Página 12, Martes 27 de Enero de 2009

El rotundo triunfo de Evo Morales, el tercero consecutivo desde el 2005, difícilmente servirá para acallar las críticas de quienes vieron en este referendo constitucional apenas una estratagema del líder boliviano para perpetuarse en el poder. Caso omiso se hace del denso articulado de la nueva Constitución boliviana que, en sus 411 artículos, establece un marco normativo protectivo de las grandes mayorías populares, por siglos oprimidas por los distintos gobiernos de Bolivia, al paso que reafirma los derechos de los pueblos indígenas, garantiza el control público de los principales recursos naturales y perfecciona la calidad de las instituciones republicanas. Pese a que unos 350 observadores internacionales de organismos como la OEA, la Unasur, la Unión Europea y el Centro Carter declararon que las elecciones se desenvolvieron de manera inobjetable, el líder de la derecha fascista de Santa Cruz, Branco Marinkovic, manifestó su impotencia lanzando una ridícula acusación de fraude, preparando el terreno para una nueva ofensiva sediciosa en contra de la nueva Constitución.

Una de las críticas más socorridas, escuchada también en estos días a propósito de la propuesta de enmienda de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela facultando la reelección indefinida del presidente Hugo Chávez, es que tal cláusula revela una vocación totalitaria que debe ser rechazada a cualquier precio. La secretaria de Estado de George W. Bush, Condoleezza Rice, no se cansó de predicar esta tesis, repetida luego ad nauseam por los principales medios de prensa, periodistas y analistas “independientes” de América latina. No se conocen todavía comentarios de su sucesora, Hillary Clinton, pero a juzgar por sus muy desafortunadas declaraciones en la audiencia confirmatoria sostenida ante el Senado de EE.UU. no sería de extrañar que en los próximos días apareciera un comunicado oficial deplorando lo que sería visto como una sinuosa maniobra de Evo Morales para eternizarse en el Palacio Quemado.

En vista de ello, conviene recordar que la reelección indefinida es una norma en la mayoría de los países europeos: fue por eso que Helmut Kohl pudo ser canciller primero de la República Federal Alemana y luego de la Alemania unificada durante dieciséis años, desde 1982 a 1998, sin que en ningún momento la opinión “bienpensante” y la prensa “independiente” (mucho menos el Departamento de Estado) pusieran el grito en el cielo ante tan prolongado monopolio del poder político. Podría haber seguido en el timón de la Cancillería; si no lo hizo fue por el estallido de un escándalo que lo obligó a renunciar. En España, el principal lobbista mundial de las transnacionales españolas y sedicente custodio de los valores democráticos, Felipe González, fue presidente del gobierno desde 1982 a 1996, un total de 14 años, sin despertar preocupación alguna en la Casa Blanca y los gobiernos “democráticos” del mundo desarrollado. En el Reino Unido, Margaret Thatcher fue primera ministra durante 11 años. Nada le impedía haber seguido en el poder, pero su coalición perdió peso electoral y tuvo que renunciar. Hay varios casos similares en Europa. Francia, sin ir más lejos, autoriza una reelección presidencial para un mandato de siete años cada uno. Todos los últimos presidentes de Francia duraron 14 años en el poder.

Más interesante todavía es el significativo (y cómplice) silencio de Washington ante la dilatada permanencia en el poder de una serie de mandatarios amigos, aliados incondicionales del imperio: en Egipto, el actual presidente Mohamed Hosni Mubarak ejerce el cargo desde octubre de 1981, lo que no obsta para que reciba toda clase de elogios por la “estabilidad política” lograda en ese país y generosos apoyos financieros y militares de parte de la Casa Blanca. Total: 28 años ininterrumpidos en el gobierno. En Camerún, el presidente Paul Biya gobierna con poderes omnímodos desde 1982: 27 años. En el pequeño enclave petrolero de Gabón, otro aliado de Estados Unidos, el presidente Omar Bongo Ondimba preserva el orden con mano de hierro desde 1967: 42 años. En Angola, el gobierno pro americano de José E. dos Santos se encuentra en el poder desde 1979: 30 años. Por último, uno de los aliados fundamentales de Estados Unidos, Arabia Saudita, es un país en el que impera el más primitivo y brutal despotismo: allí rige una monarquía hereditaria que jamás ha convocado a elecciones de ningún tipo, ni siquiera para el Legislativo, cuyos miembros son designados “a dedo” por el rey Abdallah entre su séquito de familiares y favoritos. Jamás el Departamento de Estado ha dicho una palabra acerca de las amenazas que la perpetuación de estos regímenes plantea para el futuro de la democracia en el mundo. El problema son casos como los de Fidel, Evo y Chávez, no estos otros. Si son útiles a los intereses de Washington podrán permanecer en el poder el tiempo que quieran y, además, ser respaldados por todos los medios imaginables. Si se rebelan contra el imperio se los denuncia como déspotas o tiranos. En fin, amigos son los amigos.

