El día de ayer, 22 de enero, se cumplieron 120 años del nacimiento de Antonio Gramsci, uno de los principales teóricos marxistas del siglo veinte y fundador del Partido Comunista Italiano. Sus contribuciones en el terreno de la teoría política, la sociología y el análisis de la cultura son al día de hoy de una extraordinaria relevancia. Su integridad personal y su inclaudicable militancia lo llevó a soportar once años en las cárceles del fascismo italiano, donde escribió sus célebres Cuadernos de la Cárcel, una cantera inagotable de sabiduría política. Gramsci sobrellevó ejemplarmente las penurias de esa situación, que le costaría la vida porque moriría a los pocos días de ser liberado de la prisión, el 27 de Abril de 1937. Hubiera bastado una simple carta dirigida al dictador Benito Mussolini solicitando un pedido de clemencia y declarando su intención de exiliarse en Francia para que el déspota hubiera dispuesto de inmediato su libertad. Es que Mussolini y Gramsci se conocieron de jóvenes y, por un corto tiempo, militaron en la facción más radical del socialismo italiano que se oponía a la entrada de Italia a la Primera Guerra Mundial. De ahí su mutuo conocimiento. Pero Gramsci, dando un ejemplo que -hay que reconocerlo, fue emulado por muchos en las más distintas latitudes- no transigió y prefirió morir lentamente en la cárcel antes que traicionar a sus ideas y a sus camaradas. El tenebroso fiscal que tuvo a su cargo la farsa jurídica que condenó a Gramsci a la cárcel había pronunciado unas palabras memorables, conciente de la potencia intelectual y política de su víctima: "¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!". Fue por eso condenado a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión, y lo mataron de a poco en las mazmorras del fascismo. Pero ese cerebro jamás dejó de funcionar, y nos dejó una herencia maravillosa que primero fue rigurosamente ocultada y luego distorsionada, queriendo convertir a Gramsci en un inofensivo ícono socialdemócrata. En los últimos tiempos, el debate sobre el legado genuino de este gran intelectual italiano está posibilitando dejar atrás las deformaciones con que sus diversos intérpretes manosearon su pensamiento.

A modo de pequeño homenaje en este 120º aniversario de su nacimiento reproducimos a continuación algunos párrafos extraídos de el penúltimo texto completo escrito en libertad por Gramsci, en donde realiza un magistral análisis de la estructura social italiana que bien podría servir de inspiración para el estudio de algunos aspectos de la realidad social de la América Latina contemporánea.

Caricatura de Tullio Pericoli


ANTONIO GRAMSCI
"LA SITUACION ITALIANA Y LAS TAREAS DEL PCI"
(TESIS DE LYON)

Análisis de la estructura social italiana
4. El capitalismo es el elemento predominante en la sociedad italiana y la fuerza que prevalece en la determinación de su desarrollo. De este dato fundamental se desprende la consecuencia de que no existe en Italia la posibilidad de una revolución que no sea la revolución socialista. En los países capitalistas, la única clase que puede realizar una transformación social real y ...(clic abajo para continuar)  profunda es la clase obrera. Sólo la clase obrera es capaz de poner en práctica los cambios de carácter económico y político que son necesarios para que las energías de nuestro país encuentren completa libertad y posibilidades de desarrollo. La manera en que cumplirá esta función revolucionaria está en relación con el grado de desarrollo del capitalismo en Italia y con la estructura social correspondiente.
