16.3.2016
(Por Atilio A. Boron) En Colombia me dijeron que el Papa Francisco visitará el país a comienzos del 2017. La noticia dio pie a toda clase de sesudos análisis y los más variados comentarios. También a algunos chistes. Escuché uno que también había antes oído en Brasil y en Cuba, a propósito de las visitas papales de Juan Pablo II por América Latina, y que ahora aparecía con tonalidades locales en Colombia. Más allá de ligeras “variantes nacionales” y algunos inevitables retoques estilísticos y de detalle que me permití introducir y que son inevitables a la hora de pasar del relato oral al escrito, el argumento de la historieta es el siguiente y lo comparto con ustedes.

"El Papa Juan Pablo II sentía una gran frustración porque nunca había aprendido a conducir automóviles. Cuando todavía era Karol Józef Wojtyła le resultó imposible hacerlo: los vehículos que había en Polonia en los duros años de la posguerra no eran precisamente “driver friendly” sino todo lo contrario. Eran toscos y pesados carruajes sin dirección asistida, sin servofrenado, con un embrague (clutch) durísimo que exigía hacer mucha fuerza con la pierna izquierda, una rudimentaria y rebelde caja de cambios y carecían de aire acondicionado o levantavidrios eléctricos. En suma, eran una desgracia para el conductor. Cuando en 1978 es elegido Papa y tuvo la oportunidad de contemplar el magnífico parque automotor que estaba a su disposición en el Vaticano Woytyla suspiró aliviado porque ya nada impediría despejar aquella vieja asignatura pendiente y obtener la licencia de conductor. Esto no sólo era la satisfacción de un viejo capricho. Salir a la calle sin el boato que habitualmente rodeaban sus movimientos le permitiría ejercer su acción pastoral más eficientemente, enterarse de cómo realmente vivía la feligresía. Con la habitual discreción con que se manejan estos asuntos de alta política en la Santa Sede dio a conocer este anhelo a algunos obispos latinoamericanos de su mayor confianza, todos santos varones de bien aceitados contactos con los poderes de turno. La repuesta no pudo ser mejor: le dijeron que no se preocupara porque eso “allá” se arreglaba muy fácilmente y no tendría problemas en obtener la dichosa licencia. Dicho y hecho: uno de ellos se encargó de que le enviaran los materiales de un curso por correspondencia (recordar que apenas comenzaba la Internet y en esos años la manejaban exclusivamente los chicos del Pentágono, por lo que había que apelar a formas tradicionales de comunicación e instrucción) y, pocas semanas antes de su visita a aquel país el alcalde de un pequeño municipio del interior ordenó a uno de sus empleados que le tomara un examen telefónico sobre las normas y reglamentos de la conducción de automóviles, mismo que el Papa aprobó con puntaje sobresaliente. El jefe comunal le dijo que el Nuncio Apostólico recibiría la licencia en los próximos días y que éste se lo entregaría a su llegada en la inminente visita oficial al país.

Mientras, Juan Pablo II había sigilosamente ensayado algunas maniobras con uno de los automóviles de la escudería vaticana. Su preferido era un Rolls Royce del año 1980, apropiadamente denominado “Silver Spirit” (porque siempre era bueno señalar la importancia del espíritu en estas cosas), un auto espectacular que ni en su más afiebrada alucinación juvenil podría haber imaginado que existía en este mundo cuando era un curita de pueblo en su Polonia natal y lo único que veía era el Warszawa 201, el primer carro fabricado en Polonia, con tecnología soviética, después de la Segunda Guerra Mundial. El Rolls Royce se lo había obsequiado su amiga y admiradora Margaret Thatcher, interesada en acelerar la reconciliación entre Roma y la Iglesia Anglicana. 

