¡ES EL CAPITALISMO, ESTÚPIDOS! Es lo único que se me ocurre decirle a los genios de la ONU que en un informe dado a conocer ayer estimaron "en un 95 % la posibilidad de que el hombre se el culpable del cambio climático." No fueron los animales ni las plantas (¡enorme descubrimiento!) sino "los hombres". Pero los hombres se organizan según el MODO DE PRODUCCIÓN, y el modo dominante en nuestro tiempo y responsable no del 95 % sino del 100 % del cambio climático y el brutal ataque al medio ambiente es EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA, no "los hombres". 


Y esto es así porque para el capitalismo el medio ambiente es una mercancía más. Pero no serán los tecnócratas de la ONU o los "bienpensantes" de las universidades quienes se atrevan a llamar las cosas por su nombre. Como decía Bertolt Brecht "el capitalismo es un caballero que no desea se lo llame por su nombre" y el informe de la ONU obedece meticulosamente a ese mandato. Porque, ¿se imaginan el impacto que podría tener que un informe oficial de la ONU culpabilizara al capitalismo por la tragedia ecológica de nuestro tiempo, en lugar de "los hombres"?
¡Hola! Comparto un análisis sobre el texto de Lenin acerca del imperialismo. Gracias por los comentarios y las críticas que puedan surgir de su lectura.

El imperialismo: ¿fase superior o “lo nuevo” del capitalismo? Breve reflexión sobre el título de la clásica obra de Lenin
Por Atilio A. Boron


Luego de una estupenda cena casera con los amigos del CEFMA [1], uno de ellos, Hernán Randi, se entretenía mirando un hermosísimo libro de fotos e imágenes sobre Lenin publicado en Rusia durante la época soviética. [2] Pasaba distraídamente sus hojas cuando de repente tropezó con una lámina que le llamó la atención, y compartió esa sorpresa con los demás: era una que contenía la copia facsimilar de la tapa de la edición rusa del clásico libro de Lenin sobre el imperialismo. Randi, quien tiene conocimientos de ruso por haber estudiado en la Unión Soviética en los últimos años de los ochentas y hasta el derrumbe, reparó en un detalle que en ese momento nos pareció como una sorpresiva curiosidad: el título original de la obra, tal como allí aparecía era: El imperialismo, lo nuevo del capitalismo.[3] Poco después la conversación siguió su curso, estimulada por la contemplación de otros tesoros fotográficos contenido en la obra pero, un día después ese detalle reapareció en mi recuerdo con la conciencia de que tenía una significación teórica que trascendía de lejos la primera impresión, y que la curiosidad y lo anecdótico podían ocultar una cuestión mucho más de fondo.
  
En efecto, el significado de estas palabras: “superior” o “nuevo” estaba lejos de ser idéntico. Sus diferencias obligaban a hacer un breve ejercicio hermenéutico encaminado a vislumbrar, de la manera más clara posible, lo que Lenin había querido decir cuando eligió la segunda y no la primera. Las cosas se complicaron más cuando, revisando algunos textos posteriores de Lenin pude comprobar, por ejemplo, que en La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky se refiere a su libro como El Imperialismo, etapa contemporánea del capitalismo.[4] Las traducciones al inglés del libro dedicado a refutar las tesis de Kautsky se refieren a este mismo asunto aunque en lugar de “contemporánea” aparece la voz “última”. Así sucedió con una edición hecha en la Argentina y también con la que publicara la editorial de Lenguas Extranjeras de la República Popular China.  Lamentablemente,  no se aclara cual fue esa primera edición en lengua inglesa.[5] Nos encontramos así ante cuatro posibles conceptos para caracterizar al capitalismo de ese tiempo: “superior”, “nueva o novedosa”, “contemporáneo” y  “última”.
Salta a la vista que “nueva”, “novedosa”, “contemporánea” o “última” son términos que carecen de las positivas connotaciones axiológicas que guarda la voz “superior.” Esta implica una elevación, un ascenso hacia niveles nunca alcanzados en el proceso de construcción histórica de una formación económico-social  capitalista, valoración que es altamente improbable estuviera presente en la visión que Lenin tenía sobre este modo de producción. En el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de Julián Casares, se define el adjetivo “superior” en los siguientes términos: “dícese de lo que está más alto y en lugar preeminente respecto de otra cosa.// fig. Dícese de lo más excelente y digno de aprecio.// Excelente, muy bueno.”  Dos problemas, por lo tanto: primero, “excelente” o “digno de aprecio” son calificaciones que Lenin jamás le adjudicó al capitalismo. Segundo, en el término “superior” subyace una premisa evolucionista y etapista ajena por completo al pensamiento de Lenin pero que se ajustaba como anillo al dedo a la concepción histórica que informaba la codificación que el estalinismo haría de sus ideas después de su muerte. En efecto, lo superior implica el desarrollo de potencialidades existentes en la forma inferior y una marcha ininterrumpida hacia un estadío merecedor de una mejor valoración. Sólo que la asunción de estas premisas por parte de Lenin supondría la adhesión a un esquema de interpretación lineal y abstracto –ergo, no dialéctico- de la historia del capitalismo, y de su situación a comienzos del siglo veinte, que era completamente ajena a la tradición marxista tan cuidadosamente respetada y preservada por el revolucionario bolchevique a lo largo de toda su vida. Más no era éste el caso de la concepción etapista sintetizada en el Diamat de la Academia de Ciencias de la URSS, donde la sucesión histórica que llevaba del capitalismo de libre competencia a una etapa “superior”, signada por el predominio de los monopolios, no podía sino desembocar en “otra etapa superior”, la dictadura del proletariado del interregno socialista que, a su vez, culminaría con la llegada a la estación final del proceso histórico: el comunismo.

Alguien podría objetar este razonamiento recordando que Marx y Engels también hablan del comunismo como la “fase superior” del socialismo, tema que es concienzudamente examinado por el propio Lenin en el El Estado y la Revolución, cuando analiza la crucial cuestión de las bases económicas de la extinción del estado.[6] Pero en el caso de los fundadores del materialismo histórico la “superioridad” del comunismo se asentaba sobre profundos fundamentos éticos, económicos y políticos ya que consolidaba los avances del socialismo. No era tan sólo algo novedoso sino sobre todo algo axiológicamente mucho mejor, más igualitario, emancipador, liberador porque el comunismo suponía la clausura definitiva de la prehistoria de la humanidad, signada por la existencia de la explotación clasista, y el amanecer de una inédita forma social despojada de ese lastre. Era, por lo tanto, perfectamente posible en este caso hablar de una forma “superior.”

