AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA IMPERIAL

Presentación del libro y conversatorio sobre el tema




Mañana Miércoles 22 de Octubre, a las 19 horas, en el SALÓN DE LOS ESPEJOS de la FACULTAD DE DERECHO de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA, 
Entrada libre y gratuita, ¡por supuesto!

(La presentación estará acompañada por unas diapositivas que ilustran con nitidez los alcances de la amenaza imperialista en la actual coyuntura internacional)


(Por Atilio A. Boron) Obedeciendo a un orden directa de Adolf Hitler, el 18 de Agosto de 1944 Ernst Thälmann moría fusilado por las SS en el campo de concentración de Buchenwald. Su cuerpo fue inmediatamente cremado para que no quedara vestigio alguno de su paso por este mundo. Thälmann había llegado a este tétrico lugar luego de transcurrir los anteriores once años de su vida en la prisión de Bautzen,  donde fuera enviado cuando la Gestapo lo detuvo –al igual que a miles de sus camaradas- poco después del ascenso de Hitler al poder, en 1933. En esa prisión fue sometido a un régimen de confinamiento solitario cumpliendo la pena que le fuera impuesta por el imperdonable delito de haber sido fundador y máximo dirigente del Partido Comunista Alemán. Thälmann era además uno de los líderes de la Tercera Internacional, que en su VIº congreso -celebrado en Moscú en 1928- había aprobado una línea política ultraizquierdista de “clase contra clase”. Esta se traducía en la absoluta prohibición de establecer acuerdos con los partidos socialdemócratas o reformistas, fulminados con el mote de “socialfascistas” y caracterizados sin más como el ala izquierda de la burguesía.  Ni siquiera el mortal peligro que representaban el irresistible ascenso del nazismo en Alemania y la estabilización del régimen fascista en Italia lograron torcer esta directiva. León Trotsky se opuso a la misma y no tardó en condenarla. Y desde la cárcel Antonio Gramsci le confesaba a un recluso socialista, Sandro Pertini, que esa consigna que debilitaba la resistencia al fascismo “era una estupidez”. Tanto el revolucionario ruso como el fundador del PCI eran conscientes de que el sectarismo de esa táctica expresaba un temerario desprecio por el riesgo que presentaba la coyuntura y que su implementación terminaría por abrir la puerta a los horrores del nazismo, clausurando por mucho tiempo las perspectivas de la revolución socialista en Europa. La Tercera Internacional abandonó esa postura en su VIIº y último congreso, en 1935, para adoptar la tesis de los frentes populares o frentes únicos antifascistas. Pero ya era demasiado tarde y el fascismo se había enseñoreado de buena parte de Europa.
               El supuesto que subyacía a la tesis del “socialfascismo” era que todos los partidos, a excepción de los comunistas, constituían una masa reaccionaria y que no había distinciones significativas entre ellos. Llama la atención el profundo desconocimiento que esta doctrina evidenciaba en relación a lo que Marx y Engels habían escrito en el Manifiesto Comunista. En su capítulo II dicen, por ejemplo, que “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros.  …. Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.”  Y Lenin, a su vez, durante el curso de la Revolución Rusa reiteradamente subrayó la necesidad de que los bolcheviques elaborasen una política de alianzas con otras fuerzas políticas que preservando la autonomía e identidad política de los comunistas pudiese, en dadas ocasiones, llevar a la práctica acciones e iniciativas concretas que hicieran avanzar el proceso revolucionario. Había, tanto en los fundadores del materialismo histórico como en el  líder ruso una clara idea de que podía haber partidos obreros, o representantes de otras clases o grupos sociales (la pequeña burguesía es el ejemplo más corriente) con los cuales podían forjarse alianzas transitorias y puntuales y que nada podría ser más perjudicial para los intereses de los trabajadores que desestimar esa posibilidad y, de ese modo, abrir la puerta a la victoria de las expresiones más recalcitrantes y violentas de la burguesía. Volveremos sobre este tema más adelante.
               Lo anterior viene a cuento porque en los últimos días muchos compañeros y amigos del Brasil me hicieron llegar mensajes o artículos en donde anunciaban su intención de abstenerse en el ballotage del 26 de Octubre, o de votar en blanco o nulo, con el argumento de que tanto Aécio como Dilma eran lo mismo, y que para la causa popular daba igual la victoria de uno u otro. El pueblo brasileño, decían, sufrirá los rigores de un gobierno que, en cualquier caso, estará al servicio del gran capital y en contra de los intereses populares. El motivo de estas líneas es demostrar el grave error en que se incurriría si se obrara de esa manera. Al igual que la desastrosa política del “socialfascismo”, que pavimentó el camino de Hitler al poder, la tesis de que Aécio y Dilma “son lo mismo” va a tener, en caso de que triunfe el primero, funestas consecuencias para las clases populares del Brasil y de toda América Latina, más allá de la obviedad de que Aécio no es Hitler y que el PSDB no es el Partido Nacional Socialista Alemán.
               El análisis marxista enseña que, en primer lugar, resolver los desafíos de la coyuntura exige como tantas veces lo dijera Lenin, un “análisis concreto de la situación concreta” y no tan sólo una manipulación abstracta de categorías teóricas. Decir que Aécio y Dilma son políticos burgueses es una caracterización tan grosera como sostener que el capitalismo brasileño es igual al que existe en Finlandia o Noruega -los dos países más igualitarios del planeta y con mayores índices de desarrollo humano según diversos informes producidos por las Naciones Unidas. A partir de una interpretación tan genérica como esa será imposible extraer una lúcida “guía para la acción” que oriente la política de las fuerzas populares. Ningún análisis serio del capitalismo, al menos desde el marxismo, puede limitar su examen al plano de las determinaciones esenciales que lo caracterizan como un modo de producción específico. Mucho menos cuando se trata de analizar una coyuntura política en donde los fundamentos estructurales se combinan con factores y condicionamientos de carácter histórico, cultural, idiosincráticos y, por supuesto, políticos e internacionales. Al hacer caso omiso del papel que juegan estos factores concretos se cae en lo que Gramsci criticó como “doctrinarismo pedante”, prevaleciente en el infantilismo izquierdista que proliferó en Europa en los años veinte y treinta del siglo pasado. Por esta misma razón decir que Hitler y León Blum eran dos políticos burgueses no hizo posible avanzar siquiera un milímetro en la comprensión de la dinámica política desencadenada por la crisis general del capitalismo en Europa, para ni hablar de la capacidad para enfrentar eficazmente la amenaza fascista. En un caso había un déspota sanguinario, fervientemente anticomunista, que sumiría a su país y a toda Europa en un baño de sangre; en el otro, a un primer ministro socialista de Francia, líder del Frente Popular, que acogía a los alemanes e italianos que huían del fascismo y que se opuso, infructuosamente para desgracia de la humanidad, a los planes de Hitler. Era evidente que ambos no eran lo mismo, a pesar de su condición de políticos burgueses. Pero el sectarismo ultraizquierdista pasó por alto estas supuestas nimiedades y, con su miopía política, facilitó la consolidación de los regímenes fascistas en Europa.
               Segundo, cualquiera mínimamente informado sabe muy bien que por sus convicciones ideológicas, por su inserción en un partido como el PSDB y por su trayectoria política Aécio representa la versión dura del neoliberalismo: imperio irrestricto de los mercados, desmantelamiento del nefasto “intervencionismo estatal”, reducción de la inversión social, “permisividad” medioambiental y apelación a la fuerza represiva del estado para mantener el orden y contener a los revoltosos. Fue por eso que nada menos que el Club Militar -un antro de golpistas reaccionarios, nostálgicos de la brutal dictadura de 1964- decidió brindarle su apoyo dado que según sus integrantes el ex gobernador de Minas Gerais posee “las  credenciales necesarias para interrumpir el proyecto de poder del PT, que marcha hacia la sovietización del país”. Más allá del desvarío que manifiestan los proponentes de este disparate sería un gesto de imprudencia que la izquierda no tomara nota del creciente proceso de fascistización de amplios sectores de las capas medias y el clima macartista que satura diversos ambientes sociales y que, en consecuencia,  desestimara la trascendencia de lo que significa el explícito apoyo a Aécio de parte de los militares golpistas, el sector más reaccionario (y muy poderoso) de la sociedad brasileña. Que tras la vergonzosa capitulación de Marina, Aécio haya prometido asumir como propia la “agenda social y ecológica” de aquella es apenas una maniobra propagandística que sólo espíritus incurablemente ingenuos pueden creer.
               Tercero, la indiferencia de un sector de la izquierda brasileña ante el resultado del ballotage re-edita el suicida optimismo con que Thälmann enfrentó, ya desde la cárcel, la estabilización del régimen nazi: “después de Hitler” –decía a sus compañeros de infortunio, tratando de consolarlos- “venimos nosotros”.  Se equivocó, trágicamente. ¿Alguien puede pensar que después de Aécio florecerá la revolución en Brasil? Lo más seguro es que se inicie un ciclo de larga duración en donde las alternativas de izquierda, inclusive de un progresismo “light” como el del PT, desaparezcan del horizonte histórico por largos años, como ocurriera después del golpe de 1964. Es ilusorio pensar que bajo Aécio las clases y capas populares dispondrán de condiciones mínimas como para reorganizarse después de la debacle experimentada por las suicidas políticas del PT; que nuevos movimientos sociales podrán aparecer y actuar con un cierto grado de libertad en una escena pública cada vez más controlada y acotada por los aparatos represivos del estado y las tendencias fascistizantes arriba anotadas; o que nuevas fuerzas partidarias podrán irrumpir para disputar, desde la calle o desde las urnas, la supremacía de la derecha.
Cuarto, va de suyo que la opción que enfrentará el pueblo brasileño el próximo 26 de Octubre no es entre reacción y revolución. Es entre la restauración conservadora que representa Neves y la continuidad de un neodesarrollismo surcado por profundas contradicciones pero proyectado al Planalto por lo que en su momento fue el más importante partido de masas de izquierda de América Latina.  Pese a su deplorable capitulación ante las clases dominantes del Brasil, su incapacidad para comprender la gravedad de la amenaza imperialista que se cierne sobre su país -¡el más rodeado de bases militares norteamericanas de toda América Latina!- y el abandono de su programa original, el PT conserva todavía la fidelidad de un segmento mayoritario de los condenados de la tierra en Brasil y un cierto compromiso, pocas veces honrado pero aun así presente, con las aspiraciones emancipatorias de las clases populares que en 1980 le dieron nacimiento. Por eso, ante la ralentización de la reforma agraria en Brasil Dilma al menos siente que tiene que salir y explicar al MST las razones de comportamiento y prometer la adopción de algunas medidas para modificar esa situación. Aécio, en cambio, no tiene nada que ver con el MST ni con los campesinos brasileños, y ante sus reclamos responderá con la policía militarizada.
Quinto, lo anterior no implica exaltación alguna del PT, que en su triste involución pasó de ser una organización política moderadamente progresista a un típico “partido del orden” al cual el adjetivo de “reformista” le queda grande. Tampoco se desprende de nuestro razonamiento la necesidad o conveniencia de que las fuerzas de izquierda establezcan una alianza con el PT o sellen acuerdos
programáticos con él de cara al futuro. Pero en la actual coyuntura, definida por el hecho institucional de las elecciones presidenciales y no por la inminencia de una insurrección popular revolucionaria, el voto por Dilma es el único instrumento disponible en el Brasil para evitar un mal mayor, mucho mayor. Los compañeros que abogan por la neutralidad o la indiferencia deberían, para ser honestos, señalar cuál es la otra fuerza política que podría impedir la victoria de Aécio, y cuál es la estrategia política a utilizar para tal efecto, sea electoral (que no la hay) o extra-institucional o insurreccional, que nadie logra atisbar en el horizonte. Si no hay otra arma la izquierda no puede refugiarse en una pretendida neutralidad.  Y si se logra derrotar la reacción conservadora liderada por el PSDB (como muchos en América Latina y el Caribe fervientemente esperamos) habrá que aprovechar los cuatro años restantes para reorganizar el campo popular desorganizado, desmoralizado y desmovilizado por las políticas del PT. Y someter al segundo gobierno de Dilma a una crítica implacable, empujándola “desde abajo”, desde los movimientos sociales y las nuevas fuerzas partidarias, a adoptar las políticas necesarias para un ataque a fondo contra la pobreza y la desigualdad, contra la prepotencia de los oligopolios y los chantajes de las clases dominantes aliadas al imperialismo. En el plano internacional el triunfo de los tucanos tendría gravísimas consecuencias porque entronizaría en el Planalto a una fuerza política sometida por completo a los dictados de la Casa Blanca;  sabotearía los procesos de integración supranacional en marcha como el Mercosur, la UNASUR y la CELAC; serviría como cabecera de playa para atacar a la Revolución Bolivariana y los gobiernos de izquierda y progresistas de la región; para aislar a la Revolución Cubana y para ofrecer el apoyo material y personal de Brasil para las infinitas guerras del imperio. No es que el imperio sea omnisciente, pero se equivoca muy poco a la hora de identificar a quienes no se pliegan incondicionalmente ante sus mandatos. Por algo ha lanzado, junto con sus aliados locales, una tremenda campaña internacional para que su candidato, Aécio, triunfe el próximo domingo. Nadie en la izquierda puede ignorar que, si tal cosa llegara a ocurrir, una larga noche se cerniría sobre América Latina y el Caribe, abriendo un paréntesis ominoso que quien sabe cuánto tiempo tardaríamos en cerrar. Sin extremar las analogías históricas convendría meditar sobre la suerte corrida por Thälmann y sus camaradas comunistas gracias a la adopción de una tesis que sostenía la esencial igualdad de todos los partidos políticos burgueses. 





