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Súbito llamado a silencio de los archiconocidos custodios de la democracia y la república en la Argentina. Claro: con presos políticos (y no sólo Milagro Sala); un caso de desaparición forzada de personas a manos de fuerzas de seguridad (Santiago Maldonado); reaparición de policías de civil que se infiltran en las manifestaciones, lo cual es una flagrante ilegalidad; policías y gendarmes que entran en escuelas e institutos educacionales; feroz represión de la protesta social y del pueblo mapuche; allanamiento de locales de organizaciones populares; acoso a maestros y profesores para que no hablen del “caso Maldonado” y el encubrimiento oficial de lo ocurrido; maniobras tramposas en el Consejo de la Magistratura para suspender a un molesto camarista federal; todo esto, en suma, las ha llamado a un vergonzante silencio. Seguramente que en los próximos días retomarán sus denuncias sobre la “dictadura” de Maduro para desviar la atención de la opinión pública.

Ataque al cuartel de la Gendarmería Nacional, El Bolsón.

(Por Atilio A. Boron) En su acelerado proceso de putrefacción moral, los voceros de la derecha y la prensa hegemónica de la Argentina se rasgan las vestiduras ante la escalada violenta que viene teniendo lugar en los últimos días en el marco de las protestas por la desaparición forzada de Santiago Maldonado. En la ciudad de Buenos Aires y en El Bolsón los actos recordatorios al cumplirse un mes de tan deplorable suceso culminaron con graves enfrentamientos entre algunos grupos desprendidos de multitudinarias y pacíficas manifestaciones–en el caso de Buenos Aires, reuniendo a varios centenares de miles de personas en la Plaza de Mayo-  y las fuerzas de seguridad. Los manifestantes se habían convocado para expresar su repudio ante la desaparición forzada del artesano a manos de la Gendarmería Nacional, a la escandalosa indiferencia del gobierno nacional –difícil de distinguir de un activo encubrimiento del crimen- y a la no menos desvergonzada actitud de la Justicia federal, que en sus averiguaciones demostró una ineptitud que se parece demasiado a la complicidad. Sería ingenuo ignorar que algunos de los desmanes y destrozos de ayer viernes fueron  inducidos -e inclusive ejecutados- desde algunos oscuros rincones del aparato estatal (vulgo: “servicios”) con el objeto de desviar el foco de atención de la ciudadanía. Por eso no fue casual que poco después de ocurridos los principales titulares de la prensa, la radio y la televisión de la oligarquía mediática fuesen los incidentes y no la tenebrosa falta de información acerca de dónde está Santiago Maldonado y cuya desaparición constituye un crimen de lesa humanidad.

Ataque a gendarmes con bombas Molotov en El Bolsón



         Centenares de imágenes dan cuenta de la agresión con bombas Molotov a gendarmes en El Bolsón, ataques con piedras y objetos contundentes a la policía en Buenos Aires, a comercios y edificios públicos y algunos privados, la erección de barricadas en la avenida de Mayo la quema de contenedores. En un alarde de mala fe y mendacidad, la derecha ahora condena sin atenuantes las tácticas violentas que durante tres meses celebraran como una esperanzadora manifestación de la vitalidad de la sociedad civil en … Venezuela. Las bombas Molotov arrojadas por los mercenarios contratados por el ala fascista de la oposición venezolana en contra de la Guardia Nacional Bolivariana no eran tales sino luminosas antorchas de libertad. La destrucción del espacio público y la propiedad privada en las calles de Venezuela eran saludables síntomas de la rebeldía de un pueblo contra la “dictadura” de Maduro. Pero ahora, en la Argentina de los presos políticos y de la criminalización de la protesta social, aquí se convierte en imperdonable pecado lo que allá era una excelsa virtud. Las Molotovs que en Venezuela prendían fuego a los agentes del orden y destruían guarderías infantiles, centros de salud, edificios públicos y privados y autobuses urbanos eran la expresión de un noble impulso democrático que se despertaba de su prolongado letargo. Aquí, la misma actitud, los mismos hechos son condenados como una conducta deleznable e incivilizada de hordas criminales que no respetan ni la ley ni el orden. Molotovs buenas, Molotovs malas.

Caracas, ataques a las fuerzas de seguridad, 2017


Este doble discurso esta perversa dualidad de criterios revela el talante (in)moral de los supuestos representantes de la “democracia” y el “republicanismo” en la Argentina. En realidad y a pesar de sus reclamos no son ni lo uno ni lo otro; ni demócratas ni republicanos. Son simples ideólogos y propagandistas al servicio de los grandes poderes corporativos y de un estado de cosas insostenible, donde ocho individuos detentan tanta riqueza como la mitad de la población mundial. Gentes que ejemplifican con incomparable elocuencia la prostitución del periodismo -que por eso mismo ha dejado de serlo- y la absoluta capitulación de la “intelligentzia” liberal de este país degradada hoy a la condición de una cuadrilla de mentirosos seriales. Unos y otros tienen por misión ofuscar el entendimiento de la opinión pública, ocultar los oscuros negociados de las grandes corporaciones y sus representantes en el Estado, blindar mediáticamente a los gobernantes de turno y, en fin, distraer y embrutecer al demos con un aluvión de mentiras y toda suerte de vulgaridades televisivas –la infame cultura del “entretenimiento” urdida en Estados Unidos para mejor controlar a su población- que le impida al pueblo pensar, adquirir conciencia de su situación y luchar por la construcción de un mundo mejor.

Caracas, lanzando una Molotov contra fuerzas de seguridad



24 Agosto 2017

Comparto una reflexión sobre las PASO (elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) y macrismo como expresión de la derecha argentina.



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(Por Atilio A. Boron) Luego de las PASO ha ganado fuerza una discusión sobre lo que es y lo que representa el macrismo. En buena hora, porque sin conocer al adversario es imposible derrotarlo. Y, por añadidura, lo mismo acontecerá si quien pretende oponerse a sus designios y desea enfrentarlo no se conoce a sí mismo. Pero ahora nos interesa más internarnos en lo primero que en lo segundo, tarea que dejaremos para una próxima ocasión.

Una nota de cautela
Tengo la convicción que muchos análisis sobre el macrismo parten de una visión sesgada de lo ocurrido en las PASO. Se ha vuelto un lugar común, inclusive entre quienes critican a la derecha, hablar de una “gran victoria”, o de un “triunfo contundente” de Cambiemos, revelando más una suerte de contagio de la euforia montada por esa fuerza política la noche del domingo que un análisis riguroso de la realidad. Los datos que arrojan las primarias para elegir los candidatos a diputados en los 24 distritos del país establecen que el macrismo se alzó con el 35,9% de los votos contra 21% del kirchnerismo y 15,2% del peronismo no kirchnerista. Por supuesto que hay otros elementos que refuerzan el mensaje de las cifras, como las importantes victorias obtenidas en bastiones del peronismo (Entre Ríos, La Pampa, Santa Cruz, San Luis) o en distritos gobernados por partidos provinciales de gran arraigo, como Corrientes y Neuquén. Sin duda, un desempeño muy positivo pero que no alcanza para fundamentar calificaciones como las que señaláramos más arriba. Sin ir más lejos, en las elecciones legislativas de 2013, el FPV obtuvo el 33,6% de los votos y a nadie se le ocurrió hablar, que yo sepa, de una victoria apabullante. De hecho, como se comprobará en el siguiente cuadro, el desempeño de Cambiemos en las PASO es, en términos porcentuales, inferior al obtenido por Alfonsín, Menem y Kirchner en 1986, 1991 y 2005 respectivamente, inferior al del PJ cuando era opositor a De la Rúa en el 2003 y muy similar al obtenido por Cristina Fernández de Kirchner en el 2013, aunque superior al que la presidenta obtuviera en el 2009, tras los fragores del conflicto por la 125. En otras palabras, la de Cambiemos es una elección que en términos generales está por debajo del promedio aunque no es de las peores. Sin embargo, fue celebrada, por propios y ajenos, como si hubiera sido un éxito extraordinario.[1] Misterios de la posverdad, seguramente… Los resultados se sintetizan en el siguiente cuadro:
Presidente     Año elección      Ganador      Porcentaje
                                legislativa                                de votos
                                
         Alfonsín            1985                  UCR              42,3
         Menem              1991                    PJ                40,2
          De la Rúa          2001                    PJ               36,7
         Kirchner            2005                   FPV               41,6
          CFK                  2009                   FPV               30,6
          CFK                  2013                   FPV               33,6
          Macri                2017 *               Cambiemos     35,9

* Cifra del escrutinio provisional de las PASO, no estrictamente comparables con las demás.
Lo anterior no le resta méritos a la victoria de Cambiemos pero redimensiona su importancia. Hay que tener en cuenta que, probablemente, sus guarismos se modifiquen a la baja una vez que se conozcan los escrutinios definitivos de la provincia de Buenos Aires y en menor medida de Santa Fe. El triunfalismo de los diagnósticos predominantes contrasta llamativamente con la sobriedad de uno de los intelectuales orgánicos de la derecha argentina. Para Rosendo Fraga, pues de él estamos hablando, estas primarias “han dejado un resultado confuso, tanto en lo electoral como en lo político. En la suma nacional de votos –que nunca se presentó oficialmente–, Cambiemos habría obtenido aproximadamente el 35%. Es la primera fuerza política en el ámbito nacional, pero más por la dispersión de la oposición que por un apoyo mayoritario”.[2] A lo anterior se suma el hecho, también observado por Fraga, de que si bien el oficialismo aumentaría el número de sus senadores y diputados en caso alguno llegaría a la mayoría en ninguna de las dos cámaras. Primera conclusión: está bien reconocer los aciertos del adversario, pero está mal acrecentarlos y hacerlos aparecer como más de lo que son. Se impone, por lo tanto, mayor parsimonia a la hora de comentar los resultados de las PASO.

