COMITÉ ARGENTINO DE SOLIDARIDAD CON LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

¡ EMOCIONA EL PUEBLO VENEZOLANO !!!

Agredido y amenazado gana las calles de toda la Patria pidiendo PAZ y DEMOCRACIA !!!.

Agredido por el imperialismo norteamericano y europeo. Con instrumentos mortales de guerra que se acercan a las costas de Venezuela. Agredido por la OEA y sus dirigentes comprados. Agredido por los gobiernos reaccionarios de la región. Agredido por los medios concentrados y globalizados.

Agredido en las calles por grupos mercenarios de choque dispuestos a todo. Destruir edificios públicos. Crear caos y confusión. Matar a sus propia gente para luego endilgárselas a los chavistas. Por dirigentes opositores que viajan por el mundo pidiendo que bombardeen e invadan a su Patria.

Un militante de la oposición "democrática, pacífica y dialoguista" expone sus argumentos ante los chavistas en la marcha del 19 de Abril. La "prensa canalla" no dijo ni una palabra sobre esto.


Agredido infinitamente, el pueblo venezolano sin temor, con gloria, con sentido histórico, gana las calles, y dice, aquí estamos !!!, defendiendo nuestra revolución !!!.

Desde la Argentina, las Organizaciones Libres del Pueblo nos hermanamos y abrazados decimos, seguiremos tu ejemplo y seguiremos en las calles peleando, buscando nuestro caminos, y mas temprano que tarde los hallaremos, y todos juntos retomaremos las sendas de Bolívar, San Martín, Artigas, Martí, Sandino, Prestes, Mariátegui, Gaitán, Perón y Evita, Allende, Fidel y el Che, Ortega, Chávez, Lula, Evo, Correa, Maduro, Néstor, Cristina, y millones de afro-indo-latinoamericanos que buscamos nuestra liberación.

No pasarán !!!
Viva Chávez !!!
Viva Maduro !!!
Viva la Revolución Bolivariana !!!
Viva la Patria Grande !!!

COMITÉ ARGENTINO DE SOLIDARIDAD CON LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

Una enorme pérdida para todos los luchadores por los Derechos Humanos.

Comparto la nota de Nora VEIRAS sobre este entrañable personaje, que ayer muriera en Madrid. Hago mías las palabras de Nora, en homenaje a este luchador ejemplar e inquebrantable, cuya memoria y sus enseñanzas nos servirán de guía para las batallas que aún restan por librar. ¡Hasta la victoria siempre, Carli!


"Un gran tipo"
Por Nora Veiras

“No hay mayor homenaje que uno pueda hacerse a sí mismo que luchar por una causa justa”, escribió hace años Carlos Slepoy. Ese fue, en rigor, su patrón de conducta: su vida estuvo enhebrada por la defensa de causas justas, causas que parecían imposibles.
Carli combinaba una voz grave con una elocuencia y rigurosidad difícil de encontrar. Hijo de una familia de comerciantes de origen radical, el ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en plena dictadura de Onganía lo llevó a la militancia. Un compromiso que le costó casi dos años de cárcel a partir del 11 de marzo de 1976. Quizás, apenas dos semanas lo salvaron de desaparecer. Exiliado en España, validó su título y trabajó como abogado laboralista. En el ’81, el tiro por la espalda de un guardia civil le partió una vértebra y le lesionó la médula. Había increpado al policía franquista que maltrataba a unos chicos en una desolada plaza de Madrid. Contra todos los pronósticos volvió a caminar sobreponiéndose a dolores que lo atormentaron para siempre.
Como combustible de esa voluntad arrolladora, recordaba siempre que estando preso, encontró en un diario un fragmento de una entrevista a Bertolt Brecht:
--¿Usted siempre escribe porque tiene ganas?
--Muchas veces escribo porque tengo ganas y muchas otras para darme ganas –respondió el escritor alemán.
“Darse ganas”, sería la clave para alimentar la esperanza, las ganas de vivir.
Integró distintos grupos de denuncia sobre el Terrorismo de Estado en la Argentina pero fue la segunda tanda de indultos de Carlos Menem, en diciembre del ’90, lo que reactivó la participación, la militancia. Seis años después, al cumplirse los veinte años del último golpe militar, la masividad de las manifestaciones en Buenos Aires conmovieron a un joven fiscal español, Carlos Castresana, y ahí la historia dio un giro inesperado, impensado. Mutilada la justicia en la Argentina por las leyes de impunidad y los indultos, Castresana presentó una denuncia por genocidio contra los dictadores argentinos y chilenos que recayó en el juzgado de Baltasar Garzón.
Slepoy se transformó en uno de los motores de ese juicio. Su alegato ante la Audiencia Nacional que hizo lugar a la jurisdicción española para reclamar a Augusto Pinochet, detenido en Londres, afianzó las bases de la incipiente justicia universal.