              




17 Octubre 2014.

De vuelta en Buenos Aires, luego de tres intensos días de trabajo en Chile, en Concepción primero y en Santiago después. Un gran abrazo a mis anfitriones, que me trataron con un cariño conmovedor. Mucho para contar y analizar sobre las políticas impulsadas por el gobierno de la Nueva Mayoría. Será motivo de futuros posteos. Por ahora adelanto algo muy importante: contrariamente a lo que Bachelet prometiera en su campaña no habrá convocatoria a una Asamblea Constituyente y la reforma constitucional que eventualmente pueda hacerse no tocará los fundamentos doctrinarios de la Constitución de 1980, la de Pinochet. 

Lo segundo, que el "pacto de dominación", o sea, la alianza de clases surgida a partir del derrocamiento de Salvador Allende sigue controlando férreamente los resortes fundamentales del estado chileno. Pasaron los regímenes políticos: de la dictadura a la "democracia"; y cambiaron los partidos de gobierno: la Concertación primero, la Alianza de Sebastián Piñera después, y ahora la Concertación "recargada", la Nueva Mayoría, y las políticas siguen siendo, en lo esencial, las mismas. Datos y argumentos en los próximos días. 





PS: en el vuelo de regreso. apenas caída la noche, al sobrepasar la la Cordillera nos sorprendió un ventarrón impresionante que durante diez minutos convirtió al avión en una cocktelera infernal. Ya me había pasado antes y por eso estaba tranquilo, pero cuando alcancé a atizbar que la azafata lloraba pensé que tal vez había llegado al final del camino. Pero no, fue apenas un (grandísimo) susto y nada más. Cosa de brujos: cuando decidí ir a Chile y organicé mi viaje tenía la íntima y absoluta convicción de que a la ida o a la vuelta la cordillera me daría un disgusto. No me equivoqué. Pero estoy aquí para contarlo. La seguimos.
12.10.2014

Comparto un primer análisis del triunfo de Evo Morales en las elecciones de hoy.

Evo, en el momento de emitir su voto.


(Por Atilio A. Boron ) La aplastante victoria de Evo Morales tiene una explicación muy sencilla: ganó porque su gobierno ha sido, sin duda alguna, el mejor de la convulsionada historia de Bolivia. “Mejor” quiere decir, por supuesto, que hizo realidad la gran promesa, tantas veces incumplida, de toda democracia: garantizar el bienestar material y espiritual de las grandes mayorías nacionales, de esa heterogénea masa plebeya oprimida, explotada y humillada por siglos. No se exagera un ápice si se dice que Evo es el parteaguas de la historia boliviana: hay una Bolivia antes de su gobierno y otra, distinta y mejor, a partir de su llegada al Palacio Quemado. Esta nueva Bolivia, cristalizada en el Estado Plurinacional, enterró definitivamente a la otra: colonial, racista, elitista que nada ni nadie podrá resucitar. Un error frecuente es atribuir esta verdadera proeza histórica a la buena fortuna económica que se habría derramado sobre Bolivia a partir de los “vientos de cola” de la economía mundial, ignorando que poco después del ascenso de Evo al gobierno aquella entraría en un ciclo recesivo del cual todavía hoy no ha salido.  Sin duda que su gobierno ha hecho un acertado manejo de la política económica, pero lo que a nuestro juicio es esencial para explicar su extraordinario liderazgo ha sido el hecho de que con Evo se desencadena una verdadera revolución política y social cuyo signo más sobresaliente es la instauración, por primera vez en la historia boliviana, de un gobierno de los movimientos sociales.  El MAS no es un partido en sentido estricto sino una gran coalición de de organizaciones populares de diverso tipo que a lo largo de estos años se fue ampliando hasta incorporar a su hegemonía a sectores “clasemedieros” que en el pasado se habían opuesto fervorosamente al líder cocalero. Por eso no sorprende que en el proceso revolucionario boliviano (recordar que la revolución siempre es un proceso, jamás un acto) se hayan puesto de manifiesto numerosas contradicciones que Álvaro García Linera, el compañero de fórmula de Evo, las interpretara como las tensiones creativas propias de toda revolución. Ninguna está exenta de contradicciones, como todo lo que vive; pero lo que distingue la gestión de Evo fue el hecho de que las fue resolviendo correctamente, fortaleciendo al bloque popular y reafirmando su predominio en el ámbito del estado.  Un presidente que cuando se equivocó -por ejemplo durante el “gasolinazo”  de Diciembre del 2010- admitió su error y tras escuchar la voz de las organizaciones populares anuló el aumento de los combustibles decretado pocos días antes. Esa infrecuente sensibilidad para oír la voz del pueblo y responder en consecuencia es lo que explica que Evo haya conseguido lo que Lula y Dilma no lograron: transformar su mayoría electoral en hegemonía política, esto es, en capacidad para forjar un nuevo bloque histórico y construir alianzas cada vez más amplias pero siempre bajo la dirección del pueblo organizado en los movimientos sociales. 

        Obviamente que lo anterior no podría haberse sustentado tan sólo en la habilidad política de Evo o en la fascinación de un relato que exaltase la epopeya de los pueblos originarios. Sin un adecuado anclaje en la vida material todo aquello se habría desvanecido sin dejar rastros.  Pero se combinó con muy significativos logros económicos que le aportaron las condiciones necesarias para construir la hegemonía política que ayer hizo posible su arrolladora victoria. El PIB pasó de 9.525 millones de dólares en 2005 a 30.381 en 2013, y el PIB per Cápita saltó de 1.010 a 2.757 dólares entre esos mismos años. La clave de este crecimiento -¡y de esta distribución!- sin precedentes en la historia boliviana se encuentra en la nacionalización de los hidrocarburos. Si en el pasado el reparto de la renta gasífera y petrolera dejaba en manos de  las transnacionales el 82 % de lo producido mientras que el Estado captaba apenas el 18 % restante, con Evo esa relación se invirtió y ahora la parte del león queda en manos del fisco. No sorprende por lo tanto que un país que tenía déficits crónicos en las cuentas fiscales haya terminado el año 2013 con 14.430 millones de dólares en reservas internacionales (contra los 1.714 millones que disponía en 2005). Para calibrar el significado de esta cifra basta decir que las mismas equivalen al 47 % del PIB, de lejos el porcentaje más alto de América Latina. En línea con todo lo anterior la extrema pobreza bajó del 39 % en el 2005 al 18 % en 2013, y existe la meta de erradicarla por completo para el año 2025. 

        Con el resultado de ayer Evo continuará en el Palacio Quemado hasta el 2020, momento en que su proyecto refundacional habrá pasado el punto de no retorno. Queda  por ver si retiene la mayoría de los dos tercios  en el Congreso, lo que haría posible aprobar una reforma constitucional que le abriría la posibilidad de una re-elección indefinida. Ante esto no faltarán quienes pongan el grito en el cielo acusando al presidente boliviano de dictador o de pretender perpetuarse en el poder.  Voces hipócritas y falsamente democráticas que jamás manifestaron esa preocupación por los 16 años de gestión de Helmut Kohl en Alemania, o los 14 del lobista de las transnacionales españolas, Felipe González. Lo que en Europa es una virtud, prueba inapelable de previsibilidad o estabilidad política, en el caso de Bolivia se convierte en un vicio intolerable que desnuda la supuesta esencia despótica del proyecto del MAS. Nada nuevo: hay una moral para los europeos y otra para los indios. Así de simple.  
10.10.2014

COMPARTO la segunda parte de la recensión crítica sobre mi libro hecha por Gilberto López y Rivas, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México. Va de suyo mi agradecimiento a Gilberto por el tiempo y la dedicación empleada en realizar una cuidadosa lectura crítica de mi libro.