Finalmente llegó el gran día. Toda la prensa mundial no hace sino hablar de la nueva era abierta con el acceso de Barack Obama a la Casa Blanca. Esto confirma los pesimistas pronósticos acerca del retrógrado papel que cumplen los medios del establishment al profundizar, con las ilusiones y los engaños de su propaganda, la indefensión de la “sociedad del espectáculo”, una forma involucionada de lo social donde el nivel intelectual de grandes segmentos de la población es rebajado sistemáticamente mediante su cuidadosa des-educación y desinformación. La agobiante “obamamanía” actual es un magnífico ejemplo de ello.

Obama llegó a la presidencia diciendo que representaba el cambio. Pero los indicios que surgen de la conformación de su equipo y de sus diversas declaraciones revelan que si hay algo que va a primar en su administración será la continuidad y no el cambio. Habrá algunos, sin duda, pero serán marginales, en algunos casos cosméticos y nunca de fondo. El problema es que la sociedad norteamericana, especialmente en el contexto de la formidable crisis económica en que se debate, necesita cambios de fondo, y éstos requieren algo más que simpatía o elocuencia discursiva. Hay que luchar contra adversarios ricos y poderosos, y nada indica que Obama esté siquiera remotamente dispuesto a considerar tal eventualidad. Veamos algunos ejemplos.

¿Cambio, designando como jefe de su Consejo de Asesores Económicos a Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton y artífice de la inaudita desregulación financiera de los noventa causante de la crisis actual? ¿Cambio, ratificando al secretario de Defensa designado por George W. Bush, Robert Gates, para conducir la “guerra contra el terrorismo” por ahora escenificada en Irak y Afganistán? ¿Cambio, con personajes como el propio Gates, o Hillary Clinton, que apoyaron sin ambages la reactivación de la Cuarta Flota destinada a disuadir a los pueblos latinoamericanos y caribeños de antagonizar los intereses y los deseos del imperio? En su audiencia ante el Senado, Clinton dijo que la nueva administración de Obama debería tener “una agenda positiva” para la región para contrarrestar “el temor propagado por Chávez y Evo Morales”. Seguramente se referiría al temor a superar el analfabetismo o a terminar con la falta total de atención médica, o al temor que generan las continuas consultas electorales de gobiernos como el de Venezuela o Bolivia, mucho más democráticos que el de Estados Unidos en donde todavía existe una institución tan tramposa como el colegio electoral, que hace posible, como ocurriera en el 2000, que George W. Bush derrotara en ese antidemocrático ámbito al candidato que había obtenido la mayoría del voto popular, Al Gore. ¿Puede esta Secretaria de Estado representar algún cambio?

¿Cambio, producido por un líder político que quedó encerrado en un estruendoso mutismo ante el brutal genocidio perpetrado en Gaza? ¿Qué autoridad moral tiene para cambiar algo quien actuó de ese modo? ¿Cómo suponer que representa un cambio una persona que dice, como lamentablemente lo hizo Obama hace apenas un par de días a la cadena televisiva Univisión, que “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región, (...) Venezuela está exportando actividades terroristas y respalda a entidades como las FARC”? Tamaño exabrupto y semejantes mentiras no pueden alimentar la más mínima esperanza y confirma las prevenciones que suscita el hecho de que uno de sus principales consejeros sobre América latina sea el abogado Greg Craig, asesor de la inefable Madeleine Albright, ex secretaria de Estado de Bill Clinton, la misma que dijera que las sanciones en contra de Irak luego de la Primera Guerra del Golfo (que costaron entre medio millón y un millón y medio de vidas, predominantemente de niños) “valieron la pena”. Craig, además, tiene como uno de sus clientes a Gonzalo Sánchez de Lozada, cuya extradición a Bolivia está siendo solicitada por el gobierno de Evo Morales para juzgarlo por la salvaje represión de las grandes insurrecciones populares del 2003 que dejaron un saldo de 65 muertos y centenares de heridos. Sus credenciales son, por lo visto, inmejorables para producir el tan deseado cambio.

En esa misma entrevista, Obama se manifestó dispuesto a “suavizar las restricciones a los viajes y al envío de remesas a Cuba”, pero aclaró que no contempla poner fin al embargo decretado en contra de Cuba en 1962. Agregó además que podría sentarse a dialogar con el presidente Raúl Castro siempre y cuando “La Habana se muestre dispuesta a desarrollar las libertades personales en la isla”. En fin, la misma cantinela reaccionaria de siempre. Un caso de gatopardismo de pura cepa: algo tiene que cambiar, en este caso el color de la piel, para que nada cambie en el imperio.

