Ante un nuevo aniversario de la independencia de Estados Unidos.
“Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre” (F. Engels)
 
Mucho se ha hablado y escrito sobre el papel que en los años fundacionales de la república norteamericana desempeñó el pensamiento de John Locke. Un papel sin duda fundamental porque las ideas del pensador inglés, sobre todo las que expusiera en su célebre  Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil , aportaban la justificación política (y, aún más, ¡teológica!) para tranquilizar la conciencia de las buenas almas que sistemáticamente se iban apropiando de las tierras pertenecientes a los pueblos originarios y aniquilando a sus integrantes. Pero con el paso del tiempo esa república se convirtió en un imperio, y en la medida en que éste se expandió, se convirtió en su indispensable e irreemplazable centro; en la clave de bóveda que sostiene todo el edificio imperial. La bandera con que abrimos esta nota (una creación de Mark Twain) denuncia con extraordinaria elocuencia esta transición de la república al imperio.
 Es que, a pesar de lo que digan los ideólogos y los confundidos, el imperio tiene un centro, irreemplazable, que es Estados Unidos. Sin su estratégica contribución el imperialismo se derrumbaría como un castillo de naipes. Sería aquel “tigre de papel” del que hablaba Mao. Propongo hacer un simple ejercicio mental: eliminemos a los Estados Unidos del tablero mundial y veamos: ¿de qué manera se sostendría una situación como la de Medio Oriente, o el predominio militar de Israel?; ¿quién garantizaría, en última instancia, el sometimiento y la expropiación del pueblo palestino?; ¿quién podría asumir el papel del gendarme que reprime los movimientos emancipatorios (directamente o con la ayuda de sus clientes neocoloniales), o el inquisidor que barre de la escena pública las ideas “inconvenientes e incorrectas” que erosionan los fundamentos ideológicos de la dominación imperialista?; ¿quién podría ser el gran promotor de todas las políticas neoliberales en el Tercer Mundo,  tanto a través de la diplomacia y del manejo sin contrapesos de instituciones  supuestamente internacionales -como el FMI, el BM o la OMC, que según Zbigniev Brzezinski, son “meras extensiones de nuestro Departamento del Tesoro- como de la fenomenal concentración de recursos militares, preparados para intervenir en cualquier rincón del planeta en menos de veinticuatro horas? ¿Quién domina a su antojo el Consejo de Seguridad de la ONU, provocando la permanente parálisis de la organización ante las violaciones sistemáticas a la legalidad internacional realizadas por los países ricos y sus aliados? ¿Quién si no los Estados Unidos podría ser, para usar la expresión de Samuel Huntington, el “sheriff solitario” del capitalismo mundial? Nadie. El mundo actual: un complejo sistema imperialista signado por el predominio del gran capital financiero es impensable al margen de un estado-nación muy poderoso, que dispone de la mitad del gasto militar del planeta y que impone esas políticas a veces “por las buenas”, haciendo uso de su hegemonía ideológica y política y de su fabuloso arsenal mediático y si “por las buenas” no convence prevalece por la fuerza de las armas. Tanto el soft power como el hard power están en manos de los Estados Unidos. ¿Quién podría sustituirlo en tan crucial papel? ¿Alemania, Francia, Japón, China, Rusia? Ninguno de los nombrados tiene siquiera remotamente la capacidad para asumir esa tarea, no digamos a escala global sino tampoco a nivel regional.
         Ahora bien, cabría preguntarse: ¿cómo es que las políticas del imperio se imponen en nuestros países? La pregunta es muy pertinente, porque la operación del imperialismo pasa necesariamente por las estructuras nacionales de mediación. Nada más erróneo que suponer al imperialismo como un “factor externo”, que opera con independencia de las estructuras de poder de los países de la periferia. Lo que hay es una articulación entre las clases dominantes a nivel global, lo que hoy podríamos denominar como una  “burguesía imperial” -es decir, una oligarquía financiera, petrolera e industrial que se articula y coordina trascendiendo las fronteras nacionales- que dicta sus condiciones a las clases dominantes locales en la periferia del sistema, socias menores de su festín, que viabilizan el accionar del imperialismo a cambio de coparticipar mínimamente de los beneficios y ventajas producidos por el pillaje. Pero más allá de la coincidencia de intereses entre los capitalistas locales y la “burguesía imperial” lo decisivo es que los primeros controlan al estado –independientemente de que estén o no en el gobierno- y es a través de ese control que garantizan las condiciones políticas que hacen posible el funcionamiento de los mecanismos de exacción y saqueo que caracteriza al imperialismo.  