(Por Atilio A. Boron) Entre el 7 y 8 de Julio próximos tendrá lugar en Hamburgo una nueva cumbre de jefes y jefas de estado y del G-20, entre los cuales se encuentra la Argentina. El cónclave será presidido por Angela Merkel, y muchos participantes seguramente recordarán que en numerosas cumbres previas Cristina Fernández de Kirchner advertía sobre el rumbo equivocado de la economía mundial, los estragos del neoliberalismo, las trampas del libre cambio y los malhadados tratados de libre comercio. Cuando decía esas cosas los plumíferos de la derecha, dentro y fuera de la Argentina –en realidad, una impresentable colección de relacionadores públicos de las grandes transnacionales disfrazados de “economistas serios” o de “periodistas independientes”- se burlaban de lo atrasado de sus concepciones económicas, la acusaban estúpidamente de “setentista” y no cejaban de reprocharle por el “anacronismo” de sus críticas al orden económico internacional, responsable de que la Argentina se encontrase “aislada del mundo.” Quisiera ver qué dirán en ese momento los secuaces de Washington y sus paniaguados en los medios cuando escuchen a Trump pronunciar un discurso muy semejante al de Cristina, porque los desastres que el Consenso de Washington hizo en todo el mundo no exceptuaron a Estados Unidos. ¿Qué van a decir? Trump, para nada santo de mi devoción (como cualquier otro presidente de los Estados Unidos) comprendió que para reconstruir a su país tenía que arrojar por la borda las ideas que habían presidido las políticas económicas de la Casa Blanca desde comienzos de los ochentas. En su iconoclástico discurso inaugural proclamó el regreso al proteccionismo de los padres fundadores de la sociedad norteamericana (Alexander Hamilton, primer Secretario del Tesoro fue un contumaz proteccionista), denunció a la clase política tradicional –apañada y financiada por los agentes empresariales del neoliberalismo- de enriquecerse mientras la gran mayoría del país se empobrecía y las empresas y los empleos emigraban a otras latitudes y el “Sueño Americano” se convertía en una intolerable pesadilla. Trump pretende dispararle el tiro de gracia al neoliberalismo porque su virus –para usar la expresión de Samir Amin- contagió a la potencia integradora del sistema imperialista y sus efectos son letales. Habrá que ver si lo que en una nota anterior llamábamos “estado profundo”, o el “gobierno invisible” de EEUU le permite concretar su propósito. En todo caso, el discurso de Washington giró ciento ochenta grados y lo que antes era virtud ahora es un vicio a combatir sin cuartel. Ante este giro casi todos los gobiernos de América Latina, comenzando por el de Argentina, se quedaron pedaleando en el aire.



Al hablar de EEUU José Martí solía usar la expresión “Roma Americana.” Siguiendo con esa sugerente analogía podría decirse que el viraje antineoliberal de Trump guarda semejanza con lo ocurrido cuando el emperador Constantino, acosado por rebeliones que conmovían la inmensidad del imperio romano y en las cuales los cristianos eran la punta de lanza, dio a conocer, en el año 313, el Edicto de Milán que convertía al cristianismo en la religión oficial del imperio y declaraba heréticas las demás religiones. No hay que exagerar demasiado esta analogía pero, como se dice en italiano, “se non é vero é ben trovato”. Va de suyo que este giro hacia el “populismo económico” no lo hace Trump por simpatías con el socialismo del siglo veintiuno o las luchas emancipatorias de los países de la periferia. Menos todavía, como piensan algunos, para ensayar un “peronismo a la americana” porque al magnate neoyorquino ni remotamente se le pasa por la cabeza nacionalizar el comercio exterior, los depósitos bancarios, la Reserva Federal (un ente privado) o los medios de transporte, como hiciera Perón en la Argentina de la posguerra. Lo hace porque cayó en la cuenta de que el neoliberalismo está silenciosamente destruyendo a Estados Unidos. Como sea, los que antes, en el G20 apostrofaban a Cristina, ahora escucharán un discurso casi idéntico de labios del nuevo Constantino. Seguramente antes de lo que ella hubiera pensado la ex presidenta experimentará el íntimo regocijo de la reivindicación de sus justas críticas al (des)orden económico internacional. ¡Y nada menos que de labios del nuevo emperador!







Hola!  Comparto esta reflexión a propósito de la inauguración de la "era Trump".
Abrazos,

__________________

Este viernes Donald Trump se convertirá en el 45ª presidente de Estados Unidos. El consenso entre los analistas, salvo pocas excepciones, es que durante su gestión “veremos cosas terribles”, como asegura Immanuel Wallerstein refiriéndose al primer año de su gestión. También dice, y lo subraya con razón el especialista panameño en asuntos estadounidenses, Marco Gandásegui, que el magnate neoyorquino es un personaje “totalmente impredecible”. De ningún presidente estadounidense podemos esperar nada bueno. No porque sean malvados sino porque su condición de jefes del imperio les impone ciertas decisiones que en la soledad de su escritorio probablemente no tomarían. Jimmy Carter es un ejemplo de ello; un buen hombre, como tantas veces lo recordara Fidel. Y Raúl más de una vez se encargó de decir que el bloqueo contra Cuba y la invasión de Bahía Cochinos comenzaron cuando Obama ni había nacido, y apenas contaba un año cuando se produjo la crisis de los misiles en Octubre de 1962. 

¿Adónde voy con esta reflexión? A señalar que no sería para nada extraño que bien pronto la inflamada retórica de DT deje de tener un correlato concreto en el plano más proteico de los hechos políticos, económicos y militares. Trump es lo que en la jerga popular norteamericana se llama “un bocón”. Por eso habrá que ver qué es lo que logra concretar de sus flamígeras amenazas una vez que deje de vociferar desde el llano y se inserte en los gigantescos y complicadísimos engranajes administrativos del imperio. No cabe la menor duda de que el personaje es un hábil demagogo, que agita con maestría un discurso reaccionario, racista, homófobo, belicista, transgresor y “políticamente incorrecto” por designio propio. Pero su irresistible ascenso no sólo es un efecto de su habilidad como publicista y la eficacia de su interpelación demagógica. Es síntoma de dos procesos de fondo que están socavando la primacía de Estados Unidos en el sistema internacional: uno, la ruptura en la unidad política-programática de la “burguesía imperial” norteamericana, dividida por primera vez en más de medio siglo en torno a cuál debería ser la estrategia más apropiada para salvaguardar la primacía norteamericana. Dos, los devastadores efectos de las políticas neoliberales con sus secuelas de exclusión social, explotación económica y analfabetismo político inducido por las elites dominantes y que arrojó a grandes sectores de la población en brazos de un outsider político como Trump que en épocas más felices para el imperio hubiera sido barrido de la escena pública en las primarias de New Hampshire.



