(Por Atilio A. Boron) Escribo estas pocas líneas desde el corazón. Sumido en el estupor no alcanzo a comprender cómo quien fuera el maestro de toda una generación de sociólogos, politólogos y economistas de América Latina y el Caribe hoy prefiere mantenerse “neutral” ante la trágica opción que enfrentarán los brasileños el próximo 28 de Octubre: restaurar la dictadura, bajo nuevos ropajes,  o retomar la larga y dificultosa marcha hacia la democracia. Para justificar su actitud el ex presidente  declaró a la prensa  que "de Bolsonaro me separa un muro y de Haddad una puerta."

Sorpresa, estupefacción, asombro.  Porque, ¿cómo es posible que quien fuera una de las más brillantes mentes de las ciencias sociales desde comienzos de los años sesentas del siglo pasado pueda exhibir tal indiferencia cuando lo que está en juego es o bien el retorno travestido y recargado de la dictadura militar (la misma que luego del golpe de 1964 lo obligó a exiliarse en Chile) o la elección de un político progresista, heredero de un gobierno que, con todos sus defectos, fue quien más combatió la pobreza en el Brasil y  lo hizo en un marco de irrestrictas libertades civiles y políticas? A quienes fuimos sus alumnos en la FLACSO de Chile, en la segunda mitad de los sesentas, nos deslumbraban sus brillantes lecciones sobre el método dialéctico de Marx y las enseñanzas de quien a su vez fuera su maestro, Florestán Fernándes; o cuando disertaba sobre la teoría de la dependencia mientras escribía su texto fundamental con Enzo Faletto; o cuando diseccionaba con la sutileza de un eminente cirujano la naturaleza de las dictaduras en América Latina.  Por eso, quienes atesoramos esos recuerdos estamos sumidos en el más profundo desconcierto ante su atronador silencio en relación a la que, sin dudas, es una de las coyunturas más críticas de la historia reciente del Brasil. A los que  tuvimos la suerte de enriquecernos intelectualmente con sus lecciones nos cuesta creer las noticias que nos llegan hoy de Brasil y que informan de su escandalosa abstención. Y cuando aquellas se confirman, como ha ocurrido en estos días, lo hacemos con el corazón sangrante y la mente convulsionada.



¿Cómo olvidar de que fue usted quien en aquellos años finales de los sesentas nos ayudó a sortear las estériles trampas de la sociología académica norteamericana y la ciénaga del estructuralismo althusseriano, moda que estaba haciendo estragos en las juventudes radicalizadas de Chile. Después, desde mediados de los setentas y a lo largo de los ochentas la suya fue la voz de la sensatez y la sensibilidad histórica que debatía con algunos "transitólogos" deslumbrados por la ciencia política de la academia estadounidense y a quienes, a fuerza de argumentos y ejemplos concretos, obligó a revisar sus ingenuas expectativas sobre las nacientes democracias latinoamericanas. Recordamos como si fuera hoy sus advertencias diciéndole a sus colegas que en Nuestra América el "modelo de La Moncloa"  -erigido como el arquetipo no sólo único sino también virtuoso de nuestra todavía inconclusa “transición hacia la democracia”- enfrentaría  enormes dificultades para reproducirse en el continente más injusto del planeta. Y sus previsiones fueron confirmadas por el inapelable veredicto de la historia: ahí están nuestras languidecientes democracias, incumpliendo sus promesas emancipatorias, impotentes para instaurar la justicia distributiva y cada vez más vulnerables a la acción destructiva del imperio y sus lugartenientes locales. Democracias, en suma, en rápida transición involutiva hacia la plutocracia y la sumisión neocolonial. Fue Cardoso uno de los principales animadores del Grupo de Trabajo sobre Estado de CLACSO que se creara a comienzos de los setentas. Su espíritu crítico combinado con su fina ironía orientaron  buena parte de las labores de ese pequeño conjunto de colegas. Tanto en las discusiones sobre la transición a la democracia y la naturaleza de las dictaduras que asolaron la región usted decía que “sin reformas efectivas del sistema productivo y de las formas de distribución y de apropiación de riquezas no habrá Constitución ni estado de derecho capaces de eliminar el olor de farsa de la política democrática.” [1] Y la historia otra vez le dio la razón.

Más allá de sus errores y limitaciones la experiencia de los gobiernos de Lula y Dilma avanzaron, si bien con demasiada cautela, para tratar de eliminar ese insoportable “olor de farsa” de las democracias latinoamericanas.  ¿Que en esos gobiernos hubo corrupción, que aumentó la inseguridad ciudadana, o que algunos problemas no fueron encarados correctamente, o inclusive se agravaron? Es cierto. Pero nada de esto constituye una novedad en la historia brasileña ni es un producto exclusivo de los gobiernos del PT,  y usted como analista tanto como en su calidad de ex senador, ex ministro y ex presidente lo sabe muy bien. Tomar como “chivos expiatorios” de la tradicional y secular corrupción de la política brasileña a Lula y el PT es un insulto a la inteligencia de sus conciudadanos además de una maliciosa mentira. Pero aún si estas críticas fueran ciertas –cosa sobre lo cual no viene al caso expedirse en estas líneas- ellas son "peccata minuta" ante el peligro que acecha a Brasil y a toda América Latina.. Y usted, con su inteligencia, a esta altura de su vida no puede arrojar por la borda todo lo que enseñara a lo largo de tantos años. Usted escribió páginas imborrables sobre las dictaduras latinoamericanas  y en uno de sus libros denunció con valor  la pretensión de  “sustraerse de la responsabilidad política de caracterizar como dictatorial a un régimen que se afirma sobre la violencia irrestricta y el atropello sistemático de los derechos humanos.” [2]  ¿Qué cree que va a hacer Bolsonaro cuando exalta a los torturadores y rinde loas a la dictadura del 64?  Por eso estoy convencido que de persistir en su actitud neutral cometería usted el mayor y más imperdonable error de su vida, que arrojaría un ominoso manto de sombra no sólo sobre su trayectoria como intelectual de Nuestra América sino también sobre su propia gestión como presidente de Brasil.



¿Qué hay una puerta que lo separa a usted de Fernando Haddad? Es cierto, pero el candidato petista ya lo invitó a pasar. Abra esa puerta y entre, porque aquel muro que lo separa de Bolsonaro no sólo caerá con todos sus horrores encima de las clases y capas populares de Brasil sino también sobre su cabeza y su renombre. Nadie le pide que apoye incondicionalmente a lo que hoy, nos guste o no, representa la única opción democrática que hay en Brasil frente a la monstruosa reinstalación de la dictadura militar por la vía de un electorado manipulado como jamás antes en la historia del Brasil. Que la fórmula petista sea la única opción democrática en las próximas elecciones no sólo es producto del empecinamiento de los gobiernos y del liderazgo del PT. Usted fue presidente, por ocho años, y algo de responsabilidad le cabe también por esta imposibilidad de construir alternativas políticas más de su agrado. Su delfín, Geraldo Alckmin, tuvo un desempeño catastrófico en la primera vuelta. Por eso un hombre como usted no puede ni debe permanecer neutral en esta coyuntura. Sus pasiones y su ostensible animosidad hacia Lula y todo lo que él representa no pueden jugarle tan mala pasada y nublar su entendimiento. Usted sabe que la victoria de Bolsonaro dará luz verde a sus tropas de asalto a la democracia, la justicia, los derechos humanos, la libertad. Tropelías y aberraciones que, para espanto de la población, ya prometen y anuncian sin tapujos a través de la prensa y las redes sociales en Brasil. En este caso su neutralidad se transforma en complicidad.