Teniendo en cuenta estos antecedentes se puede concluir que no podía ser ese el sentido que Lenin le asignaba a la nueva reconfiguración del capitalismo en su etapa imperialista, signaba, como tantas veces lo subrayara, por el predominio de los monopolios. De ahí que, siendo un pensador y político saludablemente obsesionado por el estricto uso del lenguaje, no haya sido nada casual que en lugar de “superior” hubiera utilizado la expresión “nueva” (o “novedosa”, según se traduzca del ruso) para referirse, precisamente, a los cambios que presentaba el capitalismo en el marco de la Primera Guerra Mundial. La cosmovisión filosófica integral de Lenin, arraigada profundamente en el suelo de la tradición marxista, no le hubiera permitido jamás concebir que las horrendas mutaciones del capitalismo en la edad de los monopolios, la universalización del bandidaje, el saqueo y el pillaje, y la carnicería de la Primera Guerra Mundial podían constituir una fase “superior” en cualquier sentido del término. Era novedoso, sin duda; y era conveniente tomar nota de esos cambios, pero para nada podrían considerarse como algo “superior.” [7]

Dado lo anterior no deja de ser lamentable el infortunio editorial que corrió la obra de Lenin en su traducción a distintos idiomas. En la gran mayoría de las lenguas occidentales se reemplazó “nueva” por “superior”. La generalizada utilización de “superior”, ¿no estaría induciendo que un capitalismo instalado en una etapa “superior” es mejor –en algún sentido- que el que le precedió? Esta conclusión se ajustaba muy bien a la opinión por entonces prevaleciente en la socialdemocracia alemana, que ya había abjurado de la revolución y del socialismo; y también hacía lo propio con la codificación estalinista del legado teórico de Lenin. En vista de lo anterior no sería temerario proponer que este reemplazo de términos distorsiona lo que Lenin efectivamente pensaba acerca del capitalismo de su tiempo. Por otra parte hubo variaciones en las traducciones que contribuyeron a confundir aún más las cosas. La primera al francés de la obra de Lenin se hace con el sorprendente título de L'impérialisme, stade suprême du capitalisme, en donde la introducción del adjetivo “supremo” debió seguramente causar un profundo fastidio en Lenin, en caso de que hubiese llegado a ver la edición de su obra porque desnaturalizaba burdamente su concepción sobre el asunto. ¿Qué es esto de llamar “supremo” –algo inalcanzablemente superior- a un régimen económico social signado por la conquista, el pillaje, la guerra y la superexplotación de las masas a escala mundial? No obstante, ya muerto Lenin,  la editorial del Partido Comunista Francés, (L’Humanité) re-edita la obra en 1925 y corrigió el error, sólo que con una espectacular modificación de su título: ahora el libro se llama L'impérialisme, derniere stade du capitalisme.[8] Si  antes esa fase era “suprema” ahora pasa a ser la “última”. Salvo, para los editores en lengua italiana que hasta el día de hoy continúan utilizando el vocablo originalmente adoptado por los franceses, la interpretación canónica del título de la obra quedó plasmada en la forma hoy por todos conocida: el imperialismo es la etapa “superior” del capitalismo. En Alemania la obra de Lenin fue traducida como Der Imperialismus  als höchstes Stadium des Kapitalismus en donde la palabra “höchstes”, también aludía a una condición de superioridad, una elevación por encima de todo el resto. Y en línea con esta interpretación encontramos los títulos de las sucesivas ediciones registradas en lengua castellana, inglesa y portuguesa.

Un breve texto de Lenin escrito pocos meses después de su libro, y titulado “El imperialismo y la escisión del socialismo”, clarifica sólo en parte esta discusión, agravada, nuevamente, por los problemas propios de la traducción del ruso a otras lenguas.[9] En ese escrito Lenin define textualmente al imperialismo “como una fase histórica especial del capitalismo, que tiene tres peculiaridades; el imperialismo es: 1) capitalismo monopolista; 2) capitalismo parasitario o en descomposición; 3) capitalismo agonizante. La sustitución de la libre competencia por el monopolio es el rasgo económico fundamental, la esencia del imperialismo.” [10] Poco más abajo aparece la expresión “fase superior” (otra vez, en la traducción a lengua castellana, que requeriría examinar el texto original ruso para ver si es ese el término empleado por Lenin) pero renglón seguido dice que “las guerras hispano-americana (1898), anglo-bóer (1899-1902 y ruso-japonesa (1904-1905) y la crisis económica de Europa en 1900 son los principales jalones históricos de esta nueva época de la historia mundial.” [11] Parecería claro, en consecuencia, que lo de “superior” es, en el mejor de los casos (traducción mediante) una consideración secundaria en relación a los novedosos elementos que caracterizan a una nueva época en la historia mundial.

Por lo visto hasta aquí la traducción de textos teóricos fundamentales plantea a veces serios problemas hermenéuticos. Ya examinamos brevemente el problema en un trabajo en el cual cuestionábamos una traducción canónica –pero insanablemente equivocada, como muchas de las verdades contenida en el canon de lo correcto- de un término que emplea Marx en su famoso "Prólogo" a la Contribución a la crítica de la economía política . Traducción que indujo a autores como Ernesto Laclau y tantos otros a extraer erróneas conclusiones en relación al clásico problema de la relación entre estructuras y superestructuras, con todas las complejidades y problemas que tiene esta segunda expresión. En efecto, Laclau plantea en uno de sus escritos una crítica al carácter determinista del marxismo, misma que permea a lo largo de toda su obra pero que se verifica de manera rotunda en el mencionado escrito  de Marx en el cual se utiliza un verbo –“bedingen”- que es torpemente traducido como “determinar”, para especificar la naturaleza del vínculo estructura/superestructura.  Ahora bien: “bedingen” quiere decir, según el Diccionario Langenscheidts Alemán-Español, “condicionar”, “requerir” o “presuponer”, al paso que determinar, en alemán, es “bestimmen”. Que un personaje tan cuidadoso con sus escritos como Marx haya utilizado “bedingen” y no “bestimmen” no fue casual; la estructura puede condicionar a la superestructura política o cultural, pero no la determina, al menos en el sentido fuerte que una cierta crítica virulentamente anti-marxista se regodea en señalar. Este grosero error de traducción ha quedado consagrado por el tiempo, dando pátina de seriedad a una crítica tan infundada como malintencionada del supuesto “determinismo” de Marx.[12]

