EL INFORME BACHELET, o la incomodidad del eclecticismo progresista ante la Revolución Bolivariana
M. Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos

A continuación publico este lúcido análisis de mi amigo Matías Bosch que, digno sucesor de su abuelo Juan, somete a dura y fundada crítica al lastimoso informe de la ex presidenta Michelle Bachelet sobre la situación de Venezuela. Hago mías, sin excepción alguna, las palabras de Matías que por eso comparto en este espacio y pido que sean ampliamente difundidas.

“Me extraña, señora Bachelet”
Me extraña, señora Bachelet, que hablara usted hoy de criminalización de la protesta en Venezuela. 
Me ha dejado casi convencido de que aluciné cuando recordaba que siendo usted Presidenta, Carabineros de Chile frente a La Moneda y en toda la Alameda hasta Santa Lucía, bombardeó con gases, agua y detenciones una manifestación de trabajadores en la que yo participaba. Lanzaban chorros de gases en la cara de maestros y maestras que sólo sostenían pancartas.
Teníamos que correr y escondernos en el laberinto de las calles París y Londres para no ser detenidos. Y como esa, se pueden contar decenas de veces.
Logré recordar también las marchas de los "pingüinos" defendiéndose de la arremetida policial. Estudiantes de secundaria tratados como "vándalos", incluso detenidos, por estar protestando en nombre del básico derecho humano y social (eso que usted hoy defiende sobre Venezuela) a una educación pública de calidad e igualitaria. En los albores de su mandato de 2006 usted aún no izaba la bandera de la gratuidad educativa, que fue peleada en las calles a pesar suyo y de sus ministros de Educación e Interior.
Me di cuenta que no alucino cuando leí sus párrafos sobre la "etnia" (se dice pueblo) warao en Venezuela ... pues recordé a Matías Catrileo Quezada, mapuche baleado por la policía bajo su mandato, y recordé a Johnny Cariqueo Yañez, muerto tras una brutal golpiza policíaca, y Jaime Facundo Mendoza Collío, otro mapuche, asesinado por la espalda por un policía, todos durante su presidencia. ¿Ha asumido usted alguna cuota de responsabilidad por ello alguna vez?
Un alcalde con una playera que demuestra que hay "dictadura" en Venezuela. Sigue en su puesto sin problemas. Seguramente la señora Bachelet habrá visto a muchos alcaldes que salían en Chile con una playera que decía "Pinochet HDP"
Por demás, resulta a lo sumo curioso que su informe sobre Venezuela recoja como "conclusiones" y "hallazgos" lo que son frases textuales que se pueden encontrar en twitts y retwitts suyos y su equipo de HACE CASI UN MES ATRÁS (24 de febrero 2019) ¿Capacidad sobrenatural de premonición que la ciencia no conoce?

Señora Bachelet: es impresionante que una persona del rango y prestigio internacional que Usted ostenta, asevere que las primeras sanciones se impusieron a Venezuela en 2017, cuando iniciaron mucho antes, por órdenes de Obama. También lo es que base sus afirmaciones en cosas como "según encuestas", "presuntamente", "me preocupa", "me inquieta", "se conoce"; todo un documento lleno de aseveraciones sin ofrecer una sola fuente, pero a la vez diciendo que un equipo "de su oficina" está en Venezuela (para el cual vuelve a pedir garantías, dejando insinuado que no las tiene) ¿Qué hace ese equipo que seguro cobra muy bien, y apenas puede llegar a mandarle una lista de conjeturas, sin aportar una sola información corroborable? ¿Cómo no se hace cargo -ni siquiera por elegancia- de las sospechas de un sabotaje al sistema eléctrico vinculado al apagón general de días pasados?
Sobre la crisis del sistema de salud -y mire que usted es médica y fue ministra de salud- eso ya lo han dicho otros organismos, incluyendo el serio cuadro materno-infantil y de enfermedades infecto-contagiosas. Y sin embargo siendo organizaciones más pequeñas y limitadas, y sin la RESPONSABILIDAD GLOBAL DE USTED Y DE LA ONU, han hecho INFORMES MUCHO MÁS SERIOS y sin la ambigüedad política de este "informe".

"¡Hay que acabar con este chavista!", decían los opositores a la "dictadura" de Maduro y le prendieron fuego al joven

Usted, señora Bachelet, se anima a decir que Venezuela es hoy "inquietante factor de desestabilización regional", faltando poco para dejar dicho que representa una causal de intervención humanitaria. Lo que su correlegionario de ideas, Rodríguez Zapatero, desmiente en todos lados, y su supuesto adversario, Piñera, proclama a los cuatro vientos. ¿Acaso quedó ya lejos la Michelle Bachelet que se interpuso al golpe en Bolivia y que acogió con honores en La Moneda al derrocado Manuel Zelaya?

Lamentable es que usted, señora Bachelet, mujer, latinoamericana e hija de un general digno asesinado por el golpe cívico-militar de Pinochet, la derecha chilena, el Gobierno de Nixon y la CIA, se maneje de tal forma en este escenario de un país amenazado con una invasión de EEUU y otros países vecinos, gobernados hoy por aventureros y piratas como Bolsonaro y Duque, que podrían llevarnos sin temor a una conflagración regional, como se perpetró contra República Dominicana en 1965 y se intentó hacer de la mano de Uribe entre 2007 y 2008. Que quede claro: nada de esto busca ser argumento "ad hominem" o "ad feminem" para desviar la atención hacia usted y relativizar la gravedad de la situación, sea en el país que sea.
Cualquier violación de Derechos Humanos de cualquier Estado debe ser condenada. El sufrimiento y las injusticias contra todo pueblo debe indignarnos; así nos enseñaron Allende y el Che.
Solo que uno debe reclamar que los informes y hallazgos de este calibre cumplan un mínimo de seriedad, ecuanimidad y honestidad metodológica y ética, para no ser armas destructivas disfrazadas de legalidad. Más cuando está en juego todo lo que Trump y compañía planean, y los derechos de millones de personas por las que usted debe abogar. Ahí está Haití esperando que alguien se digne a asumir la responsabilidad de la ONU en el crimen en masa de la epidemia del cólera. Quien mejor que usted para hacerlo, con su participación directa en la presencia de los Cascos Azules en ese país.
Dos cosas si quiero reconocerle: Que prometió un informe de verdad en junio, y eso esperaremos en lugar del cuasi panfleto de hoy.

Protesta "pacífica" de la oposición a la "dictadura" de Maduro

Y que aunque su informe trató la grave situación de otros países, incluyendo Colombia, toda la orquesta mass-media solo habla de ... Venezuela.
Eso claramente no es culpa suya, señora Bachelet, pero debió haber tomado en cuenta en qué canasta caen los huevos que va a lanzar. En una posición como la suya, uno sí está obligado a saber siempre para quién trabaja.

*Matías Bosch Carcuro
Desde Nuestra América
20 de marzo 2019*


 https://twitter.com/atilioboron/status/1108439818806218756

Andá a esta dirección y verás un videíto de poco más de dos minutos donde se plantean las preguntas fundamentales y sus respectivas respuestas.




BRASIL URGENTE!!!! Vean la entrevista que le hice a Joao Pedro Stedile en el marco de la Asamblea Internacional de los Pueblos. JP aporta datos muy interesantes y poco conocidos. Ir a



https://www.youtube.com/watch?time_continue=89&v=QkxLuDIfb74





(Por Atilio A. Boron) El fiasco en que ha terminado la bochornosa operación del autoproclamado “presidente interino” de Venezuela y el revés que la mafia anticastrista y sus operadores (los Marco Rubio, Ileana Ros-Lehtinen, Bob Menéndez y compañía) sufrieron en el referendo constitucional cubano han exacerbado la beligerancia del gobierno de Estados Unidos. Derrotado en ambos escenarios ahora está considerando aplicar la sección 110 del Tercer Capítulo de la Ley Helms-Burton, misma que establece un bloqueo integral sobre Cuba y que es eufemísticamente denominada "Ley para la Libertad y la solidaridad democrática cubanas.” Esta monstruosidad jurídica, atentatoria de la legalidad internacional, instituye una “prohibición de la importación y el comercio de productos cubanos” y según allí se estipula se “se prohíbe la entrada de mercancías a los Estados Unidos y su comercio fuera de los Estados Unidos, si esas mercancías: (1) son de origen cubano; (2) están o estuvieron en Cuba o se transportaron desde ese país o por su conducto; o (3) se confeccionan o derivan en su totalidad o en parte de cualquier producto que se cultive, elabore o fabrique en Cuba.”



