29 Diciembre 2014

Ya a punto de concluir el año, comparto esta nota que acaba de ser recogida por varios periódicos digitales sobre lo que se puede esperar de los anuncios de Barack Obama en relación a Cuba.

Ilustración del diario Página/12 (Buenos Aires) dando cuenta de los anuncios del 17 de Diciembre

 (Por Atilio A. Boron) Escribimos estas líneas con la inmensa alegría que nos produjo la exitosa culminación de la campaña que el pueblo y el gobierno de Cuba lanzaron para repatriar a los cinco luchadores antiterroristas injustamente encarcelados por la “justicia” de los Estados Unidos, que jamás se preocupó por enjuiciar a connotados y confesos terroristas como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles o a un financista  y ejecutor de atentados terroristas como Jorge Mas Canosa. Refiriéndose a “Los 5” Fidel dijo en su momento “volverán” y volvieron; como antes, en el incidente del niño Elián González, cuando también aseguró que Elián volvería a Cuba, y volvió. Dicho esto quisiéramos compartir una reflexión sobre las razones que explican el cambio en la política exterior de Estados Unidos en 
relación a Cuba y lo que esto podría significar para la Isla y América Latina y el Caribe.

El absoluto fracaso de más de medio siglo de bloqueo y agresiones es uno de los factores más evidentes que originaron el viraje de Washington. La Revolución Cubana resistió a pie firme, dignamente y sin concesiones, tamaña agresión y al final del día el Goliat del planeta tuvo que reconocer su derrota, algo que muy rara vez hace  la siempre arrogante superpotencia. Lo hizo el presidente Barack Obama en su discurso y de modo todavía más enfático su Secretario de Estado, John Kerry, cuando al pronunciar el suyo, un par de horas más tarde, dijo que “durante medio siglo aplicamos una política para aislar a Cuba y los que terminamos aislados fuimos nosotros.” Claro está que otros factores también jugaron un papel: la intervención del Papa Francisco fue mucho más allá de una piadosa exhortación o una “gestión de buenos oficios”, tal como convencionalmente se la entiende. Fue una mediación en donde la influencia papal para arribar a un acuerdo parece haber sido más  gravitante que lo normal en este tipo de mediaciones. El tiempo permitirá calibrar con precisión las características de esa gestión. Además, el reiterado repudio que la política del bloqueo cosechaba año tras año en la Asamblea General de las Naciones Unidas, e inclusive en el seno de la OEA, fue debilitando la firmeza de la política anticubana. Otro factor fue la honrosa insistencia de los países latinoamericanos y caribeños sin excepción para exigir el fin del bloqueo y la liberación de “Los 5”. El papel de la UNASUR y la CELAC también fue de importancia para precipitar esta reorientación de la política de la Casa Blanca. Pero lo que a nuestro juicio fue decisivo para producir este viraje fue el cálculo geopolítico realizado por los estrategas del imperio, que recomendaba acabar con una política que no sólo era inefectiva -como las torturas de la CIA, según el reciente Informe del Senado- sino que además era contraproducente para garantizar la seguridad nacional estadounidense en momentos tan críticos como el que actualmente atraviesa el sistema internacional. En las páginas que siguen trataremos de desarrollar en cierto detalle este argumento.

La Transición Geopolítica Mundial y sus Desafíos para la Estabilidad del Imperio
Estados Unidos se enfrenta a un deteriorado cuadro geopolítico mundial que suscita una enorme preocupación en su clase dominante, sus representantes políticos e ideológicos, el Pentágono y sus agencias de inteligencia. En 1997, pocos años después del derrumbe de la Unión Soviética, uno de los más lúcidos (y cínicos) intelectuales orgánicos del imperio, Zbigniew Brzezinski, escribió un libro que resumía  la visión estratégica dominante en ese momento y proponía un conjunto de recomendaciones para encarar con realismo –en lugar de las autocomplacientes ensoñaciones de los miembros del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, gran parte de los cuales integraron las filas del gobierno de George W. Bush- los desafíos de los años venideros.[1] En El Gran Tablero Mundial su autor descartaba la posibilidad de un debilitamiento del poderío global de Estados Unidos dado que su país aparecía, una vez desintegrada la Unión Soviética, como “la única e, indudablemente, como la primera potencia realmente global” en la historia del planeta. A partir de esta premisa el objetivo que se trazó fue formular una geoestrategia global e integral para preservar el papel central de Estados Unidos como “arbitro político” en todo el mundo, pero prestando especial atención a Eurasia ya que es ese y no otro “el tablero en el que la lucha por la primacía global” seguirá jugándose. Un continente fundamental que contaba para 1997 con el 75% de la población y el 60% del PNB mundiales, y las ¾ partes de los recursos estratégicos conocidos. Para ser exitosa dicha estrategia debía basarse en la construcción de “una comunidad global basada en las relaciones de cooperación”.[2] No obstante, a Brzezinski no se le escapaban las acechanzas que podían originarse como consecuencia de potenciales “contingencias relacionadas con los futuros alineamientos políticos (…) que intenten empujar [a los Estados Unidos] fuera de Eurasia”.

En ese escrito Brzezinski identificaba tres escenarios que podrían plantear tales retos a lo largo del siglo veintiuno: el primero era un acuerdo entre Rusia y los principales países europeos, que debilitaría los vínculos entre Estados Unidos y Europa y mellarían la fortaleza de la Alianza Atlántica y en particular de la OTAN. Pero tranquilizaba a sus lectores diciendo que la probabilidad de esa contingencia era “bastante remota” (si bien no totalmente descartable), no habiendo por lo tanto razones para alarmarse. La segunda amenaza era un posible acuerdo entre China y Japón, por entonces la segunda economía del mundo y puntal de la presencia estadounidense en el Pacífico y en el mundo asiático. Probabilidad: también muy baja, porque los históricos conflictos que separaban a ambas naciones serían un obstáculo muy difícil de remontar. Había que monitorear los movimientos, los gestos y las iniciativas de esos dos países pero sin perder la serenidad. El tercer escenario, “el potencialmente más peligroso sería el de una gran coalición entre China, Rusia y quizás Irán, una coalición ‘antihegemónica unida no por una ideología sino por agravios complementarios’.” [3]  Sin embargo, las probabilidades de que esta amalgama política pudiera cristalizarse eran, según Brzezinski, remotas. Ahora bien: los pronósticos de este consejero áulico del imperio fueron impiadosamente refutados por la historia ya que ese escenario -el menos deseado, el más temido y el más improbable- fue el que en estos últimos años irrumpió con fuerza en el sistema  internacional. A mediados del 2014 Rusia y China firmaron importantísimos acuerdos –económicos, políticos y militares- de largo plazo, a los cuales se unió poco después Irán. En Septiembre la India solicitó formalmente su adhesión al Acuerdo de Cooperación de Shanghai y a finales de este mismo año Rusia selló un muy importante acuerdo con Turquía, cerrando de este modo una alianza que cambia radicalmente la correlación de fuerzas en el tablero de la geopolítica mundial en perjuicio de Estados Unidos, sus aliados europeos y Japón. Con la integración de la India y Turquía el panorama geopolítico euroasiático no podría ser más desventajoso para lo que Brzezinski denomina “Occidente.”