5. El industrialismo, que constituye la parte esencial del capitalismo, es muy débil en Italia. Sus posibilidades de desarrollo están limitadas por la situación geográfica y la falta de materias primas. Por eso no llega a absorber a la mayoría de la población italiana (4 millones de obreros industriales contra 3 millones y medio de obreros agrícolas y 4 millones de campesinos). Al industrialismo se opone una agricultura que se presenta como la base natural de la economía del país. Las variadísimas condiciones del suelo y las consiguientes diferencias de cultivos y sistemas de arrendamiento, provocan sin embargo una fuerte diferenciación de las capas rurales, con un predominio de los estratos pobres, más próximos a las condiciones del proletariado y más susceptibles de sufrir su influencia y de aceptar su conducción. Entre las clases industriales y agrarias se interpone una pequeña burguesía urbana bastante extensa, cuya importancia es considerable. Está compuesta predominantemente de artesanos, profesionales y empleados del estado.
6. La debilidad intrínseca del capitalismo obliga a la clase industrial a apelar a distintos recursos para asegurarse el control de toda la economía del país. Esos recursos consisten, en definitiva, en un sistema de compromisos comerciales entre una parte de los industriales y una parte de las clases agrícolas, más precisamente los grandes terratenientes. Es decir, no existe la tradicional lucha económica entre industriales y agrarios, ni la rotación de grupos dirigentes que ella determina en otros países. Por lo demás, los industriales no tienen necesidad de sostener, contra los agrarios, una política económica que asegure una afluencia continua de mano de obra del campo a las fábricas, porque esta afluencia está garantizada por la superabundancia de población agrícola pobre, que es característica de Italia. El acuerdo industrial-agrario se basa en una solidaridad de intereses entre algunos grupos privilegiados, en desmedro de los intereses generales de la producción y de la mayoría de los trabajadores. Ese acuerdo determina una acumulación de riqueza en manos de los grandes industriales, que es la consecuencia de una expoliación sistemática de categorías enteras de la población y de regiones enteras del país. Los resultados de esta política económica son de hecho el déficit del balance económico, el estancamiento del desarrollo económico de regiones enteras (el Mezzogiorno, las islas), la traba al surgimiento y desarrollo de una economía más adaptada a la estructura del país y a sus recursos, la miseria creciente de la población trabajadora, la existencia de una corriente migratoria permanente y el consiguiente empobrecimiento demográfico.
7. Así como no controla, por su naturaleza, toda la economía, la clase industrial tampoco logra organizar por sí sola la sociedad global y el estado. Sólo le resulta posible construir un estado nacional cuando puede explotar factores de política internacional (el llamado Risorgimento). Para reforzar el estado y para defenderlo, necesita establecer compromisos con las clases sobre las que la industria ejerce una hegemonía limitada, particularmente los agrarios y la pequeña burguesía. Esa situación origina una heterogeneidad y una debilidad de toda la estructura social, así como del estado, que es su expresión.
7 bis. Encontramos un reflejo típico de la debilidad de la estructura social en el ejército, antes de la guerra. Un círculo restringido de oficiales, carentes del prestigio de los jefes (viejas clases dirigentes agrarias, nuevas clases industriales) tiene a sus órdenes a una casta de oficiales subalternos burocratizada (pequeña burguesía), incapaz de servir de nexo con la masa de soldados, indisciplinada y abandonada a sí misma. En la guerra todo el ejército debió reorganizarse desde abajo, después de una eliminación de los grados superiores y de una transformación de la estructura organizativa que corresponde al surgimiento de una nueva categoría de oficiales subalternos. Este fenómeno prefigura la transformación análoga que realizará el fascismo, en una escala más amplia, respecto al estado.