Pero los problemas no son sólo de traducción. El pensamiento marxista, nacido y desarrollado en los entresijos de un sistema que persiguió esas ideas con implacable saña, siempre tuvo que lidiar no sólo con los duros desafíos que le planteaba la praxis revolucionaria y el devenir del proceso histórico –que a menudo ponían en entredicho algunos de los supuestos de la primera- sino también las dificultades que la censura imponía a la difusión de sus obras. Gramsci fue víctima preferencial de esta práctica durante los once años que permaneció en las cárceles del fascismo, pero otro tanto ocurrió con Lenin que, refugiado en Zurich se empeñaba en hacer circular sus obras sorteando los obstáculos que interponía la censura zarista. Precisamente en el “Prólogo” al Imperialismo  dice textualmente que “(E)l folleto está escrito teniendo en cuenta la censura zarista. Por esto no sólo me vi precisado a limitarme estrictamente a un análisis exclusivamente teórico –sobre todo económico-, sino también a formular las indispensables y poco numerosas observaciones de carácter político con una extraordinaria prudencia, por medio de alusiones, del lenguaje a lo Esopo, maldito lenguaje al cual el zarismo obligaba a recurrir a todos los revolucionarios cuando tomaban la pluma para escribir algo con destino a la literatura “legal.” [13]  

Si bien lo que acabamos de escribir es apenas un preliminar ejercicio que merecería un tratamiento más sistemático no sería erróneo concluir que, a los efectos de la educación política de los cuadros y militantes anticapitalistas, convendría restaurar el título original de la obra de Lenin sustituyendo “superior” por “nueva”. Y esto por varias razones:

(a)  porque este último concepto subraya las incesantes novedades que presenta el capitalismo, el modo de producción más dinámico de la historia, según lo atestiguaran Marx y Engels, abandonando, por lo tanto, las coagulaciones conceptuales que impiden dar cuenta de sus permanentes transformaciones las que, sin embargo, no alcanzan a disimular la persistencia de sus inherentemente opresivas determinaciones esenciales;

(b) porque la idea de “superioridad” puede fácilmente desembocar en una concepción del capitalismo imperialista como una entidad fantasmática, inasible, inabordable y sobre todo inexpugnable, estimulando la pasividad o el fatalismo derrotista de las clases y capas subordinadas y la ilusión de que la superación del capitalismo sólo podrá ser la obra de los azarosos impulsos erráticos, anómicos e imprevisibles de las multitudes nómadas. Imperio, la clásica obra de Hardt y Negri, es un claro ejemplo de lo que venimos diciendo. Obviamente, a partir de ello se liquida la teoría de la revolución, el debate sobre las estrategias y tácticas de lucha anticapitalista y la concepción (y la necesidad) del partido revolucionario. ¡Estupendo negocio para la burguesía y los imperialistas!

(c) porque la idea de la permanente novedad del capitalismo obliga a las fuerzas que militan a favor de la revolución anti-capitalista a extremar sus esfuerzos para profundizar en su estudio, a fortalecer su conocimiento y a cultivar el desarrollo de la teoría marxista, en línea con aquel viejo apotegma de Lenin que decía que “sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria”. Y que un estímulo para el desarrollo de la teoría es la constatación de que nos encontramos ante un sistema que se reproduce y permanece, pero lo hace “revolucionándose incesantemente”, como Marx y Engels decían en el Manifiesto Comunista y que por eso mismo es preciso examinar las transformaciones de su fisonomía, sus cambios de piel bajo los cuales se preservan y refuerzan los inhumanos y opresivos fundamentos del orden social capitalista. Sin ese adecuado conocimiento resultará muy difícil, para no decir imposible, pretender cambiar al sistema. Lección número uno del arte militar, desde Tsun Tzu a Lenin y Gramcsi, pasando por Maquiavelo y von Clausewitz: enemigo que se desconoce no puede ser derrotado;

 (d) por último, porque estoy absolutamente convencido que si hay algo que Lenin no quería era que en cualquiera de sus escritos se deslizara la posibilidad de concebir al capitalismo como una formación social indestructible a favor de su enorme capacidad para “superarse” permanentemente. Una tal concepción remata inevitablemente en la tesis de la economía clásica inglesa, tan criticada por Marx, que mientras consideraba a las formaciones sociales precapitalistas como productos artificiales de la historia naturalizaba y eternizaba al capitalismo.

