18.2.2017

Hola, comparto un cuadro que me hicieron llegar algunos amigos sobre los avances económicos y sociales de la última década. Me parece interesante como material a tener en cuenta a la hora de votar. Obvio que quedan aún muchas asignaturas pendientes, pero no se puede desconocer todo lo que se ha progresado en uno de los países más atrasados e inequitativos de América Latina.



Avances de la última década en cuanto a los principales indicadores económicos, sin subjetividad, sin juicios de valor, solo con "DATOS ESTADÍSTICOS"

Sueldo básico:
2007: $170
2017: $375
Porcentaje de petrodólares que se quedan en el Ecuador (El resto se llevan los extractores):
2007: 20%
2017: 81%
PIB, Producto Interno Bruto (Los bienes y servicios que produce un país cada año):
2007: 23 mil millones
2017: 102 mil millones
Desempleo:
2007: 7,9%
2017: 5,6% (el promedio de la década fue 4,8)
Pobreza
2007: 38%
2017: 21%
Pobreza extrema
2007: 16,1%
2017: 8,3%
Sueldo de policías, profesores y médicos (sector público)
2007: Alrededor de $200
2017: Alrededor de $900
Presupuesto general del estado
2007: 5 mil millones
2017: 36 Mil millones
Porcentaje del presupuesto general del estado que iba destinado a gastos de deuda
2007: 25%
2017: 5%
Red vial
2007: La antepenúltima (tercer peor) de América latina
2017: La segunda mejor de América latina.
Recaudación tributaria
2007: $4 Mil millones (cada año)
2017: $16 Mil millones (cada año)
(Por ejemplo en 2007 Teleamazonas y Claro se declaraban en perdida y pagan cero de impuestos.)
Escuelas públicas con estándares internacionales
2007: 0
2017: 315
*Escuelas del milenio
Becas de estudio internacionales
2007: 34 (cada año)
2017: 970 (cada año)
Sueldo de empleadas domésticas
2007: $80 Mensuales
2017: $375 Mensuales
Matrícula y pensiones en el estudio público
2007: Lo pagaba la familia
2017: Lo cubre el estado
Ingresos turísticos
2007: $492 Millones (cada año)
2017: $1720 Millones (cada año)
Porcentaje de personas con discapacidad  que debían contratar las empresas en su nómina:
2007: 0%
2017: 4%


Quito, 17 Febrero 2017


Vistas aéreas de los cierres de campaña de Lenin Moreno en cuatro regiones del Ecuador

