Entrevista en Amsterdam realizada en mayo de 2008

Nota introductoria de Radio Nederland

Atilio Boron, es uno de los sociólogos y politólogos más conocido en América Latina. Argentino, estudió en Estados Unidos y actualmente dirige PLED, el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales. Durante varios años se desempeñó como secretario ejecutivo de CLACSO, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Es autor de decenas de artículos y de libros.

Aprovechando una visita a Holanda, donde impartió una charla en el TNI, el Transnational Institute con sede en Amsterdam, fue entrevistado por Radio Nederland.

La conversación giró desde temas de actualidad, como las tensiones en la región andina del norte, con Colombia en el centro del foco, el papel de la OEA y del Grupo de Río en la solución de esta crisis. Ese fue también el tema central de su conferencia en la sede del TNI: "El giro a la izquierda en América Latina, problemas y proyecciones".

En este video, de casi 40 minutos de duración, Boron habla de Chávez, Bush, Uribe, Correa, Lula y otros mandatarios y de sus países y sus políticas. La integración, el papel de Europa en América Latina y el futuro de la región también es tratado.

Además le preguntamos sobre su invitación a Aristóteles a recorrer América Latina, y sobre la conclusión a que llegan ambos: " En la región lo que hay es un fetichismo democrático". Según Boron - y Aristóteles por supuesto- la "democracia capitalista" es una falacia, y debería hablarse más bien de un "capitalismo democrático", expresión que revela que en los países de esa región lo sustancial es el capitalismo mientras que "lo democrático" es apenas un accidente, es decir, un rasgo menor y contingente, y subordinado a la lógica de la acumulación capitalista.





La IV Flota destruyó a Imperio



Sí; la IV Flota terminó por hundir a Imperio, el libro de Michael Hardt y Antonio Negri demostrando, una vez más, que las réplicas de la historia son impiadosas con las modas intelectuales que, en su tiempo, lucían como indiscutibles o inexpugnables. La nefasta tesis que proponían aquellos autores: pensar que existía un “imperio sin imperialismo” ha quedado sepultada por los hechos. Que en paz descanse.

Un poco de historia

Podría argumentarse: ¿y a quién le importa la muerte de un desvarío de dos intelectuales? Respuesta: a mucha gente y, especialmente, a las fuerzas sociales que luchan por la construcción de un mundo mejor, por una sociedad socialista. Para comprender mejor el porqué de esta respuesta conviene hacer un poco de historia. Precisamente cuando el neoliberalismo comenzó a sufrir los embates de una resistencia que a comienzos de nuestro siglo se extendía por las más diversas latitudes apareció el libro de Hardt y Negri. De inmediato la obra fue saludada por toda la prensa imperialista mundial como el nuevo “Manifiesto Comunista” del siglo veintiuno; un manifiesto que, a diferencia de su predecesor escrito por Marx y Engels un siglo y medio antes, demostraba su sensatez al fulminar sin atenuantes a los dinosaurios que aún hablaban del imperialismo, creían que las transnacionales se apoyaban en la fortaleza de los estados nacionales y que éstos, lejos de estar en vías de extinción, se fortalecían en el capitalismo metropolitano mientras se debilitaban en la periferia del sistema. Un curioso manifiesto comunista en cuyas páginas brillaban por su ausencia las contradicciones de clases, la dialéctica y la revolución, y que erigía como modelo de lucha contra el fantasmagórico imperio ... ¡al bueno de San Francisco de Asís! (de quien se decía que amansaba a lobos hambrientos con el sonido de su violín) y relegando al museo de los arcaísmos revolucionarios a figuras como el Che Guevara, Fidel, Lenin, Mao, y Ho Chi Mihn, entre tantos otros. Por varias razones que no viene al caso exponer aquí la influencia de estos disparates en las primeras reuniones del Foro Social Mundial de Porto Alegre fue enorme, y quienes objetábamos las tesis de Hardt y Negri debimos remar a contracorriente para lograr que se nos escuchara. Muchos de quienes impidieron un debate a fondo sobre este asunto terminaron siendo los representantes ideológicos de los anguiliformes gobiernos de centro-izquierda que, poco después, se afianzarían en la región.

No era fácil objetar los planteamientos de un pensador dueño de una trayectoria marxista tan dilatada como Toni Negri. Imperio, escrito conjuntamente con el estadounidense Michael Hardt -un profesor de Teoría Literaria de la Universidad de Duke- es un libro voluminoso, enrevesado y por momentos críptico (o confuso, si no se quiere ser tan benévolo) cuya tesis central: “el imperio no es imperialista” sonó como música celestial para los imperialistas No causó sorpresa, por lo tanto, el aluvión de elogios con que el libro fue recibido por el mundo “bienpensante” y la industria cultural del imperio: no es cosa de todos los días que dos autores que se autodenominan “comunistas” planteen una tesis tan grata y tan coherente con los deseos y los intereses de los imperialistas de todo el mundo, y muy especialmente con los de la “Roma americana”, al decir de José Martí, que aporta los fundamentos materiales, militares e ideológicos sobre los cuales reposa todo el imperialismo como sistema.

La interminable sucesión de errores y confusiones que se desgranaban a lo largo del libro –salpicadas, es verdad, con alguna que otra observación más o menos razonable- fue objeto de numerosas críticas. Pensadores marxistas de las más diversas corrientes cuestionaron y refutaron esa obra.1 Por nuestra parte, asumimos como una exigencia de la militancia anti-imperialista dedicar un tiempo precioso para escribir un pequeño libro destinado a rebatir las tesis centrales de Imperio y a tratar de contribuir a neutralizar la profunda confusión ideológica en que, a causa de las mismas, habían caído los movimientos de la alterglobalización.2 Es que, en línea con el discurso predominante del neoliberalismo y bajo una retórica de izquierda el libro de Hardt y Negri contrariaba con una insoportable mezcla de ignorancia y soberbia toda la evidencia empírica arrojada por numerosos estudios sobre la dominación imperialista y sus consecuencias. Aparte de la disparatada tesis central: un imperio sin relaciones imperialistas de dominación, saqueo y explotación, también se afirmaba que el imperio carece de un centro, no tiene un “cuartel general” ni puesto de comando y tampoco se afianza sobre base territorial alguna; mucho menos puede decirse de que cuente con el respaldo de un estado-nación. Para Hardt y Negri el imperio es una benévola constelación de múltiples poderes sintetizados en un régimen global de soberanía, permanentemente jaqueada por una fantasmagórica “multitud”: una vaporosa o líquida, al decir de Zigmunt Bauman, agregación altamente inestable y cambiante de sujetos que, por una incomprensible paradoja, eran simultáneamente los verdaderos creadores del imperio y podían ser sus eventuales sepultureros si es que por un milagro lograban curarse de la esquizofrenia que los condujo a crear algo que los oprimía y que, a la vez, querían destruir.

Es por todo lo anterior que pocas imágenes podrían ser más del agrado del gobierno de Estados Unidos y las clases dominantes de ese país y sus aliados en todo el mundo que esta embellecida visión de sus cotidianas tropelías, crímenes, atropellos y el genocidio que lenta y silenciosamente practican día tras día por los cuatro rincones de la tierra, y muy especialmente en el Tercer Mundo. Pocas, también, podrían haber sido más oportunas en momentos en que Estados Unidos se había convertido en la potencia imperialista más agresiva y poderosa de la historia de la humanidad y en el estado nación imprescindible e irreemplazable para sostener con su formidable maquinaria militar, su enorme gravitación económico-financiera y el fenomenal poderío de su industria cultural (desde Hollywood hasta sus universidades, pasando por sus tanques de pensamiento y los medios de comunicación de masas y, last but not least, su control estratégico de la Internet, no compartido ni siquiera con la Unión Europea y Japón) toda la arquitectura del sistema imperialista mundial.

La IV Flota entra en escena

Ahora bien: si alguna prueba hacía falta para invalidar irreparablemente las tesis centrales de Imperio (y para convencer a los más remisos del carácter insanablemente erróneo de ese libro) la reactivación ordenada por el gobierno de Estados Unidos de la IV Flota aportó la evidencia necesaria para cerrar definitivamente el caso. Herido de muerte por la invasión y ocupación estadounidense de Irak, donde fue un estado-nación quien produjo el zarpazo que, a la vieja usanza imperialista, arrasaría con ese país para apoderarse de su riqueza petrolera y favorecer a “sus transnacionales”, Imperio sucumbió definitivamente ante la nueva iniciativa ordenada por el Departamento de Defensa en Abril del 2008.3

Desactivada desde 1950, la IV Flota (de Estados Unidos, no de un poder “global y abstracto” o de las Naciones Unidas, como Hardt y Negri nos inducirían a creer) fue sacada de su letargo con el mandato específico de patrullar la región y monitorear los acontecimientos que se puedan producir en el vasto espacio conformado por América Latina y el Caribe. No sólo se trata de controlar el litoral marítimo en el Atlántico y el Pacífico sino que también -se deslizó con llamativa imprudencia- podría inclusive navegar por los caudalosos ríos interiores del continente con el propósito de perseguir narcotraficantes, atrapar terroristas y desarrollar acciones humanitarias que hubieran provocado la envida de la madre Teresa de Calcuta. No hace falta ser demasiado perspicaz para caer en la cuenta que la penetración de la IV Flota por el Amazonas y su eventual estacionamiento en ese río le otorgaría un sólido respaldo militar a la pretensión norteamericana de convertir a esa región en un “patrimonio de la humanidad bajo supervisión de las Naciones Unidas.” Tampoco se requiere de demasiada imaginación para percatarse de lo que podría significar la navegación de la IV Flota por los grandes ríos sudamericanos (en soledad o con el auxilio de fuerzas locales aliadas al imperialismo) para maniatar y subyugar la que, en un trabajo reciente, Perry Anderson calificara como la región más rebelde y resistente al dominio neoliberal del planeta.