“El mandato del legislador internacional no solamente es el de sancionar a los genocidas, sino prevenir que no existan. Y si la resolución es como la que creemos que va a ser, como la que deseamos que sea, como la que tiene que ser, entonces los grandes violadores de los derechos humanos, los grandes asesinos de la humanidad, habrán recibido un golpe histórico y ya no será posible pensar solamente en el castigo de ellos, sino en la prevención del genocidio, El futuro va a ser contagioso. Que los genocidas se sientan acorralados, que la humanidad quede liberada de ese flagelo cada vez más, que se respire mejor en el mundo” –concluyó Slepoy y la sala estalló en una ovación. Una herejía en la solemnidad de ese ámbito de togas. Un anticipo de ese fallo favorable abrió caminos que contribuyeron a la anulación de las leyes y la reapertura de los juicios en la Argentina.
Ese hito lo llevó a batallar contra los genocidios también en Guatemala y en la propia España. Siempre caminando por el desfiladero del Derecho encontró el sendero para derribar la impunidad de España con sus propios crímenes. Logró que en la Argentina avanzara la causa por los crímenes del franquismo, más de diecisiete oficiales ya fueron imputados y Madrid resiste su extradición. Carli no se daba por vencido.
Se fue un gran tipo, un hombre cabal que seguirá repitiendo con Margaret Mead: “Nunca duden de que un grupo determinado de personas puede cambiar el mundo…; porque siempre ha sido así.”
VENEZUELA: técnica de un golpe de estado, pautado por Eugene Sharp, financiado por Washington y amenazado por el Comando Sur, que amenaza con invadir Venezuela.

"Venezuela: Crónica desde adentro de la violencia callejera"
Por Marco Teruggi
16 Abril, 2017

No son más de cuatrocientos. Se dividen en tres: la vanguardia, que es la parte que busca la confrontación con la policía; una masa fluctuante que corre hacia los cordones de seguridad cuando parecen ganar la pulseada y vuelve a las corridas unos pocos segundos después ante los gases; y la retaguardia, que observa, come raspado, conversa, comenta el show en desarrollo. Para ellos no lo es: se trata de una batalla contra la dictadura que los reprime. Están convencidos, viven su épica.
La distribución geográfica es la siguiente: la retaguardia se sitúa en los alrededores de la plaza, sobre la avenida principal; la masa fluctuante se encuentra a partir de media cuadra más adelante hasta la zona donde no llegan los humos de los gases; la vanguardia busca acercarse al cordón de policía que impide el paso hacia la autopista, tiran bombas molotov, piedras, hasta que no aguantan y repliegan. Ese sector coloca las guayas, el aceite en el piso, arma las bombas detrás de una pared. Entre ellos -la masa y la vanguardia, todos encapuchados- se abrazan como héroes.