Trump dijo, e hizo, antes de entrar a la Casa Blanca, cosas terribles: desde acusar a los mexicanos (y por extensión a todos los “latinos”) de ser violadores seriales, narcotraficantes y asesinos hasta declarar públicamente, para horror de los alemanes, que era “germanofóbico”. O de provocar al dragón chino llamando por teléfono a la presidenta de Taiwán, lo que motivó una inusualmente dura protesta de Beijing; decirles a los europeos que la OTAN es una organización obsoleta y que lo del Brexit fue una buena decisión. Pero como aseguran los más incisivos analistas de la vida política norteamericana, por debajo de la figura presidencial (o, según se lo mire, por encima de ella) está aquello que Peter Dale Scott denominó como “estado profundo”: el entramado de agencias federales, comisiones del Congreso, lobbies multimillonarios que por años y años han financiado a políticos, jueces y periodistas, el complejo militar-industrial-financiero, las dieciséis agencias que conforman la “comunidad de inteligencia” , tanques de pensamiento del establishment y las distintas ramas de las fuerzas armadas, todas las cuales son las que tendrán que llevar a la práctica –o “vender” política o diplomáticamente- las bravuconadas de Trump. Pero esos actores, a quienes nadie elige y que ante nadie deben rendir cuentas, tienen una agenda de largo plazo que sólo en parte coincide con la de los presidentes. Ocurrió con Kennedy, después con Carter y Obama, y seguramente volverá a pasar ahora. Dos ejemplos: el jefe del Pentágono James “Perro Rabioso” Mattis puede hacer honor a su apodo pero difícilmente sea un idiota y por buenas razones -desde el punto de vista de la seguridad del imperio- no quiere saber nada con debilitar a la OTAN. Y va a ser difícil que Stephen Mnuchin, el Secretario del Tesoro designado, un hombre surgido de las entrañas de Goldman Sachs, vaya a presidir una cruzada proteccionista y auspiciar el “populismo económico” contra el cual combatió sin resuello durante décadas desde Wall Street. 



¿Significa esto que deben tenernos sin cuidado los exabruptos verbales de Trump? De ninguna manera. Será preciso, más que nunca, estar alertas ante cualquier tropelía que pretenda hacer en Nuestra América. Sin duda continuará con la agenda de Obama: desestabilizar a Venezuela, promover el “cambio de régimen” (vulgo: contrarrevolución) en Cuba, acabar con los gobiernos de Bolivia y Ecuador y encuadrar, una vez más, a los países del área como obedientes satélites de Washington. Para lograr este objetivo, ¿irá a escalar esta agresión, que Obama no quiso, o no pudo, detener? Es muy poco probable. Ronald Reagan, con quienes a veces torpemente se lo compara, intervino abiertamente en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y en la Guerra de las Malvinas. Pero era otro contexto internacional: había un fenomenal tridente reaccionario formado por el propio Reagan con Margaret Thatcher y Juan Pablo II empeñado en demoler los restos del Estado de Bienestar y los proyectos socialistas; el Muro de Berlín estaba agrietado y la URSS venía cayendo en picada, sepultando a Rusia; y China no era ni remotamente lo que es hoy. Estados Unidos estaba llegando al apogeo de su poderío internacional. Hoy, en cambio, ya comenzó su irreversible declinación y el equilibrio geopolítico mundial es mucho menos favorable para Washington. Difícil, por no decir imposible, que el descarado intervencionismo reaganiano pueda ser replicado por DT en esta parte del mundo. Y si lo hiciera tropezaría con una generalizada repulsa popular que, como lo advirtiera Rafael Correa, movilizaría en contra de Washington a grandes masas en toda la región. Conclusión: el personaje es voluble, caprichoso e impredecible, pero el “estado profundo” que administra los negocios del imperio a largo plazo lo es mucho menos. Y en estos pasados quince años los pueblos de Nuestra América aprendieron varias lecciones.
8 de Enero, 2017
Este será un año especial. He aquí algunas de las razones. Mucho para conmemorar, y ejemplos que servirán como alicientes de lucha en tiempos difíciles como los que nos toca vivir, no sólo en Argentina sino en toda América Latina y, también, en gran parte del planeta.
1867 - 150 años de la publicación del Primer Tomo de EL CAPITAL, de Karl Marx, el primer y todavía hoy más profundo y definitivo análisis de la estructura y dinámica del modo de producción capitalista. NO se puede analizar al capitalismo prescindiendo de esta obra de Marx.. 


1917 - 100 años de la REVOLUCIÓN RUSA, la primera revolución proletaria triunfante en la historia universal y que partió, como un hachazo, la historia contemporánea.. A pesar de su defección final, el heroísmo de los bolcheviques abrió una nueva etapa en la historia universal y ya nada sería como antes.
1937 - 80 años de la muerte de ANTONIO GRAMSCI,una de las principales cabezas del marxismo en el siglo veinte y el más importante teórico del Estado capitalista contemporáneo y los procesos de dominación cultural
.
1947 -70 años de la Resolución de la ONU sobre la Partición de la PALESTINA HISTÒRICA fuente de la cual brota la interminable crisis árabe-israelí y responsable fundamental del lento genocidio perpetrado en contra del pueblo palestino.
1967 - Asesinato del Guerrillero Heroico Ernesto "Che" GUEVARA en Bolivia. Con su muerte el "Che" se convirtió en un símbolo universal de la rebeldía y la lucha contra la injusticia en cualquier lugar del planeta.
Seguramente hay otros eventos más que conmemorar. Ayúdenme a recordarlos. Pero con estos cinco tenemos actividad para todo el año y que esas conmemoraciones nos sirvan para fortalecernos en nuestra lucha sin cuartel contra la dominación del capital, que día a día adquiere rasgos más despóticos, ¡SOCIALISMO O BARBARIE!


En uno de nuestros primeros análisis sobre el gobierno de Mauricio Macri decíamos que la Argentina estaba experimentando una doble involución: de país soberano a la semicolonia  (tema que no abordaremos en este momento) y desde la democracia al “régimen”, entendiendo por este un orden político que exhibe ciertos atributos formales y epifenoménicos de la democracia pero que son desmentidos por el espíritu profundamente autoritario que caracteriza las acciones del gobierno. La práctica anulación de la Ley de Medios, el intento de designar dos jueces de la Corte Suprema por decreto, el caso de Milagro Sala como presa política y en prisión sin que exista condena firme en su contra, la razzia de periodistas que no comparten la visión oficial en los medios públicos y, ahora, el saqueo de equipos de video y de audio, materiales, archivos, memorias digitales y fotografías de Resumen Latinoamericano, propinando un duro golpe a unas de las fuentes más importantes de contra información no sólo de la Argentina sino de América Latina. Los malechores no eran delincuentes comunes sino gentes que actuaron con total impunidad y seleccionando cuidadosa y prolijamente los objetos que robarían. Esto no puede ser visto como un episodio aislado ni como obra de delincuentes comunes. El Ministerio del Interior tiene que tomar cartas en el asunto, identificar a los autores del hecho y recuperar el precioso material documental que los compañeros de Resumen Latinoamericano acopiaron a lo largo de 24 años de labor. Van con estas palabras toda nuestra solidaridad y nuestra voluntad de colaborar con todo lo que esté a nuestro alcance para que Resumen Latinoamericano reanude su importantísima labor. Y un gran abrazo para Carlos Aznarez y María, y todo el equipo que tanto ha hecho por garantizar el acceso a la información genuina a los pueblo de América Latina.
Más información puede obtenerse en:









Respuesta a Santiago Alba Rico
Siria, la revolución y la izquierda latinoamericana

Rebelión, 2 de Enero de 2017


En su réplica a mi artículo Santiago Alba Rico abunda en sus planteamientos originales. [1] Veo dos dimensiones axiales en su argumentación. Uno, se ha desatado en la arena internacional una lucha entre potencias imperialistas que se libra en escenarios tan diversos como Oriente Medio y Ucrania. Dos, las revoluciones en el mundo árabe fracasaron porque les faltó apoyo internacional de la izquierda europea y de los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina. Creo, humildemente, que escapan a su mirada algunos asuntos que deberían ser tratados de otra manera.