Con esta iniciativa Estados Unidos, el centro indiscutido del imperio y el locus donde reside su cuartel general, viene a completar por los mares y ríos lo que ya había sido parcialmente obtenido mediante el emplazamiento en nuestra geografía de una serie de bases y “misiones militares” y por su predominio aéreo y del espacio exterior, especialmente en el terreno satelital: el control integral de lo que los expertos en geopolítica de Estados Unidos llaman la gran isla americana. Gracias al Plan Colombia (y en menor medida al Plan Puebla-Panamá) y a las numerosas bases militares con que cuenta en la región Washington detenta un decisivo y monopólico control territorial que se extiende desde México, en el Norte y llega hasta la Triple Frontera, con la Base Mariscal Estigarribia en Paraguay, e inclusive hasta la propia Tierra del Fuego, en el extremo Sur de la Argentina en donde también hay personal militar norteamericano. 4

Una nota producida hace pocos meses por Stella Calloni consigna que en Tierra del Fuego el gobierno de esa provincia argentina emitió un decreto cediendo tierras “para la instalación de una base estadounidense que se supone realizará ‘estudios nucleares con fines pacíficos’ ”. Esta decisión del gobierno provincial se apoya en una ley aprobada en 1998 por la Cámara de Diputados de la Nación, durante la presidencia de Carlos S. Menem, en cuyos anexos se contempla que ‘podrán realizarse explosiones nucleares subterráneas con fines pacíficos’. El decreto del ejecutivo fueguino autoriza la instalación de una base del Sistema Internacional de Vigilancia para la Prevención y Prohibición de Ensayos y Explosiones Nucleares ... y habilita para ‘los integrantes de esta base el libre tránsito por la provincia, si así lo requieren para sus estudios’.” Por último anota Calloni que existe el peligroso antecedente de la “inmunidad total” que el Paraguay otorgara, en 2005, a las tropas estadounidenses radicadas en ese país” y que motivara la condena unánime de los organismos defensores de los derechos humanos en toda América Latina. 5

Resumiendo: en la actualidad el control que Estados Unidos detenta del espacio aéreo latinoamericano es absoluto e inexpugnable, habida cuenta de su enorme superioridad tecnológica que, entre otras cosas, le permitió organizar y ayudar a ejecutar, paso a paso, la enigmática “operación rescate” de Ingrid Betancourt y los otros “rehenes de oro” que tenían en su poder las FARC.6 A lo anterior debe sumársele su presencia territorial y, ahora, agregársele el dominio de los mares, con lo cual el círculo se cierra sobre América Latina y el Caribe. Círculo que se estrecha cada vez más para los cuatro gobiernos que en nuestra región están librando una batalla diaria y sin cuartel contra el imperialismo: Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Misiones manifiestas y latentes

Una versión “candorosa” de la misión de la IV Flota (apta para el consumo de las buenas almas incapaces de reconocer la maldad) la brindó hace pocas semanas el Almirante James Stavridis. En una nota, reproducida en los principales periódicos de América Latina, este militar sostiene que “el restablecimiento de la IV Flota” es un reconocimiento a la “excelente cooperación, amistad y mutuo interés en las Américas entre nuestra armada y las armadas de toda la región.” Después de asegurar que “no hay naves permanentemente asignadas a la IV Flota … y no tendrá ningún buque portaaviones asignado” destacó que entre las principales operaciones marítimas que podrían llevarse a cabo con las armadas de la región se incluyen, (llamativamente en primer lugar) “la asistencia humanitaria …, el apoyo a las operaciones de paz, la asistencia en las situaciones de desastres y las operaciones de auxilio, en las operaciones antinarcóticos y …en las de cooperación regional y de entrenamiento inter-operacional.”7

Es evidente que el lenguaje empleado por Stavridis no por casualidad tiene la suficiente ambigüedad como para ocultar las verdaderas intenciones que se ocultan detrás de tan significativa decisión. ¿Es concebible pensar que Estados Unidos va a reactivar la IV Flota para ofrecer “asistencia humanitaria” a América Latina y el Caribe? Esto no lo puede creer nadie, porque para eso no hace falta una flota naval y además porque semejante arranque de altruismo jamás ha figurado en la agenda de la política exterior estadounidense. Esta sigue fiel al viejo dictum de John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, cuando dijera que ese país “no tiene amistades permanentes sino intereses permanentes.”

Esta política, por lo tanto, poco tiene de novedosa. La Doctrina Monroe, formulada en 1823 -¡es decir, un año antes de la batalla de Ayacucho que complementaría la primera etapa de la lucha por la independencia de nuestros pueblos!- apuntaba en esa dirección y reafirmaba el “interés permanente” de Estados Unidos por controlar y dominar América Latina. Tal como lo señala el historiador Horacio López, a fines del siglo XIX un oficial de la Armada estadounidense, Alfred Thayer Mahan, perfeccionaría en el plano de la geopolítica las recomendaciones que se desprenden de la Doctrina Monroe.8 La preocupación de Mahan surgió como respuesta ante la problemática planteada por la guerra Hispano-americana que culminó, en el Caribe, con la incorporación de Cuba y Puerto Rico a su hegemonía (si bien bajo diferentes condiciones) y la estrategia que Estados Unidos debía poner en práctica para asegurar su indisputado predominio en el Caribe, definido a partir de entonces como el Mare Nostrum estadounidense. Contrariando las interpretaciones dominantes en su tiempo Mahan sostiene que la extensión del poder continental de Estados Unidos pasaba por el control global de los océanos y de las líneas de comunicaciones marítimas, lo que exigía la conformación de una poderosa flota militar y mercante. A partir de estas premisas Mahan, observa López, planteó la necesidad de construir un canal en Centroamérica para resolver, en caso de conflictos, el rápido traslado de la flota de guerra estadounidense de una costa a la otra dado que la travesía por el estrecho de Magallanes insumía, en esa época, más de sesenta días de navegación.. Una vez que se construyera el canal, se suscitaría el problema de su defensa para evitar que cayera en manos enemigas. López cita al sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel quien afirma que “c omo una manera de asegurar la defensa del futuro canal, Mahan recomendó que antes de construirlo Estados Unidos debía adquirir Hawai y controlar militarmente las cuatro rutas marítimas caribeñas al noreste del canal: el Paso de Yucatán (entre Cuba y México); el Paso de los Vientos (la principal ruta norteamericana de acceso al canal entre Cuba y Haití); el Paso de la Mona (entre Puerto Rico y la República Dominicana) y el Paso de Anegada (cerca de St. Thomas en las aguas orientales de Puerto Rico). Mahan recomendó a las élites norteamericanas la construcción de bases navales en estas zonas como paso previo a la construcción de un canal y como paso indispensable para transformar a los Estados Unidos en una superpotencia.” 9

Si se examina el itinerario de la política exterior de ese país se podrá comprobar que las recomendaciones de Mahan no cayeron en saco roto: Estados Unidos se apoderó de Cuba y Puerto Rico e, indirectamente, de las pequeñas naciones del Caribe y Centroamérica; hizo lo propio con el archipiélago de Hawai en 1898 y al poco tiempo se apropió de las Filipinas, las Islas Marianas y otras posesiones en el Pacífico Occidental. Todo este esfuerzo se vio coronado con la cuidadosamente planeada secesión de la norteña provincia colombiana de Panamá, en 1903, y la firma de un tratado que permitiría la construcción del Canal, que sería inaugurado en 1914. 10 En esa oportunidad las autoridades “independientes” de Panamá concedieron a Estados Unidos los derechos a perpetuidad del canal y una amplia zona de 8 kilómetros a cada lado del mismo a cambio de una suma de 10 millones de dólares y una renta anual de 250 000 dólares. Esta situación sería modificada gracias al Tratado Torrijos-Carter, firmado en 1977, y que devolvería el Canal a la soberanía panameña el 31 de Diciembre de 1999.

De esta somera descripción surge con bastante claridad la coherencia de la política exterior de la Casa Blanca hacia América Latina, el rol importantísimo jugado por la Armada y, en consecuencia, la muy fundada sospecha que la reactivación de la IV Flota está llamada a jugar un papel mucho más importante que el anunciado en la propaganda oficial. En otras palabras, que su misión verdadera poco tiene que ver con la manifiestamente declarada.

