Fue el Gran Mariscal de Campo descubierto por Fidel cuando recién salido de la prisión y ninguneado por la dirigencia de izquierda latinoamericana nadie daba un cinco por él. La visión de águila de Fidel le permitió discernir ese gran líder regional en ciernes cuando los demás, hombres mortales comunes y silvestres, sólo veían en Chávez a un frustrado golpista y un milico más de los tantos que asolaron Latinoamérica. Y Fidel acertó y fue su Mariscal de Campo en la crucial batalla librada contra el ALCA en Mar del Plata, en Noviembre del 2005. Batalla que marcaría un hito en nuestra larga marcha por la Segunda y Definitiva Independencia de Nuestra América. 

Tenemos una inmensa deuda continental con Chávez: haber reinstalado el tema de la actualidad del socialismo cuando el neoliberalismo campeaba sin contrapesos en Nuestra América; haber producido el despertar del sentimiento anti.imperialista dormido por siglos en la región; haber rescatado la centralidad de la unidad de nuestros pueblos; plasmado en instituciones concretas el ideario nuestroamericano como el ALBA, la UNASUR, la CELAC, Petrocaribe, Telesur, el Banco del Sur, etc. Fue por eso que se convirtió en el enemigo público número 1 del Imperio, cosa que marca definitivamente su gravitación universal por contraposición a la absoluta indiferencia que el imperio le concede a la inocua ultraizquierda vocifereante de América Latina, esa que hizo de su visceral crítica y repudio a Chávez el leit motiv de su existencia. Este pagó con su vida su audacia revolucionaria concreta, no de pura retórica como la de sus extraviados críticos. 


Por eso a Chávez lo mataron, como poco a poco lo va confirmando el complejo rompecabezas probatorio de esta hipótesis. No falta mucho para que tengamos las pruebas concretas y definitivas de ese magnicidio, cuyos autores intelectuales sabemos que viven en Washington. Su memoria vivirá eternamente en el corazón de nuestros pueblos. Fue un líder extraordinario pero, por sobre todas las cosas, una buena persona, un ser transparente y profundamente humano: inteligente como pocos, amigo fidelísimo, dotado de un fino sentido del humor; lector apasionado al punto que sólo Fidel se le compara en este punto, dueño de una memoria fabulosa capaz de recitar poesías y cantar sin parar hasta el amanecer, hombre de pueblo, profundamente de pueblo y capaz como muy pocos de comunicarse con su gente y entender sus vivencias, sus emociones y sus necesidades. Por eso Chávez fue Chávez, y por eso Chávez es pueblo, en Venezuela y en toda América Latina y el Caribe. Decir Chávez es decir pueblo. Por eso su nombre ha entrado definitivamente por la puerta grande de la historia. Por eso recordamos hoy su natalicio y nos basta saludarlo con un ¡Hasta siempre, querido Comandante!
"UNA NOTICIA QUE ME HONRA COMO POCAS EN MI VIDA".

Ayer 22 de Julio se presentó en la ciudad de Sancti Espíritus, Cuba, el número especial de la Revista VERDE OLIVO, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, dedicada a los 90 años de FIDEL.
La revista publica escritos de militares y civiles cubanos. En esta edición especial hubo sólo tres extranjeros a quienes les fue permitido quebrar esa regla: al Comandante Ernesto Che Guevara, con su poema “Canto a Fidel”, escrito en México en1956 cuando participaba en los preparativos de la expedición del yate Granma; a Pablo Neruda con su “Canción de Gesta”, del año 1960, celebrando con sus bellos versos el triunfo de la Revolución Cubana; y en tercer lugar al autor de estas líneas, con un breve texto que rememora mi primer contacto con Fidel en el Chile de Salvador Allende, a finales de 1971. He recibido varias distinciones a lo largo de mi vida. Pero ninguna como esta, y no podía dejar de compartirla con ustedes.



