Expulsó a la DEA de Bolivia, derrotó los planes golpistas de la CIA, frustró la tentativa de separar la Bolivia del Oriente (la media luna boliviana) del Altiplano, echó al embajador Phillip Goldberg, a la USAID, transformó a Bolivia como nadie lo había hecho en 500 años, integró a las mayorías indígenas que hoy son quienes gobiernan en Bolivia y hasta el propio Financial Times le dedica un suplemento de más de 60 páginas hablando de la gran transformación (ver foto) de Bolivia bajo la gestión de Evo. ¿Alguien cree que Washington podía quedarse de brazos cruzados ante el referendo? Lanzaron una campaña sucia impresionante, un nuevo Plan Cóndor mediático en donde lo que se busca es desaparecer a la verdad, ya no, como antes, a las personas. Por eso, TODOS CON EVO, hoy más que nunca.


Con gran pesar informamos que en el día de hoy, lunes 8 de febrero falleció a los 83 años nuestra compañera Rina Bertaccini. Despediremos sus restos el día miércoles 10 de febrero a las 10 horas en el crematorio del cementerio de la Chacarita de la ciudad de Buenos Aires.


Con su desaparición América Latina pierde a una de las más brillantes estudiosas del tema de la agresión imperialista y la expansión de las bases militares de Estados Unidos en nuestro continente y una militante por la paz. Ingeniera de origen, socióloga e historiadora de vocación, Rina fue durante toda su vida una destacada militante y dirigente del Partido Comunista Argentino. Fue una de las fundadoras y la Presidenta del MOPASSOL, el Movimiento por la Paz, la Soberanía y la Solidaridad entre los Pueblos, que aglutinó a investigadores de toda América Latina y el Caribe especializados en el estudio de estos temas. También se desempeñó como Vicepresidenta del Consejo Mundial por la Paz. Sus investigaciones se caracterizaron por su rigurosidad, en un tema donde muy a menudo el fervor antiimperialista hacía que muchos vieran bases militares estadounidenses allí donde no las había. Rina, en cambio, reunía metódica y pacientemente la evidencia y cuando afirmaba que en tal lugar se había instalado una base militar los investigadores sabían que su existencia era real y comprobable. Su preocupación por estos temas se tradujeron en innumerables artículos publicados tanto en la Argentina como en el exterior. Era una frecuente colaboradora de ALAI, de Rebelión y, en general, de la prensa digital antiimperialista. Organizó numerosos eventos de difusión general, para facilitar el conocimiento de la ofensiva militar del imperialismo, la cuestión de Malvinas, el trabajo incansable y solidario con los pueblos subyugados del mundo muy especialmente con el pueblo Palestino, la expansión de la OTAN, el papel del Comando Sur, la paz en Colombia y otros asuntos similares. Con Rina se nos va una militante ejemplar, una luchadora incansable, un talento analítico y organizativo excepcional. ¡Hasta la victoria siempre, camarada Rina!
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Vean este video, con Rina hablando sobre la cuestión Malvinas:


AGRADEZCO A PABLO BONAVENA haber llamado la atención sobre la disponibilidad, en formato digital y de libre y gratuita descarga, del gran libro del dirigente histórico del PC uruguayo, Rodney Arismendi.

"Lenin, la revolución y América Latina" es un texto notable de un profundo conocedor de la región y de sus procesos revolucionarios. A la luz del casi medio siglo transcurrido desde la edición original de su obra hay algunas expresiones que pueden desconcertar al lector de nuestros días, lo mismo que su inconmovible fé en el "marxismo-leninismo" tan en boga en los círculos más cercanos a la Unión Soviética en los años setentas. Pero más allá de estas observaciones se trata de un libro que ningún revolucionario latinoamericano puede ignorar, sea para acordar como para polemizar. Álvaro García Linera dice, repetidamente y con mucha razón, que al pensamiento emancipatorio latinoamericano le hace falta "más leninismo." Arismendi lo ofrece en el libro de marras. Además, la edición digital incluye algunas nuevas aportaciones que sin duda enriquecen el texto original. De modo que, ¡bienvenido Rodney al debate contemporáneo y gracias por tu inalterada adhesión al proyec

Se anuncia la creación del Comité Internacional por la Repostulación de Evo Morales Ayma (CIREMA)

El 21 de febrero es una fecha importante para el proceso de cambio que vive Bolivia. Ese día el pueblo boliviano decide si refrenda una reforma parcial de la Constitución Política del Estado que permita la repostulación del actual Presidente Evo Morales Ayma.
La oposición boliviana apuesta por el NO en el referéndum aduciendo que no es democrática la posibilidad de que Evo pueda volver a presentarse a las elecciones. Frente a esta posición se ha conformado un grupo internacional de intelectuales, artistas y figuras representativas del ámbito político, económico y social que piensan que lo verdaderamente democrático es que el pueblo pueda decidir libremente y de manera soberana su modelo político y económico y, por supuesto, la persona que quiere que lidere este modelo desde la Presidencia.

Foto de Atilio Boron.

En ese sentido, los abajo firmantes conformamos el Comité Internacional por la Repostulación de Evo Morales Ayma (CIREMA), como forma de comprometernos con las mayorías sociales que impulsaron el proceso de cambio boliviano, pero también las mayorías sociales latinoamericanas y caribeñas que pusieron en marcha el cambio de época qué, a pesar de las turbulencias, ha traído consigo niveles de redistribución de la riqueza y de recuperación de la soberanía sin precedentes en la historia de Nuestra América.
Desde CIREMA hacemos un llamado al pueblo boliviano a apoyar el SÍ en el referéndum del 21 de febrero. SÍ a la soberanía, SÍ a la justicia social, SÍ a la repostulación de Evo Morales Ayma.
Invitamos a todas las personas de buena voluntad a que respalden esta idea y la difundan a través de todos los medios a su alcance.

Alfonso Sastre (País Vasco); Alfredo Serrano (Estado Español); Ana Jaramillo (Argentina); Ángel Guerra (Cuba); Ángeles Diez (Estado Español); Atilio Boron (Argentina); Beatriz Bissio (Uruguay); Camille Chalmers (Haiti); Carmen Bohórquez (Venezuela); Cris González (Venezuela); Diego Montón (Argentina); Emir Sader (Brasil); Eric Nepomuceno (Brasil); Erika Ortega Sanoja (Venezuela); Eva Golinger (Estados Unidos); Fernando Buen Abad (México); Fernando Lugo (Paraguay); Fernando Morais (Brasil); Fernando Rendón (Colombia); Frei Betto (Brasil); Gabriela Rivadeneira (Ecuador); Gilberto López y Rivas (México); Héctor Díaz Polanco (República Dominicana); Hugo Moldiz (Bolivia); Isabel Rauber (Argentina); Joao Pedro Stedile (Brasil); Jorge Veraza (México); Juan Manuel Karg (Argentina); Katu Arkonada (País Vasco); Leonardo Boff (Brasil); Luciano Vasapollo (Italia); Luis Britto (Venezuela); Luis Hernández Navarro (México); Marcia Miranda (Brasil); Marta Harnecker (Chile); Martin Almada (Paraguay); Mel Zelaya (Honduras); Natasha Lycia Ora Bannan (Estados Unidos); Obispo Raúl Vera (México); Omar González (Cuba); Pablo González Casanova (México); Padre Miguel d'Escoto (Nicaragua); Patricia Villegas (Colombia); Pavel Egüez (Ecuador); Piedad Córdoba (Colombia); Reverendo Raúl Suarez (Cuba); Ricardo Canese (Paraguay); Ricardo Flecha (Paraguay); Rita Martufi (Italia); Roberto Fernández Retamar (Cuba); Salim Lamrani (Francia); Sigrid Bazán (Perú); Silvio Rodríguez (Cuba); Theotonio dos Santos (Brasil); Vicente Feliú (Cuba); Víctor Hugo Morales (Uruguay).

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MACRI contra la libertad de pensamiento y a favor de la “verdad oficial.”