8. Las relaciones entre la industria y la agricultura, que son esenciales para la vida económica de un país y para la determinación de las superestructuras políticas, tienen en Italia una base territorial. En el norte se conglomeran, en algunos grandes centros, la producción y la población agraria. En consecuencia, todos los conflictos inherentes a la estructura social del país contienen un elemento que concierne al estado y amenaza su unidad. Los grupos dirigentes burgueses y agrarios buscan la solución del problema a través de un compromiso. Ninguno de estos grupos posee, por su naturaleza, un carácter unitario y una función unitaria. Por otra parte, el carácter del compromiso con el que se preserva la unidad hace aún más grave la situación y coloca a las poblaciones trabajadoras del Mezzogiorno en una posición análoga a la de las poblaciones coloniales. La gran industria del norte desempeña, respecto a ellas, la función de las metrópolis capitalistas; en cambio, los grandes terratenientes y la propia burguesía media meridional están en la situación de las categorías que en las colonias se alían a la metrópoli para mantener sometida a la masa del pueblo trabajador. La explotación económica y la opresión política se unen, pues, para hacer de la población trabajadora del Mezzogiorno una fuerza constantemente movilizada contra el estado
9. El proletariado tiene en Italia una importancia superior a la que posee en otros países europeos, incluso en los de un capitalismo más avanzado, y es sólo comparable a la que tenía en Rusia antes de la revolución. Esto se debe sobre todo al hecho de que, en virtud de la escasez de materias primas, la industria se apoya preferentemente en la mano de obra (trabajadores especializados) y en segundo lugar a la heterogeneidad y los conflictos de intereses que debilitan a la clase dirigente. Frente a esta heterogeneidad, el proletariado se presenta como el único elemento que, por su propia naturaleza, tiene una función unificadora y coordinadora de toda la sociedad. Su programa de clase es el único programa "unitario", es decir, el único cuya realización no conduce al ahondamiento de los conflictos entre los diversos elementos de la economía y de la sociedad y no entraña una amenaza para la unidad del estado. Junto al proletariado industrial existe, además, una gran masa de proletarios agrícolas, concentrada sobre todo en el valle del Po, muy propensa a recibir la influencia de los obreros de la industria, y por tanto, fácilmente movilizable en la hucha contra el capitalismo y el estado.
El caso de Italia constituye una confirmación de la tesis de que las condiciones más favorables para la revolución proletaria no se encuentran necesariamente siempre en los países donde el capitalismo y el industrialismo han llegado a su más alto grado de desarrollo, sino que pueden existir en cambio allí donde el tejido del sistema capitalista ofrece menor resistencia, por sus debilidades estructurales, al embate de la clase revolucionaria y de sus aliados.
La política de la burguesía italiana
10. El objetivo que se propusieron alcanzar las clases dirigentes italianas, desde los orígenes del estado unitario en adelante, fue el de mantener sometidas a las grandes masas de la población trabajadora, impidiendo que, al organizarse en torno al proletariado industrial y agrícola, se convirtieran en una fuerza revolucionaria capaz de realizar una completa trasformación social y política que haga nacer un estado proletario. Pero la debilidad intrínseca del capitalismo las obligó a basar el ordenamiento de la economía y del estado burgués en una unidad obtenida por vía de compromisos entre grupos no homogéneos. En una amplia perspectiva histórica, este sistema se demostró inadecuado al fin que perseguía. Toda forma de compromiso entre los diversos grupos dirigentes de la sociedad italiana se resolvió en realidad en un obstáculo puesto al desarrollo de una u otra parte de la economía del país. Esa situación da lugar a nuevos conflictos y nuevas reacciones de la mayoría de la población, que obligan a acentuar la presión sobre las masas impulsando a éstas cada vez con mayor decisión a la movilización y a la rebelión contra el estado.
11. El primer período de vida del estado italiano (1870-1890) es el de su mayor debilidad. Las dos partes que integran la clase dirigente, los intelectuales burgueses y los capitalistas, están unidos en un propósito de mantener la unidad, pero divididos en cuanto a la forma que se debe dar al estado unitario. Falta entre ellos una homogeneidad positiva. Los problemas que el estado se plantea son limitados y se refieren más a la forma que a la esencia del dominio político de la burguesía; entre ellos predomina el del equilibrio presupuestario, que es un problema de pura conservación. La conciencia de la necesidad de ampliar la base de las clases que dirigen el estado sólo llega con los inicios del "transformismo". La mayor debilidad del estado está dada en este período por el hecho de que, fuera de él, el Vaticano reúne a su alrededor a un bloque reaccionario y antiestatal constituido por los agrarios y por la gran masa de campesinos atrasados, controlados y dirigidos por ricos propietarios y por clérigos. El programa del Vaticano consta de dos partes: por un lado se propone luchar contra el estado burgués unitario y "liberal" y al mismo tiempo, está dispuesto a constituir, con los campesinos, un ejército de reserva contra el avance del proletariado socialista suscitado por el desarrollo de la industria. El estado reacciona al sabotaje del que es víctima por parte del Vaticano, e instaura toda una legislación de contenido y de objetivos anticlericales.