Menemismo y macrismo
La segunda cuestión tiene que ver con algunos paralelismos que por momentos se insinúan entre el menemismo y el macrismo. Ciertamente que hay un telón de fondo que les es común. Ambos representan variantes de una reacción neoliberal ante los “excesos” del estatismo, en el caso de Menem o del populismo en el caso de Macri, pero las diferencias no son para nada insignificantes. Brevitatis causae, diría que hay cinco que conviene subrayar. Primero, Menem se apoyaba en un partido político, el PJ, que tenía una abrumadora presencia nacional y un gran respaldo popular anclado en las conquistas históricas del primer peronismo. Macri, en cambio, se apoya en Cambiemos, una heteróclita y sumamente volátil alianza de fuerzas políticas de derecha (y algunas de centro) que si bien al día de hoy es la única con presencia en los veinticuatro distritos del país está muy lejos de ofrecer la firme apoyatura que en los noventa el PJ le aportó a Menem. Puedo equivocarme pero tengo la convicción de que Cambiemos representa más que nada un pasajero estado de ánimo, un cierto humor social “formateado” por la oligarquía mediática, que todavía está lejos de ser una construcción política sólida que pueda desembocar en la creación de un gran partido de derecha. El tiempo dirá si esta hipótesis se confirma o es refutada por el devenir de nuestra vida política. Pero, y esta es la segunda consideración, Macri en cambio tiene a su favor algo que Menem jamás tuvo: un formidable blindaje mediático que le ofrecen los medios más concentrados del país y que cuentan con una capacidad de penetración y de manipulación de las conciencias que ni remotamente existía hace un cuarto de siglo. La debilidad de la construcción partidaria de la derecha es reemplazada, por ahora, con la fortaleza de un aparato de medios de comunicación que, tal como lo anticipara Gramsci, puede en ciertas ocasiones y por un tiempo determinado actuar como el “príncipe colectivo” o, como decía Engels, como el “capitalista colectivo ideal”. Pero es una situación que difícilmente perdure en el tiempo y denota una indisimulable fragilidad política que Menem no tenía y que le permitió detentar el poder durante diez años y medio. Tercero, las políticas del menemismo coincidían con las tendencias dominantes en Estados Unidos y en el capitalismo global. Eran los tiempos del apogeo del Consenso de Washington cuando para ganar elecciones había que hacer pública profesión de fe neoliberal, como además de Menem en 1995 lo hicieran Salinas de Gortari en México, Fernando H. Cardoso en Brasil, Alberto Fujimori en Perú y Patricio Aylwin, Eduardo Frei hijo y Ricardo Lagos en Chile. Pero ese paradigma de política económica hoy ha caído en desgracia con el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca y el neoliberalismo que permea todo el “equipo” de Macri da la sensación de ser anacrónico en más de un sentido.[3] Cuarto, Menem pudo implementar su proyecto sin tener que vérselas con una significativa oposición. Tanto es así que luego de seis años de privatizaciones, desregulaciones, desindustrialización y rápido aumento de la pobreza fue reelecto en 1995 con el 49,9% de los votos, y que la primera gran protesta popular contra sus políticas tuvo lugar en Cutral-Có en 1996, ¡siete años después de iniciado su programa económico! La razón es fácil de comprender: Menem llega a la Casa Rosada luego de la devastación producida por la hiperinflación de 1989 y la tremenda crisis económica que destruyó empleos, reconcentró el ingreso y borró del mapa a infinidad de pequeñas y medianas empresas. Es decir, inicia su mandato una vez consumada una enorme derrota de las clases y capas subalternas. Macri encuentra una economía con muchos problemas –inflación, déficit fiscal, estancamiento económico– pero con una población cuyas condiciones de existencia habían mejorado (en algún caso sensiblemente), empoderada por una conjunto de nuevos derechos económicos, sociales y culturales y en donde el movimiento popular conserva todavía una capacidad de respuesta con la que Menem nunca tuvo que lidiar.[4] Por eso a los pocos meses de iniciado su mandato, Macri se enfrentó a un cúmulo de protestas –si bien desarticuladas y sin contar con el apoyo de los organizaciones gremiales tradicionales– que han ido subiendo de tono a medida que los efectos de sus políticas de “eutanasia de los pobres y los viejos” y el cierre de oportunidades para los jóvenes se sienten cada vez con mayor intensidad. Quinto y último, Menem pudo hacer y deshacer casi a voluntad durante sus años en la Casa Rosada porque a lo anterior sumaba su abyecta sumisión al imperialismo norteamericano, que le ofrecía un “paraguas protector” que Macri no tiene porque Estados Unidos ya no está en condiciones de ofrecer.[5] Si en los noventa ese país experimentaba un auge sin precedentes con la desintegración de la Unión Soviética y su victoria en la Guerra Fría, quedando como la única superpotencia del planeta e ilusionándose con que el siglo veintiuno sería “el siglo americano”, la época actual está marcada por el inocultable comienzo de un proceso de declinación –reconocido por autores tan diversos como Zbigniew Brzezinski, Noam Chomsky, Chalmers Johnson y Tom Engelghardt entre muchos otros– merced a lo cual la otrora inexpugnable “superioridad americana” ya es cosa del pasado. Macri se enfrenta a un mundo mucho más complejo y amenazante que el de los noventa y en donde la redistribución del poder mundial y la emergencia de nuevos centros de poder económico, político y miliar (China, Rusia, India, entre otros) y el debilitamiento de Europa hacen que aun con el ferviente apoyo de Washington la viabilidad de sus políticas esté marcada por la incertidumbre.

La construcción de una nueva hegemonía
De todo lo anterior brota una tercera consideración, relacionada con la construcción de una duradera hegemonía macrista o de derecha en la política argentina. Son muchos los observadores y analistas que auguran su futura concreción, pero la realidad aconseja ser muy cautelosos con estos pronósticos. Primero, porque la hegemonía, como decía Gramsci, “nace de la fábrica” o, si se quiere, del éxito de un modelo económico. El que está intentando poner en marcha Macri es tan incoherente y contradictorio que difícilmente podría ser el fundamento de una construcción hegemónica perdurable. Además, al cabo de más de un año y medio sus resultados han sido decepcionantes, por decirlo con diplomacia.  Miguel Ángel Broda, uno de los más connotados “gurúes” de la City porteña, fue lapidario cuando sentenció, pocos meses atrás: “Acá no hay plan A ni plan B, esto es insostenible en el largo plazo”.[6] El equipo económico es cualquier cosa menos un conjunto armonioso en donde todos tiran en la misma dirección. La improvisación y los disparates están a la orden del día: desde un endeudamiento a cien años, que constituye una brutal e irresponsable estafa intergeneracional perpetrada precisamente por la ausencia de un plan, hasta las alucinantes declaraciones del ministro de Hacienda asegurando veinte años de prosperidad para la Argentina, algo que ningún colega suyo en Noruega, Finlandia o Nueva Zelanda se atrevería a profetizar, mucho menos en Estados Unidos u otros países europeos. Afirmaciones absurdas como esta, sobre todo en un país tan inestable e imprevisible como la Argentina, dan la pauta de que estamos en manos de una ceocracia que ignora por completo el carácter inherentemente cíclico de las economías capitalistas, para ni hablar de las teorías que explican su peculiar comportamiento. En segundo lugar, la construcción de una nueva hegemonía supone la capacidad del grupo dirigente de ofrecer una “dirección intelectual y moral” al resto de la sociedad, y la derecha no puede asegurar ni la una ni la otra. Además, quien tenga pretensiones hegemónicas –cosa bien diferente de tener “capacidad hegemónica”- tiene que estar dispuesto a hacer concesiones significativas a las clases y capas subalternas en aras del bienestar colectivo para que el aspirante a hegemón pueda ser visto, otra vez con Gramsci, “como la vanguardia de las energías nacionales”. El macrismo en cambio aparece como la vanguardia de los intereses de las grandes corporaciones cuyos representantes han colonizado, bajo el gobierno de Cambiemos, las alturas del aparato estatal.