Abrazos,

Atilio


La Jornada

10 de Octubre de 2014
Gilberto López y Rivas /II

América Latina en la geopolítica del imperialismo
En el análisis histórico que hace Atilio Boron en su libro América Latina en la geopolítica del imperialismo, coincido con él en torno al impacto genocida y etnocida de la conquista ibérica en nuestro subcontinente, la cual –afirma– “arrasó y destruyó las viejas formaciones sociales y estableció un nuevo tipo histórico de sociedad, creando una nueva y contradictoria identidad y, al mismo tiempo, produciendo un trauma que cinco siglos más tarde todavía está a flor de piel”. No obstante, no estoy de acuerdo con su opinión de la obra de Octavio Paz, El laberinto de la soledad, que califica de “notable”, cuando, en realidad, y en su momento, fue considerada un ejemplo de extrapolación y reduccionismo sicologista. Incluso se comentaba que Paz, como historiador y antropólogo, era muy buen poeta.
Muy importante es el tema de la militarización de la política exterior de Estados Unidos y su impacto en América Latina, que tiene su contrapartida al interior de la metrópoli imperialista, con el recorte de los derechos civiles y las libertades ciudadanas. Es demostrativo que para 2010 el gasto militar de ese país superaba el de todos los países del planeta. Asimismo, el número de bases militares en al menos 128 naciones ascendía en 2011 a mil 180, a las que hay que agregar las más de 4 mil bases en el territorio estadunidense y las pequeñas bases secretas llamadas nenúfares. América Latina y el Caribe se encuentran rodeados de bases militares y la IV Flota ha sido reac­tivada. Sus objetivos más inmediatos son derrocar a los gobiernos progresistas (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador) y controlar el acceso a las enormes riquezas concentradas en la región para mantener su irracional y despilfarrador patrón de consumo. Esta militarización también tiene su contrapartida en la fuerte tendencia hacia la criminalización de la protesta social en los países del área.
Son muy convincentes las posiciones del autor en torno a la polémica entre pachamamismo y extractivismo, a partir de la constatación del grave problema que enfrenta la humanidad con la destrucción de los ecosistemas. Atilio expone objetivamente los duros reproches a los gobiernos progresistas de la región, desde la izquierda, que cuestionan su extractivismo y paralelamente cita a Evo Morales preguntando: “¿Y de qué va a vivir Bolivia si no explota sus recursos naturales? ¿Cómo superaremos un retraso que viene de siglos si carecemos de los más elementales recursos para invertir en desarrollo social?” Frente a estas contradictorias perspectivas, el autor opina que el pachamamismo como política radical de conservación de la naturaleza, de su práctica intangibilidad, coloca a los gobiernos de izquierda y centroizquierda ante un callejón sin salida. Afirma que la crítica al pachamamismo, considerado inviable, no debe ser interpretada como un aval al extractivismo, difícilmente soslayable en el corto plazo, aun para los gobiernos de izquierda. Sostiene que no es posible defender los derechos de la Madre Tierra sin que al mismo tiempo se elabore un argumento teórico y práctico acerca de la necesidad histórica de fundar una nueva sociabilidad inequívocamente poscapitalista. Aduce, con razón, que se propone una crítica abstracta al desarrollo para quedar luego en silencio a la hora de explicitar lo que sería la “alternativa al desarrollo”. Así, para el autor, la única opción que aparece en el horizonte es una revolución anticapitalista, al mismo tiempo que resalta los enormes riesgos que implica asumir posturas de “dogmática intransigencia” que hacen caso omiso de las enormes dificultades que conlleva la creación de un nuevo orden económico, político y social.
Estando de acuerdo con estas posiciones, aplicables en aquellos casos en los que realmente se están haciendo esfuerzos por generar trasformaciones que conlleven la construcción de poder popular, no resultan igualmente categóricas cuando se trata de analizar proyectos específicos, como, por ejemplo, el del complejo hidroeléctrico Belo Monte, que tanto Lula como Dilma han apoyado en sus respectivas presidencias, y que ocasionaría la destrucción del hábitat de etnias y ecosistemas localizados en el río Xingú, en el estado de Pará, proyecto, por cierto, que serviría principalmente para subsidiar con energía a las empresas privadas dedicadas a la exportación de aluminio. ¿Qué pensar del proyecto inconsulto de un canal en Nicaragua, que traería también graves consecuencias ambientales, políticas, étnicas y sociales?
Me parecen muy acertadas las menciones del autor a lo largo de la obra acerca del papel de México como gendarme territorial de Estados Unidos y como facilitador del saqueo de los recursos naturales y estratégicos, a través del TLC, ASPAM y la Iniciativa Mérida. Sus referencias acerca de la desintegración nacional y la violencia desatada a escala desconocida desde la Revolución de 1910, por el control del narcotráfico de amplios territorios de la República, son muy importantes para conocer la naturaleza delincuencial del Estado mexicano, profundamente penetrado por el crimen organizado. Coincido con recalcar el papel del gobierno de México como parte del corredor contrainsurgente o reaccionario para contrabalancear el influjo de la izquierda, radical o moderada, sobre la vertiente del Pacífico. También es significativa su referencia acerca de la penetración de la CIA, la DEA y la FBI, y de las fuerzas armadas estadunidenses en México, destacando que militares y policías están al servicio de la “seguridad nacional” de Estados Unidos.
En sus palabras finales advierte que la lucha de nuestros pueblos por la autodeterminación nacional y la construcción de una genuina democracia será ardua y prolongada, y en América Latina, región prioritaria para el imperialismo, tendrán lugar los combates decisivos. El autor asegura que en la hora actual debemos estar preparados para lo que algunos especialistas llaman “el escenario del peor caso”. Sostiene que “nos espera una cruenta lucha que se librará en varios frentes: el político, el militar, el económico y también el ideológico”. El libro reseñado, sin duda, es un instrumento imprescindible para esta lucha.

Portada > Opinión > América Latina en la geopolítica del imperialismo


9 Octubre 2014

En este nuevo aniversario del asesinato del Che en Bolivia comparto una larga nota de Michael Ratner y Michael S. Smith, basada en su libro, Who Killed Che?
How the CIA Got Away with Murder, publicado por OR Books en el año 2011. Con base en fuentes documentales de primera mano y en materiales desclasificados del gobierno de Estados Unidos estos autores demuestran fehacientemente el papel cumplido por Washington, a través de la CIA, en el asesinato de Ernesto “Che” Guevara. Esta nota fue publicada hace unos tres años en Rebelión, pero a mi juicio no ha tenido la difusión que se merece. Al cumplirse 47 años de tan luctuosa noticia, queremos hacer un aporte a la memoria colectiva mediante la publicación de este artículo.


¿Quién mató al Che?

Este mes se cumple el 44 aniversario del asesinato del Che Guevara. Un análisis de documentos del gobierno de EE.UU. recolectados en un nuevo libro* revela un complejo plan de la CIA.