Y a continuación, el texto escrito para Verde Olivo:

"Por aquí pasó Fidel"
(Por Atilio A. Boron) Escribir unas pocas líneas sobre Fidel es una invitación a la vez fascinante y peligrosa. Lo primero, porque se trata de una figura titánica que cubre la segunda mitad del siglo veinte y los primeros años del actual. Lo segundo, porque dadas las inexorables restricciones de espacio, se corre el riesgo de apenas balbucear unas pocas palabras incapaces de hacerle justicia a un personaje que Hegel sin duda caracterizaría como “histórico universal”, tal como lo hiciera con Napoleón. Cedo ante la tentación y me propongo escribir algo sobre un personaje con quien trabé inicialmente contacto hace algo más de treinta años, cuando tuve la fortuna de participar en uno de los cónclaves que Fidel organizara en 1985 sobre el tema de la deuda externa. Pese a que era una convocatoria multitudinaria, a la cual acudieron gentes de toda América Latina y el Caribe, me las ingenié echando mano a mi férrea disciplina militante, para llegar con mucha anticipación a la Sala 1 del Palacio de Convenciones de La Habana, donde se realizó aquella reunión, y sentarme en las primeras filas de ese vasto auditorio. Esa actitud fue ampliamente recompensada porque Fidel, que a lo largo de esa semana asistió todos los días con invariable puntualidad a las sesiones de la tarde, se hacía un tiempo durante los intervalos para hablar con los participantes, comentar las exposiciones que habíamos oído (que duraban siete minutos, ni uno más) y responder a las innumerables preguntas de quienes nos arremolinábamos en torno a su quijotesca figura. Tuve la enorme fortuna de, posteriormente, poderme ver en numerosas ocasiones con el Comandante, a veces en pequeños grupos y en varias oportunidades en un diálogo cara a cara, sin testigos. Sería imposible resumir en pocas líneas todo lo que me enriquecieron esos encuentros con Fidel, tanto los grupales como los individuales, antes y después de su retiro de la gestión gubernamental.


Si bien esa fue la primera vez que pude participar en un tumultuoso diálogo colectivo con él, no era la primera que lo veía en persona. Y de esto quisiera hablar, o más bien escribir, en esta oportunidad. Porque a lo lejos lo había visto antes en Chile durante su histórica visita a ese país. En ese tiempo, finales de 1971, yo me desempeñaba como un joven profesor de la FLACSO/Chile y traté de seguir su itinerario lo más de cerca posible, tarea irremediablemente condenada al fracaso porque el Comandante no limitó sus actividades al área de Santiago sino que  recorrió Chile de norte a sur, desde Antofagasta hasta Punta Arenas. Me consolé asistiendo a sus apariciones públicas en Santiago  apenas recobrado del impacto emocional que me produjo cuando el día de su llegada a la tierra de Violeta Parra, al atardecer del 10 de Noviembre de 1971, yo era uno más de los miles y miles de santiaguinos que salimos a las calles para brindarle una conmovedora recepción. El clímax se produjo cuando al acercarse la caravana de automóviles por la Avenida Costanera a la altura de las Torres de Tajamar, lo vimos pasar en un carro descapotado, de pie, enfundado en su uniforme verde olivo, su gorra y saludando a diestra y siniestra a la multitud agolpada a ambos lados de la calzada. Siendo de por sí un hombre de elevada estatura, parado en ese carro, que avanzaba lentamente, sus dimensiones adquirieron para quienes estábamos allí vitoreándolo proporciones gigantescas y sentíamos que nos recorría, como una corriente eléctrica, la sensación mística de que estábamos viendo pasar no a un hombre, no a un cubano, no a un jefe de estado, sino a la personificación misma de América Latina y el Caribe, al héroe que en nombre de Nuestra América había puesto punto final a nuestra prehistoria. Si su sola figura nos magnetizaba cuando pronunciaba un discurso –¡veinticinco en total durante su gira chilena, más una maratónica conferencia de prensa un día antes de su regreso a Cuba!-, sus formidables dotes de orador nos dejaban absolutamente deslumbrados.