Avanza arrolladoramente el control de las conciencias. Ante un sistema de medios en donde prácticamente han desaparecido las voces disidentes que antaño le daban vida, ahora el macrismo a través de sus bancos públicos ha cerrado el CEFID-Ar. Con esta medida el debate económico pierde uno de sus baluartes y una espesa y estéril uniformidad cae sobre la opinión pública argentina, cada vez más huérfana de ideas porque las únicas que se escuchan son las que autoriza el poder. Página/12 reseña así lo ocurrido:

"El gobierno de Mauricio Macri, a través de sus representantes en el Banco Nación, el Banco Provincia y el BICE, decidieron cerrar el Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo Argentino (Cefid-AR), dedicado a investigar aspectos de la política económica desde un enfoque heterodoxo, como deuda externa, fuga de capitales, concentración y evasión tributaria. El Centro estaba patrocinado por esos tres bancos más el Credicoop. “La única salida posible de este gobierno es pedir dinero prestado al FMI y endeudar el país, aunque eso ni siquiera le está saliendo bien”, sostuvo Martín Burgos, economista del CefidAR tras enterarse del cierre. El director del Cefid-AR era Guillermo Wierzba. Otros investigadores eran Jorge Gaggero, Verónica Grondona, Estanislao Malic y Magdalena Rúa."


Las promesas de campaña de estimular un diálogo sobre materias económicas, políticas y sociales resultaron ser puros ardides demagógicos. Una nueva forma de tiranía se cierne sobre los argentinos. XIX, Alexis de Tocqueville, quien en su clásica obra La Democracia en América decía lo siguiente:


"Cadenas y verdugos, ésos eran los instrumentos groseros que empleaba antaño la tiranía; pero en nuestros días la civilización ha perfeccionado hasta el despotismo, que parecía no tener ya nada que aprender.
Los príncipes habían, por decirlo así, materializado la violencia; las Repúblicas democráticas de nuestros días la han vuelto tan intelectual como a la voluntad humana que quiere sojuzgar. Bajo el gobierno absoluto de uno solo, el despotismo, para llegar al alma, hería groseramente el cuerpo; y el alma, escapando de sus golpes, se elevaba gloriosa por encima de él; pero, en las Repúblicas democráticas, no procede de ese modo la tiranía; deja el cuerpo y va derecho al alma." (Libro Primero, Segunda Parte, Cap. 7º) 



Ir "derecho al alma": a la conciencia, a la cultura, a la educación, al diálogo es la nueve táctica del "despotismo democrático". En realidad, "pseudo-democràtico". Eliminar de raíz la libertad de pensamiento, en nombre de los monopolios y los oligopolios que son los grandes beneficiarios de toda esta farsa. Luego de lo cual, más encima, pretenden darnos lecciones de democracia. ¡Por favor! Ah, me olvidaba: ¿alguien sabe dónde están esos señores y señoras que hasta hace pocas semanas circulaban por todos los canales, radios y periódicos del Multimedio Clarín cantando loas al pluralismo, al diálogo y a la tolerancia supuestamente ausentes en la Argentina?
30.1.2016
 
Reflexiones a propósito de la Conferencia Martiana en Cuba
(Por Atilio A. Boron) Llegó a su término la IIª Conferencia Internacional “Con todos y para el bien de todos” organizada en La Habana por la Oficina del Programa Martiano. Este aforismo ha sido a menudo mal  interpretado, como si Martí fuese tributario de una concepción negacionista de las clases sociales y su conflicto. En realidad era un fino observador y analista de las sociedades de su tiempo, y sus fragmentaciones y asimetrías no pasaron desapercibidas a su aguda mirada. Conocía como muy pocos pensadores independentistas la sociedad norteamericana, estaba familiarizado con España, donde pasó unos años, y conocía Cuba como la palma de su mano. También estuvo en varios países del Caribe, Centroamérica y México y su conocimiento de la región era, para las limitaciones de su época, realmente impresionante. Con aquella consigna –“Con todos y para el bien de todos”- Martí quería señalar la necesidad de dar cuenta de la complejidad de la formación nacional cubana, integrada por españoles, criollos, afrocubanos y gentes de otras etnias nativas, y que la república independiente por la cual él luchaba y por la cual ofrendó su vida tenía que incluir a todas esas comunidades –no por igual a los campesinos y los terratenientes, va de suyo- teniendo a la vista el bien común. En suma, proponía para la Cuba de su tiempo lo  que en el lenguaje actual denominaríamos un “estado plurinacional” tal como, respondiendo a la inspiración martiana, existe hoy día en Bolivia.

Martí fue cónsul honorario de la Argentina en Nueva York y, por largos años, corresponsal de La Nación de Buenos Aires en Estados Unidos, desde donde envió penetrantes ensayos muchos de los cuales fueron luego recogidos, compilados y publicados bajo el título de Nuestra América. Creo, sin dudarlo, que este notable libro conforma junto con la Carta de Jamaica de Simón Bolívar, y La Historia me Absolverá, de Fidel, la trilogía fundacional, imprescindible, del pensamiento emancipatorio latinoamericano. Ajeno a sus enseñanzas, una variante del marxismo de estas latitudes se precipitó en la ciénaga de un estéril dogmatismo, incapaz de comprender el crucial problema de la dominación imperialista para, a partir de su adecuada intelección, desarrollar una estrategia política adecuada para combatirlo. No sólo eso: sin el auxilio de Bolívar, Martí y Fidel ese marxismo “doctrinarista y pedante” -como Gramsci calificaba a una distorsión semejante en los años de la primera posguerra en Europa- se degradó hasta convertirse en un tosco determinismo economicista huérfano de cualquier proyecto ético o, más recientemente, en una metafísica de la lucha de clases: sin historia, sin estructuras, sin sujetos, puro reino del discurso, la contingencia y el azar desenvolviéndose en un vacío internacional en donde el colonialismo y el imperialismo brillaban por su ausencia. Producto de esas alucinaciones Fidel, Chávez, Evo, Correa asoman en esos relatos como los villanos que frustran las ansias revolucionarias de las masas y que, con sus vacilaciones y remilgos pequeño burgueses, impiden el ascenso –siempre lineal e ininterrumpido, según esta peculiar visión- de nuestras sociedades desde el infierno del capitalismo hacia los cielos diáfanos del socialismo.


La Conferencia ha sido un éxito notable en la empresa impostergable de recuperar el legado teórico y político de Martí. Una concurrencia multitudinaria, mayoritariamente joven, de los países latinoamericanos y caribeños y numerosos contingentes llegados de África y Asia, amén de los países europeos, Estados Unidos y Canadá, siguió con atención las intervenciones de las distintas mesas redondas y conferencias. Los contactos de intelectuales y artistas, y de representantes de partidos y movimientos sociales se potenciaron; las discusiones de las distintas experiencias nacionales enriquecieron las  perspectivas de análisis y, en consecuencia, las posibilidades de coordinar internacionalmente las luchas emancipatorias en Nuestra América salieron fortalecidas. Hubo excelentes intervenciones de Armando Hart, Frei Betto, “Pepe” Mujica, Ignacio Ramonet, François Houtart, Federico Mayor Zaragoza, Abel Prieto, Katiuska Blanco, Pablo González Casanova, Guillermo Castro Herrera, Fernando Martínez Heredia, Omar González Jiménez, entre otros. La sesión matutina del miércoles, dedicada a la solidaridad internacional, alcanzó el registro más emotivo de toda la conferencia al contar con la presencia de “Los 5” luchadores antiterroristas y sus familiares. Era la primera vez que estos se reunían con quienes en diferentes países habían participado en las campañas que culminaron con su liberación. Fueron cinco discursos breves, concretos y profundos, demostrando que son cuadros dueños de una impresionante formación, y que sus dieciséis años de cruel confinamiento carcelario lejos de mellar su voluntad revolucionaria les sirvieron para afinar las armas de sus críticas. La sesión culminó con los panelistas y el público entonando con fervor las estrofas de “La Internacional”.