(Por Atilio A. Boron) El próximo domingo se develará una incógnita crucial para Ecuador y América Latina y el Caribe. Será el “test ácido” cuyo resultado indicará si se revierte la tendencia regresiva puesta de manifiesto por el triunfo de Mauricio Macri en la Argentina y la ilegal deposición de Dilma Rousseff en Brasil o si, por el contrario, los procesos que desde fines del siglo pasado alteraron para bien el mapa sociopolítico de la región transitan hacia su ocaso definitivo. Un triunfo de la fórmula Lenin Moreno-Jorge Glas, derrotando a la poderosa derecha ecuatoriana apoyada a través de mil tentáculos por el imperio, sería la alentadora expresión de lo primero; su derrota bien podría ser el “canto del cisne” del ciclo progresista y de izquierda y la antesala de un salvaje retroceso económico, una marcada involución autoritaria y un proceso de restablecimiento del orden neocolonial en el Ecuador, con profundas repercusiones también en el plano internacional.
Consultadas las encuestas de las más diversas fuentes, tanto las encargadas por el oficialismo como por la oposición, lo que hasta ahora se sabe es que en todas ellas Lenin Moreno aparece superando el umbral crítico del 40 % de los votos válidos emitidos, es decir, excluyendo los nulos y en blanco. No obstante, para acceder a la presidencia necesita ganar por más de diez puntos de diferencia a su más inmediato perseguidor, hasta ahora el banquero Guillermo Lasso que en todas las mediciones se sitúa unos quince puntos por debajo del candidato oficial. Si bien hay una proporción todavía muy elevada de “indecisos” -un 25 %- no hay razones para pensar que el grueso de los mismos vaya a otorgar su voto al principal accionista del Banco de Guayaquil. Más bien lo que algunos expertos indican es que entre aquellos se oculta una parte significativa de votantes por la Alianza País, que ante la brutal campaña de terrorismo mediático lanzada en contra de Rafael Correa y la Alianza País opta por ocultar su intención de voto por temor a la intimidación o el escarnio público. En conclusión: las incógnitas son muchas y lo único sólido es que en todas las encuestas Moreno muestra una ventaja considerable sobre sus adversarios. Predominio también confirmado cuando se comparan las multitudinarias concentraciones del candidato de Alianza País con las de sus rivales, inferiores en número y en entusiasmo.
La década presidida por Correa marca una virtuosa discontinuidad en relación a la historia reciente del Ecuador. Antes de su llegada al Palacio de Carondelet ninguno de los tres presidentes que le precedieron finalizó su mandato. Si la inestabilidad era el signo de la política ecuatoriana, con su presidencia aquellas turbulencias quedaron atrás. Con todo hay dos datos que inquietan al comando de campaña de Lenin Moreno. Primero, desde la recuperación de la democracia en 1979 sólo un candidato ganó la elección presidencial en primera vuelta: Rafael Correa en 2013, cuando obtuvo el 57 % de los votos, cifra que en este momento es sencillamente inimaginable. Segundo, ningún partido que ejerció el gobierno triunfó cuando se presentó para la reelección, con la solitaria excepción del actual mandatario. El desgaste de la gestión gubernamental en un sistema político tan volátil y de fuertes tendencias centrífugas como el ecuatoriano se cobra su precio: castiga al candidato del oficialismo y abre las puertas a la oposición.
¿Podrá Lenin Moreno romper estas dos constantes de la política ecuatoriana contemporánea? Es muy posible, porque aún cuando no llegase a triunfar en la primera vuelta sus chances de alzarse con la victoria en la segunda son bastante grandes. El heteróclito conjunto de partidos de la oposición amontona a la ultraizquierda y otras fuerzas menores junto a una alicaída social democracia, banqueros neoliberales con maquillajes posmodernos y la vieja oligarquía de terratenientes y banqueros tradicionales que junto a sus aliados y competidores en el sector financiero despeñaron al país por el abismo en 1999 forzando la súbita emigración de más de dos millones y medio de ecuatorianos y la pérdida de su signo monetario, reemplazado por el dólar. Un agrupamiento de fuerzas y personalismos al cual, diríamos con Borges, “no los une el amor sino el espanto” y por eso mismo no parece tarea sencilla que puedan unificarse para enfrentar con éxito la batalla final.