Primero, estamos en lo esencial de acuerdo en que el imperio estadounidense ha comenzado una declinación global y que esta es irreversible. Desgraciadamente en América Latina y el Caribe esta tesis no es compartida sino por sectores minoritarios de nuestras sociedades que todavía creen en la eternidad y el carácter inexpugnable del imperio americano, cual si fuera una maldición bíblica de inexorable concreción. Pero aún compartiendo esta visión general, no logro comprender cómo una persona tan culta y perceptiva como él subestima –o parece ignorar- el papel que Washington jugó en la promoción de algunas de esas “primaveras árabes”. No en todas las revoluciones del mundo árabe, por supuesto, pero sí en Libia, donde según su análisis Barack Obama estuvo “patoso y a remolque” cuando hasta en Youtube se puede ver como él y su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, seguían minuto a minuto los avances de los “rebeldes” en Bengasi, fabricaban con la complicidad de los medios de prensa “democráticos” un bombardeo aéreo a esos supuestos combatientes por la libertad que nunca existió tal como lo atestiguara in situ el corresponsal de Telesur y, luego, de otros medios; y como la segunda celebró alborozada el feroz linchamiento de Muammar el Gadaffi. No quiero decir con esto que en todos los casos se reprodujo la siniestra conspiración puesta en marcha en Libia, pero habría que indagar más a fondo. Sobre todo si tenemos los antecedentes de las famosas “revoluciones de colores” o “de terciopelo” que proliferaron en Europa Oriental cuando la desintegración de la Unión Soviética, o la conducta seguida por la Casa Blanca en América Latina y el Caribe en cuanta protesta surgiera en contra de gobiernos poco amigables con los intereses norteamericanos. ¿Que había sobradas y muy legítimas razones para la rebelión en el caso que nos ocupa? Sin duda. Pero soslayar el hecho de que por lo menos una de las dieciséis agencias de inteligencia del gobierno de Estados Unidos pudiera haber tomado cartas en el asunto revela una falla en el análisis. Por supuesto, para que los agentes norteamericanos actúen en el terreno debe existir una protesta real, surgida “desde abajo”. Ellos no la pueden inventar. Esa gente es muy profesional. Y los que tengan dudas consulten la obra de Gene Sharp, De la Dictadura a la Democracia, en donde elabora la hoja de ruta con todo lo que hay que hacer para tumbar gobiernos despóticos, invariablemente todos vinculados de una manera u otra a la izquierda. [2]  O sea, Obama no estuvo ni lento ni torpe en la cuestión libia.

Esta y las siguientes imágenes muestran la destrucción sufrida por la ciudad de Alepo

Sí, lo tomó por sorpresa lo ocurrido en Túnez y en Egipto, pero rápidamente sus muchachos pusieron manos a la obra. Y en relación a este asunto sorprende también en el análisis de Alba Rico la total ausencia de cualquier referencia al caso de Egipto. Allí la revolución no pudo ser cooptada por el imperio porque la fuerza de los Hermanos Musulmanes era muy grande. Tan es así que cuando se convoca a elecciones generales prevalecieron en las urnas y proyectaron a uno de los suyos, Mohamed Morsi, a la presidencia. Duró poco más de un año, porque un militar formado y educado en los Estados Unidos, el Comandante en Jefe del Ejército, Abdul Fatah al-Sisi , lo depuso y lo envió a la cárcel. Un tribunal lo condenó a la pena capital acusándolo de las muertes y destrozos que tuvieron lugar durante la revolución pero la sentencia fue apelada y finalmente lo penaron con veinte años de cárcel.

Lo anterior me lleva a revisar lo que se afirma sobre el papel de los gobiernos progresistas latinoamericanos. Comenzando para cuestionar eso de que “el ciclo progresista latinoamericano … fue hijo también de la derrota soviética.” Más cerca de la verdad estaría afirmar que fue hijo del ya apuntado debilitamiento de la dominación norteamericana, de la subestimación de la Casa Blanca del impacto regional del chavismo, de la certeza que tenían los mandarines imperiales que América Latina y el Caribe jamás se emanciparían de la tutela norteamericana, de la concentración de sus recursos en la “guerra contra el terrorismo” y la Guerra de Irak. Si no se hubiera producido la derrota soviética seguramente que la evolución de estos gobiernos progresistas habría sido aún más favorable. El caso de Cuba lo comprueba irrefutablemente. La desintegración de la URSS privó a la isla de un marco de cooperación económica que, ante las draconianas condiciones impuestas por el bloqueo estadounidense, sumieron a ese país en el llamado “período especial”, que sólo gracias al heroísmo y los sacrificios de su pueblo y al extraordinario liderazgo de Fidel se pudo sortear. Pese a todos los horrores que sobrevivieron a la muerte de Lenin y la degeneración final de la Unión Soviética, donde la más grande revolución proletaria de la historia sucumbió sin disparar un solo tiro a manos de una mafia local articulada con el gran capital internacional; pese a todo ello, reitero, sin la presencia de la URSS en el tablero de la geopolítica mundial la derrota estadounidense en Vietnam hubiera sido impensable, como el propio triunfo de la Revolución China en 1949 y la sobrevivencia de Cuba desde los inicios de la revolución.
Dicho esto creo también que es un grave error decir que las revoluciones democráticas del mundo árabe fueron “combatidas o frenadas” por los gobiernos de izquierda de América Latina, y mucho más que semejante infamia hubiera sido hecha “en nombre de la ‘teoría de los tres círculos’ formulada por Atilio Boron". Ninguna genuina revolución puede ser frenada desde afuera. Las que estallaron en Rusia, China y Vietnam triunfaron pese a los violentos contraataques de las potencias regionales y, en el caso de las dos últimas, del imperialismo norteamericano. En América Latina la Revolución Mexicana prevaleció pese a la agresiva respuesta de Estados Unidos, y lo mismo cabe decir de las revoluciones en Cuba y en Nicaragua. Lo que hicieron algunos gobiernos latinoamericanos y caribeños, que veían con simpatía aquellas revoluciones en el mundo árabe, fue manifestar, vía algunas de sus organizaciones políticas o de sus fuerzas aliadas, un discreto apoyo. ¿Cómo podrían La Habana, Caracas, Quito o La Paz saltar al ruedo para apoyar explícitamente procesos revolucionarios en contra de gobiernos con los cuales mantenían relaciones diplomáticas, económicas, políticas? Me consta que ninguno de sus gobernantes simpatizaba, por ejemplo, con el régimen de Hosni Mubarak en Egipto o de Muammar el Gadaffi o de Al Assad en Siria. Pero de ahí a que salieran a apoyar políticamente -o con armas- a los insurgentes hay un largo trecho que sólo lo pueden transitar gobiernos que gocen de la protección de Estados Unidos, lo que los habilita a violar las normativas internacionales con total impunidad. Además, que se diga que esos gobiernos de la izquierda latinoamericana se abstuvieron de colaborar con aquellas revoluciones en ciernes por causa de la “teoría de los tres círculos” -que ni siquiera había sido elaborada en esos momentos- me parece francamente disparatado.