Gaza es Guernica

Página/12, Viernes 16 de Enero de 2009


Por Atilio A. Boron


Sería redundante pretender inventariar una vez más la interminable cantidad de atrocidades cometidas por Israel en Gaza, juicio este que es avalado inclusive por personas e instituciones que durante décadas le brindaron su más irrestricto respaldo. Este mismo periódico ha reproducido la opinión de gran cantidad de testimonios e ilustrado a sus lectores con brillantes análisis sobre esta verdadera tragedia para la humanidad, desatada con la complicidad de Estados Unidos y la tradicional hipocresía europea. La nota de Juan Gelman (“¡Mentira! ¡Mentira! ¡No tiene perdón!”, del 15 de enero) desbarata con una evidencia abrumadora el argumento según el cual la actual masacre de Gaza (y digo masacre, porque no se trata de una guerra sino de una carnicería) sería una respuesta defensiva ante los ataques, por cierto que también inadmisibles, de Hamas.

La barbarie perpetrada por el régimen de Tel Aviv reconoce pocos antecedentes en los últimos tiempos: el bombardeo estadounidense con napalm a las aldeas campesinas vietnamitas, la “limpieza étnica” de Milosevic y algunas pocas aberraciones más. Es difícil encontrar ejemplos parecidos. A lo que más se parece es a la infame y cobarde agresión que el régimen nazi y su aliado fascista en Italia descargaron sobre Guernica. Como en esa pequeña ciudad vasca, en Gaza se produce una matanza indiscriminada de mujeres y niños, bajo la falsa acusación de que eran todos terroristas, desmentida una y mil veces, para eterna condena de sus perpetradores, por las miles de fotografías que circulan por todo el mundo. Se nota que el régimen israelí aprendió muy bien de su patrón estadounidense las malas artes de las mentiras y los engaños. Esas fotografías demuestran los inauditos alcances del genocidio y la saña con que lo practican las fuerzas armadas israelíes. Se destruyen escuelas, universidades, hospitales y, apenas ayer, la propia oficina de las Naciones Unidas en Gaza. Se prohíbe el ingreso de periodistas practicándose una descarada censura de prensa y se sellan las puertas de esa ciudadela para impedir la llegada de toda ayuda humanitaria privando a la población de Gaza de alimentos y medicamentos esenciales.

Esta salvajada sólo podría ser vívidamente retratada por un genio como Pablo Picasso, cuya pintura del horror que padeció Guernica es un testimonio imperecedero que condena inapelablemente y hasta el fin de la historia a sus malditos agresores. Lamentablemente hoy no tenemos un Picasso, pero las imágenes que con valentía se han podido tomar y difundir tienen una conmovedora elocuencia que ya está sacudiendo el espíritu de millones en todo el mundo. Y en Israel mismo, son cada vez más los ciudadanos que aborrecen los crímenes que en su nombre comete un gobierno que junto con su protector, financista y proveedor de armamentos, Estados Unidos, se ha convertido en uno de los mayores terroristas del planeta y una amenaza para la humanidad y, sobre todo, para el pueblo judío. No es exagerado calificar a los indignos y malignos gobernantes de Israel como auténticos herederos de la barbarie nazi, que también asesinaban indiscriminadamente para aterrorizar a la población; que también buscaban asegurarse su “espacio vital” para garantizar la impunidad de sus acciones; que también masacraban con su superioridad militar a poblaciones indefensas, y que también mentían, como recomendaba Goering, porque de tanto hacerlo creían que esas mentiras se convertirían en verdades.

