(Por Atilio A. Boron) Una ojeada a las novedades editoriales producidas en el estudio de las relaciones internacionales -o, si se quiere utilizar un lenguaje “políticamente incorrecto” pero más diáfano y accesible: el imperialismo- revela la creciente presencia de obras y autores que apelan a la problemática geopolítica. La súbita irrupción de esta temática nos mueve a compartir una breve reflexión, y esto por dos razones. Primero, porque el tema, y la palabra hacía tiempo que habían sido expulsadas, aparentemente para siempre, del campo de los estudios internacionales y ahora están de vuelta. Proponemos la hipótesis, en segundo lugar, de que su reincorporación no tiene nada de casual o accidental sino que es un síntoma de un fenómeno que trasciende el plano de la teoría y la semiología: la decadencia del imperio norteamericano.

En relación a lo primero digamos que el abandono de la perspectiva geopolítica no sólo se verificó en las elaboraciones de los mandarines de la academia, lo cual no es motivo alguno de preocupación, sino que también se hizo sentir en las obras de los pensadores de la izquierda, lo cual sí era motivo de inquietud. Tanto era así, y tanto ha cambiado en muy poco tiempo, que al terminar la redacción de mi libro América Latina en la Geopolítica del Imperialismo, a mediados del 2012, y proceder a la última revisión del texto antes de enviarlo a la imprenta creí necesario introducir un largo párrafo, que reproduciré parcialmente a continuación, para responder a los muchos amigos y camaradas que, sabedores de la problemática que estaba investigando me hicieron conocer su sorpresa, y en algunos casos desacuerdos, por dirigir mi atención hacia un tema, la geopolítica, asociada a los planteamientos de la derecha más reaccionaria y racista. De ahí que en sintiera la necesidad de decir lo siguiente en las mismas páginas iniciales del libro:


“Unas palabras, precisamente, sobre la problemática geopolítica. Se trata de una cuestión que en general la izquierda ha demorado más de lo conveniente en estudiar por una serie de razones que no podemos sino apenas enunciar aquí: concentración en el examen de temas “nacionales”; visión economicista del sistema internacional y del imperialismo; menosprecio de la geopolítica por la génesis reaccionaria de este pensamiento y por la utilización que de ella hicieron las dictaduras militares latinoamericanas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. La generalización del concepto y las teorías de la geopolítica se encuentra en la obra de un geógrafo y general alemán, Karl Ernst Haushofer, quien propuso una visión fuertemente determinista de las relaciones entre espacio y política, y la inevitabilidad de la lucha internacional entre los diferentes Estados para asegurarse lo que, en un concepto de su autoría, calificó como “espacio vital” (Lebensraum). El desprestigio de esa teorización se relaciona con el hecho de que fue este concepto de Lebensraum el empleado por Hitler para justificar el expansionismo alemán que a la postre culminó con la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Haushofer tuvo como fuente de inspiración la obra de un geógrafo y político británico, Halfor John Mackinder, quien en 1904 había escrito un muy influyente artículo sobre “El pivote geográfico de la historia”.[1] 
La visión de Mackinder sobre la Isla Mundial, su pivote y las regiones periféricas 
 En todo caso el nacimiento de esta perspectiva tuvo lugar en un momento histórico signado por el predominio de las concepciones colonialistas, imperialistas y racistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Si hoy reaparece, completamente resignificada en el pensamiento contestatario, es porque aporta una perspectiva imprescindible para elaborar una visión crítica del capitalismo en una fase como la actual, signada por el carácter ya global de ese modo de producción, su afiebrada depredación del medio ambiente y las prácticas salvajes de desposesión territorial padecidas por los pueblos en las últimas décadas. No debería sorprendernos entonces que dos de los principales pensadores de nuestro tiempo sean geógrafos marxistas: David Harvey y Milton Santos. Es que la política y la lucha de clases, tanto en lo nacional como en lo internacional, no se desenvuelven en el plano de las ideas o la retórica, sino sobre bases territoriales, y el entrelazamiento entre territorio (con los “bienes públicos o comunes” que los caracterizan), proyectos imperialistas de explotación y desposesión y resistencias populares al despojo requieren inevitablemente un tratamiento en donde el análisis de la geografía y el espacio se articulen con la consideración de los factores económicos, sociales, políticos y militares. En tiempos como los actuales, en los que la devastación capitalista del medio ambiente ha llegado a niveles desconocidos en la historia, una reflexión sistemática sobre la geopolítica del imperialismo es más urgente y necesaria que nunca. Tal como lo recordara el Comandante Fidel Castro en su profética intervención en la Cumbre de la Tierra –en Río de Janeiro, junio de 1992–, ‘una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre’.”
La visión de Spykman, y la centralidad del cerco sobre el pivote central
Creo que las razones por las cuales desde la izquierda tenemos que recuperar la problemática geopolítica -¡que sí estaba presente, si bien expresadas con otro lenguaje, en el marxismo clásico!- son por demás convincentes. Pero, ¿a qué se debe que el pensamiento de la derecha haya hecho lo propio y que la obra de los intelectuales orgánicos del imperio (Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger, para tan sólo nombrar a los de mayor gravitación) y de los académicos del mainstream norteamericano deban recurrir cada vez con más frecuencia a consideraciones geopolíticas en sus estudios e investigaciones? ¿Se trata de una superficial y efímera moda intelectual, para reemplazar al ya difunto concepto de “globalización”, cuya muerte fue anunciada simultáneamente a su advenimiento o hay algo más?