Salvador Allende, su digno anfitrión, era un líder entrañable y un luminoso ejemplo para todos nosotros por su coherencia como marxista y por su valentía para enfrentar a la derecha vernácula y al imperialismo. Valentía que se puso de manifiesto por última vez en el desigual combate librado contra la banda de facinerosos reaccionarios que orquestó el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. Pero no era un orador de barricada; sus discursos parlamentarios eran excelentes, pero jamás podrían cautivar a una multitud. Los de Fidel, en cambio, eran como uno de esos fantásticos  murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México: un torrente por el cual fluía toda la historia de Nuestra América. Su capacidad didáctica, su contenido profundo y su incomparable elocuencia fascinaron a todos quienes pudimos asistir a sus concentraciones y, en mi caso, marcó para siempre mi conciencia política. Termino anotando que el viaje de Fidel a Chile fue algo más que una visita diplomática. Parafraseando lo que decía el Comandante Hugo Chávez, podríamos decir también que “por aquí pasó Fidel”. Y “aquí” fue ese sorprendente Chile adonde el Comandante llegó para comprobar, con sus propios ojos, si había otro camino para hacer avanzar la revolución. Y, en aquella coyuntura latinoamericana, esta era una cuestión de excepcional importancia para el líder cubano, revolucionario integral si los hay y obsesionado por identificar, en los complejos entresijos de nuestras realidades nacionales, las semillas de la necesaria revolución. Esta motivación quedó explícitamente confirmada en el notable discurso que Fidel pronunciara el 17 de noviembre de 1971 en la Universidad de Concepción. Fue precisamente eso lo que quiso ver Fidel en Chile, y la lectura de sus discursos y sus intervenciones en la prensa lo evidencian como un profundo estudioso de la realidad chilena, meticulosamente bien informado sobre lo que ese país producía, a quién lo vendía en el mercado internacional, a qué precio y bajo cuáles condiciones. Y lo mismo valía para otros aspectos de la vida política y social de aquel país, que Fidel había estudiado hasta en sus menores detalles con anterioridad a su visita. Una gira extensa e intensiva, donde no sólo pronunció discursos sino que habló con miles de chilenos que le preguntaban de todo. Fue realmente un viaje de estudios, propio de quien concibe al marxismo no como un dogma sino como una guía para la acción -como lo exigía Lenin—y que se extendió desde el 10 de noviembre hasta el 4 de diciembre, en medio de la gritería insolente de la derecha que a poco llegar exigía el abandono de Fidel del suelo chileno. Pero Allende se mantuvo firme y brindó una cálida hospitalidad a su amigo cubano en cada rincón de la dilatada geografía del país andino. Con su visita Fidel dejó una estela imborrable en aquel lejano rincón de Nuestra América, que por un par de años más todavía sería, como lo afirma la canción nacional de Chile, “un asilo contra la opresión”. Poco después se transformaría en el baluarte de la barbarie fascista, en asilo de contrarrevolucionarios y guarida de terroristas que, Plan Cóndor mediante, asolaría a los países latinoamericanos. La revolución que Fidel correctamente caracterizó cuando dijo que en Chile estaba transitando sus primeros pasos fue ahogada en sangre. Y allí quedaron definitivamente demostradas dos lecciones: primera, que en Nuestra América la osadía de los revolucionarios siempre se castigará con un atroz escarmiento. Segunda lección: que el único antídoto para evitar tan fatal desenlace es completar sin pérdida de tiempo alguna las tareas fundamentales de la revolución.


Fuente: Verde Olivo, Nº 3, Julio 2016
21 Julio 2016



(Por Atilio A. Boron) Estos días, después de la nominación de Donald Trump como candidato por el partido republicano, varios medios me preguntaron quién sería más conveniente para América Latina, si él o Hillary Clinton. Mi respuesta: ninguno de los dos, porque lo que importan no son tanto las personas como la alianza social a quien ellos representan. Y esta alianza es la “burguesía imperial” o el “complejo militar-industrial-financiero”, al cual ambos responden si bien con características idiosincráticas propias. Por eso creo que la pregunta está mal formulada. 


