política nacional. Asunto manejado mañosamente por la derecha y que exige una lectura completamente diferente a la oficial.

Aspecto parcial de la gran concentración popular del Jueves 14 de Diciembre. Imagen ignorada por la prensa hegemónica dentro y fuera de la Argentina.


"La fuente de la violencia en la Argentina"

(Por Atilio A. Boron) En épocas de crisis como los que vive la Argentina se clarifican las posturas de los actores políticos y sus representantes intelectuales. Si en tiempos de paz social estos pueden ocultar con la ayuda de los medios las contradicciones sociales recurriendo a alambicadas argumentaciones y a las abstrusas categorías teóricas del posmodernismo, cuando el orden social comienza a crujir los intelectuales del sistema arrojan por la borda toda pretensión de imparcialidad y objetividad y se embanderan sin recato alguno en la defensa de uno de los gobiernos más conservadores y oligárquicos que haya tenido la Argentina a lo largo de su historia. Si se solía señalar la experiencia de la década infame o de los gobiernos oligárquicos a partir de 1880 para ilustrar lo que era una dictadura clasista -dictadura no tanto por su forma como por el contenido de sus políticas- con el macrismo se produce una reencarnación de aquellos modelos anteriores al proceso de democratización fundamental que, pese a sus contradicciones, trajo aparejado la irrupción del peronismo en la Argentina.
Lo anterior viene a cuento de una nota publicada días pasados por Luis A. Romero en La Nación en donde nos alerta sobre los peligros que el resurgimiento de la violencia entraña para la democracia argentina.1 La rigurosidad que este autor exhibe en sus escritos académicos se desvanece por completo en este verdadero panegírico del macrismo. ¿Cómo puede decirse, por ejemplo, que “(E)n la plaza, grupos de manifestantes agredieron a las fuerzas de seguridad y pretendieron invadir el recinto donde deliberaban los diputados”? ¿No vio acaso que, pocos días antes, el Jueves 14 una manifestación completamente pacífica fue acosada y brutalmente agredida por la Gendarmería y cuyo desproporcionado despliegue de fuerza desató la respuesta violenta de una fracción minúscula –infiltrada por algunos agentes provocadores como se constató al día siguiente- de los centenares de miles que habían asistido a expresar su rechazo al procedimiento profundamente anti-republicano empleado por el gobierno para sacar “de prepo” una ley fundamental. El maniqueísmo o la ceguera de que hace gala nuestro autor se horroriza por la violencia cuando un condenado por el sistema arroja una piedra pero contempla con buenos ojos cuando el gobierno militariza por completo la

1) “La democracia enfrenta un nuevo desafío de la violencia política”, disponible en http://www.lanacion.com.ar/2097259-la-democracia-enfrenta-u…

Pag. 2

zona del Congreso, reprime manifestantes indefensos y extorsiona a gobernadores, senadores y diputados para conseguir una votación favorable a su proyecto. Esto no es violencia (simbólica, política, institucional), lo otro sí.
Mal que le pese a Romero y a los intelectuales y publicistas amigos de la Casa Rosada quien promovió este infausto espiral de la violencia fue el gobierno de Mauricio Macri. Para vergüenza de la bancada oficial fue ésta quien solicitó al presidente de la Cámara de Diputados que impidiera la presencia de organizaciones sociales de jubilados y pensionados y de excombatientes de Malvinas en las galerías para que el pueblo fuese testigo directo del debate. Cuando se discutió la famosa Resolución 125, en el 2008, hubo público en las galerías pero, claro, en ese momento según los apóstoles del macrismo la Argentina vivía bajo el influjo de una asfixiante dictadura. Ahora que supuestamente estamos en democracia el público no pudo hacerse presente en la Cámara, se quedó afuera y encima lo apalearon y gasearon. Es por eso que, estrictamente hablando, este gobierno debe ser caracterizado como una “democradura”, híbrido que contiene algunos elementos de carácter democrático (el acceso a la Casa Rosada se realizó por la vía electoral) pero con crecientes inclinaciones de sus principales personeros para adoptar las metodologías autoritarias de control político propias de las dictaduras. Por ejemplo, el avance en el amordazamiento de la prensa y, desgraciadamente, operaciones como la realizada la noche del Lunes 8 de enero cuando una reedición de los siniestros grupos de tarea de la dictadura irrumpieron con violencia en las oficinas de abogados defensores de los derechos humanos, destruyeron equipos y archivos, robaron laptops y documentación, y dejaron un claro mensaje: quienes se opongan a los designios del gobierno deberán estar dispuestos a sufrir esta clase de represalias y otras aún más severas. Desde los tiempos de la dictadura no se había producido un hecho de estas características, frecuentes en aquella época pero desterrados desde 1983. Sin duda, estamos en presencia de una tenebrosa involución que ha sido cuidadosamente ocultada ante los ojos de la opinión pública por los medios hegemónicos.2

