24.3.2013

¡Hola! Comparto a continuación la entrevista que me hiciera Emiliano Guido y que fuera publicada en Miradas al Sur (Buenos Aires) del día de hoy.

“Hablar de post-chavismo es pensar que el proceso sólo se sostenía en Chávez”

Año 6. Edición número 253. Domingo 24 de marzo de 2013
El ex vicerrector de la Universidad de Buenos Aires y director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia presentó su último libro, América Latina en la geopolítica del imperialismo, una obra en la que explica por qué el proceso de integración regional atraviesa su mejor momento político y, paralelamente, por qué los Estados Unidos perdieron gravitación en el sistema interamericano.
La unidad de los gobiernos progresistas latinoamericanos es uno de los sucesos globales más significativos en el inicio del siglo XXI. En Argentina, se publicaron títulos muy interesantes sobre el proceso de integración como La nueva izquierda (José Natanson), El sueño de Bolívar (Marc Saint- Upéry), El rediseño de América latina (Claudio Katz), Posneoliberalismo en América Latina (Emir Sader). Cada libro, en su momento, logró capturar los desafíos centrales de la región en su particular coyuntura. Pero la convergencia del Cono Sur fue sacudida por noticias portentosas: el fallecimiento del presidente argentino Néstor Kirchner, el actual deceso del líder bolivariano Hugo Chávez, la apertura económica cubana, el proceso de paz en Colombia y, se podría agregar, la asunción del Papa Francisco y el interrogante abierto sobre su papel como interlocutor con la región. Por ese motivo, la aparición en las librerías de nacionales de América Latina en la geopolítica del imperialismo, del politólogo argentino Atilio Boron, es una buena oportunidad para ver en detalle cuál es la salud política de la Patria Grande en el actual contexto internacional.
–En los últimos años, el boom regional de gobiernos progresistas también fue un suceso editorial y se publicaron varios libros al respecto. ¿Por qué decidió escribir América Latina en la geopolítica del imperialismo? ¿En qué ejes temáticos piensa que su obra viene a rediscutir lo dicho sobre el proceso de integración y su tensión con los países centrales?
–Traté de analizar un tópico que me parece fundamental para entender el presente de la región. Es decir, entender los procesos de cambio en América latina en el marco del gran diseño geopolítico del imperio norteamericano. Y, en ese sentido, tratar de vislumbrar qué tipo de movimientos autónomos tenemos al interior de esos límites o fronteras marcadas por las grandes decisiones geopolíticas del imperialismo para los países de la región. Me pareció que este tema, la tensión geopolítica entre el Cono Sur y la Casa Blanca, y el eje de la disputa sobre el control de los bienes comunes, o también mal llamados recursos naturales, según mi criterio, porque es un rótulo que devela una visión muy economicista, habían sido muy poco trabajados en los últimos libros especializados en la materia.
–Si tuviese que editar un boletín con las mejores noticias políticas que deparó la unidad latinoamericana. ¿Cuáles serían los títulos de Boron para dicho periódico imaginario? ¿La creación de la Unasur, los nuevos presupuestos comunes en política de defensa, el planteamiento de tener más autonomía frente al dólar?
–Indudablemente, el rechazo al ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas, el tratado de integración propuesto en su momento por el presidente George Bush) en la Cumbre de las Américas (Mar del Plata, 2005) fue un parteaguas en la histórica contemporánea de América latina. Hay muchas buenas noticias. El segundo título a destacar sería la eficacia de la Unasur para evitar lo que eran serias perspectivas de golpe de Estado en Bolivia (rebelión separatista de la región de la Media Luna) y en Ecuador (alzamiento policial contra el presidente Rafael Correa). Y la tercera gran noticia es la consolidación de la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe).
–Algunos dirigentes y analistas advirtieron que la influencia política del Papa Francisco sobre suramérica será negativa, tanto como lo fue Juan Pablo II con el bloque soviético en los ochenta. ¿Adhiere a esta línea de pensamiento? 
–Independientemente de si lo desea o no, el Papa Francisco no cuenta con la relación de fuerzas necesarias para quebrar el proceso de integración. Primero, el presidente Evo Morales no es Lech Walesa (Jefe de Estado polaco tras el derrumbe del Muro de Berlín y de buen vínculo con Juan Pablo II), ni el Jefe de Estado Rafael Correa es el presidente rumano Ceaucescu. Y la revolución del terciopelo en Checoslovaquia no puede compararse con la revolución bolivariana. Estos procesos de cambio en América latina son mucho más profundos, tienen un arraigo popular mucho más grande que la legitimidad social con la que contaban los gobiernos soviéticos europeos. Tengamos en cuenta que contamos con gobiernos que orillaron votaciones presidenciales con un respaldo cercano al 60% contra oposiciones que quedaron a 25 o 30 puntos de distancia. Por último, aunque exista, realmente, una conspiración de la derecha mundial para desbaratar estos procesos; recordemos que Bergoglio lidera la Iglesia en un momento de crisis severa y, por lo tanto, no va a tener ni tiempo ni energía para aventurarse en una misión política tan cuesta arriba. En definitiva, el clima político actual es muy diferente al de los ochenta, hoy el imperialismo norteamericano está más debilitado.