No voy a insistir en el tema del imperialismo porque creo que ha quedado claro en mi intervención anterior. Me bastará reafirmar que el imperialismo contemporáneo sólo puede ser preservado por el formidable poderío militar, económico, cultural y político de Estados Unidos. Y que una vez desgastados estos fundamentos del poder imperial veremos el amanecer de un nuevo sistema internacional, no necesariamente más justo y humanitario, probablemente más parecido a las lúgubres anticipaciones de Thomas Hobbes sobre el estado de naturaleza y la guerra de todos contra todos que a la paz perpetua y la armonía universal profetizadas por Immanuel Kant. Pero una tal perspectiva no debe inhibir nuestra condena sin atenuantes de los crímenes cometidos por el imperio estadounidense desde fines de la Segunda Guerra Mundial y al hecho, indiscutible, que está conduciendo a este planeta a su propia destrucción. No se trata de creer ingenuamente que el multipolarismo es intrínsecamente virtuoso, y Alba Rico tiene razón cuando habla del riesgo de un “multidespotismo”. Tampoco de caer en un “anti-americanismo” barato, cosa que detesto. Fidel nos enseñó que nuestro problema no es con el pueblo estadounidense, tan oprimido, explotado y embrutecido como los demás -si bien con métodos más sutiles y amparados por una fenomenal maquinaria propagandística- sino con la clase dominante de Estados Unidos y su “plan de dominación mundial”, tantas veces denunciado por Noam Chomsky. Pero la exhortación a no dejarnos ganar por un “anti-americanismo” de barricada no puede ocultar que es ese país, y ningún otro, el actor principalísimo e indispensable en el sostenimiento de un sistema criminal que está devastando al planeta y destruyendo sociedades (Irak, Afganistán, Libia, ahora Siria) con el solo propósito de apropiarse de las riquezas y los recursos de los países de la periferia. A la luz de este análisis la compra masiva de tierras en África por parte de China puede ser un acto criticable en términos económicos y políticos, hasta morales, pero cuesta verlo como una práctica imperialista si nos atenemos a la concepción marxista del imperialismo. ¿Se puede calificar de imperialista a Rusia porque se resiste a que se cierre sobre toda su frontera, desde el Báltico hasta el Mar Negro, el cerco militar de la OTAN, cosa que había sido solemnemente prometida por los líderes occidentales a comienzos de los noventas, cuando le aseguraron a Moscú que “la OTAN no se movería un centímetro en dirección al Este”? La crisis ucraniana es la expresión de la estafa política perpetrada por las buenas almas democráticas de Occidente. Pero, un momento: ¿Quién estaba repartiendo botellas de agua y bocadillos a las bandas neonazis que sitiaban la casa de gobierno en Kiev exigiendo la renuncia de Víktor Yanukovich? No era otra que la mismísima Victoria Nuland, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, cumpliendo una misión que le encargara su jefe, el Premio Nobel de la Paz Barack Obama. ¿Cuál era su cometido? Derrocar a Yanukóvich a cualquier precio, y con cualquier aliado, incluyendo los neonazis. Rusia es el enemigo número uno de Estados Unidos y no hay escrúpulo moral alguno que deba interferir en esa tarea. El embajador de Estados Unidos en Ucrania le comentó a Nuland que su excesiva y tan publicitada intromisión en asuntos internos de Ucrania podía ser contraproducente, que la crisis debía ser resuelta por los líderes de ese país y que tal vez habría que reforzar el papel negociador de la Unión Europea, debilitado por el protagonismo norteamericano. La respuesta de la funcionaria fue terminante: “¡Que se joda Europa!”. [3] No se puede colocar en la misma categoría esto con la compra china de tierras en África.

Estas divergencias con Santiago Alba Rico me preocupan, pero no tanto como cuando él dice que estamos peor que en 1914 porque “la tradición marxista ha sido inhabilitada por la experiencia soviética y no ha sido reemplazada por ninguna otra praxis liberadora.” Para decirlo telegráficamente: así como los horrores del nazismo no descalifican el contenido liberador del cristianismo como una religión de esclavos, la fallida experiencia soviética no inhabilita la tradición marxista. Acudo por ayuda a José Saramago, cuando en los Cuadernos de Lanzarote dice que: "...no debemos aceptar que la justa acusación y la justa denuncia de los innumerables errores y crímenes cometidos en nombre del socialismo nos intimiden: nuestra elección no tiene por qué ser hecha entre socialismos que fueron pervertidos y capitalismos perversos de origen, sino entre la humanidad que el socialismo puede ser y la inhumanidad que el capitalismo siempre ha sido. Aquel capitalismo de 'rostro humano' del que tanto se habló en décadas anteriores, no pasaba de una máscara hipócrita. A su vez, el 'capitalismo de Estado' funesta práctica de los llamados países del "socialismo real", fue una caricatura trágica del ideal socialista. Pero ese ideal, a pesar de tan pisoteado y escarnecido, no murió, perdura, continúa resistiendo: tal vez por ser, simplemente, aunque como tal no venga mencionado en los diccionarios, un sinónimo de la esperanza.” [4]  No tengo más nada que añadir a estas sabias palabras del gran escritor portugués.
Siria merece una reflexión final. Primero para decir que no ha sido ese país la tumba de las revoluciones árabes. Primero habría que hablar extensamente de Egipto, y Alba Rico no lo hace y no entiendo las razones de esta ausencia. En todo caso fue allí y no en Siria donde se frustraron esas revoluciones y donde el imperialismo impuso un escarmiento brutal a los rebeldes. El rechazo a los Hermanos Musulmanes y al fundamentalismo islámico no deberían ocultar esta realidad. En relación a esas revoluciones frustradas yo hablaría, además, más que de tumbas y muertes, de eclipses transitorios. Recordar lo que Chávez dijo cuando fracasó la insurrección del 4 de Febrero de 1992: “por ahora”. Será cuestión de tiempo para que el impulso revolucionario en el mundo árabe resurja con nuevos bríos, porque se nutre de una larga historia de opresión, discriminación y represión. Mi crítico descalifica de un saque el testimonio de una monja que entre 2011 y 2015 vivió en Alepo, ciudad donde no creo que Alba Rico haya vivido en esos años. Lo que ella ha dicho es terminante: es una guerra introducida desde afuera, no porque el régimen de Al Assad fuese un dechado de virtudes, que no lo era en absoluto. Se trataba de un gobierno despótico y represor, al igual que prácticamente todos los de esa parte del mundo ¿qué duda cabe? ¿Pero por eso vamos a convalidar el papel de Washington como gendarme mundial, que recorra el planeta “sembrando democracia y derechos humanos”? No nos olvidemos las “enseñanzas” de Franklin D. Roosevelt que cuando algunos congresistas demócratas lo visitaron en la Casa Blanca para expresarle sus aprensiones por la ayuda que le estaba brindando al régimen brutal de Anastasio Somoza en Nicaragua el presidente respondió: “Sí, es un hijo de puta. Pero es nuestro hijo de puta.” Washington se ha mantenido fiel a esa directiva de FDR desde entonces protegiendo a “sus hijos de puta” y hostigando a gobiernos indóciles, no necesariamente anticapitalistas o antiimperialistas. Tolerar que Estados Unidos haga lo que quiera en cualquier país del mundo sería suicida, aunque el régimen que trate de destronar sea una dictadura. En lugar de referirse a la hermana Guadalupe Rodrigo despectivamente sería mejor que estudiara seriamente lo que dijo. En línea con lo dicho por la monja se encuentra el análisis de un experto en temas de Oriente Medio, Robert Fisk, quien ha denunciado sistemáticamente el apoyo que Estados Unidos y sus aliados del “segundo círculo” ofrecieron a las bandas de “rebanacabezas”. [5] En esa misma nota Fisk incluye una entrevista a Yassin al-Haj Saleh, uno de los líderes de la oposición al régimen de Assad, que se lamenta de que Obama no hubiese adoptado una postura más activa en la crisis siria. Confieso que me decepcionó leer tal cosa.