En el año 2012, es decir, poco antes de que emergiera esta nueva coalición y quince años después de la publicación del Gran Tablero Mundial , Brzezinski dio a conocer su más reciente obra:  Strategic Vision.[4] En ella el tono general del análisis se sitúa en las antípodas de su por momentos triunfalista texto de 1997. Ahora la preocupación es otra. En la primera parte de ese libro propone una sorprendente y muy significativa exploración histórica en torno a la “declinante longevidad de los imperios”, una reflexión insólita en relación al supuesto fundamental de la obra: Estados Unidos no es un imperio sino una potencia, la única potencia global. No obstante, este inesperado comienzo revela que en su fuero íntimo Brzezinski no se engaña, ni engaña a sus jefes y patrones, y sabe que Estados Unidos es la cabeza de un vasto sistema imperial y que, además, la lógica que decretó la declinación de todos los imperios anteriores, sin excepción, difícilmente exceptúe al americano.  Como estudioso que es sabe muy bien que este no podrá ser eterno y duda de que siquiera pueda mantenerse más allá de unas pocas décadas. De ahí que las cuatro preguntas fundamentales que plantea en las páginas iniciales del libro sean las siguientes:

1) ¿Qué implicancias tienen la cambiante distribución del poder global desde Occidente hacia Oriente y el despertar político de la humanidad?
2) ¿Por qué decayó el atractivo de los EEUU, cuáles son los síntomas de su declinación doméstica e internacional y por qué se desperdició una oportunidad tan excepcional como el desenlace pacífico de la Guerra Fría?
3) ¿Qué consecuencias geopolíticas tendrían lugar si Estados Unidos perdiera su primacía en el ámbito del poder global? ¿Podría China ocupar su lugar en el 2025?
4) ¿Cómo debería EEUU redefinir sus objetivos geopolíticos a largo plazo, y cómo atraer, apoyándose en sus aliados europeos, a Rusia y Turquía a los efectos de construir un “Occidente” más inclusivo y vigoroso?

En resumen, el autor se formula interrogantes impensables una década atrás. Lo que antes se asumía como una verdad inconmovible, la primacía internacional de Estados Unidos, ahora es objeto de múltiples conjeturas, y por lo tanto las opciones estratégicas diseñadas en el pasado deben ser radicalmente re-examinadas.

Un mundo convulsionado
En este impensado escenario, en donde los rivales de Washington unen fuerzas, y los antiguos aliados –fervientes, como Turquía, o tibios, como la India- se pasan al otro bando, la rápida degradación de la situación internacional plantea enormes desafíos al imperio. La agenda exterior de la Casa Blanca  se enfrenta con numerosos “puntos calientes” en los cuáles Estados Unidos está fuertemente involucrado, tiene muchos intereses en juego y se ve forzado a hacer apuestas cada vez más riesgosas y de incierto desenlace. En Oriente Medio la situación está fuera de control: después de haber avivado la hoguera del fundamentalismo sunita como ariete para hostigar a Irán y Siria, el trágico resultado de esa política fue la aparición del Estado Islámico, una organización criminal que dispone de los enormes recursos financieros derivados de su control sobre las zonas petroleras de Siria e Irak, y dispuesto a afianzar su dominio apelando a cuantas atrocidades sean imaginables. Originalmente formado por mercenarios reclutados por Estados Unidos y Arabia Saudita, financiado y armado por estos dos países, el genio se salió de la botella (como antes Osama bin Laden y Saddam Hussein) y, previsiblemente, comenzó a desarrollar una política propia que no es precisamente la que mejor favorece los intereses de Washington en la región. A la explosiva situación de esa parte del mundo, hundida en un interminable baño de sangre, hay que agregar la acelerada fascistización de Israel, que ha convertido a su estado en un engendro neonazi en donde el genocidio de los palestinos pasó a ser una práctica habitual ejercida con total impunidad e indiferente ante la repulsa casi universal que suscitan sus acciones. Más hacia el Oriente, en Asia Central, área donde se anuda una densa red de oleoductos y gasoductos de vital importancia para el mercado mundial de energéticos, la permanente inestabilidad de una zona surcada por ancestrales rivalidades y conflictos étnicos, religiosos y económicos de todo tipo se combina con periódicos estallidos de violencia que frustran de raíz cualquier posibilidad de establecer proyectos económicos de cierta envergadura para el aprovechamiento de sus enormes riquezas gasíferas y petroleras.[5] Más hacia el Este, al llegar al extremo del continente, la persistente disputa entre China y Japón por la delimitación jurisdiccional del Mar del Sur de la China agrega un condimento explosivo en el límite oriental de la antigua, y hoy altamente revalorizada, “Ruta de la Seda”.[6]
¿Es todo? De ninguna manera. La situación del África Subsahariana es motivo de intensa preocupación, sobre todo por el arraigo que en algunos países proveedores de petróleo, como Nigeria, parece haber conseguido el islamismo radical. Pero, más al norte es donde se encuentra la fuente más importante y a la vez urgente de preocupaciones. En Europa hay una guerra en ciernes entre los países de la OTAN y Rusia. Las sucesivas sanciones económicas decretadas por Washington (y replicadas con deshonrosa obediencia por sus compinches europeos) junto al deliberado derrumbe de los precios del petróleo configuran, en términos prácticos, una declaración de guerra, y así lo ha entendido no sólo Moscú sino buena parte de la dirigencia política estadounidense. No sorprende, en consecuencia,  que Rusia haya anunciado el 26 de Diciembre un significativo cambio de su doctrina estratégica, orientada ahora por la necesidad de contener las amenazas que se ciernen, desde Europa: la OTAN y el despliegue balístico norteamericano en ese continente, sobre su seguridad nacional. [7]

El dramático empeoramiento de la situación en Ucrania reconoce dos causas fundamentales: una, la expansión hacia el Este de las fronteras de la OTAN, en abierta violación de las promesas formuladas a los gobernantes rusos por sucesivos presidentes de los Estados Unidos y los jefes de estado europeos. La otra: la insistencia de la Unión Europea en incorporar a Ucrania y, de ese modo, penetrar por la puerta trasera en Rusia. Ambas iniciativas propiciaron la fulminante resurrección de la Guerra Fría, que se está recalentando aceleradamente. Un académico conservador norteamericano, John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago, culpó a Occidente por esta degradación del clima internacional. Era sabido, escribió, que  Moscú jamás podía aceptar de brazos cruzados que la OTAN se extendiera hasta sus fronteras, y para colmo consentido por un gobierno impuesto en Kiev por un golpe de estado impulsado y financiado por Estados Unidos y sus aliados.[8] Esta irresponsable provocación es tan inadmisible para Rusia como lo hubiera sido para Estados Unidos si, en los años ochentas,  Moscú y los países del Pacto de Varsovia hubiesen orquestado un golpe de estado en México e instalado sus tropas en la frontera con Estados Unidos. El desencadenamiento de la crisis en Ucrania desató como respuesta la reintegración al territorio ruso de la península de Crimea (anexada con el apoyo de sus habitantes) y alentó el separatismo de la población rusoparlante que reside en el este ucraniano. Las sanciones económicas aplicadas a Rusia por los países de la Alianza Atlántica tensaron la cuerda a grado tal que tiene escasos precedentes en la historia contemporánea. Moscú denunció estas maniobras y dijo que ellas son parte de una  estrategia general cuyo objetivo es nada menos que precipitar el “cambio de régimen” en Rusia, ante lo cual Vladimir Putin ha dicho que su país no permanecerá indiferente ante esos designios y responderá con cuanto tenga a su alcance. Hay que recordar que Rusia dispone del segundo arsenal atómico mundial y que cuenta con unas fuerzas armadas muy bien equipadas. Como decíamos más arriba, si la OTAN llegara a lanzar un ataque con armas de destrucción masiva Moscú no vacilará en recurrir a su arsenal nuclear, lo que abre una atroz perspectiva para el futuro de la humanidad.[9]