El Che y la CIA en Bolivia
¿Por qué eligió el Che Bolivia? Sin salida al mar, Bolivia era el país más pobre, más analfabeto, más rural y más indígena de Latinoamérica. También era el país más inestable de América Latina, con más de 190 cambios de gobierno desde que llegó a ser una república independiente en 1825. Como México entre los años 1910 y 1920, y Cuba más recientemente, Bolivia era un país latinoamericano cuya revolución en 1952 se basó en la participación popular. Y, claro está, Bolivia es vecina a la patria del Che, Argentina.
Constantio Apasa, un minero boliviano, resumió la situación política de su país en el año en el que llegó el Che: “Cuando el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) llegó al poder en 1952, pensamos que era un partido de los trabajadores y que las cosas cambiarían. Pero entonces los políticos del MNR organizaron una policía secreta y se llenaron los bolsillos. Reconstruyeron el ejército que habíamos destruido, y cuando fue suficientemente grande, el ejército los echó. Ahora el ejército tiene nuevas armas que no podemos igualar”. El golpe militar de 1964 terminó con el reino de doce años del MNR. Todos los oficiales que llegaron a dirigir Bolivia fueron entrenados en EE.UU.
El Che llegó a Bolivia vía Uruguay a principios de noviembre de 1966, disfrazado de empresario uruguayo. Su apariencia era tan engañosa –la barba afeitada, gafas con montura de carey, traje de negocios a medida– que Phil Agee, el agente de la CIA en Uruguay encargado de recibir al Che y que posteriormente dejó la agencia y se convirtió en un partidario de la Revolución Cubana, escribió que el Che evitó fácilmente a los funcionarios uruguayos a pesar de un panfleto de advertencia que Agee había preparado y salió del aeropuerto en Montevideo. De hecho, Fidel dijo al autor Ignacio Ramonet que incluso Raúl Castro no pudo reconocer al Che cuando se encontró con él antes de que saliera de Cuba hacia Bolivia.
El plan del Che era establecer un campo para sus guerrilleros y, una vez que estuvieran entrenados, llevar a sus tropas hacia el norte para enfrentar al débil ejército boliviano. El 7 de noviembre de 1966, el Che llegó a la base guerrillera del río Ñacahuasu en Bolivia. Es la primera fecha del Diario Boliviano del Che, y empieza diciendo: “Hoy comienza una nueva fase. Llegamos a la base de noche. El viaje fue bastante bueno”. Debían entrenarse durante unos cuatro meses antes de entrar en batalla. No existen documentos del gobierno de EE.UU. desde aproximadamente el día que el Che llegó a Bolivia hasta unos cuatro meses más tarde. Parece probable que EE.UU. no conocía su paradero hasta entonces. Hemos utilizado el diario del Che para llenar ese vacío.
Lo que sigue son versiones abreviadas de los resúmenes mensuales del Che respecto a noviembre, diciembre, enero y febrero de 1967. Durante ese período los guerrilleros se estaban entrenando, explorando el terreno y preparándose para la batalla. El Che mantuvo reuniones secretas con Mario Monje, jefe del Partido Comunista de Bolivia, quien finalmente se negó a apoyar la expedición. El Che anotó en su diario que “ahora el partido está tomando las armas ideológicas contra nosotros”.
A finales de noviembre, el Che escribe: “Todo ha salido bastante bien; mi llegada sin inconvenientes… El panorama se perfila bueno en esta región apartada…” A finales de diciembre: “Se ha completado el equipo de cubanos con total éxito; la moral de la gente es buena y solo hay pequeños problemitas. Los bolivianos están bien aunque sean pocos.”
A finales de enero: “Ahora comienza la etapa propiamente guerrillera y probaremos la tropa; el tiempo dirá qué hará y cuáles son las perspectivas de la revolución boliviana. De todo lo previsto, lo que más lentamente anduvo fue la incorporación de los combatientes bolivianos.”
El 1 de febrero, el Che condujo a la mayoría de los hombres en lo que debería haber sido una misión de entrenamiento de una quincena de duración. Resultó ser una experiencia dura, de casi cincuenta días en la cual se ahogaron dos de los bolivianos. A finales de febrero, mientras todavía estaba en la misión de entrenamiento, el Che escribió:  “Aunque no tengo noticias de lo ocurrido en el campamento, todo marcha más o menos bien, con las debidas excepciones, fatales en estos casos… La próxima etapa será de combate y decisiva.”
A mediados del mes siguiente las cosas habían dejado de ir “razonablemente bien”. El 16 de marzo, tres días antes de que el Che y sus guerrilleros retornaran al campo, dos hombres, Vicente Rocabado Terrazas y Pastor Barrera Quintana, desertaron del grupo que habían dejado atrás. Fueron aprehendidos e interrogados por las autoridades bolivianas. Dieron información sobre la guerrilla y su ubicación. Como resultado, la policía allanó una granja donde estaban estacionados algunos de los guerrilleros. Desde entonces, el Che y sus hombres estuvieron efectivamente en fuga. El ejército boliviano buscaba por todas partes, y los que se habían quedado atrás vieron a un avión dando vueltas por la zona durante días enteros.
El informe de los desertores causó alarma a los niveles más altos del gobierno boliviano, como señala un telegrama del Departamento de Estado al secretario de Estado y otros del embajador estadounidense en Bolivia, Douglas Henderson. Este había sido embajador en Bolivia desde 1963, un año antes del derrocamiento de la revolución boliviana en 1964. Era un funcionario de carrera en el servicio exterior cuyo padre había estado en el ejército de EE.UU. y ayudó a reprimir la insurrección filipina de 1899-1902, así como la Revolución Mexicana en 1916. El telegrama de Henderson describe una reunión celebrada el 17 de marzo. La reunión fue entre el presidente Barrientos, su jefe de las fuerzas armadas y otros oficiales militares bolivianos por una parte, y por la otra, Henderson, su jefe de misión adjunto y el agregado de defensa.
El tema del memorando es “Informe sobre actividad de guerrilla en Bolivia”. Comienza con una referencia a un llamado telefónico al embajador. “Por solicitud urgente del presidente Barrientos, lo llamé a su casa esta tarde”. Resumiendo, el telegrama de Henderson informa de la captura de los dos desertores, su admisión de que estaban asociados con unos cuarenta guerrilleros y su ubicación. Los desertores dijeron que estaban dirigidos por cubanos castristas y que el contingente incluía a otras nacionalidades. Los dos mencionaron al Che Guevara como el líder pero admitieron que nunca lo habían visto. Tanto Henderson como Barrientos dudaron de la presencia de Guevara. Barrientos “solicitó ayuda inmediata, especialmente equipamiento de ubicación de radios para ayudar a determinar con precisión los transmisores de radio de la guerrilla”. Henderson respondió sin hacer compromisos y dijo a Washington que: “Estamos tomando este informe de actividad guerrillera con una cierta reserva”. Pero dijo que trataría de proveer el equipamiento de radio localmente antes de solicitar más ayuda.
Barrientos había llegado al poder del modo típicamente boliviano: El gobierno democráticamente elegido de Víctor Paz Estenssoro fue derrocado en noviembre de 1964 por un golpe apoyado por EE.UU. y dirigido por Barrientos. La CIA y el Pentágono deseaban la salida de Paz. En 1964, Paz había votado a favor de mantener a Cuba en la Organización de Estados Americanos y contra las sanciones impuestas por la OEA a Cuba auspiciadas por EE.UU., negándose a romper las relaciones entre su país y la isla asediada. El Che calificó a la OEA de “Ministerio de Colonias”. Barrientos había sido entrenado en EE.UU. y tenía una estrecha relación con la CIA y los militares estadounidenses. Su amigo e instructor de vuelo mientras se entrenaba en EE.UU. fue el coronel Edward Fox, que fue agregado militar en la embajada estadounidense en La Paz en 1964. Entonces Fox trabajaba para la CIA.
Veinte de los veintitrés máximos militares bolivianos que dirigían el país fueron entrenados por EE.UU. en la Escuela de las Américas, que entonces estaba en la Zona del Canal de Panamá, así como 1.200 oficiales y soldados de las fuerzas armadas bolivianas. La Escuela de las Américas entrenó y adoctrinó a tantos militares latinoamericanos que se conocía en toda Latinoamérica como “Escuela de Golpes”. Acontecimientos muy recientes de Vietnam estaban muy presentes en la mente del embajador Henderson y desconfiaba de Barrientos. Estaba a favor de una reacción más medida ante la guerrilla que la línea dura sugerida por el presidente boliviano. Creía que un despliegue militar innecesario podría convertir fácilmente a los campesinos bolivianos en enemigos duraderos de EE.UU.
En un estudio sobre inestabilidad en América Latina realizado en 1965, la CIA colocó a Bolivia en segundo lugar, después de República Dominicana, país que invadiría ese mismo año. La CIA temía que los disturbios políticos en Bolivia llevaran a los comunistas a desbancar a Barrientos. Por medio de Henderson, Barrientos solicitó que los Estados Unidos proveyeran al ejército boliviano de un avión de alto desempeño y napalm, además de radiolocalizadores. También pidió a Henderson que advirtiera a los gobiernos de Paraguay y Argentina de la amenaza guerrillera; el embajador obedeció. No obstante, por consejo de Henderson, el gobierno estadounidense pospuso el envío del avión y el napalm, pues se temía que su uso resultara contraproducente al fomentar la simpatía del campesinado hacia el Che.
El 19 de marzo el Che volvió al campamento base de la guerrilla después de la prolongada misión de entrenamiento que había fracasado. A su regreso recibió las malas noticias sobre las dos deserciones. Él también había visto un avión volar en círculos el día anterior y estaba preocupado. Le avisaron de la redada policial en el rancho y le informaron de la posibilidad de que el ejército estuviera avanzando.
Se encontró con Tania Bunke, la agente clandestina enviada a La Paz dos años antes para apoyar al Che y que había llegado al campamento durante su ausencia. Tania tenía 32 años y había crecido en Argentina, país que dio refugio a sus padres, provenientes de la Alemania nazi. Su padre, maestro de idiomas, era alemán; su madre, judía rusa. Ambos eran comunistas. Tania y el Che se conocieron en 1959 cuando él llevó a una delegación a Alemania del Este y ella estudiaba Filosofía en la Universidad Humboldt, en Berlín Oriental. Ella se mudó a Cuba dos años después, estudió en la Universidad de La Habana, trabajó en el Ministerio de Educación y se unió a la Milicia de Mujeres Cubanas antes de partir hacia Bolivia.
Tania había llegado al campamento en febrero con Regis Debray y Ciro Bustos. Se suponía que Debray llevaría los mensajes del Che a La Habana y posteriormente a París. Provenía de una familia parisina de clase alta y había asistido a la prestigiosa École Normale Supérieure. Hacía poco Debray había enseñado Filosofía en La Habana y había escrito el popular libro ¿Revolución en la Revolución?, obra que plantea lo que habría de convertirse en la teoría fidelista de la revolución: pequeños grupos guerrilleros operando en el campo y vinculándose con apoyos urbanos de manera tal que se produjera el catalizador capaz de favorecer la toma del poder. Se desechó el concepto leninista de construir un partido socialista masivo. Debray popularizó el argumento guevarista según el cual un partido de esas característica no era necesario en esta tardía etapa del imperialismo. En situaciones como la de Bolivia, donde el gobierno y su ejército eran sumamente débiles y el ejército estadounidense menguaba tras el despliegue de 500.000 efectivos en Vietnam, una guerrilla con apoyo en las zonas urbanas podía tomar el poder sin el desarrollo de un partido conforme a la concepción leninista. Eso, afirmaba Guevara, era lo que había sucedido en Cuba.
Tania había conseguido documentos falsos para Debray y Bustos, artista argentino y una de las primeras figuras que apoyó la Revolución Cubana. Bustos había viajado a Cuba en 1960, había conocido al Che y había trabajado con él en la organización del apoyo a los revolucionarios en Uruguay antes del viaje a Bolivia. Tania hizo caso omiso de las órdenes del Che y acompañó a los hombres de La Paz al campamento de la guerrilla en Camiri. El ejército boliviano descubrió su jeep mientras esperaba al Che, la vinculó con la guerrilla y con la red de apoyo en La Paz. El Che escribe: “Todo parece indicar que Tania ha sido individualizada, con lo que se pierden dos años de trabajo bueno y paciente... La salida de la gente es muy difícil ahora.”
Unos días después del retorno del Che al campamento base, en las primeras horas del 23 de marzo de 1967, la guerrilla libró su primera batalla. El Che había enviado a algunos de sus hombres a establecer un perímetro defensivo. Durante la tarea emboscaron a un grupo de soldados bolivianos, mataron a siete y atraparon a 18. Según el Che dos prisioneros, un mayor y un capitán, hablaron como loros. Después de esta batalla el Che no tuvo duda de que habían descubierto su paradero, de manera que tanto él como sus hombres tendrían que desplazarse constantemente.
Un informe de inteligencia del Departamento de Defensa de los Estados Unidos del 31 de marzo de 1967 dedicado a las capacidades de contrainsurgencia en Bolivia relata detalladamente la batalla del 23 de marzo: “Después de los infrecuentes informes de actividad guerrillera durante el fin de semana del 17 al 21 de marzo de 1967, el 23 de marzo una patrulla militar boliviana tuvo un enfrentamiento con un grupo de guerrilleros que podrían ser entre 50 y 400 personas. Los hechos tuvieron lugar en Ñacahuasu (1930S/6340W) […] Constituyen una fuerza bien organizada, cuentan con armamento moderno y responden al mando de cubanos castristas […] El ejército boliviano cuenta aproximadamente con 600 hombres […] Tienen el apoyo de la Fuerza Aérea […]”.
El éxito de las fuerzas del Che alarmó a los oficiales bolivianos. El día de la batalla, Barrientos se reunió nuevamente con el Jefe Adjunto de Misión de los Estados Unidos y le dijo que las cosas con la guerrilla estaban peor y que creía que la guerrilla era “Parte de un movimiento subversivo más amplio, dirigido por cubanos y otros extranjeros”. Barrientos dijo que sus tropas “estaban verdes y mal pertrechadas” y otra vez pidió la asistencia urgente de los Estados Unidos. Los recientes ataques hicieron creer a los oficiales que la guerrilla “podía constituir una amenaza a la seguridad del gobierno boliviano”. Dicho informe de inteligencia también señala que “Los Estados Unidos son el único país extranjero que da asistencia militar y equipos a Bolivia”.
Henderson y Barrientos volvieron a reunirse el 27 de marzo de 1967. En una reunión de hora y media Barrientos solicitó la ayuda directa de los Estados Unidos para apoyar a las fuerzas armadas bolivianas y hacer posible su respuesta ante la “emergencia” que implicaba “ayudar a combatir a favor de los Estados Unidos”. El Departamento de Estado respondió a Henderson con renuencia a apoyar a un ejército tan numeroso, pero con disposición a brindar “una cantidad limitada de materiales esenciales para apoyar una respuesta cuidadosamente orquestada a la amenaza”. Si eso fuera insuficiente, Henderson tenía órdenes de asegurar a Barrientos que los Estados Unidos considerarían otras solicitudes de ayuda. El 31 de marzo de 1967, el Departamento de Estado informó a las embajadas estadounidenses en los países vecinos de que el plan era “bloquear las salidas de la guerrilla y después introducir, entrenar y preparar un unidad tipo ranger para eliminarla”. Además, el Departamento de Estado consideraba el uso de un equipo especial de entrenamiento militar “para acelerar el entrenamiento de la fuerza contraguerrillera”.
En su informe sobre la reunión, Henderson destacó el penoso estado de las fuerzas armadas bolivianas: “Sospecho que Barrientos empieza a estar verdaderamente angustiado por el triste espectáculo de sus fuerzas armadas y su pobre desempeño en este episodio: una impetuosa incursión en territorio dominado por la guerrilla, aparentemente basada en un mínimo de inteligencia, capaz de producir un pequeño desastre que después llevó al gobierno boliviano al pánico y a una retahíla de descoordinadas medidas, con escasa planeación profesional y logística”.
El análisis del Che en la anotación de su diario registrada a finales de marzo incluye, entre otros puntos, una evaluación de la situación“El panorama general se presenta con las siguientes características: Etapa de consolidación y depuración de la guerrilla, cumplida cabalmente; lenta etapa de desarrollo con la incorporación de algunos elementos venidos de Cuba… Etapa de comienzo de la lucha caracterizada por un golpe preciso y espectacular [la batalla del 23 de marzo de 1967] fue jalonada de indecisiones groseras antes y después del hecho [mala conducta y oportunidades perdidas por dos de los guerrilleros]… Concluye: “Evidentemente tendremos que emprender el camino antes de lo que yo creía y movernos dejando un grupo en remojo y con el lastre de cuatro posibles delatores. La situación no es buena, pero ahora comienza otra etapa de prueba para la guerrilla, que le ha de hacer mucho bien cuando la sobrepase”.
El 10 de abril la guerrilla volvió a participar en dos emboscadas; murieron ocho soldados bolivianos, otros ocho resultaron heridos y 22 o 28 (el diario no lo especifica) fueron hechos prisioneros. Murió uno de los hombres del Che; el 17 de abril el Che decidió dividir el grupo. Tania y otros guerrilleros estaban mal de salud y, con otros rezagados, se quedaron con Joaquín (el mayor Juan Vitalio Acuña, comandante de la Revolución), mientras que el Che y los demás siguieron adelante. Los dos grupos nunca volverían a encontrarse.
Después del descubrimiento de la guerrilla en marzo, el general estadounidense Robert W. Porter, jefe del comando del sur, viajó a Bolivia para evaluar la situación. Otros generales y almirantes estadounidenses viajaron unas seis veces entre marzo y octubre, mes en que muere el Che. El 18 de abril el general Porter envió al brigadier de la Fuerza Aérea William A. Tope a Bolivia para que elaborara un informe completo de la situación de la guerrilla y de la ayuda que necesitaban los bolivianos. Se quedó hasta el 30 de abril y se reunió en tres ocasiones con Barrientos y también con el general Ovando, de la Fuerza Aérea.
Tanto el Che como los estadounidenses sabían que el ejército boliviano era muy débil. El general Tope, después de reunirse con Barrientos, escribió un informe que llegó a Walt Whitman Rostow, asesor del presidente Lyndon Johnson en asuntos de América Latina. Tope reportó que Barrientos y los altos mandos bolivianos querían aviones de guerra y napalm. Tope creía que el razonamiento de los generales bolivianos era “arcaico, impulsivo y evidenciaba delirios de grandeza”. Al igual que Henderson, temía que Barrientos bombardeara indiscriminadamente a la población civil, lo que sería contraproducente.
El general Tope propuso al general Ovando que el gobierno estadounidense entrenara a un batallón boliviano cuya misión sería exterminar a las guerrillas del Che. Ovando se mostró entusiasmado. Así el 28 de abril, con Tope aún en Bolivia, el Grupo de Asesoría Militar de los Estados Unidos firmó un acuerdo con el gobierno boliviano para dotar al ejército de este país de entrenamiento y equipos. Nuestro libro reproduce la totalidad del documento, titulado “memorando de entendimiento sobre la activación organización y entrenamiento del segundo batallón de rangers del ejército boliviano”.
El acuerdo comienza con el reconocimiento de “una posible amenaza a la seguridad interna de la República de Bolivia en el oriente” y concuerda en “la futura creación de una fuerza de reacción rápida y del tamaño de un batallón, capaz de ejecutar operaciones de contrainsurgencia en terreno selvático y agreste de la región en la vecindad de Santa Cruz, República de Bolivia”. Los generales bolivianos acordaron “aportar tropas y un lugar adecuado para su entrenamiento”. Los estadounidenses convinieron en darles pertrechos y entrenamiento y aportar inteligencia. Prometieron el envío de 16 oficiales estadounidenses cuya misión sería “producir una fuerza de reacción rápida, capaz de llevar a cabo operaciones de contrainsurgencia”:
Los estadounidenses rápidamente desplegaron la red de inteligencia prometida en el acuerdo, algo muy necesario para Bolivia. El general Tope reportó: “Las fuerzas armadas de los bolivianos no cuentan con un sistema de inteligencia sólido, ni siquiera funcional”. Era así porque el ejército boliviano se había desmantelado tras la revolución de 1952 y su reconstrucción no empezó hasta 1964, cuando la dictadura militar se consolidó en el poder. Tope envió a Bolivia a William K. Skaer, su jefe de inteligencia en Panamá y general de la Fuerza Aérea estadounidense, a fin de establecer la red. Hector Maloney, oficial de la CIA asignado al mando de Porter, fue también enviado para apoyar a Skaer en el cumplimiento de la tarea.
El 20 de abril, una semana antes de la firma del memorando de entendimiento, Regis Debray y el argentino Ciro Bustos abandonaron el campo de la guerrilla junto con el periodista George Andrew Roth. Éste había rastreado a la guerrilla y pudo haber sido colaborador de la CIA. Debray no sabía nada de esa posible participación. Debray pensó, erróneamente que él y Bustos también se presentarían como periodistas. Su plan no funcionó, y después de entrar a una aldea el mismo día que abandonaron al Che, Debray, Bustos y Roth fueron capturados por el ejército boliviano. Su rápida captura y el hecho de que Roth fuera liberado en junio antes que los otros prestan credibilidad a la afirmación de que Roth ciertamente trabajaba para la CIA. Debray y Bustos fueron torturados. A Debray le golpearon con un martillo. Bustos confesó cuando le mostraron fotos de sus hijas. Admitieron que el Che estaba en Bolivia, suministrando confirmación sólida, por primera vez, de lo que sospechaban los gobiernos de EE.UU. y Bolivia. Bustos incluso hizo a mano retratos exactos de los guerrilleros. Un agente de la CIA, un cubano-estadounidense con el nombre de código Gabriel García García, ayudó en los interrogatorios.
El resumen de la actividad de abril que aparece en el diario del Che es que “todo se ha resuelto dentro de lo normal”, pero “el aislamiento sigue siendo total”, “la base campesina sigue sin desarrollarse”, y “no se ha producido una sola incorporación”. Respecto a la estrategia militar, el Che subraya que “parece que los norteamericanos intervendrán fuerte aquí y ya están enviando helicópteros y, parece, boinas verdes, aunque no se han visto por aquí”. El Che concluye que “la moral es buena en todos los combatientes que habían aprobado su examen preliminar de guerrilleros”.
El 8 de mayo, después del Memorándum de Acuerdo, dieciséis boinas verdes llegaron a Bolivia para entrenar al segundo batallón de rangers boliviano, que había sido establecido para rastrear y eliminar a la guerrilla. Los boinas verdes fueron creados por el presidente John F. Kennedy después de que los estadounidenses en la Bahía de Cochinos [Playa Girón] no lograron operar como una fuerza para la contrainsurgencia internacional. El grupo de Bolivia estaba bajo el mando de un oficial llamado Ralph “Pappy” Shelton. Soldado de carrera, Shelton provenía de una familia empobrecida y tenía solo una educación de décimo grado. Había sido herido en Corea antes de ir a la Escuela de Candidatos a Oficiales donde se entrena a los soldados para oficiales. Luego combatió en Vietnam y Laos. Shelton llegó a Bolivia desde Panamá la segunda semana de abril de 1967. El entrenamiento duró hasta el 19 de septiembre.
Los boinas verdes entrenaron a los bolivianos para que operaran en unidades divididas en pelotones, compañías, y finalmente el batallón. Les enseñaron cómo marchar, disparar, detectar trampas explosivas, combatir de mano a mano, encarar alambradas de púas y moverse por la noche. Se fortalecieron físicamente y practicaron el tiro contra objetivos. Fue particularmente importante que les enseñaran cómo evitar emboscadas. Se dice que el propio Shelton era muy popular entre los civiles del lugar. Se esforzaba por socializar, visitaba bares locales y tocaba la guitarra.
Mientras tanto, también el 8 de mayo, los guerrilleros del Che montaron otra emboscada a los soldados bolivianos en la que mataron a tres y capturaron a diez junto con algunos rifles, munición y alimento. A la mañana siguiente liberaron a los soldados.
El 11 de mayo, Walt Rostow escribió una carta a John informando de que había se había recibido “el primer informe verosímil de que el ‘Che’ Guevara está vivo y operando en Latinoamérica”, pero que “necesitamos más evidencia antes de concluir que Guevara está operando, y no muerto…” La información probablemente había venido del interrogatorio de Bustos y Debray o de los guerrilleros capturados en Bolivia.
A finales de mayo, el Che resumió su situación en su diario. Lo más significativo es que escribió que ahora hay “falta total de contacto con Manila (la Habana), La Paz y Joaquín, lo que nos reduce a los 25 hombres que constituyen el grupo”. La situación solo iba a empeorar.