¿Una derecha democrática y republicana?
Una impostergable reflexión, la cuarta, debe necesariamente someter a escrutinio el supuesto democratismo y la adhesión a los valores republicanos de la derecha argentina. Digamos de entrada que la derecha, desde la Revolución Francesa hasta hoy, nunca fue democrática, si es que la palabra democracia conserva aún algún sentido. Ni en Europa ni en Estados Unidos, y mucho menos en América Latina. Es preciso distinguir liberalismo de democracia. La derecha abrazó al primero, luego de una larga batalla contra los bastiones del orden conservador, pero jamás adhirió a la democracia. Sus grandes teóricos lo fueron del liberalismo, no de la democracia. Esta se fue construyendo a pesar –y no con el favor– de la derecha, en una lucha centenaria signada por periódicas regresiones autoritarias –los fascismos europeos, por ejemplo– y, en la periferia del sistema capitalista, por frecuentes baños de sangre y feroces dictaduras. Los sujetos de la democracia fueron las clases y sectores populares, comenzando por las capas medias a mediados del siglo XIX y siguiendo por las distintas fracciones y estratos del universo popular: los obreros fabriles, los campesinos, el “pobretariado” urbano (Frei Betto), las mujeres y, en algunos países, los jóvenes y los pueblos originarios. Estas tentativas fueron implacablemente combatidas por la derecha, ilegalizando a sus principales actores; reforzando los aparatos coercitivos del estado; sancionando legislaciones represivas; desterrando, encarcelando o asesinando sus líderes y provocando golpes de estado cada vez que la “amenaza democrática” aparecía incontenible. Todo esto, además, haciendo gala de un racismo, una xenofobia, una homofobia incompatibles con el espíritu democrático. La historia argentina es pródiga en ejemplos de todo esto.
El padre fundador del neoliberalismo, Friedrich von Hayek, decía que el libre mercado era una necesidad y la democracia una conveniencia, aceptable siempre y cuando no interfiriese con el primero. Las burguesías de todo el mundo aceptaron a regañadientes los avances de la democracia bajo dos condiciones: uno, cada vez que la correlación de fuerzas se inclinaba decisivamente hacia el campo popular –y en este sentido la sola presencia de la Revolución Rusa fue decisiva para el avance de ese proceso en Europa y, más indirectamente, en el Tercer Mundo; y, dos, cuando la democracia fue vaciada de su contenido radical sintetizado en la célebre fórmula de Abraham Lincoln: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” y reemplazada por otra que asimila la democracia al “gobierno de los mercados, por los mercados y para los mercados”. Creer que la derecha se ha convertido en un actor democrático porque, en un alarde de oportunismo demagógico, ahora se ha maquillado y suavizado su discurso es una peligrosa ilusión[7]. Su dominio antidemocrático se ha perfeccionado con lo que Noam Chomsky denomina “estrategias de manipulación mediática”, es decir, el imperio de la “posverdad” en sus medios y en su discurso. Como bien recuerda María Pía López, al macrismo es post-democrático: “puede encarcelar sin ley, echar jueces con la argucia de demorar un acto de asunción, omitir votos, suspender conteos” y, agregaríamos nosotros, criminalizar la protesta social.[8]
Pero la derecha tampoco es republicana, pese a que se ufana día a día en proclamar su republicanismo discursivo que no resiste la prueba de los hechos. Desde el intento de designar a dos jueces de la Corte Suprema por decreto hasta el desconocimiento de la resolución de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos exigiendo la liberación de Milagro Sala pasando por la “picardía” de suspender al Camarista Eduardo Freiler con una trampa leguleya y administrativa (que si se hubiera hecho durante el kirchnerismo las denuncias y la gritería de los custodios de la república habrían sido escuchadas hasta en Júpiter) hasta el vicioso ataque en contra de la Procuradora Alejandra Gils Carbó y la inacción estatal ante la desaparición de Santiago Maldonado a manos de las fuerzas represivas del estado hablan de un republicanismo “para la tribuna”, de labios para afuera y de más que dudosa credibilidad.[9] Si a esto le agregamos la involución neocolonial de un gobierno que en el flanco internacional ha cedido posiciones en todos los frentes, desde Malvinas hasta la Unasur, pasando por todas las instancias intermedias como el abandono del proyecto ARSAT III, su gris desempeño en el G20 y su triste papel como mandadero de Washington para hostigar a Venezuela, comprobaremos la “insoportable levedad” de su democratismo y su republicanismo. Sobre todo si como lo ha hecho el gobierno de Macri se asumen como propias la agenda exterior, las prioridades y los intereses de Estados Unidos, en desmedro de nuestra viabilidad como nación soberana y dueña de su destino. Y esto es suficiente para desechar cualquier pretensión de la derecha de embanderarse con la democracia porque esta tiene como condición sine qua non la soberanía popular, que se convierte en una piadosa ficción ante la ausencia de soberanía nacional. Y si hay algo a lo que el macrismo y toda la derecha argentina han renunciado es a preservar un mínimo de autodeterminación nacional en aras de forjar una nueva “relación carnal” con el veleidoso emperador que tiene al mundo en vilo. Por lo tanto, esa derecha no puede ser democrática, por más que su fachada y sus rituales se esfuercen por dar la impresión contraria. Y tampoco es genuinamente republicana.

Conclusión
Esta es la fisonomía sociopolítica del macrismo, un régimen que descansa más en la productividad política de los poderes fácticos que en las instituciones de la democracia. Estos también son sus límites. Contener la arremetida de la derecha y frustrar sus planes no será tarea sencilla. Requerirá una enorme acumulación de poder popular, de voluntades plebeyas que se sumen a un proyecto de recuperación democrática y nacional que sólo podrá ser exitoso si se construye “desde abajo” y democráticamente hasta en sus menores detalles. No sólo eso: también deberá efectuarse un ejercicio autocrítico que establezca un balance realista de los aciertos y desaciertos del kirchnerismo, para profundizar lo que se hizo bien, corregir lo que se hizo mal y hacer lo que no se hizo (por ejemplo, una reforma tributaria o la nacionalización del comercio exterior, entre otras iniciativas). Deberán asimismo forjarse nuevas estructuras organizativas del campo popular sin ninguna clase de hegemonismos puesto que de la derrota del 2015 nadie salió indemne. Además, deberá librarse una enérgica batalla de ideas para contrarrestar los efectos narcotizantes de la oligarquía mediática puesta al servicio de la restauración conservadora. Sólo esto nos permitirá encarar las luchas que se avecinan con alguna perspectiva de éxito. No es hora de pesimismos. Aquí conviene recordar una vez más la fórmula gramsciana: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.” Y recordar también que no es la primera vez que el pueblo argentino desbarata los planes de sus opresores.





[1] No son estrictamente de “medio término” pues dado que el mandato presidencial hasta la reforma constitucional de 1994 era de seis años, Alfonsín y Menem tuvieron dos elecciones de diputados nacionales. A partir de 1995 sólo una.
[2]Unas PASO que gana el Gobierno, pero que no resuelven interrogantes”, en http://www.nuevamayoria.com/index.php?option=com_content&task=view&id=5409&Itemid=39