Parece innecesario insistir en la asombrosa actualidad del pensamiento martiano.  En una de mis presentaciones citaba algunos pasajes de Nuestra América cuando para desentrañar las raíces de la rapiña de la Roma Americana su autor decía que “los norteamericanos creen en la necesidad, en el derecho bárbaro como único derecho: esto es nuestro porque lo necesitamos.” Necesitamos petróleo y si este se encuentra en Irak o Venezuela allá iremos para apoderarnos de ese vital recurso, por las buenas o por las malas. Toda la doctrina estratégica estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, y sobre todo después del 11 de Septiembre del 2001, se asienta sobre esa premisa, el derecho bárbaro. Martí lo dijo hace más de un siglo.  Y en relación a los cantos de sirena de proyectos tales como el ALCA y sus expresiones actuales: la Alianza del Pacífico o el Tratado Trans Pacífico Martí decía, refiriéndose a la Unión Monetaria Panamericana -una iniciativa predecesora de aquellas, propuesta por Washington en 1888-1889- que “quien dice unión económica, dice unión política… El influjo de un país en el comercio de otro se convierte en influjo político.” El corolario de esta política imperial, de anexar de facto a las naciones de la periferia por la vía del comercio exterior, es la política de combate a los procesos de integración que la Casa Blanca ha sostenido sin solución de continuidad desde el Congreso Anfictiónico -convocado por Simón Bolívar en Panamá en  1826- hasta nuestros días. El ataque estadounidense a la UNASUR y la CELAC movilizando para tales efectos sus lugartenientes regionales es inocultable, para ni hablar del ALBA. Ya Martí advertía sobre esta táctica imperial en las postrimerías del siglo diecinueve al decir que “lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro es separarlo de los demás pueblos.” La tentativa de debilitar a la UNASUR y la CELAC, por lo tanto,  es el capítulo contemporáneo de la política de “divide e impera” que Washington ha venido aplicando desde 1826. La decisión de algunos gobiernos latinoamericanos en el sentido de adherir a la Alianza del Pacífico en desmedro del robustecimiento de la UNASUR o el MERCOSUR ampliado demuestra la eficacia de la estrategia de Washington para reafirmar su hegemonía en el hemisferio dispersando las fuerzas de sus díscolos vecinos del sur. En la coyuntura actual, cuando Estados Unidos lanza una fuerte ofensiva para recuperar su influencia en la región pocas advertencias pueden ser más apropiadas y actuales que las que Martí plasmara en su célebre carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, comenzada a redactar poco antes de su muerte en combate en Dos Ríos el 19 de Mayo de 1895. En ella Martí decía, proféticamente, que “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.” Ayer como hoy las ambiciones de Washington en lo esencial son las mismas: controlar la cuenca del Gran Caribe, incluyendo el Norte de Sudamérica y, luego, culminar la campaña “cayendo con fuerza” sobre el resto de América Latina. El imperio no improvisa, y la continuidad de su política exterior en relación a nuestros países es impresionante.

 

Sería imposible resumir aquí los momentos más significativos de estos cuatro días de intensas actividades. Me quedo con unas pocas perlas que comparto con mis lectores. González Casanova recordando a Marc Bloch e invitándonos a cultivar la pasión por la esperanza, sin la cual reinan el conformismo y la resignación. Martínez Heredia diciendo que ninguna revolución triunfó o fue derrotada sólo por cuenta de los factores económicos, tal como lo demuestra la sobrevivencia de Cuba en el “período especial”. Fiel al aforismo martiano que reza que “los locos son cuerdos”, Houtart dijo que ante el retorno de la derecha (Macri en Argentina) o la neoliberalización de gobiernos progresistas (Rousseff, en Brasil) la única opción cuerda y razonable es la radicalización de las propuestas transformadoras con vistas a iniciar un tránsito hacia un poscapitalismo, entendiendo por esto, según mi parecer, la desmercantilización de la naturaleza y los servicios sociales básicos como la salud, la educación y la seguridad social. Frei Betto cerró su intervención en la sesión dedicada a Martí y Fidel (en la que tuve el honor de participar) diciéndole a los chicos de la Unión de Jóvenes Comunistas y de la Federación de Estudiantes Universitarios allí presentes: “¡Emborráchense de utopía, organicen la esperanza!” Sin utopía no hay futuro posible sino la eterna reiteración de un presente que es una afrenta a la especie humana y una amenaza mortal a la Madre Tierra. Los “bienpensantes” de nuestro tiempo desprecian a la utopía como un ejercicio inútil, como un pretexto para el escapismo y la incapacidad de hacer, supuesta confesión de una patológica ineptitud para encarar las exigencias de la vida práctica. Pero tal como lo escribiera Eduardo Galeano, “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.” De eso se trata: de caminar, de seguir marchando sin dejarnos arredrar por las dificultades de la época en que nos toca vivir y por la ferocidad de la contraofensiva del imperialismo y la derecha en todo el mundo, y muy especialmente en Latinoamérica y Europa. El “viejo topo” de la lucha de clases parece haber sido tragado por la tierra. Pero sigue allí, cavando incansablemente los túneles que debilitan las estructuras del capitalismo y en el momento menos pensado habrá de reaparecer para relanzar una nueva fase de ascenso de los movimientos populares. La dialéctica de la historia nunca se detiene.
COMPARTO NOTA PUBLICADA EN PÁGINA/12 DE HOY, sobre Obama y su política hacia Cuba.

Por Atilio A. Boron
En menos de un año volverá a las sombras, corriendo la suerte de todos los presidentes de Estados Unidos que, como lo observara con clarividencia Juan Bosch en El Pentagonismo, una vez que dejan la Casa Blanca su voz se desdibuja por completo hasta tornarse inaudible en medio de la engañosa vocinglería que fomenta la dictadura mediática. Como salvo escasísimas excepciones no son estadistas sino apenas funcionarios surgidos de una tramposa maquinaria electoral, una vez que salen del locus del poder formal rápidamente se convierten en oscuros “don nadies”. Sus promesas y opiniones sólo cuentan mientras habiten en la Casa Blanca. Una vez salidos de ella nada pueden hacer.

A Obama le queda menos de un año para hacer lo que dijo que quería hacer: normalizar las relaciones con Cuba –digo: normalizarlas en serio, sin bloqueos ni agresiones financieras– e iniciar una nueva etapa en las relaciones bilaterales. A ello se le opone una importante parte del Congreso, que en su decadencia se convirtió en el refugio de una turba impresentable de ignorantes y reaccionarios de diversos pelajes (salvo unas pocas excepciones, por supuesto) y no pocos sectores de su administración. Pero la mayoría del pueblo norteamericano quiere acabar con esa escandalosa rémora de la Guerra Fría y poder viajar y conocer a Cuba y sus gentes; disfrutar de la maravilla de su cultura, su música, sus bailes, sus playas y el sabor de sus rones y sus puros. De la misma opinión es buena parte del mundo empresarial, que ve cómo algunos jugosos negocios se le escurren entre los dedos por el intransigente veto de algunas agencias del gobierno federal. En suma, si Obama quisiera debilitar significativamente el bloqueo está en él poder hacerlo. Pero no lo hace.