Visto lo anterior queremos compartir una propuesta concreta para la militancia antiimperialista: Si la Casa Blanca avanza en la aplicación de esta legislación injerencista en contra de Venezuela, Cuba, Nicaragua o cualquier otro país será imprescindible e impostergable organizar un boicot a escala internacional para contrarrestar esa agresión. Nada mejor que un llamamiento  a  los pueblos del mundo para que se abstengan de comprar cualquier producto -sean bienes como, en lo posible, servicios- de origen estadounidense, que, tal cual lo establece la Helms-Burton para Cuba estén o hayan estado en Estados Unidos o fueron transportaron desde ese país o por su conducto; o se confeccionan o derivan en su totalidad o en parte de cualquier producto que se cultive, elabore o fabrique en Estados Unidos.



Ante la inoperancia de las Naciones Unidas y la complicidad de los gobiernos de los países europeos, serviles hasta el hartazgo con el Nerón americano -capaz de incendiar un continente con tal de favorecer los negocios de sus amigos, aliados y las megacorporaciones de su país- es el deber de la hora organizar una contraofensiva para desbaratar esta nueva arremetida imperial. Las discusiones y acuerdos tomados en la Asamblea Internacional de los Pueblos recientemente reunida en Caracas han señalado que este es el camino. Es preciso comenzar a transitarlo cuanto antes y aplicarle a Washington la medicina que con tanta alevosía aplica en contra de Cuba. Más que nunca es necesario recordar las preclaras observaciones de José Martí cuando advertía que “estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada … las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.” Y remataba su razonamiento de esta manera: “¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas.” No desoigamos el consejo del Apóstol y pongamos manos a la obra. Veremos cuánto tiempo aguanta el imperio un boicot internacional. Cuba sobrevivió a 60 años de bloqueo. Estados Unidos no soportaría ni un año.  






Ariel Dorfman publicó en la edición del 21 de Febrero del 2019  de Página/12 una nota titulada “Palabras de Salvador Allende para Maduro”  en la cual imaginó los consejos que supuestamente el difunto presidente chileno le ofrecería al líder bolivariano para enfrentar exitosamente los desafíos de la actual coyuntura. A continuación, la imaginaria réplica que Allende le dirigiría a su intérprete.


 


(Por Atilio A. Boron) Usted sabe muy bien, querido Ariel Dorfman, que soy respetuoso con los demás pero inflexible en la defensa de mi dignidad personal y la integridad de mis creencias y valores. Y usted ha abusado la confianza que le supe otorgar “imaginando” razonamientos y consejos que yo le podría dar al presidente legítimo de Venezuela que no reconozco como propios. Son suyos, y los respeto, pero no los comparto y le solicito, con amabilidad pero con firmeza, que no me los atribuya a mí. Son demasiadas las tergiversaciones que usted hace de mi pensamiento y los olvidos o silencios en que incurre en su carta. Esto me obliga a escribir estas líneas como un aporte para arrojar cierta luz sobre la enorme confusión que, desgraciadamente, hoy se ha instalado en la izquierda de nuestro país y que la induce a adoptar posturas incompatibles con su noble tradición anticapitalista y antiimperialista.

Como usted sabe, yo soy médico, y como tal nunca limité mi conducta profesional al mero estudio de las manifestaciones externas de una enfermedad. Debía, y siempre lo hice, buscar el origen, sus causas. Y lo misma actitud mantuve a lo largo de toda mi vida política. Voy al grano. En su imaginaria carta al presidente Nicolás Maduro usted dice que el “experimento chileno –llegar al socialismo por medios pacíficos– se encontraba asediado, padeciendo formidables problemas económicos, aunque nada en comparación con el desastre humanitario que aqueja a Venezuela.”  Le confieso que me sorprende que un hombre de su talento haya obviado toda mención a las causas que se encuentran en el origen de las innegables dificultades económicas que agobian a Venezuela. Y que, además, haya asumido sin beneficio de inventario la propaganda maliciosa y perversa -como la que sufrí durante mi gobierno-  que le impide preguntarse si es cierto, como lo asegura la prensa dominada por el imperialismo, que ese país quise sufre un “desastre humanitario.” Esta expresión, cargada de maligna intencionalidad política, evoca las lacerantes imágenes que hemos visto producto de la agresión norteamericana en Irak, Siria, Yemen, Afganistán o, antes, en los Balcanes. Pero nada semejante existe en la tierra de Bolívar. ¿Desequilibrio entre salarios y precios? Seguro. ¿Hiperinflación? También. ¿Especulación, acaparamiento de bienes esenciales, mercado negro como tuvimos en Chile? De acuerdo. Pero también está la ayuda alimentaria que otorga el gobierno a través de las cajas CLAP (por Comité Local de Abastecimiento y Precios) que cada tres semanas entrega a millones de familias. Esas cajas contienen diez rubros básicos de alimentación a un irrisorio costo de unos veinte centavos de dólar.  ¿Salarios bajos? Sí. Pero también precios extravagantemente bajos, de regalo, en alimentos básicos, electricidad, gas, gasolina, transporte. No obstante,  es cierto que esto no alcanza; que subsisten muchos problemas, que se cometieron errores en el manejo macroeconómico, así como que no se procedió –hasta ahora- a combatir con el rigor necesario a la corrupción que infecta tanto a los agentes económicos privados como algunos sectores del aparato estatal.  Pero hablar de “desastre humanitario” es un disparate y convalidar desde la izquierda el discurso sedicioso de la derecha. Además,  ¿cuál es el origen de este desorden?  

Su respuesta a esta pregunta es decepcionante y jamás podría serme atribuida en cuanto señala como la causa de todos estos males al gobierno bolivariano al tiempo que ignora por completo el pérfido accionar del imperialismo norteamericano. No es un dato anecdótico que en su fantasiosa reconstrucción de mi pensamiento la palabra “imperialismo”, tantas veces utilizada a lo largo de mi vida política para denunciar la prepotencia yankee en América Latina sobre todo durante mis años como presidente de Chile, brille por su ausencia. Su asimilación del  pensamiento dominante lo impulsa a equiparar la ofensiva que en mi contra desatara aquel perverso dúo conformado por Richard Nixon y Henry Kissinger con la que hoy lanzan Donald Trump, Mike Pence, Mike Pompeo, Elliot Abrams, John Bolton, Juan Cruz y compañía. Se equivoca de medio a medio. La Casa Blanca está hoy poblada por hampones y sicarios, alguno de los cuales son asesinos seriales –Abrams, ex convicto indultado por George Bush padre es el caso más extremo pero está  lejos de ser la excepción- mientras que en mi época tenía que vérmelas con reaccionarios pero no con gangsters. Además, no puede usted desconocer que los métodos de sometimiento del imperialismo, lesivos como fueron en nuestro caso, son hoy incomparablemente más virulentos y brutales. ¿No vió acaso la filmación del linchamiento de Gadafi y la nauseabunda carcajada de HIllary  Clinton al recibir la noticia? ¿Usted cree que en algún momento Nixon hizo un llamado a las fuerzas armadas chilenas para que consumaran un golpe de estado? No. Pero Trump lo hace, y esta diferencia no es una nimiedad que pueda pasar desapercibida para un hombre de su inteligencia. En nuestro gobierno nacionalizamos el cobre, la banca, vastos sectores industriales, regulamos los mercados e hicimos la reforma agraria y jamás tuvimos que enfrentar algo semejante a las tremendas “sanciones económicas” que hoy padece el gobierno de Maduro. Teníamos muchas dificultades pero podíamos importar repuestos, medicamentos, alimentos, insumos esenciales para nuestra economía; nadie confiscaba nuestros activos en el exterior como se ha hecho con total atropello a la legalidad misma de Estados Unidos y del derecho internacional en el caso de PdVSA y sus subsidiarias; pese a las tensiones con Washington comerciábamos libremente con el resto del mundo y Europa no nos cerraba sus puertas. Tampoco compartíamos una larga frontera con un país cuyo gobierno se hubiera  convertido en un “proxy” de Estados Unidos (como desgraciadamente ocurre hoy con Colombia) y desde el cual se fomentara el contrabando de bienes básicos y se destruyera nuestra moneda.  Y ni siquiera un bandido como Nixon se atrevió a emitir una orden ejecutiva como la que, para su eterno deshonor, produjera el presidente Barack Obama el 9 de Marzo del 2015 declarando que Estados Unidos se enfrentaba a una “emergencia nacional” a consecuencia de la “amenaza inusual y extraordinaria” que Venezuela representaba para la “seguridad nacional y la política exterior” de Estados Unidos. Resumiendo: el papel del gobierno de Estados Unidos y sus cómplices europeos (el oro robado por el Banco de Inglaterra es apenas un ejemplo de tantos) ha sido una causa principalísima –por cierto que no la única- para producir la crisis económica que afecta a Venezuela y las penurias de su pueblo. Bajo tales condiciones es casi imposible construir una gobernanza macroeconómica eficiente o políticas estatales adecuadas toda vez que las principales variables no están controladas por el gobierno bolivariano sino por el de Estados Unidos. ¿No le parece que estas diferencias tendría usted que haberlas considerado cuando equiparó, a la ligera, las presiones que el imperialismo aplicó hace medio siglo contra el gobierno de la Unidad Popular con las que ejerce en nuestros días sobre la Venezuela bolivariana, muchísimo más duras y demoledoras?