Lo anterior contrasta con lo que me informara un miembro de la Misión de Paz que visitó Damasco en 2013 y entrevistó tanto al jefe de estado como a los principales líderes de la oposición. Incluso los más encarnizados críticos de Al Assad reconocieron que las posibles alternativas al régimen eran aún peores: una dictadura yihadista que pasaría a degüello y decapitaría por igual a comunistas, cristianos y todos los infieles. Que se requería una solución política y que el régimen había dado un primer paso al liberarlos de su injusta prisión, pero las fuerzas que se oponían a la misma eran demasiado poderosas, dentro de Siria (el Ejército y la policía, principalmente) y fuera, sobre todo Estados Unidos y sus compinches del “segundo círculo” europeo que impusieron como exigencia previa a cualquier negociación política … ¡la renuncia de Al Assad! Incluso las comunidades cristianas, críticas del régimen, reconocieron que la separación del Estado y la Religión era un logro importantísimo en una región como Oriente Medio en donde tal cosa era una notable excepción. Y es después de este sistemático fracaso de un diálogo político cuando Rusia entra en escena para, después de barrer con los yihadistas en Alepo, sentar las frágiles bases para la solución política que el imperialismo saboteó con denuedo durante años, dejando que Siria se desangre (“¡que se joda Siria!”, podría decir Nuland) y creando un problema insoluble para la Unión Europea. Esta se desbarranca en una crisis interminable y se abren las puertas de la cloaca de la política europea. Es cierto, la aviación rusa bombardeó Alepo. Pero, ¿qué alternativas había? ¿Alguien cree que puede combatirse al Estado Islámico rezando siete avemarías o con una oportuna cita del Corán? Por otra parte, ¿Qué hicieron los aliados en la Segunda Guerra Mundial? Estados Unidos arrojó dos bombas atómicas en Japón y su aviación arrasó gratuitamente Dresde, y muchas otras ciudades alemanas, cuando el ejército nazi estaba prácticamente destruido. ¿Esto era “una lucha por la libertad” mientras que desalojar a los yihadistas de Alepo es un acto de barbarie o una muestra de la ferocidad del “imperialismo” ruso?
Desgraciadamente no habrá final feliz en esta historia. Alba Rico tiene razón cuando dice que vivimos en una época de enorme densidad histórica. La paulatina pero inexorable descomposición del imperio norteamericano producirá toda clase de fenómenos atroces y aberrantes, como lo señalaba Antonio Gramsci en sus análisis de las crisis orgánicas. Pero el lento ocaso del imperio es, en sí mismo, una buena noticia. La historia comienza a abrirse y por sus puertas entran toda clase de personajes en una pugna, por momentos salvaje, para construir otro mundo. Que sea mejor o peor dependerá de la autoconciencia, la capacidad organizativa y la inteligencia política con que actúen las fuerzas que, guiadas por la tradición marxista, quieran construir un mundo mejor. No puede pronosticarse el resultado. Sí, en cambio, puede asegurarse que nada bueno podrá salir de una alianza de esos actores en rebeldía con el imperialismo, sea con el núcleo duro norteamericano tanto como con el segundo círculo europeo. Conviene, aún en tierras tan lejanas, recordar lo que dijera José Carlos Mariátegui acerca del futuro de Nuestra América: la revolución es una creación heroica de los pueblos, que deberá llevarse a cabo sin contar con la benevolencia o la colaboración del imperio. La trágica experiencia de Europa Oriental tras la desintegración de la Unión Soviética debería servir como un baño de sobriedad para los revolucionarios del mundo árabe que aún confían en sus “amigos” occidentales. El monumento a Ronald Reagan inaugurado en el centro de Budapest por el Primer Ministro Viktor Orban es un triste recordatorio del inglorioso final de las “revoluciones de colores” bendecidas por el imperialismo.

Notas:
[1] “Imperialismo, imperialismos, Siria”, en Rebelión, 28 Diciembre 2016.
[2] Se puede consultar la versión en pdf del libro en: http://www.aeinstein.org/wp-content/uploads/2013/09/DelaDict.pdf

[3] El diálogo puede escucharse en: https://www.youtube.com/watch?v=CL_GShyGv3o
La dulce expresión de Nuland se encuentra en el  segundo 37 de la grabación.
[4] Nota del día 7 de Diciembre en  los Cuadernos de Lanzarote, I.

[5] “Hay más de una verdad que contar sobre Alepo”, en
 http://www.sinpermiso.info/textos/hay-mas-de-una-verdad-que-contar-sobre-alepo


26.12.2016

Días pasados publiqué una nota, que salió en muchos periódicos digitales aparte de en mi blog y en FB, sobre el significado geopolítico del asesinato del embajador ruso en Turquía. Esto motivó una fuerte crítica que salió en Rebelión. La nota que sigue es mi respuesta a esa intervención.