–¿En qué factores de poder observa un declive de la superpotencia estadounidense?
–Principalmente, Estados Unidos atraviesa un gran declive económico. El dólar está dejando de ser una referencia monetaria mundial. Hasta hace quince años, el 95 por ciento del intercambio del comercio mundial se hacía con dólares y, actualmente, esa cifra ha retrocedido al 60 por ciento. Es un país que lidera guerras que no puede ganar. En Medio Oriente, los marines no lograron victorias bélicas significativas ni en Irak ni en Afganistán, donde sus gobiernos afines no logran aún contener la resistencia interna de las facciones religiosas derrotadas. Tienen una maquinaria guerrera infernal para poder invadir cualquier punto del planeta pero, luego, no pueden lograr que dichos enclaves se adecúen a sus intereses económicos colonialistas. Cuentan, en definitiva, con socios mucho más endebles, con interlocutores mucho más vacilantes y adversarios mucho más poderosos con respecto a la realidad geopolítica de unas décadas atrás. La Unión Soviética era un rival en lo militar pero no en el tablero económica. En cambio, hoy en día, Estados Unidos rivaliza con una superpotencia económica como China y que está en camino de convertirse en una gran potencia militar. Y detrás de China viene el resurgimiento de India y Rusia.
–Usted dialogó, personalmente, muchas veces con el líder cubano Fidel Castro. ¿Cómo analiza las reformas políticas y económicas que lanzó La Habana en los últimos años? ¿Se puede hablar de una perestroika cubana?
–El proceso de reformas está avanzando lentamente. Cuba, a diferencia de lo que fue el mundo soviético, no puede darse el lujo de equivocarse dado el tamaño de su economía. Cualquier paso en falso puede ser mortal para La Habana, que además está a pasitos del Imperio. Considero lógico que la transición cubana sea lenta.
–En tres semanas, Venezuela elige a su próximo jefe de Estado. Supongamos, como dicen las encuestas, que Nicolás Maduro vencerá. ¿Llegó la hora de hablar de un post-chavismo? 
–Considero un error hablar de un post-chavismo porque implica pensar que el proceso bolivariano sólo se sostenía en el enorme carisma de Hugo Chávez. Todo lo contrario, con la muerte del histórico líder venezolano, según mi criterio, para mí se inaugura el chavismo como doctrina política. Y agregaría otro dato para demostrar el vigor del movimiento bolivariano. En los últimos 18 meses de gestión en el Palacio Miraflores, Chávez, por sus problemas de salud, no llegó a estar ni seis meses al frente del Ejecutivo. Entonces, la conducción de Nicolás Maduro al frente del proceso venezolano no es una novedad.
–¿Considera factible la hipótesis de que a Hugo Chávez le inocularon el cáncer como señaló el Palacio Miraflores? 
–Es una hipótesis verosímil. Cada día se suman evidencias en ese sentido. La CIA hace muchas décadas que viene ensayando algún tipo de irradiación capaz de producir resultados mortales en las personas elegidas. Repasemos antecedentes, pensemos la forma sospechosa en como falleció el líder palestino Yasser Arafat. Por otro lado, acabo de publicar en mi blog una investigación que hizo el propio Senado de los Estados Unidos en 1975 –en la denominada Comisión Frank Church–, en donde hicieron una audiencia en torno de un arma secreta de la CIA que podía generar infartos masivos; incluso, se sospechaba de algún tipo de cáncer. Por eso, la mano de la CIA en la muerte de Chávez no la descartaría como línea de investigación. Como decía el Comandante Che Guevara: “Al imperialismo no hay que creerle ni un tantito así…nada”.
–De los tres principales líderes del proceso de integración, Néstor Kirchner, Hugo Chávez y Lula Da Silva, dos hoy están fallecidos. Algunos analistas señalan que el presidente Rafael Correa podría ser el nuevo conductor del proyecto regional. Otros especialistas, sin embargo, aducen que ese espacio puede ser ocupado por Cristina. ¿Qué piensa al respecto?
–No creo que haya un heredero de Chávez para esa tarea. A diferencia del pasado, el proceso de integración se institucionalizó con la UNASUR y la CELAC; entonces, veo una conducción colegiada de los jefes de Estado para los tiempos que vienen en América latina.
Boron para principiantes
En su blog personal (www.atilioboron.com) se define, estrictamente en términos profesionales, como “politólogo y sociólogo argentino”. Igualmente, su currículum académico tiene varios puntos a destacar. Atilio Boron es doctor en Ciencias Políticas, profesor titular de Teoría y Filosofía Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA), investigador superior del Conicet, fue vicerrector de la UBA y secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). Pero, además, es el director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED): iniciativa a la que está más abocado en la actualidad, según sus propias palabras.