[3] Un ejemplo: luego de la tan promocionada visita del vicepresidente de EEUU Mike Pence, el gobierno de Donald Trump, un “amigo” del presidente Mauricio Macri, impuso fuertes aranceles a la exportación argentina de biodiesel que prácticamente la sacaron del mercado estadounidense. Ver http://www.lanacion.com.ar/2055674-eeuu-impuso-fuertes-aranceles-y-dejo-al-biodiesel-argentino-fuera-del-mercado
[4] Lo cual no quita que pese a las políticas sociales puestas en marcha por CFK no se hubiera podido reducir significativamente un núcleo duro de pobreza que oscilaba en torno al 30% de la población y que fue el destinatario principal de las activas políticas de promoción social aplicadas en aquellos años. Este sector no salió de la pobreza pero al menos fue beneficiado por numerosas políticas compensatorias que hoy están siendo poco a poco recortadas, aunque el gobierno sabe muy bien que si se excede en su afán ajustador puede provocar una reacción popular imposible de controlar. Hay que comprender que aun dentro del oficialismo hay un sector que entiende los riesgos que entraña un recorte salvaje a las políticas sociales mientras que otro, arraigado en el gabinete económico, sostiene en línea con los teóricos del neoliberalismo, que el trabajo no es un derecho sino un privilegio que muchos no merecen disfrutar. Esto está en concordancia con una reflexión que periódicamente aparece en Estados Unidos acerca del pobre que merece ayuda del gobierno y el que no (el undeserving poor ), que lo es por su holgazanería, su vida disipada y sus vicios. El supuesto, obvio, es que la pobreza no es el resultado natural de la economía capitalista sino el reflejo de la constelación de actitudes, creencias y valores de los individuos. Eso es lo que los salva o los condena, no el sistema.
[5] Esta es una metáfora utilizada por Joseph Schumpeter para referirse a la protección que la aristocracia inglesa le ofrecía a la burguesía en su fase de ascenso a cambio de conservar sus privilegios y su control de la Cámara de los Lores en el Parlamento británico.
No muy diferente es la opinión de otro de los economistas de consulta obligada de los capitalistas argentinos, José Luis Espert, tal como se refleja en sus numerosas intervenciones públicas a través de la prensa, la radio y la televisión. 
[7] El texto de José Natanson, que tuvo el mérito de abrir este debate y formular algunas atinadas observaciones, plantea de manera radical la tesis del carácter democrático de la derecha. Ver su “El macrismo no es un golpe de suerte”, en Página/12, 17 de agosto de 2017. Disponible en:
https://www.pagina12.com.ar/56997-el-macrismo-no-es-un-golpe-de-suerte  Un aporte fundamental para analizar este tema se encuentra en la obra de Ellen Meiksins Wood, Democracia contra capitalismo. La renovación del materialismo histórico (México DF: Siglo XXI, 2000). Un par de libros de nuestra autoría se encuentran en la misma línea: Estado, capitalismo y democracia en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 2003) y Tras el Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo contemporáneo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000), ambos disponibles para descarga gratuita en diversos sitios de internet.
[8] “Qué hay de nuevo, viejo?”, en Página/12, 21 de agosto 2017, https://www.pagina12.com.ar/57928-un-nuevo-proyecto-hegemonico
[9] Ver el análisis de este tema en el libro de Ezequiel Adamovsky, El cambio y la impostura. La derrota del kirchnerismo, Macri y la ilusión PRO (Buenos Aires: Planeta, 2017) pp. 19-63.
ACADÉMICOS Y PROCESOS EMANCIPATORIOS EN AMÉRICA LATINA. Carta Abierta a los colegas de CLACSO sobre la situación imperante en Venezuela.


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Buenos Aires, 20 de Agosto, 2017

Estimados colegas: días pasados llegó a mis manos una solicitud elaborada por el Grupo de Trabajo de CLACSO sobre "Ciudadanía, organizaciones populares y representación política" en donde se "demandan a los actuales directivos de CLACSO una condena pública a la deriva dictatorial que ha tomado el régimen madurista en Venezuela, así como la exigencia del restablecimiento del Estado de Derecho, la libertad de los presos políticos, y el fin de la represión a las protestas populares."

Dada la trascendencia del tema planteado por este pedido y la muy preocupante tendencia del mundo de las ciencias sociales a adoptar cada vez con más frecuencia posturas conservadoras en relación a las luchas populares y las experiencias progresistas y de izquierda en América Latina y el Caribees que me parece oportuno compartir estas dos breves reflexiones sobre el asunto.

Primero, es indudable que hay una tragedia en curso en Venezuela, y que si no se detiene su dinámica -como, felizmente, está comenzando a suceder debido a la convocatoria a elecciones de gobernadores y alcaldes- la escalada de la violencia ​podría llegar a tener un desenlace aún más sangriento que lo que hemos visto en los últimos meses. Sin embargo, no creo que sea una contribución positiva a este fin una presentación como la que hacen los integrantes del GT ​en la cual se omite la imprescindible referencia a la génesis de esta desgraciada situación. Por muchas críticas que merezca el gobierno de Nicolás Maduro no fue este quien inició este horrendo espiral de violencia que hoy agobia a Venezuela. La verdad histórica es que esta fue producto de la decisión de la fracción extremista y violenta de la oposición (cuyos líderes tuvieron activa participación en el frustrado golpe de estado de Abril del 2002)  de alterar por la fuerza el orden constitucional vigente en Venezuela primero en febrero del 2014 (mediante una operación sugestivamente llamada​ "La Salida") y más recientemente a partir de abril del corriente año con una potenciada apelación a tácticas violentas que, en su conjunto, configuran el delito de sedición que en Estados Unidos, por ejemplo, es un crimen federal purgado con largos años de cárcel e inclusive con pena de muerte. Hemos visto en ese país con asombro y consternación desmanes y atrocidades como pocas veces, si alguna, se han registrado en la historia de América Latina y el Caribe. Por ejemplo, quemar vivas a personas sospechosas de simpatías chavistas. Sería largo y ocioso enumerar los crímenes en los cuales incurrió una oposición deseosa -como lo declararan una y otra vez sus líderes- de acabar con el gobierno de Maduro, a cualquier precio y sin atenerse a la normativa vigente. Tentativas que, como lo confirman sucesivas declaraciones del Director de la CIA, Mike Pompeo; el Secretario de Estado, Rex Tillerson y el propio presidente Donald Trump fueron estimuladas, amparadas y financiadas por el gobierno de Estados Unidos. Y este es un dato que debería servir para dividir claramente las aguas de la política porque, por más críticas que puedan dirigirse en contra de un gobierno democráticamente electo como el de Nicolás Maduro es éticamente inadmisible cohonestar los planes del imperio  para derrocarlo. Hacer eso es cruzar una “línea roja” que jamás debería ser traspasada por quienes deberían saber que sin autodeterminación nacional la democracia y la soberanía popular se convierten en inocuas entelequias. Desgraciadamente, en la solicitud que el GT eleva a las autoridades de CLACSO no parece haber consciencia de este problema. Por el contrario, se perfila un sesgo muy claro que se traduce en una visión ofuscada y maniquea en donde el demiurgo de la maldad es el gobierno, mientras que la fracción terrorista de la oposición que organizó violentas “guarimbas”,  saqueos, asesinatos y que propició que incendiaran maternidades y escuelas y prendieran fuego a personas ni es mencionada en su petición o se la (mal) representa como si fuera una oposición democrática respetuosa de las leyes y la institucionalidad vigentes y como si el imperialismo no tuviera nada que ver en esta situación. Coincido en que no se puede seguir ignorando la tragedia en curso en Venezuela, y también creo que sólo un planteamiento equilibrado -en donde las responsabilidades de la oposición y del gobierno sean adecuadamente sopesadas- podría ser conducente al logro de los objetivos que el GT se propone. El debate sobre la génesis, desarrollo y perspectivas de la crisis venezolana es una obligación impostergable de los científicos sociales de la región. Pero esto supone la capacidad para examinar esta delicadísima situación desde diferentes ángulos y no sólo desde una de las dos partes en conflicto, la oposición, como claramente se revela en la solicitud del GT.


Segundo, no puedo dejar de señalar que el requerimiento del GT parece ignorar que hay varias tragedias en curso en Nuestra América, y sería bueno que conscientes de la situación los colegas también exigieran una toma de posición ante ellas, cuyo costo medido en vidas humanas -si es que se acepta este criterio como uno de sus indicadores de la crisis- es muchísimo más oneroso que el que se registra en la República Bolivariana. Solicitar a las autoridades que se pronuncien sobre la situación de Venezuela está bien, si se hace con ecuanimidad; pero ¿qué decir de los 200.000 muertos ocasionados por la "guerra contra las drogas en México", los más de 28.000 desaparecidos en ese país, los ocho periodistas asesinados en lo que va del año, las fosas comunes que periódicamente aparecen ante la luz pública, la atrocidad perpetrada en Ayotzinapa, el fraude sistemático de sus procesos electorales? ¿Y qué decir de la violencia sin fin que enluta a Colombia, que en poco más de un año sufrió el asesinato de unos 150 líderes sociales sin que esta sangría mereciese una línea en los principales  medios de comunicación como tampoco la mereció el desplazamiento forzado de más de siete millones de campesinos expulsados de sus tierras por el paramilitarismo​? ¿O de la violencia descargada sobre los pueblos de Honduras y Paraguay luego de los "golpes blandos" perpetrados en el 2009 y 2012 respectivamente? ¿O del "golpe blando" tramado por una gavilla de bandidos en el Congreso brasileño, instalando en la presidencia de ese país a uno de los personajes más corruptos y más odiados de la política brasileña? ¿O de los presos políticos que si hay en Argentina (Milagro Sala es solo la más famosa) y el caso de Santiago Maldonado, desaparecido por la Gendarmería Nacional en un ataque a una comunidad Mapuche en Esquel​? Hablar sobre Venezuela y callar sobre todo lo demás es una actitud​ reñida con la necesaria ecuanimidad que debemos observar los científicos sociales.



​Ojalá que estos comentarios sirvan para estimular un debate largamente postergado en el campo de las ciencias sociales y las humanidades.