La escena se repite incansablemente durante horas. Existen momento de euforia colectiva, generada por la adrenalina, la sensación de la epopeya. Entonces arrancan portones, los cruzan sin sentido en las calles, rompen carteles luminosos, juntan piedras y piedras, las golpean sobre el zinc, se dan ánimo, corren de a muchos hacia la policía. A los pocos segundos regresan más rápido de lo que fueron, con las mismas piedras y molotov en las manos. Corren más de lo que confrontan.
Hay otros personajes: los motorizados solidarios que sacan a alguien demasiado expuesto a los gases, los vecinos que recargan las botellas de agua, los curiosos que se detienen a observar, los vendedores de agua y limones, los mototaxistas a la espera de pasajeros.
No existe liderazgo visible. Algunos logran generar una suerte de conducción que rápidamente se desvanece, sirve para orientaciones en momentos de caos, como cuando quieren linchar a alguien por pedir que “le bajen dos”. Visto desde afuera resulta difícil saber quién dirige. ¿Alguien dirige realmente? ¿O la estructura de células que está al frente funciona de manera autónoma con la única orden de confrontar y destrozar hasta el cansancio? Porque la batalla es por cansancio. La policía aguanta en su esquina durante horas. Hasta que decide avanzar una o dos cuadras hasta concentrar a los centenares. Para eso aumenta la cantidad de gases y la distancia a la cual los lanza. ¿Qué debería hacer? El esquema de la derecha consiste en ir a buscar el choque para luego mostrarse como víctimas que resisten.
***
Volvieron las guarimbas. ¿Cuál es su objetivo? Es necesario determinarlo para saber si logran fracasos o victorias. Resulta poco probable pensar que la correlación de fuerzas planteada en Altamira o los diferentes focos de violencia pueda permitirles rebalsar a la policía. No tienen esa fuerza. Eso podría hacerlo una pueblada. Su problema es que son pocos: el momento de auge relativo de la autopista dura hasta las primeras piedras, luego son a veces cuatrocientos, a veces cincuenta, a veces menos.
El plan no parece ser entonces llegar al oeste de la ciudad. Aunque lo enuncien, arenguen a la gente a ir en búsqueda de las instituciones -para quemarlas, como lo hicieron el sábado. Necesitan generar el hecho mediático y para eso, se sabe, no es necesaria la masividad. Basta ver los videos que circulan: están hechos de primeros planos, rostros, acciones individuales o de pequeños grupos. Logran convencer a muchos de aquí hay una represión feroz, y son una multitud en las calles. No hace falta ser miles para instalar una idea. Basta tener varios focos de violencia, transmitirlos en simultáneo, crear rumores y buscar las mejores imágenes -una mujer joven con la bandera de Venezuela que junta un gas, por ejemplo.
Matriz comunicacional, caos e incertidumbre. Como la que se vivió en la noche del lunes: llegaron reportes de varios puntos del este de Caracas, Barquisimeto, Valencia, imágenes de quema de un camión de la Misión Nevado, un edificio de Cval, un local del Psuv, audios con relatos de postes de luz tumbados en la autopista, cortes de calles en el este con personas armadas, incendios de basura, focos de violencia, miedo, desconcierto. Si ese es el objetivo entonces lo cumplen. Se sumerge a las subjetividades, las redes, los teléfonos, las conversaciones.
***
¿Cuál es la diferencia con el 2014? El método hasta ahora es similar: puntos específicos de destrozos y confrontación en el este de la ciudad. Dan rienda suelta a su base más radical, a las células entrenadas para eso. Resulta poco probable pensar que esa metodología logre convocar masividad: ya se sabe que las movilizaciones desembocan en gases, piedras, guayas, aceite, incertidumbre creciente, posibles muertos -las guarimbas tuvieron por saldo 43 víctimas. Por eso su debilidad es la perdida de base y el desgaste. Como en el 2014. Su esquema así planteado tiene un límite, aunque tal vez logren acumular más gente para fechas puntuales, como el anunciado 19 de abril.
La principal condición que parece haber cambiado es la internacional. Las declaraciones del Comando Sur de los Estados Unidos el pasado viernes son la muestra más clara. Fueron dadas en simultáneo con el bombardeo unilateral a Siria. Gran parte de la ofensiva callejera de la derecha está hecha para el frente exterior, para eso las imágenes, las denuncias de represión, persecución, de un supuesto e inexistente gas tóxico. Son lo que piden los aliados y financistas para apretar el acelerador en la Organización de Estados Americanos, en cada uno de los países donde gobierna la derecha en el continente, en Estados Unidos y Europa.
Ahí reside una fuerza que no tenían en el 2014. En aquel entonces faltaba todavía un año para que Barack Obama declarara a Venezuela como amenaza. Sin embargo tampoco pareciera suficiente -hoy- para dar vuelta el escenario y lograr el quiebre buscado. ¿Entonces qué? Sin barriadas para una pueblada ni Fuerza Armada Nacional Bolivariana que acompañe, ¿cómo piensan romper el límite del 2014? Nuevamente la pregunta: ¿cuál es su objetivo? ¿Tumbar al gobierno por la fuerza, profundizar el desgaste general que existe en el país, acelerar los comicios electorales?
No se debe subestimar el plan en marcha. Tampoco nombrarlo con palabras que le quedan grandes. Lo que han iniciado es nuevamente una metodología de violencia abierta, destrozos, confrontación callejera y política, un cuadro de desenlaces inciertos. En Altamira no había un pueblo como tanto les gusta decir. Eran pocos, aunque las imágenes logren dar la impresión de ser muchos. Organizados y preparados, sí. También con altos niveles de improvisación y de actos ridículos. Son la base de la derecha golpista, vestida con estética de rebeldía.
Publicado originalmente en el blog del autor.

