La crisis venezolana y la confusión de la izquierda.
Carta abierta al Frente Amplio de Chile



(Por Atilio A. Boron) Días pasados, Pablo Vidal, uno de los diputados del partido Revolución Democrática que integra el Frente Amplio de Chile, manifestó en una entrevista ante La Tercera que el presidente Nicolás Maduro era un dictador. Lo que podría haber sido el desafortunado exabrupto de un novel legislador tardó unas pocas horas en revelarse como el síntoma de una grave enfermedad que, de no combatirse de inmediato, clausuraría por largos años la posibilidad de ofrecer una alternativa pos-neoliberal al desprestigiado sistema de partidos políticos imperante en Chile, vástago de la funesta dictadura de Augusto Pinochet. En efecto, sin meditar sobre el significado y los alcances de las palabras de Vidal otros dirigentes del FA salieron en tropel a respaldar sus dichos poniendo en evidencia que su profundo desconocimiento de la historia chilena y de las categorías más elementales del análisis político es una falencia compartida por igual con sus compañeras y compañeros de partido. Porque, ¿cómo es posible que alguien que se propone como una alternativa de izquierda asuma por completo el discurso y la propaganda urdidas por el imperio y la derecha vernácula? Por si hubiera dudas al respecto Vlado Mirosevic, un representante del Partido Liberal –una derecha pura y dura, mal disimulada por una delgada pátina de posmodernismo combinada con un eficaz marketing político- saltó al ruedo para expresar su total acuerdo con el extravío de Vidal. Desgraciadamente en pocas horas el “efecto manada” hizo presa de muchos dirigentes del FA que de modo irreflexivo arrojaron por la borda buena parte de su identidad de izquierda. (Un reporte sobre este asunto se encuentra en https://www.cnnchile.com/pais/diputados-rd-se-alinean-al-calificar-de-dictador-a-nicolas-maduro_20190205/)

Se requiere un elevado nivel de analfabetismo político -para decirlo diplomáticamente- para que un ciudadano o una ciudadana de un país como Chile, que ha sufrido una de las más horrendas dictaduras de que se tenga noticias en el siglo veinte, pueda calificar con los mismos términos a Augusto Pinochet y Nicolás Maduro. No sólo Vidal y sus cofrades han demostrado tener un olímpico desconocimiento de la realidad venezolana sino que, peor aún, otro tanto ocurre con la historia de su propio país. Si la conocieran, porque es su obligación como legisladores o como dirigentes políticos conocerla muy bien, jamás podrían haber cometido una grosería como la que estamos comentando y que no por casualidad fue recibida con enorme alborozo por la canalla mediática, comenzando por la CNN y siguiendo por los demás medios hegemónicos. Como lo comenta con sensatez en su tuit una joven comunista chilena, Florencia Lagos Neumann, “Dictadura es dictadura. Pinochet era dictador, Videla era dictador, Somoza era dictador, Franco era dictador. Si en sus dictaduras hubiera aparecido un loco autoproclamándose presidente a las 2 horas era fusilado y tirado a una fosa común. ¿Se entiende?” La elocuencia de este razonamiento ahorra muchas palabras.

Se pueden decir muchas cosas de Juan Guaidó (la mayoría de las cuales poco honorables) menos que haya padecido inconveniente alguno en su continua prédica sediciosa, o en su convocatoria a la población y las fuerzas armadas para quebrar el orden constitucional o en su infame pedido al gobierno de Estados Unidos para que se inmiscuya activamente en la resolución –sin duda violenta y sin ninguna clase de diálogo político, como lo ha manifestado más de una vez la Casa Blanca- de la crisis que afecta a Venezuela. Su demagógica pregunta, formulada en un acto público callejero, de si alguien le tiene miedo a una guerra civil (y que el público asistente contestó con un resonante no) es de una irresponsabilidad criminal. En cualquier país del mundo –y Chile no es la excepción- un sujeto que obra de esa manera es de inmediato apresado y juzgado perentoriamente a cumplir una larga condena en una cárcel de máxima seguridad. En Estados Unidos podría inclusive ser pasible de la pena capital. Pero nada de eso ocurre en la “dictadura” de Maduro denunciada con un ardor digno de mejores causas por algunos sectores del FA. Una extraña dictadura –como decía Eduardo Galeano hablando de los días de Hugo Chávez en el poder- que permite que un fantoche como Guaidó circule por todo el país sin ser perseguido, que cite a exministros chavistas y se reúna con ellos, a plena luz del día, en el Palacio Legislativo en el centro de Caracas para intercambiar ideas sobre la constitución de un gabinete de su ilusoria “transición”. O que permite que un dirigente responsable de ser el inspirador y autor intelectual de las dos guarimbas que en el 2014 y 2017 dejaron una estela de centenares de muertos, miles de heridos e inmensos daños a la propiedad, nos referimos a  Leopoldo López, aparezca regularmente en diversos programas de radio reproducido y viralizados por las redes sociales y en donde desde su confortable prisión domiciliaria se exhorta a las fuerzas armadas bolivarianas a permitir el ingreso de la “ayuda humanitaria” enviada por Washington. ¿No son éstos, acaso, ejemplos rotundos de la libertad de prensa y de reunión que existe en la Venezuela bolivariana y que ninguna dictadura jamás admitió? ¿Pudo hacer esto la oposición a Pinochet en Chile, o de Videla en la Argentina o de Somoza en Nicaragua? ¿Es posible ignorar una verdad tan elemental como ésta? ¿Cuál es el concepto de “dictadura” que manejan algunos líderes del FA? Confieso mi curiosidad por conocerlo y por saber cuál es el teórico que produjo tan extravagante definición por la cual el venezolano es un dictador y el déspota de Arabia Saudita que masacra al pueble yemení y manda asesinar a un periodista de su país en la sede de su embajada en Turquía no lo es; o que un régimen neofascista y genocida como Israel sea considerado como una ejemplar democracia con la cual Chile debe estrechar sus vínculos sin ninguna clase de reserva pese a su flagrante y sistemática violación de los derechos humanos en los territorios ocupados y su rechazo a todas las resoluciones de Naciones Unidas.   

La conclusión inescapable de esta toma de posición de algunos dirigentes del FA es que su referencia a la cultura de la izquierda y sus centenarias luchas es un lamentable  malentendido; o, en caso de que exista mala fe, un artilugio discursivo y electorero para adquirir respetabilidad ante los sectores dominantes. Una identidad de izquierda tan frágil que se disuelve tan pronto sus representantes deben plantarse frente a los candentes desafíos de la realidad política, esa “lucha de dioses contrapuestos” a la que se refería Max Weber y en la cual no caben las mediatintas ni los “ni-ni” del posmodernismo sea en sus variantes de derecha o de (pseudo)izquierda. Recuerdo unos versos de Víctor Jara cuando cantaba, en los años de la Unidad Popular: “usté no es ná, ni chicha ni limoná”.  Quienes en estos días se unieron alegre e irresponsablemente al discurso del imperialismo y la reacción autóctona corren serio riesgo de convertirse en “ná”, y eso políticamente es un seguro camino al desastre. O, peor aún, convertirse en su contrario y abandonar la empresa histórica de rescatar a Chile de las garras del neoliberalismo. Porque quienes ingresan ruidosamente al ágora con el discurso de “Maduro dictador” ya se colocan, objetivamente y más allá de inconsecuenciales gestos de rebeldía, del lado del imperialismo y la reacción. Tienen que tomar conciencia que al hacerlo se han asociado a lo peor de la política latinoamericana. Están codo a codo con Uribe y Duque, Macri y Bolsonaro, con Hernández y Lenín Moreno, con Almagro y con Santos, con Bolton y Abrams, todos entonando el relato concebido en Estados Unidos y difundido en nuestra lengua por el inigualable maestro en el arte de decir mentiras que parezcan verdades: Mario Vargas Llosa. Ese sector del FA, porque no creo que sea toda esa organización, ingresa en la política latinoamericana de la mano de los herederos de los que ahogaron a sangre y fuego la experiencia pionera de Salvador Allende, y este no es un dato menor ni una simple anécdota. Tomaron partido por ellos, por los vástagos de quienes bombardearon la Moneda, asesinaron a Orlando Letelier, René Schneider, Carlos Prats González, a Pablo Neruda, a Eduardo Frei y condujeron a la muerte a Salvador Allende; también por los que torturaron, mutilaron y ejecutaron cobardemente a Víctor Jara y a miles de chilenas y chilenos; los que organizaron siniestros campos de concentración y caravanas de la muerte, desaparecieron a miles, mataron a otros tantos y enviaron a cientos de miles de sus compatriotas al exilio.