Trascendente papel de América Latina y el Caribe
En innumerables ocasiones Fidel y el Che afirmaron que Nuestra América es la retaguardia estratégica del imperio. Cuando Estados Unidos enfrenta graves desafíos en el frente internacional -como en los años setenta en el Sudeste asiático y muy especialmente en Vietnam- se vuelve sobre los países del área para desde allí tomar aliento y lanzar su arremetida. En aquella oportunidad lo que hizo fue sembrar dictaduras por toda la región, en donde salvo México, Colombia y Costa Rica, el resto de los países padecieron la instauración de regímenes cívico-militares que hicieron del terrorismo de estado una práctica cotidiana de ejercicio del poder, para lo cual contaron con el auspicio, colaboración, protección y financiamiento de Washington.

En la actualidad la Casa Blanca continúa actuando bajo los lineamientos de la misma premisa, procurando acabar con la Revolución Cubana, liquidar a los gobiernos bolivarianos, terminar de domesticar a los de la “centro-izquierda” del Cono Sur y reforzar, vía la Alianza del Pacífico, a los regímenes neocoloniales y conservadores del área.  Téngase en cuenta que en el turbulento tablero geopolítico internacional Nuestra América brilla como una  envidiable, y única, zona de paz. Lo único que perturba este panorama es el conflicto interno en Colombia y la desestabilización de México, pero ambas son situaciones que se constituyen en el ámbito doméstico.[10]  Sólo Colombia podría, si fracasaran las negociaciones de paz en curso en La Habana, alterar significativamente los equilibrios internacionales del área. No obstante, en el caso de México no habría que descartar que si se acelerara y profundizara la descomposición de la situación interna debido a la explosiva combinación entre el creciente poderío del narco -que podría llegar a someter a su arbitrio a las diversas ramas del aparato estatal- y una repotenciada protesta social los Estados Unidos podrían, en tal eventualidad, considerar muy seriamente la posibilidad de invadir y ocupar una parte de la frontera norte mexicana con el pretexto de preservar la “seguridad nacional” estadounidense amenazada por el caos al sur del Rio Grande. Lo hicieron en el pasado y nada autoriza a pensar que no volverían a hacerlo una vez más si lo considerasen conveniente. Hipótesis extrema, pero que en función de las enseñanzas de la historia sería sumamente imprudente descartar. Va de suyo que una movida de ese tipo tendría enormes repercusiones internacionales, que reverberarían mucho más allá del hemisferio americano. [11]

Es a causa de todo lo anterior que Washington está poniendo cada vez más empeño en “reordenar” una región que desde el triunfo de Chávez en las elecciones presidenciales de 1998 ha ido progresivamente emancipándose de la pegajosa tutela y control que Estados Unidos ejerció sobre lo que con indisimulado desprecio se llama, en los círculos oficiales de ese país, su “patio trasero”. La oleada bolivariana desencadenada por Chávez facilitó la supervivencia de la acosada Cuba y tuvo reflejos concéntricos en el mundo andino: Bolivia y Ecuador se plegaron a la misma y, en el litoral atlántico, surgieron gobiernos más moderados en Argentina, Brasil y Uruguay pero que, pese a la tibieza de algunas de sus iniciativas, en el terreno internacional aportaron un apoyo decisivo para, entre otras cosas, hacer naufragar el proyecto más importante que el imperio tenía reservado para América Latina y el Caribe: el ALCA, sepultado en Mar del Plata en Noviembre del 2005.

El cambio de política hacia Cuba tiene por objetivo neutralizar un permanente factor de perturbación de las relaciones hemisféricas y abrir el paso a una política más eficaz para recuperar el control las díscolas naciones del sur. El objetivo es claro: garantizar la estabilidad y la complicidad de la retaguardia imperial para que Washington pueda actuar en los “puntos calientes” arriba señalados sin temor a que su distracción en lejanos teatros de operaciones desate una radicalización tan indeseable como incontenible en los países de América Latina y el Caribe. Para enfrentar con éxito esta  tercera guerra mundial en gestación es esencial retomar el control de Venezuela, donde al día de hoy se alojan las mayores reservas comprobadas del mundo. Pero dicho objetivo no se alcanzará manteniendo la vieja y fracasada política hacia Cuba, que provoca la repulsa del resto de las naciones del hemisferio. Por eso el presidente Barack Obama dió el primer paso para “normalizar” las relaciones con la Isla pero al día siguiente redobló su ataque a la República Bolivariana promulgando un proyecto de ley, impulsado nada menos que por el Senador Bob Menéndez (conocido por sus estrechas vinculaciones con la mafia anticastrista de Miami)[12] que establece sanciones económicas a gobernantes y políticos venezolanos “responsables por violaciones de los derechos humanos de manifestantes antigubernamentales” que entre Febrero y Abril del 2014 tomaron las calles y mediante violentas manifestaciones exigían la renuncia del presidente Nicolás Maduro. Ni a este impresentable senador ni a Obama les importó que los autores o instigadores de actividades violentas –incluyendo asesinatos, robos, incendios, destrucción de edificios y bienes públicos, etcétera- que busquen alterar el orden constitucional o remover autoridades apelando a la violencia serían acusados del delito de sedición en Estados Unidos (y en casi todo el mundo) y pasibles de ser sancionados con durísimas penalidades que, en este país, incluirían la prisión perpetua. Pero como se trata de recuperar a la Venezuela Bolivariana de cualquier forma, los autores intelectuales y apologistas de esos actos de salvaje vandalismo, como Leopoldo López y María Corina Machado, lejos de ser acusados por esos delitos  son exaltados como figuras ejemplares, síntesis de los valores republicanos y libertarios, y elevados a la categoría de “combatientes por la libertad”. Poco importa que la mayor parte de las víctimas de aquel intento sedicioso fuesen miembros de los servicios de seguridad del estado y militantes chavistas, tal como ha sido reconocido por organizaciones independientes de derechos humanos radicadas en Venezuela. Para no hablar del doble rasero que significa sancionar a miembros del gobierno venezolano por preservar el orden constitucional del asalto de los sediciosos  y no proceder de igual modo, por ejemplo, con las autoridades colombianas cuando  informes inapelables certifican que el ejército ejecutó al menos a 5.763 civiles inocentes entre 2000 y 2010; o con las autoridades hondureñas, en donde después del golpe de estado de 2009 los asesinatos extrajudiciales se realizan con total impunidad; o con las de México, en donde es sabido que la desaparición de los 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa fue orquestada y ejecutada con la participación -o al menos la abierta complicidad- de autoridades civiles y militares de la Federación y del estado de Guerrero? [13]