Por todo lo anterior, sería aconsejable  hacer un esfuerzo en dos direcciones: primero, para revisar cuidadosamente los textos originales de Lenin escritos en lengua rusa y verificar la correcta traducción de algunos de sus conceptos cruciales, como el imperialismo; segundo, sugerir a las editoriales que publican el clásico libro de Lenin que procedan a cambiar el título, respetando estrictamente el que había elegido su autor cuando en 1917 lo publicara en su lengua materna.
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[1] CEFMA. Centro de Estudios y Formación Marxista Héctor P. Agosti
[2] Randi es  Periodista y Dicector Adjunto del CEFMA.
[3] Podría también traducirse como El imperialismo, lo novedoso del capitalismo. Es sabido las dificultades que comporta la traducción, especialmente desde una lengua eslava a una romance como el castellano. Pero más allá de estos problemas, es claro que la expresión “superior” no se hallaba presente en la primera edición de la obra de Lenin que viera la luz bajo la muy cuidadosa supervisión del autor. Recordemos que la obra fue publicada en ruso a mediados de 1917 en Petrogrado,  habiendo sido escrita entre Enero y Junio de 1916.
[4] Tal es la traducción del ruso que se encuentra en V. I. Lenin, Obras Escogidas en doce tomos (Moscú: Editorial Progreso, 1977), p. 2.
[5] Ver en lengua castellana  La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky (Buenos Aires: Editorial Anteo,  "Pequeña biblioteca Marxista-Leninista",1974) pg.  9. La traducción china al inglés lleva por título The Proletarian Revolution and the Renegade Kaustky (Pekin: Foreign Languages Press, 1965), p. 3
[6] El análisis se encuentra en el capítulo 5 de la mencionada obra.
[7] Un dato que conviene tener en cuenta sobre el proceso de elaboración de El Imperialismo: según el  historiador y filósofo marxista italiano Luciano Gruppi durante el período 1912-1916 Lenin consultó 148 libros y 232 artículos sobre el tema, y las notas y comentarios sobre estos materiales llenaron veinte cuadernos. Sobre esto ver Luciano Gruppi,  Il pensiero di Lenin (Roma: Editori Riiuniti, 1971), pp. 150-151. El historiador británico D. K. Fieldhouse también aporta algunos elementos sobre la formación del pensamiento de Lenin. Ver su “Imperialism: An Historiographical Revision”, en The Economic History  Review (New Series, Vol. 14, No. 2 (1961), pp. 187-209.
[8] Téngase presente que La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky en una obra de 1918.  Es decir que ya para ese entonces Lenin sabía que una traducción de su libro sobre el imperialismo utilizaba la expresión “última” en el título. La edición francesa que apela a este término es recién de 1925.
[9] Obras Escogidas en Doce Tomos, op. cit. pp. 55-61. La cita es de la página 55 y el énfasis se encuentra en el original.  El texto fue escrito en Octubre de 1916 y publicado en Diciembre en el número 2 del “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
[10] El énfasis es nuestro.
[11] Ibid., p. 55. El énfasis es otra vez nuestro, para subrayar una vez más la importancia que Lenin le asignaba a los aspectos novedosos del capitalismo y de la propia historia mundial. 
[12] Ver nuestro Tras el Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000),  libro que se puede descargar gratuitamente en https://docs.google.com/file/d/0Bx2YC3gJbq2TOTFmZTE0OTctMTViOS00NmZhLTg2YjctZTU3MmQ1YjIzODNj/edit?pli=1
En el capítulo 3 de ese libro se esboza una crítica a los mal llamados “gramscianos argentinos” y a los “postmarxistas”, y especialmente a la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. La cita concreta sobre la cuestión del “determinismo” en Marx se encuentra en la obra del primero de los autores, Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo (Buenos Aires, Nueva Visión: 1993) p. 22.
[13] Cf. La versión del libro de Lenin publicada por Ediciones Luxemburg en 2009, con el notable estudio introductorio de  Plinio de Arruda Sampaio Júnior. La referida cita de Lenin se encuentra en la página 93. No es un dato menor que el subtítulo del libro de Lenin sea “Ensayo Popular”, lo que indica muy claramente cuál era la intención del autor y a qué público quería llegar, y los problemas que ante estos propósitos erigía la necesidad de escribir utilizando el “maldito lenguaje de Esopo.”


The Obama regime

Atilio A. Boron

Es una práctica profundamente arraigada que los gobiernos opuestos a la dominación norteamericana sean rutinariamente caracterizados como “regímenes” por  los grandes medios de comunicación del imperio, los intelectuales colonizados de la periferia y aquellos que el gran dramaturgo español Alfonso Sastre ha  magistralmente calificado como “intelectuales bienpensantes.”  La palabra “régimen” adquirió en la ciencia política una connotación profundamente negativa, misma que no estaba presente en su formulación original. Hasta mediados del siglo veinte se hablaba del “régimen feudal”, de un “régimen monárquico”, o de un “régimen democrático” para aludir al conjunto de leyes, instituciones y tradiciones políticas y culturales que caracterizaban a un sistema político.  Pero con la Guerra Fría y, después, con la contrarrevolución neoconservadora, el vocablo mudó completamente su  significado. En su uso actual la palabra es empleada para estigmatizar a gobiernos o estados que no se arrodillan ante los dictados de Washington, a los cuáles por eso mismo se los descalifica como autoritarios y, en no pocos casos, como sangrientas tiranías.


No obstante, una mirada sobria en relación a este asunto comprobaría la existencia de estados inocultablemente despóticos que, sin embargo, los voceros de la derecha y el imperialismo jamás calificarían como “regímenes”. En la coyuntura actual proliferan los analistas o periodistas (inclusive algunos “progres”, un tanto distraídos) que parecerían no tener mayor inconveniente en aceptar el uso del lenguaje establecido por el imperio. El gobierno sirio es el “régimen de Basher Al Assad”; y la misma descalificación se utiliza a la hora de hablar de los países bolivarianos. En Venezuela lo que hay es un “régimen chavista”; en Ecuador es el “régimen de Correa” y Bolivia se encuentra sometida a los caprichos del “régimen de Evo Morales.”  El hecho de que en estos tres países se hayan desarrollado instituciones y formas de protagonismo popular y funcionamiento democrático superiores a las existentes en los Estados Unidos y la gran mayoría de los países del capitalismo desarrollado es olímpicamente ignorado. No son amigos de los Estados Unidos y, por lo tanto, su sistema político es un “régimen.” 

El doble rasero que se aplica en estos casos queda en evidencia cuando se observa que  las  infames monarquías petroleras del golfo, mucho más despóticas y brutales que el “régimen” sirio jamás son estigmatizadas con la palabrita en cuestión. Se habla, por ejemplo, del gobierno de Abdullah bin Abdul Aziz pero nunca del “régimen” saudita, a pesar de que en este país no existe parlamento sino una mera “Asamblea Consultiva” cuyos miembros son designados por el monarca entre sus parientes y amigos; los partidos políticos están explícitamente prohibidos y el gobierno es ejercido por una dinastía que se perpetúa en el poder desde hace décadas.  Exactamente lo mismo ocurre con Qatar pese a lo cual ni por asomo el New York Times o los medios hegemónicos de América Latina y el Caribe se les ocurre hablar del “régimen saudita” o el “régimen catarí.” Siria, en cambio, es un “régimen”, pese a que es un estado laico en el cual hasta hace poco tiempo convivieron diversas religiones, existen partidos políticos legalmente reconocidos y hay un congreso unicameral con representación de la oposición. Pero nadie le quita el sambenito de “régimen”. En otras palabras: un gobierno amigo, aliado o cliente de Estados Unidos, por más opresivo o violador de los derechos humanos que sea, nunca va a ser caracterizado como un “régimen” por el aparato de propaganda del sistema. En cambio, gobiernos como los de Irán, Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y varios más son invariablemente caracterizados de esa manera.[1]