Ante tan grave encrucijada, ¿cómo puede usted declararse prescindente en esta batalla crucial entre dictadura y democracia? A veces la vida nos coloca en estas incómodas encrucijadas, y no queda hay otro remedio que elegir y actuar. Recuerde que Dante, en La Divina Comedia, reservó el círculo más ardiente del infierno a quienes en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad. Usted, por su historia, por lo que hizo, por su magisterio, por la memoria de sus propios maestros debe oponerse con todas sus fuerzas a la re-encarnación de la dictadura bajo el mascarón de proa de un político mediocre, violento y reaccionario que ni bien instalado en el Palacio de Planalto será fácil presa de los actores más siniestros del Brasil.  Su nombre, Fernando Henrique, no debe quedar inscripto entre los cómplices de la tragedia en ciernes en su país. Créame si le digo, siendo fiel a sus enseñanzas, que a diferencia de Fidel si usted persiste en esa actitud, en esa suicida neutralidad, la historia no lo absolverá sino que lo condenará y lo atormentará hasta el fin de sus días. Contribuya con su palabra a que Brasil sortee el peligro del inicio de un nuevo – y probablemente extenso- ciclo dictatorial que sólo agravará los problemas que hoy lo atribulan. Y luego, despejada esa amenaza, discuta sin concesiones como mejorar la democracia en su país; critique las políticas que proponen Haddad y D’Avila, pero primero asegure que su pueblo no volverá a caer en los horrores que con tanta fuerza usted condenó en el pasado. Su silencio, o su abstención, serán implacablemente juzgados por los historiadores del futuro, como ya lo son hoy por sus asombrados contemporáneos que no pueden entender las razones de su postura. Tiene poco tiempo para evitar tan triste final y evitar que la neutralidad se convierta en complicidad. Recuerdo cuando, en medio del furor causado por el auge de la teoría de la dependencia usted exhortaba a sus cultores a no apartarse de las enseñanzas de Lenin cuando exigía, antes de parlotear superficialmente sobre el tema, llevar a cabo “un análisis concreto de la realidad concreta.” Y remataba esa observación advirtiendo sobre el peligro de que “el hechizo de las palabras sirva para ocultar la indolencia del espíritu”.[3]  Ojalá que su brillante inteligencia no haya caído víctima de la indolencia y prevalezca, en esta hora decisiva, sobre la fuerza de unas incontrolables  pasiones que le impiden abrir la puerta que lo separa de Fernando Haddad y evitar que Brasil se hunda en el basural del fascismo.





[1] Cf.  “La democracia en las sociedades contemporáneas”, en Crítica & Utopía, Buenos Aires, N°6, 1982,  y también en “La Democracia en América Latina”, Punto de Vista, Buenos Aires, Nº 12, Abril 1985.
[2] Ver su  Autoritarismo e democratização, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1975, p. 18.

[3] Fernando H. Cardoso, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes. Argenti -
na y Brasil, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971, p. 60.


11 de Mayo 2016: El pastor Everaldo Pereira bautiza a Bolsonaro en las aguas del Río Jordán 


(Por Atilio A. Boron) La sorprendente performance electoral de Jair Mesías Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil suscita numerosos interrogantes. Sorprende  la meteórica evolución de su intención de voto hasta llegar a arañar la mayoría absoluta.  Y no fue el atentado lo que lo catapultó la posibilidad de ganar en primera vuelta. Veamos: en los últimos dos años su intención de voto fluctuó alrededor del 15 por ciento, pese a que está próximo a cumplir 28 años consecutivos como diputado federal (y  con sólo tres proyectos de ley presentados a lo largo de estos años). Ergo, no es un "outsider" y mucho menos la personificación de la “nueva política". Es un astuto impostor, nada más.  A comienzos de Julio su intención de voto era del 17 por ciento: el 22 de Agosto, Datafolha marcaba un 22 por ciento. El 6 de Septiembre sufre el atentado y pocos días después las preferencias crecieron ligeramente hasta alcanzar un 24 y un par de semanas después subía al 26 por ciento. En resumen: un módico aumento de 9  puntos porcentuales entre comienzos de Julio y mediados de Septiembre. Pero a escasos días de las elecciones su intención de voto trepó al 41 y en las elecciones obtuvo el 46 por ciento de los votos válidos. En resumen: en un mes prácticamente duplicó su caudal electoral. ¿Cómo explicar este irresistible ascenso de un personaje que durante casi treinta años jamás había salido de los sótanos  de la política brasileña? A continuación ofreceré tres claves interpretativas.
I

Primero, Bolsonaro tuvo éxito en aparecer como el hombre que puede restaurar el orden en un país que, según pregonan los voceros del establishment, fue desquiciado por la corrupción y la demagogia instaurada por los gobiernos del PT y cuyas secuelas son la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el narcotráfico, los sobornos, la revuelta de las minorías sexuales, la tolerancia ante la homosexualidad y la degradación del papel de la mujer, extraída de sus roles tradicionales. El escándalo del Lava Jato y el desastroso gobierno de Michel Temer acentuaron los rasgos más negativos de esta situación, que en la percepción de los sectores más conservadores de la sociedad brasileña llegó a extremos inimaginables. En un país donde el orden es un valor supremo – recordar que la frase estampada en la bandera de Brasil es "Orden y Progreso"- y que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, el “desorden” producido por la irrupción de las “turbas plebeyas” desata en las clases dominantes y las capas medias subordinadas a su hegemonía una incandescente mezcla de pánico y odio, suficiente como para volcarlas en apoyo de quienquiera que sea percibido con las credenciales requeridas para restaurar el orden subvertido. En el desierto lunar de la derecha brasileña, que concurrió con seis candidatos a la elección presidencial y ninguno superó el 5 % de los votos, nadie mejor que el inescrupuloso y transgresor Bolsonaro, capaz de infringir todas las normas de la "corrección política" para realizar esta tarea de limpieza y remoción de legados políticos contestatarios. El ex capitán del Ejército, eligió como compañero de fórmula a Antonio Hamilton Mourau, un muy reaccionario general retirado que pese a sus orígenes indígenas cree necesario “blanquear la raza” y que no tuvo empachos en declarar que “Brasil está lastrado por una herencia producto de la indolencia de los indígenas y del espíritu taimado de los africanos".  Ambos son, en resumidas cuentas, la reencarnación de la dictadura militar de 1964 pero catapultada al gobierno no por la prepotencia de las armas sino por la voluntad de una población envenenada por los grandes medios de comunicación y que, hasta ahora, a dos semanas de la segunda vuelta, parece decidida a votar por sus verdugos.
 Ahora bien: ¿por qué la burguesía brasileña se inclinó a favor de Bolsonaro?  Algunas pistas para entender esta deriva las ofrece Marx en un brillante pasaje de El 18 Brumario de Luis Bonaparte . En él describió en los siguientes términos la reacción de la burguesía ante la progresiva descomposición del orden social y el desborde del bajo pueblo movilizado en la Francia de 1852: “se comprende que en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”[1] Pocas analogías históricas pueden ser más aleccionadoras que esta para entender el súbito apoyo de las clases dominantes brasileñas -enfurecidas y espantadas por el debilitamiento de una secular jerarquía social anclada en los legados de la esclavitud y la colonia- a un psicópata impresentable como Bolsonaro. O para comprender el auge de la Bolsa de Sao Paulo luego de su victoria en la primera vuelta y el júbilo de la canalla mediática, encabezada por la Cadena O Globo. Todo este bloque dominante suplicó, jadeante y como un loco, que alguien viniese a poner fin tanto descalabro. Y allí estaba Bolsonaro.
Y es que como lo observara Antonio Gramsci en un célebre pasaje de sus Cuadernos, en situaciones de “crisis orgánica” cuando se produce una ruptura en la articulación existente entre las clases dominantes y sus representantes políticos e intelectuales (los ya mencionados más arriba, ninguno de los cuales obtuvo siquiera el 5 por ciento de los votos) la burguesía y sus clases aliadas rápidamente se desembarazan de sus voceros y operadores tradicionales y corren en busca de una figura providencial que les permita sortear los desafíos del momento. “El tránsito de las tropas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único que mejor representa y retoma los intereses y las necesidades de la clase en su conjunto” –observa el italiano- “es un fenómeno orgánico y normal, aún cuando su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante por comparación a los tiempos tranquilos del pasado: esto representa la fusión de todo un grupo social (las clases dominantes, NdA) bajo una única dirección concebida como la sola capaz de resolver un problema dominante existencial y alejar un peligro mortal.”[2]
Esto fue precisamente lo ocurrido en Brasil una vez que sus clases dominantes comprobaran la obsolescencia de sus fuerzas políticas y liderazgos tradicionales, la bancarrota de los Cardoso, Temer, Neves, Serra, Sarney, Alckmin y compañía, lo que las llevó a la desesperada búsqueda del  providencial mesías exigido para restaurar el orden desquiciado por la demagogia petista y la insumisión de las masas y que, a su vez, les permitiera ganar tiempo para reorganizarse políticamente y crear una fuerza y un liderazgo políticos más a tono con sus necesidades sin el riesgo de imprevisibilidad inherente al liderazgo de Bolsonaro. Pero por el momento, lo importante para las clases dominantes brasileñas: subrayamos, lo único importante, es acabar definitivamente con el legado de los gobiernos del PT y sus aliados.  Conocido el derrumbe de sus candidatos en las encuestas pre-electorales, incluyendo al delfín de Fernando H. Cardoso, el gobernador del estado de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, aquéllas necesitaban tiempo para pergeñar una nueva fórmula política. Una eventual victoria de Bolsonaro se lo proporcionaría, y hacia él volcaron todo su apoyo en las últimas semanas de la campaña.
II