Es doloroso constatar la involución del Estado israelí, tan lejos hoy de los sueños de grandes pensadores judíos, como Martín Buber, que lo imaginaron como la realización de un original modelo socialista. Un Estado a cuya ilegitimidad de origen se le agrega ahora una ilegitimidad aún mayor, emanada de la carnicería practicada sobre una población civil indefensa que obliga a preguntarse cuán democrático puede ser un Estado que perpetra tales crímenes. Ilegitimidad de origen, decíamos, no porque el pueblo judío no tenga derecho a tener su Estado, pues ese derecho es indiscutible y Hamas debe reconocerlo sin más dilaciones. Pero ilegitimidad porque se erigió robando tierras a otro pueblo al que también le asiste el mismo derecho. El acuerdo entre el colonialismo británico y el imperialismo norteamericano que al final de la Segunda Guerra Mundial se tradujo en la creación del Estado de Israel fue posible porque, ante la debilidad del mundo árabe, pudo apropiarse para Israel de un territorio que no era sólo suyo sino que se compartía con los palestinos. Este despojo está en la base del interminable conflicto que desangra a la región y que sólo se agrava con el correr de los años. Si no ha habido paz durante más de medio siglo no ha sido por algún problema coyuntural o por la limitación de algún funcionario o gobernante de Israel o de Palestina. No hay paz, ni podrá haberla, mientras no se ponga fin a ese despojo territorial creando, junto al Estado de Israel, un Estado palestino dotado de un territorio propio, geográficamente contiguo y viable económicamente. La abrumadora superioridad militar de que hoy dispone Israel es una garantía muy frágil para su supervivencia cuando se la examina desde el prisma de la historia. Por eso, sus cobardes halcones, patéticos discípulos de Hitler, son los peores enemigos del pueblo judío. Pero ya hay algunos indicios de que un sector creciente de la ciudadanía israelí se está percatando de esta aberrante situación y comienza a protestar contra la agresión a Gaza y a exigir una política más sensata, y acorde con las mejores tradiciones del pueblo judío, para llegar a una solución definitiva de este sangriento conflicto.



“Prensa libre” contra democracia en Paraguay


Atilio Boron

Rebelión, 28 de Diciembre de 2009

Ni siquiera el más distraído visitante del Paraguay puede dejar de advertir el carácter sistemático y malicioso de los ataques que la “prensa libre” le prodiga día a día al nuevo presidente de ese país, el ex obispo Fernando Lugo. Transcurridos escasos cuatro meses de su mandato esa prensa -que había hecho gala de servilismo y venalidad, aparte de cobardía, durante el largo reinado del dictador Alfredo Stroessner- ahora se ensaña con el primer presidente genuinamente democrático de esa sufrida nación mediterránea.

¿Cuál es la razón de esta infamia? Muy simple: Lugo está dando los primeros pasos en dirección a un cambio social que beneficie a los excluidos y oprimidos por el régimen dictatorial y sus herederos. Pese a las durísimas restricciones financieras y administrativas dejadas por sus predecesores Lugo se las ingenió para restituir la gratuidad del hospital público, que había sido privatizado mañosamente por los herederos del stroessnismo; lanzó una campaña integral de vacunación infantil poniendo fin a décadas de criminal abandono y garantizó a los pacientes la gratuidad de los análisis clínicos. Aparte de eso lanzó una lucha frontal contra la corrupción enquistada en las más altas esferas del estado por Stroessner y sus secuaces con la complicidad –necesaria, permanente, ineludible- de las grandes empresas y grupos económicos que de ese modo pudieron saquear al país sin sobresaltos. Conviene recordar, sobre todo en la desmemoriada Argentina, que no hay estado corrupto sin contraparte corruptora. No son los pobres y los desamparados quienes corrompen a gobiernos y al alto funcionariado estatal; quienes sí lo hacen son las “fuerzas del mercado” que idealizan los publicistas del liberalismo viejo y nuevo. Por si había alguna duda el reciente caso de Siemens, empresa símbolo de la pulcra y transparente Alemania, lo comprueba irrefutablemente. Otro que debe haber sobornado a funcionarios públicos y gobernantes estadounidenses a diestra y siniestra es Bernard L. Madoff, CEO de la Madoff Investment Securities, que organizó la más colosal estafa en la historia mundial del capitalismo pese a estar sometido a la atenta vigilancia de la Securities Exchange Commission y a obtener de parte de otros bandidos como él, las llamadas “calificadoras de riesgo”, el más alto puntaje concedido a una compañía inversora. Todavía no aparecieron los nombres de los corruptos que, desde las agencias del estado norteamericano, hicieron posible tan fenomenal estafa. Pero seguramente van a aparecer. En fin, toda esta historia de corrupción no es nada nuevo bajo el sol del capitalismo.

Pero Lugo se propuso algo más: fortalecer la integración del Paraguay a la región y reconquistar para su país la soberanía de los recursos naturales, y especialmente su inmensa riqueza hidroeléctrica. De ahí sus escabrosas y difíciles negociaciones con el Brasil en torno al precio de la electricidad generada por la represa de Itaipú y las conversaciones en ciernes para lograr lo mismo de la Argentina en relación a la de Yacyretá.