(Por Atilio A. Boron)  Sería difícil exagerar la trascendencia nacional e internacional de las elecciones presidenciales que tendrán lugar en Ecuador el próximo domingo. En una nota anterior nos referimos a ellas hablando de una nueva “batalla de Stalingrado” en donde se juega el futuro de los tan hostigados procesos progresistas y de izquierda en América Latina y el Caribe. Una derrota de la Alianza País significaría poco menos que la clausura del ciclo iniciado a fines del siglo pasado. Caída la fortaleza ecuatoriana el cerco se cerraría sobre Bolivia y Venezuela, acosadas por el recrudecimiento de la virulencia de la oposición y, en el caso de la segunda, también por los tremendos efectos de la crisis económica desatada por una perversa combinación de factores locales e internacionales. Y Cuba perdería un gobierno amigo, cosa que no es una cuestión menor para la isla en un escenario internacional como el actual. Por el contrario, una ratificación general del curso político seguido por Ecuador desde la elección del presidente Rafael Correa sería un valioso y oportuno reaseguro para esos países y un significativo aliento para los partidos y movimientos sociales que resisten a la restauración conservadora ocurrida en Argentina y Brasil y para los pueblos que luchan en contra de gobiernos de inequívoco signo neoliberal desde México hasta Chile, pasando por Colombia, Perú y otros países de la región. Sería una muy positiva señal que el tan pregonado “fin de ciclo progresista” esté lejos de haberse consumado y que es, antes que nada, un ardid de la derecha cuyo propósito es muy claro: convencer a los sujetos de la rebeldía ante el orden neoliberal que la batalla ya se ha perdido y que no tiene sentido seguir luchando. Es bien sabido que la victoria en el terreno de las ideas y las conciencias es prerrequisito de la victoria política. Así, la muletilla del “fin de ciclo” es una sibilina forma de promover una rendición incondicional de las fuerzas del campo popular.
         Una eventual victoria de la derecha en Ecuador precipitaría un retroceso espectacular de los avances registrados en los últimos diez años, con independencia de su caracterización y valoración. Por eso el electorado ecuatoriano haría bien en mirarse en el espejo argentino. En el país sureño, la derecha llegó al gobierno en un ajustado ballotage prometiendo que los logros del período kirchnerista no sólo serían respetados sino también profundizados a partir de una supuesta mejor administración de la cosa pública. Mentiras todas que se transparentaron desde las primeras horas del gobierno de Mauricio Macri, cuando se puso en evidencia que la demagogia de la campaña nada tenía que ver con las políticas que efectivamente fueron llevadas a la práctica. El espejo brasileño no es menos aleccionador que el argentino, y arroja las mismas o peores enseñanzas. Pensar que en Ecuador la derecha se comportará de otro modo, que será fiel a sus edulcoradas promesas de campaña y que, en caso de prevalecer, se abstendrá de descargar un furioso escarmiento sobre la masa plebeya que instaló a Rafael Correa en el Palacio de Carondelet es un acto de imperdonable ingenuidad e irresponsabilidad políticas, sobre todo cuando quienes albergan tan inocentes expectativas son fuerzas partidarias o corrientes de izquierda.