Segundo, Bolsonaro fue favorecido por el cambio en la cultura política de las clases y capas populares que las tornó receptivas a un discurso que apenas unos años antes hubiera sido motivo de burlas, desoído o repudiado en las barriadas populares del Brasil, para ni hablar en los ambientes de las capas medias más educadas.  La crisis económica y social y la ruptura de los lazos de integración comunitaria en las favelas, potenciadas por la falta de educación política de las masas -una tarea que según Frei Betto el PT jamás se propuso como acompañamiento a sus políticas de promoción social- junto a la gravísima crisis institucional y política del país prepararon el terreno para un cambio de mentalidad en donde el llamamiento al orden y la apelación a la “mano dura” afloraron  como propuestas sensatas y razonables para enfrentar una situación muy crítica en los suburbios populares y que los medios del establishment agigantaban pintándola con rasgos estremecedores.
¿Es éste un rasgo exclusivo del Brasil? No. Todos los gobiernos latinoamericanos del ciclo político iniciado a fines del siglo pasado con el ascenso de Hugo Chávez cayeron en el error de creer que sacar de la pobreza a millones de familias las convertiría inexorablemente en portadoras de una nueva cultura solidaria, comunitaria, inmunizada ante el espejismo del consumismo, y por lo tanto propensa a respaldar los proyectos reformistas. Sin embargo, como en la Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, en Brasil también una buena parte de los beneficiarios de las políticas de inclusión de los gobiernos del PT fue captada por el discurso del orden de la burguesía y las capas medias -atemorizadas y llenas de resentimiento por la activación del campo popular que hizo abandono de su tradicional quietismo- y pregonado de modo abrumador por la prensa hegemónica con el auxilio de las iglesias evangélicas. Estas hicieron lo que el PT y la izquierda no supo o no quiso hacer: organizar y concientizar, en clave reaccionaria, a las comunidades más vulnerables rescatadas de la pobreza extrema por los gobiernos de Lula y Dilma. Y lo hicieron reforzando los valores tradicionales en relación al papel de la mujer, la identidad de género y el aborto y promoviendo una cosmovisión reaccionaria, autoculpabilizadora de los pobres y esperanzada en el papel salvífico de la religión e, incidentalmente, de un oscuro político oportunamente bautizado y renacido como un buen cristiano en Mayo del 2016  en las mismísimas aguas del río Jordán, ¡donde San Juan Bautista hiciera lo propio con Jesucristo! La piadosa imagen de Bolsonaro sumergido en las aguas del río fue masivamente difundida a través de los medios y lo rodeó con el aura que necesitaba para aparecer como el Mesías  que llegaba para poner fin al desquicio moral, social y político producido por Lula y sus seguidores. Esta prédica se difundía no sólo a través de los medios de comunicación hegemónicos -sino sobre todo por la Record TV, propiedad de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios y segunda en audiencia detrás de la Cadena O Globo- sino que también se reproducía en sus más de seis mil templos establecidos en todo Brasil, una cifra abrumadoramente superior al número de locales que cualquier partido político jamás tuvo en ese país.[3] Resumiendo: se verificó, como antes en Argentina y en cierta medida también en Brasil, la inesperada “revuelta de los incluidos” en contra de los gobiernos progresistas que promovieron esas políticas de integración social en la región.[4]

III

Una tercera línea de interpretación dice relación con el eficaz -y por supuesto, nefasto- papel  de los medios hegemónicos en el linchamiento mediático de Lula y todo lo que éste representa. En este sentido el papel de la Cadena O Globo y, en menor medida, el de Record TV, ha sido de capital importancia, pero no le van en zaga la prensa gráfica y por supuesto una muy  aceitada utilización masiva de las redes sociales activadas por un enorme ejército de militantes y trolls. Las riquísimas iglesias evangélicas disponen de dinero más que suficiente para sostener esta letal infantería comunicacional. Toda esta artillería mediática ha venido desde hace años descargando un torrente de informaciones difamatorias y “fake news” (para cuya elaboración y diseminación ya existen numerosos programas disponibles en la web) que a lo largo del tiempo fueron erosionando la valoración de las políticas de inclusión social del PT y la credibilidad y honorabilidad de sus principales dirigentes, comenzando por Lula. La farsa jurídica mediante el cual se lo condenó, sin pruebas, a pasar largos años de cárcel no mereció crítica alguna de la prensa hegemónica, que previamente había maliciosa y minuciosamente atacado la imagen pública del ex presidente y sus colaboradores. El Lava Jato sirvió para arrojar un pesado manto de desprestigio sobre toda la clase política, no sólo los líderes del PT, y ciertos sectores del gran empresariado. Prueba de ello fue la decepcionante performance de los candidatos de la derecha en la primera vuelta, cosa que anotáramos más arriba.
Pero toda esta movida, la segunda etapa del golpe institucional cuya primera fase fue la destitución de Dilma Rousseff, debía culminar con la detención e ilegal condena de Lula y su proscripción como candidato, única forma de frustrar su seguro retorno al Palacio del Planalto. El efecto combinado de una justicia corrupta y unos medios cuya misión hace rato dejó de ser otra cosa que manipular y “formatear” la conciencia del gran público aseguró ese resultado y, sobre todo, el quietismo dentro de las propias filas de simpatizantes y militantes petistas que sólo en escaso número se movilizaron y tomaron las calles para impedir la consumación de esta maniobra. La complicidad de la justicia electoral en un proceso que tiene grandes chances de desembocar en el derrumbe de la democracia brasileña y la instauración de un nuevo tipo de dictadura militar es tan inmensa como inocultable. Jueces y fiscales, con la ayuda de los medios, arrasaron con los derechos políticos del ex presidente, lo encerraron física y mediáticamente en su cárcel de Curitiba al prohibirle grabar audios o videos apoyando a la fórmula Haddad-D'Avila e inclusive vetaron la realización de una entrevista acordada con la Folha de Sao Paulo. En términos prácticos la justicia fue un operador más de Bolsonaro, y los pedidos o reclamos de su comité de campaña apenas tardaban horas para convertirse en aberrantes decisiones judiciales. Por eso la justicia, los medios y los legisladores corruptos que avalaron todo este fraudulento proceso son los verdugos que están a punto de destruir a la frágil democracia brasileña, que en treinta y tres años no pudo emanciparse del permanente chantaje de la derecha y su instrumento militar.
Va de suyo que este perverso tridente reaccionario y bastión antidemocrático es convenientemente entrenado y promovido por Estados Unidos a través de numerosos programas de “buenas prácticas” donde se les enseña a jueces, fiscales, legisladores y periodistas de la región a desempeñar sus funciones de manera “apropiada". En el caso de la justicia uno de sus más aventajados alumnos es el Juez Sergio Moro, que perpetró un colosal retroceso del derecho moderno al condenar a Lula a la cárcel no por las pruebas -que no tenía, como él mismo lo reconoció- sino por su convicción de que el ex presidente era culpable y había recibido un departamento como parte de un soborno. ¡Condena sin pruebas y por la sola convicción del juez!  La legión de periodistas que mienten y difaman a diario a lo largo y a lo ancho del continente también son entrenados en Estados Unidos para hacerlo "profesionalmente", en lo que sería la versión civil de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Si antes, durante décadas se entrenó a los militares latinoamericanos a torturar, matar y desaparecer ciudadanas y ciudadanos sospechados de ser un peligro para el mantenimiento del orden social vigente hoy se entrena a jueces, fiscales y “paraperiodistas” (tan letales para las democracias como los “paramilitares”) a mentir, ocultar, difamar y destruir a quienes no se plieguen a los mandatos del imperio. Lo mismo ocurre con los legisladores y, en cierta menor medida, con los académicos.