Por elemental que pueda parecer este programa de recuperación de la soberanía y posicionamiento en el proyecto del MERCOSUR no esta exento de dificultades. Mientras el Presidente Lula declara la necesidad de que Brasil colabore con el Paraguay, el establishment de Itamaraty hace caso omiso de sus bellas palabras y actúa como un sórdido e intransigente delegado al servicio de las clases dominantes brasileñas y de lo que ellas consideran el “interés nacional” de ese país: perpetuar la expoliación de la energía paraguaya. Esta duplicidad es favorecida, entre otras razones, por algunas desafortunadas expresiones del Presidente Lula en el sentido de que el leonino Tratado de Itaipú (firmado por los dictadores Stroessner y Garrastazú Médici en 1973) no debía ser revisado, lo que prorrogaría indefinidamente el saqueo energético del Paraguay a manos de lo que un brillante sociólogo y economista del Brasil, Ruy Mauro Marini, acertadamente definiera como “el sub-imperialismo brasileño”. La inflexibilidad y el autoritarismo de estos negociadores contradicen flagrantemente la solidaridad internacional necesaria para efectivizar la proclamada intención de Lula de integrar a las naciones sudamericanas en una nueva organización regional. En más de una ocasión sus representantes amenazaron con suspender las negociaciones y postergar toda discusión sobre el tratado hasta el momento de su expiración, en el año 2023, algo que ni siquiera lo hizo la Casa Blanca con Omar Torrijos en su disputa sobre el Canal de Panamá. Obviamente que conductas de este tipo no son demasiado propensas a favorecer la consolidación del bloque de naciones reunidas en el UNASUR. Los funcionarios paraguayos confían, en función de ciertas declaraciones de la Presidenta Cristina Fernández, que la inminente discusión en torno a Yaciretá transite por un sendero definido a partir de premisas marcadas por otros valores.

Por eso el caso de Itaipú se ha constituido en un verdadero escándalo. Paraguay es propietario del 50% de la central hidroeléctrica y por tal motivo es dueño de la mitad de los 90.000 millones GWh que allí se generan. Pero en la práctica utiliza sólo 7.000 millones de GWh, lo que logra satisfacer el 95% de un consumo muy escaso, producto precisamente de un atraso económico y social que es imprescindible revertir y que Lugo no podrá hacerlo sin la activa colaboración y solidaridad de los gobiernos de Argentina y Brasil. Los restantes 37.000 GWh generados por la represa son cedidos a Brasil, que paga la ridícula suma de 2,80 dólares el kilowat por la cesión de esa “energía sobrante” que luego la empresa estatal Electrobrás vende a un precio superior a 60 dólares en el mercado brasileño, excepción hecha de los grandes consumidores industriales del fluido eléctrico que se benefician con generosos subsidios. Los paraguayos, con toda razón, quieren renegociar tan ridículo precio, apenas unos centavos superior al fijado en 1973 cuando el dólar valía mucho más que lo que vale hoy.

Dadas todas estas circunstancias: nueva política social, lucha contra la corrupción, integración regional y recuperación de la soberanía, no sorprende que la Cámara de Diputados del Paraguay –reducto de la partidocracia tradicional y en el cual el oficialismo cuenta apenas con dos representantes de los ochenta que la constituyen- esté contemplando la posibilidad de iniciar un juicio político contra Lugo. Lamentablemente el actual presidente no pudo hacer lo que sí hizo Rafael Correa en el Ecuador: decir abiertamente que clausuraría el Congreso y convocaría a una asamblea constituyente. No pudo hacerlo no por falta de coraje sino porque su propuesta renovadora fue recibida con incredulidad por gran parte de la dirigencia política de izquierda que no creía se pudiera derrotar al coloradismo, y ahora se ven las consecuencias. Para la derecha paraguaya y sus socios fuera del país Lugo está atacando demasiados intereses fuertemente arraigados en las clases dominantes y sus representantes políticos y burocráticos en el aparato estatal, todo esto convenientemente aceitado con altas dosis de corrupción. En los pasillos del Congreso se comenta que se necesitan apenas ocho votos más para lograr el número suficiente para aprobar el juicio político contra Lugo, lo que abriría una caja de Pandora cuyas consecuencias son difíciles de imaginar. La semana pasada, sin ir más lejos, este “órgano de la democracia” rechazó una iniciativa del Ejecutivo que se proponía establecer un impuesto a la renta personal, cosa que al día de hoy no existe en Paraguay. Lugo está siendo asfixiado financieramente y el Congreso no le da respiro. También rechazó una ley que prohibía la utilización de agrotóxicos en un país cuya “sojización” avanza descontroladamente arrasando cuanto se opone a su paso. Empresarios argentinos y sobre todo brasileños son los adalides de este proceso, y las fuerzas armadas de Brasil, en otro gesto que pinta de cuerpo entero las intenciones de Brasilia, fueron movilizadas a la frontera para defender la propiedad privada de los empresarios sojeros brasileños amenazados por el creciente protagonismo de los campesinos sin tierra de Paraguay. En síntesis, el Congreso con la complicidad de los medios busca aplicar lo que en su tiempo Richard Nixon recomendara para destruir al gobierno de Salvador Allende en Chile: desangrar a la economía y debilitar las bases materiales del nuevo gobierno para impedirle financiar sus políticas reformistas y, de paso, propinarle un ejemplar escarmiento por su osadía. Esta escalada de agresiones no inmuta a la “prensa libre”, preocupada por criticar implacablemente al gobierno.