Habiendo establecido esta distinción pasemos a la política. Es   cierto que en mi gobierno nunca se restringieron “los derechos de asamblea y prensa, ni menos encarceló a opositores.” ¡Pero tampoco lo hizo Maduro! ¿Cómo puede acusar de tal cosa al presidente  bolivariano, cómo puede acusarlo de “dictador” –cosa en la cual desgraciadamente coinciden vastos sectores de la extraviada izquierda  chilena y latinoamericana- cuando en las sangrientas “guarimbas” del 2014 y 2017 debió enfrentarse a una oposición que quemaba vivas a personas por “portación de cara chavista”, atacaba con bombas incendiarias jardines infantiles y hospitales, destruía la propiedad pública y privada, erigía barricadas que restringían totalmente el libre tránsito de las personas, obligadas a permanecer en sus hogares y no concurrir a sus trabajos so pena de ser ajusticiadas en el acto, disparaba con armas de fuego a quienes desobedecían sus órdenes o a las fuerzas encargadas de mantener el orden público? Todo esto, además, con el aplauso de la derecha mundial y la prensa canalla elevando a la categoría de “combatientes por la libertad” a los falsos líderes “democráticos” que promovían abiertamente la violencia sediciosa. Usted que lleva décadas viviendo en Estados Unidos, ¿cuál cree que sería la respuesta de la Casa Blanca ante una situación como la que acabo de describir? ¿Consideraría como “dictador” al presidente que hiciera todo lo posible para restablecer el orden público? No hay presos políticos en Venezuela. Sí hay políticos presos, algo totalmente distinto. Es más, le aseguro que algunos de esos políticos presos, autores intelectuales de disturbios que ocasionaron centenares de muertes en 2014 y 2017, están sufriendo condenas leves en Venezuela mientras en otros países, Estados Unidos por ejemplo, estarían sentenciados a cadena perpetua o condenados a la pena capital.

En cuanto a la libertad de reunión y expresión, el “presidente encargado” Juan Guaidó –un títere sedicioso manejado a voluntad por Washington- mantuvo en la sede de la Asamblea Nacional en Caracas, a pocas cuadras del Palacio de Miraflores donde despacha el supuesto “dictador” Nicolás Maduro, reuniones periódicas con personalidades de la política y la cultura venezolanas que acudían sin ser acosados por las autoridades. Hay fotos en los cuales se testifica esto de manera irrefutable. Este mediocre impostor puede citar a conferencias de prensa, otorgar entrevistas por radio y televisión, entrar y salir del país sin ser molestado ni él ni su familia. Los dirigentes de la oposición circulan por las calles de Caracas sin ser molestados –le consta personalmente a un amigo mío que anduvo por allí estos días y tropezó con varios de sus líderes en las inmediaciones de la Asamblea Nacional- y desarrollan sus actividades políticas sin cortapisas. ¿Podía hacer eso la oposición chilena bajo la dictadura de Pinochet? ¿Se imagina usted lo que le hubiera ocurrido a quien, en medio de una intoxicación alcohólica, se hubiese encaramado a una tarima y autoproclamado “presidente encargado” de Chile? ¿O que hubiera salido al exterior y promovido una invasión de “guarimberos” contra su propio país, como en estos días se hace en el puente internacional Simón Bolívar, para luego iniciar una gira dizque presidencial por Brasil, Paraguay y Argentina en un avión de la Fuerza Aérea Colombiana? La dictadura lo hubiera apresado, torturado y ejecutado sin piedad en cuestión de días. Pero ahí anda Guaidó, jugando a ser el presidente de nada, mandando sobre nadie, ignorado y ridiculizado en su país aún por los opositores de Maduro, y contando para ello con la colaboración del turbio narcogobierno de Iván Duque que pone un avión a su disposición y la lambisconería de personajes del bajo mundo de la política latinoamericana como Mauricio Macri, Jair Bolsonaro y Mario Abdo Benítez.

Mire Ariel, hágase un favor a usted mismo: vaya a Venezuela,  alójese en un hotel de cinco estrellas y examine la grilla de canales de televisión que podrá ver desde su habitación. Allí notará la presencia de casi todos los canales internacionales que satanizan al gobierno de Maduro –CNN, Televisión Española, TV de Chile, etcétera- y la estruendosa ausencia de Telesur, la única señal televisiva que ofrece una visión alternativa a la dominante en la conspiración mediática. Y la feroz “dictadura” de Maduro nada hace para obligar a los cableoperadores a incluir en su grilla a Telesur.  En ese confortable hotel también podrá ver a una mayoría de canales nacionales despotricando permanentemente contra el gobierno? ¿Usted cree que tal cosa puede ocurrir bajo una dictadura? Pero no se quede en el hotel. Salga y camine por las calles de Caracas, o cualquier otra ciudad. Dígame si ve, como en casi toda América Latina, familias enteras durmiendo en la calle o niños pidiendo limosna o sacando comida de la basura. Por mi pasada investidura presidencial me abstendré de nombrar países en los cuales cosas como esas forman parte del paisaje cotidiano, pero usted sabe muy bien a cuáles me estoy refiriendo. Vaya a las barriadas populares de Caracas: a Petare, la 23 de Enero, métase en el metro y hable con los pasajeros. Los caribeños son muy extrovertidos y le evacuarán todas sus dudas. Criticarán al gobierno por la carestía, los bajos salarios, se quejarán de la ineficiencia en algunos sectores de la administración pública, de la corrupción en otros, pero no encontrará muchos que le digan que quieren ser gobernados por un presidente impuesto por los gringos como a diario miente la prensa concentrada, o que les vengan a quitar su petróleo y sus riquezas naturales, como explícitamente lo anunciaran Trump y Bolton. Es más, comprobará, como lo hicieron varios amigos míos recientemente, que ante la desfachatez de la agresión de la Casa Blanca el sentimiento antiimperialista y chavista se ha fortalecido considerablemente a pesar de las penurias económicas. Hágame caso: vaya, vea, hable y sobre todo escuche. Escuche a la gente y olvídese de los medios de comunicación hegemónicos, todos comprados o alquilados por el poder corporativo mundial para envenenar a la sociedad con “fake news”, “posverdades” y blindajes mediáticos que ocultan la fenomenal inmoralidad y corrupción de los supuestos salvadores de la democracia venezolana, dentro y fuera de ese país. Y olvídese también del “saber oficial” de la academia, tanto en Estados Unidos como en Europa y América Latina, que en su escandalosa capitulación se ha convertido en una agencia de propaganda al servicio de los peores intereses de las clases dominantes del imperio.


  .
Usted se permitió aconsejarle al presidente Maduro, en mi nombre, que haga lo que yo traté de hacer y no pude: convocar “a un plebiscito para que el pueblo decidiera el rumbo futuro de la patria. Si yo perdía, renunciaría a la Presidencia y se llevarían a cabo nuevas elecciones.” ¿No se enteró usted que entre mediados del 2017 y comienzos del 2018 se intentó llegar a un arreglo institucional en negociaciones sostenidas en Santo Domingo bajo la dirección de José Luis Rodríguez Zapatero y que en el momento de sellar el acuerdo una orden del presidente Trump hizo que los representantes de la MUD, la Mesa de Unidad Democrática de la oposición, abandonaran presurosos el recinto cuando se estaba a punto de firmar el documento final en presencia del ex presidente del gobierno español y de Danilo Medina, el presidente de República Dominicana? ¿Ignora usted que el gobierno de Estados Unidos y sus operadores dentro de Venezuela han dicho hasta el cansancio que no quieren elecciones sino la “salida” de Maduro, el tan anhelado “cambio de régimen”, a quien incluso amenazan con asesinarlo, como lo ha hecho Marco Rubio, un verdadero “malandro oficial” como diría la canción de Chico Buarque, en un infame tuit emitido recientemente. Pero suponiendo que aquel acuerdo de Santo Domingo hubiera prosperado, ¿cree usted sinceramente que la derecha y el imperialismo aceptarían el veredicto de las urnas en el más que probable caso de un nuevo triunfo del chavismo? Recuerde lo que pasó conmigo: el golpe se produjo precisamente para evitar la realización de un plebiscito que hubiera ratificado mi gestión en el palacio de La Moneda. ¿Cree que sería diferente en el caso del presidente Maduro? No se puede ser tan ingenuo.