IV

Las interpretaciones ofrecidas hasta aquí tienen por objetivo ofrecer algunos antecedentes que ayuden a la elaboración de hipótesis más específicas y precisas que den cuenta del sorprendente ascenso de Bolsonaro en las preferencias electorales de los brasileños. El hilo conductor del argumento revela la trama de una gigantesca conspiración pergeñada por la burguesía local, el imperialismo y sus personeros en los medios y en la política que va desde la ilegal destitución de Dilma pasando por la no menos ilegal condena y encarcelamiento de Lula hasta la emisión, días atrás, de los falsos certificados médicos que le permiten al mediocre Bolsonaro rehuir el debate con su contrincante que, sin duda alguna, le haría perder muchos votos. Toda la institucionalidad del estado burgués así como las clases dominantes y sus representantes políticos y su emporio mediático se prestan para concretar esta gigantesca estafa al pueblo brasileño. Y en este sentido no podríamos dejar de proponer como hipótesis adicional que tal vez el avasallante éxito electoral de un farsante como Bolsonaro pueda responder, al menos en parte, a un sofisticado fraude electrónico que pudo haberle agregado un 4 o 5 por ciento más de votos a los que legítimamente había obtenido. No estamos diciendo aquí que ganó gracias a un fraude electrónico -como ocurriera en la elección presidencial que en 1988 consagró el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas en México y tantas otras, dentro y fuera de América Latina- sino que sería imprudente y temerario descartar esa posibilidad. Sobre todo cuando se sabe que a diferencia del venezolano el sistema electoral brasileño no emite un comprobante en soporte papel del voto emitido en la urna electrónica, lo cual facilita enormemente la posibilidad de manipular los resultados. Es sorprendente que esto no haya sido considerado por los sectores democráticos en Brasil habida cuenta de la existencia de varios antecedentes en América Latina y en otras partes del mundo en donde la voluntad popular fue desvirtuada por el voto electrónico. Por algo países como Alemania, Holanda, Noruega, Irlanda, Reino Unido, Francia, Finlandia y Suecia han prohibido expresamente el voto electrónico. ¿Por qué no pensar que la pasmosa performance electoral de Bolsonaro podría haber sido potenciada –si bien sólo en parte, insistimos- por el hackeo de la informática electoral?
  



[1] En Obras Escogidas de Marx y Engels (Moscú: Editorial Progreso, 1966), Tomo I, pp. 307-308.

[2] Note Sul Machiavelli, sulla política e sullo stato moderno (Giulio Einaudi Editore, 1966), pp.50-51.

[3] El nada casual crecimiento de las iglesias evangélicas y su conexión con los designios de Washington quedan patentemente reflejados en el artículo de Miles Christi, “El Informe Rockefeller”. Sectas y apoyo del gobierno de Estados Unidos contra la Iglesia Católica”,  disponible en  http://mileschristimex.blogspot.com/2015/10/el-informe-rockefeller.html

[4] Cf. Gustavo Veiga, "El día en que 'Bolso-nazi' fue bautizado 'Mesías' ", en Página/12, 8 Octubre 2018, en  https://www.pagina12.com.ar/147320-el-dia-en-que-bolso-nazi-fue-bautizado-messias . Luego del bautizo Bolsonaro añadió la palabra Mesías después de su primer nombre, Jair. Las diferentes denominaciones evangélicas, asegura Veiga, "controlan una quinta parte de la Cámara de Diputados y en su conjunto orillan el 29 por ciento de la población."     





Adolf Hitler, cabo del ejército imperial austríaco


(Por Atilio A. Boron) En una taberna maloliente de los barrios bajos del Munich de la primera posguerra un cabo desmovilizado del ejército imperial austriaco –fracasado como pintor y retratista- trataba de ganarse la vida apostando con los borrachos del local a que no lograban acertarle sus escupitajos desde una distancia de tres metros. Si los esquivaba, ganaba; cuando no, debía pagar. Entre una y otra tentativa vociferaba tremendos insultos antisemitas, maldecía a bolcheviques y espartaquistas y prometía erradicar de la faz de la tierra a gitanos, homosexuales y judíos. Todo en medio de la gritería descontrolada de la clientela allí reunida, pasada de alcohol, y que repetía con sorna sus dichos mientras le arrojaban los restos de cerveza de sus copas y le tiraban monedas entre insultos y carcajadas. Años después, Adolfo Hitler, pues de él estábamos hablando, se convertiría, con esas mismas arengas, en el líder “del pueblo más culto de Europa”, según más de una vez lo asegurara Friedrich Engels. Quien en esos momentos -años 1920, 21, 23- era motivo del cruel sarcasmo entre los parroquianos de la taberna resucitaría como una especie de semidiós para las grandes masas de su país y la encarnación misma del espíritu nacional alemán.

La política a punta de pistola


         Salvando las distancias algo parecido está ocurriendo con Jair Bolsonaro, quien encabeza cómodamente las encuestas de la primera vuelta de la elección presidencial de Brasil. Sus exabruptos reaccionarios, sexistas, homofóbicos, fascistas y su apología de la tenebrosa dictadura militar brasileña del 1964 y sus torturas provocaban generalizada repulsa en la sociedad. En el mejor de los casos lo consideraban tan sólo un bufón, un hazmerreír nostálgico de los tiempos del régimen que se abatió sobre el Brasil entre 1964 y 1985.  Por eso, durante dos años su intención de voto nunca superó el 15 o 18 por ciento. Las encuestas de las últimas dos semanas, sin embargo, muestran un espectacular crecimiento de su candidatura. La más reciente le asigna un 39 por ciento de intención de voto. Sabemos que hoy las encuestas de opinión pública tienen enormes márgenes de error; también que pueden ser operaciones mediáticas de la burguesía brasileña dispuesta a instalar en Brasilia a cualquiera que impida el “retorno del populismo petista” al poder. Pero también sabemos, como lo afirma una nota reciente de Marcelo Zero, en Brasil, que la CIA y sus aliados locales han desatado una apabullante avalancha de “fake news” y noticias difamatorias de los candidatos de la alianza petista que encontró un terreno fértil en las favelas y barriadas populares de las grandes ciudades de ese país. (“Tem dedo da CIA nas eleicoes do Brasil”, en www.brasil247.com)

