¡Hola! Incluyo a continuación una recensión sobre dos libros míos que se acaban de publicar en España. Creo que quien la hizo –Santiago Alba Rico- ha demostrado una excesiva generosidad para con mi obra. De todas maneras, sus planteamientos tienen un alcance general en relación a la teoría marxista y a lo que él llama la “izquierda líquida”, alcance que va más allá del contenido de mis libros y por eso me parece oportuno darlo a conocer.

Aclaro, por las dudas, que la edición latinoamericana de Estado, capitalismo y democracia se encuentra agotada y, tal vez, en vías de re-edición. De Socialismo Siglo XXI hay una versión publicada en la Argentina por Ediciones Luxemburg, otra en Venezuela por Monte Ávila y una tercera en Cuba, de Ediciones en Ciencias Sociales.


(La presente nota salió publicada en Rebelión, el 2 de Noviembre de 2009

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Dos libros de Atilio Boron

"Diccionario y accionario del socialismo"

Santiago Alba Rico Rebelión

Estado, capitalismo y democracia en America Latina y Socialismo siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo?, de Atilio Boron, publicados por la editorial Hiru, Hondarribia (http://www.hiru-ed.com/)

El capitalismo, aparte un conjunto de relaciones económicas impersonales, implica también una política o, más exactamente, un aparato de gestión, al que son necesarios por igual, según lugares y circunstancias, los más sanguinarios pistoleros y los más refinados filósofos (como demuestra Frances Stonor Saunders en su exhaustivo estudio sobre "la guerra fría cultural"). Lo que caracteriza a este aparato de gestión es precisamente su falta de escrúpulos: durante los últimos setenta años ha utilizado alternativa o simultáneamente (con arreglo a criterios geo-estratégicos en un espacio económico desigual) el colonialismo, el fascismo, las dictaduras, las dictablandas, el Estado del bienestar, las instituciones (relativamente) democráticas, las instituciones financieras y los acuerdos comerciales e incluso el fundamentalismo religioso (como en Afganistán o en los Balcanes). Este aparato de gestión es muy versátil y no prefiere el fascismo. Pero tiene en cualquier caso dos límites impuestos por la propia estructura económica que trata de gestionar. El primero enseña que ni siquiera en sus períodos de crecimiento el capitalismo puede generalizar la democracia como procedimiento de gestión (limitada en el mejor de los casos a una región insignificante del planeta). El segundo revela que en el peor de los casos, en períodos de crisis o de recesión, la democracia es el único procedimiento de gestión verdaderamente incompatible con el capitalismo. En los últimos meses, la editorial Hiru -a la que debemos ya tanto- ha puesto en nuestras manos, como solidas tenazas, dos libros del sociólogo argentino Atilio Boron, sobradamente conocido por los lectores de Rebelión, pero cuya contribución decisiva al pensamiento político y a la sociología emancipatoria latinoamericana era hasta ahora inaccesible en España. Complemento o prolongación el uno del otro -extensión de una línea ferroviaria tendida del pasado al futuro- los dos libros trazan precisamente un mapa meticuloso de la cambiante gestión política del capitalismo en América Latina durante los últimos treinta años y ello con el propósito de desbrozar algunos obstáculos teóricos y adelantar algunas propuestas políticas. Lo raro de los trabajos de Boron es que se inscriben en una tradición que hasta no hace mucho era normal: la de una práctica teórica, rigurosa y operativa al mismo tiempo, que integra a partes iguales la de-finición y la pro-gramación. Las más de 500 páginas de Estado, capitalismo y democracia en América Latina, con su extraordinario espesor temporal, presuponen el principio epistemológico básico de que el diccionario es la primera calle en la que hay que levantar barricadas y de que, frente a la pansemia inducida desde la derecha y asumida perezosamente por una parte de la izquierda, hay algo ya revolucionario en definir bien los conceptos (“fascismo”, “dictadura”, “liberalismo”, “reforma” y, por supuesto, “democracia” son aquí implacable, impecablemente reconstruidos a la luz, o a la sombra, de la historia latinoamericana reciente). Las 160 páginas de Socialismo siglo XXI: ¿hay vida después del neoliberalismo? dejan claro, por su parte, que el marxismo es un diccionario y un accionario y que la pregunta “qué debemos pensar” sólo tiene sentido si sirve para responder a la cuestión impostergable de “qué podemos hacer”: al capitalismo, como lleno material e ideológico, no se puede oponer simplemente un conjuro vacío (¡socialismo!¡socialismo!). En una situación de crisis, de derrota histórica de las izquierdas y de luz todavía vacilante en América Latina, sólo la fusión de un buen diccionario y un buen accionario pueden introducir en el mundo un clinamen de supervivencia material y justicia social. Si tengo que empobrecerlos con un resumen casi ofensivo, diré que los libros de Boron aquí reseñados demuestran de manera irrefutable dos tesis negativas y una afirmativa. Las negativas son 1) la de que el capitalismo y el mercado son incompatibles con la democracia, incluso con la democracia liberal invocada desde sus entrañas (“más democracia implica necesariamente menos capitalismo”) y 2) la de que, si hubo alguna vez una vía capitalista al desarrollo económico, esa vía está agotada (es una “ruta clausurada” para los países llamados “periféricos”). La tesis afirmativa es la de que, al contrario de lo que han pretendido los