Sabemos por experiencia los problemas definicionales con que tropieza quien pretenda descifrar el significado de “seguridad regional”, “terrorismo” y “narcotráfico” cuando estas expresiones son propuestas en los discursos o documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos. Cualquiera que se oponga a los designios imperiales puede ser fulminado con la calificación de terrorista o narcotraficante o, más fácil todavía, como “cómplice” de aquellos. El argumento de la lucha contra el narcotráfico no sólo es falso; es cómico. Afganistán y Colombia, dos países en donde la presencia norteamericana es abrumadora (podría decirse inclusive que, sobre todo en el primer caso, son países “ocupados” militarmente por Washington) no por casualidad registran en los últimos años una vigorosa expansión de los cultivos de amapola y coca y, además, el tráfico de sustancias prohibidas, algo insólito que ocurra bajo la celosa mirada de quienes ahora se arrogan la responsabilidad de combatir al narcotráfico en América Latina. Un estudio reciente concluye que la invasión y ocupación de Afganistán desde Octubre del 2001 “no destruyó la economía de la droga en ese país. Peor aún, Afganistán ha vuelto a convertirse en el mayor productor mundial de opio … y el cultivo de la amapola se ha extendido por todas las provincias del país y su cosecha aporta el 92 % del opio producido en todo el mundo y aproximadamente el 90 % de toda la heroína consumida.” Y en lo tocante al caso colombiano los autores sostienen que “a pesar de años de campañas de erradicación la producción y el suministro de drogas ilegales permanecieron estables en la región.” 11 El Informe de la Organización de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC) de 2008 revela que en 2007 la cosecha de amapola en Afganistán fue la mayor desde que se llevan registros estadísticos y que la producción de opio se duplicó entre 2005 y 2007. También se señala que en ese país también se verifica una impetuosa expansión del cultivo de marihuana.12 Y en Colombia se estima que en el último año la superficie sembrada con coca se incrementó en un 27 por ciento, pese a las campañas de fumigación, la presencia de tropas norteamericanas y las políticas de “combate” al narcotráfico diseñadas por el gobierno colombiano mancomunadamente con la Casa Blanca. Ante la contundencia de estos hechos, ¿quién podría ser tan ingenuo como para creer que la IV Flota levaría anclas para perseguir narcotraficantes cuando bajo la protección de las tropas norteamericanas el cultivo y el tráfico de estupefacientes floreció en Afganistán y Colombia? Lo que la experiencia sugiere es que casi con seguridad una de sus principales misiones será organizar el tráfico de drogas de modo tal que lo recaudado termine canalizándose hacia la banca norteamericana encargada de lavar el dinero mal habido.

El pretexto de la lucha antiterrorista contra el radicalismo islámico es tan poco persuasivo como el anterior: salvo los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, ocurrida en Buenos Aires a comienzos de los años noventa (y cuya génesis, responsables y ejecutores aún se encuentran en las sombras por la pasmosa ineficacia, o corrupta complicidad, de algunos funcionarios del estado argentino en sus diferentes ramas) no existe en la región actividad alguna comprobada de células vinculadas a Al Qaeda u otra organización similar. La lucha contra el terrorismo internacional debería librarse en Washington, pues allí se encuentran sus principales responsables: la escandalosa protección oficial brindada al terrorista probado y confeso Luis Posada Carriles y la no menos escandalosa detención, en condiciones inhumanas que no se le aplican ni al más desalmado criminal, de los cinco jóvenes cubanos que se infiltraron en las organizaciones terroristas basadas en Miami le quitan por completo la más mínima pretensión de verosimilitud al proclamado objetivo de la Casa Blanca de combatir al terrorismo.13 En cuanto a las intenciones humanitarias de la IV Flota no dejan de ser un simple pretexto para encubrir sus verdaderas e inconfesables intenciones: posicionarse en la región para estar prestas a intervenir ni bien lo exijan los imperativos de la coyuntura.14

Contrariando las piadosas declaraciones de Stavridis un comunicado oficial del Departamento de Defensa de Estados Unidos manifestó que IV Flota contará con toda clase de navíos, submarinos y aviones, y que su apostadero (Mayport, en el estado de Florida) es una base naval que cuenta con un vasto arsenal nuclear. Según ese comunicado el objetivo perseguido por la reactivación de la IV Flota fue “responder al creciente papel de las fuerzas de mar en el área de operaciones del Comando Sur (de Estados Unidos) y demostrar el compromiso de Washington con sus socios regionales”.15 No es necesario extremar demasiado la imaginación para saber quienes califican como “socios regionales” y quienes, como Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, son considerados como los “enemigos globales” que desestabilizan la región y atentan contra la “seguridad marítima” de la región. La declaración oficial del Pentágono no podría haber sido más vaga: esta fuerza tendría a su cargo varias misiones, en un rango que va desde “operaciones contingentes, la lucha contra el “narco-terrorismo” hasta ciertas actividades relacionadas con la seguridad en el teatro de operaciones. Como puede observarse, la IV Flota tiene un mandato para hacer prácticamente cualquier cosa, y no es casual que su reactivación haya coincidido con el bombardeo por parte de la Fuerza Aérea de Colombia de un campamento de las FARC precariamente instalado en territorio ecuatoriano y a pocos kilómetros de la frontera, operación ésta que, al igual que la “liberación” de los quince rehenes en poder de la FARC, no hubiera sido posible sin el apoyo informático y satelital de Estados Unidos. Tampoco es casual que tenga lugar cuando los esfuerzos por desestabilizar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia pusieron en evidencia sus limitaciones y los gobernantes de esos países lograron, al menos hasta ahora superar, todos los obstáculos y acechanzas interpuestas por la Casa Blanca y sus lugartenientes en la región. La aplastante victoria de Evo Morales en el reciente referendo revocatorio del 10 de Agosto debe haber sumido en la desesperación a muchos en Washington y en la Media Luna de Bolivia.

Para resumir: lo cierto es que el Pentágono contempla dotar a la IV Flota con un equipamiento similar al que cuentan la Quinta Flota, que opera en el Golfo Pérsico, y la Sexta, estacionada en el Mediterráneo. Declaraciones posteriores del Pentágono admitieron que al menos un portaaviones y varios submarinos formarán parte de la flota encargada de patrullar en aguas latinoamericanas. En ese mismo cable originado en Washington -y publicado por La Nación bajo la firma de su corresponsal en esa ciudad Hugo Alconada Mon- se dice que “dentro de la órbita del Comando Sur operan hoy 11 barcos, un número que podría aumentar en el futuro. Qué tipo de naves se desplegarán "es cuestión del momento, de las misiones específicas" … (p)ero los primeros indicios apuntan al flamante portaaviones George H. W. Bush, que estará operativo desde fines de este año, como posible corazón de la IV Flota.” 16

Según el mismo enviado a Washington, “el almirante Gary Roughead, gestor intelectual del renacimiento de la unidad” tiene como meta “asegurar la seguridad en este mundo globalizado”. Interrogado sobre el significado de esa expresión Roughead se limitó a decir que la IV Flota podrá estar “lista en todo momento para todo desafío. Por eso somos una Armada global”. Si se recuerda la extraordinaria amplitud que la nueva doctrina estratégica norteamericana anunciada en Septiembre de 2002 -la guerra infinita y global contra el “terrorismo” y el hecho de que la paranoia oficial reinante en Washington considere como “terrorista” a todo aquel que resiste las agresiones del imperialismo- pocas dudas caben acerca del papel real que habrá de desempeñar la IV Flota: ser un elemento de chantaje y disuasión para los gobiernos de la región que se opongan a los imperialistas y un significativo apoyo “extramuros” para sus aliados entre las clases dominantes locales. 17

El documento del Comando Sur de Estados Unidos denominado US Southern Command Strategy: 2016 Partnership for the Americas es calificado por el especialista en relaciones internacionales Juan Gabriel Tokatlian como “el plan más ambicioso que haya concebido en años una agencia oficial estadounidense respecto a la región.” 18 Según este documento en la nueva conformación de la política estadounidense hacia nuestra región no desempeñan papel alguno ni los tradicionales instrumentos de predominio militar, como la Junta Interamericana de Defensa o el ya difunto Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, pasado a mejor vida luego de la Guerra de Las Malvinas en 1982; ni tampoco organismos multilaterales como la OEA o las Naciones Unidas. Señala asimismo que “las instancias políticas internas (los Departamentos de Estado, Justicia y Tesoro) de interacción con el hemisferio se han evaporado en el documento. El Comando Sur anuncia su papel y proyección en el área para los siguientes diez años como lo haría un procónsul continental.” Y esto pese a que en la región “ni existen tiranos con armas de destrucción masiva, ni hay formas de terrorismo transnacional de alcance global.” 19 La militarización de la política internacional es una de las consecuencias de la nueva doctrina estratégica anunciada al mundo en Septiembre de 2002 y ratificada ahora por el Pentágono a través de su instrumento regional: el Comando Sur. Nótese que el reverso de esta concepción que militariza la escena internacional es la criminalización de la protesta social en el plano doméstico, hacia lo que apunta la ya referida legislación antiterrorista aprobada, bajo la fuerte presión estadounidense, en casi todos los países del área. Y para combatir en ambos terrenos, el internacional y el nacional, el imperio apela a la eficacia disuasiva de las armas. Ese y no otro es el papel real que la IV Flota está llamada a cumplir en América Latina y el Caribe.20

