En esta nota, publicada hace apenas unos días en Le Monde Diplomatique y reproducida en Rebelión el 9 de Noviembre del 2011 Serge Halimi se pregunta dónde está la izquierda en la crisis actual. Su diagnóstico es tan pesimista como realista: esa izquierda institucional, en Europa o Estados Unidos, compite con el record de la Thatcher para ver quien aplica más a fondo y aceleradamente la pócima neoliberal. Obviamente que no se puede esperar absolutamente nada de los partidos socialistas y comunistas europeos, reconvertidos en baluartes del neoliberalismo. Lo mismo cabe decir de las más que ilusorias expectativas creadas cíclicamente cada vez que un Demócrata llega a la Casa Blanca, sólo para traicionar todas sus promesas y defraudar todas las esperanzas. Lo ocurrido con Barack "Uncle Tom" Obama es la enésima ratificación de esa vieja costumbre.
Pero como bien lo apunta Halimi al final de su artículo, existe otra izquierda, que no se expresa ni en los partidos vendidos al sistema ni en los sindicatos burocratizados al servicio del ajuste. Está en gestación, recién acaba de aparecer, pero encierra una enorme potencialidad que si llegara a madurar cambiaría definitivamente la escena capitalista actual. Esa otra izquierda es como un recién nacido, que no debe ser tratado con el rigor que requiere un adulto. Es necesario tener paciencia y dialogar con esos miles y miles que ocupan las plazas y las calles de las principales ciudades del capitalismo metropolitano. Lentamente, y por los más extraños caminos, se están aproximando al pensamiento marxista: la vida práctica les ha enseñado lo que Marx y Engels escribieran en el Manifiesto cuando decían que el "estado es el comité que administra los asuntos comunes de la clase burguesa", y que toda democracia es siempre, como lo recordaban los clásicos del marxismo, "¿democracia para qué clase?". Lo que no pudieron leer en los libros, por el ocultamiento y la persecución sufrida por el pensamiento marxista durante las últimas décadas, lo están aprendiendo a los golpes durante la crisis. Lenin decía esto mismo a propósito de la crisis general estallada en Rusia en Febrero de 1917: al calor de esa crisis los obreros, campesinos y soldados aprendieron en semanas lo que de otro modo habrían demorado años en aprender.  Estos miles de rebeldes hicieron notables avances en el terreno de la conciencia, cayendo en la cuenta de que la crisis es sistémica y que no ofrece salida alguna para los trabajadores y para las grandes mayorías nacionales. Que no hay esperanzas para ellos. Eso es algo nuevo, y muy importante. Y están comenzando a organizarse, dejando de lado las formas anquilosadas del pasado y creando algo nuevo. Para nosotros, en América Latina y el Caribe, la emergencia de esta masiva protesta popular es una excelente noticia. Durante años la resistencia al capitalismo sólo se daba en nuestra región. Ahora tenemos aliados importantes que protagonizan grandes luchas en el mundo desarrollado, que luchan con gran valentía, que sufren la represión de las "democracias" capitalistas cuyas máscaras cayeron dejando al desnudo su carácter de dominación clasista. Será importante de ahora en más internacionalizar las luchas. La burguesía imperial mueve sus fichas y diseña sus estrategias en un tablero político mundial; por eso no se puede enfrentar sus políticas tan sólo desde los espacios nacionales. Esta es la gran asignatura pendiente del Foro Social Mundial, que bajo la influencia de sectores socialdemócratas y "oenegeístas" siempre se negó a avanzar en la coordinación de las luchas en el plano internacional. Ha llegado la hora de revertir tan absurda posición: si el enemigo es el capital, y si el capital se ha transnacionalizado, sólo será efectiva la resistencia anticapitalista que se plantee en el plano internacional. La lucha contra Monsanto o Nestlé, para citar un par de ejemplos, no se puede librar aisladamente, desde Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay, Nigeria, Bangla Desh o la India. Hace tiempo que Vía Campesina y el MST brasileño vienen impulsando la internacionalización de las luchas. Hasta ahora sus propuestas no tuvieron mayor eco, pero el nuevo clima sociopolítico que caracteriza al capitalismo global en esta su mayor crisis dela historia permite abrigar renovadas esperanzas de que nuevas  y más eficaces estrategias y tácticas de lucha popular podrán ser adoptadas en los próximos meses.
A continuación, la nota de Serge Halimi.