Agentes de la CIA disfrazados de soldados bolivianos
A la luz de la información obtenida en los interrogatorios de los guerrilleros capturados, y en especial la proporcionada por Debray y Bustos, Estados Unidos intensificó sus esfuerzos para aplicar el acuerdo de abril con los bolivianos. Entre mediados y finales de junio EE.UU. había reclutado a dos estadounidenses de origen cubano, encargándoles que se vistieran con el uniforme militar boliviano, que se mezclaran con los soldados bolivianos y que acompañaran al batallón de rangers bolivianos en su esfuerzo para eliminar a la guerrilla. Uno de ellos era Gustavo Villoldo, conocido en Bolivia por el alias Eduardo González.
Villoldo, un contrarrevolucionario de Miami que había luchado en Playa Girón y cuyo acaudalado padre había sido dueño de un concesionario de coches en La Habana antes de la revolución, fue contratado por la CIA para establecer una red de información en Bolivia. En una etapa anterior de su carrera, había sido enviado por la CIA al Congo con un grupo de contrarrevolucionarios cubanos para ayudar al gobierno de Moisés Tshombe a luchar contra los cubanos castristas que operaban allí. Villoldo había tenido noticias de que el Che se encontraba en el Congo.
Villoldo llegó por primera vez a Bolivia en febrero de 1967 y regresó allí en julio. En una entrevista celebrada en Miami, el 21 de noviembre de 1995, contó a José Castañeda: “Colocamos una serie de agentes, y éstos comenzaron a darnos la información que necesitábamos para neutralizar (el levantamiento). Todo el mecanismo, todo el apoyo logístico a la guerrilla... dejó a la guerrilla completamente aislada. Conseguimos penetrar totalmente la red urbana”.
A las órdenes de Villoldo estaba el segundo cubano-estadounidense empleado por EE.UU.: el agente de la CIA Félix Rodríguez, quien llegó a ser conocido por su afirmación de que fue el militar de más alto rango presente cuando ejecutaron al Che. La autobiografía de Rodríguez, de 1989, lleva el título, propio de su habitual bravuconería, de Shadow Warrior: The CIA Hero of a Hundred Unknown Battles (Guerrero en la sombra: Héroe de la CIA en cien batallas ignoradas). En él cuenta que se crió como hijo único de una acomodada familia cubana de provincias de ascendencia vasco española. Uno de sus tíos fue ministro en un gobierno de Fulgencio Batista, otro era juez. Él pasó temporadas en la granja de su tío, Félix Mendigutía, donde montaba a caballo, y a los siete años aprendió a disparar un rifle. A los diez años se fue a la escuela militar mientras vivía con otro tío, José Antonio Mendigutía, ministro de Obras Públicas de Batista, en una casa grande en el distinguido barrio de Miramar, en La Habana. En el séptimo grado salió para inscribirse en un internado de Pensilvania. Su familia se enfrentó al Movimiento 26 de Julio aún antes del derrocamiento de la dictadura de Batista, y se mudaron a Miami después de la revolución. Rodríguez asegura a sus lectores que eran “muy anticomunistas”. A los diecisiete años, Rodríguez se unió a la Liga Anticomunista del Caribe, patrocinada por el autócrata de la República Dominicana, el general Rafael Trujillo, al que se refiere Rodríguez en términos de “supuesto tirano”. A partir de entonces, Félix se entrenó en la República Dominicana para una invasión de Cuba, pero no participó en el fracasado intento de 1959. Radicado ya en Miami, Rodríguez se unió a la Cruzada Constitucional Cubana, uno de los muchos grupos anticomunistas de la ciudad, cuyo objetivo era “iniciar operaciones militares contra Castro”. Rodríguez recibió el grado de sargento, al mando de un pelotón. Se consideraba a sí mismo un “revolucionario”, hablaba a menudo de “honor” y “libertad”, y soñaba con la “liberación de Cuba”. Tenía dieciocho años y acababa de terminar la enseñanza secundaria. Su familia le regaló un coche deportivo caro y pasó el verano persiguiendo chicas en la playa. Decidió no ir a la universidad y falsificó la firma de su padre al pie de una solicitud para ir a luchar a Cuba.
En 1961, a los veintiún años, Rodríguez se ofreció para asesinar a Fidel Castro con lo que describió como “un hermoso rifle alemán de cerrojo con mira telescópica de gran alcance, todo ello cuidadosamente embalado en una caja de transporte acolchada. También había una caja de munición, veinte cartuchos”. Para el asesinato se eligió un lugar que Castro solía frecuentar. El joven asesino intentó tres veces tomar un barco desde Miami a La Habana, pero el barco no se presentó y, finalmente, la misión se canceló. Rodríguez se confiesa “terriblemente decepcionado”, porque “yo era un soldado cubano y me consideraba en guerra con Fidel. En lo que a mí se refiere, sigue siendo un objetivo militar legítimo, incluso en la actualidad”.
Mucho más tarde, Rodríguez relató que se había enterado de otros muchos intentos de la CIA de asesinar a Castro. En 1987, el abogado independiente que investigaba el escándalo Irán-Contra le preguntó si él mismo había intentado matar a Castro con un puro explosivo. “No señor, no lo hice”, respondió”. Pero sí que me presenté voluntario para matar a ese hijo de puta con un rifle de mira telescópica en el año 1961”. Rodríguez participó en la invasión de Playa Girón ese mismo año, donde se infiltró en Cuba con un grupo antes de la invasión. Cuando la operación fracasó, se las arregló para que no le capturasen, huyó a Venezuela y luego regresó a Miami.
Después de su participación en el asesinato del Che, Rodríguez comenzó a trabajar con la CIA en Vietnam, y durante la guerra de la Contra nicaragüense en El Salvador y Nicaragua. Se jactaba de su amistad con el entonces vicepresidente George Bush y mostraba con orgullo a cualquiera el reloj Rolex que llevaba como un trofeo, asegurando que se lo arrebató al Che después de que le asesinaran.
Estados Unidos temía que una gran presencia de soldados estadounidenses en Bolivia fuera contraproducente y sólo autorizaron a Villoldo y Rodríguez, disfrazados de oficiales del ejército boliviano, a entrar en las zonas de combate. Los más altos niveles del gobierno, el ejército y los servicios de inteligencia estadounidenses siguieron de cerca los acontecimientos. El 23 de junio, W.W. Rostow envió al presidente Lyndon Johnson un resumen de la situación “con la guerrilla en Bolivia”. En él indicaba que el 24 de marzo, las fuerzas de seguridad bolivianas habían sufrido una emboscada, que desde entonces se habían librado otros seis combates y que las fuerzas armadas bolivianas habían salido mal paradas de estos compromisos”. El resumen de Rostow hacía referencia al cable que había enviado al presidente Johnson el 4 de junio en el que informaba de que la guerrilla tenía entre cincuenta y sesenta efectivos, pero que tal vez podían llegar al centenar. Señalaba a Johnson que el equipo de diecisiete efectivos de los boinas verdes había llegado y estaba ya proporcionando entrenamiento a un nuevo batallón de rangers bolivianos. Asimismo, afirmaba que la CIA, a partir de la información proporcionada por Debray y Bustos, creía que era el Che quien dirigía las fuerzas guerrilleras. En ese momento, 600 soldados bolivianos se encontraban en la lucha contrainsurgente, con el apoyo de la Fuerza Aérea Boliviana. El plan de los militares bolivianos era mantener el contacto con la guerrilla y bloquear su fuga hasta que la unidad de rangers que estaba siendo entrenada por los estadounidenses pudiera entrar en combate y eliminarlos.
Había un tono de urgencia en la evaluación de Rostow, en el sentido de que sin la ayuda y el entrenamiento de EE.UU. los problemas en Bolivia podrían llegar a ser muy graves. Señalaba que el ejército boliviano estaba “superado” por la guerrilla, y que si las fuerzas de ésta se incrementaban el gobierno de Bolivia podría verse amenazado: “El panorama no está claro. Los guerrilleros fueron descubiertos muy pronto, antes de que fueran capaces de consolidarse y pasar a la ofensiva. La persecución por parte de las fuerzas del Gobierno, aunque no muy eficaz, los mantiene en movimiento. Con dos añadidos: en su actual estado de fuerza, la guerrilla no parece plantear una amenaza inmediata a Barrientos. Si sus fuerzas pudieran aumentar rápidamente y fueran capaces de abrir nuevos frentes en un futuro próximo, como ahora se rumorea, las escasas fuerzas armadas bolivianas se verían en apuros y la frágil situación política estaría amenazada. La esperanza es que con nuestra ayuda las capacidades de las fuerzas de seguridad bolivianas superen las capacidades de la guerrilla y, eventualmente, la desbaraten.”
El presidente Johnson indicó a Rostow, el 23 de junio, que debía entrevistarse con la CIA, el Departamento de Estado y el Departamento de Defensa sobre el “problema global de la guerrilla en América Latina”. Rostow se reunió al día siguiente con representantes de la CIA, el Departamento de Estado y el Departamento de Defensa, y colocó en primer lugar a Bolivia en la lista de asuntos de mayor urgencia, debido a la debilidad del ejército y la frágil situación política. Estos factores fueron fundamentales en la decisión del Che de ir a Bolivia en primer lugar; evidentemente, la CIA y el Departamento de Estado estuvieron de acuerdo con su análisis.
Estados Unidos y sus clientes bolivianos se prepararon para el ataque. Todo estaba en su lugar. Rodríguez y Villoldo se encontraban en el terreno, recogiendo información para el ejército boliviano. El titular del Ministerio del Interior boliviano, Antonio Arguedas, estaba en nómina de la CIA, y el agente Edward Fox, de la CIA, figuraba en la embajada estadounidense de La Paz como “agregado militar”.
Los gobiernos estadounidense y boliviano también estaban preocupados por los vínculos del grupo del Che con los trabajadores bolivianos, especialmente con los militantes mineros de la gran mina Siglo XX. En la madrugada del 24 de junio, aviones de la Fuerza Aérea Boliviana ametrallaron una población donde se alojaban los trabajadores del pueblo y sus familias, matando a algunos centenares mientras estaban en sus camas después de una fiesta la noche anterior. Esta acción preventiva se conoce como la masacre del día de San Juan. El gobierno de EE.UU. “fue cómplice de la represión de los mineros”. EE.UU. apoyaba los MAP (Programas de Asistencia Militar) en las zonas mineras, ya que contribuían a la “estabilidad” de la junta militar y sus “reformas”. La embajada en La Paz “aplaudió la respuesta del gobierno al problema de Siglo XX”. Inmediatamente después de la masacre, Rostow envió a Johnson un informe de tres páginas sobre el incidente.
El 29 de junio William G. Bowdler, que trabajaba para el Consejo de Seguridad Nacional, fue invitado a reunirse con el embajador de Bolivia en su residencia de Washington. Bowdler describió la mayor parte de la conversación como un “monólogo a cargo del locuaz embajador” sobre Barrientos y la situación política en Bolivia. Tras un largo rodeo, el embajador de Bolivia llegó a lo que era “obviamente, el objetivo principal de la invitación”: solicitar ayuda para el establecimiento de un equipo de acoso y exterminio para erradicar la guerrilla”. El embajador señaló que la idea no era suya, sino de unos amigos suyos de la CIA. Bowdler le preguntó si el batallón de rangers en formación en Bolivia no era suficiente. El embajador respondió que lo que él tenía en mente era un equipo de “cincuenta o sesenta jóvenes oficiales del ejército, con suficiente información, motivación y arrojo, que se podrían entrenar rápidamente y lanzar en busca de la guerrilla con tenacidad y valentía”. Bowdler le dijo que su “idea podía ser interesante, pero que requería un análisis más cuidadoso”.
Aparte de demostrar cuán estrechamente colaboraron EE.UU. y Bolivia ​​en la búsqueda del Che, este documento aclara el nefasto papel de la CIA. La CIA sugiere a los funcionarios bolivianos utilizar equipos de cazadores-asesinos, y a su vez los funcionarios bolivianos transmiten a continuación la demanda a los representantes de la rama ejecutiva del gobierno estadounidense. Estados Unidos está a ambos lados de la ecuación. Bolivia es esencialmente un mensajero entre la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional, que asesora al Presidente.