Un debate terminado, una confusión menos

Como decíamos al principio, la puesta en funcionamiento de la IV Flota liquidó el debate en torno a la naturaleza del imperio. Tal como lo plantea el marxismo, las controversias teóricas y políticas no se resuelven con ingeniosos juegos de lenguaje o encendidas pirotecnias verbales sino en la vida práctica de pueblos y naciones. Y el debate sobre el libro de Hardt y Negri ya se acabó: el primer golpe mortal lo había propinado la Guerra de Irak, que desde el principio demostró claramente ser una clásica guerra imperialista de anexión lanzada para apropiarse del petróleo iraquí. Y el tiro de gracia lo acaba de descerrajar la decisión de reactivar la IV Flota. Para estudiar seriamente el imperialismo Hardt y Negri deberían haberse inspirado en la actitud de V. I. Lenin -un autor por quien no ocultan su menosprecio- cuando se propuso investigar la naturaleza del imperialismo a comienzos del siglo veinte: leer toda la literatura relevante producida por los intelectuales de la burguesía imperialista. En lugar de ello Hardt y Negri se regodearon transitando por los inconsecuentes meandros de la filosofía posmoderna francesa mientras el imperio verdadero -no el que ellos alucinaban- desfilaba ante sus dilatadas pupilas sin tener la menor conciencia de ello. Su desconocimiento de la densa literatura imperialista producida por la derecha norteamericana desde Reagan hasta nuestros días es imperdonable. Si hubieran tenido la curiosidad propia del espíritu científico y se hubiesen asomado a leer algo, aunque sea lo que escribía uno de los voceros más caracterizados del pensamiento imperialista norteamericano y principal columnista de asuntos internacionales del New York Times, Thomas Friedman, se habrían proporcionado un baño de sobriedad y probablemente dado cuenta de que algo no funcionaba demasiado bien en su teoría. 21 Poco antes de la aparición de Imperio Friedman escribió una nota en la que decía, sin tapujo alguno, que “la mano invisible del mercado global nunca opera sin el puño invisible. Y el puño invisible que mantiene al mundo seguro para el florecimiento de las tecnologías del Silicon Valley se llama Ejército de Estados Unidos, Armada de Estados Unidos, Fuerza Aérea de Estados Unidos y Cuerpo de Marines de Estados Unidos (con la ayuda, incidentalmente, de instituciones globales como las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional. … Por eso cuando un ejecutivo dice cosas tales como ‘No somos una compañía estadounidense. Somos IBM-US, o IBM-Canadá, o IBM-Australia, o IBM-China” les digo: ¿ Ah sí ? Bueno, entonces la próxima vez que tengan un problema en China llamen a Li Peng para que le ayude. Y la próxima vez que el Congreso liquide una base militar en Asia –y usted dice que no le afecta porque no le preocupa lo que hace Washington- llame a la Armada de Microsoft para que le asegure las rutas marítimas de Asia. Y la próxima vez que un novato congresista republicano quiera cerrar más embajadas estadounidenses llame a America-On-Line cuando pierda su pasaporte.” 22

Este es el “imperio realmente existente”, el “sheriff solitario” del que habla Huntington, con la omnipresencia de los estados metropolitanos, y sobre todo del estado fundamental para la preservación de la estructura imperialista mundial: Estados Unidos; con la proliferación de grandes empresas “nacionales” con proyección global respaldadas por sus estados (los mismos que en su cándida ensoñación Hardt y Negri creían desaparecidos) y con el decisivo componente militar que caracteriza a esta época –donde los pueblos supuestamente estarían cosechando los dividendos de la “paz mundial”, una vez implosionada la antigua URSS, causante del equilibrio del terror atómico de los años de la Guerra Fría- en la cual, paradojalmente, florece la doctrina de la “guerra infinita”, interminable y contra todos proclamada por George W. Bush.

Si algo bueno puede surgir de la desafortunada noticia de la activación de la IV Flota es que la misma nos permite dejar atrás la alucinada visión sintetizada en Imperio y que tanto retrasó la toma de conciencia de las fuerzas de la izquierda, sus partidos y movimientos sociales acerca de la verdadera naturaleza del enemigo imperialista. Como el niño del cuento aquel que gritó que “¡el rey está desnudo!”, la reciente decisión de Washington tiene un valioso efecto pedagógico: despeja del crucial terreno de las ideas las erróneas interpretaciones del imperialismo contemporáneo, como la de Hardt y Negri, lo cual es el imprescindible primer paso para trazar un panorama más claro y realista tanto de los desafíos que el imperialismo presenta a nuestros pueblos como para construir las estrategias, tácticas e instrumentos políticos e ideológicos más apropiados para combatirlo exitosamente.

Notas

* El autor es Director del PLED, el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, de Buenos Aires. Profesor Titular de Teoría Política en la Universidad de Buenos Aires e Investigador Superior del CONICET.

1 Consultar entre muchos otros: Alex Callinicos, “Toni Negri en perspectiva” ( http://revoltaglobal.cat/IMG/pdf/form_CallinicosToniNegrienperspe.pdf ); Néstor Kohan, “ El “Imperio” de Hardt & Negri y el Regreso del Marxismo Eurocéntrico” (http://www.cuestiones.ws/semanal/030503/sem-may03-03-kohan.htm)

Slavoj Zizek, ¿Han re-escrito Michael Hardt y Antonio Negri el Manifiesto Comunista para el siglo XXI? (2001) http://es.geocities.com/zizekencastellano/arthardtnegri.htm

François Houtart, Tarik Ali, Peter Gowan y Rafael Hernández, “¿Qué imperialismo?”, en Temas (La Habana: 2003), Nº 33-34, Abril-Septiembre; Leo Panitch y Sam Gindin, “Capitalismo global e imperio norteamericano” parte I y II, en Socialist Register en Español (Buenos Aires: CLACSO, 2004 y 2005); John Bellamy Foster, “Imperialism and ‘Empire’ ”, en Monthly Review , Vol. 53, Nº 7, Diciembre de 2001.

2 Ver nuestro Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri (Quinta Edición, Premio Extraordinario de Ensayo 2004 de Casa de las Américas) [Buenos Aires: CLACSO, 2004].

3 En el Prólogo a la Quinta Edición de nuestro Imperio & Imperialismo decíamos que “la guerra de Irak, declarada en solitario por los Estados Unidos, ha tenido sobre el análisis propuesto en aquella publicación el mismo efecto que sobre la autoestima norteamericana tuviera la caída de las Torres Gemelas de Nueva York.” (Cf. op, cit, p. 6)

4 Sobre el tema de las bases militares estadounidenses en América Latina consultar los diversos trabajos de Ana Esther Ceceña y, especialmente, “Subjetivando el objeto de estudio, o de la subversión epistemológica como emancipación”, en Ana E. Ceceña, compiladora, Los desafíos de las emancipaciones en un contexto militarizado (Buenos Aires: CLACSO, 2006), pp. 13-43. También de la misma autora Álvaro Uribe y la base de Manta
http://www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=3833 y, por último , su muy instructivo sitio web: www.geopolitica.ws

5 Stella Calloni, “Alertan sobre una base estadounidense para estudios nucleares en Tierra del Fuego”, en La Jornada (México), 14 de Octubre de 2007.

6 Aclaremos, para que no haya la menor duda, que condenamos sin atenuantes la utilización de los secuestros como un arma de lucha política y que por eso mismo celebramos la puesta en libertad de los rehenes en manos de las FARC. De todos modos subsisten demasiadas incógnitas acerca de la naturaleza de ese “rescate” que, seguramente, con el paso del tiempo podrán ser despejadas deparando no pocas sorpresas.

7 Cf. “La importancia de trabajar juntos”, en La Nación (Buenos Aires) 10 de Junio de 2008.

8 Horacio López, Secesionismo, anexionismo, independentismo en Nuestra América (Caracas: El perro y la rana, 2008), p. 23. El libro fundamental en el cual Mahan expone su doctrina es The Influence of Sea Power upon History, 1660–1783 (1890, no por casualidad re-editado en los años de Ronald Reagan: 1987).

9 Ramón Grosfoguel. “Los límites del nacionalismo: lógicas globales y colonialismo norteamericano en Puerto Rico”, en Jorge Enrique González, Editor. Nación y nacionalismo en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 2007)

10 Demás está subrayar que esta estrategia, la de la secesión, en fechas recientes ha sido desempolvada por el Departamento de Estado para contener la marea izquierdista que crece en el continente. No es casual que intentos separatistas, abiertamente alentados por Washington, hayan aparecido en Zulia, Venezuela; en el litoral ecuatoriano, resucitando una ancestral pero largamente olvidada demanda en pro de la fundación de la República del Guayas, con sede en Guayaquil; y en la Media Luna boliviana, en donde la estrategia de la secesión está a la orden del día, potenciada sin duda por la apabullante victoria de Evo en el referendo revocatorio del pasado 10 de Agosto que parece haber convencido a la reacción racista y fascista de Bolivia que la “solución” a la crisis contempla sólo dos posibilidades: o golpe de estado o secesión. El primer ensayo exitoso de esta estrategia imperialista de secesión tuvo lugar en Texas, en 1845, por entonces perteneciente a México y que luego terminaría siendo anexada al territorio de Estados Unidos. Desde entonces tiene un lugar privilegiado en el manual de operaciones del Departamento de Estado.

11 Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC en sus sigla en inglés), en el año 2006 el cultivo de amapola creció un 59 por ciento mientras que la del opio lo hizo en un 49 por ciento. En un reciente articulo Peter van Ham y Jorrit Kamminga [“Poppies for Peace: Reforming Afghanistan’s Opium Industry”, en Washington Quarterly, Invierno 2006-2007, pp. 69-81] examinan a fondo la situación de la economía de la droga en Afganistán y su posible reconversión. Nada de esto ha ocurrido, sin embargo, bajo la ocupación norteamericana.

12 UNODC, Informe Anual 2008, p. 1. http://www.unodc.org/documents/wdr/WDR_2008/Executive%20Summary.pdf

13 Sobre el caso Posada Carriles y la cuestión de “los 5” consultar nuestro “El terrorismo como política de estado”, en Página/12 y Rebelión del día 11 de Diciembre de 2007.