         Si en el orden nacional la desciudadanización, la pérdida de derechos y la reconcentración de los ingresos y la riqueza serían el colofón inmediato de la victoria de la derecha, las consecuencias en el terreno internacional no serían menos nefastas. Aparte de lo que señaláramos al principio de esta nota, habría que agregar el enorme impacto de la previsible cancelación del asilo diplomático concedido a Julian Assange, junto con Edward Snowden el “enemigo público número uno” de Estados Unidos y los principales gobiernos y megacorporaciones capitalistas de todo el mundo, cuyas siniestras maniobras, estafas y crímenes salieron a la luz pública gracias a Wikileaks, fundado precisamente por Assange. Lo primero que haría un eventual gobierno de derecha en Ecuador sería ofrecer en bandeja de plata la cabeza del asilado en Londres, así como el gobierno de México hizo lo propio -infructuosamente, para su desgracia- al entregarle a Barack Obama la del “Chapo Guzmán” en vísperas de la elección presidencial norteamericana, con el objeto de robustecer las chances electorales de Hillary Clinton. La entrega de Assange a las autoridades norteamericanas no sólo sería una velada sentencia de muerte para el australiano sino un mensaje tan funesto como aleccionador para quienes están empeñados en descorrer el velo que oculta los crímenes de los capitalistas. Pero esto no sería lo único que haría ese gobierno: seguramente renegociaría el retorno de las tropas estadounidenses a la base de Manta para que, de ese modo, Washington pudiera establecer un control absoluto del litoral pacífico nuestroamericano (al día de hoy Ecuador es una molesta excepción en esa materia). No habría que descartar que en tal eventualidad se utilizara el pretexto de la “guerra contra el terrorismo” para, como lo hiciera Colombia hace pocos años, incorporar al país como aliado estratégico de la OTAN e involucrarlo en las guerras de pillaje que esa organización criminal libra en los más apartados rincones del planeta. Dejamos a los lectores imaginar que otras iniciativas podría tomar un gobierno de esa orientación en el terreno internacional. ¿Seguiría apoyando, como lo ha hecho el actual gobierno a la UNASUR, cuya sede está precisamente en este país o al proceso de paz en Colombia, facilitando las negociaciones entre el ELN y Bogotá?
         Ante este razonamiento los infaltables “doctores de la revolución” no demorarán en señalar lo que según sus análisis serían los insanables vicios y limitaciones del actual gobierno ecuatoriano y sosteniendo al mismo tiempo que Alianza País no es diferente de las expresiones políticas de la derecha contra las cuales competirá en las elecciones. Una vez más basta con observar lo ocurrido en la Argentina o Brasil, donde también allí sectores presuntamente radicalizados se golpeaban el pecho asegurando que Scioli o Macri eran lo mismo, o que Aecio Neves era igual que Dilma. Tarde comprobaron su gravísimo error y reparar el daño facilitado por su actitud insumirá años de luchas y sufrimientos, sobre todo para las grandes mayorías nacionales. En el caso del Ecuador este predicamento desconoce dos datos esenciales: la vulnerabilidad externa del país y sus limitados márgenes de maniobra ante el despotismo del capital internacional y sus aliados y el hecho de que en este mundo realmente existente -no en el que construyen las alucinaciones doctrinarias- no existen ni han existido jamás gobiernos que puedan presentar una hoja de balance a salvo de defectos, yerros y limitaciones, y el de Ecuador no es     –ni podría ser- la excepción. Para ello se requeriría, como bien lo observaba Jean-Jacques Rousseau, que los hombres fueran ángeles pero no lo son. Tal como lo hemos dicho en numerosas oportunidades, a la hora de hacer las cuentas de los últimos diez años los aciertos del gobierno de Rafael Correa superan ampliamente los desaciertos, y este es el dato a partir del cual hay que posicionarse ante el desafío del próximo domingo.
La experiencia histórica enseña que hay sectores de la izquierda que  suelen ser víctimas de dos impulsos profundamente autodestructivos: la compulsión por la equivocación, misma que hace que cuando se enfrenta a una coyuntura política crítica, su miopía la lleve a ver al árbol en todos sus detalles –y sobre todo sus defectos- pero a ignorar el bosque; y, por otro lado, una temeraria tendencia al suicidio mesiánico que termina por facilitar la victoria de sus enemigos. La derecha no padece de ninguno de estos dos males, aunque tiene muchos otros; pero nunca se equivoca a la hora de identificar a su enemigo de clase. Por eso para la “comunidad de inteligencia” de Estados Unidos, con la CIA a la cabeza, el enemigo a derrotar es Lenin Moreno. Y no creo que ello se deba a la repulsa que les provoca su nombre de pila. Para muchos, con esto nos basta y nos sobra para saber cómo hay que votar el próximo domingo.







 (Por Atilio A. Boron) El domingo 19 de Febrero un hermoso y entrañable país de Sudamérica será el escenario de una decisiva “batalla de Stalingrado”. Como se recordará, la que tuvo lugar en aquella ciudad rusa fue la que produjo el vuelco de la Segunda Guerra Mundial. Si Stalingrado caía los aliados serían despedazados por el ejército nazi; si, en cambio, la ciudad resistía el asedio, como lo hizo, las tropas hitlerianas jamás repondrían fuerzas y se encaminarían hacia su inexorable derrota. La propaganda norteamericana dice que este punto de inflexión en la guerra se produjo con el desembarco de Normandía, pero eso es un invento de Hollywood que no resiste la confrontación con los datos duros de la historia. La Segunda Guerra Mundial se decidió en aquella ciudad rusa, misma que puso en marcha la contraofensiva del Ejército Rojo que llegó hasta el corazón mismo del régimen nazi: Berlín.