En su asombrosa ignorancia este sector de la dirigencia frentista demuestra desconocer el abc de la filosofía política, ¡y pretenden con tal rudimentario arsenal  teórico conducir a Chile por la senda del progreso y la justicia social!  Incapaces de distinguir lo que es una dictadura, de reconocer la omnipresencia del imperialismo –palabra prohibida en su discurso- o de conocer el dolor y la destrucción que éste provoca con su agresión económica, política, diplomática y mediática a la Venezuela bolivariana se rinden ante el pensamiento único en su fatal empeño por constituirse como una alternativa “moderada” ante la “inmoderada” injusticia que campea en Chile.

Ante el crisol de la crisis venezolana ese sector del FA se funde con la derecha en su maniqueísmo propio de la Guerra Fría, en su cruzada contra los gobiernos que no se arrodillan ante los mandatos de la Casa Blanca (Noam Chomsky dixit) y que son invariablemente  caracterizados por ésta como “dictaduras”. Una izquierda que en su infantilismo cae en la trampa de creer que va a poder resolver la deuda social de la “democracia de (muy) baja intensidad” de Chile, o de su “democradura”, sin enfrentarse con todos los demonios del infierno que saldrán en tropel para aplastar a sangre y fuego a quienes tengan la osadía de pretender cambiar el mundo. Gentes que, en su inexperiencia, creen que la política es un juego caballeresco en donde los reformadores sociales, ni digamos los revolucionarios, van a ser enfrentados con las armas de la legalidad y la institucionalidad por los partidarios del status quo. No basta con que Donald Trump le confiera el rango de presidente legítimo de Venezuela a un fantoche como Juan Guaidó, en abierta violación de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional. Tampoco que John Bolton haya declarado que quiere el petróleo de Venezuela para las empresas estadounidenses. Aunque Trump y Bolton les griten en la cara que en su momento vendrán a apoderarse de los recursos naturales de Chile en su ebriedad posmoderna los que vociferan “Maduro dictador” seguirán pensando que el imperialismo es una fábula de la vieja izquierda, un mito que sobrevive increíblemente en tiempos de la posmodernidad líquida en donde, como decían Marx y Engels en el  Manifiesto Comunista (que esos sectores del FA harían muy bien en leer) “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Todo, sí, menos la lucha de clases y la dominación imperialista. Y si no comprenden esto no han comprendido nada y se disolverán en el aire sin dejar más que un borroso recuerdo, una juvenilia pasajera que prometió ser una brisa renovadora en la política chilena y acabó siendo más de lo mismo.

Admito que algunos sectores de la izquierda puedan ser duros críticos del gobierno de Maduro. O decir que éste no supo contrarrestar efectivamente la brutal ofensiva que Estados Unidos lanzó para acabar con la Revolución Bolivariana. O que su manejo de la política económica fue desacertado o que el combate a la corrupción careció de la energía requerida. Pero decir que Maduro es un dictador es un gigantesco error conceptual grávido de lesivas consecuencias prácticas para el futuro del movimiento popular chileno. Este difícilmente podrá hallar una ruta de salida a las injusticias e inequidades producto de casi medio siglo de políticas neoliberales cuando una fuerza política que se pretende de izquierda piensa y actúa como si fuera de derecha. Olvidándose, además, ¡torpes sociólogos quienes la asesoran!, que los pueblos, dondequiera que sea, y no sólo en Latinoamérica, siempre prefieren el original a la copia. Y una izquierda que se presenta como una caricatura de la derecha decreta su propia obsolescencia y lleva agua al molino de aquélla. El Frente Amplio aún está a tiempo de sortear tan lamentable desenlace. Una discusión franca,  rigurosa y con mucho fundamento puede salvar un proyecto de recambio, tendencialmente pos-neoliberal, que Chile necesita impostergablemente. Sería imperdonable que esa oportunidad se frustrara.
                                                                





LA COYUNTURA VENEZOLANA, vista por un académico de EEUU.


Comparto un interesante análisis de Gabriel Hetland que más allá de ciertos pasajes polémicos de su texto subraya con claridad la enorme responsabilidad de EEUU y la oposición en la gestación de la crisis actual y en la violencia de las "guarimbas" de 2014 y 2017, y el riesgo que conlleva el "temerario aventurerismo" de Guaidó y EEUU que "aumenta el riesgo de catástrofe y guerra civil"


El riesgo de una intervención estadounidense catastrófica en Venezuela es real.

(Jue 24 Ene 2019 12.28 EST Última modificación en jue 24 ene 2019 16,25 EST).

La guerra traería sufrimientos indecibles al país y una probabilidad cada vez menor del cambio que Venezuela necesita.

AL declararse a sí mismo como presidente de Venezuela el miércoles, Juan Guaidó ha llevado a Venezuela al borde de la catástrofe. Las acciones hasta ahora desconocidas del líder de la oposición, que parecen estar estrechamente coordinadas con los Estados Unidos, si no están dirigidas por ellos, han puesto en marcha una peligrosa cadena de eventos.
Estados Unidos reconoció a Guaidó como presidente minutos después de su declaración. Varias naciones latinoamericanas, la mayoría con gobiernos conservadores respaldados por Estados Unidos, también lo han hecho. La creciente lista incluye a Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Costa Rica y Paraguay. Canadá y la Organización de los Estados Americanos también han reconocido a Guaidó. Según informes, la Unión Europea ha considerado un paso así, pero por el momento ha emitido un llamamiento para nuevas elecciones.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha respondido a estas acciones rompiendo relaciones con los Estados Unidos y ordenando a los diplomáticos estadounidenses que abandonen el país dentro de las 72 horas. Guaidó, a su vez, le dijo a Estados Unidos y otros diplomáticos que se quedaran, un mensaje también presentado por el senador republicano de Estados Unidos Marco Rubio, un opositor principal de Maduro. La administración de Trump está ignorando la orden de Maduro, que un funcionario de alto rango calificó de sin sentido". Otro funcionario de alto rango de Trump declaró : "Todas las opciones están sobre la mesa", reiterando un mensaje que el propio Trump ha presentado desde 2017.
Lo que pasa a continuación es lo que cualquiera puede adivinar. Pero una invasión estadounidense se siente como una posibilidad real.

Este curso de acción debe ser firmemente rechazado. Esto no es porque Maduro merece el apoyo o la simpatía de nadie. Es debido al sufrimiento y el daño indecibles que la intervención militar de los Estados Unidos traería a Venezuela y a la región, y la probabilidad cada vez más pequeña de que tal acción pueda traer el cambio que Venezuela necesita.

Venezuela realmente necesita cambio. La crisis económica que asola el país desde 2013 no muestra signos de disminuir y ha empeorado en los últimos 18 meses. La grave escasez de alimentos, medicinas y bienes básicos, junto con el castigo de la hiperinflación, ha llevado a unos tres millones de venezolanos a abandonar el país en los últimos años. El gobierno ha reaccionado gobernando de manera cada vez más autoritaria.

