(Por Atilio A. Boron) Días atrás el presidente Donald Trump dio a conocer su proyecto de presupuesto para 2019 que contempla un enorme déficit fiscal (que tratará de trasladarlo a los demás países, sobre todo a los de la periferia) y un presupuesto militar, eufemísticamente llamado de “defensa”,  de
(716.000 millones de dólares) según informa la cadena CNBC. (Ver: https://www.cnbc.com/2018/02/12/trumps-2019-defense-budget-request-seeks-more-troops-firepower.html). Este monto incluye 24.000 millones de dólares destinados a la modernización del programa nuclear que, en algunos comunicados aparecía desligado del gasto militar, como si se tratara de inversiones para la producción de centrales atómicas.



Gráfico del funcionamiento del Complejo Militar-Industrial-Financiero y su relación con la clase política


Estos datos son algunas de las “pos verdades” a los cuales nos tiene acostumbrados el imperialismo norteamericano. “Pos verdad” o fake news –como gusta decir a Donald Trump- porque se oculta la verdadera dimensión del gasto militar de Estados Unidos haciéndoselo  aparecer como menor de lo que realmente es en un intento por escamotear ante la vista de la opinión pública el desenfreno militarista de un imperio que debilitado en su hegemonía política, intelectual y moral, como diría Antonio Gramsci, se repliega en sobre sus capacidades destructivas para contener por la fuerza su inexorable declinación en un sistema internacional que ya ha asumido un formato definitivamente multipolar.   
  
Hace muchos años que el gasto militar se convirtió en el principal motor de la economía norteamericana y fuente de fabulosas superganancias para el complejo militar-industrial-financiero que gira en torno a la producción de armamentos. En una suerte de perversa “puerta giratoria” las ganancias de este complejo se transfieren, en una pequeña porción, a la clase política.  Sus empresas y lobbies son los indispensables financistas de las onerosas carreras políticas de representantes, senadores, gobernadores y presidentes, prostituyendo definitivamente el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos y abriendo las puertas para la constitución de la corrupta plutocracia que hoy gobierna a ese país. Presidentes y legisladores, envueltos en un falso celo patriótico, retribuyen los favores recibidos concediendo jugosas contraprestaciones materiales a las empresas del sector, todo lo cual se traduce en una desorbitada, absurda e innecesaria escalada del gasto militar. Esta corruptela explica que más de la mitad de los miembros del Congreso de Estados Unidos sean millonarios, cuando la proporción de estos en la sociedad norteamericana es de apenas 1.4 %.   (http://cnnespanol.cnn.com/2014/01/10/la-mayoria-de-los-miembros-del-congreso-de-ee-uu-son-millonarios/ )
            
            
 No es de extrañar, en consecuencia, que desde la Guerra de Corea en adelante Estados Unidos no haya conocido un solo año sin tener tropas combatiendo en el exterior. Tampoco lo es que, pese a los optimistas anuncios oficiales, el gasto militar haya aumentado aún luego de la desaparición de quien durante los largos años de la Guerra Fría fuera su enemigo fundamental: la Unión Soviética. En este sentido, la operación propagandística del imperio pregonando los supuestos “dividendos de la paz” como fuente de una renovada ayuda al desarrollo quedó rápidamente al desnudo. Ni se mejoró la asignación de recursos para reducir la pobreza dentro de Estados Unidos ni se los canalizó para facilitar el progreso económico y social de los países de la periferia. Todo lo contrario, la escalada sin techo del gasto militar prosiguió su curso inalterada.  


Sorprende entonces la aceptación sin beneficio de inventario de la cifra del presupuesto militar que la Administración Trump anunciara recientemente. Según los cálculos más rigurosos el gasto militar total de Estados Unidos ya traspasó el umbral considerado -hasta no hace mucho como absolutamente insuperable, como una frontera escalofriante- de un billón de dólares, es decir, un millón de millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a la mitad del gasto militar mundial. Tradicionalmente la Casa Blanca ocultaba la verdadera dimensión de su exorbitante presupuesto militar y los medios de comunicación del imperio reproducían esa mentira.  En el caso actual aquel va mucho más allá de los 716.000 millones de dólares recientemente declarado por la Casa Blanca.  Esa cifra no incluye otros emolumentos derivados de la presencia bélica de EEUU en el mundo y que también deben ser considerados como parte del presupuesto militar del imperio.  Por ejemplo, la Administración Nacional de Veteranos (VET) que tiene a su cargo ofrecer atención médica a los heridos en combate hasta el fin de sus vidas y de asistir a quienes regresan del frente desquiciados psicológicamente tiene un presupuesto para el próximo año de 198.000  millones de dólares.  (https://www.militarytimes.com/veterans/2018/02/12/va-spending-up-again-in-trumps-fiscal-2019-budget-plan/) A esta descomunal cifra hay que agregarle otros dos ítems, con datos muy poco transparentes y disimulados en el presupuesto federal: los destinados a la contratación de “asesores” para misiones especiales (vulgo: mercenarios) y los “gastos de reconstrucción” para ocupar o transitar por áreas previamente destruidas por la aviación o los drones de EEUU. Si se suman todos estos componentes se llega a una cifra que supera el billón de dólares. Para comprobar la irracionalidad criminal de este presupuesto nótese que tan sólo el gasto de la VET equivale a poco menos que el gasto militar total de China, que asciende a 215.175 millones de dólares y que el segundo presupuesto militar del planeta.  O con el presupuesto de la Federación Rusa, que es casi tres veces inferior al de la VET: 70.345 millones de dólares; o con el del ultra-enemigo de EEUU, Irán 12.383millones de dólares.  ¿Cómo justificar tan fenomenal desproporción? Inventando enemigos, como el ISIS, o dando pie a delirantes conspiraciones acerca del peligro que Rusia, China, Irán o Corea del Norte representan para la seguridad nacional norteamericana. Pero la verdad es que el gasto militar ayuda a mover una economía de lento crecimiento y, sobre todo,alimenta al complejo armamentístico que financia a los políticos que convierte en millonarios.  Pese a eso la dirigencia estadounidense insiste en la vulnerabilidad de la seguridad nacional norteamericana y no cesa de mantener a su población sumida en el miedo, un efectivo dispositivo de dominación. Por último, con tal brutal desequilibrio de fuerzas en el plano militar Washington reafirma su vocación de seguir siendo el gigantesco gendarme mundial presto a actuar en cualquier lugar del planeta para poner al capitalismo a salvo de toda amenaza. En cualquier lugar pero sobre todo en Nuestra América, reserva estratégica de un imperio amenazado. La contraofensiva lanzada en los últimos años y la creciente belicosidad en contra de Cuba y Venezuela son pruebas harto elocuentes de esa enfermiza vocación por impedir que la tierra siga girando y congelar la historia en el punto en que se encontraba al anochecer del 31 de Diciembre de 1958, en vísperas del triunfo de la Revolución Cubana. Todos estos esfuerzos serán en vano, pero mientras tanto están haciendo un daño enorme y hay que detenerlos antes de que sea demasiado tarde porque la humanidad está en peligro.




 (Por Atilio A. Boron) Dando una vez más cumplimiento a su funesta misión Estados Unidos acaba de sabotear un acuerdo laboriosamente alcanzado entre el gobierno y la oposición venezolana en los diálogos de Santo Domingo.  La carta que el 7 de Febrero hizo pública el ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero revela su sorpresa -y, de modo más sutil, su indignación- ante la "inesperada" renuncia por parte de los representantes de la oposición a suscribir el  acuerdo cuando estaba todo listo para la ceremonia protocolar en la cual se anunciaría públicamente la buena nueva . Como revela en dicha carta RZ dice que luego de dos años de diálogos y discusiones se había llegado a un acuerdo para poner en marcha "un proceso electoral con garantías y consenso en la fecha de los comicios, la posición sobre las sanciones contra Venezuela, las condiciones de la Comisión de la Verdad, la cooperación ante los desafíos sociales y económicos, el compromiso por una normalización institucional y las garantías para el cumplimiento del acuerdo, y el compromiso para un funcionamiento  y desarrollo plenamente normalizado de la política democrática." (https://www.aporrea.org/oposicion/n320777.html)

Ramos Allup, Julio Borges, Rodríguez Zapatero en Santo Domingo, 


Este acuerdo, de haber sido firmado por la oposición, ponía fin a la crisis política que, con sus repercusiones económicas y sociales, había desatado una de las más graves crisis de Venezuela en su historia. Era también un paso gigantesco hacia la normalización de una situación regional cada vez más crispada por las resonancias del conflicto venezolano. El pretexto sorpresivamente utilizado por la avergonzada oposición fue la renovada exigencia de que las elecciones presidenciales fuesen monitoreadas por el Grupo de Lima, una colección de países (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guayana,  Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Santa Lucía) cuyos gobiernos compiten para ver quien hace gala del mayor servilismo a la hora de obedecer las órdenes emitidas por la Casa Blanca para atacar a Venezuela. El Grupo de Lima no es una institución como la UNASUR, la OEA u otras por el estilo. El documento elaborado en la República Dominicana ponía en manos de la Secretaría General de la ONU organizar la fiscalización del comicio presidencial, una institución infinitamente más seria y prestigiada que el Grupo limeño en donde abundan los narcopresidentes,  los golpistas bendecidos por Estados Unidos como los mandatarios de Brasil y Honduras , gobiernos como el de México que hicieron del fraude electoral un arte de incomparable eficacia, o el de Chile, cuyo mayor logro democrático es haber decepcionado tanto a su pueblo que menos de la mitad del electorado concurrió a votar en las últimas elecciones presidenciales. Sin embargo, la exigencia de que este impresentable grupo de gobiernos fuese el encargado de garantizar la "transparencia y honestidad" de las elecciones presidenciales en Venezuela fue el pretexto utilizado para boicotear un acuerdo que tanto trabajo había costado sellar. ¿Cómo explicar este súbito e inesperado cambio en la opinión de la oposición venezolana?