Ronald Reagan, otro admirador suyo, le había enviado una limusina Cadillac hiperblindada pero el coronel de la Guardia Suiza encargado de su seguridad dijo que por su arrogante espectacularidad ejercería una atracción irresistible a los terroristas que ya pululaban en los alrededores de la Plaza San Pedro. Su instructor era Kazimierz Czernyszowicz, un seminarista polaco que había aprendido a manejar en el tractor de la granja colectiva de Sieroszewice que, en el más absoluto secreto y bajo amenaza de excomunión ipso facto en caso de revelar lo que estaba haciendo, le enseñaba los rudimentos del manejo: asegurar que la transmisión estuviera en punto muerto o neutro antes de encender el motor; llave de contacto on-off, gire hasta donde dice on; cuidado con el freno de mano; embrague y ponga primera; suelte despacio el embrague (Ojo: es el pedal izquierdo, el otro es el freno) y presione suavemente el acelerador, coordinando suavemente ambos movimientos. Así, pa’lante y patrás una y otra vez Juan Pablo II aprendió a manejar en el amplio garaje del subsuelo del Vaticano. Satisfecho y radiante, le comunicó al Nuncio que lo recibiría a su llegada del largo viaje desde Roma hasta Latinoamérica que el primer día limitaría su actividad oficial a lo mínimo imprescindible, que se escabullaría de la pompa y el protocolo para recibir su licencia de conductor y que le enviara con alguien de su confianza el carro de la nunciatura para recogerlo por la salida normal, no la del protocolo, del aeropuerto.

Impaciente y fastidiado por la extensa ceremonia de bienvenida llevada a cabo bajo el ardiente rayo de sol tropical –himnos, discursos, homilías, coros infantiles, ofrendas campesinas y de pueblos originarios- Juan Pablo II logró su propósito, sentando un precedente que décadas después emularía –claro que con mejores intenciones- el Papa Francisco en Santa Cruz de la Sierra (que acudió a un Burger King para ponerse los ropajes ceremoniales requeridos para rezar la Santa Misa: la bata blanca, el cíngulo, la estola y la casulla). Con gran habilidad Juan Pablo II se desprendió del tumulto que lo rodeaba y se introdujo en un local de comidas rápidas que lo vio entrar como Papa y salir como un turista yankee más, luciendo un espléndido sombrero Panamá, grandes gafas oscuras; una guayabera apropiada para la canícula que en ese momento rondaba los cuarenta grados a la sombra, un pantalón de tela rústica como los que se vendían en Banana Republic y que no requerían cintos porque se ajustaban con un lazo de tela y sandalias. Mientras su ayudante se llevaba, bien ocultos, los atuendos pontificios Juan Pablo II se mezcló con la muchedumbre que hormigueaba por el aeropuerto sin llamar para nada la atención y, al salir no le costó mucho trabajo dar con el hermoso carro de la nunciatura. A su lado estaba montando guardia el Nuncio, antiguo obispo de Nápoles que las malas lenguas decían que había sido enviado a Latinoamérica por sus vinculaciones non sanctas con la camorra napolitana. Al volante había un chofer: un negro muy corpulento y de porte distinguido, vestido con un impecable traje del mismo color de su piel, una camisa blanca y una llamativa corbata con vistosas imágenes inspiradas en los animales y las plantas de la región selvática del país. El Nuncio dio un respingo cuando JPII se le aproximó con tan inusual aspecto, pero este cruzó sus labios con el dedo índice de la mano derecha y le ordenó que le diera la licencia de conductor y que se regresara con los carros de la comitiva oficial, y que luego se verían en la nunciatura. El chofer no salía de su asombro, sobre todo cuando el Papa rechazó la invitación que le hiciera para instalarse en el asiento trasero del carro. Sin tener mucha idea acerca de cuál era el idioma que se utilizaba en el país al que acababa de llegar se dirigió al negro y le dijo, con un tono imperioso que a este le recordó viejos tiempos, ‘the key, the key, give me the key’. JPII tomó las llaves y farfulló: ‘yo conduciré, tú atrás’.
Así lo hizo y sin más, llave en on, embrague, primera, presión leve sobre el acelerador y pa’lante. Pero la maniobra fue demasiado brusca y la joya germana salió disparada como una flecha embistiendo el poste de una de las luminarias y destrozando parte del guardabarros del vehículo. El negro quedó paralizado, hundido en el asiendo trasero sin siquiera bajarse a examinar los daños. No salían ambos de su sorpresa cuando rápidamente apareció en escena Usmail Lucero, uno de los policías que dirigían el tránsito en el aeropuerto. Después de regañarlo por la torpe maniobra realizada le pidió ver la licencia expedida a nombre de Karol J. Wojtyła y le dijo que debía acompañarlo a la jefatura situada en el aeropuerto para asentar la correspondiente transgresión del reglamento (manejo imprudente) y la destrucción de la propiedad pública (la luminaria). Sin perder el temple Juan Pablo II se sacó las gafas y le dijo, con voz serena: ‘hijo, no puedes hacer eso. Soy el Papa. Y además tengo mi licencia de conductor en orden’. Usmail, un hombre procedente de una de las comarcas más atrasadas del país, verdadero “territorio libre” del atraso, la ignorancia y la superstición, quedó estupefacto. Aquel rostro que aparecía al volante ciertamente era el del Papa. Miró al asiento trasero y vio al negro que parecía imperturbable, aunque una luz extraña, que le pareció amenazante, brillaba en sus ojos. Volteó una vez más para hablar con el Papa pero resolvió que la situación lo superaba y debía consultar a su superior, que estaba en las oficinas dentro del aeropuerto. ‘Con permiso mi capitán: tengo a un conductor de un Mercedes que dice ser el Papa Juan Pablo II. Cometió una infracción de tránsito y destruyó una luminaria, pero me pide que lo deje ir.’ La respuesta del capitán no se hizo esperar: ‘¡No sea imbéci, qué Papa ni que ocho cuartosl! Así que el Papa quiere irse de farra con una Merceditas y usted me viene con ese cuento. Me lo trae para aquí de volada a ese impostor! Además, por si no lo sabe, cuantas más infracciones labremos mejor será nuestra paga. ¡Así que, tráigamelo ya!’ El atribulado policía volvió al carro pero esta vez algo le hizo desviar su atención de Wojtyla para concentrarla en el negro que no se había movido de su sitio. Estaba saboreando un ron que acababa de servirse del minibar que se encontraba en una pequeña neverita situada frente al asiento trasero y que ahora sí lo fulminaba con su mirada. Atemorizado por una sombra de viejas supersticiones que de golpe se apoderaron de su cerebro Usmail retornó presuroso a la oficina de su superior: ‘¡Mire mi capitán, que eso yo no lo voy a hacer! ¿Usted quiere que me faje con ese negro millonario, que se da el lujo de tener al Papa de chofer? ¡Pal carajo! ¿Quién sabe quién es ese cabrón. Esa bronca no me la compro yo, con ese negro no me meto yo’. Vaya usted si quiere comprarse un pleito. ¡Se lo regalo! "