El caso contra Maduro es fácil de hacer. Sin embargo, debe reconocerse que la crisis de Venezuela no es únicamente por la acción de Maduro. El gobierno de los Estados Unidos y la oposición también comparten la responsabilidad. Los Estados Unidos han reconocido que sus sanciones podrían perjudicar a los venezolanos, y lo siguiente aparece en un informe del Servicio de Investigación del Congreso de noviembre de 2018:

Si bien las sanciones económicas más fuertes podrían influir en el comportamiento del gobierno venezolano, también podrían tener efectos negativos y consecuencias no deseadas. A los analistas les preocupa que las sanciones más fuertes puedan exacerbar la difícil situación humanitaria de Venezuela, que se ha caracterizado por la escasez de alimentos y medicamentos, el aumento de la pobreza y la migración masiva. Muchos grupos de la sociedad civil venezolana se oponen a sanciones que podrían empeorar las condiciones humanitarias.

No hay duda de que las sanciones han empeorado las condiciones humanitarias. La razón principal es que las sanciones más severas impuestas a mediados de 2017 restringieron severamente la capacidad de Venezuela de incurrir en deuda, y al hacerlo diezmaron la producción petrolera venezolana. Esto ha reducido los recursos públicos disponibles para una población cada vez más desesperada. Lejos de ser un efecto secundario accidental, esta parece ser uno de las intenciones de la política estadounidense: hacer que los venezolanos se desesperen tanto que se vuelvan contra Maduro. La inhumanidad de tal política es clara.
La oposición tiene una parte de responsabilidad por la crisis por dos razones. Uno es el daño directo e indirecto causado por los violentos episodios de protesta, como los ocurridos en 2014 y 2017, con el ruidoso aliento de los Estados Unidos. Además de la propiedad dañada y las vidas perdidas, muchas a manos de las fuerzas de la oposición (y el gobierno también es responsable de muchas muertes), la violencia de la oposición alimentó un clima de temor y polarización, lo que inhibió las perspectivas de reforma económica y el diálogo entre gobierno y oposición.

La oposición también merece críticas por su incapacidad para establecer vínculos más efectivos con las clases trabajadoras de Venezuela. Si bien históricamente apoyan fuertemente al chavismo, las clases trabajadoras, compuestas en gran parte por trabajadores formales e informales, los desempleados o los trabajadores domésticos pobres, han sufrido tremendamente en la crisis actual. Este sufrimiento ha llevado a repetidos casos de protesta popular dirigida contra la administración de Maduro. La oposición no ha podido conectarse efectivamente con estas protestas por varias razones, entre las que destaca su incapacidad para articular un programa positivo que aborde de manera efectiva las preocupaciones cotidianas del sector popular (por ejemplo, la disminución de la habitabilidad). Las clases trabajadoras también desconfían de la historia de violencia de la oposición y de sus estrechos vínculos con los Estados Unidos.

Para superar los graves desafíos a los que se enfrenta, Venezuela necesita una oposición amplia y pacífica que combine las demandas políticas legítimas (por ejemplo: elecciones libres y justas y un diálogo significativo entre el gobierno y la oposición) y demandas sociales y económicas apremiantes como el acceso a alimentos, medicamentos y servicios básicos. El temerario aventurerismo de Guaidó y Estados Unidos ha hecho que este escenario sea mucho menos probable, al tiempo que aumenta dramáticamente el riesgo de catástrofe y guerra civil. Tal aventurerismo debe ser rechazado
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(Gabriel Hetland es profesor asistente de Estudios y Sociología de América Latina, el Caribe y los Latinos en la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Albany, NY.)
(La traducción es la del Guardian, con pequeñas correcciones de estilo que para nada modifican el contenido de esta nota)

"GUAIDÓ: FANTOCHE DEL SIGLO XXI" Y UNA ADVERTENCIA SOBRE LA OPCIÓN MILITAR DE EEUU EN VENEZUELA.

Hago mías las palabras de este gran amigo y notable luchador antiimperialista chileno Manuel Cabieses sobre la payasada montada por el imperio en Venezuela.

Tomo nota de lo que dice Manuel al final: "Ojalá que el gobierno de Venezuela mantenga la calma y no convierta esta comedia en un drama" y agregaría, empero, que tal cosa podría ocurrir SI ESTADOS UNIDOS CONVIERTE A VENEZUELA EN UN OBJETIVO MILITAR. Yo NO DESCARTARÍA que, dado lo que dijera Trump ("todas las opciones están sobre la mesa") y ante el fracaso de esta fantochada acompañada por los lambiscones de los gobiernos neocoloniales de Latinoamérica la Casa Blanca ordenara un "BOMBARDEO QUIRÚRGICO" sobre instalaciones militares en Venezuela o lugares donde según sus servicios de inteligencia se almacenan armas y pertrechos militares. Ante la imposibilidad de sobornar y dividir a las FFAA los gringos pueden avanzar en su destrucción, para dejar a Venezuela indefensa. Habrá que estar muy alertas ante ese eventual peligro y todas las precauciones son pocas.
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"GUAIDÓ: FANTOCHE DEL SIGLO XXI" 

Por MANUEL CABIESES DONOSO
Juan Guaidó, militante de Voluntad Popular, célula terrorista de extrema derecha en Venezuela, pasará a la historia como el primer fantoche del siglo XXI en América Latina.
Los gobernantes fantoches fueron criaturas que utilizó el Imperio Romano, y que imitaron los fascistas de Mussolini, los nazis de Hitler y los norteamericanos en América Latina, Iraq y Libia en los siglos XIX y XX.
La diferencia de los fantoches anteriores con el actual de Venezuela, es que aquellos -mal que mal- tenían un gobierno -medio cojo pero gobierno al fin- que se ufanaban de representar.
Un gobierno, aunque sea provisorio y elemental, tiene que disponer de un aparato administrativo, tribunales -corruptos pero tribunales al fin y al cabo-, policía y –lo más importante- fuerzas armadas dislocadas en el territorio nacional que obedecen –o fingen hacerlo- al gobernante fantoche.
Resumiendo: lo mínimo que exigen las reglas del artilugio imperial para someter a un pueblo es que el gobernante fantoche controle toda o buena parte del país.
En el caso de Venezuela, el Diocleciano yanqui invirtió las reglas del juego. En vez de crear primero las condiciones institucionales mínimas que permitieran designar al fantoche, comenzó construyendo la cúpula de la pirámide. El resultado es un desastre de la teoría y de la práctica política. En vez de un gobernante fantoche tenemos en Venezuela un mamarracho al cual ni el policía de la esquina hace caso. Guaidó es un gobernante sin gobierno. No controla aspecto alguno de la vida venezolana. El aparato administrativo, los servicios públicos, las comunicaciones, el presupuesto nacional, la policía, las fuerzas armadas, el espacio territorial, marítimo y aéreo, todo en suma, está bajo las órdenes del presidente constitucional de la república, Nicolás Maduro.
Esto hace aún más risible –o tristemente ridículo- el rol del “presidente” Guaidó. A pesar del reconocimiento instantáneo del imperio y sus gobiernos satélites, él no manda a nadie en Venezuela. Ni siquiera es el presidente fantoche de un verdadero gobierno fantoche. Lo ocurrido en Venezuela es un montaje del monstruo comunicacional que maneja EE.UU.
Peor aún es el papelón que está haciendo más una decena de países latinoamericanos, entre ellos Chile. Otorgaron su reconocimiento diplomático y político al fantoche de Caracas a los pocos minutos de hacerlo la Casa Blanca. Esos gobiernos –algunos de los cuales presumen de serios- confirman la confidencia que hizo el ex presidente peruano P.P. Kuczynski luego de entrevistarse con Trump. Para Washington, dijo el peruano depuesto por corrupto, América Latina y el Caribe es “un perro simpático que está durmiendo en la alfombrita”.
Duele ver que entre esos perritos se encuentre el gobierno de Chile que en el pasado tuvo una política internacional honorable y apegada a los deberes de la hermandad latinoamericana y al respeto al principio de no intervención. Al gobierno del presidente Piñera -y de su amanuense en Relaciones Exteriores, el tránsfuga Ampuero- le faltó la altura de miras del presidente conservador Jorge Alessandri Rodríguez que en 1962 hizo lo posible por impedir la expulsión de Cuba de la OEA. Chile fue uno de los pocos gobiernos que se abstuvo de secundar la maniobra de EE.UU.
¿En qué va a terminar esta astracanada que está viviendo América Latina?
Ojalá que el gobierno de Venezuela mantenga la calma y no convierta esta comedia en un drama. Hay que dejar que las payasadas las hagan los Trump, los Pompeos, los Bolsonaro, los Guaidó y los perritos amaestrados del Grupo de Lima.
Nosotros, seamos serios, por favor.
MANUEL CABIESES DONOSO
24 de enero, 2019
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(Por Atilio A. Boron) En una batalla sin cuartel para ocupar el lugar del lamebotas mayor del imperio un grupo de gobiernos latinoamericanos ha resuelto desconocer la legitimidad del proceso electoral que consagró la re-elección de Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela y fijar sanciones contra sus ministros y altos funcionarios. Los autoproclamados integrantes del Grupo de Lima, cuyo nombre más apropiado debido a la fuerte presencia del narco en casi todos esos gobiernos sería el “Cartel de Lima”, compiten para lograr la anhelada presea otorgada por la Casa Blanca. Un supuesto que une a estos obsecuentes es que cuanto más servil sea un gobierno ante Washington tanto mayor será la recompensa (económica, financiera, diplomática, etcétera) que recibirá a cambio. Craso error: como todo imperio, el norteamericano respeta el dictum clásico según el cual “Roma no paga a traidores”.  De éstos está repleta la historia latinoamericana pese a lo cual  nuestros pueblos siguen sumidos en la pobreza, la desigualdad y la ignorancia. Los traidores que se pusieron al servicio del emperador no lograron otra cosa que enriquecerse. Sus pueblos, nada.