12. En el periodo que transcurre entre 1890 y 1900, la burguesía se plantea resueltamente el problema de organizar su propia dictadura, y lo resuelve con una serie de medidas de carácter político y económico que determinarán en lo sucesivo la historia italiana.
Ante todo, se resuelve la contradicción entre la burguesía intelectual y los industriales: un signo de ello es la llegada al poder de Crispi. La burguesía así consolidada resuelve la cuestión de sus relaciones con el exterior (Triple alianza) y se siente bastante fuerte corno para intentar intervenir en el campo de la competencia internacional, con el fin de conquistar mercados coloniales. En el terreno interno, la dictadura burguesa se establece políticamente restringiendo el derecho del voto, lo que reduce el cuerpo electoral a poco más de un millón de electores sobre 30 millones de habitantes. En el campo económico, la introducción del proteccionismo industrial-agrario corresponde al propósito del capitalismo de obtener el control de toda la riqueza nacional. Con ese fin se celebra una alianza entre industriales y terratenientes. Esta alianza arranca al Vaticano una parte de las fuerzas que había logrado reunir, sobre todo entre los propietarios de tierras del Mezzogiorno, y las incorpora al marco del estado burgués. Por lo demás, el mismo Vaticano advierte la necesidad de acentuar más la parte de su programa reaccionario que contempla la resistencia al movimiento obrero, y toma posición contra el socialismo con la encíclica Rerum Novarum. Frente a la amenaza que el Vaticano sigue representando para el estado, las clases dirigentes reaccionan dándose una organización unitaria con un programa anticlerical, a través de la masonería.
En ese período es cuando aparecen los primeros progresos reales del movimiento obrero. La instauración de la dictadura industrial-agraria plantea en sus términos reales el problema de la revolución, determinando sus factores históricos. Surge en el norte un proletariado industrial y agrícola, mientras en el sur la población rural, sometida a un sistema de explotación "colonial", es mantenida en su estado de sojuzgamiento mediante una opresión política cada vez más acentuada. En este período se plantean con toda claridad los términos de la "cuestión meridional". De manera espontánea, sin que intervenga el factor consciente, y sin que tampoco el Partido Socialista extraiga de este hecho una indicación para su estrategia de partido de la clase obrera, se verifica por primera vez la confluencia de tentativas insurreccionales del proletariado septentrional con una rebelión de campesinos meridionales (brigadas sicilianas).