    Conscientes de que con una derrota de Alianza País en el Ecuador la derecha continental tendría las manos libres para asfixiar a Bolivia y provocar una nueva versión de la “revolución de colores” en Venezuela-al estilo de los sangrientos episodios desencadenados en Libia y Ucrania- sus personeros, lenguaraces y activistas se dejaron caer con todas su fuerzas en Ecuador para librar la guerra de la desinformación, propalar mentiras, lanzar tremebundas acusaciones contra el gobierno e infundir la sospecha y el desencanto en la población. El objetivo excluyente: impedir que Lenin Moreno, el candidato presidencial de AP, pueda alcanzar el 40 % de los votos y, de ese modo, con una diferencia mayor al 10 % en relación a su perseguidor, ser ungido como nuevo presidente. Para satisfacer este turbio designio Washington y Madrid despacharon al Ecuador un ejército de pseudo-periodistas, una ponzoñosa canalla mediática que ha venido desempeñando idéntico papel en las recientes elecciones en Argentina, Bolivia, Colombia y que, con sus patrañas, pavimentaron el camino hacia la ilegal destitución de Dilma Rousseff en Brasil. Esos sujetos ocultan su verdadera condición de militantes rentados de la derecha (¡espléndidamente remunerados, por cierto, porque no trabajan gratis!) y su inescrupulosidad y desfachatez no tiene límites. En su revelador libro el ex agente de la CIA, John Perkins, habla de la absoluta frialdad con que se planeaban y ejecutaban los más atroces crímenes obedeciendo sin ninguna clase de reparo moral las instrucciones procedentes de Langley.[1] Del mismo modo, los crímenes comunicacionales de la canalla mediática con aún más grave, porque son verdaderas armas de destrucción masiva. Los killers de la CIA matan selectivamente, a uno, dos o tres; el terrorismo mediático hiere mortalmente la conciencia de millones y los induce, con sus mentiras y sofisticadas manipulaciones, a elegir gobiernos que a poco andar practicarán un lento, silencioso pero eficaz genocidio de los pobres, los indígenas, los viejos, los jóvenes privados de educación y trabajo. En suma, acabar con toda esa población “excedente” que según nuestras clases dominantes son la lacra que impidió que los países latinoamericanos o caribeños sean como Suiza, Alemania o mismo los Estados Unidos. En tiempos de la última dictadura cívico-militar argentina sus voceros declaraban, sin disimulo, que en ese país sobraban por lo menos diez millones de habitantes; esa convicción también está presente en el gobierno actual, sólo que no se lo declara abiertamente y que el número de los sobrantes, probablemente, sea todavía mayor. Y lo mismo hemos escuchado en Brasil, en Colombia y en tantos otros países de Nuestra América. Lo que la canalla mediática hizo en todos estos países contraría todas las normas de la ética, no sólo periodística. En el caso argentino mintieron alevosamente asegurando que el hecho de que el candidato Mauricio Macri estuviese procesado por haber solicitado “escuchas ilegales” para nada ensuciaba su buen nombre y honor o lo inhabilitaba para su postulación presidencial. Y ya instalado en la Casa Rosada potenciaron su inmoralidad al blindarlo mediáticamente a pesar de estar involucrado en numerosas empresas denunciadas en los Panamá Papers y en los archivos de las Bahamas, lo que en otras latitudes ocasionó la renuncia de varios jefes de estado y altos funcionarios acusados de evasión fiscal y lavado de dinero.