Para comprobar de modo aún más rotundo la tergiversación ideológica que subyace a estas caracterizaciones de los sistemas políticos basta con recordar la forma en que los publicistas de la derecha tipifican al gobierno de Estados Unidos, considerado como el “non plus ultra” de la realización democrática. Esto a pesar de que hace poco el ex presidente James Carter dijo que su país “no tiene una democracia que funcione.” Lo que hay, en realidad, es un estado policial, muy hábilmente disimulado, que ejerce una permanente e ilegal vigilancia sobre la propia ciudadanía y que lo más importante que ha hecho en los últimos treinta años ha sido permitir que el 1 % de la población se enriquezca como nunca antes, a costa del estancamiento en los ingresos percibidos por el 90 % de la población. En la misma línea crítica de la “democracia” estadounidense (en realidad, una cínica plutocracia) se encuentra la tesis del gran filósofo político Sheldon Wolin, quien ha caracterizado al régimen político imperante en su país como “un totalitarismo invertido”. Según este autor, “el totalitarismo invertido … es un fenómeno que …representa fundamentalmente la madurez política del poder corporativo y la desmovilización política de la ciudadanía.” [2] En otras palabras, la consolidación de la dominación burguesa en manos de los grandes oligopolios y la desactivación política de las masas, estimulando la apatía política, el abandono de –y el desdén por- la vida pública y la fuga  privatista hacia un consumismo desorbitado sólo sostenido por un aún más desenfrenado endeudamiento. El resultado: un “régimen” totalitario de nuevo tipo. Una peculiar “democracia”, en suma, sin ciudadanos ni instituciones, y en la cual el abrumador peso del “establishment”  vacía de todo contenido al discurso y a las instituciones de la democracia,  convertidas por eso mismo en una mueca sin gusto y sin gracia y absolutamente incapaces de garantizar la soberanía popular. O de hacer realidad la vieja fórmula de Abraham Lincoln cuando definió a la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.”

Producto de esta gigantesca operación de falsificación del lenguaje, el estado norteamericano es concebido como una “administración”, es decir, una organización que en función de reglas y normas claramente establecidas gestiona la cosa pública con transparencia,  imparcialidad y apego al mandato de la ley. En realidad, tal como lo asegura Noam Chomsky, nada de ello es verdad. Estados Unidos es un “estado canalla”, que viola como ningún otro la legalidad internacional y lo mismo hace con algunas de los más importantes derechos y leyes del país. Así lo demuestran, para el caso doméstico,  las revelaciones sobre el espionaje que la NSA y otras agencias han venido haciendo en contra del propio pueblo de Estados Unidos, para no hablar de atropellos aún peores como los que se producen a diario en la infame cárcel de Guantánamo o  la persistente lacra del racismo.[3] Propongo, por lo tanto,  que abramos un nuevo frente de lucha ideológica y que de ahora en más comencemos a hablar del “régimen de Obama”, o el “régimen de la Casa Blanca” cada vez que tengamos que referirnos al gobierno de Estados Unidos. Será un acto de estricta justicia, que además mejorará  nuestra capacidad de análisis y contribuirá a higienizar el lenguaje de la política, ensuciado y bastardeado por la industria cultural del imperio y su inagotable fábrica de mentiras.


[1] Conviene recordar que esta dualidad de criterios morales tiene una larga historia en Estados Unidos. Es célebre la anécdota que narra la respuesta del presidente Franklin D. Roosevelt ante algunos miembros del partido demócrata horrorizados por las brutales políticas represivas de Anastasio Somoza en Nicaragua. FDR se limitó a escucharlos y decirles: “sí, es un hijo de puta. Pero es “nuestro” hijo de puta.” Lo mismo podría decirse de los monarcas de Saudiarabia y Qatar, entre otros. Ocurre que Basher Al Assad no es su hijo de puta. De ahí la caracterización como “régimen” de su gobierno.
[2] Cf. su Democracia Sociedad Anónima (Buenos Aires: Katz Editores, 2008)  p. 3.   
[3] Para un examen de la sistemática violación de los derechos humanos por parte del gobierno de Estados Unidos, o del “régimen” norteamericano, ver: Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic, El lado oscuro del imperio. La violación de los derechos humanos por Estados Unidos (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2009) 
13 Septiembre 2013.
Comparto una buena nota en donde se analiza la carta abierta de Putin al pueblo norteamericano, que dejó completamente descolocados al charlatán John "Bocazas" Kerry y al insólito Premio Nobel de la Paz, que no sabe donde esconderse.

13-09-2013

Carta abierta de Putin al pueblo de Estados Unidos
Una llamada de atención desde Rusia

Info News

En un artículo publicado en The New York Times, el presidente de Rusia advirtió a Estados Unidos que su intervención militar en Siria se traducirá en "una escalada del conflicto más allá de sus fronteras" y que será considerada "un acto de agresión".



El presidente ruso Vladimir Putin dirigió un mensaje directo al pueblo estadounidense por medio del diario New York Times en el que manifestó que "los recientes eventos ocurridos en Siria me llevaron a hablar directamente con el pueblo norteamericano y sus líderes políticos". "Es importante hacerlo ahora en tiempos en los que la comunicación entre nuestras sociedades es insuficiente"."La relación entre nosotros pasó diferentes etapas. Estuvimos enfrentados durante la Guerra Fría. Pero también fuimos aliados y vencimos a los nazis juntos. La organización internacional Naciones Unidas fue creada para prevenir que la devastación vuelva a suceder".
"Los fundadores de Naciones Unidas entendieron que las cuestiones referidas a la paz y a la guerra deberían suceder sólo por consenso y, con el consentimiento de Estados Unidos, el derecho a veto por parte de los países que integran el Consejo de Seguridad fue consagrado en los principios de las Naciones Unidas", añade.
"Una posible acción de guerra de los Estados Unidos contra Siria, a pesar de la fuerte oposición de líderes políticos y religiosos -incluyendo al Papa- resultará en más víctimas inocentes y una escalada de violencia, un potencial crecimiento del conflicto más allá de las fronteras de Siria. Podría socavar los esfuerzos multilaterales para resolver el problema del programa nuclear de Irán y el conflicto entre israelíes y palestinos, desestabilizando aún más Oriente Próximo", advierte. También alerta que podría dar lugar a "un aumento de la violencia y a una nueva ola de terrorismo"."Hay mercenarios de países árabes, occidentales e incluso de Rusia luchando en Siria. ¿Acaso no volverán a nuestros países con toda la experiencia adquirida allí? Es una amenaza para todos", planteó el jefe del Kremlin en el artículo que es calificado como una carta abierta.
El mandatario ruso sostiene que "en Siria no hay una batalla por la democracia, sino un conflicto armado entre el Gobierno y la oposición en un país multirreligioso". "Hay unos pocos campeones de la democracia, pero hay más que suficientes combatientes de Al Qaeda y otros extremistas", agrega.