En este cuadro Lugo no tiene otro camino que apelar a la voluntad popular, explicando incansablemente su programa de gobierno; promoviendo activamente la concientización y la organización de las clases y capas populares para resistir la ofensiva destituyente lanzada por la derecha paraguaya y sus amigos extramuros, y movilizando a sus partidarios para derrotar en las calles lo que los viciados y viciosos mecanismos institucionales están a punto de concretar en el Congreso. En el flanco externo, el presidente paraguayo tendrá que exigir de sus socios regionales, y muy especialmente de Brasil y Argentina, que actúen en concordancia con sus dichos y que sus propuestas integracionistas y regionalistas se traduzcan en ayudas concretas y materiales al proceso de construcción democrática en curso en el Paraguay. En ese sentido Brasilia y Buenos Aires debían tomar sin dilaciones, ya mismo, la iniciativa de redefinir adecuadamente los tratados y las normativas vigentes para Itaipú y Yaciretá de suerte tal que permita acrecentar considerablemente, en un pie de igualdad, los recursos financieros que producen esos dos enormes emprendimientos hidroeléctricos. Si tal cosa se lograra la viabilidad económica del proyecto de Lugo estaría asegurada. El tiempo dirá si la solidaridad internacional tantas veces aludida por los gobiernos de Argentina y Brasil asume rasgos concretos y efectivos. Sería deplorable corroborar que aquella quedó reducida a un vano palabrerío para consumo exclusivo de las buenas almas del progresismo.

En el Paraguay actual se constituye una vez más el dilema sabiamente detectado por Maquiavelo: quien quiera introducir cambios en el orden social sólo podrá hacerlo si se apoya en el pueblo, nunca en los ricos y poderosos cuyas instituciones fueron precisamente diseñadas para impedir que tal cambio se produzca. Lugo y sus partidarios tienen por delante una labor titánica: concientizar, organizar y movilizar al campo popular. Si desisten de esta tarea las tensiones sociales acumuladas seguramente se desatarán al margen de la voluntad presidencial dando lugar a una movilización anómica -sin estrategia, ni táctica, ni conducción coherente- que terminará facilitando los planes de la derecha y de los intereses que mantuvieron postrado al Paraguay por tan largo tiempo. La habilidad del gobierno y la madurez de las fuerzas de izquierda y progresistas de ese país son quienes tendrán la última palabra. Es de desear que actúen no sólo con valentía, como lo han hecho hasta ahora, sino también con sensatez y perspicacia, condiciones estas necesarias para derrotar a enemigos tan poderosos como los que se han entronizado en su patria.

Es una tarea ciclópea resumir en unas pocas líneas el significado de un algo tan especial como la Revolución Cubana, que el viejo Hegel no hubiera dudado un instante en caracterizar como un acontecimiento “histórico-universal.” Una revolución que destruyó mitos y prejuicios profundamente arraigados: que la revolución jamás podría triunfar en una isla situada a 90 millas de Estados Unidos; que el imperialismo jamás permitiría la existencia de un país socialista en su patio trasero; que la revolución era impensable en un país subdesarrollado y, para colmo, sin el protagonismo de un partido “marxista-leninista” conduciendo la insurrección de las masas. Todos estos pronósticos, y muchos otros que sería largo enumerar, fueron refutados por el triunfo del Movimiento 26 de Julio y la consolidación y heroica sobrevivencia de la Revolución Cubana.

En efecto: ha sido -y sigue siendo- una hazaña resistir a medio siglo de un bloqueo económico sin precedentes en la historia de la humanidad y que año a año es condenado por casi todos los países de la ONU, con la excepción de Estados Unidos y un puñado de sus indignos “estados-clientes”. Pensemos simplemente lo que hubiera ocurrido en la Argentina (o cualquier otro país) ante un bloqueo de apenas un año, limitando drásticamente desde la importación de bienes esenciales hasta el ancho de banda de la Internet: este país se habría desintegrado producto de la conmoción social y la crisis integral que los sufrimientos y privaciones del bloqueo habrían desencadenado.