Por eso la distinción entre las múltiples formas de la violencia es un requisito fundamental para realizar un análisis serio del asunto. Se dirá que esto es un anacrónico reflejo setentista, pero tal insinuación sólo

2) Ver https://www.pagina12.com.ar/88153-un-robo-con-el-tufillo-de… Ni Clarín ni La Nación informaron a sus lectores sobre un hecho tan grave como este.

Pag.3

mediría la magnitud de la ignorancia de quien opine de esa manera. En la tradición socialista, comunista y anarquista hace más de ciento cincuenta años que se maneja esa distinción entre la violencia “legalizada e institucionalizada” del Estado que acalla, somete, encarcela o liquida a sus enemigos siempre “apelando a la ley”, y la violencia reactiva, defensiva, del pueblo, que a veces se rebela y no se resigna a ser enviado al matadero. Hay que recordar además que la violencia “legal” del estado se ejerce casi siempre con el acompañamiento de formas paralegales de violencia privada, tolerada y en muchos casos subrepticiamente promovida y amparada por el estado. Tal fue el caso en la Argentina de la Liga Patriótica que realizó pogromos y matanzas obreras en la primeras décadas del siglo veinte; o en la Alemania de finales de la Primera Guerra Mundial la actividad de los Freikorps que apaleaban a militantes socialistas y comunistas y que luego asesinaron a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht con la complicidad del gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert; y en Estados Unidos, esa vibrante democracia tan admirada por los voceros del macrismo, fue el Ku Kux Klan (ahora informalmente rehabilitado por Donald Trump) quien se encargó de “poner en su lugar” a los negros que luchaban contra la herencia de la esclavitud y postergar por cien años su incorporación a la vida política del país. Esta violencia oficial y paraoficial, decíamos, no puede ni debe ser equiparada a la respuesta defensiva de las víctimas, invariablemente los pobres, los explotados, los subyugados.
Siendo esto así, cómo obviar la responsabilidad en el inicio de la violencia de un gobierno que pretendió nada menos que nombrar por medio de un Decreto de Necesidad y Urgencia a dos miembros de la Corte Suprema. ¿No es acaso violencia atentar contra el estado de derecho como lo hace la Casa Rosada, que entre otras cosas ha prohijado una deplorable involución jurídica que hace que en este país todos sus habitantes se encuentran en “libertad condicional”, por lo que cualquiera puede ser enviado a prisión sin juicio previo y sin condena alguna? Pese a la reprobación universal de esta práctica aberrante y tan poco “republicana” y el reclamo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos el gobierno nacional no se arredra y prosigue con su política. Ahí están los casos de Milagro Sala, dos años presa sin condena, y buena parte de los detenidos en Ezeiza y Marcos Paz en situación similar. Un gobierno, además, que por boca de la Ministra de Seguridad le confirió a las fuerzas de seguridad interna una especie de “licencia para matar”, como el famoso agente 007. El resultado: Santiago Maldonado, muerto a consecuencia de

Pag.4
.
un operativo de la Gendarmería y todavía hoy caratulado por el juez como “desaparición forzada” y el fusilamiento por la espalda de Rafael Nahuel, en Bariloche en un supuesto combate contra guerrilleros mapuche.El ex Ministro de la Corte Suprema de la Nación y actual juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Eugenio Raúl Zaffaroni, enumeró 32 violaciones al estado de derecho en una carta dirigida al actual Secretario de Derechos Humanos, Licenciado Claudio Avruj que aún espera respuesta. Esas transgresiones son la fuente de la cual brota la violencia. Sin embargo, ninguna de ellas fue tomada en cuenta por Romero en su nota. El fervor ideológico oficialista sometió la rigurosidad del historiador.3