El PLED –qué funciona en su faz administrativa en el Centro Cultural de la Cooperación de la Capital Federal– fue “creado con el objeto de promover, renovar y diseminar el pensamiento crítico de América latina”. Por sus filas dan cátedra intelectuales latinoamericanos de la talla del profesor John Saxe-Fernández de la Universidad Autónoma de México, el economista argentino Julio Gambina, o el periodista uruguayo Raúl Zibechi, entre otros. También es autor de varios libros y ensayos, entre los que destacan: Imperio/Imperialismo-Una lectura crítica de Michael Hardt y Toni Negri; Nueva Hegemonía Mundial. Alternativa de cambio y movimientos sociales; Socialismo del Siglo XXI- ¿Hay vida después del neoliberalismo? y, por otro lado, dirige la colección Batalla de Ideas, de Ediciones Luxemburg.
Además, Boron es un habitual columnista del matutino Página/12 y del sitio electrónico Rebelión como especialista en la agenda política sudamericana e internacional. Por último, la firma de Boron suele ser parte de los portales alternativos Sin Permiso, La Haine, Kaos en la red, Aporrea e Indymedia, medios alternativos a los que el propio director del Pled acude, periódicamente, para chequear fuentes, datos y opiniones que no suelen ser parte de la agenda de los medios hegemónicos de la región.
Fragmento
América Latina en la geopolítica del imperialismo
Lo que la nueva doctrina militar estadounidense mucho se cuida de ocultar es que no sólo del lado de las fuerzas enemigas se ha producido el surgimiento de grupos privados que se desempeñan en la guerra apelando a recursos violatorios de las Convenciones de Ginebra; también del lado norteamericano se ha originado un fenómeno similar, si se repara en el creciente papel que desempeñan los mercenarios contratados especialmente por el Pentágono para llevar adelante cierto tipo de tareas, operaciones y actividades de inteligencia sin las restricciones que imponen las propias leyes de Estados Unidos. Según datos oficiales, el número de militares en estado de servicio activo al 31 de enero de 2012 ascendía a 1.458.219, a los cuales se deben agregar unos 225 mil contratistas. Es decir, los mercenarios constituyen aproximadamente el 15% del total del personal militar formal de Estados Unidos, y sus actividades se desenvuelven en una suerte de vacío legal, en donde normas y comportamientos expresamente prohibidos por las Convenciones ginebrinas son completamente dejados de lado. Torturas, asesinatos selectivos, vuelos ilegales, cárceles secretas, prisioneros fantasmas en barcos de guerra y toda clase de atrocidades imaginables pasan a formar parte de la rutina de una guerra que, al privatizar y tercerizar un creciente número de sus operaciones, coloca a la Casa Blanca a salvo de cualquier clase de impugnación legal, a la vez que amplía su discrecionalidad en materias bélicas al conducir gran parte de esas operaciones en el mayor secreto y sin tener que lidiar con la interferencia de la prensa o el Congreso.
Pero hay algo más, cuidadosamente ocultado por los personeros del imperio. La discrecionalidad y el secreto requeridos para las operaciones de lucha antiterrorista originaron un verdadero monstruo burocrático encargado de vigilar minuciosamente las actividades de los ciudadanos en Estados Unidos, que viola los derechos y las libertades consagrados en la constitución. Edgardo Lander comenta los resultados de una investigación realizada por el diario Washington Post después del ataque a las Torres Gemelas, en donde se concluye que “se ha creado en el país un aparato secreto de seguridad de tan enormes proporciones que nadie sabe cuánto cuesta, cuántos programas incluye, ni cuántas personas están involucradas. Entre los resultados de esta investigación destacan que se trata de un entramado de 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 empresas privadas que trabajan en actividades de inteligencia y contraterrorismo, empleando a 854 mil personas que cuentan con un estatuto de ‘seguridad certificada’ en 10 mil localizaciones diferentes a través de la nación, y produce unos 50 mil informes de inteligencia al año”. Y remata su argumentación recordando que “en diciembre de 2011, como parte de la ley del presupuesto de defensa de los Estados Unidos para el año 2012, el Congreso de dicho país autorizó a las fuerzas armadas para asumir investigaciones e interrogatorios sobre terrorismo nacional, permitiendo la detención de cualquier persona que el gobierno califique de terrorista –incluso ciudadanos de los Estados Unidos– por un tiempo indefinido, sin derecho a juicio. En contra de severas oposiciones de muy diversos sectores, que incluso calificaron esta norma como un paso en la dirección de un Estado policial, el presidente Obama firmó la ley, a pesar de asegurar que tenía ‘serias reservas’”.
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