La espina cubana
La “normalización” de las relaciones con Cuba tiene pues una tenebrosa contrapartida: liberar las manos del imperio para abalanzarse con fuerza para doblegar al gobierno chavista y recuperar el petróleo venezolano.[14] Además responde a una necesidad geoestratégica insoslayable, y ante la cual tanto la ruptura de relaciones diplomáticas como el bloqueo se convirtieron en molestos estorbos para Washington.  Lo que se logró con ambas políticas fue facilitar la penetración de China y Rusia en la mayor de las Antillas y, por extensión, en la “tercera frontera” de Estados Unidos: el Mar Caribe. Todos los textos e informes recientes sobre la seguridad nacional norteamericana señalan una y otra vez que aquellos dos países son “enemigos” que es preciso vigilar, controlar y, de ser posible, someter o derrotar, toda vez que la recomendación de Brzezinski en el sentido de “atraer y seducir” a ambos países demostró ser un rotundo fracaso. Máxime cuando, en el Mare Nostrum norteamericano China ha emprendido sin consultar ni mucho menos pedir permiso a Washington un megaproyecto llamado a ejercer una extraordinaria influencia no sólo en el comercio internacional: un nuevo canal interoceánico a través de Nicaragua, obra para la cual el nuevo puerto cubano de Mariel asume una importancia estratégica. Rusia, por su parte, ha dado a conocer sus planes de impulsar la proyección global de su armada, lo que contempla, entre otras cosas, una mayor presencia en aguas caribeñas. Lo que estos dos países hacen en Cuba, y están haciendo en la zona del Gran Caribe, es un misterio para las agencias de inteligencia y las fuerzas armadas estadounidenses. ¿Hay proyectos militares en juego que subyacen  a los crecientes relacionamientos económicos que China y Rusia desarrollaron en el área? De ser así, ¿cuáles son, donde están localizados y qué implicaciones tienen para la seguridad nacional de los Estados Unidos? ¿Cómo podrían ser neutralizados? ¿Cuál es el estado de la “sociedad civil” en Cuba? ¿Cuál debería ser la hoja de ruta para preparar el tan anhelado “cambio de régimen” que ponga fin a la Revolución Cubana? ¿Qué modelo aplicar: la “revolución de terciopelo”, al estilo checo, o hay condiciones para ensayar una fórmula más rápida y violenta, al estilo de los “cambios de régimen” practicados en Libia o Ucrania? Todas estas son cuestiones de enorme importancia que no pueden ser confiadas a “amateurs” como Alan Gross. Por el contrario, hay que desplegar en la isla un número suficientemente grande de agentes para obtener información sensible y confiable, para lo cual se precisa la cobertura de una embajada dotada de un numeroso personal que, bajo el paraguas diplomático, pueda realizar esas actividades de inteligencia.

La política seguida a lo largo de más de medio siglo demostró ser, como decíamos más arriba, no sólo inefectiva sino contraproducente. Y Obama quiere  corregir eso, pronto. Claro que la plena normalización diplomática exigirá que el Congreso levante el bloqueo, de lo contrario la iniciativa anunciada el 17 de Diciembre  quedaría a mitad de camino, no sólo por la incoherencia que significa pretender “normalizar” las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y, simultáneamente, mantener el bloqueo. Se dice que los sectores más reaccionarios del espectro político norteamericano en el Congreso se opondrán a esa iniciativa. Seguramente será así, pero no sería raro que junto a poderosos intereses comerciales -deseosos de establecer vínculos con Cuba- el lobby del Pentágono y la CIA convenza a los más recalcitrantes que la seguridad nacional norteamericana exige votar el fin del bloqueo, algo que hasta apenas ayer parecía imposible y que el propio gobierno de Estados Unidos promoverá no por razones de respeto a la legalidad internacional o solidaridad con el pueblo cubano sino exclusivamente en función de sus intereses estratégicos globales. Tanto Obama como Kerry lo dijeron con todas las letras: Washington no abandona su propósito de fomentar las fuerzas que dentro de Cuba pudieran precipitar un “cambio de régimen”, fomentar el activismo y la participación de la “sociedad civil”, y  promover una “prensa libre” y el pluralismo político, preocupaciones estas que desaparecen como por arte de magia cuando el falaz régimen norteamericano habla de Arabia Saudita, país sin sociedad civil, sin prensa libre y en donde los partidos políticos están prohibidos. Sería inútil exigirle coherencia doctrinaria a un imperio cuyo objetivo excluyente es saquear los bienes comunes de nuestro planeta para mantener un patrón de consumo absolutamente irracional e insostenible, no ya en el largo plazo sino en la actualidad y mediante la militarización de las relaciones internacionales. Lo cierto es que, pese a toda la verborragia, el objetivo estratégico de Estados Unidos sigue siendo el mismo; lo que cambia es la táctica. Ahora se recurrirá al “poder blando”, eufemismo que significa tratar de apelar a los recursos derivados del supuesto atractivo de la sociedad norteamericana, sus también presuntos valores de igualdad, justicia, libertad, convenientemente manufacturados por la industria cultural basada en Hollywood pero desmentidos día a día por la realidad, para convencer a los cubanos mediante un intenso bombardeo propagandístico que una sociedad que mata afrodescendientes a destajo, que deja grandes segmentos al margen de toda atención médica y de la seguridad social, que impide que sectores de clase media puedan acceder a las universidades y que cuenta con la peor distribución de ingresos y recursos del mundo desarrollado es el espejo en el cual deben ver su propio futuro. “Poder blando”, aclarémoslo de entrada, que es apenas el reverso de la medalla en cuyo anverso se encuentra el “poder duro” de la mayor fuerza militar jamás conocida en la historia de la humanidad y dispuesta a ser aplicada sin mayores escrúpulos cuando sea necesario.

Muchos observadores han expresado su preocupación por este cambio de la política norteamericana. ¿Representa o no un desafío para Cuba? ¡Por supuesto que sí!, pero aún peor es el reto emanado de la continuidad sine die del bloqueo, que ha causado enormes daños materiales a Cuba. Según las últimas estimaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país el costo económico de esa política equivale a dos Planes Marshall en contra de la Isla, mientras que con un solo Plan Marshall se reconstruyó la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Ni se hable de los costos “no económicos” medidos en sufrimientos humanos, privaciones, frustraciones y otras secuelas de esa criminal política de agresión imperialista. Este fue un desafío que Cuba supo repeler, pero a un precio exorbitante. La continuidad indefinida del bloqueo obliga a preguntar cuanto tiempo más podría Cuba resistir esa situación sin erosionar la legitimidad del orden revolucionario, librando batalla en un terreno en el cual no tiene chances de prevalecer. En cambio, el desafío que plantearía la penetración norteamericana –económica pero también política y cultural- una vez eliminado el bloqueo podría ser respondido desde una posición mucho más favorable. Tal como lo recordara José Martí, “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, y Cuba posee, gracias a Martí y a la incansable labor pedagógica de Fidel a lo largo de más de medio siglo, una formidable trinchera de ideas contra la cual se estrellará la propaganda norteamericana, el consumismo desenfrenado y las mentirosas ilusiones fomentadas por el American way of life que el pueblo cubano conoce muy bien desde 1898. Sin dudas, la densidad de la cultura cubana es incomparablemente más fuerte que la salud de su economía y librar la batalla en el terreno cultural, para derrotar al “americanismo”, como le llamaba Antonio Gramsci, es la táctica sin dudas más apropiada. La historia demuestra que Cuba puede derrotar a Estados Unidos desde la cultura y la política, no desde la economía. De los dos desafíos, por lo tanto, el más manejable es el que se abre con la normalización de las relaciones diplomáticas y el eventual fin del bloqueo. Si en la ex Unión Soviética “los espejitos de colores” del capitalismo fueron aceptados como buenos por su población fue porque allí no hubo ni un Martí ni un Fidel. No es el caso de Cuba, cuya población tuvo estos dos geniales maestros y además conoce el imperio como pocas, porque le tocó sufrirlo entre 1898 y 1958, y sabe muy bien que una cosa es la propaganda capitalista y otra completamente distinta el capitalismo “realmente existente”.