Alarmado por la gran movilización popular en contra de una ley profundamente impopular (aproximadamente el 75 por ciento en todas las encuestas conocidas se manifestó contrario a la reforma previsional) y los pacíficos y masivos cacerolazos que tuvieron lugar varias noches en numerosos barrios de la ciudad de Buenos Aires, olímpicamente ignorados en su artículo, Romero exhuma la vieja desconfianza de las elites oligárquicas ante el protagonismo plebeyo y nos recuerda que la Constitución Nacional “(E)stableció taxativamente que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes.” En efecto, el nefasto (por antidemocrático) artículo 22 de la Constitución Nacional dice, textualmente, que “(E)l pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”. O sea, prohibido deliberar, dejemos que la clase dominante y sus representantes políticos e ideológicos se encarguen de ello; y prohibido también peticionar a las autoridades porque tal osadía configura el delito de sedición. En otras palabras, la parte dogmática de la Constitución, redactada en 1853 y que quedó al margen del proceso de reforma de 1994, condena al pueblo a convertirse en una variante especial de los metecos de la Antigua Grecia que ser extranjeros carecían de derechos ciudadanos. En la Argentina actual aún los nacionales son metecos, pues derechos elementales de reunión, deliberación y petición a las autoridades les son vedados y considerados actos sediciosos. Pero existen las clases sociales y hay gobiernos y gobiernos. En el pasado reciente la ferocidad represiva ejercida

3) La citada carta se encuentra disponible en: https://www.pagina12.com.ar/…/inlin…/cartazaffaroniavruj.pdf

Pag.5

a mediados de Diciembre estuvo ausente. Primero, porque la protesta social no estaba criminalizada en aquellos años y además porque quienes se reunían y pugnaban por obtener una legislación favorable a sus intereses eran “gentes de bien”: los sojeros y sus insólitos aliados de una izquierda extraviada que trató de darle un cierto tono plebeyo a sus reivindicaciones oligárquicas cuando durante cuatro meses cortaron rutas y amenazaron con no liquidar el producto de sus exportaciones si se aprobaba la Resolución 125; o las grandes marchas convocadas por el “Ingeniero” Juan C. Blumberg exigiendo una reforma del Código Penal que instituyera la ¡mano dura” para evitar la reiteración de crímenes como el perpetrado contra su hijo Alex. En ninguno de estos dos paradigmáticos casos quienes hoy se rasgan las vestiduras por la insolencia de empleados, obreros y jubilados de pretender frenar una legislación reaccionaria dijeron una sola palabra de condena ante aquellas manifestaciones y sus correspondientes peticiones que abiertamente contrariaban los preceptos constitucionales. Pero eran “gentes de bien” y el kirchnerismo no criminalizaba la protesta social. Hoy quienes toman las calles son gentes del común, trabajadores, y el gobierno sí criminaliza la protesta social. Es lamentable que la reforma de la Constitución realizada en 1994 no hubiera abolido este artículo que contradice la letra y el espíritu de la democracia: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, según la conocida fórmula de Abraham Lincoln, hasta ahora insospechado de simpatías kirchneristas o izquierdistas.

Es que fiel al ideario del liberalismo y a la tradición republicana estadounidense, la derecha vernácula siempre concibió al pueblo como una amenazante “gran bestia” que debe ser mantenida a raya sin compasión ni miramientos. Esta imagen reaparece periódicamente en la derecha argentina, desde el desprecio por el negro y el gaucho en distintos momentos del siglo diecinueve. “No trate de economizar sangre de gauchos” aconsejaba Domingo F. Sarmiento a Bartolomé Mitre, fundador del diario La Nación. Descrédito y odio que luego se dirigiría, a comienzos del siglo veinte, hacia el conglomerado “criollo inmigratorio” examinado por José Luis Romero en sus estudios sobre la historia argentina. También la infame caracterización del peronismo como un “aluvión zoológico” hecha por el diputado radical Ernesto Sanmartino hasta llegar a la formulación más edulcorada de Romero hijo cuando observa que la multitud que pretende sustituir a sus representantes “se expresa con vehemencia” o que en las jornadas motivo de su análisis “el pueblo hablaba a través del reducido grupo de violentos, organizados para provocar a las fuerzas de