Algunos de los escribas del Cartel dicen que las elecciones en Venezuela fueron fraudulentas. Desoyen a sabiendas la sentencia de James Carter cuando aseguró que: “de las 92 elecciones que hemos monitoreado, yo diría que el proceso electoral en Venezuela es el mejor del mundo", superior, por supuesto, al de EEUU.[1] Mienten cuando hablan de la escasa representatividad del nuevo gobierno debido a la elevada abstención registrada en esa elección: 54 %, en medio de una infernal guerra económica, sabotaje a los transportes y todo tipo de inconvenientes para concurrir a votar. Sin embargo, la abstención del 53.4 % que hubo en Chile meses antes y que consagró la re-elección de Sebastián Piñera no generó inquietud alguna ni en la Casa Blanca ni entre sus sumisos lacayos. Se pliegan con entusiasmo a tan infame campaña el actual gobierno brasileño, remate final del “golpe blando” que destituyó a Dilma Rousseff  y surgido de un fraudulento proceso en donde el candidato que encabezaba las encuestas fue encarcelado e impedido de postularse en las elecciones. La estafa mereció las felicitaciones de eminentes demócratas como Donald Trump y Benjamin Netanyahu. También participa del Cartel el corrupto e inepto gobierno de Mauricio Macri, cuyo incumplimiento de todas y cada una de sus promesas de campaña ya figura en los libros de ciencia política como uno de los fraudes post-electorales más escandalosos de la historia. O el presidente Juan O. Hernández, de Honduras, surgido de un comicio tan corrupto y viciado que fue objetado por la mismísima OEA y que el Departamento de Estado demoró casi un mes en reconocer. Pese a ello Hernández no se arredra y se erige como un campeón de la democracia latinoamericana. Como Iván Duque, peón de brega de Álvaro Uribe, asesino serial de líderes políticos y sociales en Colombia, lúgubre coleccionista de fosas comunes y siniestro creador de los “falsos positivos” que exterminaron a miles de jóvenes campesinos inocentes en todo el país para demostrar la supuesta eficacia de su criminal política de “seguridad democrática.” 

En suma, estos malos gobernantes han montado un espectáculo que sería cómico si no fuera por la tragedia que ocasionan día a día a nuestra gente. Con sus errores y sufriendo toda clase de arteros ataques, desde dentro y fuera del país, la Revolución Bolivariana acabó con el analfabetismo, entregó a su pueblo más de dos millones y medio de viviendas y se emancipó del yugo colonial al que están  deshonrosamente sometidos sus críticos, que nada hicieron por sus pueblos salvo mentirles y oprimirlos. Impertérrita, la patria de Bolívar y Chávez sigue su curso. “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” dicen que dijo el Quijote. Más allá del debate actual sobre si lo dijo o no, flota en la obra del gran Miguel de Cervantes Saavedra  la idea de que “cambiar el mundo, amigo Sancho … no es locura ni utopía, sino justicia.”  Dejemos que los paniaguados del imperio ladren y que  la Revolución Bolivariana continúe avanzando con más bríos que nunca, corrigiendo errores y profundizando los aciertos.





[1] https://actualidad.rt.com/actualidad/view/54145-jimmy-carter-sistema-electoral-venezolano-mejor-mundo

2.1.2019


(Por Atilio A. Boron) Se ha vuelto un lugar común caracterizar al nuevo gobierno de Jair Bolsonaro como “fascista”.  Esto, a mi juicio, constituye un grave error. El fascismo no se deriva de las características de un líder político por más que en los tests de personalidad –o en las actitudes de su vida cotidiana, como en el caso de Bolsonaro- se compruebe un aplastante predominio de actitudes reaccionarias, fanáticas, sexistas, xenofóbicas y racistas. Esto era lo que medían los sociólogos y psicólogos sociales estadounidenses a la salida de la Segunda Guerra Mundial con la famosa “Escala F”, donde la efe se refería al fascismo. Se pensaba en esos momentos,  y algunos todavía alimentan esa creencia, que el fascismo era la cristalización en el plano del Estado y la vida política de personalidades desquiciadas, portadoras de graves psicopatologías, que por razones circunstanciales se habían encaramado al poder. La intencionalidad política de esta operación era obvia: para el pensamiento convencional y para las ciencias sociales de la época la catástrofe del fascismo y el nazismo debían  ser atribuidas al papel de algunos individuos: la paranoia de Hitler o los delirios de grandeza de Mussolini. El sistema, es decir, el capitalismo y sus contradicciones, era inocente y no tenía responsabilidad alguna ante el holocausto de la Segunda Guerra Mundial.



Descartada esa visión hay quienes insisten que la presencia de movimientos o inclusive partidos políticos de clara inspiración fascista inevitablemente teñirán de modo indeleble al gobierno de Bolsonaro. Otro error: tampoco son ellas las que definen la naturaleza profunda de una forma estatal como el fascismo. En el primer peronismo de los años cuarenta así como en el varguismo brasileño pululaban en los círculos cercanos al poder varias organizaciones y personajes fascistas o fascistoides. Pero ni el peronismo ni el varguismo construyeron un Estado fascista. El peronismo clásico fue, usando la conceptualización gramsciana, un caso de “Cesarismo progresivo” al cual sólo observadores muy prejuiciados pudieron caracterizar como fascista debido a la presencia en él de grupos y personas tributarios de esa ideología. Esos eran fascistas pero el gobierno de Perón no lo fue. Viniendo a nuestra época: Donald Trump es un fascista, hablando de su personalidad,  pero el gobierno de EEUU no lo es.

