Página/12, 20 de Mayo de 2008

"La ilusión y la realidad"

(Por Atilio A. Boron) Días atrás Mario Toer publicó una nota (“De cómo
avanzar hacia las reformas que se reclaman”, Página/12, 6 de Mayo de
2008), en la cual criticaba acerbamente mi negativa a considerar al
gobierno de Kirchner, el anterior y el actual, como “reformista”. Toer me
reprochaba por mi “voluntarismo” que no tenía en cuenta la correlación
de fuerzas existente que imponía límites aparentemente infranqueables
a la voluntad transformadora del actual gobierno. También recordaba,
con razón, mis juicios vitriólicos sobre los gobiernos de Lula y Tabaré
Vázquez. En relación a mis críticas al brasileño me limito a reiterar lo
que acaba de escribir el historiador británico Perry Anderson cuando
califica a ese gobierno y al PT como la más grande decepción de la
izquierda a nivel mundial en los últimos treinta años. Si estoy
equivocado me queda el consuelo de estar en buena compañía.
Enojado por mi intransigencia Toer me enrola en las filas de una
legión: la del “marxismo para radiólogos” (¿?) o las del “club electoral del
cero coma (0,)”. Estas sectas se caracterizarían por su fanática adhesión
a “dualidades simplistas” como “burgueses y proletarios” y “reforma o
revolución”, arcaicas minucias que para Toer carecen de todo interés.
Producto de mi enfermiza afición por estos simplismos sería la ceguera
que me impide percibir los enormes y persistentes esfuerzos realizados
por este gobierno y el anterior para “construir un proyecto nacionalpopular.”

Si éste aún no se ha concretado no ha sido por falta de una
férrea voluntad transformadora de las autoridades sino porque, según
mi crítico, “las mayorías no han bregado con ardor” para lograr ese
objetivo. De un plumazo la resistencia social a las políticas instauradas
por el menemismo y las luchas sociales que se desplegaron a lo ancho y
a lo largo de la Argentina en estos últimos años reclamando mejores
salarios, servicios públicos dignos y eficientes, la reconstrucción de la
salud y educación públicas, controles efectivos sobre los oligopolios,
protección ambiental, derechos humanos, salud reproductiva,
transparencia administrativa e idoneidad en el manejo de la cosa
pública fueron apenas una ilusión. La conclusión de este disparate -
según el cual no fue el partido gobernante el que flaqueó en el empeño
reformista que Toer y otros generosamente le atribuyen sino que las
culpables de esta frustración fueron las víctimas del neoliberalismo, que
rehuyeron el combate requerido para promover las reformas - es que “lo
que hay es bastante más de lo que veníamos mereciendo.”

Conclusión conservadora, si las hay, porque: ¿cómo es posible
afirmar que las clases y capas populares no merecen más que las
migajas que reciben de un país cuya economía lleva más de cinco años
creciendo a tasas chinas?, ¿qué tendría que haber hecho este pueblo
para “merecer más”? Se pueden decir muchas cosas de él, menos que
no ha luchado con abnegación –en algunos casos con un heroísmo que,
en no pocos casos, se pagó con la muerte de sus militantes- en pos de
reivindicaciones que, en su conjunto, configuran una agenda
claramente reformista que el gobierno no quiso (¿o no pudo?) reconocer.

Aún así, ¿por qué ese innegable impulso “desde abajo” no alcanzó para
inclinar a la Casa Rosada a adoptar políticas reformistas?
No quiero aburrir al lector señalando, por enésima vez, todos los
cambios que habrían mejorado la calidad de vida de los argentinos si
hubiera existido ese fantasmagórico proyecto “nacional y popular” que
vibra en la imaginación de tantos admiradores del gobierno. Y que no se
nos diga que esas reformas son inviables en la era de la mundialización:
¿cómo pudo Evo Morales recuperar para la nación el patrimonio
hidrocarburífero y las telecomunicaciones de Bolivia, o diseñar un
esquema de pensión universal para toda la población de la tercera edad,
o retirarse del CIADI, el tramposo tribunal creado por el Banco Mundial
para que las transnacionales pongan de rodillas a las naciones?; ¿cómo
pudo Hugo Chávez liquidar el analfabetismo y garantizar la atención
médica de toda la población, un lujo que una buena parte de los
argentinos no se puede dar? Si Bolivia y Venezuela pudieron, ¿por qué
no pudo la Argentina?