¿Dónde está la izquierda en esta tormenta económica?

Le Monde diplomatique
Rebelión, 9 de Noviembre de 2011

Traducido para Rebelión por Caty R.

Mientras el capitalismo vive su crisis más grave desde los años 30, los principales partidos de izquierda parecen mudos y confusos. Como mucho prometen remendar el sistema. Más a menudo intentan demostrar su sentido de la responsabilidad y recomiendan, ellos también, una purga liberal. ¿Cuánto tiempo puede durar este juego político cerrado mientras se inflama la cólera social?Los estadounidenses que se manifiestan contra Wall Steet también protestan contra sus representantes del Partido Demócrata y de la Casa Blanca. Sin duda ignoran que los socialistas franceses siguen invocando el ejemplo de Barack Obama. Al contrario que Nicolás Sarkozy, el presidente de Estados Unidos ha sabido, según ellos, actuar contra los bancos. Quien no quiere (o no puede) atacar a los pilares del orden liberal (financiarización, globalización de los flujos de capitales y mercados) intenta personalizar la catástrofe, imputar la crisis del capitalismo a los errores de concepción o gestión de su adversario interior. Así, en Francia echarán la culpa a Sarkozy, en Italia a Berlusconi y en Alemania a Merkel. Muy bien, ¿y en otros sitios? (clic abajo para continuar) 