Otra cosa: siempre fui un demócrata, pero jamás un adorador de la concepción burguesa de la democracia. He sido un marxista a lo largo de toda mi vida y, fiel a esa teoría, sé que la lucha de clases es el motor de la historia, y que sus efectos son tan irresistibles como la ley de la gravedad. Ese es uno de los más notables olvidos de su carta, a los que me refería al inicio. Sé que para la burguesía la democracia es tolerable en la medida en que no afecte sus intereses. Cuando esto ocurre la destruye sin más trámite y sin remordimiento alguno y erige en su lugar regímenes despóticos, fascistas, racistas que restauren el orden amenazado. La historia de mi gobierno comprueba irrefutablemente la omnipresencia y la excepcional gravitación de la lucha de clases. Por eso apoyé desde el principio a la Revolución Cubana, porque ví que allí nacía una nueva forma de democracia con justicia social. También supe que no era ese el modelo que se podía aplicar en Chile porque las historias, instituciones, fuerzas sociales y tradiciones políticas de ambos países eran muy diferentes. Pero rápidamente me convencí que la democracia radical, de base, instituida en la isla rebelde era tan válida como nuestra “vía chilena al socialismo.” Y por las mismas razones acepté, aun ejerciendo la presidencia del Senado chileno, ser presidente de la OLAS, la Organización Latinoamericana de Solidaridad creada por Fidel en 1967  para apoyar las luchas por la liberación nacional que se estaban librando en el Tercer Mundo, y en particular la del Che Guevara en Bolivia. Y por eso colaboré en garantizar la salida, sanos y salvos, de los hombres que acompañaron al Che en la guerrilla de Ñancahuazú así como de los seis jóvenes argentinos fugados de la cárcel de Trelew, donde estaban detenidos por su oposición armada a la dictadura reinante en ese país. Y por esas mismas razones invité a Fidel a realizar una extensa visita a Chile, que despertó los peores odios de la derecha y el imperialismo.  Por eso creo que tiene razón Maduro cuando me considera como el precursor del ciclo de izquierda relanzado en Latinoamérica con la elección de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en diciembre de 1998. Y por la misma razón discrepo radicalmente con usted cuando afirma que haber sacrificado “mi vida por la democracia y una revolución pacífica es un ejemplo leal y luminoso para los pueblos sedientos de libertad y justicia social.” En política no se trata de crear santos o héroes dispuestos a inmolarse sino de construir sociedades más justas y libres, tarea ardua y erizada de peligros bajo el capitalismo y las presiones del imperialismo. Por ningún motivo le recomendaría al presidente Maduro hacer virtud de lo que en mi caso fue una desgraciada necesidad, producto de la debilidad de mi gobierno frente a la coalición reaccionaria  y de la incapacidad de la izquierda para calibrar en sus justos términos la naturaleza perversa y tiránica de los sectores oligárquicos chilenos y sus mentores norteamericanos. Mi muerte en La Moneda, como la del Che en Bolivia, fue una convocatoria a la lucha para abrir las grandes alamedas, no para fomentar el derrotismo y la resignación ante las fuerzas más retardatarias de nuestras sociedades.

Imgen reiteradamente publicada por el diario El Mercurio mostrando a Allende como presidente del Senado de Chile y presidente de la OLAS, como guerrillero y como parlamentario

Habida cuenta de todo lo anterior es que le exijo no prosiga usted hablando en mi nombre. Si todo lo que he expuesto no le resulta convincente persista en su prédica, pero hágalo a nombre propio y no en el mío. Nadie, ni aún quienes participaron en mi gobierno, incluida la dirección del Partido Socialista, del cual fui fundador, o llevan mi apellido, o participan en este lamentable extravío que afecta a vastos sectores de la izquierda chilena, construida a base de más de cien años de esfuerzos, sacrificios, cárceles y persecuciones de todo tipo, tiene derecho a bastardear el legado político que sellé con mi sangre en La Moneda. Y no puedo ocultarle el profundo dolor que me embarga al ver en esta tremenda coyuntura venezolana, cuando el gobierno bolivariano se enfrenta a un “tránsito histórico” como el que yo aludiera en mi postrero mensaje al pueblo chileno, que usted tome partido junto a los Vargas Llosa (padre e hijo), Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza, Enrique Krauze, Jorge Castañeda y toda la derecha “bienpensante” y complaciente de Latinoamérica amparada, financiada y promovida por la NED, la Open Society Foundation y la enorme red de fundaciones y ONGs que sirven de vehículos para la dominación cultural del imperialismo. O que su nombre figure al lado de Macri, Bolsonaro y Abdo Benítez. Preferiría verlo en el otro bando, donde se agrupan quienes creen que en este momento o se está con un gobierno surgido del voto popular, que acabó con el analfabetismo, extendió como nunca antes la salud pública, entregó más de dos millones y medio de viviendas a su pueblo y recuperó las riquezas naturales de su país, ganó en 23 de las 25 elecciones convocadas desde su llegada al poder (y si tiene dudas acerca de ellas hable con Jimmy Carter que podrá ilustrarlo al respecto);  o se está con Trump y sus lacayos dentro y fuera de Venezuela y cuyo excluyente objetivo es apoderarse del petróleo, del oro y del coltan, entre otros recursos naturales estratégicos, que se encentran en demasía en territorio venezolano. Y espero que no insulte mi inteligencia afirmando que el objetivo del intervencionismo norteamericano es establecer el imperio de la justicia, la libertad, los derechos humanos y la democracia. Muéstreme un país en donde tal cosa haya ocurrido. ¿Honduras, Granada, Panamá, Brasil en 1964, Chile después de 1973? ¿Irak, Afganistán, Yemen? Lo que los mueve a propiciar este tipo de políticas de “cambio de régimen” es su afán por apoderarse de recursos naturales cada vez más escasos y posicionarse más favorablemente en el complejo tablero geopolítico internacional. Todo a costa del sometimiento de nuestros pueblos y al avasallamiento de la soberanía y autodeterminación nacionales.

Confío en que podrá usted abstraerse de las opiniones dominantes en Estados Unidos y, por proyección casi “natural” en sus países satélites de Europa y Latinoamérica y el Caribe, tan fuertemente influidas por la dictadura mediática que nos agobia en todo el mundo, y pueda someter a revisión las ideas que ha expuesto como si fueran mías y no lo son. En el pasado usted escribió algunas páginas notables que enriquecieron el pensamiento crítico latinoamericano. Vuelva a sus orígenes porque ha perdido el norte. Su imaginaria reconstrucción de mi pensamiento es una inadmisible desvirtuación de mis ideas. Por eso le reitero: diga lo que quiera, pero no en mi nombre. Y esto no es un favor que estoy pidiendo sino una exigencia nacida del respeto que merece mi trayectoria, mi coherencia  política y la vida que ofrendé por ser leal a mis ideas y a mi pueblo.
Espero fervientemente que pueda usted recapacitar y retomar el rumbo que lo llevó a acompañarme en mi proyecto de gobierno.