14 Pese a esto, a mediados de Junio de 2007 la Cámara de Diputados de la Argentina transformó en ley un proyecto del Poder Ejecutivo que reprime el accionar del terrorismo y también su financiamiento. La ley responde tanto a un reclamo de Estados Unidos. como a una presión del Grupo de Acción Financiera Internacional amenazaba con hacer un pronunciamiento público declarando a la Argentina país no seguro. Ese mismo chantaje fue ejercido sobre casi todos los países de la región que, salvo algunas pocas excepciones, aprobaron en tiempo record la legislación solicitada por el imperio. Tan vaga es la caracterización que hace la ley que en varios países de la región han surgido fuertes protestas por su aplicación para perseguir luchadores sociales o movimientos que se oponen a las políticas neoliberales. Cf. “Aprueban una ley antiterrorista que era reclamada por Estados Unidos”, en Clarín (Buenos Aires), 14 de Junio de 2007. Véase también la nota de Fernanda Balatti, “El terrorismo según Argentina”, en Le Monde Diplomatique (Buenos Aires), año IX, Número 108, Junio 2008, p. 6.


15 http://www.defenselink.mil/releases/release.aspx?releaseid=11862


16 Cf. Hugo Alconada Mon, “Estados Unidos con más presencia en la región”, en La Nación (Buenos Aires), 28 de Abril del 2008.

17 Hugo Alconada Mon, “Estados Unidos pone en marcha la IV Flota”, en La Nación (Buenos Aires), 13 de Julio de 2008.

18 “El militarismo estadounidense en América del Sur”, en Le Monde Diplomatique (Buenos Aires), Año IX, Número 108, Junio 2008, p. 5. Este artículo forma parte de un excelente dossier dedicado al tema y que incluye los siguientes trabajos: Fernanda Balatti, “El terrorismo según Argentina”; “¿Adiós a la base de Manta en Ecuador”, por Adriana Rossi; “La construcción de la soberanía regional”, por Daniel Pignotti; y “Apropiación de recursos naturales”, por Serena Corsi.

19 Ibid., p. 5.

20 Sobre la criminalización de la protesta social existe una amplísima literatura especializada. En conexión con el tema de nuestro trabajo remitimos a la lectura del texto de Fernanda Balatti mencionado más arriba.

21 No sólo no leyeron a Friedman. En realidad, no leyeron a ninguno de los numerosos intelectuales orgánicos del imperialismo como Robert Kagan, Charles Krauthammer, Michael Ignatieff, Samuel Huntington, William Kristol, Norman Podhoretz y tantos otros, muchos de ellos nucleados en torno al proyecto del Nuevo Siglo Americano y del cual la Administración Bush Jr. habría de reclutar numerosos funcionarios para ocupar cargos clave en la estructura gubernamental como Richard Cheney, Paul Wolfowitz, Elliot Abrams, John R. Bolton, Donald Rumsfeld y muchos más.

22 Thomas L. Friedman, “Foreign Affairs; Techno-Nothings”, en New York Times , 18 de Abril de 1998.





Página/12, 11 de Agosto de 2007

"Evo plebiscitado"

(Por Atilio A. Boron) Si bien al cierre de esta nota no había cifras
oficiales definitivas lo cierto es que el rotundo triunfo de Evo –se
estima que rondará en torno al 60 porciento, superando la
votación obtenida en Diciembre del 2005- permite extraer algunas
interesantes conclusiones.

Primera: que como ya fue advertido por la oposición, la
ratificación del mandato de Evo Morales no pondrá fin a las
hostilidades, los chantajes, las agresiones y las políticas
desestabilizadoras de la derecha boliviana. Máxime cuando al
menos dos de los cuatro prefectos de la “media luna” fueron
también ratificados. La derecha jamás juega todas sus cartas en la
arena institucional y/o legal. La idea de que este actor es un
“opositor leal”, respetuoso de la institucionalidad es una ficción tan
ingenua como peligrosa. Pese a las renovadas credenciales de Evo
como el presidente con mayor legitimidad popular de la historia
boliviana la derecha no cesará de conspirar hasta provocar su
caída, acabar con su vida o consumar la partición del país.

Segunda lección: tomar nota del descarado protagonismo del
imperialismo norteamericano, que desmiente el remanido discurso
oficial de la Casa Blanca sobre la irrelevancia de América Latina.
Tal como lo denunciaran Evo Morales y el Premio Nóbel de la Paz
Adolfo Pérez Esquivel el embajador de Estados Unidos, Philip S.
Goldberg, se convirtió en el gran articulador de una oposición
cuyo principal factor de cohesión es su racismo y su odio visceral
hacia los pueblos originarios de Bolivia y que, por eso mismo,
requiere los servicios de un procónsul imperial para otorgarle
organicidad y eficacia a sus iniciativas. Sólo en el 2007 la USAID
desembolsó 124 millones de dólares en “ayudas” de diversos tipo a
la “sociedad civil” boliviana, la mayoría canalizada a través de los
gobiernos de los departamentos de la “media luna” y múltiples
programas de entrenamiento en el arte del “good governance”
impartido en Estados Unidos a autoridades locales y
departamentales de esa región, con el obvio propósito de solidificar
la oposición a Morales y preparar la administración pública
departamental para una eventual escisión. Otras agencias de
Washington también hicieron lo suyo: la National Endowment for
Democracy, por ejemplo, colaboró con un aporte de 600.000
dólares ese mismo año para “capacitar” políticamente a la
oposición.

Tercera y final: la necesidad imperiosa de que Evo salga a
disputarle la calle a la derecha y pasar a la ofensiva haciendo una
gran convocatoria popular para torcerle la mano a una oposición
que no oculta sus planes de “tumbar” al presidente. Ceder
posiciones, máxime después de un triunfo como éste, significará,
debilitar aún más a Evo, cuya capacidad para transitar el territorio
boliviano ya está seriamente menoscabada por el accionar violento
de la derecha. Pensar que se podrá apaciguar a quienes llaman a
la sedición apelando a la mecánica parlamentaria sólo conseguirá
agigantar la fuerza de la oposición, que se mueve a sus anchas en
el parlamento y en la calle. Para esto Evo tendrá que acelerar y
profundizar su proceso de reformas estructurales, condición
imprescindible para la supervivencia de su gobierno. De este modo
logrará: (a) motivar, movilizar y organizar a sus seguidores, que
son la mayoría del país; (b) deslegitimar al infantilismo
ultraizquierdista que lo acosa y que juega objetivamente para la
derecha; y (c) demostrarle a esta última y a sus mandantes del
imperio que una epopeya histórica como la protagonizada por el
pueblo boliviano al ungirlo como presidente no podrá ser
desbaratada tan fácilmente, y que aquél estará preparado para
librar las batallas que sean necesarias para preservar sus
conquistas.
Página/12, 10 de Diciembre de 2007

"¿Cambio o gatopardismo?"

(Por Atilio A. Boron) En El Gatopardo el Príncipe Fabrizio Salina,
personificación de la decadente y amenazada aristocracia siciliana,
pronuncia una frase que haría historia: “algo tiene que cambiar
para que todo siga igual”. La irrupción de este recuerdo a la hora
de escribir unas pocas líneas sobre los escenarios futuros de la
Argentina no es para nada casual. Que nos espera: ¿el cambio que
se nos prometía o la monotonía de un previsible continuismo?
El sólo hecho de que nueve de los trece altos funcionarios
de la futura presidenta anunciados por el Jefe de Gabinete
procedan del gobierno saliente (¿“saliente”?) y que, muy
probablemente, gran parte del elenco que ocupa el segundo escalón
en la jerarquía del estado tenga la misma procedencia abona
nuestro escepticismo. El cambio, en relación a anteriores
transiciones, será que esta vez no habrá cambio. Las poquísimas
ideas que se ventilaron en la campaña presidencial –un déficit de
todos los candidatos- fueron de tal nivel de vaguedad que impiden
discernir, mucho menos ilusionarse, con un proyecto de cambio.
¿Qué cambios ha habido? Uno, el desmembramiento de una
parte del antiguo Ministerio del Interior (Seguridad y Derechos
Humanos), que pasa, junto a su jefe, al Ministerio de Justicia.
Habida cuenta de la grave situación de inseguridad en el país –
considerada el principal problema por todas las encuestas de
opinión- y la sanción tan veloz como absurda de una ley
antiterrorista concebida para satisfacer una exigencia
norteamericana (y cuya laxitud conceptual es tan amplia que hasta
la Madre Teresa podría ser catalogada como terrorista), este
cambio difícilmente podría considerarse como una señal
esperanzadora.

Por otro lado, tampoco son demasiado reconfortantes las
expectativas que despierta la política internacional que insinúa el
gobierno entrante. Parece razonable suponer que habrá un nuevo
acercamiento a los Estados Unidos, sobre todo si se produjera el
triunfo de Hillary Clinton en las elecciones estadounidenses de
Noviembre próximo. Y ya sabemos en que terminan estas
aproximaciones. Al mismo tiempo es evidente el interés de la
futura presidenta por estrechar lazos con algunos países europeos
gobernados por la mal llamada “centro-izquierda” (un cocktail
indigesto con mucho de lo primero y nada de la segunda) y con
sus epígonos latinoamericanos, con los cuales la futura presidenta
mantiene cordiales relaciones. El mutismo de la Casa Rosada ante
el incidente ocasionado por la intemperancia del Rey de España en
la última cumbre de Santiago es muy elocuente. Lo es más todavía
el hecho de que al día siguiente el matrimonio gobernante recibiera
a Rodríguez Zapatero en la Casa Rosada.