En otros sitios, y no solo en Estados Unidos, los dirigentes políticos presentes durante mucho tiempo como referencias de la izquierda moderada también se enfrentan a las manifestaciones de indignados. En Grecia Georges Papandreu, presidente de la Internacional Socialista, lleva a cabo una política de austeridad draconiana que combina privatizaciones masivas, supresión de empleos en la función pública y entrega de la soberanía de su país en materia económica y social a una «troika» ultraliberal (1). De la misma forma los gobiernos de España, Portugal o Eslovenia también nos recuerdan que el término «izquierda» se ha depreciado hasta el punto de que no se asocia a un contenido político en particular.
Uno de los grandes fiscales del atolladero de la socialdemocracia europea es el portavoz… del Partido Socialista (PS) francés. «Dentro de la Unión europea, revela Benôit Hamon en su último libro, el Partido Socialista Europeo (PSE) está asociado históricamente al compromiso que le une a la Democracia Cristiana en la estrategia de la liberalización del mercado interior y sus consecuencias sobre los derechos sociales y los servicios públicos. Son los gobiernos socialistas los que han negociado los planes de austeridad que gustan a la Unión Europea y al Fondo Monetario Internacional (FMI). En España, Portugal y Grecia, por supuesto, la protesta contra los planes de austeridad se dirige contra el FMI y la Comisión Europea, pero también contra los gobiernos socialistas nacionales (…). Una parte de la izquierda europea solo critica los fallos, igual que la derecha europea, sacrificar el Estado del bienestar para restablecer el equilibrio presupuestario y halagar a los mercados (…). En algunos lugares del mundo fuimos un obstáculo para el avance del progreso. Yo no me resigno» (2).
En cambio otros consideran que esa transformación es irreversible porque tendría su origen en el aburguesamiento de los socialistas europeos y su alejamiento del mundo de los trabajadores.
Aunque también bastante moderado, el Partido de los Trabajadores (PT) brasileño considera que la izquierda latinoamericana debe tomar el relevo de la izquierda del Viejo Continente, demasiado capitalista, demasiado atlantista y cada vez menos legítima cuando pretende defender los intereses populares: «En la actualidad existe un desplazamiento geográfico de la dirección ideológica de la izquierda en el mundo, señalaba el pasado mes de septiembre un documento preparatorio del congreso del PT. En este contexto, Sudamérica se diferencia (…). La izquierda de los países europeos, que tanto ha influenciado a la izquierda de todo el mundo desde el siglo XIX, no ha logrado aportar las respuestas adecuadas a la crisis y parece capitular frente a la dominación del neoliberalismo» (3). El declive de Europa probablemente es también el declive de la influencia ideológica del continente que vio nacer el sindicalismo, el socialismo y el comunismo –y que parece resignarse más voluntariamente que otros a su desaparición-.
¿Entonces, hemos perdido la partida? Los electores y militantes de izquierda que se aferran a los contenidos más que a las falsas etiquetas, ¿pueden esperar, incluso en los países occidentales, combatir a la derecha con los compañeros conquistados por el liberalismo aunque sigan disfrutando de una hegemonía electoral? El baile, en efecto, se ha convertido en un ritual: la izquierda reformista se diferencia de los conservadores durante la campaña por un efecto óptico. Después, cuando llega el momento, dicha izquierda se dedica a gobernar igual que sus adversarios, sin alterar el orden económico y protegiendo el dinero de las personas del entorno del poder.
La necesidad, e incluso la urgencia de transformación social que proclaman la mayoría de los candidatos de izquierda en el ejercicio de las responsabilidades gubernamentales exigen, obviamente, que vayan más allá de una retórica electoral. Pero también… que accedan al poder. Y es en ese punto concreto donde la izquierda moderada imparte la lección a los «radicales» y a los demás «indignados». La izquierda moderada no espera la «grand soir» [ruptura revolucionaria donde todo es posible, n. de t.] ( Il y a un siècle aux Etats-Unis, un débat fondateur ); no sueña con acurrucarse en una «contra-sociedad» aislada de las impurezas del mundo y poblada de seres excepcionales ( Des gens formidables …). Para retomar los términos empleados hace cinco años por Françoise Hollande, no quiere «obstaculizar en vez de hacer. Frenar en vez de avanzar. Resistir en vez de conquistar». Y considera que no combatir a la derecha es protegerla, y por lo tanto elegirla» (4). En cambio la izquierda radical, según él, prefiere «montar en cólera por todo» en vez de «optar por el realismo» (5).
La izquierda que gobierna, esa es su jugada maestra, dispone «aquí y ahora» de tropas electorales y ejecutivos impacientes que le permiten asegurar el relevo. «Vencer a la derecha», sin embargo, no es un programa o una perspectiva. Una vez celebradas las elecciones, las estructuras establecidas –nacionales, europeas o internacionales- amenazan con impedir la voluntad de cambio expresada en la campaña. Así, en Estados unidos, Obama puede pretender que los lobbies industriales y la obstrucción parlamentaria de los republicanos han socavado su voluntad y su optimismo (Yes, we can) aunque estaba respaldado por una amplia mayoría popular.
Por otra parte, los gobernantes de izquierda se excusan por su prudencia o su cobardía invocando las «obligaciones», una «herencia» (falta de competitividad internacional del sector productivo, los niveles de la deuda, etc.) que serían obstáculos para su margen de maniobra. «Nuestra vida pública está dominada por una extraña dicotomía, analizaba Lionel Jospin ya en 1992. Por un lado, se reprocha al poder (socialista) el desempleo, los problemas de los suburbios, las frustraciones sociales, el extremismo de la derecha y la desesperanza de la izquierda. Por otra parte se añade el hecho de no disponer de una política económica y financiera, lo que vuelve más difícil el tratamiento de lo que se denuncia» (6). Veinte años después, la formulación de esta contradicción no ha envejecido nada.
Los socialistas señalan que la derrota electoral de la izquierda generalmente desencadena la puesta en marcha por parte de la derecha de un arsenal de «reformas» liberales –privatizaciones, reducción de los derechos sindicales, recorte de los gastos públicos- que destruirían las herramientas potenciales para hacer otra política. De ahí el «voto útil» en su beneficio. Pero su derrota también puede conllevar virtudes pedagógicas. Por ejemplo Hamon concede que en Alemania «las elecciones legislativas (de septiembre de 2009) que dieron al SPD su peor resultado (23% de los votos) desde hacía un siglo, convenció a los dirigentes del partido de la necesidad de un cambio de orientación» (7).