En esta foto Bolsonaro simula el fusilamiento de los petistas


Esos sectores fueron sacados de la pobreza extrema y empoderados por la gestión de Lula y Dilma. Pero no fueron educados políticamente ni se favoreció su organización territorial o de clase. Quedaron como masas en disponibilidad, como dirían los sociólogos de los años sesenta.  Quienes sí los están organizando y concientizando son las iglesias evangélicas con quienes se ha aliado Bolsonaro, promoviendo un discurso conservador duro, hipercrítico del “desorden” causado por la izquierda en Brasil con sus políticas de inclusión social, de género, de respeto a la diversidad, a los LGBTI y su “mano blanda” con la delincuencia, su obsesión por los derechos humanos “sólo para los criminales.” Uno de sus recursos para atraer a los favelados a la causa de la derecha radical es mandar supuestos encuestadores para preguntarles si les gustaría que a su hijo José le cambiaran de nombre y le llamaran María, para exacerbar la homofobia. La respuesta es unánimemente negativa, e indignada. La  prédica del ex capitán sintoniza nítidamente con ese conservadorismo popular hábilmente estimulado por la reacción. En ese clima ideológico sus escandalosos y violentos disparates, como los de Hitler, decantan como un razonable sentido común popular y podrían catapultar a un monstruo como Bolsonaro al Palacio del Planalto que, como dato adicional habría que recordar que le prometió a Donald Trump autorizar la instalación de una base militar de EEUU en Alcántara, en el estratégico promontorio del Nordeste brasileño que es el punto más cercano entre las Américas y África, cosa a la que se negaron los gobiernos petistas. Si llegase a triunfar sería el comienzo de una horrible pesadilla, no sólo para el Brasil sino para toda América Latina.     



Madrid, 1 de Octubre de 2018 Madrid, 1 de Octubre de 2018

(Por Atilio A. Boron) El fallo de la Corte Internacional de Justicia cierra, por ahora y tan sólo en el ámbito jurídico, el histórico diferendo político relativo el acceso al mar de Bolivia. Porque tal como el periodista e historiador chileno Manuel Cabieses Donoso lo estableciera con su habitual clarividencia días antes de conocerse la sentencia, “después del fallo de la Corte Internacional de Justicia, lo único razonable es que Chile y Bolivia inicien el diálogo amistoso que el mundo les está pidiendo.”



       Según algunos observadores el fallo del tribunal de La Haya peca de un tecnicismo que no se compadece con la densidad histórica y geopolítica que encierra esa controversia. Los jueces obraron como si estuvieran en presencia de un litigio entre dos cantones suizos por el acceso a unas pasturas para sus vacunos de lechería. No se hicieron cargo de la dimensión y la  génesis del conflicto y del papel de las grandes potencias de la época –Gran Bretaña y en menor medida Estados Unidos- que utilizaron al gobierno de Chile como un “proxy” para apoderarse de las riquezas mineras existentes en esa región. Estas no fueron utilizadas para estimular el progreso material de Chile, que siguió siendo “un caso de desarrollo frustrado” como lo sentenciara el gran economista de ese país, Aníbal Pinto, sino para acrecentar las fabulosas ganancias de las empresas extranjeras promotoras de la guerra. En ese tiempo, 1879, la explotación del guano y el salitre producían pingües ganancias dado que eran los principales fertilizantes que demandaba impostergablemente la agricultura europea, cuyas tierras labradas por siglos daban signos de agotamiento luego de la Revolución Industrial. Y también estaba el cobre, aunque con una presencia apenas incipiente en esa época.

         Este tecnicismo de la Corte era previsible. Es bien sabido que el sistema de las Naciones Unidas está en crisis, entre otras cosas porque el principal actor del sistema internacional, Estados Unidos, viola con impunidad casi todas sus normativas. Ante esta realidad era evidente que lo que La Haya iba a hacer era evitar producir una sentencia que pudiese, eventualmente, aportar un precedente susceptible de desestabilizar el delicado tablero de la política internacional. El objetivo de máxima más razonable era que con su sentencia obligara a ambos gobiernos a iniciar un diálogo sobre el tema de la salida al mar de Bolivia. No podía esperarse ni un milímetro más que eso. Pero ni a eso se atrevieron los togados, y la razón es fácil de entender. No se les escapaba a su entendimiento que en caso de trasponer ese límite, ordenando por ejemplo la restitución aunque fuese parcial del territorio boliviano, un futuro gobierno de México podría plantear una reclamación similar por el robo de la mitad de su territorio a manos de Estados Unidos, ocurrido unos treinta años antes de la Guerra del Pacífico en la que Bolivia y Perú perdieran parte de sus posesiones. O, ya en el siglo veinte, una demanda similar podrían plantear las autoridades palestinas por el descarado robo de su territorio por parte del Estado de Israel. Por eso en La Haya primó el tecnicismo y una visión formalista del derecho para emitir una sentencia que nada ha resuelto.

         
Conocido el fallo Santiago y La Paz deberán ahora sentarse a conversar y encontrar una solución política y diplomática, satisfactoria para ambas partes y que ponga fin a una disputa que no sólo daña a Bolivia, encerrada en el Altiplano, sino que tampoco le hace bien a Chile, cuyo prestigio internacional se desdibuja cuando su gobierno se rehúsa, por momentos con tonos altaneros, a dialogar con una nación que estará a su lado hasta el fin de los tiempos. Son vecinos y lo seguirán siendo para siempre, y lo mejor es buscar un buen arreglo que mantener viva una tensión que podría ser el germen de futuros infortunios. El ejemplo de las relaciones franco-alemanas después de la Segunda Guerra Mundial es una provechosa fuente de inspiración. Siglos de guerras y enfrentamientos de todo tipo fueron superados cuando la derrotada Alemania en lugar de ser sojuzgada, como ocurriera con el Tratado de Versailles, fue convocada a unirse en el proyecto de la construcción europea. Los aliados –y especialmente Francia- tuvieron ese gesto de inteligencia y sabia mezcla de interés nacional y altruismo que allanó el camino de la paz y la cooperación con la nación vencida. Bolivia, que posee las más importantes reservas de litio del planeta y enormes cantidades de gas (que Chile debe importar porque no tiene) reúne las condiciones económicas necesarias para un acuerdo político mutuamente beneficioso, cerrando definitivamente las heridas de una guerra de saqueo alentada en su tiempo por políticos e inversionistas inescrupulosos y respaldados por el colonialismo inglés hace ya más de un siglo. Con el fallo de La Haya llegó la hora de la política y la diplomacia. Ojalá la dirigencia de ambos países lo comprendan.