Atentamente,

Salvador Allende Gossens



(Por Atilio A. Boron) El pasado fin de semana fue terrible para la Casa Blanca y sus impresentables capataces del sur del río Bravo, el apropiadamente llamado “Cartel” de Lima dada la estrecha vinculación que algunos de los gobiernos que lo integran mantienen con el narcotráfico, especialmente el colombiano y, antes del advenimiento de López Obrador, el de Peña Nieto en México. El sábado los estrategas estadounidenses decidieron organizar, para el 23 de Febrero, un concierto con algunas de las celebridades consagradas por la industria musical maiamera. El evento atrajo a unas 25.000 personas, la décima parte de lo esperado, divididas jerárquicamente en dos categorías claramente demarcadas. El sector VIP donde fueron a parar presidentes –Duque, Piñera, Abdo Benítez-  ministros y jerarcas del  Cartel y, doscientos metros más atrás (sic!) el resto del público.  (ver:  https://www.laiguana.tv/articulos/438246-concierto-aid-live-fotos-tarima-vip-publico-general/ ) El organizador y financista del espectáculo fue el magnate británico Richard Branson, un conocido evasor de impuestos y acosador sexual que contrató a una serie de cantantes y grupos de derecha entre los cuales Reymar Perdomo, "El Puma" Rodríguez,  Chino, Ricardo Montaner, Diego Torres, Miguel Bosé, Maluma, Nacho, Luis Fonsi, Carlos Vives, Juan Luis Guerra, Juanes, Maná y Alejandro Sanz, que compitieron con fiereza para ver quién se llevaba el Oscar el lambiscón mayor del imperio. 

            Este concierto se suponía que crearía el clima necesario para facilitar el ingreso de la “ayuda humanitaria” preparada en Cúcuta por los estadounidenses y sus sirvientes del gobierno colombiano. Pero no fue así, y por varias razones. Primero, porque tal como lo afirmara la Cruz Roja,sólo puede enviarse ese tipo de ayuda, cuidadosamente fiscalizada (cosa que no se hizo, además) si el gobierno del país que va a recibir cargamento lo solicita. En el mismo sentido se explayó el Secretario General de la ONU, Antonio Gutérrez. Y, segundo, porque el gobierno bolivariano no lo hizo porque sabía muy bien que Estados Unidos utiliza esa “ayuda” para introducir espías, agentes encubiertos disfrazados de médicos y asistentes sociales y para-militares en el territorio de sus enemigos y, por supuesto,  no iba a consentir esa movida. Además, si efectivamente la Casa Blanca tuviera un interés genuino en ofrecer una ayuda para aliviar los sufrimientos de la población venezolana tiene en sus manos un recurso mucho más sencillo y efectivo: levantar las sanciones con las cuales ha estado agobiando a la República Bolivariana; o abolir el veto que imponen a las relaciones comerciales internacionales; o devolver los enormes activos de las empresas públicas de ese país confiscados, en un acto que sólo puede calificarse como un robo, por decisión del gobierno de Donald Trump o de autoridades como las del Banco de Inglaterra que se apropió del oro venezolano depositado en su tesoro valuado en algo más de 1.700 millones de dólares. La rabiosa reacción de la derecha ante el fracaso de la operación “ayuda humanitaria” fue tremenda. El propio narcopresidente Iván Duque saludaba desde las alturas del puente internacional a las bandas de delincuentes contratados para producir desmanes mientras preparaban sus bombas molotov y aceitaban sus armas. Cuando ante la firme resistencia de civiles y militares bolivarianos se consumó el fracaso del operativo norteamericano el lumpenaje, protegido por la Policía Nacional de Colombia, tomó al puente por asalto y procedió a incendiar a los camiones que traían la “ayuda humanitaria”. Como era previsible, la prensa culpó del hecho al gobierno venezolano: ahí están las fotos publicadas por toda la canalla mediática mundial con el correspondiente epígrafe satanizando la barbarie chavista y ocultando a los verdaderos responsables de la barbarie. (ver video sobre el tema en: https://youtu.be/fxTDm11_rmE) Mientras tanto,  en perfecta coordinación, los ocupantes de una tanqueta de la policía bolivariana arremete contra las vallas que había en el puente para facilitar la “espontánea” deserción de tres policías buscando asilo en la tranquila y próspera Colombia.  La prensa, empero, nada dijo de los atentos “directores de escena” que, desde el lado colombiano del puente, les indicaban a los desertores cómo debían actuar, por donde entrar,  qué decir y les gritaban “¡levanta el arma, levanta el arma!” para que quedara en evidencia que eran policías o militares bolivarianos que huían de la “dictadura” de Maduro. Todo esto está rotundamente documentado en un video que, por supuesto, la “prensa seria” se ha cuidado muy bien de reproducir. (ver https://twitter.com/OrlenysOV/status/1099505029663412224?s=19 )
En resumen, un fiasco diplomático descomunal e  inocultable que, para desgracia de la tropa comandada por Trump sería apenas el preludio de otro aún peor.

Nos referimos a la tan publicitada reunión del Cartel de Lima en Bogotá, que para su eterno deshonor fue presidida por el Vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, cosa de que quede bien establecida la naturaleza patriótica y democrática de la oposición venezolana. El vice de Trump llegó a Bogotá para reunirse, en patética demostración de la vertiginosa declinación del otrora enorme poderío estadounidense en la región, con un grupo de segundones . En otras épocas, la llegada de un emisario de altísimo nivel de la Casa Blanca hubiera desatado un arrollador “efecto manada” y uno tras otros los nefastos presidentes neocoloniales hubieran corrido en tropel para llegar lo antes posible al besamanos oficial. Pero los tiempos han cambiado y Pence sólo pudo estrechar manos con su desprestigiado anfitrión y con el cómico bufón del magnate neoyorkino, el autoproclamado “Presidente Encargado”  Juan Guaidó. El resto eran gentes de rango inferior:  cancilleres e inclusive vice-cancilleres que con las mejores caras de circunstancias escucharon, con fingida solemnidad, la lectura del acta de defunción del plan golpista estadounidense y, casi con seguridad, del propio Cartel de Lima, habida cuenta de su comprobada inutilidad. El documento, leído con desgano y en medio de un clima deprimente, volvía todo a fojas cero y re-enviaba la cuestión al laberinto sin salida del Consejo de Seguridad de la ONU. Un fracaso gigantesco del gobierno de Estados Unidos en un área que algún troglodita del norte llamó no sólo su “patio trasero” sino su “puerta trasera”.  Los plazos para la “salida” de Maduro (primero planteados por Pedro Sánchez, desde Madrid y luego reiterados por Trump, Pompeo, Pence, Bolton y todos los hampones que hoy se cobijan bajo las alas del presidente norteamericano) se disiparon como una vaporosa niebla matinal bajo el ardiente sol del Caribe venezolano. No sólo eso, ante las evidentes muestras de la declinación  del poder imperial los lacayos neocoloniales optaron por ponerse a salvo del desastre y en un gesto inesperado declararon su oposición a una intervención militar en Venezuela. Los bravos guerreros del sur percibieron que en sus propios países una intervención gringa en Venezuela -aún bajo la infructuosa cobertura de una operación de “fuerzas conjuntas” con militares colombianos o de cualquier otro país- sería impopular y les ocasionaría serios costos políticos y optaron por salvar sus expuestos pellejos y dejar que Washington se encargara del asunto.

¡Qué puede hacer ahora Trump? Víctima de su verborragia y la brutalidad de los torvos gangsters que lo asesoran y aconsejan, ¿extraerá ahora a la última carta del mazo, la opción militar, esta que siempre estuvo sobre la mesa? Difícil que un personaje como él admita tan impresionante derrota diplomática y política sin un gesto violento, una puñalada artera. Por lo tanto, no habría que descartar esa posibilidad aunque creo que la probabilidad de una invasión estilo Santo Domingo 1965 o Panamá 1989 es muy baja. El Pentágono sabe que Venezuela no está desarmada y que una incursión en tierras de Bolívar y Chávez no sería lo mismo que la invasión en la inerme Granada de 1983 y  ocasionaría numerosas bajas entre los invasores.  Escenarios  alternativos: (a) provocar escaramuzas o realizar bombardeos tácticos en la larga e incontrolable  frontera colombo-venezolana; (b) subir un escalón y atacar objetivos militares dentro del territorio venezolano, desafiando empero una represalia bolivariana que podría ser muy destructiva y alcanzar, inclusive, las bases que EEUU tiene en Colombia o las que la OTAN tiene en Aruba y Curazao; o (c) sacrificar a Juan Guaidó, desecharlo debido a la inutilidad de toda la maniobra, y culpar del magnicidio al gobierno bolivariano. Con esto se buscaría crear un clima mundial de repudio que justificaría, con la ayuda de la prensa canalla, una operación militar de vasta envergadura. Claro que esta sería una jugada de altísimo costo político porque la credibilidad que tendría el gobierno de Estados Unidos ante un hecho de este tipo es igual a cero. Si Washington hizo estallar al acorazado Maine en la Bahía de La Habana en 1898 (enviando a la muerte de 254 marineros) para justificar la declaración de guerra contra España y quedarse con Cuba; si para entrar en la Segunda Guerra Mundial el presidente Franklin D. Roosevelt consintió en permitir que la Armada Imperial Japonesa atacara “por sorpresa” a Pearl Harbor en diciembre de 1941 ocasionando la muerte a unos 2500 marineros e hiriendo a otros 1300,  ¿quién podría creer que si algo malo le sucede a Guaidó, que nadie desea, el culpable podría ser otro que el gobierno de Estados Unidos? Los próximos días comenzará a develarse esta incógnita. Lo cierto, sin embargo, es que por ahora toda la operación golpista pergeñada por los hampones de Washington ha ido de fracaso en fracaso.