Ningún presidente de Estados Unidos se ha apartado, desde George Washington hasta aquí, de las premisas fundantes que guían las relaciones hemisféricas y que condenan a nuestros países a la condición de inertes satélites del centro imperial: (a) mantener América Latina y el Caribe como el “patio trasero” de Estados Unidos que no admite la intromisión de terceras potencias (Doctrina Monroe, 1823); (b) fomentar la desunión y la discordia entre los países del área y oponerse con total intransigencia ante cualquier proceso de integración o unificación. Por eso, Washington sabotea a la UNASUR, a la CELAC, mismo al MERCOSUR, ni hablemos del ALBA-TCP, Petrocaribe, Banco del Sur o Telesur. Esta política arranca desde los tiempos del Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826 y continúa hasta hoy. (c) el tristemente célebre “corolario de (Theodore) Roosevelt”, de 1904, en el que Estados Unidos se arroga el derecho a intervenir en los países del área sus gobiernos sean “incapaces de mantener el orden dentro de sus fronteras y se comporten con una justa consideración hacia sus obligaciones con el extranjero.” Y más adelante prosigue diciendo que: “siempre es posible que las acciones ofensivas hacia esta nación (Estados Unidos) o hacia los ciudadanos de esta nación (eufemismo por empresas norteamericanas) de algunos Estados incapaces de mantener el orden entre su gente, incapaces de asegurar la justicia hacia los extranjeros que la tratan bien, pudieran llevarnos a adoptar acciones para proteger nuestros derechos; pero tales acciones no se adoptarían con miras a una agresión territorial y serían adoptadas sólo con una extrema aversión y cuando se haya hecho evidente que cualquier otro recurso ha sido agotado.”

Fieles a estas premisas no tiene sentido alguno preguntarse si Trump ni Clinton serían más convenientes para América Latina. Quizás podríamos especular sobre quien sería menos malo. En tal caso creo que entre estas dos malas personas, inmorales y corruptas, tal vez la menos dañina podría ser Hillary, pero nada más que eso. Ella y Trump representan, con ligeros matices, lo mismo: la dictadura "legal" del gran capital en Estados Unidos. Trump es más impredecible y esto no necesariamente sería malo. Hasta podría despegarse ocasionalmente del “complejo militar-industrial-financiero”,
  pero su compañero de fórmula –un cristiano evangélico de ultraderecha- es un troglodita impresentable. Hillary es muy predecible, pero su record como Secretaria de Estado en la administración Obama es terrible. Recuérdese, entre muchas otras cosas, la carcajada con que recibió la noticia del linchamiento de Muammar El Gadaffi, gesto moralmente inmundo si los hay. Como senadora se consagró como una descarada lobbista de Wall Street, del complejo militar-industrial y del Estado de Israel. América Latina no puede esperar nada bueno de ningún gobierno de Estados Unidos, como lo ha demostrado la historia a lo largo de más de dos siglos. Puede, ocasionalmente, aparecer algún presidente que marginalmente pueda producir situaciones puntualmente favorables para nuestros países, como ha sido el caso de James Carter y su política de Derechos Humanos, concebida para hostigar a la Unión Soviética e Irán pero que, indirectamente, sirvió para debilitar las dictaduras genocidas de los años setentas. Pero nada más que eso. Nosotros tenemos que forjar la unidad de nuestros pueblos, como lo querían Artigas, Bolívar y San Martín en los albores de las luchas por nuestra independencia. No tenemos nada bueno que esperar de los ocupantes de la Casa Blanca cualquiera sea el color de su piel o su procedencia partidaria.


¡LO QUE FALTABA! EL GOBIERNO GOLPISTA DE BRASIL Y EL DE PARAGUAY, QUE CONDENA A LOS CAMPESINOS DE CURUGUATY SIN PRUEBAS, SE ERIGEN COMO "PROFESORES DE DEMOCRACIA"
La reunión de cancilleres que debía concretar el traspaso de la presidencia "pro témpore" del Mercosur, actualmente en manos de Uruguay, a Venezuela, saboteó la normativa de esa institución al impedir la concreción de la transmisión de la presidencia. No concurrieron a dicha reunión, realizada en Montevideo, los cancilleres de Argentina, Brasil, siendo reemplazados por funcionarios de menor jerarquía; asistieron en cambio el canciller del Paraguay, Eladio Loizaga, y el anfitrión Rodolfo Nin Novoa. 

La Ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela, Delcy Rodríguez, acudió a la reunión pero no fue admitida en las deliberaciones, con el falaz argumento que la misma estaba reservada a los países fundadores del grupo (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay). Rodríguez dijo que el canciller paraguayo y el representante brasileño para la cita "se escondieron en el baño" y "no quisieron darle la cara a Venezuela". Lo más sorprendente es que el aludido Loizaga admitió su cobarde huída: "Si estuvimos en el baño es porque la necesidad fisiológica nos ha llamado", le respondió el ministro paraguayo. Es comprensible: puestos a debatir Loizaga hubiera sidlo noqueado en cinco minutos por la contundencia jurídica y argumentativa de Delcy Rodríguez. Tristísimo papel de los países del Mercosur, decididos a vender su dignidad por un plato de lentejas y a ofrecerse como solícitos peones del imperio. ¡Y pensar que hace unos cuantos años José Serra, canciller actual del gobierno golpista del Brasil, pretendía "correrme por izquierda en los cursos que ofrecía en Flacso/Chile".(algunos lo confunden con el inescrupuloso Mr. Burns de los Simpsons)