Los socialistas griegos se vanaglorian de actuar más rápido que Margaret Thatcher…
Un «restablecimiento doctrinal» , aunque de una amplitud modesta, se dio en Francia tras la derrota legislativa de los socialistas en 1993 y en el Reino Unido tras la victoria del partido conservador en 2010. Y sin duda bien pronto aparecerán escenarios similares en España y Grecia, ya que no parece probable que los gobernantes socialistas de esos países puedan imputar sus próximas derrotas a una política excesivamente revolucionaria… Para defender la causa de Papandreu, la diputada socialista griega Elena Panaritis se ha atrevido incluso a recurrir a una referencia asombrosa: «Margaret Thatcher necesitó once años para llevar a cabo sus reformas en un país que tenía problemas estructurales menos importantes. ¡Nuestro programa sólo lleva en marcha catorce meses!» (8). En resumen, «¡Papandreu mejor que Thatcher!».
Para salir de esta trampa es necesario establecer la lista de las condiciones previas para meter en vereda la globalización financiera. Sin embargo inmediatamente surge un problema: teniendo en cuenta la abundancia y sofisticación de los dispositivos que se han incrustado desde hace treinta años en el desarrollo económico de los Estados y la especulación capitalista, incluso un programa de reformas relativamente fácil (menos desigualdad fiscal, progresión moderada del poder adquisitivo de los salarios, mantenimiento de los gastos de educación, etc.) ahora implica un número significativo de rupturas. Rupturas con el actual orden europeo y también con las políticas a las que los socialistas están alineados (9).
Son necesarios, por ejemplo, un cuestionamiento de la «independencia» del BCE (los tratados europeos garantizan que su política monetarista escape de cualquier control democrático), una flexibilización del pacto de estabilidad y crecimiento (que en períodos de crisis asfixia la estrategia voluntarista de lucha contra el desempleo), denuncia de la alianza entre liberales y socialdemócratas en el Parlamento Europeo (que ha llevado a estos últimos a apoyar la candidatura de Mario Draghi, exbanquero de Goldman Sachs, como director del Banco Central Europeo), sin hablar del libre comercio (la doctrina de la Comisión Europea), de una auditoría de la deuda pública (con el fin de no reembolsar a los especuladores que han apostado contra los países más débiles de la Eurozona); sin todo eso, la partida empezará mal de entrada.
E incluso estará perdida de antemano. En efecto, nada permite creer que Hollande en Francia, Sigmar Gabriel en Alemania o Edward Miliband en el Reino Unido triunfarán donde Obama, Zapatero y Papandreu ya han fracasado. Imaginar que «una alianza que hace de la unión política de Europa el centro de su proyecto» garantiza, como espera Massimo D’Alema en Italia, «el renacimiento del progresismo» (10) se parece (en el mejor de los casos) a soñar despierto. En el actual estado de las fuerzas políticas y sociales, una Europa federal solo puede cerrar más los mecanismos liberales ya asfixiantes y despojar un poco más a los pueblos de su soberanía al confiar el poder a oscuras instancias tecnócratas. Por otra parte, ¿la moneda y comercio no son ámbitos ya «federalizados»?
Sin embargo, en tanto que los partidos de izquierda moderados continúen representando a la mayoría del electorado progresista –sea por adhesión a su proyecto o por el sentimiento de que esa constituye la única perspectiva de una alternancia aproximada- las formaciones políticas más radicales (o los ecologistas) se encontrarán condenados al papel de figurantes, de fuerzas de apoyo o para hacer ruido. Incluso con el 15% de los sufragios, cuarenta y cuatro diputados, cuatro ministros y una organización que agrupa a cientos de miles de adeptos, el Partido Comunista Francés (PCF), entre 1981 y 1984, nunca influyó en la programación de las políticas económicas y financieras de François Mitterrand. El naufragio de Refundación Comunista en Italia, presa de su alianza con los partidos de centro izquierda, no constituye un precedente más emocionante. Entonces se trataba de recordar, prevenir a cualquier precio la vuelta al poder de Silvio Berlusconi. Lo cual pasó de todas formas, pero después.
El Frente de Izquierda francés (perteneciente al PCF) quiere contradecir esos augurios. Presionando al Partido Socialista espera que este se libere de «sus atavismos». A priori la apuesta parece ilusoria, incluso desesperada. Sin embargo, si integra otros factores aparte de la relación de fuerzas electorales y las obligaciones institucionales, puede prevalerse de precedentes históricos. Así, ninguna de las grandes conquistas sociales del Front populaire (vacaciones pagadas, semana de 40 horas, etc.) estaba inscrita en el programa (muy moderado) de la coalición victoriosa de abril-mayo de 1936; fue el movimiento de huelgas de junio el que se las impuso a la patronal francesa.
La historia de ese período no se resume sin embargo en la presión irresistible de un movimiento social sobre los partidos de izquierda tímidos o asustados. Fue la victoria del Front populaire la que liberó un movimiento de revolución social y dio a los trabajadores el sentimiento de que no se enfrentarían al muro de la represión policial y patronal. Envalentonados, también sabían que los partidos a los que acababan de votar no les darían nada si no les retorcían la mano. De ahí esa dialéctica victoriosa –pero tan rara- entre elección y movilización, urnas y fábricas. Un gobierno de izquierda que no afrontase una presión semejante se encerraría rápidamente en una cámara cerrada con una tecnocracia que desde hace mucho tiempo ha perdido la costumbre de hacer cualquier cosa que no sea liberalismo. Tendría como única obsesión seducir a las agencias de calificación, de las que nadie ignora que «rebajan» inmediatamente a cualquier país que se compromete a una verdadera política de izquierda.