Efectivamente hay algo más. No es un tema de modas intelectuales o escolásticas, y esta es la segunda cuestión que queríamos plantear. La reflexión geopolítica en el campo del pensamiento imperial es hija de una dolorosa (para algunos) comprobación: el imperio norteamericano ha superado su cenit y ha comenzado a recorrer el camino de su lento pero irreversible ocaso. Para los gobernantes y las clases dominantes de Estados Unidos de lo que se trata entonces es de tomar los recaudos necesarios para evitar dos desenlaces inaceptables: (a) que el crepúsculo imperial precipite una incontrolable reacción anárquica en cadena en el sistema internacional, en donde un  buen número de estados y una cantidad desconocida pero significativa de actores privados disponen de un arsenal atómico capaz de eliminar de raíz toda forma de vida en el planeta y, (b), que producto de la irreversible redistribución del poder mundial la seguridad nacional y el modo de vida de Estados Unidos puedan verse irremediablemente menoscabados. Esta es la razón de fondo por la cual los estrategas militares estadounidenses llevan más de diez años refiriéndose oblicuamente al tema y alertando, en sus escenarios bélicos prospectivos de largo plazo, que ese país deberá estar preparado para librar guerras, en los más diversos rincones de este planeta, durante los próximos veinte o treinta años. Doctrina de la “guerra infinita” cuyo objetivo no será acrecentar su primacía mundial mediante la incorporación de nuevas áreas de influencia o control sino apenas preservar las ya existentes, o evitar un catastrófico derrumbe de los parámetros geopolíticos globales.