     Esa plaga está subrepticiamente actuando en Ecuador, ocultando sus verdaderos designios detrás de una supuesta condición de “periodista independiente.”  Gentes entrenadas en Washington (los famosos cursos de “buenas prácticas”), habilísimas en formular preguntas capciosas, sembrar el desánimo y potenciar hasta el infinito los problemas con que tropieza la gestión del gobierno de Rafael Correa que, como cualquier otro, tiene un mix de aciertos y desaciertos. Todo esto tiene su génesis en la radical transformación involutiva de la naturaleza y función del periodismo. Su naturaleza: por el tránsito del pluralismo de medios a los fenomenales niveles de concentración existentes hoy día. Su función: si en el pasado era ser el dispositivo que permitía diseminar información en la naciente sociedad de masas, con la crisis de la dominación capitalista producida por la irrupción de vigorosas fuerzas contestatarias –movimientos obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, mujeres, jóvenes, ecologistas, organizaciones defensoras de derechos humanos, etcétera- su función cambió radicalmente. En ausencia -o ante la debilidad- de partidos de derecha competitivos (acostumbrados a encumbrarse en el gobierno de la mano de los golpes militares) los medios de comunicación hegemónicos pasaron a ocupar ese lugar, fenómeno éste precozmente detectado por Antonio Gramsci en sus escritos desde la cárcel. En ausencia de tales partidos, los medios toman su lugar y cumplen la función que les es propia: organizan, “educan”, movilizan a amplios sectores de nuestras sociedades, siempre detrás de un programa conservador convenientemente edulcorado, pero sin despertar las sospechas que suscita el activismo partidario porque en el imaginario popular la prensa es “independiente” e inmune a los intereses y las intrigas políticas. Que esos medios se convirtieron en un arma formidable de dominación burguesa lo atestiguó, hace algunos años, un militar de alto rango del Pentágono cuando, en una audiencia ante el Senado de los Estados Unidos, lanzó una fatídica advertencia: “en nuestros días –dijo- la lucha antisubversiva se libra en los medios, no en las selvas o en los suburbios decadentes del Tercer Mundo.” Y los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina, aun los más moderados, son todos percibidos como ladinos y arteros instrumentos de la subversión. 