Pag.6

seguridad.” En otras palabras: el pueblo no delibera ni dialoga sino que vocifera, se expresa a los gritos y apela a la violencia, verbal o física.4 Los centenares de miles que se manifestaron pacíficamente no cuentan para el historiador, están invisibilizados; como tampoco cuentan quienes se expresaron en los cacerolazos nocturnos durante varios días durante la discusión de la nueva ley. La asociación del pueblo o lo popular con la violencia también se expresa en la desafortunada intervención periodística de Romero cuando dice que “en el peronismo no hay mucha teoría, pero sí una rica experiencia práctica, cultivada por guardaespaldas, barrabravas y otros afines.” Ofuscado por los acontecimientos el riguroso historiador quemó toda su biblioteca y escribió esa frase autodescalificatoria reveladora de una profunda incomprensión de la historia argentina. Y como un bonus track nos ofrece un parrafito para la RAM, invento de los servicios y de la prensa canalla para estigmatizar a los mapuche y justificar la militarización de la política y la brutalidad con que ese pueblo originario es tratado por el gobierno. Tan ridícula es toda esta historieta de la RAM, la Resistencia Ancestral Mapuche, un grupo presentado como terrorista y la versión local del jihadismo islámico, que en un gesto lindante con el suicidio el presidente Macri fue a tomar sus vacaciones en la zona de influencia de esa supuesta organización guerrillera. Es como si Donald Trump hubiese ido a vacacionar en Al Raqa, la “capital del califato”. ¡Por favor, un mínimo de seriedad!

Romero tampoco parece haber considerado positivamente una de las principales enseñanzas de Nicolás Maquiavelo en Los Discursos cuando decía que “... quienes condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad de Roma, y que se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron. En toda República hay dos espíritus contrapuestos, el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se

4) Sobre este tema de “la gran bestia” ver la entrevista que el autor de estas líneas hiciera a Noam Chomsky en Tras el Búho de Minerva. Mercados contra Democracia en el Capitalismo de Fin de Siglo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000) En esa entrevista Chomsky subraya el talante profundamente antidemocrático de la tradición republicana estadounidense. Hablando de uno de los padres fundadores, Alexander Hamilton, el lingüista norteamericano afirma que fue él “quien planteó el tema con toda su crudeza: el pueblo es “la gran bestia” que debe ser domada. Por eso aconsejaba enseñar a los farmers independientes y díscolos de las rebeldes colonias americanas –aún recurriendo a la fuerza en caso de necesidad– que los ideales contenidos en los panfletos revolucionarios no debían ser tomados al pie de la letra. En suma: la gente común no debía ser representada por otros de su misma clase sino por la aristocracia, los comerciantes, los abogados y otros de probada responsabilidad y patriotismo en el manejo de los asuntos del estado.”

Pag.7

hacen en pro de la libertad nacen de la desunión de ambos.”5 Obviamente que el republicanismo de los macristas nada tiene que ver con la tradición republicana de Maquiavelo sino que es tributaria de la codificación profundamente antidemocrática del republicanismo gestada por los padres fundadores de los Estados Unidos, como ha sido observado por numerosos analistas norteamericanos, entre los cuales Noam Chomsky y cuya tesis hemos reseñado en la nota a pie de página precedente.

La alusión a la desprestigiada “democracia representativa” ocupa un lugar central en la argumentación de Romero y, en general, de todos los intelectuales adscriptos, de una u otra manera, al macrismo. Cabe preguntarse: ¿Representativa de qué, o de quienes? Son pocos los politólogos que hoy se atreven a defender el carácter representativo de las democracias capitalistas. Por empezar, la composición clasista de los representantes poco o nada tiene que ver con la de sus supuestos representados. Tomemos el caso de Estados Unidos, la autoproclamada “democracia ejemplar” del planeta. Allí nada menos que el 50 % de los senadores y representantes (268 sobre un total de 535 de ambas cámaras) son dueños de una fortuna de un millón de dólares o más. ¿Representativos? Sí, del 1.5 % de la población estadounidense que también es dueña de un millón de dólares pero no del resto. En la Argentina hay aproximadamente un 30 % de pobres y el 12 % de la población habita en villas de emergencia. Pero “entre los 257 diputados no hay ni un pobre, ni uno que venga de las villas o de la economía popular.”6 Una simple comparación entre los sueldos de los diputados que votaron esa ley y lo que ganan las víctimas de esa pieza legislativa sirve para ilustrar lo inmoral y escandaloso de esta legislación. Quienes percibieron en el año 2017 un sueldo de137.610 pesos mensuales (más 20.000 pesos de gastos de representación) no tuvieron el menor escrúpulo para ensañarse con los haberes de los jubilados que en su mayoría perciben el haber mínimo de 7.246 pesos que con la nueva ley pasarían a tener un incremento de 413, llegando así a un ingreso mensual de 7.659 pesos, la vigésima parte de lo que embolsa un “representante del pueblo” y menos que la mitad de la canasta básica de consumo de los jubilados, estimada

5) Cf. Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, Libro I, capítulo IV
6) Cf. Martín Granovsky, entrevista a Juan Grabois: “El vicio de Macri es la violencia”, en Página/12, 2 Enero 2018. Disponible en:
https://www.pagina12.com.ar/86373-el-vicio-de-macri-es-la-v… Por supuesto, no todos los diputados y senadores provienen de las clases adineradas de este país. Queda todavía un buen grupo que procede de las capas medias y algunas del universo popular. Pero los que prevalecen son los otros.