"Las izquierdas en la crisis del imperio"

Rebelión, 26 Diciembre 2016



Una nota reciente de Santiago Alba Rico examina lo que, a su juicio, constituye un grosero error de interpretación de “conocidos militantes anti-imperialistas latinoamericanos” que, como el que suscribe esta nota, piensan que el asesinato del embajador de Rusia en Ankara es, en términos objetivos, una “respuesta” al creciente protagonismo de ese país en el sistema internacional. [1] En su escrito Alba Rico incurre en una serie de equivocaciones que no pueden ser pasadas por alto y que es preciso señalar y corregir. Dado que para ilustrar ese diagnóstico equivocado, según nuestro autor, se toman textualmente algunos pasajes o expresiones de un artículo de mi autoría publicado poco antes en este mismo medio siento, a los efectos de evitar confusiones entre los lectores, la necesidad de formular algunas precisiones. [2] Seré breve, pese a la amplitud de la temática, para poner en cuestión algunas líneas esenciales de la argumentación de nuestro autor.
1. Jamás he dicho, ni conozco alguien que lo hubiera hecho, que la sola puesta en aprietos a la dominación norteamericana en el tablero de la geopolítica mundial se corresponda automáticamente con un ataque al capitalismo y el avance de la revolución, la democracia y los derechos humanos en todo el mundo. No hay automatismos ni determinismos en la dialéctica de la historia, de modo que aquella ecuación debe ser descartada de antemano. Pero, por otro lado, no se puede ignorar el papel crucial, indispensable, insustituible, de Estados Unidos en la reproducción y mantenimiento global del capitalismo. Derrotas o retrocesos de Washington en el tablero de la política internacional no necesariamente abren las puertas a la democracia y los derechos humanos, pero cuando el sostén fundamental –o el “sheriff solitario”, para usar la expresión de Samuel P. Huntington- del capitalismo mundial y de los despotismos que asolaron al mundo desde finales de la Segunda Guerra Mundial experimenta un traspié eso, en principio, es una buena noticia porque se abre una pequeña fisura en un muro herméticamente sellado. ¿O acaso la derrota de EEUU en Vietnam no significó un avance democrático y en materia de derechos humanos en ese país devastado por once años de bombardeos norteamericanos? Y el reflujo de la influencia norteamericana experimentado por Washington en América Latina desde la elección de Hugo Chávez Frías a la presidencia de Venezuela, en Diciembre de 1998, ¿no inauguró acaso un ciclo que, con todos sus defectos e insuficiencias, podríamos caracterizar como virtuoso y positivo para nuestros pueblos? Y las revoluciones en el mundo árabe, que derrocaron a las tiranías de Ben Ali y Hosni Mubarak en Túnez y Egipto, fieles sirvientes de la hegemonía norteamericana en la región, ¿no nutrieron la esperanza –lamentablemente frustrada después- de un nuevo comienzo? 
2. En su nota nuestro autor incurre en un grave error desgraciadamente muy extendido en el campo de las izquierdas: habla de “los imperialismos”, así, en plural. Pero el imperialismo es uno sólo; no hay dos o tres o cuatro. Es un sistema mundial que, desafortunadamente, cubre todo el planeta. Y ese sistema tiene un centro, una potencia integradora única e irreemplazable: Estados Unidos. Tiene el mayor arsenal de armas de destrucción masiva; controla desde Wall Street la hipertrofiada circulación financiera internacional; decreta la extraterritorialidad de las leyes que sanciona su Congreso e impone sanciones a terceros países que incumplen las leyes estadounidenses; controla a su antojo los flujos de comunicaciones que se procesan a través de la Internet y la telefonía a escala mundial; dispone de un fenomenal aparato de propaganda –sin rivales en el mundo- con epicentro en Hollywood; casi la mitad del presupuesto militar mundial y según sus propios expertos, cuenta con algo más de un millar de bases militares instaladas en los cinco continentes. ¿Cuáles son los “otros imperialismos” que compiten con este? Como latinoamericano preguntaría a los cultores de la teoría de la “pluralidad de imperialismos” que por favor me digan cuantas bases militares tienen rusos y chinos en América Latina y el Caribe. La respuesta es cero, contra ochenta de Estados Unidos y sus compinches de la OTAN. Que me digan cuántos golpes de estado o procesos de desestabilización pusieron en marcha Moscú y Beijing en esta parte del mundo, contra los más de cien que tuvieron su origen en Washington. O que me digan quién arrebató la mitad de su territorio a México: ¿habrán sido los rusos, los chinos, Irán quizás? ¿Cuántos presidentes o prominentes líderes políticos y sociales de la izquierda fueron asesinados por órdenes de Rusia y China? Respuesta: ninguno. ¿Y Estados Unidos? La lista sería interminable. Mencionemos apenas algunos de los más conocidos: Augusto Cesar Sandino, Farabundo Martí, los jesuitas en El Salvador y también en ese país Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Salvador Allende, Orlando Letelier, los generales constitucionalistas chilenos René Schneider y Carlos Prats González, el ex presidente boliviano Juan José Torres, Omar Torrijos, Jaime Roldós y los miles detenidos, desaparecidos y asesinados en el marco de la “Operación Cóndor.” Confieso que a medida que escribo y rememoro estos datos siento una creciente indignación ante los crímenes del imperialismo y, también, ante la incomprensión de algunos camaradas de la izquierda de las elocuentes lecciones de nuestra historia que los deberían inducir a ser mucho más rigurosos a la hora de hablar sobre el imperialismo. Con estos antecedentes a la mano la sola idea de una pluralidad de imperialismos no es otra cosa que un disparate, una frase hueca, un auténtico nonsense que ofusca la visión de lo que ocurre en el mundo real.
3. No entiendo la extraordinaria centralidad que Alba Rico le atribuye a Siria en los asuntos mundiales. Menos todavía que este sufrido país sea “la vía muerta de la revolución democrática que comenzó en 2011”, o que haya sido Damasco quien le devolvió “protagonismo a las dictaduras”, o la “fuente contaminante” de la desdemocratización. Francamente, no lo comprendo. Menos aún que se diga que Rusia e Irán, al igual que hiciera EEUU en América Latina o Vietnam, utilizaron “todos los medios a su alcance para sostener hasta el límite a un tirano asesino” como Bashar –al Assad. Rusia, y en mucho menor medida Irán, intervienen cuando la destrucción del país parecía inexorable ocasionada, precisamente, por Washington y sus aliados. Lo hacen cuando la tragedia humanitaria desencadenada por …. ¿la pasión norteamericana por la democracia y los derechos humanos o por sus imperativos geopolíticos? se ensañó contra ese pueblo para inventar una “guerra civil”, como hicieron en Libia, derrocar a Assad, aislar a Irán privándolo de su único aliado significativo y facilitar el asalto final contra la República Islámica. Para ello la Casa Blanca reclutó –con la inestimable ayuda del Reino Unido, Arabia Saudita e Israel- un ejército de mercenarios a los cuales la prensa occidental, alentada desde Washington por la por entonces Secretaria de Estado Hillary Clinton, exaltó hasta convertirlos (como antes a la siniestra “contra” nicaragüense y después a los bandidos apostados en Bengasi, que culminarían su cruzada democratizadora linchando a Gadaffi y desmembrando a ese desdichado país) en virtuosos “combatientes por la libertad”. Fue la propia Clinton quien luego reconoció que “nos equivocamos al elegir a nuestros amigos”. ¿Cuándo lo dijo? Cuando Estados Unidos ya no pudo proseguir –por completamente infundada- con su campaña de acusaciones sobre el programa nuclear iraní y la Casa Blanca tuvo que cambiar de táctica. Ellos sabían, como todo el mundo, que el único país que tiene armas nucleares en Oriente Medio es Israel, pero eso no es problema para Washington y sus peones europeos. Al cambiar de táctica, al caerse aquel pretexto para la ofensiva norteamericana, los delincuentes plantados en territorio sirio se autonomizaron de sus antiguos jefes y protectores y una parte de ellos dio nacimiento al Califato y a diversas variantes del yihadismo, se dedicaron a degollar y decapitar infieles, robar petróleo y, con el beneplácito de Washington, comenzar a venderlos a treinta dólares el barril, para debilitar -¡de pura casualidad nomás, no hay que ser mal pensados!