    Por eso estamos en guerra, Ecuador está en guerra. Una guerra silenciosa pero cargada de violencia; una guerra de desinformación, de ocultamiento, de mentiras hábilmente maquilladas y que son vendidas bajo la apariencia de verdades objetivas e irrefutables. La meta que persigue es distorsionar la percepción de la realidad para generar una respuesta inconsciente de la ciudadanía que estigmatice al candidato de AP y descalifique los diez años del gobierno de Rafael Correa. Ocultar o, cuando esto no fuese posible, minimizar todo lo bueno que ha sido hecho y agigantar y machacar a diario, hora tras  hora, minuto tras minuto, sobre  los supuestos “fracasos” del gobierno saliente, sus problemas o sus desaciertos. Que omita hacer alusión al devastador impacto que sobre la conducción  macroeconómica ocasiona la inexistencia de una moneda propia en el Ecuador, privando al gobierno de poder apelar a un instrumento como la política monetaria. Esta queda en manos de Washington, que devalúa o revalúa el dólar sin reparar en sus consecuencias para países que, como Ecuador y El Salvador, gobiernos antipatrióticos y entreguistas adoptaron el signo monetario  estadounidense. O despreciando lo que significa que un país como el Ecuador tenga un perfil exportador semejante al de sus vecinos Colombia y Perú, ambos convertidos en piezas dóciles de los intereses imperiales a los cuales están formalmente vinculados por sendos TLCs, y que coloca objetivamente al Ecuador en desventaja en los mercados internacionales. O escamoteando ante los ojos de la opinión pública el demoledor impacto del derrumbe de los precios de las commodities, fatalidad ante la cual ningún gobierno cuenta con mecanismos para revertir. Todas estas consideraciones, que una información periodística rigurosa debería exponer con objetividad a su audiencia, son maliciosamente desechadas y en su lugar proliferan las calumnias y las difamaciones. Ya no importa la verdad sino la “posverdad”, eufemismo gestado por los poderes mediáticos para justificar sus mentiras y los efectos que con ellas se persiguen. La reciente denuncia en contra del candidato a la vicepresidencia de AP, Jorge Glas, es un ejemplo contundente de lo que venimos diciendo. Es una operación que en América Latina se ha repetido hasta el cansancio en los últimos tiempos, con adaptaciones locales para darles una cierta verosimilitud. Este tipo de mentiras y falsedades se utilizaron masivamente en la campaña presidencial de la Argentina en el 2015 y en contra de Evo Morales en el referendo boliviano del 2016. Y es moneda corriente en el ataque al gobierno de Nicolás Maduro en los últimos tres años. Nada nuevo. Es lo que en la jerga de la CIA se conoce como “SOP” (standard operating procedures) a la hora de desestabilizar un gobierno o desprestigiar un candidato o una fórmula que es vista como una amenaza  a los intereses de los Estados Unidos y la derecha vernácula. Esta carroña mediática es digna heredera de Joseph Goebbels, quien fuera Ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del régimen nazi. Con un atenuante: por lo menos el alemán declaraba explícitamente que lo suyo era hacer propaganda; sus émulos actuales, en cambio, posan de “periodistas objetivos e independientes” pero lo que hacen es mentir, difamar y manchar la dignidad de las víctimas de su labor. Mediante esta guerra de desinformación se trata de presentar a la oposición como democrática e, inclusive, “progresista” para engañar al electorado y acabar con la obra iniciada hace una década y que cambiara, para bien, la fisonomía social del Ecuador. Si estos agentes del engaño y la mentira llegaran a salirse con la suya y lograran que el pueblo le abriera las puertas a la derecha, el retroceso social, económico y cultural que sufriría este país sudamericano sería inmenso. A esta involución se le agregaría un ejemplar escarmiento, para que nunca más a las ecuatorianas y los ecuatorianos se les vuelva a ocurrir tener un gobierno como el de Rafael Correa. Un gobierno que todavía hoy rechaza con valores humanistas y con patriotismo las intensas presiones del imperio para que le ponga fin al asilo diplomático concedido a  un personaje como Julian Assange, quien con sus revelaciones a través del Wikileaks permitió que el mundo viera como Washington nos miente, vigila y extorsiona a nuestros gobiernos a través de miles de tentáculos. Si la Alianza País fuese derrotada nadie daría un centavo por la vida de ese valiente luchador que junto con Edward Snowden y Chelsea Manning descorrieron el telón que ocultaba las manipulaciones y los crímenes del imperio. Y tras cartón la base de Manta volvería a ser ocupada por las tropas estadounidenses.



     Para los escépticos, para quienes crean que estamos exagerando, basta con examinar lo ocurrido en la Argentina, en donde este engaño inducido por el “periodismo independiente” hizo posible el triunfo del actual gobierno y el desencadenamiento de la debacle económica actual: caída del PIB, inflación descontrolada, brutal deterioro del salario, cierre de fábricas y comercios, despidos masivos,  aumento del desempleo e incrementos exorbitantes de los precios de la electricidad, el gas, el agua y el transporte La oligarquía mediática fue un instrumento poderosísimo al servicio de los monopolios y los sectores adinerados y del privilegio. Por eso insistimos en la urgente necesidad de que los ecuatorianos se pongan en guardia ante el canto de sirena de esos “pseudos periodistas”, hagan oídos sordos a sus prédicas de la necesidad de un cambio y miren al Sur, vean lo que está ocurriendo en la Argentina y lo que se esconde bajo la inocente invocación de que cambiemos. En su ingenuidad y falta de conciencia política millones en la Argentina creyeron en el cambio prometido -sin preguntarse cambiar qué, cómo, en qué dirección, bajo qué liderazgo- para encontrarse, de la noche a la mañana, en medio de un naufragio. El gobierno de Rafael Correa puede haber incurrido en yerros y desaciertos, como cualquier otro en este mundo. En medio siglo de profesión como politólogo jamás pude encontrar un solo gobierno que estuviera exento de defectos, equivocaciones e inclusive de variables niveles de corrupción. Si según el Papa Francisco estos problemas atribulan inclusive al Vaticano -que como recordaba mordazmente Maquiavelo era lo más parecido a un estado perfecto porque gozaba de la protección directa de Dios- sería absurdo pensar que el Ecuador podría estar libre de esos vicios. La diferencia es que en este país es el propio gobierno quien los denuncia penalmente, mientras que en otros países sudamericanos los gobiernos encubren y le brindan protección judicial y mediática a los corruptos. El caso de Brasil es de una elocuencia inigualable al respecto. Para concluir: hecho el balance que cada ciudadana y ciudadano debe efectuar concluirá sin duda que los aciertos del gobierno ecuatoriano en los últimos diez años, tanto en el plano nacional como en el internacional superan con creces los desaciertos en que haya incurrido. Y ese es el quid de la cuestión y la razón por la que, en toda América Latina, esperamos que el pueblo ecuatoriano vote por la continuidad del gobierno de la Alianza País y se abstenga de dar un salto al vacío como el que dieran los argentinos inducidos por la malignidad de la plaga mediática que hoy devasta al Ecuador.  