Atilio A. Boron


10.8.2017 




Ha muerto Patricio Echegaray, la más significativa figura argentina en el campo de la lucha antiimperialista. Ningún líder en la izquierda de nuestro país alcanzó desde el asesinato del Che Guevara hace ya medio siglo la gravitación internacional que supo tener Patricio y el respeto que suscitaba en las fuerzas y partidos populares y revolucionarios de los países de Nuestra América. A la hora de despedirlo, de rendirle este postrer homenaje, es imprescindible situar su figura en el momento histórico en el cual hubo de desplegar su protagonismo. Los hombres hacen la historia pero como Marx recordaba en El Dieciocho Brumario, la hacen según circunstancias concretas y legados históricos que escapan a su voluntad. Y esas circunstancias difícilmente podrían haber sido peores en el momento en que, después de una larga experiencia de organización y lucha en la FEDE, Patricio Echegaray asumía la Secretaría General del Partido Comunista Argentino.
En la Argentina, el frágil experimento democrático iniciado con la presidencia de Raúl Alfonsín estaba siendo crecientemente amenazado por una rebelión militar que irrumpiría escasamente un año después de que Patricio se hubiera hecho cargo de la conducción del PC. La amenaza de un resurgimiento del golpismo se combinaba con el fracaso económico del alfonsinismo, la irreductible combatividad cegetista (sugestivamente desaparecida ni bien Alfonsín fuese sucedido por Carlos S. Menem) y el acoso permanente del peronismo, todo lo cual hacía temer por un catastrófico derrumbe del recién nacido proceso democrático y colocaba al partido ante gravísimos e inéditos desafíos. En América Latina las dictaduras iniciaban una lenta (e incompleta) retirada en Brasil y Uruguay, mientras que en Chile el pinochetismo permanecía firmemente en control de la situación. En suma, los partidos comunistas de la región a duras penas comenzaban a curar las heridas de un pasado atroz y de una persecución implacable. Más al norte, Cuba resistía como un faro de potente luz que convocaba a nuestros pueblos al no pago de la deuda y a resistir el chantaje imperial. Hacia allí dirigió su mirada Patricio y encontró, en Fidel y en toda la dirigencia revolucionaria cubana, el apoyo que necesitaba para hacer frente a los retos que le planteaba la historia.


Pero en esa misma época, ya bien entrada la segunda mitad de los ochentas, el desenfreno belicista de Ronald Reagan en Estados Unidos unido al siniestro protagonismo de Juan Pablo II demolían los últimos bastiones que protegían a la Unión Soviética y los países del Este Europeo. En noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín y con él se venía abajo la República Democrática Alemana, que según algunos expertos norteamericanos habían pronosticado sería el último país del Pacto de Varsovia en regresar al capitalismo. Fue el primero, y por la brecha abierta en el muro ingresaron, en frenético tropel, las tropas de asalto del capitalismo dirigiendo todo su poderío para conquistar el botín más preciado: desintegrar a la Unión Soviética, cosa que lograrían en poco más de un año, y acabar para siempre con la Revolución Rusa, el acontecimiento más trascendental de la historia del siglo veinte. Consumada la victoria estadounidense en la Guerra Fría comenzarían a escucharse los himnos de victoria que anunciaban el inicio del Nuevo Siglo Americano. La única superpotencia que quedaba en pie redobló sus esfuerzos para diseñar el nuevo orden hemisférico y elaborar los contornos de lo que luego sería el ALCA, es decir, la definitiva subordinación económica, y por lo tanto política, de América Latina y el Caribe a los dictados de Washington. El Consenso de Washington se imponía con una potencia arrolladora en toda la región y desaparecida la URSS y China avanzando por un inesperado sendero, el futuro del socialismo aparecía ante los ojos de millones de personas definitivamente clausurado. En Nuestra América Cuba se debatía en medio de las penurias del “período especial” mientras que muchos de sus “amigos” le aconsejaban a Fidel que arriase definitivamente las banderas de un proceso que a escala global se había derrumbado. En el resto de los países del área el neoliberalismo más desenfrenado reinaba sin contrapesos: Menem, Sanguinetti, Lagos, Sarney, Salinas de Gortari, Carlos A. Pérez, Sánchez de Losada, Fujimori eran las estrellas rutilantes del nuevo mundo que brotaba del veredicto final de la Guerra Fría. La historia había terminado, decía Francis Fukuyama, y el capitalismo de libre mercado y la democracia liberal aparecían como las grandes triunfadores. Había que entregar las armas y abandonar la lucha. Ese era el mensaje que le llegaba a Patricio.
Para enfrentar tan amenazante coyuntura había que remar contra la corriente, y Patricio lo hizo sin desmayos acompañando la epopeya de Cuba para salvar su Revolución y los pocos frentes de lucha que quedaban en pie en América Latina y el Caribe: Colombia, con la consolidación territorial de las FARC-EP y el Frente Farabundo Martí en El Salvador, que resistió con heroísmo la ofensiva norteamericana hasta obligar a los invasores a firmar lo que para Washington fue un vergonzoso armisticio. En Nicaragua la revolución sandinista había sido derrotada por una repugnante combinación de injerencia militar norteamericana y corrupción oficial y en el resto del continente las pocas fuerzas de izquierda pugnaban por reunir sus fuerzas diezmadas por las dictaduras y luego confundidas y desorientadas por el arrasador tsunami neoliberal, la resignación a que las inducía el posmodernismo y la confusión ideológica resultante, fenómeno este particularmente grave en la Argentina. De la noche a la mañana grandes partidos comunistas de América Latina y Europa desaparecían del mapa. En México el otrora formidable PCM se desintegró en mil fragmentos y en un acto tan asombroso como imperdonable repudiar su nombre y su cuasi centenaria identidad. En otras latitudes, los partidos comunistas se hundían en la irrelevancia o se desdibujaban casi por completo, cambiando de piel y recubriéndose con otra de indudable matiz socialdemócrata, cuando no escandalosamente social-liberal. En Italia, sede del mayor partido comunista del mundo occidental el periplo iniciado por la revisión eurocomunista terminó con la defunción, sin dejar rastros,  del gran partido de Gramsci y Togliatti, mientras que en Francia y España las identidades comunistas permanecían pero sufriendo un tremendo drenaje de sus fuerzas y quedando reducidas a una mínima expresión. La súbita conversión de tradicionales partidos comunistas y numerosas camadas intelectuales, otrora celosas custodias de la ortodoxia marxista, a la nueva fe del capitalismo triunfante produjo estragos en el terreno de la política y la cultura y renovó la urgencia de librar una gran batalla de ideas premonitoriamente convocada por Fidel.
En ese contexto histórico, tan poco promisorio, Patricio desplegó su accionar. Dotado de una fuerte personalidad y comunista indoblegable, las circunstancias probaron que era también un avezado piloto de tormentas, capaz de mantener el pulso firme en el timón de la nave del PC en medio de una borrasca universal. Mientras contemplada azorado y entristecido el hundimiento de partidos hermanos a lo largo y a lo ancho del planeta él perseveraba en el intento de salvar al navío que había sido echado a la mar en el Teatro Verdi de La Boca apenas un año después del triunfo de la Revolución Rusa. En medio de tanta devastación Cuba demostraba que se podía, y que había que apelar a las fuerzas morales y políticas que le permitieron a la isla sobrevivir a la debacle generalizada de la izquierda mundial para salvar al Partido Comunista del naufragio. A lo largo del camino sorteó trampas de nada inocentes “progresistas” que le decían que había que liquidar al partido para fundirlo en nuevas construcciones políticas y dudosas alianzas de sospechosos contornos; o que había que “aggiornarlo” ideológicamente, eufemismo que en términos prácticos era una capitulación en toda la línea, abandonando la lucha anticapitalista y antiimperialista para así ingresar al condominio de partidos burgueses, revestidos de una débil pátina “progre” para gerenciar un inverosímil “capitalismo con rostro humano”, oxímoron político jamás visto y que jamás se verá. Como persona de una fina sensibilidad comprobó con tristeza la deserción de muchos, ganados por la desesperanza, o por un súbito arranque de eclecticismo teórico y político combinado en no pocos casos con oportunos tránsitos hacia otras expresiones políticas que prometían mejores recompensas. Pero en la oscuridad de esa noche  también percibió, precozmente, el destello de una pequeña luz que comenzaba a titilar en el extremo norte del continente. Otro faro se estaba encendiendo en Caracas y Patricio, tras las huellas de Fidel, comprendió que estábamos en vísperas de una nueva batalla. Que el capitalismo era incorregible e irreformable, y que en Latinoamérica se iniciaba una fase de ascenso en la lucha de clases que ponía en evidencia la precariedad de todo el tinglado económico y político montado por el neoliberalismo. Con su coraje y convicciones de siempre se dispuso a ocupar su puesto en lo que prometía ser una nueva ronda en la inacabable lucha en contra del imperialismo. Y allí estuvo, y se convirtió en un animador extraordinario del proceso que nacido con el ascenso de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela corrió como reguero de pólvora por toda Nuestra América. En pocos años el mapa sociopolítico de la región mudó radicalmente, y gobiernos de izquierda y progresistas surgieron en casi todos los países y con un denominador común: poner coto a la dominación imperialista y avanzar en la unidad de los pueblos de América Latina y el Caribe. Este proceso tuvo su culminación en la derrota del más completo proyecto de sumisión de nuestros países al yugo norteamericano: el ALCA, sepultado en Mar del Plata en noviembre del 2005 y en donde Patricio tuvo un indiscutible protagonismo junto con los principales líderes políticos y sociales de la región. Luego de tan resonante victoria su espíritu analítico le decía que había que continuar la lucha, porque ahora quedaba la tarea, inmensa, de perfeccionar la articulación de las diferentes fuerzas políticas y movimientos sociales en el plano continental para tornar irreversible la victoria obtenida en Mar del Plata. Atento lector de los clásicos de la emancipación latinoamericana, de Bolívar y Martí, de Fidel y el Che entre tantos otros, orientó su acción en esos años siguiendo los consejos de Martí en “Plan contra Plan”. Sabía que el enemigo imperialista buscaba dividirnos y dispersarnos, y que para contrarrestar sus propósitos teníamos que aunar fuerzas, encontrarnos, juntarnos. Por eso, aparte de ser el mayor dirigente antiimperialista de la Argentina y uno de los principales de Latinoamérica y el Caribe Patricio hizo de la unidad de las fuerzas de izquierda y antiimperialistas uno de sus principales proyectos políticos. Fiel a las enseñanzas del Che sabía que sin ella no podríamos librar exitosamente el combate contra la agresión norteamericana. No muchos en la izquierda lo comprendieron, y menos todavía comprenden hoy la importancia decisiva, excluyente, del enfrentamiento con el imperialismo, cuestión que baña con imborrable deshonor a quienes así actúan.