Por eso, ante las novedades aportadas días atrás y para evitar una re-edición de la “Obamamanía” que tantas decepciones ocasionara entre los ilusos que cayeron en esa trampa, y que ahora creen que Washington cambió, que abandonó sus planes de hacer retroceder el reloj de la historia hemisférica hasta la medianoche del 31 de Diciembre de 1958, antes del triunfo de la Revolución Cubana, se impone recordar lo que dijera el Che: “al imperialismo no se le puede creer ni un tantico así, ¡nada!” Sería gravísimo desoír tan sabio consejo en una coyuntura como la actual, cuando la validez de las palabras del “guerrillero heroico” es mayor que nunca.




[1] Cf.  El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos (Madrid y Buenos Aires: Paidós, 1997)

[2] Para un examen de estos temas ver nuestro América Latina en la Geopolítica del Imperialismo (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2012 y nueva edición aumentada en 2014). Esta nueva edición está disponible en México, España, Venezuela, Cuba y, próximamente, lo estará en Chile, Bolivia y Ecuador). Véase asimismo  “Pensamiento Estratégico Estadounidense”, la transcripción de la conferencia que el autor de estas líneas y Alexia Massholder ofrecieran en el ISRI (Instituto Superior de Relaciones Internacionales) del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, en el mes de septiembre del 2014 y que próximamente estará accesible en la web.

[3] El Gran Tablero, op. cit, pg. 63.   
                                                                                            
[4] Strategic Vision. America and the crisis of global power (New York: Basic Books, 2012)

[5] Sobre este tema ver Pepe Escobar, Globalistán: How the globalized world is dissolving into liquid war (Ann Arbor: Nimble Books, 2006) y su más reciente Empire of Chaos (Ann Arbor: Nimble Books, 2014)

[6] Sobre el tema de la nueva “Ruta de la Seda” ver Pepe Escobar, “Integración eurasiática contra el Imperio del Caos”, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=193515

[7] Un indicio de la extrema gravedad de la situación actual se infiere del anuncio oficial de esta nueva doctrina, en cuya ocasión Moscú declaró que si bien esta es de carácter defensivo no renunciará al derecho utilizar su arsenal nuclear. El artículo 27 de la doctrina dice que "la Federación de Rusia se reserva el derecho a utilizar armas nucleares en respuesta a ataques con armas nucleares u otras armas de destrucción masiva en contra de Rusia y/o de sus aliados, así como en el caso de una agresión a la Federación de Rusia con armas convencionales que suponga una amenaza para la existencia del Estado". Nótese que entre los aliados sobresalen sus socios del BRICS: Brasil, India, China y Sudáfrica. Esta clase de afirmaciones no se escuchaban en Rusia desde los tiempos de la Unión Soviética. Ver “La nueva doctrina militar de Rusia cita a la OTAN como una de las principales amenazas”, en http://actualidad.rt.com/actualidad/161547-putin-modifica-doctrina-militar-rusia

[8] Ver su “Why the Ukraine crisis is the West’s fault” , en Foreign Affairs (Septiembre-Octubre 2014)   http://www.foreignaffairs.com/articles/141769/john-j-mearsheimer/why-the-ukraine-crisis-is-the-wests-fault  Hemos tratado este tema in extenso en nuestro “¿Rumbo hacia la Tercera Guerra Mundial?” en mi blog: www.atilioboron.com.ar y en http://www.telesurtv.net/bloggers/Rumbo-hacia-una-Tercera-Guerra-Mundial-20141217-0008.html

[9] Antes de llegar a la situación de los últimos días Noam Chomsky había alertado sobre la extrema peligrosidad de la actual situación internacional, que podría, en el “escenario del peor caso”, culminar con  una guerra termonuclear que destruyera a sus iniciadores. Ver su “World ominously close to nuclear war” en http://rt.com/news/202995-chomsky-rt-nuclear-war/

[10] Por supuesto, podría agregarse el caso de Honduras, un país que desde el golpe de estado que desalojó a Mel Zelaya del poder ingresó en una interminable espiral de violencia doméstica causada por el paramilitarismo -encargado de “disciplinar” a la población hondureña- y su aliado natural en todos nuestros países: el narcotráfico. También el de Haití, cuyo martirio parecería no tener fin. Pero aún así, estos dos casos no tienen, en el momento actual, condiciones para alterar decisivamente la situación del hemisferio.

[11] Recuérdese que con la firma del ASPAN, el Acuerdo para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte, Estados Unidos ya dispone de numerosos efectivos de sus cuerpos policiales, de inteligencia y de las propias fuerzas armadas actuando a plena luz del día y “legalmente” en territorio mexicano. Una invasión sería un salto en la magnitud de esa presencia más no una absoluta novedad.

[12] El 25 de Enero de 2014 la cadena televisiva NBC informaba desde Nueva York la ampliación de la investigación por crímenes federales que podría haber cometido el senador demócrata por New Jersey Robert “Bob” Menéndez, quien es un asiduo visitante de los juzgados de su país. En este caso el Departamento de Justicia está investigando las gestiones hechas por el senador a favor de William y Roberto Isaías, dos banqueros ecuatorianos fugitivos de la justicia por multimillonarias estafas cometidas durante las turbulencias de los años noventa en Ecuador. Los Isaías, al parecer, hicieron significativas contribuciones a favor de Menéndez a cambio de la protección mafiosa que este le prestó para que, a pesar de las requisitorias de la justicia ecuatoriana, pudieran radicarse sin problemas en Estados Unidos y desarrollar en ese país lucrativas actividades. Más en:       

[13] Sobre esto ver Alexander Main, “Un paso adelante y un paso atrás en la política de Estados Unidos hacia América Latina” (Washington: Documento de Trabajo Center for Economic and Policy Research, 19 Diciembre 2014)

[14] Sobre esto ver el sugerente  artículo de Rafael Bautista Segales., “¿Del bloqueo a Cuba al bloqueo al ALBA?”, en ALAI, 24 Diciembre 2014.
http://alainet.org/active/79714


23-12-2014

El tren alemán y el Teorema de la Revolución

Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=193457


Leo en Rebelión del 19 de Diciembre de 2014, que un conocido “Inspector de Revoluciones”, Guillermo Almeyra, acusa a Claudio Katz de haber incurrido en “un peligroso traspié histórico, político y teórico - explicable pero no justificable- por el contagioso ‘atilioboronismo’ que padece una parte de la izquierda y de los sectores académicos en Argentina.” [1] Ya Katz se encargará de refutar con su habitual rigurosidad las falacias contenidas en la nota de Almeyra. Concentraré en cambio mi atención en analizar el nuevo virus descubierto, seguramente que luego de sesudas investigaciones, por mi crítico.