Flaco favor le hace al gobierno aquél que cree ver en él esa
voluntad de cambio y le achaca la frustración de ese proyecto a los
pocos merecimientos del pueblo o, como dice Toer más adelante, a la
“debilidad del campo popular”. La conclusión que extrae de este
(erróneo) diagnóstico es que hay que proteger y fortalecer al gobierno,
“sin seguidismos, con imaginación, con pensamiento crítico, pero con
generosidad y sin petulancia.”

Pero, precisamente, para no caer en las aparentemente
irresistibles tentaciones del “seguidismo” sería importante que Toer se
preguntara: ¿protegerlo y fortalecerlo para hacer qué? ¿Dónde están las
señales concretas que anuncian la existencia de un proyecto reformista
en la Casa Rosada? Aún sus voceros que presumen tener la vista de un
lince han sido incapaces de balbucear siquiera los rudimentos de esa
agenda de reformas: su máxima hazaña en este terreno fue denunciar
que si CFK fracasa en sus empeños reformistas vendría la derecha.
Argumento débil porque, en el terreno estricto de lo económico, la
derecha ya vino, hace rato, y ni este gobierno ni el anterior dieron la
menor muestra de incomodidad ante su llegada. ¿Cuáles fueron las
decisiones adoptadas para desmontar la funesta herencia de los
noventas? ¿Qué iniciativas se tomaron para recuperar el patrimonio
nacional rematado a precio vil, para reconstruir el estado y para sentar
las bases de un modelo económico alternativo? ¿Qué se hizo para
liquidar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, o el
régimen petrolero instaurado por el menemismo y bendecido por la
Constitución de 1994, de la cual tanto el anterior presidente como su
sucesora fueron sus redactores? ¿Qué se hizo para impedir y revertir la
feroz extranjerización de la economía argentina, propia de una república
bananera de comienzos del siglo veinte?

Calificar de burgués a un gobierno que pese a sus encendidos
discursos continúa amparando y realimentando el modelo neoliberal
constituye la estricta aplicación de un criterio científico de análisis
social. Por eso decía Grüner con razón que no estamos ante una batalla
entre dos “modelos de país” porque el modelo del gobierno no es
sustancialmente distinto al del “campo.” Esto puede disgustarle a Toer
y sus amigos, pero la realidad no se evapora porque sea molesta para
algunos. Caracterizar al gobierno actual, en cambio, como la
encarnación de un proyecto “nacional y popular” no es otra cosa que la
proyección de un deseo largamente acariciado por el progresismo, una
peligrosa confusión entre deseo y realidad. Esto puede tener un efecto
terapéutico catártico, pero al precio de caer en una trampa en donde el
fantasma de una derecha “que se puede venir” impide visualizar la
derecha que ya está, y que no es amenazada por el gobierno.

Toer debería reflexionar sobre las razones por las que si el pueblo
está desorganizado y desmovilizado el gobierno no hace nada para
organizarlo y movilizarlo. ¿O tal vez creerá que el renacimiento del PJ,
bajo el liderazgo de Néstor Kirchner, podrá obrar ese milagro? Toer
cree, en su autoengaño, que el pueblo no se organiza por el inmenso
poder que concentra esa “pléyade de eternos candidatos a ‘directores
técnicos’ que se la pasan diciendo lo que habría que hacer y nunca
ganaron un partido con un club de barrio.” Personajes bien raros éstos,
que malgastan el inmenso poder que Toer les atribuye para mantener
desorganizado al campo popular en vez de acelerar su organización y
así conquistar el poder. Pero, ¿qué decir del papel de la multitud de
resignados “posibilistas” y oportunistas que optaron por convertirse en
directores técnicos o asesores de sucesivos gobiernos que perpetuaron
un modelo económico insanablemente injusto, opresivo y predatorio?
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