El más reciente libro de Brzezinski

Estos pronósticos tardaron más de diez años en incorporarse a los análisis del mandarinato académico y de los publicistas del imperio, profundamente enquistados en los grandes medios de comunicación. Pero ya no más. La terca realidad les ha obligado a hablar de lo que hasta hace poco era impensable, cuando una pandilla de reaccionarios nucleada en el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano fundado por Dick Cheney en 1997 se ilusionó al creer que el mundo que aparecía ante sus ojos tras el derrumbe del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética había llegado para quedarse, para siempre, en una típica reiteración de la incapacidad del pensamiento burgués para comprender la historicidad de los fenómenos sociales.[2] Se trató de una ilusión infantil, así la juzgó ese viejo lobo del imperio que es Zbigniew Brzezinski, que la realidad desbarató en pocos años. Los atentados del 11-S derrumbaron no sólo las Torres Gemelas sino también los tranquilizadores espejismos con los cuales se entretenían los dizque expertos del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano. No es casual que en su más reciente libro Brzezinski  dedique unas sorpresivas páginas introductorias al tema de la declinante longevidad de los imperios, y si bien no lo dice explícitamente está claro que para él, como para tantos otros, Estados Unidos es un imperio. [3] Claro está que se trataría de un imperio de nuevo tipo, movido por el idealismo Wilsoniano, como lo asegura Henry Kissinger en sus diversos escritos, idealismo que lo lleva a convertirse según esta autocomplaciente visión, en un abanderado de las mejores causas de la humanidad: democracia, derechos humanos, libertad, pluralismo, etcétera. En una palabra, el país a quien Dios presuntamente le habría encomendado la realización de un “Destino Manifiesto” y en virtud del cual sembraría aquellos nobles valores e instituciones a lo largo y ancho del planeta.  Un razonamiento muy parecido había sido formulado por Henry Kissinger en un libro publicado en 1994 y traducido al castellano al año siguiente: La Diplomacia. En él el ex Secretario de Estado de Richard Nixon advertía sobre la precariedad de los ordenamientos internacionales al observar que “con cada siglo ha ido encogiéndose la duración de los sistemas internacionales. El orden que surgió de la Paz de Westfalia duró 150 años … el del Congreso de Viena se mantuvo durante 100 años … el de la Guerra Fría terminó después de 40 años.” Y concluye: “Nunca antes los componentes del orden mundial, su capacidad de interactuar y sus objetivos han cambiado con tanta rapidez, tanta profundidad o tan globalmente.”[4]



Dado todo lo anterior no sorprende la nota que días atrás publicara David Brooks en el New York Times y que fuera reproducida en Buenos Aires por La Nación y, con seguridad, en otros diarios de América Latina y el Caribe. Brooks, un hombre de clara persuasión conservadora, cita en su nota la opinión de Charles Hill, uno de los mayores expertos del Departamento de Estado, ya retirado de su cargo, quien dice textualmente que: "La gran lección que enseña la historia de la alta estrategia es que cuando un sistema internacional establecido entra en fase de deterioro, muchos líderes actúan con indolencia y despreocupación, y felicitándose a sí mismos. Cuando los lobos del mundo huelen esto, por supuesto que empiezan a moverse para sondear las ambigüedades del sistema que envejece y así arrebatar de un tarascón los bocados más preciados.” Brooks refleja, con desazón, la literatura que cada vez con mayor frecuencia examina el proceso de decadencia imperial, esa “fase de deterioro” a la que aludía Hill, si bien no todos los autores se atreven a abandonar los eufemismos tranquilizadores. El último número de la revista Foreign Affairs, el conservador órgano del establishment diplomático estadounidense, presenta un par de artículos de dos de los mayores especialistas en el análisis de las relaciones internacionales y en los cuales, más allá de sus diferencias, concuerdan en el hecho de que “la geopolítica está de vuelta”.[5] Y si lo está es precisamente porque la correlación de fuerzas que en el plano internacional se cristalizara después de la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, las fantasías que anunciaban el advenimiento de “un nuevo siglo americano” se derrumbaron estrepitosamente. Ejemplos: Estados Unidos es derrotado inapelablemente (29 a 3) en una votación en la OEA que pretendía decretar la intervención de ese organismo en la crisis que afecta a la  República Bolivariana de Venezuela; asiste impotente a la reincorporación de Crimea a Rusia, pese a que en una actitud insólita y provocativa su Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, Victoria Nuland, estuvo en la Plaza Maidan de Kiev repartiendo panecillos y galletitas a las bandas de neonazis que luego tomarían por asalto los edificios gubernamentales y constituirían un nuevo gobierno, mismo que fue rápidamente reconocido por las corruptas y decrépitas democracias capitalistas; y sus bravuconadas y amenazas en contra de Siria se derrumbaron como un castillo de naipes en cuanto Rusia -y de modo más cauteloso, China- le hicieron saber a Washington que no permanecerían de brazos cruzados si la Casa Blanca lanzaba una nueva aventura bélica en la región. Cambios inesperados, muy profundos y sucedidos en muy corto tiempo y que nos obligan a reflexionar sobre -y a actuar en- una transición geopolítica global que difícilmente podrá llevarse a cabo de manera pacífica. Si atendemos a las lecciones de la historia, todas las transiciones geopolíticas precedentes fueron violentas. Nada permite suponer que hoy la historia será más benigna para nuestros contemporáneos, especialmente si se repara en la fenomenal desproporción de recursos militares que retiene el centro imperial, superior a la de la totalidad de los demás países del planeta.    