Pag.8

en 17.500 pesos según declaración de Eugenio Semino, Ombudsman de la Tercera Edad.7 En un país en el cual desde tiempos inmemoriales los ricos evaden o eluden el pago de impuestos; en el que las grandes fortunas y las grandes empresas encuentran mil y una maneras de burlar al fisco, fugar capitales y hallar refugio en paraísos fiscales; en el que el gobierno suprimió las retenciones en el agro y redujo la de las exportaciones sojeras y eliminó las de la minería y el petróleo; en suma, pudiendo extraer los recursos necesarios para reducir el déficit fiscal entre los más ricos, los que concentran la riqueza, los “representantes del pueblo” se volvieron contra los sectores más débiles e indefensos y descargaron sobre ellos todo el peso del ajuste. Difícil encontrar una inmoralidad mayor en la historia contemporánea de la Argentina.

Si por la composición social de los parlamentarios, tan distinta a la de sus presuntos representados, la idea de la “representación” queda desmentida por los hechos, las políticas concretas que respaldó el Congreso tampoco permiten hacerse demasiadas ilusiones acerca de su vocación por representar los intereses del demos. La legislación aprobada en estos dos años a partir de proyectos enviados por la Casa Rosada tuvo un sesgo permanente: redistribuir en un sentido regresivo ingresos y rentas, favoreciendo a los sectores adinerados y recortando los de la gran mayoría de la población. Es por consideraciones similares a esta que en Estados Unidos ya son cada vez más los que hablan de la involución política desde una democracia hacia una plutocracia. Y en la Argentina, país de extremos, esta degradación es aún más marcada. Si algo faltaba para comprobarlo fue la designación que hiciera la revista Forbes de Marcos Peña, Jefe de Gabinete de Marcos Peña, como “el CEO del año”. El único detalle disonante es que la Argentina no es una empresa sino una nación. Pero el hecho de que una revista como Forbes le otorgue esa dudosa “distinción” habla bien a las claras que para la comunidad internacional de negocios y para los grupos dominantes de la Argentina esta es un mercado y no una nación, y que sus jefes políticos son apenas CEOs y nada más que eso. Por eso la defensa que hace Romero de la “democracia representativa” es el canto del cisne de una forma sociopolítica que hace mucho tiempo pasó a mejor vida. Si algo ha hecho e macrismo es transparentar con una claridad inigualable la naturaleza de

7) Entrevista de Luis Novaresio a Eugenio Semino en Radio La Red: https://www.lared.am/…/eugenio-semino-la-canasta-basica-jub…

Pag.9

clase de su proyecto de refundación regresiva del capitalismo. Una suerte de “menemismo recargado” pero en condiciones más difíciles tanto por el contexto internacional, enrarecido por la inocultable declinación de la hegemonía norteamericana y las turbulencias que esta provoca, y por la temprana reacción popular ante el ajuste, los tarifazos y la escalada inflacionaria que devora el poder de compra de gran parte de la población. La respuesta combativa demoró casi siete años en adquirir un carácter masivo durante la gestión de Menem: los piquetes de Cutral Có y Plaza Huincul son de 1996 y 1997, y si bien hubo algunas protestas organizadas por los gremios afectados por las privatizaciones y la desregulación de la economía estas fueron débiles, aisladas y carecieron resonancia nacional.8 Ahora, en cambio, los tiempos se acortaron sensiblemente en esta tercera tentativa de refundación neoliberal del capitalismo argentino, luego de la dictadura (Martínez de Hoz) y el menemismo (Alsogaray y Cavallo), y en menos de un año ya se desató un crescendo de movilización popular que alcanzó un pico impresionante en las jornadas del 14 y 18 de diciembre del 2017. La prensa hegemónica y los escribas del macrismo se empeñaron en ocultar a esos dos grandes hechos de masas convirtiéndolos en una noticia policial. Lo importante, lo único de lo que hablan la prensa canalla y los voceros oficiales y oficiosos del gobierno es de la refriega entre un pequeño sector de manifestantes (infiltrados por agentes provocadores, como ya se dijo) y no de las dos grandes manifestaciones populares y los cacerolazos nocturnos.