(Por Atilio A. Boron) Ante el desenfreno guerrerista que se ha apoderado de Donald Trump, en un giro de ciento ochenta grados en relación a sus promesas de campaña e inclusive las primeras semanas de su gestión en la Casa Blanca, cabe formularse la siguiente pregunta: ¿Quién decide la política exterior de Estados Unidos? 


      En el pasado esta era producto de una tríada compuesta por el Departamento de Estado, la “comunidad de inteligencia” y especialmente la CIA, y el Pentágono. El Congreso tenía un papel mucho menor aunque, coyunturalmente, podía en ciertas ocasiones ejercer una cierta influencia. El presidente escuchaba todas las opiniones y finalmente decidía el curso de acción a tomar. Pero ya desde los años de Bill Clinton la incidencia del Departamento de Estado comenzó a menguar. Fue la propia Madeleine Albright, que ocupó esa Secretaría en el segundo turno de Clinton, quien años más tarde anunciaría el cambio en la misión de la cartera que había estado a su cargo. En términos generales su argumento podría resumirse en estos términos: “antes el Departamento de Estado fijaba la política exterior y el Pentágono la respaldaba con la fuerza disuasiva de sus armas. Ahora es éste quien la determina, y a los diplomáticos nos cabe la misión de explicarla y de lograr que otros gobiernos nos acompañen en nuestra tarea.” Y, recordaba en otra ocasión, que Estados Unidos debe guiar la formulación de la política exterior por el siguiente principio: “el multilateralismo cuando sea posible, el unilateralismo cuando sea necesario”.
      Las recientes decisiones bélicas de Trump, violando la Carta de las Naciones Unidas y toda la legalidad internacional, señalan inequívocamente que el Pentágono se ha hecho cargo del tema y que una lógica estrechamente militar preside las intervenciones de Washington en la escena mundial. Siria y Afganistán son dos hitos que marcan este funesto tránsito, y se anticipa que en las próximas horas podría haber un ataque a Corea del Norte para disuadirla de efectuar un nuevo ensayo nuclear previsto para este fin de semana. Si este llegara a producirse la respuesta de Pyonjang podría ser muy violenta, lanzando una represalia sobre blancos preseleccionados en Corea del Sur que desencadenaría una tremenda reacción en cadena. 