Lo primero que quiero decir es que me causa gracia la importancia que le atribuye a mi modesta obra, capaz de “contagiar” a una parte de la izquierda y de la academia en la Argentina. Pese al empeño puesto en acrecentar el impacto (negativo) de mis ideas su apreciación guarda poca relación con la realidad. Me preocupa, eso sí, el uso de la palabra “contagio” para calificar la circulación de ideas. Es un término que usaban los jerarcas, ideólogos y publicistas de la dictadura cívico-militar argentina (y en general todos los regímenes fascistas de los años setentas) en su cruenta cruzada anticomunista. Me sorprende y me decepciona que un hombre de su larga experiencia política apele a esa palabreja para caracterizar la difusión que puedan alcanzar ciertas tesis y propuestas al interior del campo revolucionario. No entiendo las razones que llevaron a Almeyra a pensar de esa manera, pero no creo que valga la pena indagar sobre las raíces psicológicas de esta actitud.

Lo que sí quiero examinar, en cambio, es la concepción de la revolución que subyace en los diferentes escritos de Almeyra a lo largo de muchos años y que se manifiesta, de modo hiperbólico, en el texto objeto de este comentario. Pese a su adhesión al marxismo su teoría de la revolución nada tiene que ver con él. Es tributaria, en cambio, de una perspectiva “vulgohegeliana” que la concibe como una proyección de las ideas de algunos sujetos -a los cuales la verdad les ha sido revelada- sobre el devenir de la historia. Muy lejos se encuentra esta perspectiva de las tesis de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Fidel, el Che y tantos otros, que invariablemente concibieron a la revolución como un proceso histórico y, por eso mismo, surcado por contradicciones y conflictos que hoy aceleran su marcha, mañana lo detienen y que jamás sigue un curso linealmente ascendente hacia el cielo prístino de la sociedad comunista. Bajo el influjo de los vapores embriagantes del “vulgohegelianismo” la teoría presuntamente marxista de sus mentores se volatiliza hasta convertirse en un teorema, como los de la geometría, indiferente ante los avatares de la lucha de clases, con sus avances y retrocesos y sus siempre provisorios y cambiantes resultados; impasible también ante la asfixiante presencia del imperialismo, elementos ambos que si bien brillan por su ausencia en esta corriente teórica condicionan de modo decisivo el movimiento de la historia real. De acuerdo con este teorema la revolución deja de ser el desenlace de un largo proceso histórico para cristalizarse como una imperturbable esencia ontológica, a la que se arriba en virtud de la potencia creadora del silogismo. Primera premisa: el capitalismo es explotador, injusto, inhumano y predatorio; segunda premisa: los explotados y demás víctimas son conscientes de lo que se plantea en la premisa anterior y arden en deseos de cambiar el sistema; y luego un feliz e inexorable corolario: la epifanía de la revolución. La secuencia posee una coherencia lógica incuestionable, y si la revolución no estalla es debido a la maligna intervención de villanos, líderes o partidos, que sabotean -por cobardía o por mezquinos intereses subalternos- las infalibles leyes de movimiento establecidas en el teorema y que garantizan el feliz final del proceso.

Es debido a esta concepción metafísica de la revolución como el despliegue de una idea, como un vuelo libre de fricciones (o como un proceso mental, diría el joven Marx mirando de reojo a Hegel) que la ardorosa y sangrienta fragua de las revoluciones “realmente existentes” desencanta sin remedio a los cultores del teorema y los hace víctimas de una lamentable metamorfosis que requeriría de un nuevo Kafka para describir sus grotescos matices. Producto de esta sorprendente mutación los profetas de la “Revolución Teoremática” retroceden horrorizados sobre sus pasos ante la visión de una revolución concreta, de carne y hueso, de sangre y barro, con sus certezas y desaciertos, y rápidamente se convierten en inapelables censores y acérrimos enemigos de esos procesos que se desenvuelven en el mundo real. Alguien que jamás pretendió ser un “Inspector de la Revolución” sino un líder revolucionario dijo una vez que “una revolución verdadera, una revolución profunda, ‘popular’, según la expresión de Marx, es un proceso increíblemente complicado y doloroso de agonía de un régimen social caduco y de alumbramiento de un régimen social nuevo, de un nuevo modo de vida de decena de millones de personas. La revolución es la lucha de clases y la guerra civil más enconadas, más furiosas, más encarnizadas. En la historia no ha habido ni una sola gran revolución sin guerra civil.” [2] En ese mismo texto, escrito en vísperas de la revolución de Octubre, Lenin critica a quienes aceptarían “la revolución social si la historia nos llevase a ella de una manera tan pacífica, tan serena, tan suave y cuidadosa como un tren expreso alemán llega al andén de una estación. El mozo de tren, muy digno, va abriendo las portezuelas del coche y exclama ‘Estación Revolución Social. Todo el mundo debe apearse’.” [3] Pero las revoluciones reales no son así, no son un tren alemán. Las clases sociales existen, la lucha de clases es una realidad, tanto como el imperialismo y sus infinitos tentáculos. Es en este ambiente “increíblemente complicado” en que las revoluciones se desenvuelven, desafiando y desmintiendo la pulcritud de los teoremas políticos pergeñados desde la apacible soledad del pensamiento.
Tal como lo analizáramos en detalle en un trabajo de más largo aliento, existe en el imaginario de una cierta izquierda la idea de que la revolución es un “acto”, emblematizado en la conquista violenta del poder político y perdiendo de vista el proceso -prolongado, complejo, lleno de marchas y contramarchas- que conduce a la victoria.[4] En el célebre discurso pronunciado por Fidel en la Universidad de Concepción, durante su visita a Chile a fines de 1971, decía que “la revolución tiene distintas fases. Nuestro programa de lucha contra Batista no era un programa socialista ni podía ser un programa socialista, realmente, porque los objetivos inmediatos de nuestra lucha no eran todavía, ni podían ser, objetivos socialistas. Estos habrían rebasado el nivel de conciencia política de la sociedad cubana en aquella fase; habrían rebasado el nivel de las posibilidades de nuestro pueblo en aquella fase. Nuestro programa, cuando el Moncada, no era un programa socialista. Pero era el máximo de programa social y revolucionario que en aquel momento nuestro pueblo podía plantearse.” [5]



