Lean esta desgarradora historia, publicada por un medio del establishment colombiano, que ya no puede ocultar ni encubrir los crímenes de lesa humanidad que llevarán, más pronto que tarde, al ex presidente Álvaro Uribe ante el Tribunal Penal Internacional. Aclaro, para quienes no estén familiarizados con la tragedia de Colombia, que se llaman "falsos positivos" a personas que eran presentadas como guerrilleros muertos en combate por las fuerzas armadas y que en realidad eran pobladores muy humildes reclutados por agentes del ejército en las regiones más pobres y atrasadas del país ofreciéndoseles trabajo. Luego eran llevados a sitios especiales en donde se les ponía el uniforme de la guerrilla y seguidamente se los ultimaba, y se los exhibía como trofeos de guerra y pruebas del éxito de la política de "eguridad democrática" del gran amigo de los Bush y de Aznar, Álvaro Uribe. Este déspota premiaba a quienes cometían estos delitos con recompensas, promociones o agregadurías militares en el extranjero. Ante la incontable repetición de estos crímenes surgió la evidencia incontrastable de esta acción criminal. Y se les dice "falso positivos" porque en la jerga de las fuerzas armadas de Colombia un "positivo" es un guerrillero muerto en combate. Una verdadera historia de terror.


Habla el hombre que llevó el cadáver de su hijo a la Plaza de Bolívar

Raúl Carvajal Pérez exhibe los restos de su hijo Raúl Carvajal en la Plaza de Bolívar.
Foto: Archivo particular

Vendedor que dejó cadáver de su hijo en Plaza de Bolívar aguarda informe clave de Medicina Legal.

-Yo duermo aquí en este colchón y en ese rincón duerme mi hijo -dice Raúl Carvajal.

Y luego agrega:

-Bueno, él está dormido desde hace cuatro años.

Raúl Carvajal está dentro de su camión Dodge de placas PAH 605, el mismo en el que llegó el domingo por la mañana a Bogotá y se estacionó en la Plaza de Bolívar.

No venía solo: traía con él el cadáver de su hijo, el cabo del Ejército Raúl Antonio Carvajal Londoño, muerto en un "supuesto" combate con la guerrilla el 8 de octubre del 2006. "Supuesto", según el padre, porque asegura que así no fueron las cosas y que el joven fue asesinado por compañeros suyos del Ejército debido a que se negó a participar en un 'falso positivo'.

"Lo sé porque él me lo contó. Mi hijo y yo hablábamos mucho -dice Carvajal-. Veinte días antes de que lo mataran, me llamó a decirme que se quería retirar del Ejército. Decía que lo querían obligar a hacer cosas muy malucas". ... (clic abajo para continuar) En ese momento, cuenta el padre del cabo, su hijo prestaba servicios en el Batallón Ricaurte, en Bucaramanga. En aquella llamada -que fue la que lo motivó a empezar una investigación-, su hijo le dijo que quería volver a la casa y trabajar en el camión, "como cuando era muchacho y llevábamos yuca, plátano y pescado a los pueblos vecinos".

Carvajal es un paisa nacido en San José de la Montaña, pero desde hace 40 años se gana la vida en Córdoba. Ya se le siente el acento costeño cuando habla, sin parar, sobre lo mucho que ha tratado de esclarecer la muerte de su hijo y las tantas puertas que ha tocado sin obtener respuesta.

"Hay cosas que no concuerdan -continúa Carvajal, sentado dentro del camión, en un colchón azul ya deforme y rodeado de ropa que cuelga de cordones improvisados-. Tengo informes de los batallones que operaban en esa zona y que dicen que el día de la muerte de mi hijo no hubo combates". Las pruebas que afirma haber recogido están pegadas en papeles por todos los costados del camión. Los curiosos se detienen a leer.

"Estos documentos demuestran que el disparo que mató a Raúl fue hecho a menos de dos metros y no realizado por un francotirador, como dice el Ejército", insiste el hombre.
"Se me fue el hijo que me servía", dice.

Con solo unos minutos de conversación puede concluirse que Carvajal tiene un solo tema en su cabeza: la verdad sobre su hijo.

Cuando se le pregunta sobre la decisión de tomar el cadáver de su hijo, cargarlo en el camión y traérselo a Bogotá, Carvajal contesta:

-Yo las cosas las hago sin pensar. No se lo consulté a nadie. Arranqué.