Ver más en:
 Una visión alternativa de la declaración de la independencia de la Argentina

(Por Atilio A. Boron)  El proceso emancipatorio que se desataría con fuerza en el Río de la Plata luego de la derrota de las dos invasiones inglesas a Buenos Aires, en 1806 y 1807, enfrentó desde su nacimiento a dos formaciones sociopolíticas muy claramente definidas. Por un lado, un bloque oligárquico-colonial que a través de sucesivas mutaciones llega hasta la actualidad y que hoy se encarna en el macrismo como su expresión sociopolítica; enfrentándolo había un sector de inspiración jacobina que concebía a la emancipación como un paso hacia la construcción de un nuevo tipo de sociedad, liberada de las lacras del viejo orden colonial. Figuras sobresalientes en este grupo eran Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo, todos graduados de la Universidad de Chuquisaca, la segunda universidad creada en suelo americano después de la de Santo Domingo y situada en lo que hoy es la ciudad de Sucre. De esta suerte de Harvard hispanoamericana de la época colonial salieron algunos de los cuadros intelectuales más importantes de los procesos independentistas de Sudamérica. Además de los arriba mencionados deberíamos agregar los nombres de José Ignacio Gorriti, José Mariano Serrano, Manuel Rodríguez de Quiroga, uno de los líderes de la  gesta independentista del Ecuador; Mariano Alejo Álvarez, precursor de ese mismo proceso en el Perú y Jaime de Zudáñez, que desempeñó igual papel en el Alto Perú. No es un dato menor recordar que esa magna universidad fue el foco que precipitó la Revolución de Chuquisaca el 25 de Mayo de 1809, exactamente un año antes que la revolución de Mayo en Buenos Aires. A este notable grupo se le unió, en el Río de la Plata, la figura gigantesca de Manuel Belgrano, un auténtico “hombre del Renacimiento.” Belgrano fue un refinado intelectual, un lúcido economista que todavía hoy sorprende con sus premonitorios análisis y audaces propuestas reformistas, periodista de fina pluma, político y estratega militar, todo eso aparte de su profesión de abogado. Un hombre, como Bolívar, que nació en una familia adinerada y que puso toda su fortuna al servicio de la revolución y la independencia. Y como el caraqueño, murió también él sumido en la pobreza. Para estos radicales rioplatenses como para Bolívar y Miranda en el norte de Sudamérica, la derrota del imperio español no podía ni debía limitarse a la abolición del régimen político colonial y su sustitución por otro independiente sino que debía también acabar con las opresivas y arcaicas estructuras e instituciones  económico-sociales impuestas por el conquistador ibérico. La propuesta de esta ala radical del proceso independentista no se limitaba, como en el caso del bloque conservador, a sustituir unas autoridades por otras sino que apuntaban a la construcción de una nueva sociedad. Tal como lo anotara el historiador Felipe Pigna, Moreno lo expresó con todas las letras en su “Prólogo” a El Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau: “Si los pueblos no se ilustran … si cada uno no conoce lo que puede, lo que vale o lo que debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y luego de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir jamás la tiranía.” Un siglo después sería Lenin quien manifestaría su preocupación por la suerte de aquellos, en este caso el proletariado, que luchan contra el esclavista sin pretender acabar con la esclavitud. Al igual que Bolívar, San Martín y Artigas, aquel grupo de geniales jacobinos sudamericanos que anhelaba construir un nuevo orden pos-colonial fue aplastado por la reacción oligárquico-colonial. Pero dejaron sembradas unas semillas que fecundarían vigorosamente tiempo después y cuyos frutos serían recogidos y multiplicados por Martí, Mariátegui, Fidel, el Che y Chávez, entre tantos otros.       