Una reflexión a propósito de la elección presidencial en Brasil

(Por Atilio A. Boron) El domingo 7 de Octubre tendrá lugar la primera vuelta en las elecciones presidenciales del Brasil. Todo parecería indicar que el ultraderechista Jair Bolsonaro prevalecería en esa instancia, pero sería derrotado en el balotaje por Fernando Haddad, quien fuera elegido como candidato a la vicepresidencia por Lula y quien luego conformó una fórmula con Manoela d’Avila, del PCdoB. De este modo, el tan celebrado (por politólogos y los “opinólogos” de los grandes medios) “centro político” desapareció casi sin dejar rastros en Brasil. Es que con políticas como las impulsadas por el régimen golpista de ese país una opción centrista carece por completo de sentido. Ante la brutal reinstalación de un neoliberalismo puro y duro con la gestión de Michel Temer, como también ocurriera con Mauricio Macri en la Argentina, pocas cosas serían menos razonables -¡y posibles!- que apostar a un compromiso o un acuerdo entre quienes hoy gobiernan para beneficio de una minoría opulenta y de los intereses imperiales y quienes pretenden hacerlo para el pueblo y las grandes mayorías nacionales. Resumiendo, es casi un hecho que la disputa final será entre Bolsonaro y Haddad. Los representantes del “centro político”, Marina Silva y Gerardo Alckmin, el gobernador del Estado de Sao Paulo y delfín de Fernando H. Cardoso, se hunden en un 7 y 6 % respectivamente en intención de voto y el versátil Ciro Gómez no logra despegar de un tercer lugar cada vez más lejano de los punteros. En los últimos días Bolsonaro cosechó el apoyo de importantes sectores del establishment, dispuestos a cualquier cosa con tal de evitar el retorno del “populismo” lulista al Palacio del Planalto. Pero aún así el ex capitán del ejército, que dedicó su voto de destitución de Dilma a su camarada de armas que la había torturado, concita el rechazo del 44 % de la población, lo que le impone un techo difícil de perforar. Ante esta configuración de factores no sería extraño que Michel Temer tuviera que entregarle las insignias del mando a Fernando Haddad el próximo 1 de Enero.



Ante ello, surge la pregunta: ¿cuál debe ser la postura de la izquierda ante un balotaje entre una fuerza reaccionaria, xenófoba, fascista y otra que representa una alternativa que sin ser radical significa un movimiento en una dirección moderada de socialismo? Ya en el pasado esta opción atribuló a las fuerzas de izquierda en Brasil, cuando debiendo elegir entre la candidatura derechista de Aécio Neves y la de Dilma Rouseff y optaron por la neutralidad. Poco después lo mismo acontecería en la Argentina, cuando las alternativas eran Mauricio Macri y Daniel Scioli. Y de nueva cuenta, la ultraizquierda eligió el camino autocomplaciente de la pureza dogmática y el descompromiso con las demandas y las necesidades de la clase trabajadora y decretó, como antes en Brasil, que “ambos eran lo mismo”. Pero ni Dilma era Aécio ni Scioli era Macri, y los sectores populares con sus renovados sufrimientos y privaciones están experimentando, de forma salvaje, las diferencias entre unos y otros, negadas por el infantilismo izquierdista y su visión abstracta de la política. Es que para una lectura talmúdica y antidialéctica del marxismo, tanto Macri como Scioli, o Aécio y Dilma, eran políticos burgueses y por lo tanto “daba lo mismo el triunfo de uno u otro.” Franklin D. Roosevelt y Adolf Hitler eran políticos burgueses, como hoy lo son Donald Trump y Bernie Sanders. Pero, ¿fueron, son lo mismo? ¡De ninguna manera! Y no se hace política con abstracciones de este tipo; tal vez sirvan para enseñar un mal curso de ciencia política, o de teoría marxista. Pero la vida real pasa por otro lado. La eficacia de la acción política se encuentra en el arte de navegar en un mar de sutiles matices y contradicciones, nunca en el diáfano lago de las categorías abstractas, siempre “claras y distintas” como quería Descartes. En su radicalismo retórico la ultraizquierda se desnuda como tributaria de una visión de la política propia del liberalismo, que concibe a la historia como el despliegue de los “grandes líderes” y desecha por completo el entramado de fuerzas sociales en pugna, mismo que, como se comprueba en el caso de la Argentina, establece límites a lo que sus jefes pueden hacer. El genocidio de los pobres, de los ancianos y de los niños en la Argentina que impulsa Macri es posible porque la fuerza social que encabeza está dispuesta a acompañarlo en tan funesta empresa. Aunque Scioli hubiese querido hacer lo mismo –cosa que no descarto a priori- no habría podido, porque su base social le habría impuesto límites infranqueables a tan nefasta iniciativa. ¿Habrá que recordarle a la ultraizquierda que es la lucha de clases la hacedora de la historia, no tal o cual líder en particular?



Volviendo a Brasil: lavarse las manos en el balotaje brasileño es una política suicida para la izquierda radical que sería la primera víctima de las hordas fascistas que comanda Bolsonaro. Para intervenir en la coyuntura cualquier fuerza política o social debe partir del reconocimiento de sus fortalezas y debilidades. Si la ultraizquierda que hoy en Brasil proclama su “neutralidad” en la lucha electoral hubiera acumulado una fuerza política capaz de disputar la presidencia entonces el voto podría canalizarse en dirección propia. Pero ese no es el caso, desgraciadamente. Las usuales críticas al “malmenorismo”, que pretenden tapar el sol con un dedo, tratan infructuosamente de ocultar esa debilidad de larga data y los límites de la desprestigiada consigna del “tanto peor, tanto mejor”, porque si algo ha enseñado el capitalismo en las últimas décadas fue su formidable capacidad de metabolizar la protesta social y de erigir enormes obstáculos al surgimiento de una conciencia y una organización política anticapitalistas. El desconocimiento de esta realidad, el optar por la neutralidad entre un fascista y, pongamos, un reformismo coherente como el que representan Haddad y d’Avila sólo puede traer renovados sufrimientos a las clases y capas populares del Brasil, dificultar aún más la organización del campo popular y alejar todavía más las perspectivas de una revolución anticapitalista. La penosa experiencia argentina debería hacerlos reflexionar: Macri criminalizó la protesta social y armó un formidable aparato represivo que dificulta enormemente las imprescindibles labores de organización y concientización de la clase. De triunfar Bolsonaro, ayudado por la deserción de la ultraizquierda, la situación del campo popular en Brasil sería aún peor. Eso, siempre y cuando, ante la perspectiva irreversible de un triunfo de Haddad en el balotaje la derecha brasileña no se anticipe a lo que sería un desastre para su proyecto -por el cual destituyeron a Dilma, encarcelaron a Lula, instauraron a un monigote como Temer para impulsar una legislación ultrareaccionaria, etcétera- y decida postergar hasta nuevo aviso el llamado a las urnas, o anulándolas en caso de que tengan lugar y Bolsonaro sea derrotado, o provocando la destitución de Temer e instaurando un gobierno de transición que “normalice” el país en un plazo de dos o tres años, suficientes para inventar candidatos más aptos que el ex capitán del ejército, desarticular lo que queda del movimiento popular y desbaratar cualquier estrategia que éste pudiera concebir para competir en las elecciones. Como es bien sabido, “el lawfare” da para todo.

En su tiempo Lenin detectó sagazmente los errores del “izquierdismo” y cómo, pese a sus intenciones, con su dogmatismo libresco retrasa en lugar de acelerar el proceso revolucionario. El examen de la dolorosa experiencia argentina debería ser un antídoto para erradicar definitivamente la enfermedad infantil del “izquierdismo” que tanto daño ha hecho a la causa de la revolución en toda Nuestra América. La derrota de Bolsonaro es un imperativo categórico para las fuerzas genuina y realísticamente empeñadas en la construcción de una alternativa anticapitalista. Una vez consumada, las fuerzas de izquierda deberán profundizar sus esfuerzos para, de una buena vez, constituir una mayoría política y social -cosa que al día de la fecha está largamente demorada- que impulse la necesaria radicalización de un eventual gobierno del PT y sus aliados. Sé que toda esta argumentación puede sonar como inaceptable, o “malmenorista”, para algunos sectores del trotskismo, el anarquismo posmoderno y el autonomismo de la antipolítica. Pero, como decía Gramsci, sólo la verdad es revolucionaria, y a la hora del balotaje esa verdad se impondrá con la inexorabilidad de la ley de la gravedad para impulsar a las fuerzas populares del Brasil a impedir el triunfo de un fascista. Salvo, claro está, que los compañeros del gigante sudamericano me convenzan de que están en condiciones de conquistar el poder del estado e imponer el socialismo por la vía insurreccional, dejando de lado las trampas y maquinaciones de la democracia burguesa. Sería una gran noticia, pero hablando con la franqueza que debe caracterizar el diálogo entre revolucionarios, creo que esa alternativa es, por el momento, absolutamente ilusoria y fantasiosa. Y, además, paralizante y suicida.