[1] Mackinder (1861-1947) sostenía que en el planeta hay una “Isla Mundial” que es el sitio donde se concentran las mayores riquezas naturales y que está conformada por la gran masa euroasiática y africana. Al interior de este enorme espacio se recorta, según este autor, un pivote que se extiende desde el Volga hacia el Este, hasta el río YangTse en la China, y desde los Himalayas hasta el Océano Ártico y Siberia. Quien controle ese pivote, sostiene Mackinder, controlará la Isla Mundial y quien ejerza ese control podrá extenderlo a todo el mundo. Tiempo después, el geopolítico norteamericano Nicholas Spykman (1893-1943) re-elaboró las concepciones de Mackinder y acentuó la importancia del anillo de tierras y mares que rodean al pivote central. Si ese cerco es exitoso, asegura Spykman, la potencia que lo consiga dominará Eurasia, y quien controle Eurasia regirá los destinos del mundo. Zbigniew Brzezinski es el más encumbrado continuador de esta tradición que le asigna al pivote central de la masa euroasiática un papel crucial en el dominio del planeta. La obsesión por cercar ese pivote con toda suerte de alianzas político-militares alimentó la política exterior de los Estados Unidos desde el triunfo de la Revolución Rusa en 1917 hasta nuestros días, como lo prueban los mapas utilizados por Brzezinski en su ya referida obra.   
[2] Recordar que Cheney luego se convertiría, bajo la presidencia de George W. Bush, en Vicepresidente de los Estados Unidos durante sus dos mandatos y uno de los personajes de mayor influencia en el proceso decisional de la Casa Blanca, algo poco común si se recuerda el carácter eminentemente protocolar, casi decorativo, de los vicepresidentes en la república imperial norteamericana.
[3] Puede consultarse este tema de la declinante longevidad de los imperios en Zbigniew Brzezinski, Strategic Vision. America and the Crisis of Global Power (New York: Basic Books, 2012), pp. 21-26.
[4] Henry Kissinger, La Diplomacia (México: Fondo de Cultura Económica, 1995), p. 803.
[5] Ver John Ikenberry, “The Illusion of Geopolitics. The Enduring Power of the Liberal Order” y  Walter Russell Mead, “The Return of Geopolitics. The Revenge of the Revisionist Powers”, ambos en Foreign Affairs, Mayo-Junio de 2014.

11 comentarios:

Gabriel Álvarez dijo...

Atilio, en el sentido que estas proponiendo...te envio recomendacion de un buen libro que anuda geografia polìtica y geopoliticas criticas:A Companion toPolitical Geography. Se puede descargar completo de:
https://www.academia.edu/1870453/Companion_to_Political_Geography

Saludos

Dr Oscar ABUDARA BINI dijo...

Dr ATILIO BORON, lo felicito por el artìculo. Coincido profundamente con el sentido axial del mismo, a mi criterio, el 11.9 representa el cenit de un orden que como los especialistas señalan (T. Meyssan) creyeron que durarìa mas. Duró lo que pudo durar el Unicato o Unipolaridad porque la Multipolaridad vino para quedarse y como usted señala no sembrando rosas. Siria ha sido un escenario de confronte tan militar como político y tan brutal-sin bombas como fue la crisis de los misiles de la Cuba 1962. Recientemente un avión ruso desarmado puso en black out la totalidad de los sistemas de armas de un crucero norteamericano de elite. ¿Que nos toca a nosotros? El hiper armamentismo britànico en Malvinas es como el yelmo y espada de Goliat, en su extrema fortaleza tiene su talón de Aquiles. Nuestras FFAA y mas nuestra clase polìtica no alcancan a comprender que ese hiperarmamentismo està regido por una tecnologìa militar que depende de la antigua Unipòlaridad. Un saludo cordial. DR OSCAR ABUDARA BINI (PD lo vi en la presentación del libro sobre Defensa de la embajada de Ecuador)

Fernando Dorado dijo...