Cuba, Colombia, Bolivia, El Salvador, Nicaragua y Venezuela lo conocieron de cerca. Fidel, Raúl, Manuel Marulanda, Evo, Shafik Handal, Ortega, Chávez, Correa sabían que encontrarían en él un interlocutor inteligente y un hombre de probadas convicciones revolucionarias. Encontrarían también a un internacionalista tal como lo manda la mejor tradición comunista, a un militante de la unidad de la izquierda y a un intransigente antiimperialista. Y también a un hombre de coraje, valiente como pocos y tan distinto de los que con mucha razón Álvaro García Linera definiera como “revolucionarios de cafetín”. 

Cierro esta semblanza con la cual despido a un amigo y un camarada ejemplar con una historia que me fuera contada por Fidel y que retrata a Patricio de cuerpo entero. “Cuba necesitó siempre gente como Patricio”, un día me dijo. “Muchas veces teníamos que enviar mensajes o establecer contactos en distintos países, y no podíamos hacerlo con nuestra propia gente. Patricio fue uno de los más activos colaboradores en ese terreno, nos ayudó mucho.” Pensé que la historia terminaba allí pero el Comandante siguió y me dijo que “hace muchos años había una misión que era muy peligrosa y no encontrábamos a un amigo de total confianza para hacerla. Había que ir a Colombia, meterse en la selva y llegar donde Marulanda. Necesitábamos entregarle una documentación y, además, que alguien pudiera conversar con él en nuestro nombre, transmitirle lo que pensábamos los cubanos de la situación y las perspectivas de la guerrilla de las FARC. Sabíamos que, por su inteligencia y sus conocimientos de la realidad colombiana Patricio podría hacerlo, pero no queríamos arriesgarlo. Si en el difícil trayecto hasta llegar al comando central de las FARC tropezaba con una patrulla del ejército colombiano, o con paramilitares, era hombre muerto, y a alguien como él había que preservarlo. Pero el tiempo pasaba y no hallábamos quien pudiera ir. Finalmente lo llamamos y le pedimos que viniera a La Habana que teníamos algo que conversar con él. A los pocos días ya estaba con nosotros. Le explicamos cuidadosamente nuestros planes, y los peligros que correría en una travesía que duraría entre dos y tres meses, cruzando selvas enmarañadas, ríos torrentosos, debiendo salvar exitosamente, con el acompañamiento de los guerrilleros, al menos tres círculos de seguridad que custodiaban el acceso al campamento central de las FARC. Había que ir a pie, abriendo brechas en la selva a machetazo limpio; a veces en precarias canoas, ocasionalmente a caballo. Y siempre atentos al enemigo que estaba por todas partes. ¡No dudó ni un minuto! Le dijimos que lo pensara, que se jugaba la vida, que habíamos tomado todas las precauciones pero si había una pequeña falla en la operación –una señal mal interpretada, una delación, un accidente, un problema de salud- su suerte estaría echada. Insistió, me dijo que iría y al día siguiente estaba comenzando el entrenamiento para llevar adelante la misión. La realizó con un éxito total. Estuvo con Marulanda y la plana mayor de las FARC y no sólo entregó nuestro documento sino que, tan interiorizado estaba del mismo, que pudo explicarlo hasta en sus más mínimos detalles y persuadir a la dirección de las FARC de la necesidad de revisar sus tácticas como movimiento guerrillero. Fue un acto heroico de solidaridad y camaradería revolucionaria, una contribución extraordinaria a la causa de la revolución, y por eso mi gratitud y la de Cuba con Patricio será eterna.”




Ese era Patricio Echegaray. Un imprescindible, como decía Bertolt Brecht. Seremos fieles a su memoria.
¡Hasta la victoria, siempre, querido amigo y camarada! 
7 Agosto 2017

Comparto unas reflexiones a propósito de mis opiniones sobre la situación en Venezuela y la reacción de la oligarquía mediática.
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La desigual cobertura del periodismo: Venezuela es foco exclusivo de atención. México, sumido en el horror, no.


                                                                    "Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad
 y hoy existen para impedir que la verdad se diga.”
(G. K. Chesterton, 1917)
(Atilio A. Boron)  En los últimos días, en coincidencia con la decisión de Cambiemos de hacer de Venezuela uno de sus ejes de campaña, fui sometido a un ataque sin precedentes desde las ciudadelas de la oligarquía mediática argentina a propósito de mis opiniones acerca de lo que está ocurriendo en aquel país. Periodistas y académicos unieron sus fuerzas para no sólo disentir con mis ideas sino también para lanzar toda suerte de agravios sobre mi persona. No tiene sentido referirme a cada uno de sus autores por separado, y esto por dos razones. Primero,  porque en el fondo su discurso es el mismo: variantes de un mismo guión dictado desde Washington, reciclado por sus acólitos neocoloniales y lanzado por ellos a través de los “medios independientes” (¿independientes de quiénes?) para hostilizar  a quienes piensan distinto. Segundo, porque individualizarlos sería conferirles a los autores de tales libelos una dignidad que su estatura intelectual y moral hace totalmente inmerecida. Dicho esto, en lo que sigue, va mi respuesta.

Uno. En Venezuela la oposición está compuesta por dos sectores. Uno, que acepta al diálogo con el gobierno. Otro, totalmente opuesto a él y dispuesto a quebrar el orden constitucional y derrocar a Nicolás Maduro apelando a cualquier recurso, legal o ilegal. Desgraciadamente, esta fracción ha sido la que hasta la semana pasada ha hegemonizado la oposición amenazando al sector dialoguista con una brutal represalia si cedía a los llamados del gobierno.[1] Negociar con éste equivalía, para los violentos, a una infame traición a la patria, merecedora de los peores castigos.  Este grupo extremista y fascista hasta el tuétano, venía conspirando contra la democracia desde el fallido golpe de estado del 11 de abril del 2002 y sus principales líderes: Leopoldo López, Henrique Capriles, Antonio Ledezma, Freddy Guevara, Julio Borges y María Corina Machado apoyaron abiertamente aquel golpe. Machado, una de las “demócratas” de hoy,  fue firmante del Acta de Juramentación de la nueva junta de gobierno presidida por el empresario Pedro Carmona Estanga. En dicha acta se cancelaban las libertades públicas, se abolían todas las leyes producidas por el chavismo y se decretaba la cesación en sus cargos de todas las autoridades electas  y de los parlamentarios y ediles del país. Estos fascistas fueron los que, bajo el liderazgo de Leopoldo López, organizarían la sedición de febrero del 2014 –significativamente llamada “Operación Salida”- una vez consumada la derrota del candidato Henrique Capriles en las elecciones presidenciales convocadas luego de la muerte de Hugo Chávez. La “Operación Salida” adoptó las tácticas violentas de control de la calle aconsejadas en diversos manuales de la CIA y en la obra de uno de sus máximos teóricos, Eugene Sharp. Aquellas contemplaban la realización de atentados de todo tipo a instalaciones públicas, autobuses, erección de barricadas armadas (“guarimbas”) impidiendo que la gente saliera de sus hogares y matanza indiscriminada de personas para aterrorizar a la población. A diario López declaraba que esta insurrección sólo cesaría con la renuncia de Maduro. Finalmente se restableció el orden público, pero con un saldo luctuoso de 43 muertos. López fue apresado y enviado a la justicia donde, como veremos más abajo, recibió una moderada condena, desproporcionada en relación a los crímenes cometidos.  Este mismo grupo es el que en abril de este año relanzó la segunda fase de la estrategia insurreccional, pero incrementando exponencialmente la violencia de sus actos e introduciendo macabras innovaciones en sus tácticas de “oposición democrática”: arrojar bombas incendiarias sobre jardines infantiles y hospitales y, como en los viejos tiempos de la Inquisición, quemando vivas a personas cuyo pecado fuese tener el color de piel incorrecto según el criterio de los terroristas. Cuando al describir este deplorable escenario utilicé la expresión “aplastar a la oposición” era obvio para cualquier lector atento de mi artículo que me estaba refiriendo a este sector y no a quienes deseaban una salida pacífica, como felizmente parece estar en marcha en estos últimos días. Cualquier interpretación en contrario sólo puede ser producto de la mala fe. Pero fue dicha lectura la que originó la primera ronda de críticas e insultos.