Esta disyunción entre palabras y acciones obliga a preguntar si hay uno o dos Obamas. Uno dice que quiere que “el pueblo cubano sea libre”. Se sobreentiende que el pueblo norteamericano ya lo es: por ejemplo, libre para tener más afroamericanos entre 20 y 24 años en las cárceles que en las universidades; libre para tener un 15 por ciento de la población bajo la línea de pobreza; libre para que la mayoría de los niños de Estados Unidos viva en la pobreza; libre para que policías blancos maten a unos mil quinientos afroamericanos en el último año sin tener que rendir cuentas ante la Justicia. Libres para no poder pagar la matrícula universitaria, o comprar los medicamentos que necesitan. Libres también para ver cómo el 1 por ciento más rico se enriquece cada día más mientras que el 90 por ciento inferior en la distribución del ingreso reduce su patrimonio a lo que poseía hace treinta años, en 1986, mientras que el 3 por ciento más rico hoy se adueña de algo más de la mitad del total de la riqueza de ese país según los datos de la Oficina del Censo. El Obama de las bellas declaraciones se esfuma detrás del otro que persiste en no utilizar las atribuciones que tiene como presidente de Estados Unidos para ir desarmando la infernal maquinaria del bloqueo. ¿Quiere que los cubanos elijan libremente su futuro? Entonces, ¿por qué mantiene el bloqueo informático a la isla? Basta con observar el diagrama de los cables submarinos que distribuyen el tráfico de la Internet para comprobar como todos ellos sortean cuidadosamente a Cuba. ¿Por qué mantiene la criminal política migratoria, la Ley del Ajuste Cubano, que incentiva la migración ilegal de cubanos a Estados Unidos y facilita la corrupción de las autoridades migratorias norteamericanas y los negocios de la mafia de los “polleros” encargados de introducirlos en territorio americano? ¿Por qué insiste en sancionar a empresas estadounidenses o extranjeras que intermedian en actividades económicas de Cuba? Días atrás la Oficina de Control de Activos Extranjeros, OFAC, le aplicó una multa de 260.000 dólares a Watg Holdings, una consultora con base en Irvine, California, porque había participado en un proyecto arquitectónico para la industria hotelera cubana. Luego de las alegaciones correspondientes la sanción se redujo a 140.000 dólares, y ahí se mantuvo firme.
En otras palabras: ¿cuál es el verdadero Obama? ¿El que habla bonito o el que sigue actuando como un frío cancerbero imperial? Su dualidad desvirtúa el valor de sus palabras. Si quiere pasar a la historia como el presidente que puso fin a una injusticia tan enorme como el bloqueo impuesto contra la Cuba revolucionaria tiene que comenzar a actuar ya, sin más demoras. Si lo hace habrá probado que tiene pasta de estadista, poseedor de una visión que se eleva por encima de las presiones y los aprietes de la mafia anticastrista y sus poderosos lobistas. Si cede ante ellos su suerte estará echada. No sé si será consciente que su único mérito real al concluir su presidencia sería el haber sentado las bases para acabar con el bloqueo. De la lectura de su reciente, y final, discurso sobre “El Estado de la Unión” del 13 de enero del corriente año se desprende que su política migratoria fracasó, la reforma financiera fue un fiasco, y casi otro tanto puede decirse de la que intentó en el sector salud. El desempeño económico es apenas mediocre y en la arena internacional cosechó un traspié tras otro. Por una de esas raras paradojas de la historia sólo le queda Cuba para anotarse un éxito duradero y aprobar el examen. Pero tiene que apurarse. Le queda muy poco tiempo.
20.1.2016

POR FIN, AQUÍ ESTÁ EL VIDEO DE MI CONFERENCIA EN RCT, que muchos de ustedes me habían pedido.
TEMAS: ¿Un giro a la derecha en América Latina?, el futuro del progresismo o de la izquierda en la región, la Argentina de Macri, etcétera.


¡Cualquier comentario será bienvenido!
17.1.2016



 
En estos tiempos de oscuridad pocas noticias podrían haber sido peores que el fallecimiento, el 14 de este mes de Enero de 2016, de Ellen Meiksins Wood. Nacida en Nueva York, el 12 de Abril de 1942, hija de un matrimonio de judíos marxistas que huyeron de la ocupada Letonia para refugiarse en esa ciudad, Ellen se convirtió con el paso del tiempo en una de las figuras más deslumbrantes del marxismo contemporáneo. Inició sus estudios en la Universidad de California/Berkeley, donde obtuvo su bachillerato con orientación en Lenguas Eslavas. Poco después iniciaría sus estudios graduados en la misma universidad, pero en la sede de Los Ángeles, de donde egresaría con su doctorado en ciencia política en el año 1970. Durante unos treinta años fue profesora de Teoría Política en la Univeridad de York, en Toronto, Canadá. Formó innumerables discípulos e incursionó en los más diversos campos de las ciencias sociales. Como buena marxista no reconocía las fronteras disciplinarias propias del pensamiento burgués, que dividen la economía, la sociología, la ciencia política, la historia y la cultura como áreas de conocimiento compartimentalizadas que reproducen la fragmentación propia del sentido común de la burguesía. En su obra, historia y presente; economía y política; sociedad y cultura están indisolublemente entrelazadas, y sólo a los efectos analíticos podían, en un primer paso del conocimiento, ser separadas para luego, en un segundo momento, ser nuevamente integradas en una totalidad dialéctica en permanente movimiento. Fue una de las más aguda críticas del posmodernismo y el posmarxismo, denunciando el carácter insanablemente conservador de esas modas intelectuales que tanto daño han hecho, siempre complacientes con el capitalismo, con la pseudo democracia burguesa y el imperialismo. Sus críticas al nuevo revisionismo, ese marxismo descafeinado sin lucha de clases y sin imperialismo, son un fecundo modelo de trabajo intelectual por su rigurosidad y también por su rara capacidad para realizarlo sin apelar al lenguaje esotérico y rebuscado que, desgraciadamente, aún se encuentra en muchos pensadores de izquierda. Sus escritos sobre la filosofía política y la formación del pensamiento burgués son pequeñas joyas, al igual que sus reflexiones sobre el imperialismo y la democracia. El suyo era un pensamiento profundo, incisivo como pocos, invariablemente situado en las polémicas de nuestro tiempo y dicho en un lenguaje terso y llano. No escribía para polemizar con los extravíos de algunos colegas ni perdía su tiempo en estériles debates escolásticos sino que lo hacía sino para ayudar a los oprimidos y explotados a comprender como era el mundo, y cómo se lo podía cambiar. No era una “marxóloga” que se regodeaba en el sutil  manejo de las categorías teóricas de Marx desde el encierro de una torre de marfil, sino una marxista militante, sin respiro, que escribía sin cesar, creaba o participaba en proyectos culturales (como la Monthly Review, por ejemplo) y colaboraba permanentemente con las fuerzas de izquierda en Canadá, Estados Unidos y en Europa, donde estuviera. Su inmensa estatura intelectual –plasmada en los brillantes libros y ensayos que nos legara- se agigantaba por su don de gentes, su modestia y la sencillez de su trato, en las antípodas de tantos intelectuales que por comparación con Ellen son insignes pigmeos pero que transitan por el mundo con aires de perdonavidas y haciendo gala de una insoportable arrogancia. Tuve la inmensa fortuna de ser su amigo, de visitarla en Nueva York y Londres, y de que aceptara una invitación a visitar la Argentina, a comienzos de siglo, ocasión en que pronunció varias conferencias públicas en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y en CLACSO. También de que colaborara con un artículo para una compilación que junto con Javier Amadeo y Sabrina González hiciéramos hace ya diez años: La Teoría Marxista Hoy.  Ellen se avino a participar en ese emprendimiento cuyo objetivo era relevar la situación de la teoría marxista en sus distintas manifestaciones y especialidades. (El libro puede ser descargado gratuitamente desde este blog). A modo de homenaje a esta enorme intelectual marxista, ganadora del Premio Isaac Deutscher y autora de textos tan brillantes como necesarios para nuestra lucha es que reproduzco a continuación el artículo que escribiera para la obra colectiva arriba mencionada, en donde anuda algunas de sus tesis centrales sobre la incompatibilidad de la democracia con el capitalismo en el marco del imperialismo contemporáneo. ¡Gracias Ellen, por todo lo que nos has dado, por el conocimiento que nos has aportado y por haber sido como fuiste!




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Ellen Meiksins Wood*
Estado, democracia y globalización**

Capítulo en la compilación

La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas
Atilio Boron, Javier Amadeo y Sabrina González (Compiladores)En:
(Buenos Aires, CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2006)Fecha

Página 395

RECIENTEMENTE OFRECÍ una conferencia sobre el nuevo imperialismo
y sus efectos negativos para la democracia en tanto Estados
Unidos continúe intentando consolidar su hegemonía global unilateral.
En esa ocasión, concluí sugiriendo que la democracia se estaba convirtiendo,
como no lo era hace mucho tiempo, en una amenaza para el capitalismo.
A pesar de todo lo que nos han dicho sobre la “globalización”
y la decadencia del Estado-nación, el capital global depende más que
nunca de un sistema global de múltiples estados locales. De modo que
las luchas locales y nacionales por una democracia real y un verdadero
cambio del poder de clase –tanto al interior como fuera del Estado–
pueden plantearle una amenaza real al capital imperialista. Alguien en
la audiencia preguntó: ¿por qué el capitalismo no puede continuar tolerando
este tipo de democracia formal con la que ha estado conviviendo
durante un largo tiempo en el mundo del capitalismo avanzado? ¿Por
qué debería esto plantear algún peligro real para el capitalismo global?
El interrogante realmente no era irrazonable. Por el contrario, la
historia de la democracia moderna, especialmente en Europa occidental
y EE.UU., ha sido inseparable del capitalismo. Sin embargo, esto ha sido

* Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York, Toronto, Canadá.
** Traducción de Atilio A. Boron.