Desde la perspectiva del materialismo histórico al fascismo no lo definen personalidades ni grupos. Es una forma excepcional del Estado capitalista, con características absolutamente únicas e irrepetibles. Irrumpió cuando su modo ideal de dominación, la democracia burguesa, se enfrentó a una gravísima crisis en el período transcurrido entre la Primera y la Segunda Guerra mundiales. Por eso decimos que es una “categoría histórica” y que ya no podrá reproducirse porque las condiciones que hicieron posible su surgimiento han desaparecido para siempre. 


 ¿Cuáles fueron las condiciones tan especiales que demarcaron lo que podríamos llamar “la era del fascismo”, ausentes en el momento actual, En primer lugar el fascismo fue la fórmula política con la cual un bloque dominante hegemonizado por una burguesía nacional resolvió por la vía reaccionaria y despótica una crisis de hegemonía causada por la inédita movilización insurreccional de las clases subalternas y la profundización del disenso al interior del bloque dominante a la salida de la Primera Guerra Mundial. Para colmo, esas burguesías en Alemania e Italia bregaban por lograr un lugar en el reparto del mundo colonial y las enfrentaba con las potencias dominantes en el terreno internacional, principalmente el Reino Unido y Francia. El resultado: la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en la era de la transnacionalización  y la financiarización del capital y el predominio de mega-corporaciones que operan a escala planetaria la burguesía nacional yace en el cementerio de las viejas clases dominantes.  Su lugar lo ocupa ahora una burguesía imperial y multinacional, que ha subordinado fagocitado a sus congéneres nacionales (incluyendo las de los países del capitalismo desarrollado) y actúa en el tablero mundial con una unidad de mando que periódicamente se reúne en Davos para trazar estrategias globales de acumulación y dominación política. Y sin burguesía nacional no hay régimen fascista por ausencia de su principal protagonista.

Segundo, los regímenes fascistas fueron radicalmente estatistas. No sólo descreían de las políticas liberales sino que eran abiertamente antagónicos a ellas. Su política económica fue intervencionista, expandiendo el rango de las empresas públicas, protegiendo a las del sector privado nacional y estableciendo un férreo proteccionismo en el comercio exterior. Además, la reorganización de los aparatos estatales exigida para enfrentar las amenazas de la insurgencia popular y la discordia entre “los de arriba” proyectó a un lugar de prominencia en el Estado a la policía política, los servicios de inteligencia y las oficinas de propaganda. Imposible que Bolsonaro intente algo de ese tipo dadas la actual estructura y complejidad del Estado brasileño, máxime cuando su política económica reposará en las manos de un Chicago “boy” y ha proclamado a los cuatro vientos su intención de liberalizar la vida económica.

Tercero, los fascismos europeos fueron regímenes de organización y movilización de masas, especialmente de capas medias. A la vez que perseguían y destruían las organizaciones sindicales del proletariado encuadraban vastos movimientos de las amenazadas capas medias y, en el caso italiano, llevando estos esfuerzos al ámbito obrero y dando origen a un sindicalismo vertical y subordinado a los mandatos del gobierno. O sea, la vida social fue “corporativizada” y hecha obediente a las órdenes emanadas “desde arriba”. Bolsonaro, en cambio, acentuará la despolitización -infelizmente iniciada cuando el gobierno de Lula cayó en la trampa tecnocrática y creyó que el “ruido” de la política espantaría a los mercados-  y profundizará la disgregación y atomización de la sociedad brasileña, la privatización de la vida pública, la vuelta de mujeres y hombres a sus casas, sus templos y sus trabajos para cumplir sus roles tradicionales. Todo esto se sitúa  en las antípodas del fascismo.

Cuarto, los fascismos fueron Estados rabiosamente nacionalistas. Pugnaban por redefinir a su favor el “reparto del mundo” lo que los enfrentó comercial y militarmente con las potencias dominantes. El nacionalismo de Bolsonaro, en cambio, es retórica insustancial, pura verborrea sin consecuencias prácticas. Su “proyecto nacional” es convertir a Brasil en el lacayo favorito de Washington en América Latina y el Caribe, desplazando a Colombia del deshonroso lugar de la “Israel sudamericana”. Lejos de ser reafirmación del interés nacional brasileño el bolsonarismo es el nombre del intento, esperamos que infructuoso, de total sometimiento y recolonización del Brasil bajo la égida de Estados Unidos.

Pero, dicho todo esto: ¿significa que el régimen de Bolsonaro se abstendrá de aplicar las brutales políticas represivas que caracterizaron a los fascismos europeos. ¡De ninguna manera! Lo dijimos antes, en la época de las dictaduras genocidas “cívico-militares”: estos regímenes pueden ser –salvando el caso de la Shoa ejecutada por Hitler- aún más atroces que los fascismos europeos. Los treinta mil detenidos-desaparecidos en la Argentina y la generalización de formas execrables de tortura y ejecución de prisioneros ilustran la perversa malignidad que pueden adquirir esos regímenes; la fenomenal tasa de detención por cien mil habitantes que caracterizó a la dictadura uruguaya no tiene parangón a nivel mundial; Gramsci sobrevivió once años en las mazmorras del fascismo italiano y en la Argentina hubiera sido arrojado al mar como tantos otros días después de su detención. Por eso, la renuencia a calificar al gobierno de Bolsonaro como fascista no tiene la menor intención de edulcorar la imagen de un personaje surgido de las cloacas de la política brasileña; o de un gobierno que será fuente de enormes sufrimientos para el pueblo brasileño y para toda América Latina. Será un régimen parecido a las más sanguinarias dictaduras militares conocidas en el pasado, pero no será fascista. Perseguirá, encarcelará y asesinará sin merced a quienes resistan sus atropellos. Las libertades serán coartadas y la cultura sometida a una persecución sin precedentes para erradica “la ideología de género” y cualquier variante de pensamiento crítico. Toda persona u organización que se le oponga será blanco de su odio y su furia. Los Sin Tierra, los Sin Techo, los movimientos de mujeres, los LGTBI, los sindicatos obreros, los movimientos estudiantiles, las organizaciones de las favelas, todo será objeto de su frenesí represivo.

Pero Bolsonaro no las tiene todas consigo y tropezará con muchas resistencias, si bien inorgánicas y desorganizadas al principio. Pero sus contradicciones son muchas y muy graves: el empresariado    –o la “burguesía autóctona”, que no nacional, como decía el Che- se opondrá a la apertura económica porque sería despedazado por la competencia china; los militares en actividad no quieren ni oír hablar de una incursión en tierras venezolanas para ofrecer su sangre a una invasión decidida por Donald Trump en función de los intereses nacionales de Estados Unidos; y las fuerzas populares,  aún en su dispersión actual no se dejarán avasallar tan fácilmente. Además, comienzan a aparecer graves denuncias de corrupción contra este falso “outsider” de la política que estuvo durante veintiocho años como diputado en el Congreso de Brasil, siendo testigo o partícipe de todas las componendas que se urdieron durante esos años. Por lo tanto, sería bueno que recordara lo ocurrido con otro Torquemada brasileño: Fernando Collor de Melo, que como Bolsonaro llegó en los noventas con el fervor de un cruzado de la restauración moral y terminó sus días como presidente con un fugaz paso por el Palacio del Planalto. Pronto podremos saber qué futuro le espera al nuevo gobierno, pero el pronóstico no es muy favorable y la inestabilidad y las turbulencias estarán a la orden del día en Brasil. Habrá que estar preparados, porque la dinámica política puede adquirir una velocidad relampagueante y el campo popular debe poder reaccionar a tiempo. Por eso el objetivo de esta reflexión no fue entretenerse en una distinción académica en torno a las diversas formas de dominio despótico en el capitalismo sino contribuir a una precisa caracterización del enemigo, sin lo cual jamás se lo podrá combatir exitosamente. Y es importantísimo derrotarlo antes de que haga demasiado daño.