Como una estrella muerta, la República Central lanza sus últimos rayos
Entonces, ¿audacia o estancamiento? Desde el amanecer hasta el crepúsculo nos machacan con los riesgos de la audacia –aislamiento, inflación, degradación-. Sí, pero ¿y los riesgos del estancamiento? Al analizar la situación de la Europa de los años 30, el historiador Karl Polanyi recordaba que: «el callejón en el que se ha metido el capitalismo liberal», en varios países desembocó entonces en «una reforma de la economía de mercado realizada al precio de la extirpación de todas las instituciones democráticas» (11). ¿Pero de qué soberanía popular pueden todavía valerse las decisiones europeas tomadas a remolque de los mercados? Incluso un socialista tan moderado como Michel Rocard se alarma: todo nuevo endurecimiento de las condiciones impuestas a los griegos podría provocar la suspensión de la democracia en ese país. «Dada la situación colérica en la que se va a encontrar ese pueblo, escribía el mes pasado, se puede dudar de que algún gobierno pueda mantenerse sin el apoyo del ejército. Esta lamentable reflexión sirve, por supuesto, para Portugal, Irlanda y otros más grandes. ¿Hasta dónde?» (12).
A pesar de estar apuntalada por toda una quincallería institucional y mediática, la República Central se tambalea. Se está poniendo en marcha una carrera de velocidad entre el endurecimiento del autoritarismo liberal y el desencadenamiento de una ruptura con el capitalismo. Todavía parece lejana. Pero cuando los pueblos dejan de creer en un juego político mentiroso, cuando observan que se despoja a los gobiernos de su soberanía, cuando se obstinan en reclamar que se meta en vereda a los bancos, cuando se movilizan sin saber adónde les conducirá su ira, eso significa, a pesar de todo, que la izquierda todavía sigue viva.
Notas:
(1) Compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).(2) Benoît Hamon, Tourner la page. Reprenons la marche du progrès social, Flammarion, Paris, 2011, páginas 14-19.
(3) Agence France-Presse, 4 de septiembre de 2011.
(4) François Hollande, Devoirs de vérité, Stock, París, 2006, páginas, 91 y 206
(5) Ibid., páginas 51 y 43.
(6) Lionel Jospin, «Reconstruire la gauche », Le Monde, 11de abril de1992.
(7) Benoît Hamon, op. cit., página 180.
(8) Citado por Alain Salles, «L’odyssée de Papandréou », Le Monde, 16 de septiembre de 2011.
(9) « Cuando la izquierda renuncia en nombre de Europa », Le Monde diplomatique, junio de 2005.
(10) Massimo D’Alema, «Le succès de la gauche au Danemark annonce un renouveau européen», Le Monde, 21de septiembre de 2011.
(11) Karl Polanyi, La Grande Transformation, Gallimard, París, 1983, p. 305.
(13) Michel Rocard, « Un système bancaire à repenser», Le Monde, 4 de octubre de 2011.
Fuente: http://www.monde-diplomatique.fr/2011/11/HALIMI/46895


6 comentarios:

Maju dijo...

Creo que es de Gramsci aquella frase que habla del momento terrible en que el pasado se resiste a morir y el futuro no acaba de nacer. Ahí estamos (y en una fase aún muy temprana probablemente).