Por su parte, Putin propone "un diálogo pacífico que permita a los sirios decidir su propio destino. No estamos protegiendo al gobierno sirio, sino a las leyes internacionales", aseveró. "Necesitamos respetar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y creer que respetar la ley y el orden es una de las pocas maneras de mantener las relaciones internacionales en paz en un mundo turbulento y caótico".
Asimismo, augura que "resultará en más víctimas inocentes". "No importa lo limitados que estén los ataques o lo sofisticadas que sean las armas, las bajas civiles son inevitables, incluidos ancianos y niños, a los que se supone que protegerían", argumenta.
Acerca del uso de armas químicas Putin admite que "no hay dudas de que se ha usado gas venenoso en Siria", pero considera que "hay muchas razones para creer que no lo ha usado el Ejército sirio, sino las fuerzas opositoras para provocar la intervención de sus poderosos patrocinadores extranjeros. La ley es la ley y debemos seguirla nos guste o no".
Además, en el artículo reflexiona sobre el intervencionismo de Estados Unidos en conflictos ajenos, al que define como "alarmante tendencia", y se pregunta: "¿Acaso es por sus intereses a largo plazo? Lo dudo. Millones de personas en todo el mundo ya ven a Estados Unidos no como un modelo de democracia, sino como alguien en quien confiar por la fuerza bruta", concluye.
Putin también analiza la situación actual de los países que soportaron intervenciones y afirma que "ha quedado demostrado que el uso de la fuerza no es efectivo". "Afganistán está tambaleándose, nadie puede decir qué pasará después de la retirada internacional. Libia está dividido en tribus y clanes. En Irak la guerra civil sigue. La gente hace paralelismos con Siria y se pregunta por qué su Gobierno quiere repetir los mismos errores".
Además alerta sobre lo que "el mundo pensará: si no puedes confiar en el Derecho Internacional, debes encontrar otros caminos para garantizar tu seguridad". "Por ello, cada vez más países buscan adquirir armas de destrucción masiva. Es lógico: si tienes la bomba, nadie te toca", explica.
Insta a Estados Unidos a "abandonar el lenguaje de la fuerza y volver al camino político, diplomático, civilizado". "No estamos intentando proteger al Gobierno sirio, sino el Derecho Internacional", aclara.
Al respecto, recuerda que "actualmente el uso de la fuerza solamente se concibe para la autodefensa o por una decisión del Consejo de Seguridad". "Todo lo demás es inaceptable, de acuerdo con la Carta de Naciones Unidas, y será considerado un acto de agresión", alerta.
Putin indica que "es una nueva oportunidad" la posición del Gobierno sirio de poner sus armas bajo custodia internacional, para garantizar que no sean usadas en la guerra civil, y evitar con ello una intervención militar extranjera.
"Rusia, Estados Unidos y todos los miembros de la comunidad internacional debemos aprovecharla (...) porque, si conseguimos evitar el uso de la fuerza contra Siria, mejoraremos la atmósfera de las relaciones internacionales y la confianza mutua. Será un éxito conjunto y abrirá la puerta a la cooperación en otros asuntos sensibles", señala el presidente ruso en el artículo publicado en "The New York Times", citado por Europa Press.
En este sentido, celebra el discurso que su homólogo estadounidense, Barack Obama, dirigió a la nación, en el que se comprometió a explorar las posibilidades de éxito de la vía diplomática, aunque sin descartar totalmente la intervención militar.
"Creo que Estados Unidos cree que se trata de una alternativa a la intervención militar y valoro su disposición a seguir hablando con Rusia. Debemos trabajar juntos para mantener viva esta esperanza", estima.
"Mi relación personal con Obama es de una confianza en crecimiento. Aprecio esa situación. Escuché atentamente su discurso del martes a su nación y estoy en desacuerdo con la idea de que Estados Unidos tiene un estado de excepcionalidad. "Es extremadamente peligroso animar a la gente a creer que es excepcional, cualquiera sea el motivo. Hay países ricos y pobres, grandes y pequeños, con una larga tradición democrática y que todavía están buscando su camino hacia ella. Sus políticas son distintas también. Todos son diferentes, pero no debemos olvidar que Dios nos creó como iguales", dijo.

Fuente: http://www.infonews.com/2013/09/12/mundo-97319-carta-abierta-de-putin-al-pueblo-de-estados-unidos-crisis-en-siria.php


Allende y Fidel.

Dos acotaciones a una interpretación de José Pablo Feimann
Por Atilio A. Boron 
  
     En la nota del último domingo en Página/12 José Pablo Feinmann escribió un sentido y merecido homenaje a Salvador Allende, uno de los grandes líderes del socialismo latinoamericano.[1] No obstante, hay un par de pasajes de su escrito que merecen ser examinados más cuidadosamente porque proponen de manera categórica dos tesis que, a mi entender, deberían ser cuidadosamente matizadas.



      Una de ellas es el que dice que “Allende fue el más original, el más creativo de los líderes socialistas del siglo XX.” Sin desestimar para nada la entrañable figura del patriota chileno me parece que una afirmación de ese tipo hace poca justicia a líderes como Lenin, Mao, Ho Chi Minh y Fidel, que emprendieron la construcción del socialismo en contextos históricos, geográficos y estructurales mucho más difíciles que lo que existían en el Chile de comienzos de la década del setenta. Sin negar la originalidad de Allende al intentar construir el socialismo confiando en que la institucionalidad burguesa de Chile y sus soportes -la judicatura, el congreso, las fuerzas armadas, los medios de comunicación- tendrían la elasticidad suficiente como para asimilar un proyecto de cambio encaminado a trascender ese orden burgués, pocas dudas caben que la creatividad y originalidad que demostraron los arriba nombrados al intentar fundar una alternativa socialista en sociedades agrarias, atrasadas, con grandes segmentos hundidos en el analfabetismo y, en el caso de Cuba, a 90 millas de los Estados Unidos, fue por lo menos tan grande como la que exhibiera el líder chileno.