En este sentido, la realización del Congreso de Tucumán que declararía solemnemente la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata sería apenas una primera floración de aquellas semillas. En ese momento, 1816, el escenario internacional había cambiado para mal. Los vientos huracanados de la Revolución Francesa y las cruzadas napoleónicas habían amainado. La derrota de Napoleón en Waterloo precipitó, con el Congreso de Viena, la restauración de las monarquías y la reconstrucción de las viejas fronteras europeas que habían sido borradas del mapa por el arrollador empuje de los ejércitos de Napoleón, firmando con premura el certificado de defunción del ciclo revolucionario abierto por la Revolución Francesa. Sin embargo, la dialéctica de la historia demostró con elocuencia que aquel ciclo distaba mucho de haber sido clausurado. Gramsci observó con sagacidad que su culminación efectiva tuvo lugar en Octubre de 1917 en Rusia, cuando los bolcheviques tomaron el cielo por asalto y clausuraron, entonces sí que definitivamente, el ciclo abierto por la revuelta parisina de julio del 14 de Julio de 1789 para abrir otro, con un contenido de clase y un horizonte político radicalmente distinto: la era de las revoluciones socialistas.

En el caso concreto del imperio español en América los acuerdos gestados entre Metternich y Teyllerand en el marco del Congreso de Viena decepcionaron a la monarquía ibérica porque no contemplaban el apoyo europeo para recuperar sus levantiscos territorios allende el Atlántico. Pese al desaire de sus socios europeos, cuyos principales actores y sobre todo el Reino Unido veían como beneficioso para sus intereses la desintegración del otrora imponente imperio español en América, el re-entronizado Fernando VII lanzó una violenta y masiva ofensiva militar destinada a reconquistar sus posesiones americanas. Era, como lo confirmó la historia, una empresa destinada al fracaso. Las noticias que llegaban a América luego de la derrota de Napoleón movilizaron a los patriotas en el Río de la Plata. Quien primero reaccionó fue José Gervasio de Artigas, que ni lerdo ni perezoso convocó al Congreso de los Pueblos Libres en la ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay, mismo que culminó el 29 de Junio de ese año con la presencia de delegados de la Banda Oriental (hoy República Oriental del Uruguay), Corrientes, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Misiones. Artigas reaccionó de este modo en respuesta a la actitud del muy oligárquico Directorio instalado en Buenos Aires luego de la Asamblea del Año XIII. Desconfiaba el caudillo oriental del proyecto que aquél tenía para el antiguo Virreinato del Río de la Plata. La clara admiración del Directorio y sus principales figuras, Pueyrredón y Rivadavia entre otros, por las monarquías europeas, y muy especialmente por la británica, y su exacerbado unitarismo contrariaba los ideales republicanos, democráticos y federales de la Liga Oriental. Fue por eso que con la excepción de Córdoba las demás provincias de la Liga no enviaron representantes al Congreso de Tucumán, algo que la historiografía oficial de la Argentina mucho se cuida en revelar. Los líderes de aquellas provincias ya daban por sentada la Independencia de las Provincias Unidas y, además, desconfiaban de los planes urdidos por la oligarquía porteña. El más audaz había sido pergeñado y llevado a la práctica por Carlos María de Alvear, a la sazón Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En tal carácter le había enviado al embajador británico en Río de Janeiro, Lord Strangford, una carta en la que, entre otras cosas, decía que “Estas provincias desean pertenecer a Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés y yo estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las afligen.  … Inglaterra no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo que se arrojan en sus brazos generosos...” Como puede comprobarse, el servilismo del actual Ministro de Hacienda de Mauricio Macri, Alfonso de Prat Gay, quien le pidió perdón a los inversionistas españoles por los “maltratos” que le infligiera el gobierno de Cristina Fernández tiene raíces profundas que como decíamos al principio de esta nota se remontan a dos siglos atrás.