- a tres enemigos de Washington: Rusia, Irán y Venezuela, grandes exportadores de ese precioso recurso. El más elemental análisis de la situación no puede sino concluir que Siria, por lo tanto, no es -¡jamás podría haber sido!- la causante de la “desdemocratización” del planeta sino un despedazado país destruido casi por completo por el imperialismo, y que gracias a la intervención de Rusia se puso temporario fin a una masacre promovida y consentida por la metrópolis imperialista y sus secuaces. Que la injerencia de Rusia haya estado motivada por intereses geopolíticos propios porque en Tartus, Siria, se encuentra la única base militar rusa existente fuera de su propio territorio, no quita que con su intervención militar se han salvado miles de vida mientras que las potencias occidentales –y los intelectuales sometidos a su hegemonía- se prodigaban en ejercicios meramente retóricos o en huecos discursos lamentando la tragedia pero sin ofrecer la más mínima alternativa. Una testigo presencial de esta tragedia en Alepo, la monja Guadalupe Rodrigo, lo manifestó con una rotundidad y sensatez que me encantaría hallar en los escritos de tantos analistas cuando dijo que “ lo que está sucediendo en Siria está muy lejos de ser una guerra civil. Si hubiera que ponerle una etiqueta sería más bien una invasión.” [3] 
4. Lo anterior no significa que Assad represente ni de lejos un ideal político para la izquierda. La insinuación de que quienes se oponen a la sangrienta política norteamericana en Siria son admiradores de un personaje como Assad o de un modelo político como el imperante en Siria es un insulto que carece por completo de fundamento. La afirmación de que “la democracia ha muerto. Los DDHH –apenas una buena idea– pertenecen al pasado. Assad , gran triunfador, es el modelo; y a la izquierda impotente y vencida le gusta ese modelo porque incluso en EEUU se ha impuesto, como ellos querían, un protodictador” es asombrosa, por lo injusta e injuriosa. 
Lo menos que debería hacer Alba Rico al lanzar una acusación tan tremenda es tratar de fundamentarla, diciendo cuál teórico de la izquierda, o cuáles fuerzas de esa orientación han manifestado su “gusto” por el modelo sirio o su alborozo por la elección de Donald Trump. La izquierda, en sus distintas variantes, ha sido siempre la enemiga jurada del fascismo y el baluarte de los procesos de democratización en todo el mundo. ¿O cree nuestro autor que los capitalismos democráticos lo son porque la burguesía y la derecha se propusieron alguna vez en algún país construir un orden democrático? ¿Quién si no la izquierda fue la protagonista de las grandes luchas democráticas en todo el mundo? Por eso cuando le adjudica la “ responsabilidad en este proceso de desdemocratización”, cosa que le parece innegable y reprobable, incurre en un gravísimo yerro y, además, lanza una ofensa gratuita a millones de gentes que en los cinco continentes y desde la izquierda se juegan la vida para construir un mundo mejor, un orden democrático donde imperen la libertad, la justicia y los derechos humanos. Agravio que, por otra parte, se construye a partir de un rotundo error de interpretación histórica, a saber: afirmar que “el fascismo clásico fue el resultado de y acompañó a un proceso de desdemocratización radical, exactamente igual que ahora.” La relación causal fue exactamente la inversa: el fascismo fue, según Clara Zetkin, un castigo porque el proletariado fracasó en su intento de realizar la revolución y, añadimos nosotros, una represalia por los desafíos planteados por la radicalización del impulso democrático en los años de la primera posguerra y, después, en el marco de la Gran Depresión. Su respuesta fue desdemocratizar al orden político instaurando la dictadura desembozada de la burguesía. Esta tesis fue defendida desde un principio por la Tercera Internacional y reafirmada en los escritos de -aparte de la ya mencionada Zetkin- León Trotsky, Karl Radek, Ignazio Silone, Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti, entre otros.
5. Recapitulando: el imperialismo es un sistema que lo podemos representar con tres círculos concéntricos. En su núcleo fundamental hay un país, Estados Unidos, que es quien ejerce la función dirigente y dominante. Luego hay un segundo anillo formado por los estados vasallos del capitalismo desarrollado, con quienes Washington mantiene relaciones que en algunos temas puntuales pueden dar origen a tensiones y contradicciones pero que, ante una amenaza sistémica se agrupan rápidamente en torno a los dictados de la Casa Blanca y se convierten en dóciles peones de las más siniestras decisiones que pudieran emanar de Washington. Por ejemplo, después del 11-S, países europeos cuyos dirigentes están siempre prestos a pontificar sobre la importancia de los derechos humanos colaboraron en viabilizar los “vuelos secretos” de la CIA transportando presuntos terroristas hacia “lugares seguros” en donde torturarlos y desaparecerlos, fuera del alcance de la legislación estadounidense. [4] Para Zbigniew Brzezinski evitar “la confabulación de los vasallos”, es decir, de este segundo círculo, “y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad” es uno de los tres principales objetivos del imperio. La OTAN es la expresión más nítida de la aplicación de este principio. El tercer círculo del sistema imperial está constituido por las naciones de la periferia o semi-periferia capitalista, es decir, ese vasto y tumultuoso “tercer mundo” formado por las naciones de Asia, África y América Latina y el Caribe, que es preciso, siempre según Brzezinski, mantener bajo control. [5] 
Por consiguiente, cualquier proceso de debilitamiento del núcleo duro del imperialismo, Estados Unidos, o de su segundo círculo, los vasallos, es en principio auspicioso que tendrá, como contrapartida, la violenta reacción de Washington. Que ello finalmente madure en una dirección correcta y en algunos países dé nacimiento a un proceso democrático y emancipador ya es otra cuestión y dependerá, como todo, de la inteligencia y voluntad con que las fuerzas sociales y políticas del campo popular encaren la lucha de clases y se aprovechen de los cambiantes equilibrios geopolíticos internacionales. La emergencia de actores cada vez más poderosos en la estructura internacional -la irrupción de China, el retorno de Rusia, el lento pero irreversible ingreso de la India, la Organización de Cooperación de Shanghái ( OCS ) y los BRICS, para señalar apenas los más importantes- está dando lugar a un naciente multipolarismo que si bien no puede ser caracterizado como intrínsecamente anti-imperialista modifican, a favor de los pueblos, las condiciones objetivas bajo las cuales se libran las luchas por la democracia, la justicia y los derechos humanos en la periferia con independencia de los rasgos definitorios de los regímenes políticos imperantes en China, Rusia, la India o cualquier otro actor involucrado. Esa es la clave para entender la violenta reacción norteamericana ante ese nuevo orden emergente, que erige barreras intolerables a su pretensión de supremacía incontestada. La historia latinoamericana y caribeña de los últimos años no habría sido posible de haber persistido el unipolarismo que siguió a la implosión de la Unión Soviética. Puede no ser de agrado para nuestro autor, pero sí lo ha sido para todos los líderes y movimientos populares de América Latina y el Caribe, desde Fidel y Chávez hasta Lula y Kirchner que ha visto ampliar sus márgenes de maniobra en la complejidad de la nueva realidad internacional. No es lo ideal, como hubiera sido un insólito florecimiento del socialismo, la democracia, la justicia y los derechos humanos en el capitalismo desarrollado. Pero lo que hemos visto ha sido exactamente lo contrario. Y en el mundo que realmente existe será preciso que avancemos en nuestras luchas sin esperar el advenimiento de aquellos cambios en el primer mundo.
 