A finales de junio, la situación del Che empeoraba. Como éste escribió en su diario, “sigue la falta total de contacto [con el grupo de Joaquín]”, y “nuestra tarea más urgente es restablecer el contacto con La Paz y reabastecernos de equipo militar y médico y lograr la incorporación de unos 50-100 hombres de la ciudad aunque la cifra de los combatientes se reduzca en la acción a unos 24”.
En un memorando del 5 de julio a Rostow, Bowdler resumió el papel de EE.UU. en esos momentos en materia de entrenamiento militar en Bolivia: “El Departamento de Defensa está ayudando a entrenar y equipar un batallón de rangers. Dada la capacidad de absorción de Bolivia, una asistencia militar adicional no parece por ahora aconsejable. [Tres líneas del texto original no se han desclasificado, n. del a.]” Ese mismo 5 de julio, se celebraba una reunión de alto nivel en Washington. Rostow, Bowdler y Peter Jessup (otro miembro del equipo del Consejo de Seguridad Nacional) se reunieron en la Situation Room de la Casa Blanca con representantes del Departamento de Estado, el embajador en Bolivia Henderson, un funcionario del Departamento de Defensa y dos funcionarios de la CIA, Desmond Fitzgerald y William Broe. El grupo decidió que la fuerza de ataque especial que había sido solicitada por Bolivia a sugerencia de la CIA no era aconsejable debido a las objeciones de la Embajada de EE.UU. en La Paz, y decidió también que Estados Unidos se concentrara “en la formación del segundo batallón de rangers con la preparación de una unidad de inteligencia como parte integrante del batallón”.