La novedad más promisoria es la creación del Ministerio de
Ciencia, Tecnología e Innovación productiva, a cuyo frente se
designó a Lino Barañao, un científico de renombre pero cuyas
desafortunadas declaraciones sobre la conveniencia de promover la
producción de biocombustibles (mas correctamente agro
combustibles, ya que tienen mucho más de “necro” que de “bio) es
motivo de mucha preocupación. De todos modos, para que este
ministerio pueda cumplir su cometido será preciso dotarlo de
suficientes recursos, cosa que hasta ahora no ha ocurrido. Desde el
menemismo hasta la actualidad (según los datos de la propia
SECYT) la inversión en ciencia y tecnología de la Argentina no se
ha movido más allá de una ínfima proporción: el 0.4 % del PBI. Es
cierto que en ese lapso este creció significativamente, pero ello no
modificó la intensidad del (poco) esfuerzo que el país hace en esta
materia. Para comparar: en estos últimos años Brasil destina a
ciencia y tecnología cerca del 0.9 de su PBI (además, mucho
mayor que el argentino), mientras que en Chile esa proporción
oscila en torno al 0.6 porciento. Ninguno de estos casos se acerca a
los niveles de Japón (3,17 porciento de su PIB) o los demás países
desarrollados, todos por encima del 2 porciento. Por eso hay
muchísimo por hacer en este rubro.

Otra novedad la constituye la designación del futuro
Ministro de Economía, Martín Lousteau, a quien el consenso
multimediático se encargó de definirlo como un “heterodoxo”. No
obstante, el elogio de sus maestros y mentores académicos como
Roque Fernández o Ricardo López Murphy, nombres que nadie en
su sano juicio categorizaría como heterodoxos en ningún sentido
de la palabra, conspira contra tal definición. Idéntica conclusión se
desprende de su prolongada afiliación institucional con los
santuarios más ortodoxos de la economía neoclásica, como la
Universidad Di Tella o la Universidad de San Andrés; de su
colaboración con Alfonso Prat Gay cuando este fue Presidente del
Banco Central entre 2002 y 2004, o de su co-autoría del libro Sin
Atajos junto con su tutor en materia económica, Javier González
Fraga.

Por eso, la supuesta heterodoxia del nuevo ministro no es
tal: si Keynes revolucionó la política económica al hacer del gasto
público y el déficit fiscal instrumentos virtuosos de crecimiento
económico, por su formación y trayectoria Lousteau parece más
inclinado a preservar la vigencia de dos artículos de fe del
catecismo neoliberal: moderar el gasto público y mantener el
elevado superávit fiscal de los últimos años, lo que en un país con
tantas necesidades insatisfechas como la Argentina constituye una
falta imperdonable. La mayoría de los países europeos no sólo
ignoran esos consejos sino que hasta el propio Tratado de
Maastricht tolera el déficit fiscal a condición de que no exceda el 3
porciento del PBI, lo cual no atenta contra la competitividad de los
europeos en la economía mundial, muy superior a la de la
Argentina.

En poco tiempo sabremos cual es la agenda de prioridades
nacionales que tiene el gobierno y cómo las piensa encarar. Y esto
dependerá bien poco de las preferencias u orientaciones teóricas
del ministro de Economía dado que la experiencia reciente
demuestra que la cabeza real de dicho ministerio se encuentra en la
Casa Rosada y no en el Palacio de Hacienda. Entre esas
prioridades la más importante y urgente es atacar seriamente el
problema de la pobreza y la concentración de la riqueza, lacras que
se mantienen en niveles indecentes e intolerables –sobre todo para
un régimen que se pretende democrático- luego de cinco años
ininterrumpidos de “tasas chinas” de crecimiento económico. Es
necesario avanzar resueltamente en una reforma tributaria integral,
que ponga fin a las escandalosas inequidades impositivas de la
Argentina, donde quienes más ganan y tienen aportan menos, en
términos proporcionales, que los que poco o nada ganan y tienen, y
que premia a la especulación financiera mientras penaliza a la
producción. Será necesario recuperar sin más dilaciones el
patrimonio nacional de recursos básicos (mineros,
hidrocarburíferos, etcétera) malvendidos en los años del
menemismo y que continúan dando lugar a un verdadero saqueo
económico y una aberrante depredación ecológica. Las recientes
medidas elevando las retenciones a las exportaciones agrícolas y
de hidrocarburos intentan captar una parte de la renta
extraordinaria generada por esos sectores; se trata de una medida
que si bien va en la dirección correcta es insuficiente. También es
imprescindible que el nuevo gobierno revise todo lo actuado con
las privatizaciones y re-nacionalice las empresas que incumplieron
con sus obligaciones contractuales, o las que sean declaradas de
interés nacional. Para todo ello tendrá que reconstruir al Estado,
destruido por el fervor neoliberal y la corrupción de los noventas
pues sin su eficaz presencia el saqueo de la economía argentina
(por ejemplo, del petróleo, que se está exportando
descontroladamente sin que exista ninguna agencia estatal que
verifique este proceso) continuará hasta el completo agotamiento
de nuestros recursos naturales. Además, si es serio en sus lamentos
sobre la calidad institucional deberá normalizar cuanto antes la
situación del INDEC y garantizar que no se repetirán los
bochornosos episodios de los últimos meses. El nuevo gobierno
tendrá también que hacer un enorme esfuerzo para recomponer la
debacle en que se encuentran la salud y la educación públicas y
proceder a derogar, sin dilación alguna, dos perversas criaturas de
la dictadura: la Ley de Entidades Financieras, pergeñada por
Martínez de Hoz, y la siniestra Ley de Radiodifusión, que potencia
hasta niveles incalculables la gravitación ideológica y política de
los oligopolios nacionales y extranjeros que, en su ardiente
retórica, el gobierno dice combatir. Además deberá otorgar la
personería jurídica a la Central de Trabajadores Argentinos, que
expone a la Argentina a reiteradas recomendaciones de la OIT,
hasta ahora desoídas por la Casa Rosada.

Para que la apremiante agenda de problemas que agobian a
la Argentina sea enfrentada con alguna chance de éxito habrá que
abandonar definitivamente las políticas neoliberales aún vigentes y
hacer una clara apuesta a favor de fórmulas heterodoxas. Cuando
el gobierno lo hizo con los bonos de la deuda -producto de la
necesidad y no de una elección- le fue muy bien, y la economía
creció a tasas inéditas en su historia. Pero como el resto de la
política económica sigue atrapada en las premisas del Consenso de
Washington el efecto redistributivo de tan formidable crecimiento
fue apenas marginal. Los frutos del crecimiento fueron acaparados
por las clases dominantes; algo llegó hasta los sectores medios
mientras que el resto de la sociedad tuvo que conformarse con
algunas migajas. La audacia en el manejo de los bonos de la deuda
fue neutralizada por la irritante pusilanimidad manifestada en otras
áreas de la política económica, y los resultados están a la vista.
Dada la evidente continuidad entre ambos gobiernos -¿o son dos
fases de un mismo y único gobierno?- y el poco coraje exhibido
para atacar los problemas de fondo que afectan a la Argentina no
hay demasiado espacio para la esperanza. Lo más probable es que
el “gatopardismo” frustre, una vez más, las expectativas de cambio
que se agitan en el seno de nuestro pueblo. Ojalá que nos
equivoquemos.
Página/12, 25 de Julio de 2008

"Crónica de una crisis anunciada"

(Por Atilio A. Boron) A escasos seis meses de su gobierno la presidenta
sufrió una significativa derrota política que trasciende con creces la
aritmética de la votación senatorial: se deshilachó hasta la irrelevancia
la transversalidad kirchnerista; se dividieron la CGT, el PJ y la bancada
oficialista en el Senado y la Cámara de Diputados; se desplomó la
popularidad de la presidenta y de Néstor Kirchner; la economía, sobre
todo en el interior, está semi-paralizada y, para colmo, se perdieron
unos 4.000 millones de dólares (tomando en cuenta la previsible caída
del PBI más la disminución de las reservas en dólares del Banco
Central) en un cálculo muy conservador, todo para obtener con las
retenciones móviles un ingreso adicional que -descontando los
reintegros- en el mejor de los casos no habría llegado a los 1.000
millones. Como si lo anterior fuera poco, se puso en discusión algo que
no lo estaba: la legitimidad del Estado como regulador del proceso
económico y redistribuidor de la riqueza. Y, además, se instaló en la
agenda pública el tema del raquítico federalismo fiscal, fuente de
irritantes inequidades regionales.

Por eso apelar a categorías tales como traición, deslealtad u otras
por el estilo para comprender lo ocurrido lejos de alumbrar el camino
para la necesaria recomposición del poder presidencial y la
normalización institucional y económica del país sólo servirán para
agravar la crisis, debilitando aún más el menguado poder de la Casa
Rosada. Lo que hay que explicar no es tanto por qué Cobos votó como lo
hizo sino por qué los senadores que acompañaron a los K durante todos
estos años (y que en otras votaciones derrotaban a la oposición por más
de treinta votos) ahora apenas si lograron un agónico empate. Es
evidente que ante la primera prueba crítica planteada después de la
recomposición capitalista posterior al 2001 el modelo de construcción
política de los K –y especialmente las heteróclitas “colectoras”
pergeñadas para enfrentar la elección presidencial del 2007- desnudó
su insanable fragilidad. A la presidenta le quedan todavía tres años y
medio de mandato, un trayecto prácticamente intransitable salvo que se
modifiquen ciertas premisas que informan la labor del gobierno.