Rex Tillerson y Mauricio Macri en Buenos Aires


Para responder a esta interrogante hay que viajar a Washington. Tal como era previsible para la Casa Blanca la única solución aceptable pasa por la destitución de Nicolás Maduro y un "cambio de régimen", aún si esta opción entraña el peligro de una guerra civil e ingentes costos humanos y económicos. En otras palabras, el modelo es Libia, o Irak, y de ninguna manera una transición pactada entre el gobierno y la oposición, o menos todavía, aceptar la supervivencia del gobierno bolivariano a cambio de algunos gestos de moderación por parte de Caracas. Desde la perspectiva geopolítica que informa todas las acciones de la Casa Blanca ningún escrúpulo moral puede interferir en el proyecto de someter Venezuela al yugo estadounidense, esa enfermiza obsesión del imperio para convertir en un protectorado norteamericano a un país que cuenta con las mayores reservas petroleras del planeta y un territorio dotado de inmensos recursos naturales. Para los halcones de Washington cualquier opción distinta a esa es pura sensiblería, y si los políticos de la oposición venezolana creyeron que estas negociaciones serían si no avaladas al menos toleradas por la Casa Blanca cayeron en una infantil ilusión: creer que a Estados Unidos le importa la democracia, o lo que ellos llaman "crisis humanitaria", o la vigencia del Estado de Derecho en Venezuela.  Al imperio estas cuestiones le son completamente irrelevantes cuando se habla de la inmensa mayoría de los "países de mierda" que constituyen la periferia del sistema capitalista mundial. Por eso no fue casual que la orden de abstenerse de firmar los acuerdos coincidiera con la visita de Rex Tillerson a Colombia, y que fuese el presidente Juan M. Santos quien tuviera la deshonrosa tarea de transmitir el úkase imperial a los representantes de la oposición reunidos en Santo Domingo. 

Juan M. Santos y Rex Tillerson en Bogotá


¿Cómo seguirá esta historia? Washington está tensando la cuerda para tornar inevitable una "solución militar" en Venezuela. Fue por eso que  Tillerson recorrió 5 países latinoamericanos y caribeños, en un esfuerzo para coordinar a nivel continental las acciones de lo que bien podría ser el comienzo de un asalto final contra la patria de Bolívar y Chávez. El Comando Sur está alistando personal de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Panamá sin otro verosímil propósito que el de atacar a Venezuela. Mientras, la ofensiva diplomática y mediática se extiende por todo el mundo. El Parlamento Europeo ha dado nuevas muestras de su  proceso de putrefacción y redobla las sanciones contra Venezuela, al paso que los sirvientes latinoamericanos y caribeños de Washington se pliegan oprobiosamente a la agresión. Este 8 de Febrero el gobierno de Chile anunció la suspensión de manera indefinida de su participación en el diálogo venezolano porque, según La Moneda, "no se han acordado condiciones mínimas para una elección presidencial democrática y una normalización institucional." Parece que, como una vez dijera José Martí, en Venezuela está llegando "la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz."     


(Atilio A. Boron) Era previsible que el bloque de la derecha que gobierna el Ecuador se saliera con la suya. Ganaron una importante batalla para reinstalar al decrépito e injusto orden social del pasado con plenos poderes en el Palacio de Carondelet. Pero, ¿cómo fue que ganaron? y, además, ¿ganaron efectivamente la guerra?


Ganaron violando la normativa vigente que exigía que la Corte Constitucional certificase que la consulta se atenía a los preceptos establecidos por la Constitución de Montecristi. El Presidente Lenín Moreno, poseído por una harto sospechosa urgencia, no quiso esperar los tiempos constitucionales y, así, manu militari, convocó a una consulta ilegal e inconstitucional  que, además, nunca estuvo entre sus planes. Durante su campaña presidencial de Febrero del 2017 y en el balotaje del 2 de Abril Moreno jamás mencionó la necesidad de convocar a esta consulta, ni manifestó interés alguno en profundizar en algunos de los temas que ayer fueron motivo de consulta. Por lo tanto hay una ilegitimidad de origen que será fuente de duras disputas en los años por venir.
Pero además el bloque de la derecha, al cual se ha plegado Moreno vaya uno a saber a cambio de qué, atentó contra las condiciones más elementales que requiere una elección democrática. Durante el mes de campaña el ex presidente Correa no fue invitado a ningún programa de la televisión privada o pública, ni a una radio de alcance nacional ni entrevistado por periódico alguno. El del gobierno nacional, El Telégrafo, lo excluyó por completo en un alarde de irrespetuosidad quien hasta hacía menos de un año había sido presidente de la república. Sí le hizo lugar en sus columnas al corrupto usurpador de la presidencia brasileña, Michel Temer. No es un misterio para nadie que sin democracia en el espacio público, en especial en los medios de comunicación, no puede haber democracia electoral. Bajo esas condiciones lo que hay es un simulacro de democracia pero nada más. Y eso es lo que hubo ayer en Ecuador, pese a que el gobierno apela al pomposo título de “consulta ciudadana”. Si Correa fue escondido por todos los medios nacionales era casi un milagro que pudiera revertir esa situación en el plano electoral. No sólo eso: la oligarquía mediática y la derecha no ahorraron palabras para difamar la figura del ex presidente, privándolo del derecho a réplica. De hecho, la opinión pública fue bombardeada con toda clase de calumnias e infamias contra Correa, para complacencia del gobierno y sus mandantes.

¿Qué tan sólido es el triunfo de la derecha? Y decimos la derecha porque todo el aparato propagandístico de la reacción le atribuirá el triunfo a los enemigos de Correa, a quienes éste derrotara constantemente a lo largo de diez años, y no a Moreno, relegado a un merecido segundo plano y a quien  difícilmente le dejen subirse al podio de los vencedores. Se le encargó una tarea sucia, la hizo pero de ninguna manera esto lo convertirá en el líder del bloque restaurador. Si se hace un ejercicio aritmético muy simple, por ejemplo en la crucial pregunta dos -que impide la re-elección más de una vez- y se restan a los votos por el NO (65 %, con casi la mitad de los votos escrutados al cerrar esta nota) el porcentaje obtenido por Guillermo Lasso, el candidato de la derecha en el balotaje de Abril (49 %), el resultado es que el NO de Moreno apenas alcanza a un 16 % contra el 35 % del SI de Correa. Por eso la derecha reclamará de modo intransigente que la del referendo fue su victoria y no la del gobierno.

Dicho todo esto, ¿se encaminará Ecuador hacia el “pos-correísmo”? Difícil de pronosticar, pero la historia reciente de ese país nos recuerda que los diez años de estabilidad política y social de época de Correa fueron un intervalo virtuoso en una historia reciente signada por más de una década de insurgencias plebeyas e insurrecciones populares. Impedir que el ex presidente pueda ejercer su derecho ciudadano a presentarse como candidato a elecciones puede ser el detonante de nuevas conmociones. Porque no sólo se condena al ostracismo a una figura de dimensiones continentales como Correa sino que se proscribe, indirectamente, a una fuerza política que individualmente considerada es mayoritaria pues controla en soledad por lo menos un tercio de los votos válidos, lo cual arroja serias dudas acerca de futura estabilidad del sistema político. Cumplida su labor Moreno, que no cuenta con una mayoría parlamentaria, quedará prisionero del chantaje de la derecha. Los banqueros, la oligarquía empresarial, la “embajada” y el corrupto poder mediático impondrán su programa restaurador y contra-reformista a sangre y fuego, y el actual presidente podría correr la suerte de Jamil Mahuad que por aplicar el programa de los banqueros tuvo que huir raudamente de Carondelet y buscar refugio en la embajada de Estados Unidos. En suma, Moreno y sus patrones han decidido jugar con fuego. Ganaron una batalla pero no hace falta ser muy perspicaz para ver que un pueblo que en un plazo de diez años tumbó a tres presidentes y provocó el derrocamiento de otros más podría llegar a recordar sus hazañas de antaño y, ante la salvajada que se avecina: una dictadura desembozada del capital, decidir que una vez más tiene que tomar el destino en sus manos y sacudirse de encima el yugo de sus opresores y de los que traicionaron al proyecto emancipatorio de la Revolución Ciudadana.


