El tema de los medios es crucial para la democracia. Sin democracia en el espacio público, dentro del cual los medios constituyen su "sistema nervioso", no puede haber democracia política. Es así de simple. La involución autoritaria en Estados Unidos, de la cual han dado cuenta numerosos autores (Noam Chomsky, Howard Zinn, Michel Parenti, Sheldon Wolin, James Petras, Naomi Klein, etcétera), tiene dos fundamentos principales: uno, la fabulosa concentración de la riqueza; dos, la de los medios de comunicación en manos de un puñado de poderosas oligarquías financieras. La nota que posteamos a continuación describe elocuentemente lo ocurrido en ese país, y permite comprender que lo que ocurre en Nuestra América, especialmente -pero no sólo- en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador y México está en línea con la evolución (en realidad, involución) que se registra en el corazón del imperio. Televisa, en México, por ejemplo, durante seis años puso todos los días en pantalla a Peña Nieto, un oscuro gobernador del Estado de México. Finalmente lo inventó como candidato, como se impone una marca de pasta dental, y triunfó en las elecciones presidenciales de Julio de este año. Por el contrario, a Andrés Manuel López Obrador no lo mostró ni una sóla vez en seis años. Simplemente, AMLO fue un "desaparecido mediático". Historias semejantes podemos contar en el caso del Ecuador, con el feroz ataque de calumnias e injurias sufrido por Rafael Correa, al igual que Evo Morales en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela. En Argentina y Brasil las cosas por ahora no son tan descaradas porque los medios tratan de guardar ciertas formas, pero en esencia es lo mismo: los insultos groseros que la "prensa libre" perpetra a diario contra los líderes bolivarianos todavía no los encontramos en los medios hegemónicos de Argentina y Brasil, pero falta poco para que lleguen a ese extremo. Dependerá, en el caso argentino, de como se resuelva el tema de la aplicación integral de la ley de medios, que tiene en el 7 de Diciembre su día decisivo.





EE.UU.: El control de lo que vemos, oímos y leemos
 Salvador Capote

ALAI AMLATINA, 13/11/2012.- En los últimos años se ha producido en Estados Unidos un avance espectacular en la monopolización de los medios. Se puede tomar como punto de partida de este proceso la Ley de Telecomunicaciones (“Telecommunications Act”) de 1996. Esta ley levantó las restricciones que existían sobre la propiedad de estaciones de radio. Con anterioridad a esa fecha, una compañía sólo podía ser propietaria de dos emisoras de radio AM y dos FM dentro del mismo mercado y no más de 40 a escala nacional. Con el cese de esta limitación se desató una ola de consolidaciones.

En los seis años que siguieron a la promulgación de la ley, “Clear Chanel Communications”, por ejemplo,  obtuvo el control de 1,225 estaciones de radio en 300 ciudades. Actualmente su propiedad o control se ha extendido a más de 6,600 estaciones, más de la mitad de las que existen en Estados Unidos, incluyendo una red nacional (“Premiere Radio Networks”) que produce, distribuye o representa unos 90 programas, sirve a cerca de 5,800 emisoras y tiene alrededor de 213 millones de oyentes semanales. Incluye también “Fox News Radio”, “Fox Sport Radio” y “Australian Radio Network”, entre otras. Sus ingresos en 2011 alcanzaron la cifra de 6.2 billones de dólares.

Eliminadas las restricciones para la consolidación vertical, sólo faltaba suprimir las limitaciones que existían a la consolidación horizontal establecidas por la regla de la FCC (“Federal Communications Commission”) de 1975 (“cross ownership rule”) que prohibía al que poseía un periódico la posesión de  una estación de radio (o de televisión) y viceversa en el mismo mercado. El objetivo de la regla era impedir que una sola entidad se convirtiese en voz demasiado poderosa dentro de una comunidad. En 2003 la FCC flexibilizó estas restricciones, pero el Tercer Circuito de Apelaciones bloqueó la aplicación de los cambios. En marzo de 2010 la Corte levantó el bloqueo y quedó abierto el camino a la consolidación horizontal.

Los medios de prensa escrita, radiales o televisivos, siguen las agendas que imponen los dueños. Cuando éstos se cuentan por miles, prevalece la diversidad de información y opinión dentro de los límites que permite el “establishment”. Pero cuando la consolidación se produce en gran escala, como sucede actualmente, la agenda que domina es la de unos pocos y poderosos propietarios, y la ideología que adelantan los medios es, por supuesto, la más reaccionaria y ultraderechista. Hoy tenemos más canales de televisión que nunca antes, pero una cantidad sustancial de ellos se dedica al fundamentalismo religioso, a las ventas por televisión, al más frívolo entretenimiento, o a la pornografía. En el resto, la calidad ha descendido a su peor nivel, lo que, unido al exceso de comerciales, alcanza límites embrutecedores.

Todo esto es extremadamente peligroso en una sociedad que apenas lee ya y que ha perdido la capacidad para discernir entre hechos y opiniones, porque se ha acostumbrado a la selección o presentación de los hechos en conformidad con criterios prestablecidos. Los hechos se ignoran o se deforman para validar opiniones.

La desregulación abrió a la competencia desleal todos los mercados de telecomunicación, incluyendo los de cable o satelital, y la Internet. Cinco conglomerados mediáticos controlan el 90 % de todo lo que leemos, oímos y vemos. Qué de extraño tiene que decenas de millones de norteamericanos aprueben la guerra preventiva, los asesinatos selectivos de presuntos enemigos de Estados Unidos, la tortura de prisioneros, las violaciones de fronteras con drones, o los crímenes llamados daños colaterales. O que ignoren completamente los sufrimientos de la población de Cuba a causa de un bloqueo criminal de medio siglo, o las injustas y crueles sentencias dictadas contra cinco patriotas cubanos.

La consolidación produce medios que no están dirigidos a toda la comunidad. Los anunciantes proporcionan las tres cuartas partes de los ingresos, y a ellos solamente les interesa el sector de la población con capacidad para adquirir sus productos o sus servicios. Típicamente, la población de menores ingresos no es de su interés. La consolidación convierte a los ciudadanos norteamericanos en simples consumidores y espectadores.

Actualmente, el libre mercado es el criterio con el cual se analizan los medios, es decir, la operación eficiente y la máxima ganancia constituyen los objetivos principales o únicos, sin tener en cuenta el importante papel que deben desempeñar los medios en la sociedad y en la vida pública. Los medios consolidados son generalmente grandes y complejas instituciones sociales, culturales y políticas, no sólo económicas, que ejercen una profunda y negativa influencia en la sociedad. Si permitimos que controlen lo que vemos, oímos y leemos, controlarán también lo que pensamos.

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