Es precisamente por eso que quien no quiera hablar del imperialismo norteamericano y sus políticas de permanente bloqueo y agresión hacia Cuba debería abstenerse de formular cualquier tipo de crítica a la revolución. Es bien importante marcar esta postura porque tanto dentro como fuera de la isla -especialmente el “progresismo bienpensante”, una especie ampliamente difundida en la región- no son pocos quienes disparan sus dardos contra las asignaturas pendientes de la revolución sin hacer la menor mención al influjo radicalmente desestabilizador de la política del imperio. Es cierto que hay mucho por hacer todavía en Cuba pero, ¿cómo explicar esas falencias al margen de un bloqueo de medio siglo cuyo costo, según cálculos muy conservadores, oscila en torno a los 93.000 millones de dólares, una cifra dos veces superior al Producto Bruto de Cuba, más allá de otras consecuencias que trascienden lo económico y que se miden en vidas humanas y en sufrimientos innecesarios e indiscriminados de toda la población? Cualquier crítica a la política, la economía o la sociedad cubana que no comience por un análisis del bloqueo y su demoledor impacto termina siendo -involuntariamente pero eso no importa- objetivamente reaccionaria. Equivaldría, salvando las distancias, a criticar a los judíos que lucharon con extraordinaria valentía y dignidad en la defensa del ghetto de Varsovia por su incapacidad para resistir a los embates de la maquinaria militar de los nazis, explicando su aniquilamiento como producto exclusivo de la situación interna del ghetto e ignorando por completo el contexto más amplio que hizo posible su derrota.

A las restricciones propias del bloqueo habría que agregar, entre muchas otras, el humillante servilismo de la casi totalidad de los países de la región, con la honrosa excepción de México, que ante un úkase del imperio cortaron relaciones con la patria de Martí a partir de 1962, profundizando los efectos deletéreos del bloqueo. Pese a ello, los cincuenta años de la revolución encuentran a Cuba sólidamente a la cabeza en una amplia diversidad de índices de desarrollo social. Este es un asunto que ya se da por descontado pero conviene recordarlo puesto que tales logros se alcanzaron bajo la hostilidad permanente de Estados Unidos y debiendo además sobreponerse a las tremendas consecuencias derivadas de la implosión de la Unión Soviética y la desaparición del Comecón. Los otros países de la región, rutinariamente cubiertos de elogios por la prensa imperialista y sus voceros en el mundo político, registran índices de desarrollo social muy inferiores –en algunos casos vergonzosamente inferiores- a los cubanos pese a que a lo largo de este medio siglo contaron con el permanente apoyo financiero y político de Washington. Un solo indicador habla con elocuencia: la tasa de mortalidad infantil por cada 1.000 nacidos vivos coloca claramente a Cuba por encima de cualquier otro país de las Américas, con un nivel semejante al de Canadá (5/1000) y aventajando a Estados Unidos (7/1000), para no hablar de países como Argentina, Brasil, México en donde estas tasas triplican o cuadruplican a las cubanas.

Este cincuentenario plantea renovados desafíos a la Revolución Cubana, originados en: (a) los grandes cambios que caracterizan a la economía mundial y que provocan la obsolescencia del viejo modelo de planificación ultra-centralizada; (b) la creciente beligerancia de un imperialismo que se enfrenta con renovadas resistencias a lo largo y ancho del globo, sobre todo luego de la crisis global estallada pocos meses atrás; y, (c) la necesidad de renovar el impulso revolucionario y, sobre todo, transmitirlo a las nuevas generaciones. Desafíos que requieren de respuestas innovadoras pero, como el mismo Fidel lo recordara, para nada significa caer en el “error histórico” de creer que “con métodos capitalistas se puede construir el socialismo.” En otras palabras: la indispensable reforma que Cuba necesita no puede significar la reintroducción de métodos capitalistas en la gestión de la economía, como se hizo en China o Vietnam. Cuba, colocada una vez más en la vanguardia de la historia, como a mediados del siglo pasado, deberá transitar por un estrecho sendero en donde se mantenga la planificación de las actividades económicas y el papel rector del estado pero apelando a estructuras más flexibles de planificación y control y a procesos más ágiles de conducción y ejecución. De lo contrario las desigualdades se multiplicarían y la corrupción y la desmoralización resultante de las mismas podrían, al cabo de un tiempo, debilitar irreparablemente el impulso revolucionario y favorecer los planes de la reacción imperialista. Fue ese el mensaje claramente expresado por Fidel en su discurso de Noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana. Por eso Cuba está a la vanguardia de la historia, realizando un experimento sin precedentes: reformar al socialismo pero profundizando el socialismo. Al igual que antes, Cuba rompe con todos los manuales y con el saber convencional. Estamos seguros que también en esta oportunidad el éxito rubricará su osadía.