(Por Atilio A. Boron) He leído con atención la respuesta que en nombre de una arrogada representación de la izquierda ecuatoriana realiza el Presidente del Partido Socialista Ecuatoriano, Patricio Zambrano Restrepo, a mi artículo sobre la coyuntura política en Ecuador.1 Ciertamente no podría decirse que se trata de un debate amigable porque mi crítico parece estar sumamente enojado y recurre a una serie de descalificaciones personales que para nada ayudan a la comprensión de la deplorable situación del Ecuador actual. Juzga mis (supuestas) intenciones en lugar de examinar mis argumentos; apela a caracterizaciones descalificatorias de mi persona (“estalinista”); me acusa de usar y abusar de un “izquierdómetro”; de convertir la ideología en religión; de ignorar los fundamentos de la política comparada y, entre otros desatinos, de utilizar categorías morales para explicar una situación política. Obviamente que mi crítico debe sentir alergia por ese tipo de categorías porque, me parece, su inserción en la política se basa en un absoluto pragmatismo y por lo tanto cualquier consideración de tipo ética o moral no tiene lugar en su escala de valores ni en sus capacidades analíticas. Su discurso refleja el decadente saber convencional de la ciencia política norteamericana en donde la política se concibe como un saber y una actividad meramente técnicas y las categorías morales del bien y del mal, de la honestidad y de la traición, no ocupan lugar alguno. Pero las grandes cabezas de la ciencia política jamás incurrirían en semejante barbarie. Y como lo aseguran los grandes estudiosos del pensamiento de Nicolás Maquiavelo, mal aludido por mi crítico, éste jamás dijo que lo malo era bueno y lo bueno malo. Quienes así piensan son tributarios de la codificación conservadora, en clave tecnocrática, del pensador florentino. Creo que mi crítico se mueve en ese cenagoso pantano, de ahí el tono y el confuso contenido de su respuesta.

Jorge Glas,vicepresidente de Lenin Moreno, en otros tiempos

Yendo al fondo de la cuestión quiero decir, en relación a las tres tesis centrales de mi artículo que, en primer lugar, la preocupante situación del Ecuador actual (avasallamiento del Estado de Derecho, incumplimiento del debido proceso apelando, como en la Argentina de Macri, a la “prisión preventiva” sin existencia de condena, exclusión de toda opinión divergente de los medios de comunicación públicos tanto como de los privados, agresión consentida por parte de las autoridades al ex presidente Correa a la salida de una radio provincial, sospechoso atentado contra un puesto policial, fundadas conjeturas acerca de una firma de un TLC con Estados Unidos, cesión a la banca privada del control de la moneda virtual y muchos etcéteras) no puede ser sólo explicada por la traición de Lenín Moreno. Afirmar tal cosa no sólo es un insulto a mi módica inteligencia sino también a la de los lectores. Pero el hecho que la traición no explique todo no significa que aquella no se haya consumado o, como dice en su artículo, sea un “delirio” que ha enturbiado mis sentidos y me hace ver lo que no existe. Ecuador marchaba por un rumbo y ahora claramente se encamina en dirección contraria, si bien esto –por ahora- no se ha manifestado en plenitud. Pero las señales son claras: el acercamiento con Washington se hace evidente en la invitación al FBI a colaborar en la investigación sobre el atentado en San Lorenzo, en las declaraciones del Ministro Campana sobre la búsqueda de un TLC con Estados Unidos, en la presencia del Embajador de ese país en los medios públicos y en la retirada del Ecuador del espacio progresista latinoamericano. La agenda de la derecha ha sido, paulatinamente, asumida por el gobierno de Moreno. Sus medios no dejan de apoyarlo, al revés de lo que hacían con su predecesor, y la complacencia de la Casa Blanca con el nuevo gobernante es ostensible. En poco tiempo más este cambio de rumbo que hoy se insinúa con claridad se verá rotundamente confirmado por los hechos. La capitulación es indiscutible. ¿Que era indispensable una autocrítica? Seguro, ningún gobierno es perfecto y todos deberían cultivar el arte de la autocrítica. Pero eso es una cosa y otra muy distinta desatar una persecución despiadada a todo lo que huela a correísmo. Una cosa es que al ex presidente no se lo entreviste ni se le permita escribir en El Telégrafo, el periódico oficial del gobierno ecuatoriano, y otra que quién sí lo haga sea el ultracorrupto usurpador de la presidencia del Brasil, Michel Temer. Además, basta seguir los discursos de Moreno para ver que palabras como imperialismo, dependencia, emancipación, autodeterminación, Patria Grande, Nuestra América y socialismo ni por asomo afloran en sus labios. Ergo, estamos en presencia de otro discurso, otra política y otra dirección histórica. Y todo esto es traición, ¿está claro señor Ministro?

En su nota fustiga lo que sería una segunda tesis de mi artículo: que el Presidente Moreno ha venido adoptando la agenda de la restauración conservadora. Mi benévolo crítico dice que esta tesis está “llena de imprecisiones y algunas falsedades.” Es una pena que no se hubiera esforzado más para aclarar unas y otras, o que no se hubiera puesto a pensar que lo que califica como mis “especulaciones” son datos duros que lo condenan tener que recurrir a descalificaciones personales. Lo único que dice es que la derecha “ha sido espectadora más que protagonista.” Y muy probablemente tenga razón porque cuando el gobierno le entrega el control del sistema bancario, la totalidad de los medios de comunicación, encarcela a uno de los abanderados del gobierno anterior, ordena al Fiscal que cite a declaración indagatoria sobre el caso Petrochina a Rafael Correa para el día lunes 5 de febrero, después de la elección, a las 9:30 de la mañana, lo cual puede terminar en otra prisión preventiva (y podríamos seguir con ejemplos similares) es indudable que la derecha es ya, si bien tras bambalinas, una protagonista principal en el ejercicio del gobierno. Si algo caracteriza a la derecha en América Latina es no ser idiota, y si un gobierno hace todo lo que ella considera fundamental en este momento qué sentido tiene aspirar a un protagonismo que pudiera suscitarle el temido odium plebis. Mejor que quien se incinere políticamente sea el gobierno de Alianza País y ya vendrán luego ellos a culminar la tarea iniciada por el desleal sucesor de Correa.

La tercera tesis, rechazada por mi contendor, es la que sostiene la ilegalidad e inconstitucionalidad del referendo y la consulta. Ha sido tan abrumador y coincidente el diagnóstico de los expertos en la materia que no creo necesario perder tiempo en ratificar lo evidente. Una consulta mañosa, que junta temas dispersos y sin mayor conexión entre sí, con preguntas que insultan a la ciudadanía ecuatoriana al solicitarle que se expida si hay que proteger a la niñez o castigar a los corruptos con la inhabilitación para desempeñarse en la vida política del país; preguntas, en suma, tendenciosamente orientadas a que la gente diga que sí y que en el fárrago no discrimine ni actúe a conciencia en las preguntas cruciales del referendo, sobre todo la que tiene por objetivo sentenciar a Correa al ostracismo. Pero además, ¿por qué no se siguió el precepto constitucional y se esperó a que la Corte Constitucional aprobara el referendo y sus contenidos? Eso se llama decisionismo exacerbado o, en lenguaje más llano, despotismo presidencial, otra mancha más en la averiada calidad institucional del nuevo gobierno.

Zambrano Restrepo termina su feble apología del gobierno de Moreno exaltando las virtudes de la unidad. Suena increíble que a estas alturas de la historia un político que es nada menos que presidente de un Partido Socialista crea en esas fábulas. ¿Unidad entre los banqueros que saquearon al país y lo dejaron sin moneda propia y quienes pugnan por una república democrática, justa y soberana? ¿Unidad con los medios de 

comunicación que durante diez años no dejaron de mentir, difamar, agredir al gobierno de Correa y a las fuerzas populares y que ahora muestran su complacencia con el de Lenín Moreno? ¿Unidad con el imperialismo que ha sido mentor y baluarte del accionar de la derecha ecuatoriana y sus planes destituyentes y desestabilizadores? Jamás había yo pensado que un dirigente de un partido socialista podría haberse olvidado de cosas tan elementales como éstas: que la lucha de clases existe, que el imperialismo es un protagonista de primer orden en toda Nuestra América y que el Ecuador no es una excepción, que no existe democracia posible cuando los medios de comunicación están controlados por un oligopolio sin fisuras en donde es imposible filtrar una voz disidente y que si Rafael Correa fue combatido sin piedad por la derecha vernácula y el imperialismo fue porque algo serio estaba haciendo para poner fin a una larga historia de injusticia, despotismo y exclusión social en el Ecuador. Y que si desde Washington ahora llegan sonrisas y palmaditas en la espalda esto es señal inequívoca de que se ha extraviado el camino y que se está poniendo en marcha una dolorosa contrarreforma que el pueblo ecuatoriano sufrirá en carne propia. Como le ocurrió en el pasado, en los infaustos noventas.
31.1.2018

Comparto una excelente nota de mi amigo Alejo Brignole, columnista del diario Cambio de Bolivia,  sobre el referendo ecuatoriano, cuyos términos y argumentos hago míos sin reservas.
Abrazos,
Atilio