De lo anterior quisiéramos llamar la atención sobre dos cuestiones: primero, que la revolución no es un acto súbito y único que desciende desde los cielos para incendiar la pradera popular, para usar una metáfora cara al joven Marx. Se trata de un proceso, que, recordaba Fidel, “tiene fases” signadas por avances y retrocesos, lo que hace saltar por los aires los teoremas que la conciben como un acontecimiento sencillo, “químicamente puro”, incontaminado por las circunstancias históricas concretas que la tornan posible. [6] Por eso Lenin siempre aconsejaba a los revolucionarios que estuvieran muy atentos para descifrar los signos premonitorios de un posible comienzo de una revolución, que casi invariablemente se pone en marcha a partir de circunstancias a primera vista carentes de significación “histórico-universal”, para aludir al Hegel verdadero. Un tumulto por el aumento del precio del pan en un barrio parisino desencadena una serie de procesos que culmina en la gran Revolución Francesa; la represión de una pacífica marcha obrera organizada por el cura Gapón en Enero del 1905 en San Petersburgo termina en el llamado “Domingo Sangriento” y el comienzo de una serie de reformas políticas que madurarían doce años después con el derrocamiento del zarismo; un desembarco –un naufragio, diría con sorna el Che- en las costas de Cuba de un grupo de guerrilleros a bordo del Granma da comienzo a la guerrilla de Sierra Maestra y años más tarde a la instauración del socialismo en Cuba. Estos ejemplos bastan para persuadirnos de que la marcha de la revolución es más trabada e incierta de lo que ansían los “vulgohegelianos”, lo que provoca su impaciencia primero, su ira después y finalmente su irreconciliable oposición, para beneplácito de la derecha y el imperialismo. Segundo, que el nivel de conciencia política de las masas y sus posibilidades reales de lucha no son atributos fijos, deducibles lógicamente de las contradicciones del modo de producción capitalista, sino resultados contingentes que reflejan el grado de organización del campo popular, el desarrollo de la conciencia revolucionaria y la eficacia de la estrategia y tácticas empleadas por los partidos y las organizaciones populares de izquierda para acumular fuerza política y capacidad de movilización. Ergo, son productos históricos y no abstracciones silogísticas que pueden asumirse como existentes a partir de supuestos apriorísticos.

Para resumir: los cultores del Teorema de la Revolución padecen de una pertinaz miopía para tomar nota de la lucha de clases en su convulsionada concreción y de una incurable ceguera para percibir -¡ni digamos explicar!- el fenómeno del imperialismo y su profunda, insoslayable, inserción en la dinámica económica, social y política de los países de Nuestra América. Esto hace que estos modernos Torquemadas descarguen toda su furia contra las revoluciones, pasadas y presentes, que en sus recorridos y en sus desempeños no guardan relación alguna con lo que ellos imaginaran. Eso termina convirtiéndolos en implacables enemigos de la revoluciones en Rusia, China, Vietnam, Cuba, Nicaragua y, más tarde, de los procesos revolucionarios en curso en Bolivia, Ecuador y Venezuela, llevando agua al molino de la reacción y el imperialismo que por supuesto aprovechan de sus servicios para escarnecer y atacar, desde posturas supuestamente de izquierda, a quienes tratan de crear un mundo mejor. Mientras tanto, a los Inspectores se les escapa la vida en interminables elucubraciones sobre la coherencia lógica de sus silogismos políticos, lo que origina toda suerte de reyertas doctrinarias y polémicas interpretativas que precipitan un torrente interminable de cismas y fraccionamientos en partidos, sindicatos y todo tipo organizaciones, todos causadas, en última instancia, por la rebeldía de la historia que no se ajusta a sus especulaciones pseudorevolucionarias. Su absoluta esterilidad en la producción de acontecimientos históricos y su espectacular inasistencia en todos los procesos revolucionarios desde 1917 hasta la fecha no es óbice -a causa de la soberbia intelectual que suele acompañar quienes cultivan esta clase de pensamientos- para sentirse con autoridad moral y política para “enseñarles” a hacer la revolución a quienes la están haciendo, la hicieron o intentaron hacerla. Pero las revoluciones reales, no las imaginadas, nada tienen que ver con aquel tren expreso alemán que marcha sobre rieles, no encuentra obstáculos en su trayectoria y la llegada a destino se cumple tal cual estaba cronometrado. No hay rieles, los obstáculos son interminables y la llegada a destino está signada por la incertidumbre y la indeterminación. Es en las revoluciones donde se corrobora la verdad de aquella afirmación de Marx que decía que la violencia era la partera de la historia. Violencia, porque tanto las clases dominantes como el imperialismo jamás van a aceptar de brazos cruzados que los “condenados de la tierra” pretendan cambiar el orden social y como lo prueba hasta la saciedad el registro histórico –especialmente en América Latina- apelarán a todos los métodos posibles, por más crueles y criminales que sean, para asegurar la defensa de sus intereses y la preservación de sus privilegios. Pero quienes viven apresados en las brumas del “vulgohegelianismo” creen que sí, que la revolución es como ese viaje en un tren alemán y que si ellas no son como fueron imaginadas es por la traición del maquinista. Por su “doctrinarismo pedante”, como lo llamaba Antonio Gramsci, creen que desde el Olimpo en el que habitan pueden darles lecciones de revolución a Fidel y a Raúl; al Che y a Chávez; a Lenin y a Ho Chi Minh; a Mao y a Lumumba; a Evo y a Correa; a los sandinistas y a Allende, y lo que los habilita también para erigirse en sus inapelables inquisidores. En su tiempo tanto Marx como Engels tuvieron que vérselas con esta clase de revolucionarios. El segundo les ofreció varios consejos, entre ellos uno muy importante: “no conviertan su impaciencia en un argumento teórico.” Nunca lo escucharon. Almeyra tampoco.

Notas
[1] Ver sus “Notas a la¨"Epopeya Cubana" de Claudio Katz” en Rebelión, 19 Diciembre 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=193372
[2] V. I. Lenin, “Se sostendrán los bolcheviques en el poder”, en Obras Escogidas en Doce Tomos (Moscú: Editorial Progreso, 1973), Tomo VII, pg. 128-129. La referencia a Marx se encuentra en su Carta a Ludwig Kugelman, del 2 de Abril de 1871.
[3] Ibid . Pg. 130.
[4] Ver nuestro largo ensayo introductorio titulado “Rosa Luxemburgo y la crítica al reformismo socialdemócrata” en la nueva edición de Rosa Luxemburgo, ¿Reforma Social o Revolución? (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2010), pp. 9-90.
[5] Cf. Fidel en Chile (Santiago: Editorial Quimantú, 1972), pg. 89.
[6] Una incisiva reflexión actual sobre la dinámica de las revoluciones la ofrece la obra de Álvaro García Linera en Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del proceso de cambio en Bolivia (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2012)  

CUBA en 678 - Agrego a continuación un comentario que debía ser el encabezado del videíto (ver abajo) con parte de mi presentación en el día de ayer en ese programa,



"Extracto de la intervención de anoche en 678. Orgulloso de que la Televisión Pública de la Argentina le hubiera dedicado MÁS DE UNA HORA de este programa a reconstruir la historia del bloqueo de EEUU a Cuba, de sus agresiones y sabotajes y a expresar nuestra más absoluta solidaridad con el pueblo y gobierno cubanos en su larga lucha por defender las conquistas históricas de la revolución.. Y tiempo también para rescatar los debates de Rafael Correa con "dizque" periodistas, en realidad relacionadores públicos de los monopolios mediáticos que tanto daño hacen a nuestras democracias. No sé si en otros países la TV pública pudo hacer lo mismo, en un momento tan importante como este. Me gustaría que mis amigos de las redes sociales me informen de cómo fue que la noticia del retorno de los patriotas cubanos y la admisión por parte de EEUU del fracaso de su política hacia Cuba se dio a conocer en sus países. 

Fidel dijo "¡Volverán!" y volvieron. ¡Hasta la victoria siempre!