 San Martín estaba al tanto de estas ignominiosas maniobras dirigidas a ahogar la revolución y la independencia en su cuna. Mientras preparaba al Ejército Libertador en Cuyo seguía tan de cerca como pudiera las deliberaciones que tenían lugar en Tucumán. Era consciente que todo el proceso emancipatorio americano pendía de un hilo. En México y los países del Istmo la rebelión popular estaba a punto de ser aplastada a sangre y fuego. Bolívar había sido derrotado, Miranda agonizaba en su mazmorra en Cádiz y Nueva Granada (Colombia) y Venezuela fueron arrasadas por los realistas. El virreinato de Perú seguía siendo un baluarte de la reacción ibérica al cual Chile estaba encadenado. El futuro de la independencia quedaba en las manos de las Provincias Unidas y de sus dos grandes dispositivos militares: el Ejército de los Andes, comandado por San Martín, presto a cruzar la cordillera, liberar a Chile y desde allí atacar al Perú. Y las guerrillas de Martín Miguel de Güemes en el Norte, para contener a las huestes realistas que desde Perú se descolgaban para sofocar el último bastión de la rebelión: el Río de la Plata. Por eso cuando el 9 de Julio de 1816 los delegados al Congreso aprobaron una declaración en la que se comunicaba “solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los vínculos que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueran despojadas e investirse del alto carácter de nación independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli” un sabor amargo se apoderó de algunos diputados. Uno de ellos, Pedro Medrano, anticipando la furiosa reacción que tendría San Martín al enterarse de la insoportable ambigûedad de una declaración como la del 9 de Julio, que dejaba abierta las puertas a la entronización de una dominación colonial, logró que en la sesión del Congreso que tuvo lugar el 19 de Julio se aprobara el siguiente texto que debía ser agregado a continuación de ‘sus sucesores y metrópoli’. Decía, ya sin ambages, ‘de toda dominación extranjera’. Por eso, la fecha genuina de la declaración de la independencia es el 19 de Julio, y no la que consagrara la muy conservadora historiografía oficial de la Argentina. Es el 19, no el 9, el momento en que las Provincias Unidas se internan en el camino sin retorno de la independencia nacional, declarándose ya sin eclecticismo ni oportunismo algunos independientes no sólo de la corona española sino de cualquier otra dominación extranjera. Dos siglos después esa aspiración sigue en pie, y la lucha iniciada por aquellos gigantescos patriotas sudamericanos dos siglos atrás continúa con toda su fuerza para lograr que, por fin, podamos sacudirnos el yugo del sucesor del viejo imperio español: el imperialismo norteamericano.



Mi impresión, y quisiera subrayar eso de "impresión", sobre la aparición de ayer noche de Cristina en C5N, es la siguiente:

Primero, una lástima que no haya acudido personalmente.Cristina es una gran comunicadora, dueña de una gestualidad y una oratoria excepcionales que se diluyeron en una entrevista telefónica.
Segundo, no transmitió para nada la impresión que venía para hacerse cargo de la conducción de la oposición y de asumir la dirección del kirchnerismo. No fue el suyo el mensaje de alguien que llega dispuesto a organizar la resistencia ante un gobierno que intenta por todos los medios destruir el legado de más de doce años de kirchnerismo.






Tercero, Cristina criticó a la oposición parlamentaria al macrismo, sobre todo su falta de ideas. Esto supone promover un debate público, no a puertas cerradas sino público, sobre por qué se perdió en la presidencial del 2015, que fue lo que se hizo mal (porque lo que se hizo bien ya lo sabemos) y cuál es la estrategia de construcción de una nueva fuerza política (una vez demostrada la inutilidad para tales propósitos de estructuras como el FpV, UyO y La Cámpora) para enfrentar exitosamente al macrismo, un gobierno, dijo, "al cual no quiere que le vaya mal". Mal podría Cristina hacerse eco de las palabras de Esteche exhortando a derrocar al gobierno; pero si a Macri le llegara a "ir bien" habría restauración conservadora por largo rato, y eso sería una catástrofe para la Argentina. Creo que hay que romper esa camisa de fuerza y establecer una clara diferencia entre la crítica radical al macrismo y la organización del campo popular para resistir a sus políticas y construir una alternativa superadora y, por otro lado, las fantasías destituyentes que alientan algunos sectores minoritarios. Lo primero es esencial, y hay que llevarlo a la práctica de inmediato; lo segundo es un disparate que sólo puede conducir a profundizar aún más la derrota del 2015.
En resumen: el impasse no se ha roto y el tema de la conducción política en el seno del kirchnerismo sigue siendo un problema sin resolver. No se conduce sin presencia efectiva, sin directivas claras, sin consignas precisas para enfrentar los desafíos de la coyuntura y para organizar la resistencia. La aparición de Cristina en C5N no ha despejado estas incógnitas.
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