Página 396
así solamente porque el capitalismo ha creado una relación enteramente
nueva entre poder político y económico, que torna imposible que la dominación
de clase se mantenga coexistiendo con los derechos políticos universales.
Es el capitalismo el que hizo posible una democracia limitada,
“formal” antes que “sustantiva”, algo que nunca fue factible con anterioridad.
Y es por esto que el capital ha podido tolerar algún tipo de democracia.
Mi objetivo en esa conferencia no era afirmar que el capitalismo no
puede tolerar la democracia formal –aunque no deberíamos desestimar
los ataques contra las libertades civiles que están teniendo lugar precisamente
ahora en EE.UU. Aquello que pretendía y pretendo subrayar aquí
es que en las condiciones del capitalismo global actual y del nuevo imperialismo,
la democracia puede amenazar con convertirse en algo más que
un régimen meramente formal. Para explicarme retomaré brevemente un
argumento sobre la relación entre el capitalismo y la democracia que aparece
en mi libro Democracia contra capitalismo (2000).
Me interesa dejar en claro desde el principio que, para mí, el capitalismo
es –en su análisis final– incompatible con la democracia, si por
“democracia” entendemos, tal como lo indica su significación literal, el
poder popular o el gobierno del pueblo. No existe un capitalismo gobernado
por el poder popular en el cual el deseo de las personas se privilegie
por encima de los imperativos de la ganancia y la acumulación, y en el que
los requisitos de la maximización del beneficio no dicten las condiciones
más básicas de vida. El capitalismo es estructuralmente antitético respecto
de la democracia, en principio, por la razón histórica más obvia: no ha
existido nunca una sociedad capitalista en la cual no se le haya asignado a
la riqueza un acceso privilegiado al poder. Capitalismo y democracia son
incompatibles también, y principalmente, porque la existencia del capitalismo
depende de la sujeción a los dictados de la acumulación capitalista y
las “leyes” del mercado de las condiciones básicas de vida y reproducción
social como condición irreductible contraria al ánimo democrático. Esto
significa que el capitalismo necesariamente sitúa cada vez más esferas
de la vida cotidiana por fuera del parámetro según el cual la democracia
debe rendir cuentas de sus actos y asumir responsabilidades. Toda práctica
humana que pueda ser convertida en mercancía deja de ser accesible
al poder democrático. Esto quiere decir que la democratización debe ir de
la mano de la “desmercantilización”. Pero desmercantilización significa,
por definición, el final del capitalismo.
Esta es mi posición y quiero dejarla aquí asentada con claridad.
Sin embargo, en nuestros días solemos usar la palabra “democracia” en
un sentido diferente al hasta aquí expresado, y el capitalismo es el que
ha hecho esta redefinición posible en la teoría y en la práctica. De modo
que permítanme unas palabras sobre este proceso de redefinición.
En primer lugar, simplemente diré una o dos palabras sobre el
tratamiento más usual del término democracia. Todos estamos fami-

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liarizados con los usos más defectuosos –aquel que, por ejemplo, admite
que el gobierno de EE.UU. considere al Chile de Augusto Pinochet
como un régimen más democrático que el Chile presidido por Salvador
Allende, presidente popularmente electo. Quiero agregar un comentario
acerca de las definiciones más benignas sobre la democracia: aquellas
nociones convencionales que tienden a identificar la democracia con el
constitucionalismo, la protección de las libertades civiles y un gobierno
limitado –la clase de nociones que frecuentemente son descriptas como
derechos democráticos. Ahora bien, estas son todas concepciones pertinentes
ante las cuales nosotros, los socialistas, deberíamos estar mucho
más atentos de lo que frecuentemente hemos estado en el pasado. Pero
el demos, como poder popular, ha estado visiblemente ausente de esta
definición de democracia. En realidad, no existe inconsistencia fundamental
alguna entre el gobierno constitucional, las normas del Estado
de Derecho y las reglas de las clases propietarias.
El punto central de esta definición de democracia es limitar el
poder arbitrario del Estado a fin de proteger al individuo y la “sociedad
civil” de las intervenciones indebidas de aquel. Pero nada se dice
sobre la distribución del poder social, es decir, la distribución de poder
entre las clases. En realidad, el énfasis de esta concepción de democracia
no lo encontramos en el poder del pueblo sino en sus derechos
pasivos; dicha concepción no señala el poder propio del pueblo como
soberano sino que, en el mejor de los casos, apunta a la protección de
derechos individuales contra la injerencia del poder de otros. De tal
modo, esta concepción de democracia focaliza meramente en el poder
político, abstrayéndolo de las relaciones sociales, al tiempo que apela a
un tipo de ciudadanía pasiva en la cual el ciudadano es efectivamente
despolitizado.
Por ejemplo, podemos considerar los discursos de los gobiernos
de las sociedades capitalistas avanzadas –Gran Bretaña, EE.UU.– sobre
las reformas democráticas, cuando estas tienden a restringir los derechos
de los sindicatos. Los representantes de estos gobiernos dicen estar
defendiendo los derechos democráticos de los individuos contra la opresión
colectiva (ejercida por el sindicato). En este sentido, recuerdo vívidamente
cómo, durante la huelga de mineros británicos a mediados de
los ochenta, el Partido Laborista atacó a los mineros como si ellos fueran
enemigos de la democracia, esencialmente porque sus acciones eran “excesivamente”
políticas. La política es algo que hacen los representantes
elegidos en el Parlamento. Los individuos privados se comprometen políticamente
sólo en el momento en que votan. Los trabajadores y los sindicatos
deberían apegarse a sus propias esferas de incumbencia y a sus
contiendas “industriales” en sus lugares de trabajo. En este marco, aun el
derecho a votar no es concebido realmente como un ejercicio activo del
poder popular, sino como la ejecución de un derecho pasivo más.

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De una manera u otra, entonces, las concepciones dominantes
de democracia tienden a reemplazar la acción política con ciudadanía
pasiva; enfatizar los derechos pasivos en lugar de los poderes activos;
evitar cualquier confrontación con concentraciones de poder social,
particularmente con las clases dominantes; y, finalmente, despolitizar
la política. Para dar cuenta de cómo sucedió esto, trataré de sintetizar
el relato de una larga historia.
Comencemos por retomar la idea original griega de “democracia”.
Tomemos, por ejemplo, la definición de Aristóteles: democracia es una
constitución en la cual “los nacidos libres y pobres controlan el gobierno
–siendo al mismo tiempo una mayoría”. El filósofo griego distinguió a
la democracia de la oligarquía, definiendo a la segunda como el régimen
de gobierno en el cual “los ricos y bien nacidos controlan el gobierno
–siendo al mismo tiempo una minoría”. El criterio social –pobreza en
un caso, riqueza y nobleza en el otro– juega un papel central en ambas
definiciones y es preponderante aun respecto del criterio numérico.
Un antiguo historiador ha incluso sugerido que, al menos para
sus oponentes (quienes pudieron aun haber inventado el término), la
democracia significó algo análogo a la “dictadura del proletariado”, en
un sentido peyorativo del término. Por supuesto, él no quiso decir que
en la antigua Grecia existía un proletariado en el sentido moderno del
término. Específicamente, a lo que apuntaba era a remarcar que, para
los oponentes de la democracia, esta forma del poder del pueblo era una
forma de dominación ejercida por la gente común sobre los aristócratas.
En otras palabras, esto implicaba la sujeción de la elite a la masa.
Por supuesto, en este tramo, debemos decir que es complejo
aplicar la palabra democracia a una sociedad con esclavitud en gran
escala y en la cual las mujeres no tenían derechos políticos. Pero es
importante comprender que la mayoría de los ciudadanos atenienses
trabajaban para vivir, y trabajaban en ocupaciones que los críticos de
la democracia consideraban como vulgares y serviles. La idea de que la
democracia consistió en el imperio de una clase ociosa que dominaba
a una población de esclavos es sencillamente errónea. Este fue el punto
central de la oposición antidemocrática. Los enemigos de la democracia
odiaban este régimen sobre todo porque otorgaba poder político al
pueblo formado por trabajadores y pobres.
En realidad, podríamos decir que el tópico que dividía a los sectores
democráticos de los antidemocráticos era si la multitud o el pueblo
trabajador debían tener derechos políticos, ya que se dudaba de
que tales personas fueran capaces de elaborar juicios políticos. Este es
un tema recurrente no sólo en la antigua Grecia, sino también en los
debates sobre la democracia a lo largo de la mayor parte de la historia
occidental. La pregunta constante de los críticos de la democracia era
básicamente la siguiente: si quienes necesitan trabajar para vivir po-