Dos, si algo revela la monumental hipocresía de mis censores es su sepulcral silencio a la hora de proponer alguna alternativa para detener la violencia en Venezuela. Críticos que en su enorme mayoría no conocen ese  país, que jamás estuvieron en él, ignoran su historia y no tienen amigos o parientes viviendo allí se dan el lujo de agraviar a quien piense de otra manera. Mi preocupación obsesiva por el deterioro de una  situación que podría desembocar en una orgía de muerte y destrucción se funda en la necesidad de evitar para Venezuela -y para los amigos que tengo en ambos lados, en el chavismo y en la vereda de enfrente- un final apocalíptico. No es el caso de mis censores, a quienes en su condición de obedientes publicistas de la derecha – la de aquí y la de allá, y sobre todo la de “más allá”, en Washington- se les ordenó que descarguen toda su artillería contra quienes tuviéramos la osadía de defender el orden institucional en Venezuela. Mil veces hice la pregunta: ¿cómo se detiene la violencia iniciada, nuevamente por la derecha golpista, y ante la cual la respuesta del Estado fue débil e insuficiente? Las respuestas casi siempre fueron evasivas, pero cuando les exigía mayores precisiones lo que decían era: “renuncia de Maduro y convocatoria a elecciones presidenciales.”  Es decir que estos severos críticos de mis opiniones, autoproclamados (pero inverosímiles) custodios de la libertad, los derechos humanos y la democracia, no son otra cosa que vergonzantes apologistas de la fracción terrorista de la oposición. Lo que quieren estos furiosos escribas es nada menos que el triunfo de la sedición, la victoria de los golpistas, el retorno de los fascistas y  la destrucción del Estado de derecho. O sea, quieren exactamente lo mismo que la pandilla de López y sus compinches. Son, por lo tanto cómplices, cuando no autores intelectuales o legitimadores post bellum, de la barbarie desatada por la derecha. En su desesperación por acabar con el chavismo apelan a una retórica que sólo en apariencia es democrática. Lo que hay debajo de sus huecas palabras es una afrenta a los valores humanísticos que dicen defender. Tendrán que hacerse cargo de su apología de la violencia. Porque, en la reseca llanura de la política latinoamericana, con tantas “democracias” que empobrecen, marginan y lanzan a la desesperación a millones de personas no sería de extrañar que fuera de Venezuela surjan  grupos que ante el ostensible vaciamiento del proyecto democrático decidan también ellos apelar a la violencia para derrocar gobiernos que los hambrean y embrutecen. Si los sedicentes custodios de la democracia aprobaron esa metodología en Venezuela, ¿la apoyarán también cuando se ensaye en otros países? ¿Qué van a decir entonces? ¿Que saquear, incendiar, matar y quemar vivas a personas está bien en Venezuela pero estaría mal en Colombia,  Argentina,  México? ¿No les suena un poquitín incoherente exaltar la vía insurreccional en contextos laboriosamente democráticos y que tanto costó construir?

Henrique Capriles tomando por asalto la embajada de Cuba durante el golpe de Abril del 2002


Tres, decíamos más arriba que esta ofensiva se produce en momentos en que el gobierno argentino hizo de Venezuela uno de los ejes de su campaña electoral. Este sábado fue la punta de lanza para suspender a Venezuela del Mercosur, violando las normas del Mercosur y la Carta Democrática establecida en el Protocolo de Ushuaia, y los ataques tienen que ver con eso pero también con algo más. Obedientes, los escribidores y charlistas de los medios hegemónicos arremeten con saña contra cualquiera que defienda al gobierno legal, legítimo y constitucional de Nicolás Maduro. La voz del amo imperial les exige que digan que su gobierno es una feroz dictadura, una manzana podrida en el cajón donde brillan las ejemplares democracias de Argentina, el Brasil del golpista Michel Temer, y Paraguay, dignas herederas de la democracia ateniense y sus grandes líderes como Pericles, Solón y Clístenes, que empalidecen cuando se los compara con sus actuales sucesores sudamericanos. Tremenda dictadura la de Maduro en donde, seguramente al igual que en tiempos de Videla, Pinochet y Strossner, sus  opositores pueden ir a Estados Unidos para solicitar la intervención armada de ese país en Venezuela, como lo hiciera el presidente de la Asamblea Nacional Julio Borges en su visita al Jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd, y regresar al país sin ser molestado por las autoridades, conservar su inmunidad parlamentaria, ofrecer conferencias de prensa y entrevistas en numerosos medios nacionales e internacionales y proseguir con su actividad proselitista y destituyente sin ninguna clase de limitaciones. Seguramente ocurriría lo mismo con los opositores en las dictaduras de Videla, Pinochet y Strossner. Este es un ejemplo entre muchos otros. Uno más: en Venezuela la mayoría de los medios de comunicación son contrarios al gobierno y las grandes cadenas de noticias internacionales tienen sus corresponsales instalados en aquel país que día a día “malinforman” o “desinforman” al resto del mundo sobre lo que ocurre en Venezuela sin ninguna clase de restricciones. Es que la “posverdad” y la “plusmentira” se convirtieron en monedas corrientes en los medios hegemónicos.

Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, en su visita al jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd

Conviene reproducir aquí lo que recientemente escribiera Boaventura de Sousa Santos, profesor de la Universidad de Wisconsin y uno de los más distinguidos sociólogos y juristas contemporáneos. Luego de adherir a un manifiesto de intelectuales críticos del gobierno de Nicolás Maduro, de Sousa Santos sintió la necesidad de escribir un artículo porque, según sus palabras, “estoy alarmado con la parcialidad de la comunicación social europea, incluyendo la portuguesa, sobre la crisis de Venezuela, una distorsión que recorre todos los medios para demonizar un gobierno legítimamente electo, atizar el incendio social y político y legitimar una intervención extranjera de consecuencias incalculables.” Y, poco más adelante, en ese mismo artículo, nuestro autor, cuya autoridad científica y moral convierte a mis críticos en deformes pigmeos, termina diciendo  que “El gobierno de la Revolución bolivariana es democráticamente legítimo. A lo largo de muchas elecciones durante los últimos veinte años, nunca ha dado señales de no respetar los resultados electorales. Ha perdido algunas elecciones y puede perder la próxima, y solo sería criticable si no respetara los resultados. Pero no se puede negar que el presidente Maduro tiene legitimidad constitucional para convocar la Asamblea Constituyente.” [2] Suficiente en relación a este tema.