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REFERENDUM EN ECUADOR: LA NUEVA BATALLA DE AYACUCHO

Por Alejo Brignole*

El próximo domingo 4 de febrero el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, convoca a un referéndum que intenta afianzar su estrategia de acoso y derribo contra la Revolución Ciudadana que llevara a cabo su antecesor, Rafael Correa. Una Revolución que fue democrática, profunda y plagada de desafíos, pero exitosa desde múltiples lecturas. Fue una trasformación total de las estructuras nacionales ecuatorianas, antiguamente fagocitadas –colonizadas– por oligarquías sirvientes a los poderes externos y a la hegemonía estadounidense.
Lenín Moreno, que fuera vicepresidente de Correa en su primera gestión y que ascendió a la presidencia como delfín de la Alianza PAÍS, sorpresivamente cambió de rumbo ideológico y conceptual sobre lo que Ecuador debe ser como nación. Se alió con los poderes tradicionales, devolvió los medios de comunicación a las élites corporativas y regresó a las arquitecturas económicas elitistas que Rafael Correa pudo reducir y doblegar durante una década de cambios constantes.
Sin dudas Rafael Correa –presidente desde el 2007 al 2017– logró dotar a Ecuador de herramientas genuinamente democráticas y devolver al pueblo llano los beneficios de una riqueza nacional históricamente negada. Una riqueza enajenada al capital extranjero y apropiada por las oligarquías nacionales, en tanto beneficiarias de segundo orden y cómplices de ese saqueo.
Como es de esperar, Washington y sus aliados naturales en el asimétrico reparto mundial de la riqueza, intentan aplicar todos los mecanismos disponibles para evitar el virus de la independencia económica y la soberanía política latinoamericana. No debemos olvidar que América Latina es un pilar fundamental para el sostenimiento del capitalismo internacional, altamente dependiente de nuestros recursos y riquezas fisiocráticas (las del suelo nacional). Cualquier intento soberano resulta, por tanto, un problema de primer orden para la concentración económica, cuyo centro de gravedad se halla siempre en los países sumergentes.
Escasos de riquezas propias, estos países centrales deben mantener a toda costa mecanismos extractivos en las periferias mundiales para no sucumbir. Esta es la batalla que Rafael Correa peleó y en donde obtuvo históricos triunfos. Y esas son las victorias que Lenín Moreno, ahora aliado como un Iscariote a los diseños de los enemigos de Ecuador (y de toda Latinoamérica) intenta revertir. Para hacerlo, el presidente Moreno comenzó a hablar de corrupción en la anterior gestión –de la cual formó parte–. Y lo hizo siguiendo una agenda impuesta y elaborada por las usinas de pensamiento estratégico estadounidense. Tal cual hizo Temer en Brasil, o Macri en Argentina (ambos corruptos hasta niveles insospechados), Lenín Moreno promovió la idea de que la Revolución Ciudadana y la gestión de Correa no fue una ingeniería política nacional y popular claramente antiimperialista, sino apenas un entramado corrupto pensado para robar. De esta manera, las usinas de pensamiento norteamericanas intentan instalar en el ideario colectivo latinoamericano que los gobiernos de izquierda y los proyectos bolivarianos son un cáncer que hay que erradicar. Es decir, intentan deslegitimar los paradigmas y los logros sociales alcanzados (baste consultar las estadísticas de los gobiernos de Lula en Brasil, de Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, de Hugo Chávez en Venezuela o los de Bolivia con el MAS-IPSP).
Lo que se intenta, en definitiva, es que los exitosísimos experimentos socializantes bolivarianos queden en el olvido. Que los electorados abracen la idea de que la corrupción, el clientelismo y el subdesarrollo son las consecuencias inevitables de las gestiones ubicadas a la izquierda del espectro político.
Este andamiaje ideológico es el que se intenta operar desde los medios masivos de comunicación. Casi todos invariablemente en manos de conglomerados corporativos intensamente
emparentados entre sí y con ramificaciones en los oligopolios financieros y económicos mundializados. Esto es, una comunicación de masas en manos de los poderosos.
Pero como Rafael Correa ha dejado una huella tangible y perdurable en el pueblo ecuatoriano, dotándolo de un bienestar como nunca conoció en su historia nacional, el problema no resulta de fácil resolución para Lenín Moreno. Deslegitimar a un gobernante amado que identificó y atendió las necesidades crónicas de sus gobernandos, no se logra con frases altisonantes o mentiras escritas por periodistas venales entregados a los diseños mediáticos de las corporaciones. Desprestigiar a Correa requiere de una arquitectura más compleja y riesgosa. Por eso el Gobierno de Moreno convocó a un referéndum para el próximo domingo 4, en un intento de marginar a Correa mediante preguntas capciosas y razonamientos falaces.
En la consulta popular, el nuevo Gobierno perjuro de Lenín Moreno expone preguntas tales como… ¿Está usted de acuerdo con que se enmiende la Constitución de la República de Ecuador para que se sancione a toda persona condenada por actos de corrupción con su inhabilitación para participar en la vida política del país, con la pérdida de sus bienes?
Evidentemente nadie quiere a un corrupto manejando los asuntos públicos. Sin embargo la intención de la pregunta es dotar al nuevo Gobierno –si triunfa el Sí del referéndum– de un mecanismo de exclusión vitalicia para Rafael Correa, para la cual ya trabajan varios jueces armándole causas penales inconsistentes, tal cual sucedió con Dilma Rousseff o Lula en Brasil. Todas tácticas diseñadas desde Washington y aplicadas por sus más fieles servidores: presidentes neoliberales, diputados y jueces nacionales frecuentadores de las embajadas estadounidenses en nuestros territorios.
Otra de las preguntas del referéndum versa sobre la continuidad presidencial, en un intento por derogar la reelección presidencial sancionada en la reforma constitucional ecuatoriana de 2008. La continuidad de los gobiernos refractarios a toda dominación es una auténtica piedra en el zapato del capitalismo extractivo. Su peor pesadilla. Que al frente de un país gobierne un defensor de los recursos y un limitador del poder corporativo resulta un problema estratégico vertebral. De allí los esfuerzos hegemónicos por derribar todo intento de consolidar una estabilidad soberana que asegure a nuestras naciones el resguardo de sus riquezas. Sacar para siempre a Correa de juego –Como a Lula, como a Dilma, como a Evo, o a Nicolás Maduro– es una aspiración irrenunciable del poder corporativo trasnacional liderado por Washington, pues de nuestro fracaso y de nuestro regreso al subdesarrollo programado, depende el bienestar de las sociedades sumergentes y del propio capitalismo.
El Domingo 4 de febrero en Ecuador se vivirá, otra vez, una batalla decisiva por la independencia latinoamericana. Una segunda Batalla de Ayacucho que abra las puertas al colonialismo de siempre, o que reafirme nuestra voluntad de ser potentes y soberanos frente a los que procuran nuestra dependencia. Hoy Correa revive al Mariscal Sucre y Lenín Moreno, traidor a su clase y a su país, encarna en su traición a lo peor de nuestra Historia.

*Escritor y columnista dominical de Cambio.


(Por Atilio A. Boron) El de hoy es un día de luto para la democracia en el mundo. Tres jueces arrojaron por la borda toda la evidencia que confirmaban la inocencia de Lula y lo condenaron a una pena de doce años y un mes por haber supuestamente incurrido en el delito de corrupción. Para colmo, estos funestos personajes que manchan de manera indeleble a la Justicia brasileña decidieron aumentar la pena que originalmente le había fijado el polémico juez Sergio Fernando Moro que era de 9 años y seis meses de prisión. Tal como ocurriera en el caso de Dilma Rousseff no existen pruebas irrefutables que Lula hubiera recibido el famoso triplex en Guarujá a cambio de favores concedidos a ciertas empresas examinadas en el marco del proceso legal conocido como Lava Jato. Pero la certeza incontrovertible de la existencia del delito, fundamento del debido proceso, no es ya necesaria en Brasil, como en Argentina, para condenar a un enemigo político. La diferencia es que en este país se lo encarcela bajo la dudosa figura de la “prisión preventiva”, extremos hasta los cuales hoy no se ha llegado en Brasil. Por eso no hay ninguna posibilidad de que Lula vaya a prisión a raíz de la sentencia de la Cámara. Un dato que habla de la bajeza y el talante moral del empresariado brasileño, que canta loas a la democracia y la república, lo ofrece el hecho de que tras conocerse la ilegal condena a Lula la Bolsa de Sao Paulo subió un 3.72 por ciento.



       De todos modos el asunto está lejos de haber sido clausurado. Quedan muchas instancias de apelación, ante la propia Cámara que decidió aumentarle la pena, ante el Superior Tribunal de Justicia (STJ) alegando que en el curso del proceso se transgredió alguna ley federal, o ante el Supremo Tribunal Federal (STF), si llegara a plantearse que le sentencia viola derechos garantizados por la Constitución. Habida cuenta de lo dilatados que suelen ser los plazos legales quien decidirá si Lula puede o no participar en las elecciones y, en caso de ganarlas, asumir la presidencia es el Tribunal Superior Electoral (TSE), donde el PT deberá inscribir la candidatura de Lula entre el 20 de julio y el 15 de Agosto próximos. Dado que el proceso legal continúa su curso y cuyo resultado final bien podría ser el sobreseimiento de Lula, parece poco probable –por lo temerario- que los magistrados del TSE veten la inscripción del líder petista y, si triunfa en las elecciones, le impidan que llegue al Palacio del Planalto. En pocas palabras, se perdió una batalla contra una in(justicia) corrupta y venal, pero el proceso electoral sigue su curso y la ventaja de Lula sobre sus impresentables competidores aumenta de a poco pero día a día. No se habla del asunto pero son muchos en Brasil que temen que la proscripción de Lula puede ser la chispa que incendie la reseca pradera social brasileña, devastada por las políticas de Temer e indignada por el sesgo antipopular de la justicia federal. No vaya a ser que el ensañamiento político en contra del ex presidente se convierta en el detonante de un estallido social de incalculables proyecciones. No hay que olvidar una clara enseñanza de la historia: quienes con más empecinamiento se opusieron a las reformas terminaron siendo, a pesar de ellos, los que catalizaron las revoluciones.