Al interior del sistema capitalista del siglo XXI se agudiza la contradicción entre la tendencia a la centralización global del capital y la permanencia de dinámicas capitalistas de origen nacional.
Por un lado se observa la conformación de una burguesía financiera global, que es fruto del superposición de intereses, entrelazamiento de capitales, imbricación de empresas deslocalizadas, entrecruzamiento de deudas y déficit fiscales de Estados “nacionales”, y por el otro, se mantienen dinámicas económicas, militares y geopolíticas de los imperios constituidos en siglos anteriores, bloques imperiales y agrupamientos de nuevas potencias que luchan por la apropiación del excedente capitalista, el control de las materias primas y la hegemonía mundial.
Las crisis financieras y económicas incentivan esa contradicción y sacan a flote los intereses de quienes tienen muchos pies y manos en diferentes niveles y espacios de la economía global y quienes dependen de ejes “nacionales”, como en el caso de los capitalistas de EE.UU. que le han jugado todas sus apuestas al complejo industrial militar.
Los analistas de la economía y la política internacional – por lo general – sólo ven un aspecto de la contradicción. Unos se aferran a la tendencia predominante, la extrapolan y llegan a la conclusión de que ya existe una burguesía financiera global que todo lo planea y controla. Otros se centran en el análisis de la geopolítica, la lucha entre potencias y bloques regionales, y especulan sobre el grado de hegemonía que mantienen los EE.UU., planteando que ésta superpotencia entre más pierde en el terreno económico más aprieta en el campo militar.
Los primeros creen en la existencia del imperio global; los segundos mantienen la visión clásica de los imperialismos. Para los teóricos del imperio, la revolución proletaria tiene que ser mundial y simultánea, desconociendo la ley del desarrollo desigual y combinado; para los teóricos de los imperialismos, el proletariado puede aprovechar las fisuras y contradicciones entre los diversos bloques económicos e imperiales, y entonces, la táctica nacional tiene su fundamento.
Ambas posiciones se han encontrado y distanciado frente a los casos de intervención imperialista en Libia y Siria, para mencionar algunos. Los primeros, justificaban que las fuerzas revolucionarias se apoyaran tácticamente en las potencias imperiales para derrotar a los criminales gobernantes dictatoriales, dado que lo importante era sobrevivir para más adelante avanzar. Los segundos, denuncian la intervención imperial y se colocan al lado de los dictadores, porque eran verdaderos revolucionarios anti-imperialistas y defendían el interés nacional de esos países de la periferia capitalista. Los unos reivindican su internacionalismo clasista; los otros, su anti-imperialismo.

Fernando Dorado dijo...