17.9.2018

ANDO POR ESPAÑA (después les contaré haciendo qué ...
... y ni bien llegué a Madrid bajé del avión y me vine sin más trámite a Andalucía. Sus ciudades son mágicas, me transportan y me instalan en otra dimensión vital. Su gente también es muy especial, amigable, afectuosa, llana. No me pasa con otras ciudades: Río me encanta, París y Londres también; Roma y Atenas me conmueven con el peso de su historia. Pero Sevilla, Córdoba y Granada son otra cosa, otra experiencia. Mañana martes voy para esta última. Quiero regresar una vez más y recorrer cada rinconcito de la Alhambra, pasear por sus deslumbrantes jardines, sus hilos de agua que los recorren por todas partes, visitar el Albaicin, que fue donde empezó la historia de esa maravillosa ciudad.  Sevilla y Córdoba muestran los contrastes entre el mundo del islam y la perversión que la iglesia hizo del mensaje de Cristo, ese desheredado, defensor de pobres y oprimidos y tenaz enemigo del imperio romano.
El boato de algunos templos católicos linda con la obscenidad. Ayer, visitando la gran Mezquita de Córdoba, me emocionó la austera sencillez de su arquitectura y, sobre todo, como ya me ocurriera, la total ausencia de figuras sea de personas, animales, plantas, lo que sea. La quibla, que es el muro que en cada mezquita debe estar orientado hacia la meca, tiene como remate un lugar central, el mihrab. Para los fieles del islam es el lugar donde está Dios y, como lo vemos en la imagen que acompaña a esa nota, en ese lugar no hay nada, absolutamente nada. Es el lugar de Dios, y nada puede haber en su lugar. No había reparado en ese detalle la vez pasada, y ahora me lo hizo notar mi amigo y profesor de arquitectura histórica en la Universidad de Córdoba Pablo Rabasco. 


En la descomunal catedral de Sevilla, como en la gran mayoría de las iglesias católicas, ese lugar está colmado de imágenes y sobre todo de objetos y ornamentos artísticos, hechos con oro o plata. Son una impúdica exhibición de riqueza en nombre de alguien que nació en un pesebre. El brutal contraste entre ambas imágenes (ver abajo) lo dice todo. Y esto sin olvidar, ni por un momento, del fanatismo y las muertes que han sembrado las religiones en todo el mundo. Los Dioses matan, y el mercado también es un Dios que aniquila por millones.

Habría mucho de qué hablar, pero lo reservaré para más adelante. Lo que Occidente le debe al islam y al mundo árabe es de dimensiones inconmensurables. Si sus sabios jamás habríamos conocido a Aristóteles, por ejemplo. Ni hubiera habido progreso alguno en la matemática a no ser por el cero que concibieron los árabes, tratados por "bárbaros" por los "civilizados" europeos, en una historia que se repite hasta el día de hoy. Y mucho se le debe en especial a Andalucía. Una tierra de donde salieron tres de los más importantes emperadores de Roma: Trajano, Adriano y Teodosio, entre tantas otras cosas que le debemos a los andaluces, como el flamenco y Gustavo A. Becquer, Antonio Machado, Federico García Lorca, Luis de Góngora y Juan Ramón Giménez. En fin, una infinidad de temas muchos de los cuales conservan una tremenda actualidad.



(Por Atilio A. Boron) Días atrás, el 4 de Septiembre, para ser más precisos, se cumplieron 48 años del triunfo de Salvador Allende en las elecciones presidenciales de Chile de 1970. Con el paso de los años se comprueba, con dolor, que su figura no ha cosechado la valoración que se merece mismo dentro de algunos sectores de la izquierda, dentro y fuera de Chile. En vez de honrar la figura del presidente-mártir y su obra muchos se plegaron irreflexiblemente a las críticas que el consenso neoliberal dominante formuló a su gestión, sin ofrecer un análisis alternativo que tuviese en cuenta las dificilísimas, extremadamente adversas condiciones que rodearon su acceso a La Moneda y toda su labor de gobierno. El advenimiento de la “democracia de baja intensidad” en el Chile pos-Pinochet -producto de una sobrevaluada transición cuyas limitaciones económicas, sociales y políticas son hoy evidentes- corrigió sólo en parte la subestimación que había sufrido la figura de Allende y el gobierno de la Unidad Popular. No obstante, luego de casi treinta años de una decepcionante transición que acentuó las inequidades de la sociedad chilena y su dependencia externa las cosas comienzan a cambiar y, afortunadamente, se notan numerosas tentativas de revalorizar su fértil legado.

Se trata de un acto de estricta justicia porque, como lo hemos manifestado en más de una ocasión, Allende fue el precursor del “ciclo de izquierda” que conmovió América Latina (y el sistema interamericano) hasta sus cimientos a partir de finales del siglo pasado. Las experiencias vividas en Venezuela con Hugo Chávez, en Ecuador con Rafael Correa, en Bolivia con Evo Morales en donde se recuperaron los recursos naturales tienen en el gobierno de Allende un luminoso precedente en la nacionalización de la gran minería del cobre en manos de oligopolios norteamericanos, en la nacionalización de la banca, la expropiación de los principales conglomerados industriales y la reforma agraria. Teniendo en cuenta las condiciones de esa época, comienzos de los años setenta, lo que hizo el gobierno de la UP fue una proeza en un país rodeado de dictaduras de derecha y atacado con saña por Estados Unidos.





De estricta justicia, decíamos, porque Allende fue un hombre extraordinario de Nuestra América. Un socialista sin renuncios, un antiimperialista sin concesiones, un latinoamericanista ejemplar. Cuando Cuba padecía de un aislamiento casi completo y el Che iniciaba su última campaña en Bolivia Allende asumió nada menos que la presidencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) para apoyar a la Isla rebelde y al Comandante Heroico. Era por entonces Senador por su partido, y ya entonces fueron muchas las voces que se alzaron para reprocharle por su incondicional apoyo a la isla caribeña y a la insurgencia que brotaba no sólo en Bolivia de la mano del Che sino en casi toda América Latina. Yo vivía en Chile en esos años y fui testigo de la campaña de difamaciones, agresiones, insultos y escarnio que se descargó en su contra. El diario El Mercurio, una de las expresiones más indignas del periodismo latinoamericano    –en realidad, no es periodismo sino propaganda y nada más- lo atacaba a diario en sus páginas políticas y en sus opiniones editoriales, invariablemente acompañadas por una caricatura que reproducía al líder socialista en la carta del rey (K) en el naipe de póquer, la mitad superior empuñando una metralleta y sosteniendo en sus manos la campana de Senado en la mitad inferior. El mensaje era clarísimo: Allende no era sino un guerrillero castrista que se había puesto la piel de cordero de un demócrata y que desde su posición en el Senado engañaba a chilenas y chilenos.