GRAMSCI

El 22 de enero de 1891 nacía en Ales, Cerdeña,  Antonio Francesco Sebastiano Gramsci, sin duda alguna uno de los grandes teóricos marxistas del siglo veinte. El espectro de las preocupaciones intelectuales de este joven sardo fue impresionante. Gramsci fue, como todas las grandes cabezas de la historia de las ideas, un hombre que cultivó con fruición y rigurosidad eso que Albert O. Hirschman llamó “el arte de traspasar fronteras” y que constituye un verdadero sacrilegio para el mundo académico contemporáneo con sus estériles divisiones en “disciplinas” separadas. Como Marx, como Lenin, como Mao y, en la vereda opuesta, como Weber o Schumpeter, Gramsci fue filósofo, politólogo, sociólogo, lingüista, historiador, crítico literario, periodista y político, fundador del Partido Comunista Italiano. Un personaje realmente extraordinario cuyos análisis de la estructura social y política del capitalismo de su tiempo así como del complejo aparato ideológico-cultural que sostenía su dominación política conservan una notable actualidad. No es exagerado, por lo tanto, concebir a Gramsci como nuestro contemporáneo, como un hombre que milita día a día con nosotros en nuestras luchas antiimperialistas y anticapitalistas. Su integridad personal y su incansable militancia lo llevó a soportar once años en las cárceles del fascismo italiano, ocasión en la que escribió sus célebres Cuadernos de la Cárcel, una cantera inagotable de sabiduría política que corona brillantemente sus escritos anteriores. Gramsci sobrellevó ejemplarmente las penurias de la cárcel, que le costaría la vida porque moriría a los pocos días de ser liberado de la prisión, el 27 de Abril de 1937. Hubiera bastado una simple carta dirigida al dictador Benito Mussolini solicitando un pedido de clemencia y declarando su intención de exiliarse en Francia para que el déspota hubiera dispuesto de inmediato su libertad. Es que Mussolini y Gramsci se conocían desde jóvenes y, por un corto tiempo, ambos militaron en la facción más radical del socialismo italiano que se oponía a la entrada de Italia a la Primera Guerra Mundial. De ahí su mutuo conocimiento. Pero Gramsci, dando un ejemplo que -hay que reconocerlo, fue emulado por muchos comunistas en las más distintas latitudes- no transigió y prefirió morir lentamente en la cárcel antes que traicionar a sus ideas y a sus camaradas. El tenebroso fiscal que tuvo a su cargo la farsa jurídica que condenó a Gramsci a la cárcel había pronunciado unas palabras memorables, consciente de la potencia intelectual y política de su víctima: "¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!". Fue por eso condenado a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión, y lo mataron de a poco en las mazmorras del fascismo. Pero ese cerebro jamás dejó de funcionar, y nos dejó una herencia maravillosa que primero fue rigurosamente ocultada porque se hallaba en las antípodas de la codificación estalinista del marxismo soviético y luego distorsionada, queriendo convertir a Gramsci en un inofensivo ícono socialdemócrata fundador del eurocomunismo. Al publicarse las obras completas de este enorme pensador quedó en evidencia el nexo inescindible entre Lenin y Gramsci como teórico de la revolución en Occidente y las razones de su fracaso, como un pensador intransigentemente anticapitalista y fervientemente comunista. Para recordarlo, me permito reproducir aquí un artículo que escribí hace unos años en una fugaz revista de jóvenes estudiantes de Derecho en Argentina y que hoy me parece oportuno reproducir.







El legado de Gramsci *

Por Atilio A. Boron

          “¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!”, exclamó entre la desesperación y la impotencia el fiscal del régimen fascista ante la corte que estaba juzgando al fundador del Partido Comunista Italiano. La corte, naturalmente, obedeció a su mandato y lo condenó a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión y una considerable suma de dinero en
concepto de multa. Allí pasaría los restantes once años de su vida sólo para ser liberado pocos días antes de su muerte, el 27 de Abril de 1937, cuando múltiples enfermedades agravadas por la falta de cuidado médico habían minado irreversiblemente su salud. Su larga agonía en las mazmorras del fascismo revela no sólo la bajeza moral del régimen sino también el talante ético de su víctima.[1] Es bien sabido que en múltiples ocasiones Mussolini le hizo saber a Gramsci, con quien había compartido en los años de la Primera Guerra Mundial algunas actividades en el marco del viejo Partido Socialista Italiano (principalmente en el diario Avanti!) su decisión de conmutar su pena y dejarlo marchar al exilio a condición de que el prisionero hiciera llegar su pedido de clemencia. Gramsci se negó terminantemente a semejante humillación, pagando con su vida la ejemplar coherencia de su conducta.

          La preocupación del fiscal del régimen era más que comprensible, no así su perversa conclusión. Preocupación comprensible, decimos, porque sin duda Gramsci fue una de las más importantes cabezas teóricas del marxismo en el siglo veinte, a la altura de las más encumbradas y comparable tan sólo con Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburg y, tal vez, aunque esto sería motivo de arduas polémicas, con algunas pocas más como Mao Zedong.[2] Pero hay una calificación muy importante: los tres arriba mencionados, para ni hablar de Mao, pertenecían a una zona marginal del capitalismo europeo: Rusia y Polonia. Gramsci, en cambio, pensaba al marxismo y la revolución desde uno de los países que, en cierto modo al menos, se localizaba en el núcleo esencial del sistema capitalista. Es cierto que tal como lo demostrara el propio Gramsci en realidad no había una Italia sino al menos dos: el Norte próspero e industrial, con una influencia que llegaba hasta Roma y luego el Mezzogiorno, el Sur arcaico y tradicional, esa “inmensa disgregación social”, en palabras del propio Gramsci, que le otorgaba a Italia una fisonomía muy especial en el concierto de los capitalismos de la época.  Si el Piemonte y la Lombardía, con sus cabeceras en Turín y Milán, eran un reflejo latino del mundo industrial que agitaba la vida cotidiana en buena parte del Norte de Europa, la estructura social que se configuraba de Roma hacia el Sur tenía muchísimo más que ver con la periferia capitalista latinoamericana que con lo que acontecía de Roma al Norte. Pese a ser un hombre del Sur a Gramsci, nacido en Cerdeña, le tocó pensar y actuar al marxismo allí donde Marx había dicho que debía producirse la revolución socialista: en aquellas naciones en donde el capitalismo hubiera alcanzado su mayor desarrollo. Gramsci es, por lo tanto, el gran teórico marxista de la revolución en Occidente y también de su fracaso.

Para honrar tan ambicioso programa nuestro autor tuvo que ser, al mismo tiempo, uno de los más lúcidos analistas de las estructuras económico-sociales y políticas de los capitalismos avanzados. Si Lenin, Trotsky y Rosa tenían siempre como telón de fondo las particularidades del desarrollo capitalista en Rusia –o en Polonia o en China en el caso de Mao- y, al mismo tiempo, de su atraso en relación a otros países europeos, Gramsci siempre tuvo como horizonte de sus aportaciones los desarrollos experimentados en los puntos más altos de la civilización del capital: referencias a la situación de Francia, Alemania e Inglaterra son constantes a lo largo de toda su obra así como su pionera reflexión sobre el fordismo y el capitalismo en los Estados Unidos, algo que difícilmente encontramos en muchos autores de la tradición marxista. Esta permanente mirada hacia los capitalismos más desarrollados era impulsada por algunas preguntas a las que habría de dedicarle casi toda su vida: ¿por qué fracasó la revolución en Occidente? y ¿cuál podrá ser el futuro del socialismo en esa parte del mundo?

          No sólo su locación geográfica en el corazón capitalista europeo diferencia a Gramsci de sus predecesores “orientales”. Como lo subraya Perry Anderson en su Consideraciones sobre el marxismo occidental, Gramsci es un teórico de otra generación y pertenece a otra época histórica. Lenin había nacido en 1870,  Rosa en 1871 y Trotsky en 1879. Gramsci, en cambio, es de 1891 y corresponde a una cohorte en la cual se incluyen Lukács (1885), Korsch (1886) y Walter Benjamín, nacido en 1892, fundadores, según el historiador británico, del “marxismo occidental.” Es decir, que cuando estalla la Revolución Rusa Gramsci era un joven de veintiséis años que, hastiado del marxismo reseco, acartonado, convertido en un inofensivo catecismo redactado por el pontífice máximo  de la Segunda Internacional (y de su partido guía, la socialdemocracia alemana), Karl Kautsky, escribe alborozado al confirmarse la noticia del triunfo de los soviets en Rusia un artículo cuyo título lo dice todo: “La revolución contra ‘El Capital’ ”. ¿A qué se refería Gramsci con este título? A la versión de ese libro popularizada por el partido socialdemócrata alemán y de la cual se “deducía” la imposibilidad absoluta de una revolución socialista en la periferia del capitalismo. Y en caso de que tal monstruosa aberración tuviese lugar lo más conveniente para el avance de la revolución mundial era abortar el proceso lo antes posible. Lo que ya era, el gobierno de los Soviets,  “no podía ser”, porque el libro, según su erudito intérprete, decía que debía ser otra cosa.