La decisión, sin embargo, estuvo presionada por un hecho: la curia de Montería le informó que para seguir manteniendo los restos de su hijo en una de las bóvedas del cementerio Jardín de la Esperanza -donde resposaba- debía desembolsar un dinero que él no tenía. En efecto, en el cementerio le entregaron la orden de retirar los restos, pues allí se prestan las bóvedas por tres años y los restos del cabo cumplieron cuatro y no habían pagado el servicio. "La Iglesia cobra hasta la risa", se queja Carvajal.

Con el cuerpo de su hijo, emprendió camino el pasado 8 de febrero a través de cuatro departamentos, desde Planeta Rica (Córdoba), Caucasia, Yarumal, Santa Rosa, Don Matías, Bello, Copacabana, Girardota, Medellín y Rionegro (Antioquia), La Dorada (Caldas), Soacha (Cundinamarca) y Bogotá (D. C.).

En el viaje, no tuvo reparos de las autoridades, nadie le revisó lo que llevaba con él; apenas en algunos de estos lugares le impidieron repartir los volantes en los que divulga sus argumentos sobre el caso.

Fueron doce días con el cuerpo de su hijo que él define como su "copiloto".

Una decisión dura, lo reconoce, pero dice que gracias a ella, luego de tres años de protesta, por fin es escuchado.

El gesto de Carvajal, totalmente insólito en el mundo actual, tiene ilustres antecedentes literarios, en los que la acción se postula como símbolo, por su crudeza.

El cuento La santa, de García Márquez, relata la historia del viudo Margarito Duarte, quien, 11 años después de la muerte de su hija, y debido a que tiene que retirar el cadáver del cementerio donde está enterrada, descubre que el cuerpo sigue intacto. Duarte decide, entonces, viajar a Italia con el féretro de su hija, como si se tratara del estuche de un instrumento, con la idea de que en el Vaticano le reconozcan el milagro.

Otro es el Mio Cid, a quien, ya cadáver, lo montan en un caballo y lo llevan al combate, para derrotar a sus enemigos, que lo daban por muerto.

¿Descansará el hijo de Carvajal? Su padre, enfático, explica el trasfondo de su acción: descansará cuando llegue la verdad. Hoy, el cuerpo del cabo Carvajal, a quien después de que lo mataron lo ascendieron a sargento, está en el Instituto de Medicina Legal, donde le realizarán una segunda necropsia, cuyo resultado está previsto que se dará a conocer hoy, mediante el cual se precisará qué le ocasionó la muerte y si el balazo en su cráneo fue hecho a quemarropa (lo que confirmaría la hipótesis del asesinato) o desde una distancia que haga creíble la suposición del combate.

Aunque su padre viajó solo con su cuerpo a Bogotá, hoy, y dado el movimiento generado en los medios, lo acompañan su esposa y su hija. Pasan las horas junto al camión, ya no estacionado en la Plaza de Bolívar sino a la entrada del parqueadero de la Sijín. Una hamaca amarrada de un poste al camión les sirve para descansar mientras llegan noticias.

Su hija, Doris Patricia, con siete meses de embarazo, también participa en la queja: dice que en los documentos que le dieron en la Fiscalía Novena Especializada de San José de Cúcuta hay contradicciones. "Uno de los testigos dijo que hubo un combate de media hora y otro, que fue un francotirador el que disparó. Hay cosas raras". Cuenta que cuando su hermano murió recibió una llamada de hombres que se identificaron como compañeros de su hermano y le dijeron que ellos no lo habían matado. "Uno me dijo que las marcas de soga en las manos y en los tobillos eran porque lo habían tenido que amarrar para sacarlo de donde lo habían matado, pero yo le vi esas marcas. En cambio, su uniforme estaba manchado de maquillaje", agrega.

Por su parte, el general Pedro León Soto, comandante de la Segunda División, asegura que el cabo "murió en combate contra las Farc en el Catatumbo". Agrega que el cabo formaba parte de un contingente del Batallón Ricaurte que en El Tarra (Norte de Santander) se enfrentó contra guerrilleros del frente de la Unidad Norte del Bloque del Magdalena Medio de las Farc. "Si decimos que murió en combate, fue como consecuencia de heridas causadas por proyectiles", dice Soto.

Sus palabras siguen sin convencer al papá.
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