 
Este personaje, no será otro Girólamo Savonarola, que llegó a purificar Florencia de sus pecados y terminó en la hoguera




2019

Comienza un año muy particular: se cumplen 60 años del triunfo de la Revolución Cubana. Para mí es una fecha muy especial y la conmemoración de esa gran victoria popular y la derrota del imperialismo norteamericano eclipsan cualquier otro tipo de consideración, sea personal, institucional o colectiva. Esa victoria convierte, en este caso, las salutaciones tradicionales de fin de año en una tontería. Con la Revolución Cubana Nuestra América salió de la prehistoria y comenzó a escribir su propia historia. La luz irradiada aquel 1° de Enero de 1959  llega potente y vibrante hasta nuestros días gracias al internacionalismo, la solidaridad y la porfiada y difícil construcción del socialismo aún bajo las peores condiciones posibles. 

Si la historia lo absolvió a Fidel, como premonitoriamente lo había anunciado,  la tenaz resistencia de la Revolución Cubana ante las agresiones del mayor imperio de la historia, del más poderoso ejército jamás conocido, convirtieron a esa isla heroica en un  luminoso ejemplo para todo el mundo. Pese a sesenta años de agresiones y de un criminal bloqueo integral en su contra, ejemplo único en la historia universal, Cuba sigue siendo una fuente de inspiración para todos los que luchan contra la injusticia , la confirmación de que no estamos irremisiblemente condenados a ser colonias de un imperio que ha perpetrado las mayores atrocidades de las que se tenga noticia. Hiroshima y Nagasaki son crímenes sin parangón pese a lo cual ningún presidente estadounidense tuvo la entereza moral de asumir y, por lo menos, enviar una nota al pueblo japonés diciendo aunque sea una sola palabra:  “perdón”.  ¡Nada! 


Contra esa monstruosa impunidad ha luchado Cuba, para honor de los pueblos de Nuestra América y para eterna deshonra de tantos malos gobiernos que optaron, y todavía optan, por arrastrarse ante el Goliat vencido que echar su suerte, como diría Martí, con el David valeroso e inteligente que de la mano de Fidel, del Che, de Raúl, de Camilo, de Haydé, de Vilma, de tantos y tantas revolucionarios y revolucionarias de Cuba, brindaron a la humanidad un ejemplo que, en este año que comienza brilla con renovada fuerza moral. Por eso esta breve recordación y este poco convencional mensaje de fin de año, y una invitación para ver este corto video de Fidel con sabias palabras dichas cuando, desintegrada la Unión Soviética, la isla rebelde quedó sola frente al imperio, y salió airosa de tan crucial desafío.
 Feliz Año Nuevo, ni un paso atrás en nuestras luchas  y … ¡Hasta la victoria siempre! 



https://www.youtube.com/watch?v=8GQYDhOKgXk

(Por Atilio A. Boron) ¿Qué más decir a todo lo que decenas de amigos han ya dicho sobre él? Se nos fue uno de aquellos "imprescindibles", como decía Brecht, de esos que luchan día y noche, sin parar, sin desanimarse, sin jamás bajar los brazos. Fue un historiador que, a diferencia de la mayoría de sus colegas, supo salir de su gabinete, y escribir la historia real de los oprimidos y los aniquilados. No se conformó con catalogar datos e informes sino que se metió en la piel viva de las víctimas, recorrió sus lugares, sus refugios, sus estancias y fábricas. Reivindicó sus luchas con inigualable rigor porque su total identificación con los ignotos hacedores de la historia le permitió ver lo que estaba más allá del horizonte de visibilidad de los historiadores académicos. Fue un hombre de los pueblos y un hombre de ciencia a la vez; diría, y estoy seguro que algunos me criticarán por esto, que fue el más eminente de nuestros historiadores contemporáneos. Bayer hizo para la Argentina lo que Howard Zinn hiciera para los Estados Unidos al escribir su monumental "Historia del pueblo de Estados Unidos", infelizmente traducida al castellano con un título que no le hace honor y desvirtúa al original: "La otra historia de los Estados Unidos". Los animaba la misma pasión por el comunismo anárquico, el mismo odio contra el sistema capitalista que impone su "orden" y su "falsa civilización" instaurando las formas más sádicas y despiadadas de la barbarie, que Osvaldo registró minuciosamente. Y por eso uno y otro fueron ninguneados aquí y allá; pero la honda huella que dejaron con sus historias contadas desde abajo y para los de abajo perdurará para siempre.

La inagotable pasión de Bayer y su permanente combate y denuncia a la injusticia; su fecunda intransigencia que no hizo concesión alguna a los opresores; su certero diagnóstico de los momentos históricos que, a diferencia de tantos, le salvó de extraviarse ante los camaleónicos cambios de piel de las clases dominantes; su valentía al develar los crímenes ocultos por la historia oficial y denunciar el genocidio de la Campaña del Desierto, en el siglo diecinueve, tanto como su posterior reiteración en el veinte, en la Patagonia trágica y en otros acontecimientos que marcaron las luchas populares a lo largo de ese siglo, todo este legado fue escrito como un inmenso proyecto de educación popular, de lucha contra-hegemónica, de concientización contestataria. La cátedra, el periodismo, el cine, los debates públicos: todo era válido para llevar adelante su misión como un “intelectual público” descorriendo el telón de mentiras de la mal llamada “historia patria” -un relato escandaloso de los vencedores que esconden sus crímenes bajo un manto de falacias y negaciones- y mostrar la historia real de los pueblos. Por eso Bayer se preocupó para que toda esa inmensa obra no quedase encerrada en los claustros académicos sino que llegara a la sociedad en su conjunto. Y al cabo de largos años de prédica lo consiguió. Cambió lo que parecía imposible de cambiar reivindicando el papel de nuestros pueblos originarios, de las peonadas rurales de la Patagonia, de los obreros en las grandes ciudades, y denunciando a las instituciones opresoras del Estado burgués y a quienes perpetraban los crímenes (los Julio A. Roca, Federico Rauch, Héctor B. Varela, Ramón L. Falcón y tantos otros).
Complemento necesario de esa labor fue la reivindicación histórica de quienes, ante la absoluta inacción y complicidad de la Justicia y el Estado por tanta masacre, se convirtieron en sus vengadores. (Simón Radowitzky, Kurt Gustav Wilckens, Severino di Giovanni).
Bayer cambió radicalmente nuestra visión del pasado e iluminó los rincones oscuros del presente. No sólo como historiador. También por su ininterrumpida militancia en las mejores causas populares que conoció la Argentina, rechazando todo sectarismo y entregándose sin reservas a toda lucha en contra el capital y sus representantes sin importar quién la convocara. Una pena inmensa su partida. Pero hay un destello de esperanza, en medio de tanta tristeza: Osvaldo dejó una legión de jóvenes que hace ya tiempo han comenzado a dar continuidad a su obra. Es el mejor homenaje que podemos brindar a sus luchas y su memoria.
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En recuerdo a su memoria dejo a continuación el enlace de un libro que a pedido del Instituto Espacio para la Memoria, creado a instancias de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires pero desgraciadamente disuelto por una decisión mayoritaria de ese órgano con el voto conjunto del PRO y el FpV en mayo del 2014. La razón: incluir al IEM en un proyecto que incluía el traspaso de los sitios de memoria del ámbito de la Ciudad de Buenos al gobierno nacional, con las consecuencias fáciles de comprender.
En su momento el IEM encargó a algunos investigadores realizar un estudio sobre el terrorismo de estado en la Argentina. Se crearon dos grupos de trabajo: uno destinado a relevar las raíces históricas del terrorismo de Estado en la Argentina. Integraban ese grupo Osvaldo Bayer, Julio Gambina y Atilio Boron .El otro, versaba sobre el discurso político del terrorismo de Estado, y estaba conformado por Elvira Barillaro y Francisca La Greca. El Instituto Espacio para la Memoria regresa sin el Estado
La obra puede leerse aquí:

https://docs.google.com/file/d/0Bx2YC3gJbq2TSUs1dUJRUlBrMGc/edit




25.12.2018
Comparto este breve prólogo que escribiera para este interesantísimo libro sobre la “antipolítica”, el posibilismo, el realismo en la política de izquierda y el papel (y los límites) del autonomismo en América Latina. O sea, un libro para despertar polémicas y combatir el sopor vacacional.