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seen el tiempo suficiente para reflexionar sobre política; pero, además,
si aquellos quienes nacieron con la necesidad de trabajar para sobrevivir
pueden ser lo suficientemente libres de mente o independientes
de espíritu como para realizar juicios políticos. Para los atenienses democráticos,
por otro lado, uno de los principios primordiales de la democracia
se sustentaba en la capacidad y el derecho de tales personas
para realizar juicios políticos y hablar sobre ellos en asambleas públicas.
Ellos incluso tenían una palabra para esto, isegoria, que significa
“igualdad” y “libertad” de expresión (y esta última no sólo en el sentido
en que nosotros la entendemos en la actualidad).
Esta idea distintiva que trascendió de la democracia griega, sin
embargo, no encuentra paralelo en nuestro propio vocabulario político.
Nótese, por ejemplo, la diferencia entre la antigua idea de ciudadanía
activa y la actual variante más pasiva que vengo desarrollando. Incluso,
la noción de libertad de expresión como nosotros la conocemos tiene
que ver con la ausencia de interferencias en nuestro derecho de difundir
nuestras opiniones. La noción de igualdad de expresión, tal como
la entendían los atenienses, se relacionaba con el ideal de participación
política activa de pobres y trabajadores. De modo que la idea griega
de igualdad de expresión sintetiza las principales características de la
democracia ateniense: el énfasis en una ciudadanía activa y su enfoque
sobre la distribución del poder de clase.
Ahora bien, las objeciones hechas por los antiguos antidemocráticos
fueron reiteradas una y otra vez en los últimos siglos. En este sentido,
la democracia continuó siendo sencillamente una mala palabra entre las
clases dominantes. La pregunta entonces es: ¿cómo la democracia dejó
de ser una mala palabra, aun entre las clases dominantes? Y seguidamente:
¿cómo se tornó posible, tanto como necesario, incluso para esas
clases dirigentes, el hecho de reivindicarse como democráticas?
Obviamente, una de las principales respuestas se relaciona con
las luchas populares que eventualmente hicieron imposible continuar
negando derechos políticos primordiales a las masas, y particularmente
a la clase trabajadora. Una vez que esto sucedió, las clases dominantes
tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones, tanto política como
ideológicamente. Con el inicio de las campañas electorales de masas de
fines del siglo XIX, los antidemocráticos difícilmente podían ser abiertamente
honestos respecto de sus sentimientos anti-populares. ¿Qué
candidato podía decir a sus votantes que los consideraba demasiado
estúpidos e ignorantes como para elegir por ellos mismos qué era lo
mejor en política, y que sus demandas eran tan absurdas como peligrosas
para el futuro del país?, se preguntaba Eric Hobsbawm (1988). Así
que, repentinamente, todos eran democráticos.
Sin embargo, hay más en esta historia. Mucho ocurrió antes del
siglo XIX que habilitó la posibilidad de esta nueva estrategia ideológica.

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Existieron cambios materiales y estructurales que modificaron el significado
y las consecuencias de la democracia. Precisamente estos cambios
aseguraron que, cuando la democratización moderna tuvo lugar –especialmente
bajo la forma del sufragio universal–, esta no representara
tanta diferencia como la que podría haber provocado previamente, o
como quienes lucharon por ella hubieran esperado. Como trataré de explicar,
el capitalismo posibilitó que los derechos políticos se convirtieran
en universales sin afectar fundamentalmente a la clase dominante.
Consideremos las implicancias de la democracia en el mundo
antiguo. En cada sociedad previa al desarrollo del capitalismo, dondequiera
que la explotación haya existido, fue alcanzada por lo que Marx
llamó “medios extra-económicos”. En otras palabras, la capacidad de
los productores directos de extraer plusvalía dependió en una forma u
otra de la coerción directa ejercida por la superioridad militar, política
y jurídica de la clase explotadora. En muchas de estas sociedades, los
campesinos fueron los principales productores directos, y continuaron
con la posesión de los medios de producción, como la tierra. Las clases
dirigentes los explotaban esencialmente mediante la monopolización
del poder político y militar, a veces con la mediación de alguna clase
de Estado centralizado que cobraba impuestos a los campesinos, o incluso
mediante alguna otra clase de poder militar y jurisdiccional que
les permitía extraer plusvalía de estos por su condición dependiente de
sirvientes o peones que los obligaba a aceptar un decomiso en la forma
de renta para sus señores. En otras palabras, el poder económico y el
político se fusionaban, y hubo siempre una división, más o menos clara,
entre dirigentes y productores, entre quienes detentaban el poder político
y los que componían la sociedad trabajadora.
Pero en la antigua democracia ateniense, los campesinos y otros
productores directores participaban del poder político, y esto debilitaba
drásticamente el poder de explotación de los ricos o clases apropiadoras.
En esta democracia, las clases productoras no sólo tenían derechos políticos
sin precedentes sino que también, y por la misma razón, disfrutaban
de un cierto grado de libertad –igualmente sin antecedentes– respecto de
la explotación por medio de impuestos y renta. Entonces, la importancia
de la democracia era económica al mismo tiempo que política.
Todo esto cambió con el desarrollo del capitalismo. La capacidad
de explotación de los capitalistas no depende directamente de su poder
político o militar. Ciertamente, los capitalistas necesitan del sustento
del Estado, pero sus poderes de extracción de plusvalía son puramente
económicos: los trabajadores desposeídos de la propiedad de sus medios
de producción están forzados a vender su fuerza de trabajo por un
salario para lograr acceder a dichos medios y procurar su subsistencia.
El poder político y el económico no están unidos de la misma forma en
que lo estaban previamente.

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Desde entonces y hasta ahora existe una esfera económica distintiva,
con su propio sistema de compulsión y coerción, sus propias
formas de dominación, su propias jerarquías. El capital, por ejemplo,
controla el lugar de trabajo y tiene un manejo sin precedentes del proceso
laboral. Y, por supuesto, existen las fuerzas del mercado, mediante
las cuales el capital localiza el trabajo y los recursos. Ninguno de estos
elementos está sujeto al control democrático o a la rendición de cuentas.
La esfera política concebida como el espacio donde las personas se
comportan en su carácter de ciudadanos –antes que como trabajadores
o capitalistas– está separada del ámbito económico. Los individuos
pueden ejercitar sus derechos como ciudadanos sin afectar demasiado
el poder del capital en el ámbito económico. Aun en sociedades capitalistas
con una fuerte tradición intervencionista del Estado, los poderes
de explotación del capital suelen quedar intactos por la ampliación de
los derechos políticos.
Es evidente entonces, que la democracia en las sociedades capitalistas
significa algo muy diferente de lo que representó originariamente
–no simplemente porque el significado de la palabra ha cambiado,
sino porque también lo hizo el mapa social en su totalidad. Las relaciones
sociales, la naturaleza del poder político y su relación con el poder
económico, y la forma de la propiedad han cambiado. Ahora es posible
tener un nuevo tipo de democracia que está confinada a una esfera puramente
política y judicial –aquello que algunos denominan democracia
formal– sin destruir los cimientos del poder de clase. El poder social
ha pasado a las manos del capital, no sólo en razón de su influencia
directa en la política, sino también por su incidencia en la fábrica y en
la distribución del trabajo y los recursos, así como también vía los dictados
del mercado. Esto significa que la mayoría de las actividades de
la vida humana quedan por fuera de la esfera del poder democrático y
de la rendición de cuentas.
Todas estas transformaciones, por supuesto, no sucedieron de
la noche a la mañana, y el proceso no tuvo una evolución natural e
inevitable. Fue desafiado a cada paso del camino. En aquellos primeros
años del capitalismo no era tan claro que los efectos del poder político
de las clases dominadas estarían al final tan limitados. Hacia el siglo
XVII y aún en el siglo XVIII, muchos de los temas básicos, especialmente
vinculados con los derechos de propiedad, todavía no estaban
resueltos o eran fervientemente desafiados. La masa de la población no
era aún un proletariado desposeído sujeto al mero poder económico del
capital. Los grandes propietarios todavía dependían mucho del control
del Estado para sostener el proceso de acumulación de la tierra, la expropiación
de los pequeños productores, la extinción de los derechos
consuetudinarios de la gente y la redefinición misma del derecho de
propiedad. En aquellos días, la soberanía popular podría haber mar-