Estoy 110% de acuerdo con lo que dices en esta entrada pero no tengo ni idea qué es lo que puede pasar, por donde evolucionará, como millones y millones de personas serán capaces de organizarse de forma horizontal y consensuar una patada gigante a los vampiros que nos gobierna y explotan.

Mi mayor temor es un nuevo "fiasco del 68" o incluso un giro hacia el fascismo. Racionalmente sé que ambos son improbables (condiciones mucho peores que en los 60, imposibilidad práctica del totalitarismo vertical en esta época de redes horizontales difusas y sobre todo falta de ningún plan merecedor de ese nombre por parte de la oligarquía burguesa-capitalista) pero la experiencia del pasado es la que rige mis miedos.

Nando Bonatto dijo...

La izquierda europea parece estar catatonica ante una situacion en que pareciera que Gordon Gekko esta en el poder.Los distintos movimientos que expresan el desazon popular,no atinan a ir mas alla de la protesta e inevitablemente remiten a nuestro
que se vayan todos.

Atilio A. Boron dijo...

Maju, tienes razón. La frase es de Gramsci, y eso es lo que, a mi juicio, define la coyuntura actual. Ahora, lo que puede pasar es casi invariablemente algo sorpresivo: lo dijo Perry Anderson en un notable artículo escrito en un libro, en el cual yo también contribuí, llamado La Trama del Neoliberalismo. Y Anderson es un refinado historiador y sabe lo que dice. Creo que el desafío organizativo es mayúsculo, y que probablemente la cosa evolucionará más lentamente de lo que quisiéramos. Pero no creo en la re-edición del fiasco del 68 y tampoco la de un giro hacia la derecha. Creo que puede darse una situación de lento deterioro del dominio burgués y un también lento crecimiento del poder contestatario. Pero en ausencia de una situación pre-revolucionaria, y supongo que en eso estaremos de acuerdo, habrá que trabajar arduamente para que la gente se concientice, organice y libre la batalla justo en el momento adecuado, que eso y no otra cosa es una correcta estrategia revolucionaria.
Sobre lo que dice Nando creo que no habría que exagerar las similitudes con lo ocurrido en la Argentina en Diciembre del 2001. Ahora el problema es mucho más estructural y afecta brutalmente al corazón del capitalismo mundial. Creo que la evolución será diferente a la que seguimos nosotros en la Argentina. O al menos eso espero.
Abrazos a ambos, a Maju y Nando.

Alejandro dijo...

Totalmente de acuerdo con Atilio, no es lo mismo Argentina 2001 que la situación actual de Europa, sólo se quieren aplicar las mismas recetas.
Es el fin del capitalismo, no porque lo digamos quienes nunca lo apoyamos, sino porque las grandes diferencias económicas y sociales existentes entre los dif. países no permite una economía global, ya que esto profundiza las mismas beneficiando, como en toda estructura capitalista, a los países más poderosos, que además crearon este capitalismo global, a su beneficio. En el caso europeo en favor de Francia y Alemania.

Anónimo dijo...

escribo anonimamente por que tengo un contrato basura con el estado nacional, ya que mi especialidad solo se puede hacer en el estado, y si sale mi nombre publicado el modelo de inclusión social me excluirá...

creo que es una operación neo menemista la que hacen los medios oficialistas cuando comparan la crisis actual como igual a la que vivimos nostros (es cirto, hay puntos similares),es decir, que el primer mundo estaba como nosotros en 2001, si reflexiono ante esta comparación lo que veo es que intentan decir que nostros somos el primer mundo y no el que conocimos (ya esta destruido), en cambio en los 90 nos decían que ingresabamos al prmer mundo.

Mientras tanto como índice de desarrollo de la economía se sigue usando como en los 90 el record de producción de automóviles o la cantidad de gente que se va de vacaciones...

si a eso le sumamos que el sistema bancario e impositivo no fue modificado...bien vale decir que el neoliberalismo es sustancial en el kirchnerismo...ahora el cristinismo esta evidenciando la postura frente a la organización de los trabajadores...INTOLERANCIA.

frente a esta situación las organizaciones de izquierda tenemos desafíos para nuestra imaginación...ntre el clarinismo y el kirchnerismo lo que hacen es matar las realidades complejas, esulta que ahora somo nostros (las izquierdas) quienes tenemos que encontrar en nuestro suelo una tercera posición.

Xiaozhengm 520 dijo...

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