Premisas en crisis

En primer lugar la presidenta debe comprender que más que
saber hablar, cosa que ella hace muy bien, lo decisivo para un buen
gobernante es saber escuchar. Si algo probaron estos cuatro meses de
estériles confrontaciones, abusos retóricos e irresponsables
maniqueísmos cultivados ad nauseam tanto por “el campo” (esa
tramposa ficción que mantuvo en la penumbra a los agentes del nuevo
capitalismo agrario, el “agronegocio”, que son los grandes beneficiarios
de las políticas impulsadas por todos los gobiernos desde mediados de
los noventa) como por el gobierno es que tanto la presidenta como el
jefe del PJ padecieron de la peor de todas las sorderas: esa que sólo le
permite a la víctima oír lo que desea escuchar. Olvidaron así una
enseñanza básica de la historia del peronismo: “desconfiar de los
consejos y la supuesta sabiduría del entorno”, precepto que nadie
obedeció con más intransigencia que Evita. Si Cristina y Néstor
Kirchner hubieran podido escuchar los reclamos que procedían de la
sociedad -y que el entorno aúlico usualmente atribuía a la perversidad
de los “movileros”- esta derrota podría haberse evitado. Predominó en
cambio una visión paranoica y una gritería desenfrenada que impidió
oír lo que decían las propias bases sociales del kirchnerismo, un sinfín
de intendentes y políticos del FpV, algunos técnicos e intelectuales con
una larga trayectoria de izquierda (seguramente no “los mejores”, como
en un alarde de sobriedad y cordura los descalificara días atrás José
Pablo Feimann por rehusar alinearse con la postura oficial) e inclusive
algunos periodistas o colaboradores de este diario, como Mario
Wainfeld, Eduardo Aliverti y Mempo Giardinelli cuyas sensatas
observaciones fueron igualmente desoídas. Si la presidenta y el jefe del
PJ hubieran sabido escuchar podrían haberse ahorrado esta derrota.
La segunda premisa que debe ser revisada es que la Casa Rosada
puede hacer lo que quiere y decir lo que quiere sin que nadie vaya a
intentar medir la distancia que separa el dicho del hecho. De vuelta:
una atenta lectura de la historia del peronismo habría convencido a los
Kirchner de la sensatez contenida en el famoso dictum de Perón cuando
decía que “mejor que decir es hacer; mejor que prometer es realizar.” Y
este, y el anterior, ha sido gobiernos que han hablado mucho pero han
hecho muy poco para aliviar la situación de las clases y capas
populares o enfrentar las graves amenazas que se ciernen sobre la
economía argentina. Al hablar en demasía tanto él como ella se incurrió
fácilmente en contradicciones: así mientras la presidenta anunciaba
que con parte de las retenciones se construirían 30 hospitales en las
provincias y se prometía que dos semanas luego del anuncio se darían a
conocer los detalles al respecto (que nunca se dieron, dejando flotando
en el aire una sospecha de improvisación), el presidente del PJ
declaraba que se necesitaba el dinero de las retenciones para “hacer
frente a los compromisos externos” de la Argentina; es decir, para pagar
la creciente deuda externa. Esta incoherencia no pasó desapercibida
para nadie, más allá de hastío e indiferencia con la cual una gran parte
de la sociedad contempló la pulseada entre el gobierno y “el campo”.
Tercera y última premisa: “para ganar hay que avanzar, siempre.”
Aparentemente ese es el “estilo” K de hacer política y de gobernar. Pero
una compulsión a ir siempre para el frente más que valentía o firmeza
de convicciones revela temeridad, o sea, la actitud de quien
imprudentemente se arroja al peligro sin un previo examen de las
condiciones y consecuencias de su obrar. Aquí es conveniente recordar
las continuidades existentes entre el arte de la guerra y la lucha
política. Von Clausewitz lo plasmó en su famoso aforismo: “la guerra es
la continuación de la política por otros medios.” Y al igual que en la
guerra, en la política el general cuyo arsenal estratégico y táctico se
limita a avanzar atropelladamente, bajo cualquier circunstancia y sin
medir las consecuencias, más que un valeroso oficial es un suicida.
Esto también lo planteó otro de los grandes teóricos de la guerra, Sun
Tzu, 500 años antes de Cristo cuando anotó que “una de las maneras
más seguras de perder una guerra es cuando el general se deja llevar
por la pasión irracional.” Esa pasión, ligada a una concepción
absolutista del poder inflamó la conducta del oficialismo desde el
estallido del conflicto hasta los momentos finales del mismo: desde la
ridícula, además de injusta, caracterización de un dibujo de
Hermenegildo Sabat como un “mensaje mafioso” en el primer acto
público organizado por el gobierno hasta la absurda alusión del
presidente del PJ a los “comandos civiles “ y los “grupos de tareas” para
calificar algunas acciones, sin duda repudiables, de sus opositores. El
resultado final del conflicto ratifica por enésima vez la sabiduría
contenida en las palabras de Sun Tzu. Entre otras cosas porque si el
adversario se dejó llevar por las pasiones la única respuesta
políticamente ganadora era la que se desprendía de la serenidad y la
racionalidad. Esto no sólo hubiera sido conveniente para el gobierno;
también era su obligación. Si la oposición apela a consignas
incendiarias o se agrupa detrás de un energúmeno o un demagogo,
apelando al “sentido común” más reaccionario y comunicable, es
responsabilidad del gobierno instalar el debate en otro nivel. Y si no
quiso, o no supo, o no pudo hacerlo mal puede lamentarse del resultado
de este enfrentamiento. A lo largo del mismo se dieron algunas
oportunidades en las que con un paso atrás el gobierno podría haber
dado dos o tres pasos adelante poco después. Las desaprovechó todas,
porque la racionalidad política sucumbió ante los embates de la pasión
y una autodestructiva obcecación. Y errores de este tipo, imperdonables
en políticos de cierto nivel, se pagan muy caros.

¿La salida? Sólo por la izquierda

¿Está todo perdido para el kirchnerismo? No todo, pero ha sufrido
un impacto muy fuerte. Depende de la rapidez de su reacción y la
orientación política de sus actos de gobierno para saber si estamos o no
en presencia del comienzo del ocaso definitivo de su hegemonía. Lo que
está claro es que la única chance de sobrevivencia que tiene el gobierno
reposa sobre su voluntad de impulsar profundas políticas de cambio y
transformación económica y social, algo que hasta ahora los Kirchner
no han siquiera insinuado. Es decir: la única salida a esta crisis, la
única alternativa a una prolongada –y tal vez violenta- agonía sólo se
encuentra por la izquierda. Ante ello no faltarán quienes aseguren que
“a la izquierda de Kirchner” está la pared –recurso retórico que a veces,
no siempre, oculta una penosa resignación o un impresentable
macartismo. Pero esa es una verdad a medias que ignora la densidad y
gravitación que tiene una “izquierda sociológica” que hasta el día de hoy
(pero atención que esto puede cambiar, y muy rápidamente bajo ciertas
circunstancias) no encuentra una expresión política que la contenga.
Además también podría argumentarse que “a la derecha de Kirchner”,
aunque un poco más lejos, también está la pared. En materia de
política económica si la espectral “nueva derecha” que algunos juran
percibir culminara exitosamente su “ofensiva destituyente” no es mucho
lo que le quedaría por hacer. En efecto: toda la riqueza del subsuelo ha
sido privatizada y extranjerizada; en la tierra los procesos de
concentración y extranjerización han llegado a tal punto que desataron
las voces de alarma en la muy conservadora Iglesia Católica, y las
retenciones móviles propuestas por el gobierno de CFK no hacían otra
cosa que acelerar ambos procesos, como lo asegurara el zar de la soja
argentina, Gustavo Grobocopatel; la regulación económica es endeble,
intermitente e ineficaz porque el estado destruido por el menemismo no
fue siquiera comenzado a reconstruir desde el inicio de la hegemonía
kirchnerista. Por otra parte, si no existe un plan de desarrollo
agropecuario (¡como tampoco hay un plan minero, de hidrocarburos o
industrial!) es porque este gobierno, el anterior y todos los que le
precedieron aceptan, algunos abierta y otros veladamente, los
preceptos del Consenso de Washington y creen que es el mercado, y no
el estado, quien debe orientar las actividades económicas y las
inversiones de los privados. Por eso: si el gobierno rehúsa a salir de la
crisis por la izquierda y opta por el continuismo su suerte estará
echada. De nada valdrán las movilizaciones del cada vez más ineficaz
“aparato” (la demostración de cuya creciente inutilidad la ofreció el acto
final frente al Congreso), las palabras altisonantes o los gestos
crispados para detener la reacción que, a diferencia de lo ocurrido en
estos últimos cuatro meses, provendrá no ya “desde arriba” sino de las
clases y estratos más profundos y explotados de la sociedad argentina
cansados de tantos engaños y tantas frustraciones en medio de tantas
promesas.