En el resumen de la reunión se estableció que “los esfuerzos de EE.UU. para apoyar el programa de contrainsurgencia en Bolivia contra la guerrilla dirigida por los cubanos debía seguir un enfoque de dos vías: “Junto al equipo de capacitación de dieciséis militares de las Fuerzas Especiales de EE.UU., se debería también proporcionar munición, radios y equipos de comunicaciones con carácter de emergencia previstos en los Programas de Asistencia Militar (MAP) y entregar rápidamente cuatro helicópteros.”
La inteligencia también era motivo de preocupación, y en esto le dieron la responsabilidad primordial a la CIA: “A medida que progresaba el entrenamiento del batallón de rangers, emergieron debilidades en su capacidad de recolección de inteligencia. Se le dio formalmente la responsabilidad a la CIA de desarrollar un plan para suministrar una capacidad semejante el 14 de julio… Un equipo de tres instructores llegó a La Paz el 2 de agosto. Aparte de entrenar a los bolivianos en técnicas de recolección de inteligencia, los instructores [texto no desclasificado] planificaban acompañar el segundo batallón de rangers en el terreno. Aunque el equipo fue asignado en la capacidad de consejeros, la CIA ‘esperaba que en realidad ayudaran en la dirección de operaciones’. La Agencia también consideraba este plan ‘un programa piloto para probable duplicación en otros países latinoamericanos enfrentados al problema de guerra de guerrillas’.” Los dos instructores, como hemos visto, eran Villoldo y Rodríguez.
Un Informe del Departamento de Información de Inteligencia de la Defensa de fecha 11 de agosto de 1967, describe “la primera operación organizada realizada por el ejército boliviano en la actual situación guerrillera”, durante el período del 8 al 27 de julio. El informe de dos páginas fue probablemente transmitido por los agentes de la CIA en el terreno en Bolivia –sea Rodríguez o Villoldo–. Como los nombres de las fuentes, los autores, las referencias y el autor que lo aprobó se borraron, no sabemos quién lo preparó. Va acompañado de un mapa que muestra el área de Ñacahuasu donde cientos de rangers bolivianos habían realizado redadas militares. La operación fue considerada un éxito por los estadounidenses que los acompañaban, “a pesar de que no tuvieron éxito en capturar una unidad guerrillera”. Según informan resultó muerto un guerrillero. El 9 de julio, después del primer encuentro con los guerrilleros, se ubicó un campamento abandonado, y un trozo de papel encontrado en un pomo vacío de pasta de dientes indicaba nueve nombres: JOAQUÍN, POLO, PEDRO, ALEJANDRO, MÉDICO, TANIA, VÍCTOR, WALTER, BRAULO, NEGRO y GUEVARA. La operación fortaleció supuestamente la moral de los rangers y, “por primera vez cuando les dispararon, no arrojaron sus armas y corrieron”.
A finales de julio, el Che informa en su Diario de que “se mantiene… la imposibilidad de contacto con Joaquín”. Escribe que “ahora somos 22, con tres baldados, incluyéndome a mí, lo que disminuye la movilidad”.
A principios de agosto el ejército boliviano ayudado por mapas detallados que Bustos dibujó para él encontró las cuevas de almacenamiento y el antiguo campo de base de Ñacahuasu. El Che escribió en su diario el 14 de agosto que fue un “mal día”, que fue “un día negro” y que “Es el golpe más duro que nos han dado”. La documentación que encontraron en las cuevas condujo a los bolivianos a Loyola Guzmán, contacto clave y organizadora financiera de la red de apoyo en La Paz. Trató de suicidarse lanzándose desde un piso alto del Ministerio de Gobernación, pero sobrevivió. Los documentos hallados en las cuevas se enviaron a la central de la CIA en Langley, Virginia, para analizarlos. Rostow escribió una nota a Johnson sobre el hallazgo, diciéndole que los bolivianos querían la devolución de todos los materiales para usarlos como evidencia en el futuro juicio contra Debray.

Fragmento del Diario del Che en Bolivia


La red se cierra
El 28 de agosto Joaquín, Tania, y otros ocho fueron emboscados al cruzar el río Masicuri, pero murieron todos menos uno. El grupo de Joaquín fue traicionado ante el ejército boliviano por un agricultor llamado Honorato Rojas. Según José Castillo Chávez, un guerrillero boliviano sobreviviente cuyo nombre de guerra era Paco, Rojas fue sobornado por un agente de la CIA en Santa Cruz llamado Irving Ross. Fue Rojas quien reveló a los bolivianos por dónde iba a cruzar el grupo y el ejército lo estaba esperando. El Che había perdido un tercio de su tropa. Barrientos asistió al entierro de Tania en Vallegrande una semana después, cuando se recuperó su cuerpo en el río. Los guerrilleros restantes fueron atrapados en una tenaza entre dos divisiones bolivianas. Rostow escribió a Johnson que “las fuerzas armadas bolivianas finalmente lograron su primera victoria, y parece que ha sido grande”. Dijo a Johnson que el segundo batallón de rangers entraría en operación poco después.
Aproximadamente el 31 de agosto, Félix Rodríguez, por lo menos según lo que cuenta, interrogó a Paco, el sobreviviente de la masacre del grupo de Joaquín. Paco identificó a la gente del Che y, afirma Rodríguez, suministró información que le permitió calcular la ubicación exacta del Che. Supuestamente Paco le dijo que un guerrillero llamado Miguel que encabezaba la vanguardia iba siempre 1.000 metros por delante de la tropa principal dirigida por el Che. Cuando mataron a Miguel en septiembre, Rodríguez afirma que lo identificó por sus huellas digitales y así supo exactamente dónde estaba el Che. Aunque su entrenamiento todavía no se había completado, el segundo batallón de rangers partió de inmediato hacia la zona de la guerrilla, apresurado por la información obtenida por Rodríguez.
El diario del Che a finales de agosto concluyó que “fue, sin dudas, el peor mes que hemos tenido en lo que va de guerra. La pérdida de todas las cuevas con los documentos y medicamentos fue un golpe duro, sobre todo psicológico. La pérdida de dos hombres en las postrimerías del mes y la subsiguiente marcha a uña de caballo desmoralizó a la gente, planteándose el primer caso de abandono… La falta de contacto con el exterior y con Joaquín y el hecho de que los prisioneros hayan hablado, también desmoralizó un poco a la tropa. Mi enfermedad sembró la incertidumbre en varios más y todo esto se reflejó en nuestro único encuentro…” El Che enumeró los problemas más importantes que enfrentaba el grupo como falta de “contactos de ninguna especie y sin razonable esperanza de establecerlo en fecha próxima”, de seguir “sin incorporación campesina”, y “un decaimiento, espero que momentáneo, de la moral combativa”.
Septiembre fue un mes de algunas escaramuzas, de las noticias sobre la pérdida de Tania y los otros, y lo que el Che califica de “nefasta emboscada de La Higuera”. El 26 de septiembre mataron a Coco (Peredo), Miguel (Hernández) y Julio (Gutiérrez). Peredo, dirigente guerrillero boliviano, era uno de los hombres más importantes del Che. Rodríguez instó a los bolivianos a que transfirieran el cuartel del batallón de rangers a Vallegrande, que queda cerca de La Higuera. El 29 de septiembre, de nuevo según Rodríguez, los bolivianos fueron persuadidos para que transfirieran el segundo batallón de rangers a Vallegrande. Rodríguez se unió a esos seiscientos cincuenta hombres que habían sido “tan bien entrenados” por el mayor de las Fuerzas Especiales de EE.UU., “Pappy” Shelton.
A finales de septiembre el Che informó de que, después de una emboscada en la que mataron a algunos de sus hombres, “hemos quedado en una situación peligrosa”. También escribió que “parecen ser ciertas las noticias sobre muertos del otro grupo [Joaquín] al que se debe dar como liquidado… Las características son las mismas del mes pasado, salvo que ahora el Ejército está demostrando más efectividad en su acción y la masa campesina no nos ayuda en nada y se convierten en delatores… La tarea más importante es zafar y buscar zonas más propicias…” No fue así.
La última anotación del Che en su diario es del 7 de octubre. En esa fecha, los diecisiete miembros restantes de la tropa estaban en una quebrada cerca de La Higuera. El Che menciona que “Se cumplieron los once meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente…” La tropa encontró a una anciana llamada Epifanía pastoreando sus chivas a cerca una legua de La Higuera y fue a su casa. Le dieron cincuenta pesos con “el encargo de que no fuera a hablar ni una palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpla a pesar de sus promesas”. La anciana nunca traicionó al Che, y se fue a las montañas con sus dos hijas por miedo al ejército. Pero otro los denunció: Un campesino local, Pedro Peña, vio a los guerrilleros cuando pasaron por su campo de papas e informó al ejército.
En su introducción al Diario Boliviano del Che, Fidel Castro escribió sobre los eventos del día siguiente: 8 de octubre de 1967. “El 7 de octubre escribió el Che sus últimas líneas. Al día siguiente, a las 13 horas, en una estrecha quebrada donde se proponía esperar la noche para romper el cerco, una numerosa tropa enemiga hizo contacto con ellos. El reducido grupo de hombres que componían en esa fecha el destacamento combatió heroicamente hasta el anochecer desde posiciones individuales ubicadas en el lecho de la quebrada y en los bordes superiores de la misma contra las masas de soldados que los rodeaban y atacaban…”
El Che fue capturado temprano por la tarde del 8 de octubre por el capitán Gary Prado del segundo batallón de rangers bolivianos. Había sido herido en la pierna y estaba desarmado, ya que el cañón de su fusil M-2 había sido inutilizado por un disparo. Junto con su compañero Willy fue escoltado hasta la aldea de La Higuera, donde lo mantuvieron en una pequeña escuela.