8 comentarios:

EL QUILPADOR dijo...

Seguí así CANALLA, MENTIROSO. A fuerzas de seguir mintiendo pretendés tapar co cortinas de humo y distraer a los lectores de éste blog sobre lo que está pasando en Sudamérica con todos los gobiernos de izquierda de quien vos CANALLA INTELECTUAL Y LADRÓN MEDIÁTICO te hiciste UN VERDADERO MERCENARIO juntando la guita con pala defendiendo a estos GOBIERNOS LADRONES que le ROBARON AL PUEBLO TRABAJADOR y que ahora ya no saben como defenderlos porque el VERSO DE LOS MEDIOS HEGEMÓNICOS se les terminó y ya nadie les cree ÉSTA MENTIRA y vos con estos post sin sentido querés distraernos de lo que está pasando, MENTIROSO Y CANALLA.

Anónimo dijo...

che,,,,, la derecha siempre de mal humor?

Anónimo dijo...

sr Quilpador ¿qué gobierno de izquierda ha existido en América Latina desde el Cro Pte Salvador Allende?.
¿Acaso considera ud izquierdistas -y por ende izquierdista a Borón- a los regímenes nacional-agraristas-bergoglianos que arrojaron a la clase obrera las migajas del ciclo inflacionario de las materias primas?
¡Por favor!

FOLLADORDEPROSTIS dijo...

Que articulo + aburrido,mejor que Atilio hable de los diálogos de paz en Colombia o las acusaciones de corrupción contra el PT en Brasil,parece que terminaron siendo = de corruptos como el PSDB derechista de Cardoso.

alsaid abdalhak dijo...


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Steve Guashimo dijo...

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