defensores de la globalización neoliberal, con su yunque hegeliano, sí hay alternativa al capitalismo (y por lo tanto al despotismo político), aunque no basta con nombrarla ni, por supuesto, cabe esperar que comparezca por implosión, de manera automática, con solo embragar las contradicciones internas del sistema, las cuales conducen más bien, dejadas a su propio impulso, hacia la barbarie o el apocalipsis. “Quien quiera hoy hablar de desarrollo (y de democracia) tiene que estar dispuesto a hablar de socialismo”, escribe Boron, y eso significa, sobre todo, tomarse en serio los obstáculos objetivos y subjetivos y excogitar un proyecto y una estrategia ajustados a la dura orografía del terreno (en términos económicos, sí, pero también políticos, antropologicos y ecológicos). Al final de su vida, en los años 80, en una época que era ya la nuestra, el filósofo marxista Manuel Sacristán resumía los deberes del intelectual-militante en una ceñida divisa de inspiración muy gramsciana: “ni engañarse ni desnaturalizarse”. Es ése el horizonte en el que se inscribe la obra de Atilio Boron. No engañarse quiere decir asumir la desproporción entre las condiciones objetivas y las condiciones subjetivas para el cambio, aceptar que las fuerzas productivas son también fuerzas destructivas, abandonar todas las ilusiones economicistas o, aún peor, tecnologicistas que abonan optimismos irracionales y resignarse, en fin, a operar a partir de una realidad angosta y adversa; significa averiguar “qué podemos hacer” allí donde ni el desprecio por el poder ni los radicalismos metafísicos -tan tentadores, sobre todo, para las izquierdas europeas, condenadas a una actividad puramente “intelectual”- llegan a rozar siquiera el objeto de la lucha. Pero, al mismo tiempo, no desnaturalizarse; es decir, no aceptar esa realidad angosta como el medio ecológico de una supervivencia individual dispuesta a cualquier negociación o componenda en nombre del pragmatismo político; o, lo que es lo mismo, tener siempre presente “qué debemos pensar” a fin de no confundir nunca lo que es posible hacer en un momento determinado con lo que es preciso alcanzar al cabo de un combate siempre incierto, siempre cambiante, en el que -digámoslo con una paradoja- lo único dado de antemano es todo. Lo que da coherencia teórica y eficacia política a la obra de Boron es justamente la integración sobre el terreno de estas dos dimensiones, la que señala rigurosamente “qué debemos pensar” y la que indica tentativamente “qué podemos hacer”, integración que lleva al sociólogo argentino -a la sombra fecunda de Gramsci, Mariátegui y el Che- a una sensatez descomunal: contra los reformismos claudicantes y los capitalismos de rostro humano, Boron insistirá en la lucha de clases y la transformación radical del modelo económico; contra el espontaneísmo negrista, el comunitarismo autista y los radicalismos inútiles, defenderá las pequeñas conquistas, las “reformas” que revelan los límites del sistema, el “poco” de democracia que, intolerable para el capitalismo, agudiza ya la lucha y atiza las conciencias. América Latina es en estos momentos el centro político del planeta. Sería absurdo pensar que en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador (ni siquiera en Cuba) hay ya socialismo; pero sería más absurdo aún desdeñar, o incluso combatir, esas experiencias, arraigadas ya en instituciones, tan pruriginosas para el capitalismo, so pretexto de que están por debajo del 10 o de que es más bonito transformar el mundo sin tomar el poder. ¿Qué debemos pensar? En Estado, capitalismo y democracia en América Latina Atilio Boron nos proporciona un rigurosísimo diccionario teórico convertido ya, por su consistencia y su perspectiva, en un clásico del marxismo. ¿Qué debemos hacer? En Socialismo siglo XXI: ¿hay vida después del neoliberalismo se atreve además a proponer un accionario político cristalizado en una definición concreta del socialismo futuro (que exige pensar de nuevo la relación público/estatal, la centralización de la economía y la hechura de la democracia y el derecho) y en toda una serie de medidas presentes con las que, en el pugnaz interregno, los nuevos gobiernos latinoamericanos pueden desactivar las “contrarreformas” neoliberales de las últimas décadas: reconstrucción del Estado, anulación de la deuda externa, reforma tributaria, reforma agraria, etc. Diccionario y accionario, pues, se conjugan en estas dos obras imprescindibles para demostrar que “hay vida después del neoliberalismo, que otro mundo es posible y que la historia todavía no ha dicho su última palabra”. Pero para esto -dejemos la última palabra al propio Atilio Boron- “es preciso que las fuerzas políticas y sociales de izquierda tengan claridad teórica para “leer” correctamente la coyuntura nacional e internacional y determinar con precisión la correlación de fuerzas en pugna; eficacia organizativa para atraer, encuadrar y organizar la resistencia y las luchas del campo popular; y capacidad didáctica para diseminar el pensamiento crítico en el conjunto de las clases y capas subalternas. De lo contrario, pueden caer en un “revolucionarismo retórico” tan desacertado como estéril y que sólo ha servido para que la izquierda sectaria practique su pasatiempo favorito: inventariar y denunciar a la legión de líderes “traidores” y organizaciones renegadas que a lo largo de la historia abortaron con su indecisión y cobardía la infinidad de procesos revolucionarios que, según su frondosa imaginación, se hallaban en curso en los más apartados rincones del planeta”.