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cado una diferencia mucho más amplia que la que puede lograr en la
actualidad. En aquel entonces, todavía parecía esencial para la clase
dirigente –y en verdad lo era– mantener la antigua diferenciación entre
gobernantes y productores; entre explotadores, políticamente privilegiados,
y clases explotadas, sin derechos políticos.
De todas formas, a mediados del siglo XIX, cuando el desarrollo
del capitalismo fue mucho más avanzado en Gran Bretaña, la contienda
por el voto fue una parte importante de las luchas de la clase trabajadora
–especialmente para los cartistas en Inglaterra. Pero lo más interesante
fue que, después del intento frustrado del Cartismo, la pelea por
los derechos políticos o democráticos dejó de ser central para las luchas
de la clase trabajadora. Esto no quiere decir que la lucha política fue
abandonada por completo, pero los movimientos de la clase trabajadora
dirigieron cada vez en mayor medida su atención a las luchas en el
espacio industrial. Ciertamente, en parte debido a la represión ejercida
por el Estado. Sin embargo, a mi juicio, existe una razón estructural más
profunda. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, el mapa social había
cambiado ya lo suficiente como para transformar las reglas de la política.
Para entonces, la cuestión de la propiedad se había resuelto a favor
del capital, y existía en Inglaterra una masa proletaria de trabajadores
–sin propiedad. Adicionalmente, el capitalismo industrial había avanzado
lo suficiente como para que el capital ganara control en el lugar
de trabajo y en el proceso laboral. En otras palabras, la conformación
de una esfera económica más o menos separada con su propio sistema
de poder se había realizado. De modo que el tema primordial para la
clase trabajadora parecía estar concentrado en la producción. Cuando
finalmente apareció el sufragio, podríamos decir que fue un momento
de anticlímax. A su vez, suele decirse que las revoluciones modernas no
han tenido lugar en este tipo de capitalismo industrial avanzado, donde
el centro de la oposición se ha trasladado al lugar del trabajo y el Estado
tiene la apariencia de “neutralidad”, sino en lugares donde el Estado es
todavía muy claramente un instrumento de explotación.
Hasta aquí describí principalmente el caso británico, como primer
sistema de capitalismo industrial con un proletariado masivo. Pero
el caso de EE.UU. es especialmente singular e importante para entender
qué sucedió con el concepto moderno de democracia. En EE.UU.,
por razones históricas muy específicas, los derechos políticos fueron
distribuidos más ampliamente y mucho antes en el proceso de desarrollo
capitalista, incluso con anterioridad al surgimiento de un proletariado
masivo. Cuando la Constitución de EE.UU. se redactó, las clases
propietarias eran conscientes de los peligros de la extensión de los
derechos políticos, pero las viejas estrategias aplicadas por otras clases
dirigentes ya no podían ser utilizadas. La existencia de un cuerpo
ciudadano activo surgido del período colonial y de la Revolución tor  

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naba imposible la opción de negar al pueblo sus derechos políticos en
la nueva Constitución; no podía mantenerse nada parecido a la antigua
separación entre dirigencia y productores, entre una elite políticamente
privilegiada y una masa sin opción al voto.
Las clases propietarias adoptaron una estrategia diferente, una
estrategia ideológica y constitucional que hiciera mucho más factible
limitar el daño que ocasionaría la extensión de los derechos políticos.
Precisamente esta estrategia ha tenido profundos y duraderos efectos
en nuestra moderna definición de democracia.
Los padres fundadores de EE.UU. redefinieron la democracia.
Efectivamente, redefinieron sus dos componentes esenciales –el demos
o pueblo y el kratos o poder. El demos perdió su significado de clase y
se convirtió en una categoría política antes que social. Y el kratos fue
compatibilizado con la alienación del poder popular; es decir, fue convertido
en lo opuesto a lo que significaba para los antiguos atenienses.
Aun cuando dejáramos a un lado la exclusión de esclavos y mujeres,
la redefinición estadounidense de democracia implicó diluir el poder
popular, incluyendo el poder de los ciudadanos varones quienes constituían
el pueblo o la nación política.
Permítanme, en esta instancia, dejar algo bien en claro. En realidad,
a los padres fundadores de la Constitución norteamericana les
desagradaba la democracia y no querían construir una. En rigor, ellos
diferenciaban claramente su “república” de la democracia tal como era
entendida convencionalmente. Sin embargo, la injerencia de elementos
más democráticos influyó en el debate y los forzó a una mutación retórica;
así es que en ocasiones ellos denominaban a su república como
una “democracia representativa”. En esta nueva concepción de democracia,
el demos o “pueblo” era crecientemente despojado de su significado
social. Las nuevas condiciones históricas hicieron posible dotar
al “pueblo” de un significado puramente político. El pueblo ya no era
la gente común, los pobres, sino un cuerpo de ciudadanos que gozan
de ciertos derechos civiles comunes. La particular definición de representación
del pueblo buscó expandir la distancia entre la ciudadanía y
el poder, actuar como filtro entre las personas que accedían al estatus
de ciudadano y pasaban a conformar el pueblo y el Estado, e incluso
identificar la democracia con el gobierno o mandato de los ricos –como
por ejemplo lo hizo Alexander Hamilton cuando argumentó contra la
representación “actual” e insistió en que los comerciantes eran los representantes
naturales de los artesanos y trabajadores.
De modo que los padres fundadores norteamericanos crearon un
ciudadanía pasiva, una colección de ciudadanos –“el pueblo”– concebida
como una masa de individuos atomizados –no como una categoría
social como el demos ateniense, sino como un grupo de individuos aislados
con una identidad política divorciada de sus condiciones socia-
  