La imagen que recorrió el mundo: un hecho de masas reducido a una refriega con la policía


Un par de consideraciones finales: uno, ¿cómo es posible soslayar un dato tan duro como el que un significativo número de integrantes del gabinete presidencial de Mauricio Macri proceden del sector financiero o de las más grandes corporaciones transnacionales? 9 No se le puede escapar a la mirada de un historiador que esa fracción de la clase capitalista ha ejercido una influencia nefasta en nuestro país, especialmente desde los años de la dictadura cívico-militar de 1976 en adelante. Y que si esa gente hoy gobierna a la Argentina lo hace, fiel a su historia y consciente de sus
8 Hubo un antecedente a lo de Cutral Co y Plaza Huincul: la poblada conocida como el “santiagueñazo” de diciembre de 1993 que hizo devorar por las llamas la sede de los tres poderes del estado provincial y las casas de los principales políticos de Santiago del Estero. Pese a la radicalidad de la protesta, no logró convertirse en un hecho político nacional y desencadenar reacciones similares en el resto del país como sí ocurrió con las acciones que se escenificaron en Cutral Co y Plaza Huincul.

9) Cf. Paula Canello y Ana Castellani, “Todo el poder para los CEOs”, en http://www.nuestrasvoces.com.ar/entendiendo…/poder-los-ceos/

Pag.10

intereses, a favor de los más ricos y en detrimento del resto, población “sobrante” en el mejor de los casos o masa de indeseables para la cual la mejor política es la que está aplicando el macrismo: una inhumana “limpieza social”, equivalente a la sórdida “limpieza étnica” que tuvo lugar en los Balcanes en los años noventas. En la Argentina de Macri indigentes, jóvenes sin educación ni trabajo, pobres de varias generaciones y adultos mayores están siendo progresivamente sometidos a una variante de lo que el ya aludido jurista Eugenio R. Zaffaroni ha denominado “genocidio por goteo”. En su tiempo Martínez de Hoz decía que a este país le sobraban diez millones de habitantes. Actualizada, la cifra sería hoy el doble. ¿No le dice nada esto a Romero? Puede ignorar que quienes protagonizaron las grandes manifestaciones reprimidas y dispersadas por las “fuerzas del orden” (¿de qué orden nos hablan?) fueron impulsados a tomar las calles ante la convicción de que el gobierno planea su lento, silencioso pero implacable exterminio. ¿De qué otra manera podemos llamar a una política que va progresivamente reduciendo los haberes jubilatorios a la vez que se suprimen del PAMI gran parte de los medicamentos gratuitos que antes se les entregaba a jubilados y pensionados? Con menos dinero para alimentación y gastos esenciales y menos dinero para adquirir medicamentos los jubilados y pensionados están condenados a muerte. Y encima de eso se planea elevar la edad mínima para poder acceder a los beneficios de la jubilación.
Segunda y última consideración: atendiendo a las razones arriba expuestas, ¿dónde se encuentra la génesis de la violencia, quién es el que la ejerce bajo una diversidad de formas? ¿El que aplica unas políticas conducentes a un verdadero “holocausto social” de enormes proporciones o el que se resiste a morir y se enfrenta con piedras y palos a las fuerzas de seguridad? Romero es un fiel exponente del sentir de gran parte de la galaxia cultural del macrismo: los intelectuales plegados al proyecto y el inmenso ejército de publicistas y medios de comunicación que bombardean sin pausa a la sociedad con su “desinformación programada”. Unos y otros cultivan con inusual malicia y perversidad las artes de la “posverdad” y la “plusmentira.” Por eso la batalla cultural, uno de cuyos componentes es la lucha por la democratización de la información y de los medios de comunicación, es crucial para el futuro de las democracias. En la Argentina el desafío violento a la democracia nace en las entrañas del gobierno y solo podrá ser neutralizado si este abandona sus políticas que conducen a un “holocausto social” a favor de los ricos y poderosos y, en lugar de ello, se preocupe como dice el Preámbulo de la Constitución

Pag.11

Nacional, de “promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.” Nada de esto es lo que está haciendo el gobierno y es esa, y no otra, la fuente de la cual brota la violencia. Está en sus manos acabar con ella, y será su responsabilidad ante la historia haberla promovido e incentivada con sus políticas y su estilo despótico y prepotente de gestión gubernamental.


top