      La militarización de la política exterior de Estados Unidos no es nueva sino que viene afianzándose desde hace muchos años. Sólo que después de los atentados del 11 de Septiembre del 2001 su ritmo se aceleró y adquirió renovados ímpetus en las últimas semanas con los ataques ordenados por Trump. Este conformó un gabinete en donde hay una presencia sin precedentes de militares, en funciones o retirados; ordenó un aumento del presupuesto militar y otorgó más facultades al Departamento de Defensa. Barack Obama no hizo nada para revertir esta nefasta tendencia aunque, en un momento, creyó necesario advertir los riesgos de reducir los problemas y desafíos del sistema internacional a sus aspectos militares. En una conferencia dictada en la Academia Militar de West Point en Mayo de 2014 elogió a su audiencia diciendo que su país tenía las mejores fuerzas armadas del mundo. Pero, apelando a un aforismo muy popular en Estados Unidos agregó que “el hecho de tener el mejor martillo no significa que cada problema sea un clavo”.
      La deriva en la cual se encuentra inmersa la Casa Blanca en las últimas semanas desoye explícitamente la advertencia de Obama, de quien podrán decirse muchas cosas menos de haber sido una “paloma”. Ni un solo día de sus ocho años de presidencia Estados Unidos dejó de estar en guerra. Pero se daba cuenta de los riesgos que entrañaba la completa militarización de la política exterior y reservaba algún espacio para la negociación diplomática. Trump y su equipo de “halcones” en cambio creen que basta con el martillo del único ejército global del planeta para enfrentar los desafíos de un sistema internacional en irreversible transición hacia el policentrismo. Interrogado por los periodistas si había ordenado arrojar la “madre de todas las bombas” sobre un objetivo en Afganistán (y cuyo resultado práctico es difícil de dilucidar, dado lo mentiroso de la información reinante) la respuesta de Trump fue espeluznante: “Lo que yo hago es autorizar a mis militares. … Les he dado mi total autorización, y eso es lo que ellos están haciendo.” O sea, que el Pentágono ha obtenido un cheque en blanco del magnate neoyorquino y la seguridad y la supervivencia de la especie humana enfrentan un serio riesgo debido a que la mortífera dialéctica de las armas puede terminar desatando una guerra termonuclear que, aún si fuera limitada, tendría efectos catastróficos sobre la vida en el planeta Tierra. Ojalá que este aciago curso de acción sea interrumpido antes de que sea demasiado tarde. Si no, será cuestión de ver otra vez el magnífico film de Stanley Kubrick, “Dr Insólito, o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba” para anticipar lo que, desgraciadamente, podría ser nuestro futuro.  



                                                
(Por Atilio A. Boron) Acosado por sucesivas derrotas en el Congreso –el  rechazo a su proyecto de eliminar el Obamacare- y en la Justicia, por el tema de los vetos a la inmigración de países musulmanes,  Donald Trump apeló a un recurso tan viejo como efectivo: iniciar una guerra para construir consenso interno. El magnate neoyorquino estaba urgido de ello: su tasa de aprobación ante la opinión pública había caído del 46 al 38 por ciento en pocas semanas; un sector de los republicanos lo asediaba “por izquierda” por sus pleitos con los otros poderes del estado y sus inquietantes extravagancias políticas y personales; otro hacía lo mismo “por derecha”, con los fanáticos del Tea Party a la cabeza que le exigían más dureza en sus políticas anti-inmigratorias y de recorte del gasto público y, en lo internacional, ninguna concesión a Rusia y a China. Por su parte, los demócratas  no cesaban de hostigarlo. En el plano internacional las cosas no pintaban mejor: mal con la Merkel durante su visita a la Casa Blanca, un exasperante subibaja en la relación con Rusia y una inquietante ambigüedad acerca del vínculo entre Estados Unidos y China. Con el ataque a Siria, Trump espera dotar a su administración de la gobernabilidad que le estaba faltando. 



       Los frutos de su iniciativa no tardaron en aparecer. En el flanco interno, el chauvinismo y el belicismo de la sociedad y la cultura política norteamericanas le granjearon el inmediato apoyo de republicanos y demócratas por igual. Quien antes aparecía como un peligroso neofascista o un incompetente populista emergió de los escombros de la base aérea de
Al Shayrat como un sabio estadista que “hizo lo que debía hacer”. Tanto la impresentable Hillary Clinton como el anodino John Kerry no ahorraron elogios al patriotismo y la determinación con que Trump enfrentó la inverosímil amenaza del régimen sirio, a quien se le acusó, contra toda la evidencia, de haber utilizado el gas sarín que días atrás produjo la muerte de al menos ochenta personas en un ataque perpetrado en la ciudad de Jan Sheijun.