P r ó l o g o

         Es para mí motivo de honda satisfacción el haber sido invitado para escribir unas pocas líneas a modo de prólogo de un texto como éste, que aborda algunos de los principales desafíos que atribulan a la izquierda latinoamericana -y en cierta medida también la europea- en el momento actual.[1] En efecto, enfrentamos una feroz arremetida del imperio que procura desandar en Latinoamérica el camino iniciado, en su fase más reciente, con el triunfo de Hugo Chávez Frías en las elecciones presidenciales venezolanas de 1998. El objetivo de máxima, sin embargo, va más lejos: arrasar también con todo el acumulado histórico, con el aprendizaje de los pueblos y las enseñanzas de las luchas populares desatadas en todo el continente a partir del triunfo de la Revolución Cubana acaecido casi cuarenta años antes. El ataque del imperialismo, orquestado conjuntamente con los secuaces locales que medran por toda la región, obtuvo algunos éxitos pero también sufrió algunas derrotas. Entre los primeros, una evidente ralentización de la dinámica transformadora que supieron tener las experiencias progresistas sobre todo en Venezuela, Bolivia y Ecuador, potenciada sin duda por al boom en los precios de las commodities latinoamericanas. En el caso del Ecuador la desaceleración se convirtió de súbito en retroceso cuando el sucesor de Rafael Correa, Lenín Moreno, consumó una infame traición vendiendo la Revolución Ciudadana y sus conquistas al mejor postor y sin ningún tipo de escrúpulos. En Venezuela, el ataque del imperio en sórdida complicidad con sucesivos gobiernos colombianos ha traspasado también todo límite moral. Violentas insurrecciones, asesinatos a mansalva, destrucción de propiedades públicas y privadas, incendio de personas por el sólo delito de “portación de cara” chavista son algunos de los jalones de esta brutal contraofensiva que se combinan con una implacable guerra económica destinada a instigar, como consecuencia de las privaciones que ocasionan, el desencanto y la furia de las masas populares contra el gobierno abriendo el camino para que la burguesía imperial norteamericana se apodere, de una vez y para siempre, del petróleo y las riquezas mineras de Venezuela. Sin embargo, pese a ello, el gobierno bolivariano se ha mantenido firme en el poder rechazando a pie firme todos esos embates. En Bolivia la campaña de desprestigio y demonización de Evo Morales no ha hecho sino aumentar con el paso del tiempo y nada autoriza a pensar que la situación podría revertirse en vísperas de las cruciales elecciones presidenciales del 2019. Mientras, Cuba resiste una renovada agresión norteamericana lanzada por Donald Trump que puso fin a la relativa normalización de relaciones inaugurada por Barack Obama en 2015.

Los gobiernos que constituían la versión más moderada de este ciclo progresista y de izquierda: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay no escaparon a las iras del imperio. Las heridas causadas por la derrota del ALCA en Mar del Plata en el 2005 aún no cicatrizan, y los gobiernos progresistas de Argentina y Brasil desempeñaron, según la Casa Blanca, un papel decisivo para la victoria estratégica concebida por Fidel y Chávez. Y eso el imperio no lo olvida ni mucho menos perdona, como lo prueban la destitución de Dilma Rousseff, la cárcel de Luis Inacio “Lula” da Silva y el acoso de Cristina Fernández. En Paraguay Fernando Lugo fue destituido en una escandalosa farsa legislativa y judicial –un juicio político “express”- que se consumó en menos de veinticuatro horas. En Brasil el proceso fue más largo, pero terminó con la ilegal, anticonstitucional e ilegítima remoción del gobierno de Dilma. En ambos casos, la embajada de Estados Unidos estaba bajo el mando de un mismo personaje: Liliana Ayalde, lo que no deja de ser  una curiosa coincidencia, máxime si se toma nota de que en la actualidad dicha funcionaria es nada menos que la jefa civil del Comando Sur. Los casos de Paraguay y Brasil muestran la eficacia del “lawfare” administrado tras bambalinas por “la embajada” (como lo prueban ad nauseam las filtraciones publicada por el Wikileaks) e inaugurado algunos años antes, en el 2009, en Honduras, y que tuviera como resultado el derrocamiento del presidente José Manuel “Mel” Zelaya. En la Argentina la inesperada victoria de Mauricio Macri allanó el camino para la recolonización norteamericana del país y la profundización de su dependencia. Todo, por supuesto, con la bendición de la Casa Blanca que ha apoyado sin retaceos el co-gobierno entre el FMI y Cambiemos, con las nefastas consecuencias de sobras conocidas. Sólo Uruguay permanece fiel al impulso inicial, si bien apelando a una cautelosa moderación en casi todas sus políticas.


         Pero, como decíamos más arriba, no todo fue retroceso y derrota. Los designios del imperialismo tropezaron con escollos inesperados: trataron durante sesenta años de derrocar a la Revolución Cubana y no pudieron. Creían que Venezuela volvería a ser una colonia yankee y el chavismo resiste y resiste. Confiaban en que se habían anexado México luego de 36 años ininterrumpidos de co-gobierno entre el FMI, el PRI y el PAN y en las recientes elecciones presidenciales triunfó quien no debía triunfar, el hombre al cual le habían arrojado infinidad de dardos envenenados
               –populista y “castro-chavista” lo vituperaba la pandilla de embaucadores profesionales dirigida por Mario Vargas Llosa desde el “house organ” de la derecha en España-  que se reproducían en infinidad de medios de comunicación latinoamericanos.  Sus monigotes en Brasil no tienen condiciones de competir con Lula, y en el Perú su lacayo Pedro Pablo Kuczynski tuvo que renunciar acusado de corrupción. Y en Colombia la izquierda entró por primera vez en su historia a la segunda vuelta de la elección presidencial y obtuvo casi ocho millones y medio de votos, cuando apenas cuatro años atrás alcanzaba a duras penas el millón y medio. Derrotas, sí, pero también algunos triunfos resonantes.