El imperio parece dispuesto a todo. Amenaza, ruge, insulta, extorsiona, sabotea, miente, difama, moviliza a su tropa latinoamericana y europea, gobernantes que dan verguenza y que son repudiados por sus pueblos convertidos de la noche a la mañana en vestales y custodios de la democracia, la libertad, la justicia y los derechos humanos. Pero hasta ahora no han podido, y la voluntad de las organizaciones chavistas y su gobierno ha sido indoblegable. Necesitamos TODA LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL QUE SEA POSIBLE .


Si esta brutal ofensiva de un gobierno como el de Trump que ha proseguido y profundizado la política seguida por Barack Obama, "el progre" -en realidad, un "nigger Tío Tom" como los afroamericanos caracterizan a los de su etnia que piensan y actúan como los esclavócratas que los oprimieron por siglos- que preparó el terreno para la agresión actual al emitir una orden presidencial declarando que Venezuela era "una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos,  declaro por medio de la presente una emergencia nacional a los fines de hacer frente a dicha amenaza."
Esta aberrante declaración abrió la puerta a la brutalidad de Trump, menos sofisticado que su predecesor pero igualmente identificado con el proyecto imperial norteamericano que no sólo se propone reapoderarse de Venezuela sino también de Cuba, acabar con el sandinismo en Nicaragua y con Evo en Bolivia y retornar al continente a la situación en que se encontraba en vísperas de la revolución cubana. NO PODEMOS PERMITIR QUE TAL COSA OCURRA. Tantos años de luchas, de sacrificios, de torturas, cárceles, exilios, de vidas ofrendadas altruístamente para construir una nueva sociedad no pueden ser arrojados por la borda ante la prepotencia de la Casa Blanca. Por eso NO HAY OTRA ALTERVATIVA QUE VENCER, que derrotar al imperio que, como decía Martí, sólo reconoce al "derecho bárbaro, como único derecho: esto será nuestro porque lo necesitamos". Necesitan el petróleo, el oro y el coltan de Venezuela y serán capaces de perpetrar cualquier crimen con tal de conseguirlos.


Por primera vez desde el momento más álgido de la Guerra Fría Estados Unidos se siente amenazado. Pero lo de ahora es más grave, porque no es tan sólo un país quien le preocupa (anteriormente era la URSS) sino la enorme convulsión del tablero geopolítico mundial que ha visto surgir nuevos y poderosos centros de poder (China, Rusia, India, Turquía, etcétera) ante el cual EEUU no tiene respuestas: o apelar a la violencia o amenazar con ella. Es un tigre cebado porque perdió en Afganistán, perdió en Irak, no han podido con Irán, perdió en Siria, está perdiendo en Yemen y su única victoria, horrible, inmunda por sus mentiras y su crueldad, fue Libia. Quieren otra, en Nuestra América. Pero no la van a conseguir. Serán derrotados. Ya lo están siendo diplomáticamente. Ya también comienzan a retroceder en el terreno mediático porque su proliferación de "fake news" carcomen su credibilidad. Habrá que mantener la cohesión y el espíritu combativo para infligirles la derrota definitiva que demuestre que Nuestra América ha comenzado a transitar por el camino de la Segunda y Definitiva Independencia.


Un publicista oficial del macrismo, Santiago Kovladoff, ha declarado al diario La Nación que “dejarla morir (a Clásica y Moderna, la hermosa y tradicional librería de la Avenida Callao) es renunciar a que Buenos Aires se reconozca a sí misma”. Corrijo: no es que se la deja morir, la está matando la política económica y cultural del gobierno de Mauricio Macri, que ha obligado a miles de pequeñas y medianas empresas a cerrar sus puertas. Un gobierno saqueador de su pueblo y enemigo jurado de la cultura, la ciencia y la educación. Lo de Clásica y Moderna es simplemente un episodio más de un gobierno que se ha convertido en un asesino serial de la cultura y la ciencia. Lo demuestra lo actuado con el CONICET, con el INTI, con la Biblioteca Nacional, con el Ballet Nacional, con la asfixia financiera de las universidades, con la suspensión de proyectos de alta tecnología como el ARSAT, Atucha III y tantos otros. 

El macrismo y su política cultural. Un caso más y van ...

Hágase cargo, señor Kovladoff, que el gobierno que usted y sus colegas supuestamente “bienpensantes”, republicanos y democráticos defienden con tanto ardor es el culpable de este nuevo crimen cultural. Más pronto que tarde deberán rendir cuentas ante la sociedad por su complicidad ante el “culturicidio” del macrismo.



(Por Atilio A. Boron) Los pestilentes hedores que emanan del Ministerio de Colonias han adquirido proporciones aún más vomitivas después de las recientes expresiones de Luis Almagro en relación a Venezuela y Cuba. El obsecuente peón de la Casa Blanca dijo en  la edición del 17 de Febrero del diario Clarín de Buenos Aires -otro asiduo inquilino de las cloacas del submundo pseudoperiodístico- que “Los venezolanos deben recurrir a la desobediencia civil frente a la dictadura”. (https://www.clarin.com/politica/luis-almagro-venezolanos-deben-recurrir-desobediencia-civil-frente-dictadura_0__YTw7WrmB.html)




Esta apelación lanzada por Almagro se tipifica, en el Derecho moderno, como apología de la violencia y la sedición, crímenes cuya sanción oscila entre cadena perpetua (caso de España) y pena capital como en Estados Unidos. Ninguna de estas dos penalidades las aplica la justicia venezolana contra sus sediciosos, comenzando por el “presidente encargado” Juan Guaidó y siguiendo por todos sus compinches, que incluyen a personajes tan detestables como Julio Borges, Antonio Ledezma o María Corina Machado, que suplican a Washington que no dilate más la liberadora y humanitaria invasión a su propio país.

En sus exabruptos publicados en la prensa de este domingo Almagro dijo entre otras cosas que “Los venezolanos deben de seguir principios gandhianos, deben de hacer desobediencia civil, romper con las prohibiciones de la dictadura. Desbordar a la dictadura de tal forma que las fuerzas militares no puedan resistirse a la movilización de la gente. Obviamente que cuidando a la gente.” La venalidad del Secretario de la OEA va de la mano de su asombrosa ignorancia. Hasta donde yo sepa Gandhi jamás ordenó a los suyos convertir en antorchas humanas a sus oponentes; o tender guayas de alambre de púas para degollar a cualquier motociclista distraído; o atacar jardines infantiles y postas médicas con bombas incendiarias. Nada de esto suena demasiado gandhiano. En cambio, el Gandhi del uruguayo se parece mucho más a Al Capone o a Scarface que al hombre que puso fin a la dominación británica en la India. Pero el bueno de Almagro no es hombre de arredrarse ante las verdades históricas y prosigue impertérrito con el encargo que le hicieran en la Casa Blanca. Mentir, calumniar y difamar son obligaciones que están establecidas en su contrato. Por eso al hablar del gobierno legítimo de Venezuela -que como cualquier otro puede ser mejor o peor; más eficiente o menos eficiente en su gestión- su caracterización es insultante y biliosa: “Son delincuentes atrincherados” –dice mientras con un guiño del ojo busca la aprobación el emperador- y prosigue : “Violadores de derechos humanos y ejecutantes de crímenes de lesa humanidad atrincherados. Narcotraficantes atrincherados.”
Ante tamaño vituperio un lector desprevenido podría creer que ahora el bribón estaría hablando de Álvaro Uribe, su lugarteniente Iván Duque y la pandilla de paramilitares y narcotraficantes que durante décadas vienen asolando Colombia, sembrando de fosas comunes ese país y aniquilando a miles de “falsos positivos”, esos humildes campesinos disfrazados de guerrilleros, fusilados y luego presentados al incauto público como pruebas del éxito de la política criminal de “seguridad democrática” urdida por Uribe. O que Almagro estaría hablando de los “dirigentes democráticos” que en Colombia han asesinado 400 líderes sociales en poco más de un año luego de firmados los “Acuerdos de Paz” llevando destrucción y muerte a lo largo y a lo ancho del país sin que la OEA emitiera condena alguna. Pero no. El monigote basado en Washington se refiere al gobierno bolivariano, al que podrán formularse muchas críticas pero jamás las mismas que a justo título merece la dominación oligárquica en Colombia. Los crímenes perpetrados en este país no tienen paralelo alguno en la Venezuela bolivariana. Pese a lo cual para Almagro el problema es la “dictadura” de Maduro.