Cuatro, siempre en función de la dupla “posverdad-plus mentira” ninguno de los órganos de la oligarquía mediática que nos desinforma a diario en toda América Latina -incluyendo a El País de España, director de esta desafinada orquesta mediática- mencionó una noticia que ningún medio de comunicación “serio e independiente”, como gustan llamarse estas agencias de propaganda que hoy nos bombardean con sus falsedades, podría haber dejado pasar por alto. En su conferencia de prensa del 1º de agosto el Secretario de Estado de Donald Trump, Rex Tillerson, anunció oficialmente que  “estamos evaluando todas nuestras opciones de política acerca de lo que nosotros podemos hacer para crear un cambio de condiciones donde o bien Maduro decida que ya no tiene futuro y quiera marcharse por voluntad propia  o nosotros podemos hacer que los procesos gubernamentales en Venezuela vuelvan a lo que marca su Constitución.[3] O sea: el imperio, por boca de su encargado de relaciones exteriores, anuncia que está implicado en la concreción de un golpe de Estado en Venezuela y tan gravísima novedad es escandalosamente silenciada en los grandes medios, esos que dedican ríos de tinta y horas y más horas de radio y televisión para acusar y difamar a diestra y siniestra a quienes denuncian las maniobras del imperialismo y sus lugartenientes locales para destruir regímenes democráticos, como lo hicieron –para nombrar sólo los casos más resonantes- en Guatemala (1954), en Brasil (1964), en República Dominicana (1965), en Chile (1973),  en Honduras (2009), en Paraguay (2012) y hace pocos meses en Brasil. Pocos días antes había sido el Director de la CIA, Mike Pompeo, quien declarase en su ponencia ante el Foro de Seguridad convocado por el Aspen Institute que “basta señalar que estamos muy esperanzados de que puede haber una transición en Venezuela, y nosotros -la CIA-, está dando lo mejor de sí para entender la dinámica allá para que podamos comunicársela a nuestro Departamento de Estado y a otros, los colombianos. Acabo de estar en Ciudad de México y en Bogotá, la semana antepasada, hablando exactamente sobre este tema, intentado ayudarles a entender las cosas que podrían hacer para obtener un mejor resultado para su rincón del mundo y nuestro rincón del mundo.”[4] ¡Al demonio con la soberanía nacional, la autodeterminación de los pueblos y la democracia! Porque si al emperador no le gusta el gobierno que existe en algunas de las provincias del imperio lo derriba sin miramientos. Y la prensa de todo el hemisferio, más la española, convenientemente aceitada y colonizada, acepta el engaño sin chistar y se esmera por blindar la ominosa noticia con la colaboración de los habituales saltimbanquis de los medios que dicen los que se les ordena decir, no importa lo que hayan dicho antes. No es conveniente que el pueblo se entere de estos planes insurreccionales de la Casa Blanca que producen un daño irreparable a la credibilidad de la democracia porque esta sólo será respetada si sus resultados son del agrado del emperador.  Caso contrario el error se corrige con una ayudita de los boys de la CIA y la “embajada”. Mejor será que la población siga pensando que el imperio tiene su sede en Orlando y sus personajes más significativos son el Pato Donald y el Ratón Mickey, que la CIA es una vetusta leyenda soviética y los otros quince servicios de inteligencia de Estados Unidos productos de una alucinación colectiva que afectó irreparablemente los cerebros de  Noam Chomsky, Howard Zinn, Tom Engelhardt, Michael Parenti, James Petras, Jim Cockcroft, Philip Agee  y John Perkins. Que no vaya a recordar ese pueblo que en el mayor acto terrorista de la historia Estados Unidos arrojó dos bombas atómicas sobre dos ciudades indefensas cuando Japón estaba vencido y que sí recuerde, en cambio, que Washington ha “exitosamente” exportado la democracia a Irak, Libia y Ucrania y ahora está tratando de hacer lo mismo en Siria y Venezuela. En síntesis, que Estados Unidos es lo que Hollywood dice que es y que Julian Assange es el novio despechado de la hija de Donald Trump y por eso inunda al mundo con sus mentiras desde Wikileaks. Se cumple lo que hace ya un siglo había pronosticado Gilbert K. Chesterton cuya cita pusimos como epígrafe a este escrito: los medios existen para impedir que la verdad sea dicha, que la verdad sea conocida.[5]

El líder de la oposición democrática en acción durante la tentativa
insurreccional del 2014 junto a un compañero a punto de lanzar un cóctel Molotov

Cinco y final. El torrente de mentiras, falsedades y ocultamientos de mis críticos me obligaría a escribir un libro para desnudar toda y cada una de sus canalladas. No lo merecen. Prefiero proseguir con mis análisis y no perder mi tiempo discutiendo una a una sus acusaciones y respondiendo a sus insultos.  Pero haré una excepción en relación a una de sus más socorridas mentiras: la reiterada caracterización del líder fascista y golpista Leopoldo López cono un “preso político.” En su afán por  congraciarse con el imperio y la derecha vernácula los personeros de la oligarquía mediática insisten en el tema y, aún más, endiosan a ese personaje y a otros de su calaña como si fueran heroicos combatientes por la libertad. ¿Les suena la melodía? ¡Claro! Washington la empleó varias veces en el pasado: Combatientes por la libertad fueron los “exiliados” iraquíes que atestiguaron que el gobierno de su país estaba fabricando armas de destrucción masiva, a sabiendas de que tal cosa era una flagrante mentira. Pero sus testimonios fueron decisivos para que el Congreso de  EEUU aprobase la declaración de la guerra contra Irak junto a José María Aznar y Tony Blair, siniestros cómplices del engaño que todo el mundo sabía era tal.[6] Antes habían utilizado la misma virtuosa categoría para exaltar la imagen de los “contras” nicaragüenses, convirtiendo a unos brutales mercenarios en heroicos luchadores por la democracia y los derechos humanos. Volvieron a hacer lo mismo con la “oposición democrática” a Gadaffi supuestamente bombardeada por éste en Bengasi, un hecho que luego se demostró absolutamente falso pues el monitoreo satelital de la zona reveló que no existió tal bombardeo.[7] Pero la mentira surtió efecto y las víctimas de ese supuesto ataque rápidamente se convirtieron en valerosos combatientes por la libertad. Lo mismo está ocurriendo hoy en Venezuela, caracterizando como “preso político” a un señor como Leopoldo López que en realidad es un político preso, y que lo está por haber sido encontrado culpable del delito de sedición. En  Estados Unidos, por ejemplo, esto configura un crimen federal y puede llegar a ser purgado con prisión perpetua y hasta con la pena capital si es que en los incidentes promovidos por los sediciosos para alterar el orden institucional o derrocar a las autoridades constituidas se produjeran víctimas fatales. Parecida es la pena contemplada en España (recordar el caso del Teniente Coronel Antonio Tejero, en 1981) a quien en principio se lo sancionó con prisión perpetua por haber intentado un incruento golpe de estado ocupando la sede de las Cortes, reteniendo a los diputados pero sin provocar el menor destrozo dentro y fuera del recinto.. La sanción a López, en cambio, fue mucho más benigna pese a los destrozos producidos y las muertes ocasionadas: 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión. Con el ánimo de reducir la crispación política en vísperas de la Asamblea Nacional Constituyente la justicia venezolana le concedió el benefició de la prisión domiciliaria. Tal como es habitual en estos casos su otorgamiento estaba regido por estrictas reglas, una de las cuales era abstenerse de hacer proselitismo político, norma que el líder golpista violó repetidamente y por eso fue devuelto a la cárcel. Lo mismo ocurre en EEUU cuando un reo sale de la cárcel bajo “parole” y viola las condiciones de la libertad condicional. Nada nuevo. El gobierno argentino, y otros de su mismo signo, insisten en la liberación del “preso político” Leopoldo López, mientras mantiene como prisionera política sin cargos y sin proceso, y en contra de los reclamos de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derecho Humanos, a Milagro Salta en la prisión de Alto Comedero, en Jujuy. Sin embargo, bastó que yo dijera que el retorno a la cárcel de López se ajustaba a derecho y era lo que legalmente correspondía para que un tropel de críticos se abalanzaran de nueva cuenta contra mi persona, haciendo lugar inclusive a la inserción en una de esa notas de ataques soeces y agraviantes extraídos de los mensajes enviados en las redes sociales, algo que yo al menos nunca había visto antes y que expresa el grado de putrefacción moral a que han llegado las oligarquías mediáticas en la Argentina y Nuestra América.[8]  ¡Dixit, et salvavi animam meam






[1] Afortunadamente para la paz en Venezuela los líderes de Acción Democrática  manifestaron días atrás que presentarían sus candidatos a las elecciones de gobernadores y alcaldes previstas para la segunda mitad de este año, rompiendo de ese modo el chantaje al que los tenía sometidos la fracción terrorista de la oposición. Es muy probable que en los próximos días otros partidos adopten la misma postura.
[2] Ver su “En defensa de Venezuela”, en La Jornada (México), 28 Julio 2017
[3] https://www.state.gov/secretary/remarks/2017/08/272979.htm . Fue también publicado en España por el periódico digital Público: http://www.publico.es/internacional/crisis-venezuela-secretario-eeuu-dice-estudiando-forma-derrocar-maduro.html
[4] https://red58.org/la-cia-confirma-que-est%C3%A1-trabajando-para-derrocar-a-venezuela-c485f0754487
[5] Me permito recomendar la lectura de algunos libros que permitirán comprender un poco mejor el mundo en que vivimos y el papel que en él desempeñan los medios: Pascual Serrano, Desinformación. Como los medios ocultan al mundo (Barcelona: Península, 2009) y del mismo autor, Medios Violentos: Palabras e imágenes para el  odio y la guerra (Madrid: El Viejo Topo, 2008).Ver también Denis de Moraes, A batalha da mídia (Río de Janeiro, Pao e Rosas, 2009)
[6] Ver el magnífico documental “Iraq: a deadly deception” que prueba todo esto. Ir a: https://www.youtube.com/watch?v=3fNkeOZlM4U

[8]Atilio Borón aplaudió los encarcelamientos de opositores en Venezuela y en Twitter le respondieron”, en https://www.clarin.com/mundo/atilio-boron-aplaudio-encarcelamientos-opositores-venezuela-twitter-respondieron_0_HkGhBMRU-.html

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