En virtud de esta crisis el gobierno tiene ahora una gran
oportunidad de demostrar que respalda con obras sus palabras y así
convertirse en merecedor del rótulo de “progresista” que con tanta
generosidad le han asignado numerosos intelectuales y políticos: puede
derogar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz; decretar la
movilidad de los haberes jubilatorios; recrear las juntas nacionales de
carnes y de granos, que existen en varios países del Primer Mundo;
quitar las exenciones impositivas que favorecen a los grandes pools de
siembra (¡que al funcionar como fideicomisos no pagan el impuesto a
las ganancias que abonan hasta los empleados que superan un módico
salario, despertando las protestas del propio Hugo Moyano !) y gravar
con fuertes retenciones a los más grandes productores de soja –unos
4000, y fácilmente identificables- que controlan el 80 % del mercado y
coparticipar esos nuevos ingresos fiscales con las provincias en un
programa exclusivamente destinado a combatir la pobreza y reconstruir
la infraestructura física del país; o derogar la norma que exime a las
empresas mineras de la obligación de ingresar las divisas originadas por
sus exportaciones y, en términos más generales, encarar de una vez por
todas la reforma que este país necesita para poner fin a su escandalosa
regresividad tributaria. También puede abolir el IVA para los alimentos
de la canasta popular e incrementar la alícuota para los de tipo
suntuario. Todo esto puede hacer la presidenta ya mismo, ahora,
absteniéndose, ¡por favor!, de declarar que “vamos a hacer” tal o cual
cosa. No hay tiempo para ello. Hay que actuar sin dilaciones, y si
realmente quiere redistribuir la riqueza tiene que poner manos a la obra
ya mismo, especificando de dónde procederán los recursos, quienes lo
administrarán, cómo se producirá la transferencia y quienes habrán de
ser sus beneficiarios. Además, el próximo envío del presupuesto de la
nación para el año 2009 será una buena oportunidad para calibrar la
seriedad con que la Casa Rosada considera a sus propias palabras.
Página/12, 20 de Mayo de 2008

"La ilusión y la realidad"

(Por Atilio A. Boron) Días atrás Mario Toer publicó una nota (“De cómo
avanzar hacia las reformas que se reclaman”, Página/12, 6 de Mayo de
2008), en la cual criticaba acerbamente mi negativa a considerar al
gobierno de Kirchner, el anterior y el actual, como “reformista”. Toer me
reprochaba por mi “voluntarismo” que no tenía en cuenta la correlación
de fuerzas existente que imponía límites aparentemente infranqueables
a la voluntad transformadora del actual gobierno. También recordaba,
con razón, mis juicios vitriólicos sobre los gobiernos de Lula y Tabaré
Vázquez. En relación a mis críticas al brasileño me limito a reiterar lo
que acaba de escribir el historiador británico Perry Anderson cuando
califica a ese gobierno y al PT como la más grande decepción de la
izquierda a nivel mundial en los últimos treinta años. Si estoy
equivocado me queda el consuelo de estar en buena compañía.
Enojado por mi intransigencia Toer me enrola en las filas de una
legión: la del “marxismo para radiólogos” (¿?) o las del “club electoral del
cero coma (0,)”. Estas sectas se caracterizarían por su fanática adhesión
a “dualidades simplistas” como “burgueses y proletarios” y “reforma o
revolución”, arcaicas minucias que para Toer carecen de todo interés.
Producto de mi enfermiza afición por estos simplismos sería la ceguera
que me impide percibir los enormes y persistentes esfuerzos realizados
por este gobierno y el anterior para “construir un proyecto nacionalpopular.”

Si éste aún no se ha concretado no ha sido por falta de una
férrea voluntad transformadora de las autoridades sino porque, según
mi crítico, “las mayorías no han bregado con ardor” para lograr ese
objetivo. De un plumazo la resistencia social a las políticas instauradas
por el menemismo y las luchas sociales que se desplegaron a lo ancho y
a lo largo de la Argentina en estos últimos años reclamando mejores
salarios, servicios públicos dignos y eficientes, la reconstrucción de la
salud y educación públicas, controles efectivos sobre los oligopolios,
protección ambiental, derechos humanos, salud reproductiva,
transparencia administrativa e idoneidad en el manejo de la cosa
pública fueron apenas una ilusión. La conclusión de este disparate -
según el cual no fue el partido gobernante el que flaqueó en el empeño
reformista que Toer y otros generosamente le atribuyen sino que las
culpables de esta frustración fueron las víctimas del neoliberalismo, que
rehuyeron el combate requerido para promover las reformas - es que “lo
que hay es bastante más de lo que veníamos mereciendo.”

Conclusión conservadora, si las hay, porque: ¿cómo es posible
afirmar que las clases y capas populares no merecen más que las
migajas que reciben de un país cuya economía lleva más de cinco años
creciendo a tasas chinas?, ¿qué tendría que haber hecho este pueblo
para “merecer más”? Se pueden decir muchas cosas de él, menos que
no ha luchado con abnegación –en algunos casos con un heroísmo que,
en no pocos casos, se pagó con la muerte de sus militantes- en pos de
reivindicaciones que, en su conjunto, configuran una agenda
claramente reformista que el gobierno no quiso (¿o no pudo?) reconocer.

Aún así, ¿por qué ese innegable impulso “desde abajo” no alcanzó para
inclinar a la Casa Rosada a adoptar políticas reformistas?
No quiero aburrir al lector señalando, por enésima vez, todos los
cambios que habrían mejorado la calidad de vida de los argentinos si
hubiera existido ese fantasmagórico proyecto “nacional y popular” que
vibra en la imaginación de tantos admiradores del gobierno. Y que no se
nos diga que esas reformas son inviables en la era de la mundialización:
¿cómo pudo Evo Morales recuperar para la nación el patrimonio
hidrocarburífero y las telecomunicaciones de Bolivia, o diseñar un
esquema de pensión universal para toda la población de la tercera edad,
o retirarse del CIADI, el tramposo tribunal creado por el Banco Mundial
para que las transnacionales pongan de rodillas a las naciones?; ¿cómo
pudo Hugo Chávez liquidar el analfabetismo y garantizar la atención
médica de toda la población, un lujo que una buena parte de los
argentinos no se puede dar? Si Bolivia y Venezuela pudieron, ¿por qué
no pudo la Argentina?

Flaco favor le hace al gobierno aquél que cree ver en él esa
voluntad de cambio y le achaca la frustración de ese proyecto a los
pocos merecimientos del pueblo o, como dice Toer más adelante, a la
“debilidad del campo popular”. La conclusión que extrae de este
(erróneo) diagnóstico es que hay que proteger y fortalecer al gobierno,
“sin seguidismos, con imaginación, con pensamiento crítico, pero con
generosidad y sin petulancia.”

Pero, precisamente, para no caer en las aparentemente
irresistibles tentaciones del “seguidismo” sería importante que Toer se
preguntara: ¿protegerlo y fortalecerlo para hacer qué? ¿Dónde están las
señales concretas que anuncian la existencia de un proyecto reformista
en la Casa Rosada? Aún sus voceros que presumen tener la vista de un
lince han sido incapaces de balbucear siquiera los rudimentos de esa
agenda de reformas: su máxima hazaña en este terreno fue denunciar
que si CFK fracasa en sus empeños reformistas vendría la derecha.
Argumento débil porque, en el terreno estricto de lo económico, la
derecha ya vino, hace rato, y ni este gobierno ni el anterior dieron la
menor muestra de incomodidad ante su llegada. ¿Cuáles fueron las
decisiones adoptadas para desmontar la funesta herencia de los
noventas? ¿Qué iniciativas se tomaron para recuperar el patrimonio
nacional rematado a precio vil, para reconstruir el estado y para sentar
las bases de un modelo económico alternativo? ¿Qué se hizo para
liquidar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, o el
régimen petrolero instaurado por el menemismo y bendecido por la
Constitución de 1994, de la cual tanto el anterior presidente como su
sucesora fueron sus redactores? ¿Qué se hizo para impedir y revertir la
feroz extranjerización de la economía argentina, propia de una república
bananera de comienzos del siglo veinte?

Calificar de burgués a un gobierno que pese a sus encendidos
discursos continúa amparando y realimentando el modelo neoliberal
constituye la estricta aplicación de un criterio científico de análisis
social. Por eso decía Grüner con razón que no estamos ante una batalla
entre dos “modelos de país” porque el modelo del gobierno no es
sustancialmente distinto al del “campo.” Esto puede disgustarle a Toer
y sus amigos, pero la realidad no se evapora porque sea molesta para
algunos. Caracterizar al gobierno actual, en cambio, como la
encarnación de un proyecto “nacional y popular” no es otra cosa que la
proyección de un deseo largamente acariciado por el progresismo, una
peligrosa confusión entre deseo y realidad. Esto puede tener un efecto
terapéutico catártico, pero al precio de caer en una trampa en donde el
fantasma de una derecha “que se puede venir” impide visualizar la
derecha que ya está, y que no es amenazada por el gobierno.

Toer debería reflexionar sobre las razones por las que si el pueblo
está desorganizado y desmovilizado el gobierno no hace nada para
organizarlo y movilizarlo. ¿O tal vez creerá que el renacimiento del PJ,
bajo el liderazgo de Néstor Kirchner, podrá obrar ese milagro? Toer
cree, en su autoengaño, que el pueblo no se organiza por el inmenso
poder que concentra esa “pléyade de eternos candidatos a ‘directores
técnicos’ que se la pasan diciendo lo que habría que hacer y nunca
ganaron un partido con un club de barrio.” Personajes bien raros éstos,
que malgastan el inmenso poder que Toer les atribuye para mantener
desorganizado al campo popular en vez de acelerar su organización y
así conquistar el poder. Pero, ¿qué decir del papel de la multitud de
resignados “posibilistas” y oportunistas que optaron por convertirse en
directores técnicos o asesores de sucesivos gobiernos que perpetuaron
un modelo económico insanablemente injusto, opresivo y predatorio?
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