            Tanta sucesión de mentiras y “fake news” salidos de la boca de ese esperpento no podría eximir de sus ataques a Cuba y su Revolución. Al definir la situación de Venezuela denuncia, con absoluta irresponsabilidad, la existencia en este país de un verdadero ejército de “22.000 cubanos por delante (¡de las propias tropas bolivarianas!) realizando tareas de inteligencia y represión, entre otras.” Mentira gigantesca pero que, sin embargo, la prensa hegemónica  admite y difunde sin una elemental repregunta que hubiera obligado al bandido con chapa de diplomático a fundamentar su respuesta, cosa que, va de suyo, no hubiera podido hacer. En cambio, el periodista le pide que manifieste su opinión en relación al gobierno de Miguel Díaz-Canel. La respuesta del bribón fue un calco de la que tantas veces repitieran los esbirros de la Casa Blanca: los Pompeo, los Cruz, los Rubio, los Bolton, los Abrams y antes Hillary Clinton: “Miguel Díaz Canel es un eslabón más de un régimen dictatorial-hereditario. Es hoy la personificación de segunda línea de la dictadura jinetera seudo revolucionaria.” La descalificación no sólo es incorrecta de pé a pá, sino sobre todo humillante, inmoral, insultante. Hay que tener una mente carcomida por el odio, revuelta en la basura de los peores instintos tanáticos, y una furia incontenible, demencial y asesina como para caracterizar de ese modo a la Revolución Cubana. Es que para el gobierno de Estados  Unidos y sus despreciables sirvientes Fidel y la epopeya de los moncadistas no merece olvido ni perdón, sólo resentimiento y un enfermizo afán de venganza que lo expresan los amos del norte y sus enfangados lacayos sureños que, al igual que las hienas, se solazan alimentándose de la carroña y los excrementos de la Casa Blanca. Cuando un  personajillo que se ha prostituido integralmente como Almagro habla de una “dictadura jinetera seudo revolucionaria” ejemplifica el fenómeno de la “proyección” descubierto por Sigmund Freud como uno de los mecanismos de defensa mediante el cual un yo atribulado, culpable y neurotizado proyecta en otros la inmundicia de su propia condición. Su prostitución política, su acelerado tránsito de Canciller de Pepe Mujica a jinetero diplomático de la Casa Blanca debe ser intolerable y por eso nada mejor que poner afuera lo que es imposible mantener adentro. Y eso es lo que hace el capataz de Donald Trump.

Lo mismo cabe decir sobre su descalificación del gobierno de la Revolución Cubana como un “régimen dictatorial-hereditario”, lo que revela un profundo desconocimiento del funcionamiento de una democracia participativa, de base, que construye su autoridad de abajo hacia arriba mediante miles y miles de asambleas barriales y en centros de trabajo, todo lo cual otorga al actual presidente de Cuba una impresionante legitimidad popular que poquísimos jefes de estado pueden ostentar en cualquier lugar del mundo. Con sus palabras el mandamás de la OEA no sólo ofende al gobierno de Cuba sino a todo el pueblo cubano.  Pero todo esto no le importa. Lo único que le interesa a Almagro es proseguir con sus mentiras, porque para eso le pagan. Ni una palabra de la tragedia infinita e interminable de Colombia; de la rebelión en marcha en Haití y su sangrienta represión; del holocausto hondureño; de la farsa anticonstitucional del gran estafador ecuatoriano, Lenín Moreno, que delega sus funciones presidenciales en cuatro ignotos personajes imponiendo de hecho un protectorado norteamericano en la noble tierra de Alfaro y Correa. Nada de esto altera la paz en las cloacas del imperio y en ese gigantesco estercolero llamado OEA. El problema hoy es Venezuela y, por extensión Cuba. Para eso lo han encumbrado a la secretaría general del ignominioso Ministerio de Colonias. Por eso descenderá a la historia, más pronto que tarde, para instalarse en la galería de los más nefastos personajes de la historia nuestroamericana.







La crisis venezolana y la confusión de la izquierda.
Carta abierta al Frente Amplio de Chile



(Por Atilio A. Boron) Días pasados, Pablo Vidal, uno de los diputados del partido Revolución Democrática que integra el Frente Amplio de Chile, manifestó en una entrevista ante La Tercera que el presidente Nicolás Maduro era un dictador. Lo que podría haber sido el desafortunado exabrupto de un novel legislador tardó unas pocas horas en revelarse como el síntoma de una grave enfermedad que, de no combatirse de inmediato, clausuraría por largos años la posibilidad de ofrecer una alternativa pos-neoliberal al desprestigiado sistema de partidos políticos imperante en Chile, vástago de la funesta dictadura de Augusto Pinochet. En efecto, sin meditar sobre el significado y los alcances de las palabras de Vidal otros dirigentes del FA salieron en tropel a respaldar sus dichos poniendo en evidencia que su profundo desconocimiento de la historia chilena y de las categorías más elementales del análisis político es una falencia compartida por igual con sus compañeras y compañeros de partido. Porque, ¿cómo es posible que alguien que se propone como una alternativa de izquierda asuma por completo el discurso y la propaganda urdidas por el imperio y la derecha vernácula? Por si hubiera dudas al respecto Vlado Mirosevic, un representante del Partido Liberal –una derecha pura y dura, mal disimulada por una delgada pátina de posmodernismo combinada con un eficaz marketing político- saltó al ruedo para expresar su total acuerdo con el extravío de Vidal. Desgraciadamente en pocas horas el “efecto manada” hizo presa de muchos dirigentes del FA que de modo irreflexivo arrojaron por la borda buena parte de su identidad de izquierda. (Un reporte sobre este asunto se encuentra en https://www.cnnchile.com/pais/diputados-rd-se-alinean-al-calificar-de-dictador-a-nicolas-maduro_20190205/)

Se requiere un elevado nivel de analfabetismo político -para decirlo diplomáticamente- para que un ciudadano o una ciudadana de un país como Chile, que ha sufrido una de las más horrendas dictaduras de que se tenga noticias en el siglo veinte, pueda calificar con los mismos términos a Augusto Pinochet y Nicolás Maduro. No sólo Vidal y sus cofrades han demostrado tener un olímpico desconocimiento de la realidad venezolana sino que, peor aún, otro tanto ocurre con la historia de su propio país. Si la conocieran, porque es su obligación como legisladores o como dirigentes políticos conocerla muy bien, jamás podrían haber cometido una grosería como la que estamos comentando y que no por casualidad fue recibida con enorme alborozo por la canalla mediática, comenzando por la CNN y siguiendo por los demás medios hegemónicos. Como lo comenta con sensatez en su tuit una joven comunista chilena, Florencia Lagos Neumann, “Dictadura es dictadura. Pinochet era dictador, Videla era dictador, Somoza era dictador, Franco era dictador. Si en sus dictaduras hubiera aparecido un loco autoproclamándose presidente a las 2 horas era fusilado y tirado a una fosa común. ¿Se entiende?” La elocuencia de este razonamiento ahorra muchas palabras.