Entre otros, el más importante, es garantizar el eficaz funcionamiento de los aparatos legales y represivos del estado para con los primeros someter a la fuerza de trabajo a las condiciones que requiere la super-explotación capitalista (precarización laboral, extensión de la jornada de trabajo, abolición de derechos sindicales, etc.) y, con el monopolio de la violencia, reprimir a los descontentos y los revoltosos y, de este modo, sostener el “orden social”.
         Como es evidente a partir de estos razonamientos, la realidad del imperialismo contemporáneo nada tiene que ver con la imagen divulgada por los teóricos de la globalización (un nombre poco serio, recordaba John K. Galbraith, “que damos en los Estados Unidos a las políticas que favorecen la penetración de nuestras empresas en terceros países”) o la vaporosa concepción que del sistema imperialista desarrollan autores cuyos desvaríos los han llevado hasta los extremos del oxímoron: un “imperio sin imperialismo”, al decir de algunos autores que ante la escalada belicista norteamericana se baten en silenciosa retirada, como Toni Negri, Michael Hardt y Giuseppe Cocco. El imperio es más imperialista que antes, y tiene un centro, Estados Unidos, lugar donde se concentran los tres principales recursos de poder del mundo contemporáneo: Washington tiene las armas y el arsenal atómico más importante del planeta; New York el dinero; y Los Ángeles las imágenes y toda la fenomenal galaxia audiovisual, y los tres se mueven de consuno, obedeciendo a las líneas estratégicas generales dispuestas por su estado mayor. Hardt y Negri tomaron nota de la existencia de esta tríada, pero víctimas de sus confusiones teóricas fueron incapaces de extraer las consecuencias pertinentes. ¿O es que la Casa Blanca no está siempre, invariablemente, detrás del mundo de los negocios, respaldando a cualquier precio a “sus” empresas, en cuyos directorios se produce una permanente y obscena circulación de funcionarios gubernamentales que reemplazan a gerentes corporativos mientras que éstos pasan a desempeñar altísimos cargos oficiales en Washington? ¿O alguien puede creer que Hollywood produce sus películas, series de televisión y toda clase de productos audiovisuales ignorando (para ni hablar de contradiciendo) las prioridades nacionales dictadas por la Casa Blanca y el Congreso y la identificación de los enemigos de turno ( como los alemanes y japoneses en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los comunistas e izquierdistas en general durante la Guerra Fría, los árabes y musulmanes luego del 11-S y la “guerra contra el terrorismo”, los “hispanos” caracterizados como narcotraficantes, y así hasta el infinito) ? ¿O es que alguien puede ser tan inocente como para pensar que el complejo “militar-industrial” puede prosperar, como el sector económico crucial de Estados Unidos (no sólo por gravitación propia sino también por sus vínculos con el capital financiero y las empresas petroleras, automovilísticas y de aviación) sin que Washington promueva sin cesar conflictos y guerras en los cinco continentes, condición ésta de la bonanza de los negocios de aquél? El paso de la república al imperio no es gratuito. Tal como lo observara Friedrich Engels a propósito de la dominación del zarismo Ruso sobre Polonia, “un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre”. Y en ninguna otra parte del mundo este aforismo del amigo de Marx es más cierto que en los Estados Unidos de nuestros días.

3 comentarios:

alapaco dijo...

Brillante descripción del mundo real.
Y excelente poder de comunicación, muy clara la explicación.
Gracias.

midi haytham dijo...

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Xiaozhengm 520 dijo...

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