Este también era el diagnóstico de la CIA, que detectó tempranamente el peligro que su figura representaba para los intereses de Estados Unidos. Ya en la campaña presidencial de 1964 la agencia había movilizado grandes recursos para impedir el posible triunfo de la coalición de izquierda que lo postulaba para el cargo. Documentos recientemente desclasificados demuestran que destinó para tales fines 2.6 millones de dólares para financiar la campaña de Eduardo Frei, paladín de la Democracia Cristiana y la malhadada “Revolución en Libertad” que se proponía como la alternativa a la Revolución Cubana. Y otros 3 millones para financiar una campaña de terror en donde la figura del dirigente socialista era presentada como la de un monstruo que enviaría niños chilenos a estudiar a Cuba o a la URSS y acusaciones por el estilo. En total, unos 45 millones de dólares si los computamos a su valor actual[1] 

De lo anterior se desprende con meridiana claridad las razones por las que Washington se opuso desde la noche misma del 4 de Septiembre de 1970 a la posibilidad de que Allende asumiera la presidencia de la república. Había triunfado en la elección popular pero al no alcanzar la mayoría absoluta necesitaba ser ratificado como presidente por el voto del Congreso Pleno. Su victoria era un resultado inaceptable en plena contraofensiva imperial, y el dinero invertido para frustrar la llegada de Allende a La Moneda fue mucho mayor que el canalizado para la anterior elección, aunque todavía no hay un consenso acerca de la cifra exacta. Estados Unidos se encaminaba hacia una derrota inapelable en Vietnam y había saturado el continente con dictaduras militares. Lo de Allende era un grito de guerra contra el imperio y para Washington esto era totalmente inadmisible. Había que acabar con él de cualquier manera.

Ileana Ros-Lehtinen y "combatientes por la libertad"de Nicaragua


Según la documentación de la CIA, el 15 de Septiembre de 1970, pocos días después de las elecciones, el Presidente Richard Nixon convocó a su despacho a Henry Kissinger, Consejero de Seguridad Nacional; a Richard Helms, Director de la CIA y a William Colby, su Director Adjunto, y al Fiscal General John Mitchell a una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca para elaborar la política a seguir en relación a las malas nuevas procedentes desde Chile. En sus notas Colby escribió que “Nixon estaba furioso” porque estaba convencido que una presidencia de Allende potenciaría la diseminación de la revolución comunista pregonada por Fidel Castro no sólo a Chile sino al resto de América Latina.[2] En esa reunión propuso impedir que Allende fuese ratificado por el Congreso y que inaugurara su presidencia. El mensaje tomado por Helms, a su vez, expresaba con claridad la visceral mezcla de odio y rabia que el triunfo de Allende provocaba en un personaje de la calaña de Nixon. Según Helms, sus instrucciones fueron las siguientes: “una chance en 10, tal vez, pero salven a Chile”; “vale la pena el gasto”; “no involucrar a la embajada”; “no preocuparse por los riesgos implicados en la operación”; “destinar 10 millones de dólares para comenzar, y más si es necesario hacer un trabajo de tiempo completo.”; “Mandemos los mejores hombres que tengamos.”; “En lo inmediato, hagan que la economía grite. Ni una tuerca ni un tornillo para Chile;” “En 48 horas quiero un plan de acción.” [3] Y eso fue lo que ocurrió, desde el asesinato del general constitucionalista René Schneider hasta el reclutamiento de grupos paramilitares cuyas acciones terroristas eran adjudicadas a fantasmales brigadas de izquierda, mismas que la prensa canalla de la época, con El Mercurio  a la cabeza, propagaba con fervor para alimentar la creencia de que el triunfo de la Unidad Popular era sinónimo de caos, destrucción y muerte en Chile. Pero la intervención de Estados Unidos contemplaba también presiones diplomáticas, el desabastecimiento programado de artículos de primera necesidad para fomentar el malhumor de la población, la organización de sectores medios para luchar contra el gobierno (caso del gremio de camioneros, entre los más importantes) y la canalización de enormes recursos para financiar a los revoltosos y atraer a la oficialidad militar a la causa del golpe.

Ted Cruz y "combatientes por la libertad" en Nicaragua.

Si miramos el panorama actual de América Latina y el Caribe veremos que poco o nada ha cambiado. Por eso es necesario volver a estudiar minuciosamente lo ocurrido en el Chile de Allende. La actuación del imperialismo en los países de Nuestra América, y especialmente en la vanguardia formada por  los países del ALBA-TCP, no difiere hoy de los mismos lineamientos que la CIA y las otras agencias del gobierno estadounidenses aplicaron con brutal salvajismo en el Chile de Allende. Sería ingenuo pensar que hoy, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, Donald Trump convoque a sus asesores para elaborar estrategias políticas distintas a las utilizadas para derrocar y causar la muerte de Allende. El manual de operaciones de la CIA y otras agencias de inteligencia del gobierno de Estados Unidos para hacer frente a las resistencias que se alzan en contra del imperialismo y para derrocar gobiernos dignos, que no se arrodillan ante el mandato de la Casa Blanca, no ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años. Esto es verdad, como lo estamos viendo en los casos de Venezuela y Nicaragua. Informaciones incuestionables demuestran la estrecha vinculación entre los liderazgos de la oposición en esos dos países y los más sórdidos representantes de la derecha neofascista en Estados Unidos. Lo de la oposición venezolana es ya harto conocido. Pero datos muy recientes demuestran también la íntima vinculación existente entre los radicalizados opositores de Daniel Ortega y los organismos de inteligencia y fuentes financieras de la derecha en Washington.[4] Que quienes se oponen al sandinismo no tengan empacho alguno en fotografiarse con personajes tan impresentables desde el punto de vista de la democracia como Ted Cruz, Marco Rubio e Ileana Ros-Lehtinen, personeros de la mafia anticastrista de Miami, arroja un baldón insanable sobre los supuestos demócratas nicaragüenses. Si realmente quisieran la democracia en su país, como propalan a los gritos, jamás deberían haber acudido a la madriguera de aquellos terroristas amparados por el Congreso y por sucesivos gobiernos de Estados Unidos. 
 
 Como lo decía el canto de Violeta Parra, “el león es sanguinario en toda generación.” El imperio no cambia. En su inexorable proceso de decadencia y descomposición se tornará cada vez más violento y criminal. Hoy, a casi medio siglo de la gran jornada que iniciara Chile de la mano de Salvador Allende no olvidemos las lecciones que nos deja su paso por el gobierno y no bajemos la guardia -¡ni por un segundo!- ante tan perverso e  incorregible enemigo, cualesquiera sean sus gestos, retóricas o personajes que lo representen. Y tengamos en cuenta que aquellos que acuden a la Roma americana para buscar apoyo diplomático, cobertura mediática, dinero y armas para derrocar a sus gobiernos jamás podrán dar nacimiento a algo bueno en sus países.






[1] Ver, para más detalle, los siguientes documentos (a)  «Chile 1964: CIA Covert Support in Frei Election Detailed». The National Security Archive, https://nsarchive2.gwu.edu/news/20040925/index.htm; (b) «Foreign Relations of the United States, 1964-1968, Document 269». U.S. Department of State: Office of the Historian. United States Department of State;  (c) «Foreign Relations of the United States, 1964-1968, Document 254». Office of the Historian, Bureau of Public Affairs, United States Department of State, 5 de mayo de 1964.

[2] Ver (https://www.cia.gov/library/center-for-the-study-of-intelligence/csi-publications/csi-studies/studies/vol47no3/article03.html)
[3] Una información muy detallada sobre estos proyectos del gobierno norteamericano para desestabilizar y tumbar gobiernos adversarios, no sólo el caso de Chile, se encuentra en US Congress, Senate, Alleged Assassination Plots Involving Foreign Leaders, Interim Report of the Select Committee to Study Government Operations with Respect to Intelligence Activities, 94th Congress, 2nd Session, (Washington, DC: US Government Printing Office, 20 November 1975). Las referencias al dictado de Nixon se encuentran en la página 227 de este volumen. 
[4] Ver la amplia y demoledora información que proporciona este enlace: http://kontrainfo.com/demuestran-que-la-cia-esta-detras-del-intento-de-golpe-en-nicaragua-usando-a-grupos-de-ultraizquierda/

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