          El joven Gramsci se rebela contra tamaña insensatez. Había llegado a Torino en1911, a la edad de veinte años, para estudiar en la Facultad de Letras de la Universidad de esa ciudad.  Allí comienza a desplegar una intensa actividad política en el marco del Partido Socialista y, tiempo después, una vez producida la Revolución Rusa, en un grupo político denominado L’Ordine Nuevo (“El nuevo orden”) integrado, entre otros por Palmiro Togliatti, quien luego sería el Secretario General del PCI, y otros jóvenes radicalizados como Angelo Tasca y Umberto Terraccini. En 1921 Gramsci se encontraría entre los fundadores del PCI. De inmediato asumiría un trabajo en el Secretariado de la Internacional Comunista que, entre 1921 y 1924 lo llevaría a vivir en Moscú y Viena. En 1924 regresa a Italia y es elegido Secretario General del PCI y, al año siguiente diputado al Parlamento Italiano que ya funcionaba bajo las severas restricciones impuestas por el régimen fascista desde sus primeros años. A fines de 1926 es encarcelado bajo la absurda acusación de “haber querido instaurar por la violencia la república de los Soviets” en Italia, sometido a un proceso judicial viciado de nulidad absoluta y condenado, como decíamos al principio, a una reclusión que terminaría con su vida.[3]

          Si bien la producción de Gramsci con anterioridad a su
encarcelamiento es importante, de lejos el corpus principal de su obra es el que intermitentemente logra escribir, bajo las peores condiciones que puedan imaginarse, durante sus años en las cárceles fascistas. Pero no todo el tiempo, porque como lo expresa en su denso epistolario, sus privaciones, enfermedades y depresiones lo obligaban a largos períodos de pasividad en donde no hallaba fuerzas ni siquiera para leer. Pero sus célebres Cuadernos constituyen un aporte teórico de fundamental importancia. Escritos y reescritos varias veces en unos cuadernos escolares, con una letra pequeña, casi diminuta, los Cuadernos contienen sus reflexiones sobre una amplia diversidad de temas y arrojan luz sobre algunos de los problemas más importantes del capitalismo contemporáneo.  A la muerte de Gramsci estos manuscritos iniciaron una increíble peripecia que tendría como etapas más significativas la España desgarrada por la Guerra Civil y la Unión Soviética enfrascada en la guerra a muerte contra el nazismo. Finalizada la guerra estos preciosos escritos emprenderían lentamente el retorno a Italia donde, al cabo de unos diez años comenzaron a ser publicados por Einaudi, una editorial comercial de Turín. Esto fue así porque el Partido Comunista Italiano, temeroso de irritar a los custodios del dogma que sentaban sus reales en Moscú con la difusión de las ideas de un pensador tan “heterodoxo” como Gramsci, se abstuvo de publicarlo en Editori Riuniti, la principal editorial del partido. Es decir, solo  unos quince años después de la muerte de Gramsci esos manuscritos comenzaron a ver la luz pública bajo la forma de libros compilados por un colectivo de notables intelectuales bajo la dirección de Palmiro Togliatti, a la sazón Secretario General del partido italiano, con títulos precisos e índices temáticos muy específicos.[4] Pero lo cierto es que Gramsci jamás escribió esos libros sino una enorme serie de notas, o “notitas” como a él le gustaba llamarlas (noterelle) en donde volcaba sus reflexiones sobre hechos de los que lograba informarse, los recuerdos de su época de estudiante, o de las poquísimas informaciones sobre la situación de las sociedades capitalistas a las que podía tener acceso desde la cárcel. Notas que muy a menudo contenían advertencias como “afirmación no suficientemente controlada o probada” o “primera aproximación al tema”, para dejar en claro que se estaba en presencia de un pensamiento en construcción bajo las peores condiciones imaginables.



          El infortunio editorial de tan excelsa producción teórica ha sido notable. Es casi un milagro que no hubiera terminado convertido en cenizas en la hoguera de sus carceleros fascistas o en la de los custodios de la pureza del dogma. El periplo recorrido por esos 33 cuadernos, apretujados en una destartalada valija y recorriendo el dantesco escenario que se extendía desde los Urales a los Pirineos provoca asombro todavía hoy. Gramsci sufrió una doble censura: la de sus carceleros fascistas y la de los burócratas del estalinismo que, al igual que hicieran con Mariátegui entre nosotros, jamás le perdonaron al italiano su fidelidad a las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin y su rechazo a las imposturas intelectuales y políticas del marxismo oficial. Los primeros le impedían a
Gramsci acceder a la producción teórica del pensamiento socialista o marxista, o enterarse de las novedades y las noticias de su tiempo a las que se asomaba por la dudosa vía del rumor o, sobre todo, leyendo algunas revistas como Civiltá Católica, que informaba de algunos de los hechos de este mundo con evidente parcialidad. Sin embargo, era el alimento que necesitaba una mente lúcida como pocas, audaz como casi nadie, para bajo tan adversas condiciones producir la contribución teórica más importante al marxismo en el período posterior a la Primera Guerra Mundial y, muy especialmente, desde la muerte de Lenin en 1924. Los segundos, a su vez, se prodigaron en impedir la difusión de su pensamiento una vez que su genio creador se apagara. Los principales temas abordados en esos Cuadernos pertenecen al corazón mismo de la teoría marxista de la política y la cultura. Debemos a Gramsci una elaboración sobre el “estado “ampliado” del capitalismo contemporáneo, un estado de clase (algo que escamotean las lecturas socialdemócratas de Gramsci) que sintetiza en su seno los tradicionales mecanismos de la dominación y la coerción con los renovados dispositivos de la dominación ideológica que Louis Althusser incluyó bajo el nombre de “aparatos ideológicos del estado”. Nuestro autor desarrolla asimismo una concepción materialista de la hegemonía que contrasta vívidamente con algunas teorizaciones contemporáneas, como las de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, para quienes la hegemonía es un etéreo juego de “significantes flotantes” totalmente removidos del sórdido materialismo de la sociedad civil, para decirlo con una expresión muy usual en los análisis de Marx. Gramsci también aporta nuevas hipótesis sobre los intelectuales, la escuela y los medios de comunicación y su función política en la perpetuación del dominio de clase; nos habla de los impactos que los desarrollos tecnológicos, como el fordismo, tienen sobre la sociedad americana, desde la moral sexual hasta la política; y también sobre la “revolución pasiva” y el transformismo como rasgos sobre los cuales se asienta una transformación capitalista que se produce sin revolución burguesa, algo de suma importancia para América Latina. Las crisis políticas y la valorización de la función educativa y organizativa del partido político de las clases subalternas, ese “príncipe colectivo”, es otro de los temas que motivaron de su parte profundas reflexiones. Con razón algunos autores llaman a Gramsci el teórico de las super-estructuras, por la concentración de su labor en el examen de estas cuestiones a las cuales el marxismo de su tiempo, dominado por un economicismo ramplón, no le había asignado la importancia que efectivamente tenían.

          En sus numerosos escritos Gramsci plasmó una concepción metodológica del marxismo superadora de los esquematismos en que la “filosofía de la praxis” (como él designaba al marxismo en su afán por sortear la censura carcelaria) había caído tanto a manos de la social democracia alemana como de la Tercera Internacional. Sería una tarea imposible resumir en unas pocas líneas la vastedad de su rico pensamiento, que abarca casi todos los aspectos de la vida social. Como vimos más arriba, Gramsci fue un teórico político y un filósofo, un crítico cultural, un historiador del Risorgimento italiano y un internacionalista; también un fino sociólogo cuyos análisis sobre el Mezzogiorno italiano o sobre la vida cotidiana y los usos, costumbres y creencias populares de la sociedad norteamericana, muy especialmente del modo en que el fordismo se expande desde la fábrica hasta abarcar y modelar casi todas las formas de la sociabilidad, son hasta el día de hoy piezas obligadas de referencia en cualquier estudio sobre el tema.