Mentiras. Fuentes independientes señalan que esa macabra operación no pudo ser causada por Damasco sino por los “rebeldes” amparados y protegidos por Occidente, las tiranías petroleras del Golfo y el gobierno fascista de Israel. El área en donde se produjo la masacre estaba bajo el control del Al-Nusra, rama de Al Qaida que Naciones Unidas y EEUU habían calificado como terrorista. En el 2013 el gobierno sirio firmó su adhesión a la Convención para la Prohibición de Armas Químicas (OPAC) y tres años más tarde el país fue declarado territorio libre de armas químicas. Así reza el informe que esa organización elevó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Claro está que una parte de ese arsenal pudo haber sido capturado y escondido por Al-Nusra, facilitada esta maniobra por la debacle en que estaba sumida Siria a causa de la guerra. Pero al  bombardear la base aérea de Al Shayrat Washington destruyó al equipo y el arsenal militar que presuntamente podría haber probado que fue el ejército sirio quien cometió el crimen con el gas sarín. ¿Por qué destruir la evidencia que eventualmente podría culpabilizar (o inocentizar) a Al-Assad, se preguntaba la vocera de la cancillería rusa? Destruir pruebas es un delito, o por lo menos una actitud sospechosa, sobre todo si se atiende a la inevitable pregunta que hace Günter Meyer, director del Centro de Investigaciones del Mundo Árabe, con sede en Maguncia, Alemania, y que reproduce un cable de la Agencia Deutsche Welle. En cualquier película policial-asegura Meyer- cuando se investiga un crimen los detectives se preguntan quién gana y quien pierde con lo ocurrido. En este caso la pregunta tiene una clara respuesta: "De semejante ataque con gas letal solo pueden beneficiarse los grupos opositores armados” y (agrego por mi parte)  sus aliados en Occidente, a la vez que sólo puede perjudicarse el gobierno sirio. Entonces, ¿por qué cometería semejante crimen? ¿Puede  Al-Assad ser tan estúpido? No parece, porque de haberlo sido ya habría sido derrocado hace años.


           
         Todas estas consideraciones fueron soslayadas por Trump. Y en esto el  outsider demostró no serlo tanto porque siguió al pie de la letra el guión al cual se ajustaron los presidentes que le precedieron, desde Bush padre a Barack Obama, pasando por Bill Clinton y Bush hijo: atacar, invadir, ocupar naciones usando como pretexto un torrente de mentiras y difamaciones –eufemísticamente llamadas “posverdad” por los infames manipuladores de la opinión pública mundial- que persiguen justificar lo injustificable. Todos conocemos la historia de las “armas de destrucción masiva” que supuestamente tenía en su poder Saddam Hussein y que jamás se hallaron, ni antes de la destrucción del régimen ni después. Pero la tragedia igual fue consumada a partir del 2003 porque la mentira se había arraigado en la sociedad americana. Todo sabían, además, que el único país de la región que las poseía era Israel, pero como es el gendarme regional del imperio eso es una nimiedad que se oculta cuidadosamente ante los ojos de la opinión pública y que intencionadamente marginan de sus análisis  los más sesudos especialistas.



Con el ataque del viernes pasado Washington violó, por enésima vez, la Carta de las Naciones Unidas demostrando más allá de toda duda que el presunto “orden mundial” no es tal sino un brutal e inmoral “desorden mundial “ en donde rige la máxima bárbara del derecho del más fuerte. Pero no sólo eso: Trump también violó la Carta de la OEA, que en su Capítulo 2, inciso 9, dice textualmente que “los Estados americanos condenan la guerra de agresión: la victoria no da derechos”. Sería bueno que el Secretario General de esa siniestra organización, Luis Almagro, tan preocupado por aplicar la Carta Democrática a la República Bolivariana de Venezuela tomara nota de esto y denunciara a Washington, con el mismo ardor con que enjuicia a Caracas,  por su agresión a Siria.