Se pueden decir muchas cosas de Juan Guaidó (la mayoría de las cuales poco honorables) menos que haya padecido inconveniente alguno en su continua prédica sediciosa, o en su convocatoria a la población y las fuerzas armadas para quebrar el orden constitucional o en su infame pedido al gobierno de Estados Unidos para que se inmiscuya activamente en la resolución –sin duda violenta y sin ninguna clase de diálogo político, como lo ha manifestado más de una vez la Casa Blanca- de la crisis que afecta a Venezuela. Su demagógica pregunta, formulada en un acto público callejero, de si alguien le tiene miedo a una guerra civil (y que el público asistente contestó con un resonante no) es de una irresponsabilidad criminal. En cualquier país del mundo –y Chile no es la excepción- un sujeto que obra de esa manera es de inmediato apresado y juzgado perentoriamente a cumplir una larga condena en una cárcel de máxima seguridad. En Estados Unidos podría inclusive ser pasible de la pena capital. Pero nada de eso ocurre en la “dictadura” de Maduro denunciada con un ardor digno de mejores causas por algunos sectores del FA. Una extraña dictadura –como decía Eduardo Galeano hablando de los días de Hugo Chávez en el poder- que permite que un fantoche como Guaidó circule por todo el país sin ser perseguido, que cite a exministros chavistas y se reúna con ellos, a plena luz del día, en el Palacio Legislativo en el centro de Caracas para intercambiar ideas sobre la constitución de un gabinete de su ilusoria “transición”. O que permite que un dirigente responsable de ser el inspirador y autor intelectual de las dos guarimbas que en el 2014 y 2017 dejaron una estela de centenares de muertos, miles de heridos e inmensos daños a la propiedad, nos referimos a  Leopoldo López, aparezca regularmente en diversos programas de radio reproducido y viralizados por las redes sociales y en donde desde su confortable prisión domiciliaria se exhorta a las fuerzas armadas bolivarianas a permitir el ingreso de la “ayuda humanitaria” enviada por Washington. ¿No son éstos, acaso, ejemplos rotundos de la libertad de prensa y de reunión que existe en la Venezuela bolivariana y que ninguna dictadura jamás admitió? ¿Pudo hacer esto la oposición a Pinochet en Chile, o de Videla en la Argentina o de Somoza en Nicaragua? ¿Es posible ignorar una verdad tan elemental como ésta? ¿Cuál es el concepto de “dictadura” que manejan algunos líderes del FA? Confieso mi curiosidad por conocerlo y por saber cuál es el teórico que produjo tan extravagante definición por la cual el venezolano es un dictador y el déspota de Arabia Saudita que masacra al pueble yemení y manda asesinar a un periodista de su país en la sede de su embajada en Turquía no lo es; o que un régimen neofascista y genocida como Israel sea considerado como una ejemplar democracia con la cual Chile debe estrechar sus vínculos sin ninguna clase de reserva pese a su flagrante y sistemática violación de los derechos humanos en los territorios ocupados y su rechazo a todas las resoluciones de Naciones Unidas.   

La conclusión inescapable de esta toma de posición de algunos dirigentes del FA es que su referencia a la cultura de la izquierda y sus centenarias luchas es un lamentable  malentendido; o, en caso de que exista mala fe, un artilugio discursivo y electorero para adquirir respetabilidad ante los sectores dominantes. Una identidad de izquierda tan frágil que se disuelve tan pronto sus representantes deben plantarse frente a los candentes desafíos de la realidad política, esa “lucha de dioses contrapuestos” a la que se refería Max Weber y en la cual no caben las mediatintas ni los “ni-ni” del posmodernismo sea en sus variantes de derecha o de (pseudo)izquierda. Recuerdo unos versos de Víctor Jara cuando cantaba, en los años de la Unidad Popular: “usté no es ná, ni chicha ni limoná”.  Quienes en estos días se unieron alegre e irresponsablemente al discurso del imperialismo y la reacción autóctona corren serio riesgo de convertirse en “ná”, y eso políticamente es un seguro camino al desastre. O, peor aún, convertirse en su contrario y abandonar la empresa histórica de rescatar a Chile de las garras del neoliberalismo. Porque quienes ingresan ruidosamente al ágora con el discurso de “Maduro dictador” ya se colocan, objetivamente y más allá de inconsecuenciales gestos de rebeldía, del lado del imperialismo y la reacción. Tienen que tomar conciencia que al hacerlo se han asociado a lo peor de la política latinoamericana. Están codo a codo con Uribe y Duque, Macri y Bolsonaro, con Hernández y Lenín Moreno, con Almagro y con Santos, con Bolton y Abrams, todos entonando el relato concebido en Estados Unidos y difundido en nuestra lengua por el inigualable maestro en el arte de decir mentiras que parezcan verdades: Mario Vargas Llosa. Ese sector del FA, porque no creo que sea toda esa organización, ingresa en la política latinoamericana de la mano de los herederos de los que ahogaron a sangre y fuego la experiencia pionera de Salvador Allende, y este no es un dato menor ni una simple anécdota. Tomaron partido por ellos, por los vástagos de quienes bombardearon la Moneda, asesinaron a Orlando Letelier, René Schneider, Carlos Prats González, a Pablo Neruda, a Eduardo Frei y condujeron a la muerte a Salvador Allende; también por los que torturaron, mutilaron y ejecutaron cobardemente a Víctor Jara y a miles de chilenas y chilenos; los que organizaron siniestros campos de concentración y caravanas de la muerte, desaparecieron a miles, mataron a otros tantos y enviaron a cientos de miles de sus compatriotas al exilio.

En su asombrosa ignorancia este sector de la dirigencia frentista demuestra desconocer el abc de la filosofía política, ¡y pretenden con tal rudimentario arsenal  teórico conducir a Chile por la senda del progreso y la justicia social!  Incapaces de distinguir lo que es una dictadura, de reconocer la omnipresencia del imperialismo –palabra prohibida en su discurso- o de conocer el dolor y la destrucción que éste provoca con su agresión económica, política, diplomática y mediática a la Venezuela bolivariana se rinden ante el pensamiento único en su fatal empeño por constituirse como una alternativa “moderada” ante la “inmoderada” injusticia que campea en Chile.

Ante el crisol de la crisis venezolana ese sector del FA se funde con la derecha en su maniqueísmo propio de la Guerra Fría, en su cruzada contra los gobiernos que no se arrodillan ante los mandatos de la Casa Blanca (Noam Chomsky dixit) y que son invariablemente  caracterizados por ésta como “dictaduras”. Una izquierda que en su infantilismo cae en la trampa de creer que va a poder resolver la deuda social de la “democracia de (muy) baja intensidad” de Chile, o de su “democradura”, sin enfrentarse con todos los demonios del infierno que saldrán en tropel para aplastar a sangre y fuego a quienes tengan la osadía de pretender cambiar el mundo. Gentes que, en su inexperiencia, creen que la política es un juego caballeresco en donde los reformadores sociales, ni digamos los revolucionarios, van a ser enfrentados con las armas de la legalidad y la institucionalidad por los partidarios del status quo. No basta con que Donald Trump le confiera el rango de presidente legítimo de Venezuela a un fantoche como Juan Guaidó, en abierta violación de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional. Tampoco que John Bolton haya declarado que quiere el petróleo de Venezuela para las empresas estadounidenses. Aunque Trump y Bolton les griten en la cara que en su momento vendrán a apoderarse de los recursos naturales de Chile en su ebriedad posmoderna los que vociferan “Maduro dictador” seguirán pensando que el imperialismo es una fábula de la vieja izquierda, un mito que sobrevive increíblemente en tiempos de la posmodernidad líquida en donde, como decían Marx y Engels en el  Manifiesto Comunista (que esos sectores del FA harían muy bien en leer) “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Todo, sí, menos la lucha de clases y la dominación imperialista. Y si no comprenden esto no han comprendido nada y se disolverán en el aire sin dejar más que un borroso recuerdo, una juvenilia pasajera que prometió ser una brisa renovadora en la política chilena y acabó siendo más de lo mismo.

Admito que algunos sectores de la izquierda puedan ser duros críticos del gobierno de Maduro. O decir que éste no supo contrarrestar efectivamente la brutal ofensiva que Estados Unidos lanzó para acabar con la Revolución Bolivariana. O que su manejo de la política económica fue desacertado o que el combate a la corrupción careció de la energía requerida. Pero decir que Maduro es un dictador es un gigantesco error conceptual grávido de lesivas consecuencias prácticas para el futuro del movimiento popular chileno. Este difícilmente podrá hallar una ruta de salida a las injusticias e inequidades producto de casi medio siglo de políticas neoliberales cuando una fuerza política que se pretende de izquierda piensa y actúa como si fuera de derecha. Olvidándose, además, ¡torpes sociólogos quienes la asesoran!, que los pueblos, dondequiera que sea, y no sólo en Latinoamérica, siempre prefieren el original a la copia. Y una izquierda que se presenta como una caricatura de la derecha decreta su propia obsolescencia y lleva agua al molino de aquélla. El Frente Amplio aún está a tiempo de sortear tan lamentable desenlace. Una discusión franca,  rigurosa y con mucho fundamento puede salvar un proyecto de recambio, tendencialmente pos-neoliberal, que Chile necesita impostergablemente. Sería imperdonable que esa oportunidad se frustrara.
                                                                




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