Enlace a mi intervención en 678:
https://www.youtube.com/watch?v=N5pN4rbEVTw
17.12.2014

COMPARTO una breve nota sobre el retorno de los tres héroes antiterroristas cubanos, escrita sobre la marcha misma de los acontecimientos y que será publicada en la edición de mañana de Página/12.

Foto: COMPARTO una breve nota sobre el retorno de los tres héroes antiterroristas cubanos, escrita sobre la marcha misma de los acontecimientos y que será publicada en la edición de mañana de Página/12.

"EEUU-Cuba: una puerta que se abre"

(Por Atilio A. Boron) Termina el año con una gran noticia: los tres luchadores antiterroristas cubanos regresaron a casa. Se puso así fin a una flagrante injusticia, que hundió en la ignominia al sistema judicial estadounidense. Y Barack Obama, ante el inocultable fracaso de medio siglo de política hacia Cuba, decidió un cambio de rumbo que si bien no tiene la radicalidad necesaria         –para lo cual habrá que lograr que el Congreso derogue la legislación que decreta el bloqueo económico, comercial y financiero de la isla- por lo menos abre la puerta a una serie de cambios que permitirán mejorar las condiciones de vida de la población cubana. No es un dato menor que en su discurso Obama haya prometido que enviaría al Congreso un pedido para derogar esa legislación que se interpone como un obstáculo a su pretensión de normalizar las relaciones diplomáticas con Cuba. Porque, ¿cómo se podría conseguir ese objetivo si, al mismo tiempo, se le impone a ese país un bloqueo que ha sido condenado en reiteradas ocasiones por la comunidad internacional en la Asamblea General de las Naciones Unidas, por la mismísima OEA, por la UNASUR, por la CELAC?
      La decisión de Obama será motivo de múltiples análisis e interpretaciones. Pero hay algunas claves que, desde ya, son insoslayables. Una, el resonante fracaso de las políticas convencionales seguidas por Washington desde el triunfo de la Revolución Cubana. Dos, el paradojal aislamiento en que se encontró Estados Unidos, reconocido por el Secretario de Estado John Kerry horas después del discurso presidencial. Aislamiento y creciente animadversión en el hemisferio y escandaloso aislamiento evidenciado, año tras año, en el abrumador respaldo que cosechaba el voto en contra del bloqueo en la Asamblea General de la ONU. Tres, el protagónico papel  jugado, según lo señalaran tanto el presidente de Estados Unidos como su homólogo cubano Raúl Castro, por del Papa Francisco y el gobierno de Canadá, quienes cumplieron su misión con extraordinaria eficacia y en el más absoluto secreto. Cuatro, la lucha sin pausa de los familiares de “Los 5”, que lograron constituir una poderosa coalición internacional que presionó sin cesar y sin desmayos al gobierno de Estados Unidos y que movilizó voluntades que no cejaron de luchar ni un solo día desde que se produjo la detención de los luchadores cubanos. Cinco, el preocupante cuadro geopolítico internacional que presenta serios desafíos a los intereses estadounidenses en Medio Oriente, con el Estado Islámico –cuya creación le debe mucho a Estados Unidos y el Reino Unido- dando lugar a una masacre de incalculables proporciones;  en Asia Central, donde los talibán no cesan de perpetrar atrocidades como las de los niños en Paquistán;  en el extremo Oriente (la crisis del Mar del Sur de la China y el riesgo de un enfrentamiento armado con Japón);  la progresiva desestabilización de regiones enteras de África y, para colmo de males, la perspectiva nada marginal de una eventual confrontación bélica en Europa por la crisis ucraniana, todo lo cual torna altamente aconsejable preservar a América Latina y el Caribe como una zona de paz -¡como la única zona de paz!- y en la cual la pretérita ascendencia estadounidense se encuentra seriamente menoscabada. Recomponer relaciones con los países del área, en un marco de respeto e igualdad, se convierte en un imperativo categórico. Habrá que ver si Washington puede, porque los que desde adentro y afuera se opondrán a este proyecto son muchos y muy poderosos.



(Por Atilio A. Boron) Termina el año con una gran noticia: los tres luchadores antiterroristas cubanos regresaron a casa. Se puso así fin a una flagrante injusticia, que hundió en la ignominia al sistema judicial estadounidense. Y Barack Obama, ante el inocultable fracaso de medio siglo de política hacia Cuba, decidió un cambio de rumbo que si bien no tiene la radicalidad necesaria –para lo cual habrá que lograr que el Congreso derogue la legislación que decreta el bloqueo económico, comercial y financiero de la isla- por lo menos abre la puerta a una serie de cambios que permitirán mejorar las condiciones de vida de la población cubana. No es un dato menor que en su discurso Obama haya prometido que enviaría al Congreso un pedido para derogar esa legislación que se interpone como un obstáculo a su pretensión de normalizar las relaciones diplomáticas con Cuba. Porque, ¿cómo se podría conseguir ese objetivo si, al mismo tiempo, se le impone a ese país un bloqueo que ha sido condenado en reiteradas ocasiones por la comunidad internacional en la Asamblea General de las Naciones Unidas, por la mismísima OEA, por la UNASUR, por la CELAC?

La decisión de Obama será motivo de múltiples análisis e interpretaciones. Pero hay algunas claves que, desde ya, son insoslayables. Una, el resonante fracaso de las políticas convencionales seguidas por Washington desde el triunfo de la Revolución Cubana. Dos, el paradojal aislamiento en que se encontró Estados Unidos, reconocido por el Secretario de Estado John Kerry horas después del discurso presidencial. Aislamiento y creciente animadversión en el hemisferio y escandaloso aislamiento evidenciado, año tras año, en el abrumador respaldo que cosechaba el voto en contra del bloqueo en la Asamblea General de la ONU. Tres, el protagónico papel jugado, según lo señalaran tanto el presidente de Estados Unidos como su homólogo cubano Raúl Castro, por del Papa Francisco y el gobierno de Canadá, quienes cumplieron su misión con extraordinaria eficacia y en el más absoluto secreto. Cuatro, la lucha sin pausa de los familiares de “Los 5”, que lograron constituir una poderosa coalición internacional que presionó sin cesar y sin desmayos al gobierno de Estados Unidos y que movilizó voluntades que no cejaron de luchar ni un solo día desde que se produjo la detención de los luchadores cubanos. Cinco, el preocupante cuadro geopolítico internacional que presenta serios desafíos a los intereses estadounidenses en Medio Oriente, con el Estado Islámico –cuya creación le debe mucho a Estados Unidos y el Reino Unido- dando lugar a una masacre de incalculables proporciones; en Asia Central, donde los talibán no cesan de perpetrar atrocidades como las de los niños en Paquistán; en el extremo Oriente (la crisis del Mar del Sur de la China y el riesgo de un enfrentamiento armado con Japón); la progresiva desestabilización de regiones enteras de África y, para colmo de males, la perspectiva nada marginal de una eventual confrontación bélica en Europa por la crisis ucraniana, todo lo cual torna altamente aconsejable preservar a América Latina y el Caribe como una zona de paz -¡como la única zona de paz!- y en la cual la pretérita ascendencia estadounidense se encuentra seriamente menoscabada. Recomponer relaciones con los países del área, en un marco de respeto e igualdad, se convierte en un imperativo categórico. Habrá que ver si Washington puede, porque los que desde adentro y afuera se opondrán a este proyecto son muchos y muy poderosos.


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