6. Nuestro autor pone término a su nota extremando el pesimismo que impregna toda su argumentación. Declara, resignadamente, que “ya no hay alternativa sistémica, ni siquiera imaginaria.” No creo que en una amable conversación personal (como la que sostuve con él más de una vez en el pasado) pudiera decir algo semejante. Creo que tal vez la sorpresa al comprobar como muchos de sus amigos latinoamericanos interpretaban lo ocurrido en Ankara y la premura de la crítica lo llevó a escribir algo que podría ser visto como una reformulación, en términos filosóficamente aún más radicales, de la absurda tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. Estoy seguro que Alba Rico no adhiere a esa tesis. Sin embargo es indudable que las dificultades con que tropieza la creación de una alternativa sistémica al capitalismo global son inmensas. Estados Unidos construyó el imperio más poderoso que jamás haya existido en la historia de la humanidad. Sus dispositivos de hegemonía y dominación son formidables; su capacidad de control y sometimiento también. Pero el inicio de su decadencia ya es inocultable. Lo reconocen los propios mandarines del imperio así como los estrategas del Pentágono y la CIA. Y, también es cierto, que hoy no se avizoran las formas concretas que podría asumir una alternativa sistémica. Pero sí sabemos, a ciencia cierta, que el capitalismo está llegando a su límite porque tal como lo asegurara el Comandante Fidel Castro Ruz en la Cumbre de la Tierra en Río, en 1992, su reproducción está destruyendo las condiciones medioambientales que hicieron posible la aparición de la vida humana en el planeta Tierra. El ecosocialismo ha aportado agudas reflexiones y muchos datos concretos sobre esta insoluble contradicción entre capitalismo y naturaleza. Y los pueblos están a la búsqueda de alternativas, tanto reales como imaginarias, sin esperar a que los intelectuales las inventemos. Las aportaciones de las etnias originarias de América Latina y el Caribe sobre el “buen vivir” son una prueba de ello. La idea de que “otro mundo es posible” ha ganado millones de adeptos en todo el mundo. La gravedad de la irresuelta crisis general del capitalismo, estallada hace ya más de ocho años, hizo posible que en Estados Unidos, en Europa, en el Sudeste asiático y en Canadá grandes manifestaciones populares adopten como consigna unificadora la crítica al capitalismo, algo inimaginable hasta hace unos pocos años cuando al capitalismo ni siquiera se lo nombraba. Bertolt Brecht dijo una vez que el capitalismo era un caballero que no deseaba ser llamado por su nombre. Su anonimato lo invisibilizaba y de ese modo ocultaba su carácter de régimen social de explotación. Ahora se lo nombra y se lo escribe y, en un desarrollo tan inesperado como promisorio, se lo leía en las pancartas de los jóvenes norteamericanos del Occupy Wall Street, y en las de los españoles del 15-M que no sólo denunciaban al capitalismo sino que hacían lo propio con la farsa democrática que éste había montado y que había perdido toda legitimidad. 
En un mundo en el que, según las conocidas cifras divulgadas por Oxfam, el 1 por ciento más rico del planeta posee más riquezas que el 99 por ciento restante es inviable, no ya en el largo sino en el mediano plazo. La apelación que la derecha mundial hace al neofascismo global es un síntoma de su impotencia y demuestra la gravedad de la amenaza difusa, por ahora inorgánica, que plantea la protesta de los oprimidos y, por ende, de la izquierda. Es cierto que lo que se vislumbra no es lo que quisiéramos. En mi caso, me gustaría una reedición de la triunfal entrada del Movimiento 26 de Julio a La Habana en cada rincón del planeta. Eso no está en el horizonte, pero el lento pero progresivo desmoronamiento del orden imperial ofrece la oportunidad de intentar construir ese mundo mejor que todos anhelamos. Los formatos clásicos de la revolución son productos históricos. Esperar ahora el cañonazo del Aurora para dar la señal para el comienzo de la revolución bolchevique es un anacronismo, un canto a la melancolía. Pero aunque no se lo vea el viejo topo de la revolución sigue trabajando, con ahínco paralelo al desenvolvimiento de las insolubles contradicciones del sistema capitalista. Y la morfología de esa futura revolución es impredecible. Como lo fue la Comuna para Marx y Engels en 1871; como lo fueron los Soviets en 1917; como lo fue la guerrilla en Cuba en la segunda mitad de los cincuentas; o el vietcong en Vietnam en los años sesentas y setentas. Las revoluciones nunca copian, son siempre creaturas originales. El hecho de no poder divisar los perfiles precisos de la rebelión en ciernes no significa que esta no exista. Parafraseando a Gramsci concluimos diciendo que en coyunturas como las actuales el pesimismo de la inteligencia no debería ser el recurso que sofoque el optimismo de la voluntad sino un estímulo para perfeccionar nuestros métodos de análisis social, de tal suerte que nos permitan vislumbrar en los entresijos del viejo orden en crisis los
actores emergentes y las semillas de la nueva sociedad.
 

Notas:

[1] “ Alepo, Ankara, Berlín: geopolítica del desastre” , en Rebelión , 22 Diciembre 2016. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=220751 
[2] “De Sarajevo a Ankara”, en Rebelión, 20 Diciembre 2016. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=220659
[4] Hemos examinado ese tema en Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic, El lado oscuro del imperio. La violación de los derechos humanos por Estados Unidos (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2009), pp. 57-61.
[5] Cf. su El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos (Buenos Aires: Paidós, 1998).

 
top