Quisiera concluir con una reflexión final, pertinente especialmente para los jóvenes cientistas sociales de nuestros días. Al hablar de los aspectos teóricos y prácticos del economicismo Gramsci decía que el liberalismo como filosofía económica y política se basaba en un error teórico fácilmente detectable: la tendencia a reificar una distinción entre sociedad política y sociedad civil que, siendo eminentemente metodológica, se convertía en orgánica u ontológica y, a partir de la cual, el estado en cuanto sociedad política y la sociedad civil devenían en “cosas” separadas, en “esferas institucionales” distintas y separadas entre sí. Una distinción meramente metodológica, decía Gramsci, se transmuta en una separación ontológica entre esferas sociales aisladas rompiendo la unicidad y totalidad de la vida social. Ese desliz es congruente con la imagen que la sociedad burguesa proyecta de sí misma: un conjunto de átomos individuales y de “partes” separadas, cada una con su propia lógica y “leyes de movimiento” y en donde los imperativos de una, la economía, debe prevalecer sobre todas las demás. Así, el desempleo es un tema de la economía, independiente de su impacto sobre la vida social. El economicismo se convierte, parafreaseando a Engels, en una verdadera religión de la burguesía toda vez que sitúa a los imperativos de la acumulación y las necesidades del mercado por encima de cualquier otra consideración. En los últimos tiempos –y sobre todo bajo la CEOcracia macrista- esta concepción se expresa en el debate político argentino bajo el mandato de la “gobernabilidad” y la “racionalidad de la vida económica”: cualquier gobierno debe garantizar ambos, para lo cual es necesario reconciliar la política –en un papel subordinado, obviamente- con las impostergables necesidades de la economía. Bajo el capitalismo esto significó, lisa y llanamente, subordinar la democracia, la justicia o la igualdad a la primacía de la ganancia y los impulsos supuestamente bienhechores del mercado.

La base teórica y metodológica de esta engañifa está en esa visión fragmentada de la vida social que Gramsci criticó con simpar elocuencia. En el plano académico esta reificación tuvo por consecuencia legitimar los saberes parciales y compartimentalizados: una ciencia económica para “la economía”; una ciencia política para el “estado y la sociedad política”; una sociología para la “sociedad civil”, el “derecho” para las normas, y la crítica cultural para la cultura. De este modo una correcta visión de la vida social en toda su compleja interrelación se vuelve absolutamente imposible. Peor aún: se arranca de raíz cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento crítico y emancipatorio dado que sin una visión ahistórica, integrada y totalizante de la vida social lo que existe, en su irreductible fragmentación, es lo único que puede existir. En este “pensamiento único” entronizado como el “sentido común epocal” (otra categoría gramsciana) cualquier referencia a la construcción de una buena sociedad es rápidamente desterrada del discurso político y descalificada como una ingenua y romántica utopía de incurables soñadores. El marxismo de Gramsci es uno de los mejores antídotos contra ese chantaje que con tanta fuerza se manifiesta en la académica y en los medios de (in)comunicación.

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* Ensayo originalmente publicado en la revista Derecho y Barbarie (Buenos Aires), Nº 2, 2009. El presente texto tiene apenas algunas correcciones y alguna actualización necesarias para insertarlo, de algún modo, en el momento político de la Argentina del 2018.



[1] Actitud similar a la del gobierno de Mauricio Macri en relación al prisionero político Héctor Timerman, ex canciller en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, quien por las falsas denuncias en su contra fue impedido de viajar a Estados Unidos para someterse a una delicada intervención quirúrgica para combatir el cáncer que lo afecta.

[2] Habrá quienes objeten la inclusión de Trotsky en esta categoría, pero sus diversos escritos –no así su actividad política- lo hacen merecedor de ella. Por supuesto, el revolucionario ruso y fundador del Ejército Rojo no puede ser culpado por los análisis y las desastrosas políticas seguidas por sus epígonos, especialmente en América Latina, situados invariablemente como aliados objetivos del imperialismo y la reacción y enemigos implacables de cuantos procesos emancipatorios hayan nacido en este continente desde la Revolución Cubana hasta Evo Morales, pasando por todos los demás. Por supuesto, estas sectas que se reclaman herederas de Trotsky no pueden ignorar cual fue su línea política cuando llegó exiliado a México acogido por el gobierno bonapartista de Lázaro Cárdenas y como Trotsky prestó un cauteloso apoyo al gobernante mexicano cosa que los trotskistas contemporáneos le niegan hasta a la Revolución Cubana. Pero por misteriosas razones nunca aluden al tema. A los seguidores actuales del revolucionario ruso les cabe el aforismo de Jacinto Benavente:”¡Bienaventurados nuestros imitadores, porque de ellos serán todos nuestros defectos!”  

 


[3] Hay un sugestivo paralelismo entre esta acusación a Gramsci y la que los publicistas del macrismo lanzaron en contra de las manifestaciones del 14 y el 18 de Diciembre en repudio al tratamiento de la ley de reforma previsional, también acusados de pretender subvertir el orden institucional vigente. De ahí que la caracterización más acertada del gobierno de Mauricio Macri sea la de una “democradura”.
[4] Recién en 1971 el PCI publicaría en Editori Riuniti la obra de Gramsci. Los títulos de los libros eran: Il materialismo storicoGli IntelletualliIl Risorgimento;  Note sul Machiavelli;  Letteratura e vita nazionale; y Passato e Presente. En 1976 verían finalmente la luz los Cuadernos, tal cual Gramsci los escribió. Fueron publicados, en el apogeo de la hegemonía intelectual que el PCI había conquistado en Italia, bajo la dirección de un gran estudioso del tema: Valentino Gerratana.

“Hay puñales en las sonrisas de los hombres;
cuanto más cercanos son, más sangrientos.”
(William Shakespeare)




(Por Atilio A. Boron) Resulta imposible hablar de la dramática coyuntura política que se ha configurado en el Ecuador con motivo del Referendo y la Consulta Popular del 4 de Febrero sin que una palabra aflore de inmediato en la conciencia (y en el ánimo) del observador: traición. Es un término durísimo por su mayúscula inmoralidad. Ese enorme humanista que fue Shakespeare hizo de la traición objeto de innumerables reflexiones en su voluminosa producción literaria. Pero fue en Macbeth donde el tema se convirtió en el hilo conductor de la obra. Y allí la traición aparece como el reverso de una pasión enfermiza e incontrolable: la ambición y junto a ella la envidia y una mal contenida rivalidad que irrumpe de súbito ni bien  las condiciones son propicias.
Podrá argüirse, ¿traición a qué, o a quién? ¿A qué? Nada menos que a la mayoría del pueblo ecuatoriano que votó por un candidato que se presentaba como el continuador de la Revolución Ciudadana, un proceso de transformaciones profundas que cambió radicalmente, y para bien, a la sociedad ecuatoriana. Moreno perpetró una estafa electoral, como la de Mauricio Macri en la Argentina, e incurrió en una malversación de la confianza en él depositada por la ciudadanía que lo hizo presidente. ¿Debería el pueblo ecuatoriano depositar su confianza en las promesas de un personaje que ya lo traicionó una vez?  ¿Por qué no habría de reincidir en su deshonesta conducta? Por supuesto, como todas las creaciones históricas, la Revolución Ciudadana tuvo sus contradicciones, sus grandes aciertos, sus errores y sus asignaturas pendientes. Pero la dirección del proceso era la correcta y el imperialismo y la derecha ecuatoriana no se equivocaron al transformar a su líder, Rafael Correa, en la bête noire no sólo del Ecuador sino de la política internacional. Traición al pueblo que lo votó, al partido que lo postuló para la presidencia y también a Rafael Correa, de quien Lenín Moreno fue su vicepresidente y muy estrecho colaborador, dentro y fuera del país, durante diez años. Traición por atacar a un personaje de quien hablaba puras maravillas durante la campaña electoral que lo proyectó al Palacio de Carondolet y en cuya enorme popularidad se apoyó para prevalecer en el muy reñido balotaje. Éste tuvo esas características porque ya desde la campaña de la primera vuelta la derecha local e internacional, los partidos del viejo orden, las cámaras empresariales y toda la oligarquía mediática en Ecuador y en el extranjero denunciaban que el fraude se habría perpetrado por el Consejo Nacional Electoral en la fase previa a los comicios y que se continuaría el día de la votación y en los posteriores mientras se practicara el recuento de los votos. Una acusación completamente infundada (como se demostró en la reunión de los representantes de CREO-SUMA, la fuerza política que postulaba a Guillermo Lasso, con los observadores internacionales invitados para monitorear el proceso electoral). Algunos de estos, para nada simpatizantes del gobierno de Correa, estallaron de indignación ante la catarata de falsas impugnaciones motorizadas por los partidarios de Lasso y amplificadas extraordinariamente por los “medios independientes”. En la citada reunión con la gente de CREO-SUMA uno de los observadores puso punto final a las críticas diciendo: “no queremos chismes, aporten datos concretos”. Nunca lo hicieron y jamás formalizaron una denuncia concreta ante el Tribunal Contencioso Electoral. El objetivo de esta estrategia difamatoria era muy claro: deslegitimar el previsible triunfo de Moreno en la primera vuelta, debilitar de antemano su gobierno y ablandar el espíritu del nuevo equipo de gobierno en caso de que el candidato de la derecha Guillermo Lasso fuese derrotado en la segunda vuelta. Pese a lo absurdo e infundado de esas acusaciones de fraude lo cierto es que hicieron mella en la frágil contextura política de Moreno y en su entorno, quienes relegaron a un papel subordinado y menor a Alianza País, una organización política que había dado sobradas muestras –¡victoriosa en catorce procesos electorales- de su eficacia como maquinaria electoral.