8 comentarios:

lycophidion dijo...

Hermano, me parece que no es correcto afirmar que la política hacia Honduras sea "más allá de las preferencias de Obama." Obama es el representante de la clase dominante, es el jefe del estado y el comandante en jefe de las FFAA norteamericanas. Y las políticas -- tanto las interiores como las exteriores -- que ha promovido e implementado desde el comienzo de su administración han demostrado claramente "su preferencia", es decir su apego al proyecto de la clase dominante de los EEUU. Ya es hora de dehacerse de la ilusión de que Obama es más progresista, que pretende cambiar las cosas, etc. ¡Es pura pantalla!

Atilio A. Boron dijo...

Hola! Coincido con lo que dices. En todas mis notas sobre el tema insistía en eso mismo, antes de que BO asumiera la presidencia. Pero ahora me estaba refiriendo a quienes dicen precisamente eso, que BO quería pero no pudo cambiar la política sobre Honduras. Son especulaciones: no sabemos lo que quería, pero sí lo que el estado norteamericano quiso, y BO no hizo nada para impedirlo.
Gracias por el comentario.

Atilio A. Boron dijo...

Hola! Coincido con lo que dices. En todas mis notas sobre el tema insistía en eso mismo, antes de que BO asumiera la presidencia. Pero ahora me estaba refiriendo a quienes dicen precisamente eso, que BO quería pero no pudo cambiar la política sobre Honduras. Son especulaciones: no sabemos lo que quería, pero sí lo que el estado norteamericano quiso, y BO no hizo nada para impedirlo.
Gracias por el comentario.

lycophidion dijo...

¡Hola!

¡En efecto! Aunque creo que su papel es activo, y no pasivo, en la política norteamericana, y en el caso de Honduras, en particular. Y su política hacia Honduras no es más que la misma política de la doble vía que todos los mandatarios y administraciones de mi querido país han seguido hacia América Latina, desde Kennedy y la Alianza por el Progreso, con distintos matices y 'toques personales'.

Por otro lado, no sé que tal esta tu dominio del inglés, pero hay un sitio afronorteamericano que ha venido publicando análisis críticas, con mucho acierto, acerca del gesto, campaña y administración de Obama desde el principio, que se llama Black Agenda Report. ¿Tal vez lo conoces? El sitio es: www.blackagendareport.com. Y he aquí un comentario acerca de la política gringa en Honduras: www.blackagendareport.com/?q=content/us-stomps-honduran-democracy-militarizes-colombia.

¡Suerte, y sigas adelante, compañero! Disfruto y aprendo de tus comentarios en Rebelión.

Jose Cuero dijo...

Hace rato vengo leyendo sus textos, como sus análisis en rebelión y este blog. Coincido con el reseñador, usted es ya un clásico del marxismo, o más bien, es uno de los marxistas vivos más importantes, si no el más importante, de Latinoamérica. Es mi obligación leer sus textos, y releer los que ya me he leído.

Hua Cai dijo...

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