Una reflexión final: imaginemos lo que habría sucedido en América Latina si la Revolución Cubana hubiese sucumbido ante las agresiones del imperialismo o como consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética. La respuesta es clara y contundente: en tal hipotético caso nuestra historia habría sido radicalmente diferente. Sin el fuego emancipador preservado heroicamente por Cuba durante medio siglo los pueblos de las Américas difícilmente habrían tenido la inspiración y la audacia para resistir la renovada opresión de que eran objeto y para rebelarse en contra del imperio y sus lugartenientes locales. Fue su vibrante ejemplo el que incendió la pradera de América Latina en los años sesentas, lo que alimentó las grandes movilizaciones que impulsaron el ascenso de la Unidad Popular en Chile y el triunfo de Héctor Cámpora en la Argentina. Fue su ejemplo el que abrió el espacio para el giro radical de Juan Velasco Alvarado en el Perú y para la instauración de la Asamblea Popular y el gobierno de Juan José Torres en Bolivia; fue el rotundo mentís que Cuba le propinó al fatalismo y al inmovilismo lo que nutrió la insurgencia constitucionalista del Coronel Francisco Caamaño Deñó en la República Dominicana ultrajada por el invasor yankee. Fue la inconmovible lealtad y solidaridad de Cuba con todos los pueblos en lucha lo que hizo posible resistir las atrocidades de las dictaduras que asolaron la región en los años setentas y, entre tantas otras cosas, asegurar el triunfo del Sandinismo en Nicaragua y, con el sacrificio de sus hijas e hijos derrotar al apartheid sudafricano y garantizar la independencia de Angola. Fue la inconmovible fortaleza de Cuba la que la convirtió en referencia obligada cuando, a mediados de los ochentas, el continente retomaba el escarpado –¡y todavía inconcluso!- sendero de la “transición democrática” agobiado por el peso de una deuda externa que ya en 1985 la definió en La Habana como “incobrable e impagable”. Ejemplo que adquirió dimensiones gigantescas cuando la isla demostró ser capaz de resistir a pie firme el derrumbe de los mal llamados “socialismos realmente existentes”, desplomados precisamente por no ser socialismos. Y la isla resistió en esos terribles momentos las presiones y los cantos de sirenas de los agentes del imperialismo y sus publicistas (entre los cuales sobresale por su dedicación el lobbista número uno de las transnacionales españolas: Felipe González) que le recomendaban a La Habana “volver a la sensatez” y olvidarse de la revolución, para re-emerger victoriosa, como el ave Fénix en medio de la debacle de la Unión Soviética y el Comecón para animar a los pueblos del mundo entero a decir ¡basta! Es en este escenario, que lleva la marca indeleble de la resistencia de Cuba como una de sus señas de identidad, que irrumpe la Revolución Bolivariana y la figura excepcional de Hugo Chávez, mientras que más al sur Rafael Correa ponía en marcha su Revolución Ciudadana y en la Bolivia del Che un extraordinario dirigente cocalero, Evo Morales, se proyectaba como el líder de un pueblo en pos de una reivindicación que se le debía desde hacía más de cinco siglos. Hay también otros procesos en marcha en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y, en general, en casi toda nuestra geografía. Con características externas diferentes según los casos pero, invariablemente –al menos en el espíritu de los pueblos- como expresión de un intransigente rechazo al imperialismo, al capitalismo y las políticas neoliberales que rara vez se refleja en las políticas que propician esos gobiernos.

Todo esto no habría sido posible si Cuba hubiera sido derrotada en Girón, o si sus hombres y mujeres hubiesen defeccionado, abandonando sus ideales, ahogando la antorcha que con tanto esfuerzo y dignidad sostuvieron en alto durante medio siglo. Por eso la deuda de los pueblos latinoamericanos –y en gran medida también los del África Sub-sahariana- con la Revolución Cubana es inmensa. Una revolución cuyo internacionalismo la llevó a apoyar a todos los movimientos de liberación nacional de América Latina y el Caribe, a todos los gobiernos que sinceramente se proponían cambiar las vetustas e injustas estructuras de nuestras sociedades y a derrotar, empuñando las armas, a los fascistas sudafricanos apoyados por las “democracias occidentales” bajo la conducción de Estados Unidos. Y como si todo lo anterior no fuera suficiente hoy Cuba inunda al Tercer Mundo de médicos, enfermeros, maestros, instructores deportivos; una revolución que siembra educación, salud y vida, contra un imperio y sus aliados que siembran ignorancia, destrucción y muerte. Por eso, y por tantas otras cosas que sería imposible siquiera nombrar, vaya nuestra eterna gratitud para con el pueblo y el gobierno cubanos, para Fidel y para Raúl, y antes para el Che, para Camilo, para Haydée, y tantos otros héroes anónimos, cubanas y cubanos que con su lucha cotidiana y su tenacidad de hierro hicieron posible la sobrevivencia de la revolución y el renacimiento de las perspectivas del socialismo en América Latina.

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