Mientras tanto, de vuelta en Washington…
El 9 de octubre un telegrama del Departamento de Estado del embajador de EE.UU., Henderson, en La Paz al secretario de Estado en Washington declaró que el día antes, Che Guevara había sido herido en la pierna y llevado prisionero por unidades del ejército boliviano en La Higuera. El telegrama señala que el Che había sido herido en la pierna pero estaba vivo. Califica la información de digna de confianza, presumiblemente porque provenía de los agentes de la CIA que estaban en el lugar. La parte clave dice lo siguiente:
“TEMA: CHE GUEVARA
[El documento completo está en mayúsculas pero hemos hecho la transcripción en mayúsculas y minúsculas]
1. Según [CENSURADO
] Che Guevara fue tomado prisionero por unidades del ejército boliviano en el área de Higueras al sudoeste de Villagrande el domingo 8 de octubre.
2: Informes dignos de confianza dicen que Guevara sigue vivo con herida en la pierna en custodia de soldados bolivianos en Higueras en la mañana del 9 de octubre”
En contradicción con este documento, sin embargo, hay otro enviado al presidente Johnson del que se sacan extractos a continuación, en el cual se cita al presidente Barrientos diciendo que a las 10 de la mañana del 9 de octubre, el Che ya estaba muerto. En realidad el Che no fue asesinado hasta después de la 1 de la tarde de ese día.
A las 6:10 p.m. del 9 de octubre, Walter Rostow escribió un memorando al presidente Johnson en papel de la Casa Blanca que los bolivianos “liquidaron” al Che Guevara, pero con la salvedad de que no había sido confirmado. Rostow escribe que la unidad boliviana responsable del hecho es “la que hemos estado entrenando durante un cierto tiempo y que acaba de entrar al campo de acción”. El Memorando Rostow cita información dada por el presidente Barrientos a los periodistas a las 10 de la mañana el 9 de octubre (aunque no para que se publicara), de que “Che Guevara está muerto”. Además señala que las “fuerzas armadas bolivianas creen que los rangers han rodeado a la fuerza guerrillera encerrada en el cañón y esperan eliminarla pronto”.
El 10 de octubre Bowdler, del personal del Consejo Nacional de Seguridad, envió una nota a Rostow en papel de la Casa Blanca diciendo que no existe “Una lectura firme sobre si Che Guevara estaba entre las víctimas del enfrentamiento del 8 de octubre”. Esta declaración es bastante digna de mención, ya que el Che había sido asesinado el día antes, en presencia del agente de la CIA Félix Rodríguez. Por lo tanto la CIA estaba ciertamente informada sobre el asesinato de Guevara. Sin embargo, parece que a Bowdler y al Consejo Nacional de Seguridad los habían dejado de lado, probablemente a propósito.
El documento siguiente, de fecha 11 de octubre a las 10:30 de la mañana, de Rostow al presidente Johnson, es central en la afirmación, incluida la de Castañeda, de que EE.UU. no quería que el Che fuera ejecutado. En el documento Rostow califica el asesinato de “estúpido” con su implicación de que EE.UU. no estuvo involucrado. Sin embargo, al examinarlo, el documento sirve sus propias intenciones y no prueba nada al respecto. De hecho, su sustancia se puede interpretar como todo lo contrario. Explica todas las razones por las cuales el gobierno de EE.UU. querría que el Che fuera ejecutado y afirma con un 99% de certeza que esto se había logrado. Luego deja un espacio para algo que debía llegar a Washington un día después. Es muy probable que la frase emitida se refiera a las huellas digitales del Che, o posiblemente a sus manos (cortadas a su cadáver en Bolivia), que se enviaron a Washington para verificar su identidad.
El memorando presenta a continuación una historia de cobertura que intenta ocultar el papel de EE.UU. en el asesinato. Detalla lo que la CIA dijo al Consejo Nacional de Seguridad respecto al asesinato, que afirma que fue ordenado por el jefe de las Fuerzas Armadas Bolivianas:
“La CIA nos dice que la última información es que Guevara fue capturado vivo. Después de un breve interrogatorio para establecer su identidad, el general Ovando jefe de las Fuerzas Armadas Bolivianas ordenó que lo mataran. Y lo considero estúpido, pero es comprensible desde un punto de vista boliviano, en vista de los problemas que les ha causado el que se tuviera piedad del comunista francés y correo de Castro, Regis Debray.”
El general Ovando puede o no haber ordenado el asesinato del Che, pero es poco probable que lo hiciera sin las instrucciones de los funcionarios estadounidenses o sin ponerse de acuerdo con ellos, dado que EE.UU. había pagado por toda la operación boliviana; y los militares de EE.UU. y personal de la CIA habían entrenado, acompañado, y dirigido a los grupos de “cazadores-asesinos” cuya tarea era “eliminar” a los guerrilleros. La historia de Félix Rodríguez, si es cierta, también lleva a dudar de que EE.UU. quisiera que se mantuviera vivo al Che. Rodríguez, echándoselas de oficial boliviano, afirma que era el máximo oficial militar en el lugar cuando ocurrió el asesinato. ¿Habría transmitido una orden de asesinar al Che si esa orden hubiera sido contraria a los deseos de la CIA, su empleador? Formular la pregunta es responderla.
Además, ¿por qué íbamos a creer lo que dijo la CIA a Rostow? Parece muy probable que desinformasen a Rostow para que diera [a sí mismo], al presidente y al Departamento de Estado la posibilidad de una negación plausible. La ejecución sin juicio de un combatiente capturado de cualquier tipo, guerrillero o soldado, es un crimen de guerra. La aceptación de la responsabilidad del asesinato del Che también podría haber creado más dificultades en las relaciones con Latinoamérica. Culpar a Bolivia del asesinato suministró la cobertura para una operación de EE.UU./CIA. De los documentos mencionados anteriormente proviene la evidencia de que la CIA no compartía totalmente su información con el Consejo Nacional de Seguridad. Como hemos visto anteriormente, los documentos muestran que Rostow informó de que el Che estaba muerto cuando todavía no lo habían asesinado, un hecho conocido por la CIA y que Bowdler, el 10 de octubre, escribió a Rostow que no existía evidencia que apoyase la conclusión de que el Che estaba muerto cuando la CIA sabía que lo estaba. Desde 1948, la CIA ha participado en acciones ilegales que no revela directamente al Ejecutivo para que el presidente pueda negar una acusación con plausibilidad.
Pero no viene a cuento si la CIA le dijo o no la verdad a Rostow. Porque a pesar de su declaración en la que indicó que consideraba “estúpido” matar al Che, la sustancia de su memorando al presidente Johnson es que la muerte del Che beneficia la política de EE.UU. Su afirmación de que de alguna manera no se debería haber matado al Che es menoscabada, por no decir otra cosa peor, por los beneficios que ve en la muerte del Che. Lo que sigue es una parte clave del memorando al presidente Johnson en la cual Rostow describe la importancia de la muerte del Che:
“La muerte de Guevara tiene implicaciones significativas:
  • Marca el fin de otro de los agresivos, románticos y revolucionarios como Sukarno, Nkrumah, Ben Bella, y refuerza esta tendencia.
  • En el contexto latinoamericano, tendrá un fuerte impacto para disuadir a posibles guerrillas.
  • Muestra el acierto de nuestra ayuda de “medicina preventiva” a países que enfrentan una insurgencia incipiente, fue el segundo batallón de rangers boliviano, entrenado por nuestros boinas verdes de junio a septiembre de este año, el que lo arrinconó y lo capturó.
Hemos presentado estos puntos a varios periodistas”.
Como destaca Rostow, la muerte del Che puede añadirse la lista de muertes de otros “revolucionarios románticos” y desalentará a otros guerrilleros. En otras palabras, aunque habría habido algunos beneficios para la política de contrainsurgencia de EE.UU. solo como resultado de la captura del Che, fueron mucho mayores como resultado de su muerte. Simplemente es imposible que el gobierno de EE.UU., incluido Rostow, haya querido mantener vivo al Che. Iba contra lo que percibían como sus mejores intereses. Pensaron que su muerte era un golpe importante contra los movimientos revolucionarios y querían que la prensa lo supiera.
Un día después del resumen de Rostow de los aspectos positivos de la muerte del Che para el gobierno de EE.UU. y Latinoamérica, el director de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado escribió un informe de seis páginas titulado “La muerte de Guevara, el significado para Latinoamérica”. El informe, de fecha 12 de octubre de 1967, fue dirigido a Rostow y al Consejo Nacional de Seguridad. Subrayó, en términos incluso más fuertes que Rostow, la importancia positiva de la muerte del Che:
La muerte de “Che” Guevara fue un golpe paralizador –tal vez fatal– para el movimiento guerrillero boliviano, y puede ser un revés serio para las esperanzas de Fidel Castro de fomentar la revolución en ‘todos o casi todos’ los países latinoamericanos. Los comunistas y otros que puedan haber estado dispuestos a iniciar una guerra de guerrillas al estilo cubano serán disuadidos, por lo menos por un tiempo, por la derrota del prestigioso táctico de la estrategia revolucionaria cubana a manos de uno de los ejércitos más débiles del hemisferio”.
Mide a continuación los efectos de la muerte del Che en Bolivia: “Efectos en Bolivia: La muerte de Guevara es una pluma en el sombrero del presidente boliviano René Barrientos. Puede ser la señal del fin del movimiento guerrillero como amenaza a la estabilidad”.
Y luego en Latinoamérica:
“Probable reacción latinoamericana a la muerte de Guevara. La noticia de la muerte de Guevara aliviará a la mayoría de los latinoamericanos no izquierdistas que temían que tarde o temprano podría fomentar insurgencias en sus países”.
Y finalmente afirma que la muerte fortalecerá la línea pacífica de los partidos comunistas latinoamericanos afiliados a Moscú:
“Si se elimina pronto el movimiento de guerrilla en Bolivia como una amenaza subversiva seria, la muerte de Guevara tendrá repercusiones aún más importantes entre los comunistas latinoamericanos. Los grupos dominantes de la línea pacífica, que estaban en desacuerdo total con Castro o prestaban solo un homenaje verbal a la lucha guerrillera, podrán argumentar con más autoridad con la tesis de Castro-Guevara-Debray. Pueden señalar que fracasó incluso un movimiento dirigido por el más prestigioso táctico revolucionario, en un país que aparentemente presentaba condiciones adecuadas para una revolución”.
En una nota muy breve al presidente Johnson, de fecha 13 de octubre a las 4 de la tarde, y escrita en papel de la Casa Blanca, Rostow escribe: “Esto elimina cualquier duda sobre la muerte de ‘Che’ Guevara”. “Esto” se refiere a algo que se ha borrado de la nota, pero como es obvio por otros documentos, las huellas digitales de las manos cortadas del Che habían comparado con copias anteriores de las huellas del Che. 

_________________

Michael Ratner es presidente del Centro por los Derechos Constitucionales en la Ciudad de Nueva York. Expresidente del National Lawyers Guild, autor de The Trial of Donald Rumsfeld: A Prosecution by Book y coautor de The Pinochet Papers, Against War with Iraq: An Anti-War Primer y Guantanamo: What the World Should Know.
Michael Steven Smith es un abogado que trabaja en la Ciudad de Nueva York, miembro del consejo del Centro por los Derechos Constitucionales. Es autor de Notebook of a Sixties Lawyer: An Unrepentant Memoir y de Selected Writings and Lawyers You’ll Like: Putting Human Rights First y coeditor de The Emerging Police State: Resisting Illegitimate Authorityde William Kunstler.

*From Who Killed Che? How the CIA Got Away with Murder, primera edición publicada por OR Books 2011. © 2011 Michael Ratner and Michael Steven Smith.
Traducido del inglés para Rebelión por Atenea Acevedo, S. Seguí y Germán Leyens. Revisado por Caty R.
Fuente: http://www.guernicamag.com/features/3164/ratner_smith_10_15_11/
Reproducido en Rebelión,
 22 Octubre 2011


top