         En este delicado contexto regional no podría ser más urgente  plantearse el tema que Romano y Díaz Parra encaran en su escrito: ¿Qué hacer? se preguntan, retomando la clásica interrogante de V. I. Lenin. Al igual que éste lo hiciera en su libro, la indagación de nuestros autores transita por dos vías: una, por la cuestión ideológica; otra, por la crucial problemática de la organización. En línea con lo que tantas veces observara el revolucionario ruso la única arma de que disponen las masas plebeyas es su organización. Pero vivimos en una época en donde la ideología dominante predica, para los dominados (no así para los opresores) las virtudes de la antipolítica, lo novedoso, la no-organización y del impulso espontáneo de los sujetos políticos, modo subrepticio de rendir culto a un componente central del neoliberalismo: el individualismo, el “sálvese quien pueda” y al margen de cualquier estrategia de acción colectiva. En un pasaje de su libro nuestros autores observan con justeza que “el partido político acaba asimilado a una coalición electoral y el sindicato a una asociación profesional … (al paso que) el vacío dejado por las organizaciones revolucionarias va siendo cubierto en unas ocasiones por las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y en otras por las iglesias evangelistas, mientras que incluso las protestas y las manifestaciones adquieren un carácter cada vez más apolítico … con su hartazgo de la política”, todo lo cual remata en la imposibilidad de cualquier transformación sea en la política como en la economía. La política aparece como insanablemente corrupta y perversa, y el capitalismo como un baluarte inexpugnable e invencible. El sueño de Francis Fukuyama, o sea nuestra pesadilla, hechos realidad. Ante ello, lo único sensato que puede hacer la ciudadanía es volverle la espalda a la vida pública, privatizarse, ensimismarse en la satisfacción de sus necesidades y tramitar su vida cotidiana a través del mercado. Olvidarse de partidos, sindicatos y movimiento obrero es la voz de orden. La ideología es un anacronismo, y el ideal comunista es reemplazado por el ideal consumista. La degradación del ciudadano lo convierte en consumidor, las más de las veces de bienes que jamás estarán a su alcance. Escapar de este callejón sin salida exige romper con la cultura dominante y visualizar los contornos de una alternativa post o anticapitalista -que, las grandes usinas ideológicas del neoliberalismo bien se cuidan de ocultar, o descartar como mortíferas “utopías”- y concebir las formas organizativas apropiadas para el logro de ese objetivo.

         La izquierda latinoamericana lleva décadas empeñada en una laboriosa reconstrucción para salir de este atolladero. Hasta ahora los esfuerzos, aseguran Romano y Díaz Parra, no han dado buenos frutos y la razón es clara y distinta: la perniciosa influencia del posmodernismo como cultura dominante del tardocapitalismo que se expresa a través de dos variantes: el autonomismo y el posibilismo, o falso realismo de izquierda.[2] Los autores aseguran con razón que ambos terminaron siendo colonizados por el sesgo antipolítico y el fatalismo capitalista de la ideología dominante. El autonomismo, porque su ciega fe en la eficacia del espontaneísmo y de un “basismo” que desprecia la organización (no sólo el modelo de partido leninista de1902 sino de cualquier forma de organización) ante un enemigo de clase que planifica y se organiza de manera extraordinaria esteriliza todos sus esfuerzos y lo condena a una parroquial irrelevancia, una fuga hacia una catarsis privada de toda potencialidad transformadora. Otro tanto ocurre con el posibilismo o falso realismo de izquierda porque al postergar sine die la lucha contra el capitalismo y el imperialismo queda atrapado en las redes del sistema, asfixiado por sus múltiples dispositivos y sin ninguna potencialidad estructuralmente transformadora.

          ¿Dónde encontrar la salida? Con muy buen tino nuestros autores se abstienen de dar una receta. Ninguna revolución y ningún gran movimiento social se constituyó a partir de un libreto previamente escrito. Si algo distingue a los procesos revolucionarios es su irreductible originalidad. Obvio que siempre habrá algunos elementos comunes en todas aquellas fuerzas que se proponen abolir al capitalismo y combatir al imperialismo. Pero lo que las distingue siempre es su originalidad: la Revolución Rusa lo fue, como también lo fue la Revolución China, la Vietnamita, la Cubana, la Bolivariana y todas las demás. La revolución no puede ser calco y copia, decía con razón Mariátegui, anticipando lo que sobrevendría hacia el final del siglo veinte.
El General Suharto, luego dictador de Indonesia, en los días del golpe contra Sukarno y el lanzamiento del Plan Jakarta

         Las formas organizativas que impulsarán la revolución anticapitalista que necesita la humanidad para, según insistiera Fidel, salvarse del seguro apocalipsis al que la condena el capitalismo serán producto de la praxis histórica de los pueblos, de su rebeldía, de sus tradiciones de lucha, del valor y la clarividencia de sus líderes. Pero algunos componentes tendrán que estar presentes, pues de lo contrario jamás se podrá llegar a tomar el cielo por asalto. Eso no se logrará sin una aceitada y democrática organización del campo popular; sin una adecuada estrategia general de lucha y de largo aliento; sin tácticas correctas y eficaces para acumular fuerzas en cada coyuntura; sin apelar a todas las formas de lucha, como hace la burguesía; sin una preparación ideológica de las masas, librando esa batalla de ideas que, una vez más, requería Fidel tras los pasos de Martí y Gramsci; sin abandonar definitivamente los cantos de sirena que aseguran que se puede cambiar el mundo sin tomar el poder; sin dejar de pensar por un minuto que la conquista del poder del estado (¡y no sólo del gobierno!) es el problema principal de la revolución; sin tener en claro que en las degradadas periferias del capitalismo mundializado el antiimperialismo es el corazón de cualquier tentativa emancipadora; y sin olvidar que la derecha, que se opondrá con todas sus fuerzas al proceso revolucionario, estará permanentemente al acecho y que en caso de que logre prevalecer no dudará un minuto en pasar por las armas a los revolucionarios. Para quienes piensen que estoy exagerando los invito a recordar lo que fue la dictadura cívico-militar argentina entre 1976 y 1983; o la Operación Cóndor en la América Latina de los setentas; o las continuas matanzas de luchadores sociales en países como México, Brasil o Colombia, entre los más virulentos; o lo que fueron las invasiones en Irak y Libia, o lo que está ocurriendo hoy mismo en Siria o, para quienes desconocen esa experiencia, lo ocurrido con el Plan Jakarta puesto en marcha por el gobierno de Estados Unidos en 1965  en Indonesia, con los militares que exterminaron, uno a uno, a por lo menos 500.000 miembros del Partido Comunista o acusados de serlo y partidarios además del gobierno nacionalista de izquierda de Sukarno.[3] Quienes realmente estén dispuestos a librar una lucha contra el capitalismo y el imperialismo deberían tener siempre presente contra qué clase de enemigo están luchando y lo que es capaz de hacer. Y reflexionar sobre los temas que con tanta lucidez y espíritu anticapitalista exponen Romano y Díaz Parra en su libro.

Buenos Aires, 31 de Agosto de 2018
          





[1] Al hablar de la “izquierda latinoamericana” los autores son conscientes de que se trata de un conglomerado muy heterogéneo y que ciertas interpretaciones que se hacen en este libro -y con las cuales estamos de acuerdo-  no necesariamente se aplican por igual a todos los casos. Son válidas para la mayoría pero, por suerte, aún sobreviven organizaciones políticas de izquierda que se resisten a arriar las banderas del anticapitalismo y el antiimperialismo. Además, habría que hilar fino para diferenciar entre gobiernos de izquierda y fuerzas políticas y movimientos sociales de izquierda. Pero el argumento que se desarrolla en estas páginas conserva toda su validez en su planteamiento más general.
[2] A estos podríamos agregar una tercera variante: el infantilismo izquierdista, expresado principal si bien no exclusivamente, por distintas ramas del trotskismo que deslumbradas ante la belleza de la inminente revolución pierden por completo de vista al actor principal del drama latinoamericano: el imperialismo, y se refugian en su gueto político a la espera de la hora final cuando irrumpirá la revolución “químicamente pura.” De ahí su generalizada repulsa a los gobiernos y fuerzas políticas que en los últimos años libraron batalla contra aquél, fulminados todos por igual con el mote de “reformistas”. 
[3] Como consta en los documentos de la Embajada de Estados Unidos en Jakarta y que fueron desclasificados en el 2017. Algunas otras fuentes elevan considerablemente el número de esa matanza hasta unos tres millones. Ver estos y otros datos oficiales del gobierno de Estados Unidos en https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/indonesia/2017-10-17/indonesia-mass-murder-1965-us-embassy-files

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