Cada quién lo entiende aferrándose a un aspecto de la contradicción. Sólo un movimiento internacional de los trabajadores con una posición coherente a partir de la aceptación de la existencia de esa contradicción y de un “análisis concreto de la situación concreta” puede interpretar la realidad en forma dialéctica (complejidad no lineal) y actuar en consecuencia.
Sólo entendiendo la dinámica de la contradicción y la tendencia actual a la centralización se pueden entender los conflictos y las tensiones que se han presentado en casos como los de Kosovo, Libia, Siria, Sudán, Ucrania, Irak, Afganistán y demás países intervenidos de una u otra manera por las potencias (EE.UU., UE, Rusia, China). Allí hubo un proceso de desmembración de la unidad nacional de dichos países, aprovechando divisiones étnico-nacionales, tribales, religiosas, culturales y clasistas, para poder repartirse sus riquezas o para impedir el avance de la revolución.
Inicialmente la lucha geopolítica se juega a fondo en cada uno de los países y regiones del mundo, unos pierden y otros ganan. Si no se ha llegado a una guerra aguda y abierta entre las potencias es porque finalmente ceden coyunturalmente ante la necesidad de preservar la estabilidad. La tendencia a la centralización se impone.
La burguesía global en formación está elaborando – sobre la marcha – una política para mantener su dominio y fortalecerlo, para impedir que los proletarios del mundo identifiquen sus intereses y desarrollen una política anti-capitalista global.
Simultánea y paralelamente, los imperialismos y bloques imperiales también han elaborado una estrategia para defender sus áreas de influencia y ganar nuevos mercados, territorios y regiones para su control.
La una, es una estrategia global, integral, eminentemente de clase. La otra es una política “nacional” y regional, sectorial, también de clase pero en donde predomina el interés de su Estado nacional, en donde determinados grupos capitalistas tienen afincados intereses.
La segunda está subordinada a la primera. Sólo la lucha de clases muestra en qué momento se hace evidente esa subordinación.
Cuando la revolución árabe estaba mostrando sus potencialidades de clase, la intervención imperial se hizo necesaria, más que para hacer una nueva repartición de las riquezas, para impedir la profundización de la revolución en términos sociales. Por ello, la intervención iba dirigida a dividir el frente revolucionario en intereses tribales, étnicos y religiosos. La ausencia de una dirección proletaria no permitió que la unidad popular se mantuviera para avanzar hacia caminos anti-neoliberales y anti-capitalistas.

Fernando Dorado dijo...

La estrategia global de la burguesía no se casa con nacionalismos pero tampoco los desecha. Esa burguesía hace análisis de cada caso en particular. Trabaja a largo plazo y usa la complejidad no lineal para defender sus intereses. Es flexible y oportuna.
Los trabajadores del mundo entero tenemos que superar las visiones parciales y lineales. Debemos aprender a ser tan flexibles o más que nuestros enemigos de clase. Debemos identificar los intereses globales del proletariado, o sea la revolución anti-capitalista, pero en cada caso en particular tenemos que determinar cómo juega cada aspecto de la contradicción y responder con la táctica acertada.
En Ucrania dos imperios luchan por intereses geopolíticos (EE.UU. y Rusia). Alinearse con uno u otro es perder la independencia de clase. La unión de los trabajadores ucranianos – por encima de diferencias étnicas – alrededor de los intereses coyunturales de su Nación, es la posición correcta, rechazando ambas intervenciones como resultado de la guerra imperialista.
Pero a la vez que se lucha por la autodeterminación nacional se debe impulsar la unidad de los trabajadores ucranianos con los rusos, europeos, estadounidenses y del mundo entero contra la explotación capitalista, dado que la unidad nacional no garantiza – en un planeta globalizado por el capitalismo – ni una verdadera autonomía ni la resolución de los problemas vitales de los trabajadores.
Sólo así podremos explotar ambos aspectos de la contradicción y no quedar amarrados a un bloque imperial y a la ilusión nacionalista. Sólo de esa manera fusionaremos dialécticamente el análisis global de clases con el estudio de la geopolítica imperial.

Rogério Haesbaert dijo...

Felicito por el artículo, muy oportuno, además como geógrafo también preocupado con cuestiones geopolíticas (algo desarrollé en "El Mito de la Desterritorialización"/ Ed. Siglo Veintiuno). Solo una corrección: "Lebensraum" o "espacio vital" no es de Haushofer, pero de Friedrich Ratzel (que escribió "Geografía Política", entre otros), aun el siglo XIX. Saludos. Rogério Haesbaert (Universidad Federal Fluminense, Rio de Janeiro)

FOLLADORDEPROSTIS dijo...

Atilio le falto mencionar que en 1 futuro cercano a Usa se le hará difícil entrar en nuevas guerras debido a que están endeudados hasta el cuello ademas que se han hecho recortes en el gasto militar,al menos que el 2016 gane Sarah Palin o algún republicano ultra reaccionario y vuelva aumentar masivamente el gasto militar ( como Reagan y Bush JR) y decida invadir Iran,pero claro que eso solo terminaría hundiendo mas a la economía yanqui como paso con la infame guerra de Iraq.

小 Gg dijo...

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