        Ante la gravedad de la situación es obvio que Rusia no permanecerá de brazos cruzados: tiene en Siria una vital base naval en Tartus que le abre las puertas del Mediterráneo (y de ahí al Atlántico Norte) a su flota del Mar Negro anclada en Sebastopol y también una base aérea en Latakia. China e Irán también tienen  intereses en juego en Siria y una Rusia cercada por tierra -con la OTAN estacionada a lo largo de toda su frontera occidental  con lo que algunos observadores consideran como el mayor despliegue de fuerzas y equipos de toda  su historia- y por mar si llegara a producirse la caída de Al-Assad. En tal caso Moscú no tendría sino dos alternativas: aceptar mansamente su sumisión a los dictados de Estados Unidos, cosa que obviamente no está en el ADN de Vladimir Putin y que por lo tanto jamás hará; o activar su poderoso dispositivo militar y aplicar represalias selectivas intensificando su campaña en contra del ISIS creado y protegido por Washington e, inclusive, adoptando una postura más activa en caso de una nueva agresión norteamericana. Cuesta pensar de otro modo cuando se ataca a un país como Siria que, junto a Rusia, había logrado grandes éxitos en controlar a la horda de fanáticos que sembró el terror en Siria y otras partes de Oriente Medio. El inesperado giro de Trump (que en su campaña había divulgado nada menos que 45 tuits diciendo que “atacar a Siria era una mala idea porque podría precipitar el estallido de la Tercera Guerra Mundial”) debe poner en guardia a todos los pueblos y gobiernos del planeta porque con el ataque a Siria el mundo camina sobre el filo de una navaja. Esta actitud de vigilancia y preparación para la lucha debe ser impulsada en Nuestra América, especialmente cuando se analizan las muy recientes declaraciones del Jefe del Comando Sur, Kurt Tidd, ante el Comité de Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos. En esa ocasión textualmente habló de “una creciente crisis humanitaria en Venezuela que eventualmente podría obligarnos a una respuesta regional.” Los latinoamericanos y caribeños sabemos lo que esas palabras significan y estaremos preparados para desbaratar esos planes. Suenan los tambores de guerra en la Casa Blanca y no sería de extrañar que aparte de continuar con sus operaciones bélicas en Siria hubiera en Washington  quienes crean que llegó el momento de ajustar cuentas con Corea del Norte y Venezuela, dos espinas que hace mucho tiempo Tío Sam tiene clavadas en su garganta. Cuando comienzan su periplo descendente los imperios potencian su barbarie y tratan de retrasar lo inevitable apelando a cualquier recurso, entre ellos, inventando guerras. No sería de extrañar entonces que ante este cuadro de situación, cuando son los propios estrategas imperiales los que se desvelan por tratar de detener su declinación, Trump intentara “normalizar” el mapa sociopolítico latinoamericano y del sudeste asiático recurriendo al lenguaje de los misiles. Si lo hiciera se llevaría una sorpresa enorme.
                                                      



3.4.2017

Comparto nota sobre la elección presidencial del día de ayer en Ecuador

(Por Atilio A. Boron)  La victoria obtenida por Alianza País en el balotaje del 2 de Abril confirma que el pueblo ecuatoriano supo discernir lo que estaba en juego: la continuidad de un gobierno que marcó un antes y un después en la historia contemporánea del Ecuador o el suicida salto al vacío,  emulando la tragedia argentina. Lenin Moreno y Jorge Glas representan la consolidación de los avances logrados en numerosos campos de la vida social durante diez años bajo el liderazgo de Rafael Correa; su adversario, Guillermo Lasso, personificaba el retorno de la alianza social que tradicionalmente había gobernado al Ecuador con las desastrosas consecuencias por todos conocidas. Un país con grandes mayorías nacionales secularmente sumidas en la pobreza, con índices de desigualdad y exclusión económica, social y cultural aberrantes. Una nación víctima de la insaciable voracidad de banqueros y latifundistas que saqueaban impunemente a una población que tenían como rehén y que, en su desenfreno, provocaron la megacrisis económica y financiera de 1999. En un alarde de falsificación de los hecho históricos a esa tremenda crisis la denominaron, amablemente, “feriado bancario”, a pesar de que en su vorágine acabó con la moneda ecuatoriana, que fue reemplazada por el dólar estadounidense, y provocó la estampida de unos dos millones de ecuatorianos que huyeron al exterior para ponerse a salvo de la hecatombe.