      Pero si en el pasaje anterior el problema es la exagerada valoración de la creatividad de Allende como un rasgo absolutamente inédito en la historia de los socialismos del siglo veinte, en el siguiente pasaje estamos en presencia de un serio error de apreciación. En efecto, Feimann asegura  que  “(C)uando Castro lo visitó [en Noviembre-Diciembre de 1971] le dijo que tenía que recurrir a la violencia si quería sostenerse. Allende no lo hizo.”  Pues bien: no hay absolutamente ninguna evidencia de que Fidel hubiera formulado tan desubicado comentario ante su anfitrión. Yo vivía en Chile cuando se produjo la larga visita de Fidel y en ningún momento en los 25 discursos que pronunció durante su estancia en ese país –que fueron metódicamente cubiertos por la televisión pública y la prensa de izquierda- ni en el diálogo sostenido con el presidente Allende, coordinado por el periodista Augusto Olivares, se escuchó a Fidel decir  algo semejante.[2] De haberlo dicho, la prensa oligárquica, comenzando por El Mercurio, y los partidos de la derecha jamás hubieran dejado pasar por alto la oportunidad de fustigar salvajemente a Allende, exacerbando su crítica al supuesto “violentismo” de la Unidad Popular.

         En el diálogo coordinado por Olivares Fidel decía que era necesario ver si es que los intereses, afectados por las políticas del gobierno de Allende, “se resignarán pasivamente a los cambios de estructura que la Unidad Popular y el pueblo chileno han querido llevar adelante. Y es de esperar, si nosotros vamos a analizar teóricamente esta cuestión, que hagan resistencia, hagan resistencia fuerte e incluso hagan resistencia violenta, de manera que ése es un factor que no se puede descontar en absoluto en la actual situación chilena.” A lo cual Allende respondía: “Tú lo has dicho y yo creo que es muy justo; los revolucionarios nunca han generado la violencia. Han sido los sectores de los grupos golpeados por la revolución los que generan la violencia en la contrarrevolución.” En resumen: contrariamente a lo que afirma Feimann, Fidel nunca le aconsejó a Allende que recurriera a la violencia. Sólo se limitó a decir que los sectores desplazados o afectados en sus privilegios por las políticas del líder socialista chileno difícilmente aceptarían el veredicto de la lucha de clases sin oponer violenta resistencia, observación que le pareció “muy justa” a Allende.

      Me ha parecido importante hacer esta aclaración, en homenaje a la verdad histórica y por respeto a dos de las más grandes figuras de las luchas emancipatorias de Nuestra América: Salvador Allende y Fidel Castro Ruz.





[2] La transcripción de dicho diálogo puede leerse íntegramente en: “El diálogo de América”, en www.archivochile.com





(Atilio A. Boron) El 4 de Septiembre de 1970 Salvador Allende, el candidato de la Unidad Popular -coalición formada por los partidos Comunista, Socialista y Radical y otras tres pequeñas agrupaciones políticas-obtenía la primera minoría en las elecciones presidenciales chilenas. Allende representaba la línea más radical del socialismo chileno y durante la década de los sesentas había demostrado en los hechos su profunda solidaridad y amistad con el pueblo y el gobierno cubanos, al punto tal que cuando se crea la OLAS, la Organización Latinoamericana de Solidaridad, para defender a la cada vez más acosada Revolución Cubana la presidencia de esta institución recayó en las manos del por entonces senador chileno. Tres candidatos se presentaron a las elecciones del 4 de Septiembre: aparte de Allende concurría el candidato de la derecha tradicional, y ex presidente, Jorge Alessandri; y el de la desfalleciente y fracasada democracia cristiana, Radomiro Tomic, mal posicionado debido al fiasco que había sido la tan mentada “Revolución en Libertad” con que Washington había querido sofocar la rebeldía popular incesantemente impulsada a nivel continental por el ejemplo luminoso de Cuba. Al final de la jornada el recuento arrojó estos guarismos: Allende (UP), 1,076,616 votos; Alessandri (Partido Nacional), 1,036,278; y Tomic (DC), 824,849. Pero la legislación electoral de Chile establecía que si el candidato triunfador no obtenía la mayoría absoluta del voto popular el Congreso Pleno debía elegir al nuevo presidente entre los dos más votados. A nadie se le escapaba la enorme significación histórica que asumiría la consolidación de la victoria de Allende: sería el primer presidente marxista de la historia, que llegaba al poder en un país de Occidente, ¡y nada menos que en América Latina!, en el marco de las instituciones de la democracia burguesa y en representación de una coalición de izquierda radical. El impacto en la derecha latinoamericana y mundial de la victoria de Allende fue enorme, y tremendas presiones desestabilizadoras se desataron desde la misma noche de su victoria. 

 

A los efectos de que el Congreso ratificara su victoria (ue era lo único que podía legítimamente hacer) hubo que vencer enormes obstáculos. El PN se negaba a ello y la DC estaba dividida. Para salir del atolladero la DC exigió, para emitir su voto favorable, que Allende firmara un “Estatuto de Garantías Constitucionales”. En realidad, era una mafiosa extorsión encaminada a frustrar la viabilidad del programa de transición al socialismo. A través de ese instrumentó Allende tuvo que comprometerse formal y explícitamente a conservar libertades como las de enseñanza, prensa, asociación y reunión -¡ninguna de las cuales estaban amenazadas por el candidato vencedor o su programa de gobierno!- y a indemnizar las expropiaciones previstas en el programa de la Unidad Popular. Esto último revela claramente el servilismo de la DC y la derecha tradicional en relación a los intereses de las oligarquías locales y del imperialismo, que exigieron de sus compinches locales, sedicentes defensores de la “democracia” y la “libertad,” preservar la absoluta intangibilidad de sus intereses. Posteriormente, este estatuto fue introducido como reforma a la Constitución en el año 1971. El Congreso fijó para el día 24 de Octubre de 1970 la fecha de la sesión que confirmaría el triunfo de Allende. Pero un día antes un comando de la derecha hiere mortalmente, en un atentado terrorista, al General constitucionalista René Schneider, quien habría de morir pocos días después. Schneider había manifestado que las fuerzas armadas chilenas debían respetar el veredicto de las urnas, y lo pagó con su vida. La CIA, que venía siguiendo los sucesos de Chile muy de cerca desde comienzos de los sesenta, se supone que fue quien, en colaboración con un grupo de la extrema derecha chilena, planeó y ejecutó ese luctuoso operativo. Pese a la conmoción del momento, o tal vez a causa de las graves consecuencias que se veían aparecer en el horizonte político, el Congreso procedió a ratificar el triunfo de Allende por 153 votos contra 35 que optaron por Alessandri. 