13. Una vez derrotadas las primeras tentativas insurreccionales del proletariado y de los campesinos contra el estado, la burguesía italiana consolidada está en condiciones de adoptar, para obstaculizar los progresos del movimiento obrero, los métodos exteriores de la democracia y los de la corrupción política con el sector privilegiado de la población trabajadora (aristocracia obrera) para hacerlo cómplice de la dictadura reaccionaria que continúa ejerciendo e impedirle que se convierta en el centro de la insurrección popular contra el estado (giolittismo). Se produce, no obstante, entre 1900 y 1910, una fase de concentración industrial y agraria. El proletariado rural se incrementa en un 50% en detrimento de las categorías ligadas por contrato, aparceros y arrendatarios. Esto da lugar a tanta ola de movimientos rurales y a una nueva orientación de los campesinos que obliga al propio Vaticano a reaccionar con la fundación de la Acción Católica y con un movimiento ''social'' que, en sus formas extremas, llega a asumir las apariencias de una reforma religiosa (modernismo)*. Esta reacción del Vaticano que tiende a retener a las masas se corresponde con el acuerdo de los católicos con las clases dirigentes para consolidar las bases del estado (abolición del non expedit, pacto Gentiloni). También hacia el final de este tercer período (1914) los diversos movimientos parciales del proletariado y de los campesinos culminan en una nueva tentativa espontánea de unificación de las diversas fuerzas de masa antiestatales en una insurrección contra el estado reaccionario. A partir de esta tentativa se plantea ya con suficiente relieve un problema que aparecerá en toda su amplitud en la posguerra: la necesidad de que el proletariado organice, por sí mismo, un partido de clase que le permita encabezar y dirigir la insurrección.
14. En la posguerra se produce la máxima concentración económica en el campo industrial. El proletariado alcanza el grado más alto de organización, paralelamente a la máxima disgregación de las clases dirigentes y del estado. Todas las contradicciones inherentes al organismo social afloran con la máxima crudeza bajo el efecto del despertar de las masas, incluso de las más atrasadas, a la vida política, como consecuencia de la guerra y de sus secuelas inmediatas. Y, como siempre, el avance de los obreros de la industria y del agro va acompañado de una profunda agitación de las masas campesinas, tanto en el Mezziogiorno como en otras regiones. Las grandes huelgas y la ocupación de las fábricas se desarrollan contemporáneamente a la ocupación de las tierras. La resistencia de las fuerzas reaccionarias se ejerce todavía según la dirección tradicional. El Vaticano acepta que, junto a la Acción Católica, se constituya un verdadero partido que se propone integrar a las masas campesinas en el marco del estado burgués, respondiendo así en apariencia a sus aspiraciones de redención económica y de democracia política. Las clases dirigentes, a su vez, ponen en práctica un vasto plan de corrupción y de disgregación interna del movimiento obrero usando como señuelo, ante los dirigentes oportunistas, la posibilidad de que una aristocracia obrera colabore con el gobierno en una tentativa de solución "reformista" del problema del estado (gobierno de izquierda). Pero en un país pobre y desunido como Italia, el sólo hecho de que se entrevea una solución "reformista" del problema del estado provoca inevitablemente la disgregación de la cohesión estatal y social, que no puede resistir la colisión de los numerosos grupos en los que se fraccionan las mismas clases dirigentes y las clases intermedias. Cada grupo tiene sus propias exigencias de protección económica y de autonomía política, y, en ausencia de un núcleo de clase homogéneo que sepa imponer, con su dictadura, una disciplina de trabajo y de producción a todo el país, derrotando y eliminando a los explotadores capitalistas y agrarios, el gobierno resulta imposible y la crisis del poder permanece continuamente abierta.
La derrota del proletariado revolucionario se debe, en este período decisivo, a las deficiencias políticas, organizativas, tácticas y estratégicas del partido de los trabajadores. Como consecuencia de estas deficiencias, el proletariado no logra ponerse al frente de la insurrección de la gran mayoría de la población para hacerla desembocar en la creación de un estado obrero; al contrario, él mismo sufre la influencia de otras clases sociales que paralizan su acción. Por tanto, hay que considerar que la victoria del fascismo, en 1922, no es una victoria sobre la revolución, sino la consecuencia de la derrota sufrida por las fuerzas revolucionarias en razón de sus carencias intrínsecas.

* MODERNISMO: Vasto movimiento nacido entre 1904 y 1905 en el interior del catolicismo, hostil a las posiciones políticas conservadoras sostenidas por la iglesia, y tendiente a una profunda reforma en la conciencia católica. En Italia, el sacerdote Romolo Murri dirigió este movimiento, condenado por el Papa Pío X en 1907. [E.]

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