         Son varios los factores que explican este alentador resultado, para Ecuador y para toda América Latina. Uno: los traumáticos recuerdos del 1999 y el descaro con que los agentes sociales y las fuerzas políticas de aquella crisis –antes que nadie Guillermo Lasso- proponían la adopción de las mismas políticas que la habían originado. La candidatura de la derecha manifestó que ampliaría los márgenes de autonomía de las fuerzas del mercado, reduciría el gasto público, privatizaría la salud y la educación, bajaría los impuestos y acabaría con la hidra de siete cabezas del supuesto “populismo económico”. La política social sería recortada porque sin decir cómo, Lasso aseguraba que crearía un millón de nuevos empleos en cuatro años, pero se cuidó muy bien de notarizar esta promesa en el programa de gobierno que, tal como lo prescribe la legislación electoral, inscribió ante un escribano público. En el terreno internacional, Lasso declaró que cerraría la sede de la UNASUR, entregaría a Julian Assange a las autoridades británicas y se alejaría de todos los acuerdos y organismos regionales como la UNASUR, la CELAC y el ALBA.
  


Dos, el intenso trabajo de campaña hecho por el binomio Moreno-Glas, que le permitió establecer un profundo vínculo con la base social del correísmo y de llevar a cabo, de nueva cuenta, una extenuante recorrida por las 24 provincias del país, afianzando una presencia territorial y organizacional cuyos réditos fueron evidentes a la hora de abrir las urnas. Otro factor explicativo, el tercero, fue el apoyo de Correa  y su denodado esfuerzo por apuntalar con una vertiginosa dinámica gubernamental, la campaña de la fórmula oficialista. Si algo hacía falta para ratificar el carácter excepcional de su liderazgo era esto: una victoria inédita en la historia ecuatoriana porque nunca antes un gobierno se había re-elegido al cambiar la candidatura presidencial. En línea con esto hay que recordar que en la primera vuelta Alianza País había obtenido la mayoría absoluta de los diputados a la Asamblea Nacional y que un 55 por ciento de la ciudadanía votó a favor de la propuesta del gobierno de prohibir que los altos funcionarios y gobernantes pudieran tener sus dineros invertidos en paraísos fiscales. En otras palabras, apoyo interno en lo institucional y en el plano de la sociedad civil no le faltará al nuevo presidente.


         En los días previos predominaba en los ambientes de la Alianza País una profunda preocupación. Las encuestas no estaban arrojando los resultados que se esperaba y ponían en cuestión el entusiasmo militante con que Moreno y Glas eran recibidos en todo el país. La campaña de terrorismo mediático fue de tal magnitud y bajeza moral, y este es el tercer factor que hay que tomar en cuento, que hizo que el votante aliancista temiese manifestarse ante las preguntas de los encuestadores. Las acusaciones lanzadas en contra de Correa y Glas eran tan tremendas como carentes por completo de sustancia. Lo significativo del caso es que la derecha acusaba en los medios pero se abstenía de hacer una denuncia en los tribunales. Como dijo uno de los observadores en la reunión con la gente de CREO-SUMA: “no queremos chismes, aporten datos concretos”. Nunca lo hicieron. Pero, abrumada e intimada por esta artillería mediática (que contó con la activa colaboración de algunos “dizque periodistas” argentinos, en realidad agentes de propaganda al servicio de las peores causas) y por las veladas amenazas de los profetas de la restauración una parte significativa de los encuestados se definían como “indecisos” cuando en realidad no lo estaban. La verdad salió a la luz a partir del escrutinio.
         En una nota anterior decíamos que esta elección sería la “batalla de Stalingrado”, porque de su desenlace dependería el futuro del Ecuador y de América Latina. Una derrota daría pábulos a la derecha regional y aceleraría la modificación regresiva del mapa sociopolítico sudamericano, fortaleciendo a los tambaleantes gobiernos de Argentina y Brasil, protagonistas fundamentales del actual retroceso político, y refutando la tesis de algunos analistas agoreros que se apresuraron a decretar el “fin del ciclo progresista” mientras el finado seguía respirando. La victoria de Alianza País confirma que la lucha continúa, que los traspiés experimentados en fechas recientes son sólo eso, que el viejo topo de la historia continúa su labor y que aquí, en la mitad del mundo, un pueblo consciente tomó el futuro en sus manos y dijo “ni un paso atrás”. Como lo afirmara Correa, hicimos mucho pero queda mucho más por hacer. Haber ganado esta batalla crucial es  una gran noticia no sólo para los latinoamericanos sino para todos quienes, en el resto del mundo, pugnan por poner fin a la barbarie neoliberal. ¡Salud Ecuador!
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