Pero la traición de Moreno mal podría ser explicada sólo por factores psicológicos, como si sólo fuera la maliciosa secuela de una desmedida  ambición. Tampoco por groseros errores de campaña, que ocasionaron una victoria muy ajustada. La fulminante y asombrosa mutación de la orientación política del actual presidente está al servicio de un proyecto restaurador para el cual fue reclutado -¿quién sabe cuándo, cómo y a cambio de qué?- por los factores tradicionales del poder en el Ecuador y, sin duda alguna, por Washington con el objeto preciso e impostergable de destruir definitivamente cualquier opción progresista o de izquierda en el país y, por extensión, a quien como Rafael Correa encarnó esos ideales durante diez años. Obviamente que el actual presidente demostró ser un personaje tan escurridizo como inescrupuloso, que se agazapó en los intersticios de la estructura gubernamental y esperó con paciencia y astucia el momento para descargar su puñalada trapera haciendo honor a la cita utilizada en el epígrafe de esta nota. A todos les llamaba la atención, en su campaña, tanto en la primera como en la segunda vuelta, los exaltados elogios a Correa y la facilidad con que lanzaba promesas demagógicas de imposible cumplimiento. El lanzamiento del Plan Toda una Vida surgió en las dos últimas semanas de la campaña de la primera vuelta como un recurso para intensificarla, dada la probabilidad de no atravesar al 40% de los votos. Con ese plan se buscaba aterrizar la propuesta programática de Alianza País y otorgarle al discurso, hasta ese momento siempre vago, de grandes visiones y mensajes esperanzadores propios de un pastor tele-evangelista, mediante la enunciación de contenidos concretos y metas identificables por los electores. En esa línea, prometió el oro y el moro: empleo para todos, casas para todos, salud para todos pero sin jamás decir cómo financiaría esas políticas y cuál sería su proyecto económico. Se suponía que sería el que había instaurado su predecesor, pero llamativamente no habló de la economía ecuatoriana, del dominio que pese a los cambios introducidos por Correa seguían conservando los banqueros, los oligopolios mediáticos, el capital extranjero; en suma, los que detentaban en el Ecuador el poder real, distinto y muy superior al del gobierno. No pasó desapercibido para nadie como en los tramos finales de la segunda vuelta Moreno se mostraba cada vez más receptivo a los reclamos de la derecha, admitía sin respuesta sus acusaciones de fraude, oía con indiferencia sus vociferantes quejas por la falta de libertad de prensa en el Ecuador y a la necesidad de reabrir un diálogo que, presuntamente, habría sido clausurado por Correa. Pese a ello a todos nos sorprendió la intempestiva denuncia de corrupción lanzada ni bien asumió sus funciones como presidente, sombra indecente proyectada indiscriminadamente contra los funcionarios del anterior gobierno, salvo él, por supuesto. Si había tanta corrupción como Moreno decía, ¿cómo tardó diez años en darse cuenta de que estaba en un nido de corruptos? Dado que esto es inverosímil, si la corrupción existió él fue cómplice de la misma; y si no existió lo suyo es una infamia, perpetrada una vez más al servicio de la coalición de intereses que, a fines del siglo pasado, hundió al Ecuador en la peor crisis de su historia.

El desmantelamiento de la Revolución Ciudadana no sólo pasa por restaurar escandalosamente a los banqueros y a la oligarquía mediática  “el poder detrás del trono”, como la verdadera autoridad del gobierno. El embate se descarga también sobre la cultura y los medios de comunicación, con la razzia practicada en el periódico oficial “El Telégrafo” que, bajo la nueva inspiración, cuenta con un ultra corrupto como el presidente brasileño Michel Temer como uno de sus colaboradores al paso que notables intelectuales ecuatorianos fueron corridos del periódico. Moreno no encuentra nada malo en que el espectro comunicacional del país haya caído una vez más en manos privadas o que medios del estado, como la Radio Pública del Ecuador, por ejemplo, se convirtiese en vociferante expresión crítica de todo lo que antes elogiaba. No obstante, el morenismo está lejos de constituir un compacto bloque en el poder. Múltiples contradicciones lo surcan. Por un lado están los sobrevivientes de la fase anterior, progresistas que –por ahora- se desempeñan en el área de las políticas sociales hasta que la derecha complete la purga realizada en la administración pública; frente a ellos se agrupa un heteróclito enjambre de grupos empresariales que tomaron el gobierno por asalto unidos por la común ambición de saquear a la economía nacional y al estado y enfrentados a otros sectores corporativos que, dejados a margen del festín, ambicionan asumir directamente el control del gobierno sin superfluas mediaciones como la de Moreno y su grupo. Este asalto al gobierno por parte de los grupos empresariales es análogo al que tuvo lugar en la Argentina con la llegada de Macri. En ambos casos se produjo un extravagante y deplorable tránsito desde el poder al gobierno cuando, en una democracia, se supone que la marcha es al revés: es el gobierno surgido del voto popular quien tiene que conquistar el poder o al menos fragmentos significativos de éste si es que efectivamente quiere gobernar El resultado de esta inversión lo estamos viendo claramente en la Argentina: vaciamiento de la democracia, desprotección social, concentración de la riqueza y recrudecimiento de la violencia institucional para acallar las protestas sociales. No creo que la historia sería muy diferente en el Ecuador de continuar por el rumbo trazado por Moreno.

Lenín Moreno y su Vicepresidente Jorge Glass


De lo anterior se desprende que más allá de la aparente variedad de sus preguntas, el referendo de febrero tiene un solo objetivo: tronchar de raíz la posibilidad de que Rafael Correa pueda volver a presentarse a elecciones. Hay tres preguntas cruciales que son las que revelan con claridad el proyecto político del nuevo bloque empresarial que ha colonizado las alturas del estado: dos de ellas encaminadas a garantizar lo único que le importa al imperio y a sus lacayos ecuatorianos: el destierro político de Correa, condenarlo al ostracismo y, de ese modo, liquidar en pocos meses su herencia política revirtiendo los cambios que tuvieron lugar en los últimos diez años y reinstalando al estado nacional en su tradicional subordinación a las fuerzas del mercado. Se trata de las preguntas sobre supresión definitiva de la posibilidad que pueda tener una ciudadana o un ciudadano de repostularse para el mismo cargo, lesionando el derecho de los ciudadanos de presentarse a elecciones, de elegir y de ser elegidos, todo esto justificado con el propósito de garantizar el principio de la alternancia. El otro artículo busca eliminar al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, un órgano que fue el custodio principal del estado de derecho y la separación de poderes consagrada por la Constitución de Montecristi. De aprobarse esta modificación las principales autoridades de las diferentes ramas y aparatos del estado pasarían “transitoriamente” a ser designadas a dedo por el actual presidente. En otras palabras, se legalizaría un golpe de estado. La tercera, la número seis en el referendo, expresa con meridiana claridad el pacto de Moreno con la oligarquía financiera. Mediante ella se pretende derogar la Ley de la Plusvalía que tiene por objeto “evitar la especulación sobre el valor de las tierras y fijación de tributos.” ([1]En pocas palabras, de lo que se trata con este ilegal e ilegítimo engendro jurídico es eliminar para siempre la presencia de Rafael Correa en la política ecuatoriana (y regional); reconstruir en clave corporativa y privatista al estado, como sucediera en la Argentina de Macri, facilitando las operaciones especulativas de los capitalistas (de ahí la anhelada derogación de la Ley de la Plusvalía) y transfiriendo el control de los cargos decisivos del aparato estatal a manos privadas, instaurando una suerte de CEOcracia que propinaría un golpe mortal a las aspiraciones democráticas de la ciudadanía ecuatoriana.

A la traición se le suma la infamia de una movida como ésta. Quienes luchamos por una Latinoamérica unida y en marcha hacia su segunda y definitiva independencia no podemos sino expresar nuestro más enérgico repudio a los nefastos designios del actual gobierno ecuatoriano y la confianza en el pueblo de ese país que sabrá desbaratar esa maniobra. En la primera nota que escribí a propósito de la trascendental elección presidencial de Febrero del 2017 dije que en Ecuador se libraba una nueva batalla de Stalingrado, decisiva no sólo para su futuro sino del de toda América Latina. Respiramos aliviados cuando se derrotó al candidato del viejo régimen, representante del país oprimido por una voraz oligarquía y sus mentores del norte. Pero jamás  imaginamos que en el valiente ejército ciudadano que consagró la victoria de Moreno había un “caballo de Troya”, una quinta columna dispuesta a traicionar no sólo al líder popular del Ecuador sino al proyecto de transformación que él encarnaba. Si el pueblo ecuatoriano llegara a respaldar la propuesta de Moreno en su referendo, si llegara a triunfar el SI ese país se internaría, para su desgracia, en la misma senda opresora, decadente y violenta abierta por Mauricio Macri en la Argentina. Una sobria mirada a lo que está ocurriendo en mi país debería ser suficiente para persuadir a las ecuatorianas y los ecuatorianos de la necesidad de evitar tan nefasto desenlace. El triunfo del NO en las tres preguntas claves del referendo abriría en cambio las puertas para el renacer de una esperanza hoy ensombrecida por el oprobio de una traición.


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