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les, especialmente en lo que se refiere a su pertenencia de clase. Las
elecciones se transformaron en el “todo” –las elecciones en donde cada
individuo actúa solo, no únicamente en términos de privacidad sino
también en lo que hace al aislamiento respecto de todos los demás. En
tal circunstancia, el voto individual reemplaza cualquier tipo de poder
colectivo. Esto es también, sin duda, lo que los gobiernos han tratado de
lograr con sus propuestas de reformas sindicales. Si los sindicatos deben
existir, es mejor que estén formados por miembros aislados, sin contacto
entre sí, en lugar de miembros que ejercen su poder como colectivo.
De manera que en EE.UU. se inventó una nueva concepción de
democracia, formada por muchos individuos particulares y aislados
que renunciaban a su poder para delegarlo en alguien más y disfrutar
en forma pasiva de ciertos derechos cívicos y libertades básicas. En
otras palabras, ellos inventaron un concepto de ciudadanía pasiva, nosocial
e incluso despolitizada. Pero, al menos, la democracia era definida
todavía como el gobierno del pueblo (gobierno “del, por y para el
pueblo”), aun cuando el pueblo se había convertido en una categoría
social neutra y su gobierno era sumamente débil e indirecto. En el siguiente
siglo, habría otros desarrollos del concepto de democracia.
Lo que observamos en el siglo XIX es la creciente identificación
de la democracia con el liberalismo, la creciente tendencia a cambiar
el foco de discusión sobre la democracia de la idea de poder popular
hacia la clase de límites constitucionales y derechos pasivos ya mencionados
anteriormente. Estos derechos y límites son, como dije, valiosos
en sí mismos, pero no son por sí mismos necesariamente democráticos.
A lo que me refiero aquí es a la estrategia ideológica de reducción e
identificación de la democracia con estos límites y derechos liberales.
Precisamente con esta estrategia aparece toda una nueva historia de la
democracia que, en lugar de trazar el progreso del poder popular, orienta
y convoca nuestra atención hacia algo diferente.
En el siglo XIX, la democracia fue tratada como una ampliación
de los principios constitucionales antes que como una expansión del
poder popular. Se trataba de una disputa entre dos principios políticos
y no del resultado de una lucha de clases o entre fuerzas sociales –señores
versus campesinos, capital versus el trabajo.
Por ejemplo, el gran pensador liberal, John Stuart Mill, describió
el progreso político en términos del conflicto entre autoridad y libertad
o bien como aquello que en ocasiones él llamó el dominio de la violencia
versus el dominio de la ley o la justicia. No se trataba de la disputa
entre ricos y pobres o entre explotadores y clases explotadas. En estas
historias, el énfasis no está puesto en el ascenso de la gente común, el
demos, a altos niveles de poder social. Por el contrario, el acento está
puesto en la limitación del poder político y la protección contra la tiranía,
y en la creciente liberación del ciudadano individual respecto del

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Estado, las regulaciones comunales y las identidades y lazos tradicionales.
Los héroes en estas historias no son quienes han luchado por el
poder de la gente (los levellers, los chartists, los sindicatos, los socialistas,
etcétera). En su lugar, nuestros héroes pertenecen a las clases
propietarias, quienes concibieron para nosotros nuestra Carta Magna
–la tan mentada Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra– y la Constitución
de EE.UU.
Es cierto que, especialmente desde la Segunda Guerra Mundial,
las sociedades capitalistas avanzadas –algunas más que otras– han
agregado una nueva dimensión a la idea de democracia, bajo la forma
de asistencia social. Algunas personas aún hablan acerca del desarrollo
de los derechos sociales y de una “ciudadanía social”. Así pues, si bien
este hecho ha sido de gran importancia para corregir el daño causado
por el capitalismo, a los fines de nuestra exposición nos interesa señalar
que incluso esta ciudadanía social es concebida en términos de derechos
pasivos.
Nuevamente, todos estos cambios en el concepto de democracia
fueron posibles por las características del capitalismo, la particular
relación entre capital y trabajo, y la también específica relación capitalista
entre las esferas económica y política. Entonces, ¿dónde estamos
parados en la actualidad? Pues bien, los movimientos anticapitalistas
actuales han instalado la democracia en el centro de sus debates en
una forma que no ha sido siempre verdaderamente de izquierda. Y esta
identificación del anticapitalismo con la democracia parece sugerir que
estos movimientos reconocen una contradicción fundamental entre capitalismo
y democracia, pero esto no significa lo mismo para todos.
Por un lado, por ejemplo, están aquellos para quienes la democracia es
compatible con un capitalismo reformado, en el cual las grandes corporaciones
son socialmente más conscientes y rinden cuentas a la voluntad
popular, y donde ciertos servicios sociales son cubiertos por instituciones
públicas y no por el mercado o, por lo menos, son regulados por
alguna agencia pública que debe rendir cuentas. Esta concepción puede
ser menos anticapitalista que anti-neoliberal o anti-globalización. Por
otro lado, están aquellos que creen que, aun cuando es siempre crucial
luchar por cualquier reforma democrática posible en la sociedad capitalista,
el capitalismo es en esencia incompatible con la democracia
–personalmente me sitúo en esta última perspectiva.
Existe otro problema adicional. Muchos desde la izquierda anticapitalista
creen que el viejo terreno de las luchas políticas ya no
está en juego a causa de la globalización. El Estado-nación, que solía
ser la arena principal de las políticas democráticas, está abriéndose
camino a la globalización, de modo que tendríamos que encontrar
alguna otra posibilidad de oponernos al capital –si es que cabe pensar
en esta posibilidad.

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El planteo más reciente en este sentido es el desarrollado por
Hardt y Negri en su libro Imperio (2002). Ellos nos dicen que el poder
del capital imperial está en todas partes y en ninguna. El Imperio, dicen,
es un “no-lugar”. Y debido a que no hay puntos tangibles de concentración
del poder capitalista, no puede existir realmente un contrapoder.
En este sentido es que tenemos que pensar en políticas de oposición
en términos diferentes, aunque lo que esto pueda significar los autores
nunca lo dejan del todo claro.
Hardt y Negri son mucho más específicos en lo que respecta al
tipo de luchas que no creen posibles, y entre ellas incluyen los conflictos
locales y nacionales, las luchas de los movimientos de trabajadores y algunas
otras. Mucha gente que integra el movimiento anticapitalista ve
en Imperio un manifiesto optimista para sus políticas, pero a mi juicio
se trata justamente de todo lo contrario. En mi opinión, esta obra parece
expresar un profundo pesimismo sobre la posibilidad de una lucha
democrática y anticapitalista. Creo que están equivocados. Es simplemente
falso que no existan puntos tangibles de concentración del poder
capitalista. No es verdad que el estado territorial que conocimos se
encuentre en declinación frente a la economía global. Por el contrario,
creo que el capital depende más que nunca de un sistema de estados
locales que administren el capitalismo global.
El problema del Estado en el capitalismo internacional es más
complicado dado que el capitalismo global no posee un Estado internacional
que lo sustente y, hasta el momento, tampoco creo que construya
tal Estado. La forma política de la globalización no es un Estado internacional
sino un sistema de varios estados nacionales; de hecho, considero
que la esencia de la globalización es una creciente contradicción
entre el alcance global del poder económico capitalista y el mucho más
limitado alcance de los estados territoriales que el capitalismo necesita
para sostener las condiciones de acumulación. Precisamente esta contradicción
también es posible y necesaria por aquella división propia
del capitalismo entre economía y política.
En resumidas cuentas, mi argumento sostiene que lo que estamos
presenciando en el nuevo imperialismo norteamericano es un esfuerzo
continuo por lidiar con la contradicción entre la esfera de acción
del poder económico y la continua dependencia del capital de un sistema
global de estados territoriales. Esto representa, sin lugar a dudas,
un peligro para el mundo en su conjunto, pero a la vez nos habla de algo
más. Hasta aquí he explicado qué hace al capitalismo compatible con
cierta clase de democracia, y qué hace posible que las clases dominantes
acepten este tipo de régimen –el hecho de la separación de las esferas
política y económica. Esta situación ha hecho posible la tolerancia
de los partidos de la clase trabajadora en la política, incluso sin haber
estado nunca las clases dominantes de acuerdo con esta idea. Pero ade  

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más sostuve que esta vieja separación ha sido desbaratada porque el
capital internacional necesita del Estado más que nunca para organizar
los circuitos económicos que el capital no puede manejar por sí mismo.
Porque el capital depende, tal vez hoy más que nunca, de un sistema
global de estados, las luchas verdaderamente democráticas –entendidas
como contiendas para cambiar el balance de poder de clase tanto
dentro como fuera del Estado– pueden llegar a tener un efecto mucho
mayor que en épocas anteriores.

BIBLIOGRAFÍA
Aristóteles 1986 La Política (Buenos Aires: Alianza).
Hamilton, Alexander; Madison, James y Jay, John 1998 (1780) El
Federalista (México DF: Fondo de Cultura Económica).
Hardt, Michael y Negri, Antonio 2002 Imperio (Buenos Aires: Paidós).
Hobsbawm, Eric 1988 La era del imperio: 1875-1914 (Barcelona: Labor).
Wood, Ellen Meiksins 2000 Democracia contra capitalismo. La renovación
del materialismo histórico (México DF: Siglo XXI).

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