 

Vale la pena recordar estos antecedentes ahora que se acaban de cumplir 43 años de la magnífica gesta del pueblo chileno y de Salvador Allende. Y recordar también que, según documentación desclasificada de la CIA 1, el 15 de Septiembre de 1970, pocos días después de las elecciones, el Presidente Richard Nixon -quien más tarde sería destituido como un bandido a causa del escándalo de Watergate- convocó a su despacho a Henry Kissinger, Consejero de Seguridad Nacional; a Richard Helms, Director de la CIA y a William Colby, su Director Adjunto, y al Fiscal General John Mitchell a una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca para elaborar la política a seguir en relación a las malas nuevas procedentes desde Chile. En sus notas Colby escribió que “Nixon estaba furioso” porque estaba convencido que una presidencia de Allende potenciaría la diseminación de la revolución comunista pregonada por Fidel Castro no sólo a Chile sino al resto de América Latina. En esa reunión propuso impedir que Allende fuese ratificado por el Congreso y que inaugurara su presidencia. El mensaje tomado por Helms expresaba con claridad la visceral mezcla de odio y rabia que el triunfo de Allende provocaba en un personaje de la calaña de Nixon. Según Helms, sus instrucciones fueron las siguientes:

  • Una chance en 10, tal vez, pero salven a Chile.
  • Vale la pena el gasto.
  • No preocuparse por los riesgos implicados en la operación.
  • No involucrar a la embajada.
  • Destinar 10 millones de dólares para comenzar, y más si es necesario hacer un trabajo de tiempo completo.
  • Mandemos los mejores hombres que tengamos.
  • De inmediato: hagan que la economía grite. Ni una tuerca ni un tornillo para Chile.
  • En 48 horas quiero un plan de acción.” 2

El encargado de monitorear todo el proyecto fue el célebre criminal de guerra Henry Kissinger. El nombre de esta iniciativa de terrorismo desestabilizador fue “Vía II”, para diferenciarlo de la “Vía I”, nombre utilizado para designar los
intensos esfuerzos diplomáticos y “legales” que desde hacía tiempo venía haciendo la Casa Blanca para contrarrestar la influencia comunista en Chile sobre todo a través de la democracia cristiana yotras organizaciones de la derecha de ese país.

Si miramos el panorama actual de América Latina y el Caribe veremos que poco o nada ha cambiado. Que como decía la poesía de Violeta Parra, “el león es sanguinario en toda generación”. La actuación del imperialismo en los países de Nuestra América, y especialmente en la vanguardia formada por Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador no difiero hoy de los mismos lineamientos que la CIA y las otras agencias del gobierno estadounidenses aplicaron con brutal salvajismo en el Chile de Allende. Schneider asesinado, Carlos Pratts asesinado en Buenos Aires, Orlando Letelier (ex canciller de Allende) asesinado en Dupont Circle, a cientos de metros de la Casa Blanca amén de los miles de detenidos, torturados y desaparecidos después del golpe militar de 1973. Sería ingenuo pensar que hoy, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, el inverosímil Premio Nobel de la Paz convoque a sus asesores para elaborar estrategias políticas distintas -humanitarias, solidarias, democráticas- para hacer frente a las resistencias que se alzan en contra del imperialismo en las más diversas latitudes, sea esto en Siria como en el Líbano, en Cuba como en Venezuela, en Bolivia como en Ecuador y, por añadidura, en toda América Latina y el Caribe, países estos absolutamente prioritarios para preservar la integridad de la retaguardia imperial. En contra de los discursos colonizadores, racistas y hasta autodescalificadores que pregonan la irrelevancia de esta parte del mundo, los trágicos sucesos de Chile ya demostraban hace más de cuarenta años lo crucial que era el proceso político de ese país para la estabilización de la dominación global de Estados Unidos. Hoy podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que por comparación a lo ocurrido en aquellas aciagas jornadas de 1970, la importancia de Nuestra América es muchísimo mayor, como lo es la virulencia terrorista del imperio en su empeño por retrotraer la situación de nuestros países a la existente antes del triunfo de la Revolución Cubana. De ahí la necesidad de tomar nota de las lecciones que nos deja el caso chileno y no bajar la guardia ni por un segundo ante tan perverso e incorregible enemigo, cualesquiera sean sus gestos, retóricas o personajes que lo representen. Nixon, Reagan, Bush (padre e hijo), Clinton y Obama son, en el fondo, lo mismo: marionetas que administran un imperio que vive del saqueo y el pillaje, amparado por un formidable aparato ideológico y comunicacional y un aún más tremendo poder de fuego capaz de eliminar toda forma de vida en el planeta Tierra. Sería imperdonable que nos equivocáramos en la caracterización de su naturaleza y sus verdaderas intenciones.

2 Una información muy detallada sobre estos proyectos del gobierno norteamericano para desestabilizar y tumbar gobiernos adversarios, no sólo el caso de Chile, se encuentra en US Congress, Senate, Alleged Assassination Plots Involving Foreign Leaders, Interim Report of the Select Committee to Study Government Operations with Respect to Intelligence Activities, 94th Congress, 2nd Session, (Washington, DC: US Government Printing Office, 20 November 1975). Las referencias al dictado de Nixon se encuentran en la página 227 de este volumen. Un racconto más detallado del caso chileno puede verse en Kristian C. Gustavson, sobre la base del documento de la CIA indicado más arriba.

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