[1] Confesiones de un gangster económico. La cara oculta del imperialismo norteamericano (Barcelon: Ediciones Urano, 2005)  
La semana pasada estuve en El Salvador, participando junto con otros colegas en unas jornadas de reflexión sobre los 25 años de los Acuerdos de Paz. Hablé con mucha gente, busqué muchos datos y esta es la síntesis de mi exploración, que comparto con todxs ustedes.

(Por Atilio A. Boron) El Salvador conmemora en estos días más de dos décadas de la firma de la paz: una gesta que todavía provoca esperanza en su pueblo y en las naciones del mundo que aún enfrentan conflictos armados. Sí, es cierto: la guerra se acabó. El Acuerdo de Chapultepec calló las armas e hizo posible la difícil, casi traumática, convivencia de dos proyectos políticos y dos visiones del mundo radicalmente distintas, pero la guerra continúa.
La paz se firmó hace ya 25 años, pero en las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla del FMLN hubo algo que permaneció al margen de toda discusión: el modelo económico fue el gran ausente en esas conversaciones. La correlación interna e internacional de fuerzas impidió que el FMLN pudiera instalar el tema en la agenda. Es decir que lo que creó –y crea- las condiciones para el conflicto y eventualmente la guerra, y lo que genera la injusticia y la opresión que la provoca, no estuvo presente en la mesa de negociaciones. Se firmó la paz sobre un trasfondo de conflicto que fue ignorado. Tal cosa, afortunadamente, no ocurrió en las conversaciones que tuvieron lugar en La Habana entre las FARC-EP y el gobierno colombiano.


Para colmo de males, hace poco más de diez años, El Salvador firmó su adhesión al Tratado Centroamericano de Libre Comercio (CAFTA, por su sigla en inglés) promovido por Estados Unidos. Lo hizo junto a los otros países de América Central (Honduras, Costa Rica, Nicaragua y Guatemala) y la República Dominicana. Si su predecesor, el NAFTA firmado entre Estados Unidos, Canadá y México tuvo consecuencias económicas, políticas y sociales catastróficas en el país azteca, los resultados del CAFTA difícilmente podían ser mejores en el área centroamericana. Y no lo fueron. Un ejemplo: en El Salvador, en los diez años anteriores a la firma del acuerdo comercial las exportaciones crecían a un ritmo del 8 por ciento anual; luego de la entrada en vigor del tratado lo hicieron a casi la mitad. Claro que las importaciones procedentes de Estados Unidos aumentaron vertiginosamente precipitando una fuerte expansión del consumo en los estratos superiores de las capas medias (pero no en el resto de las clases populares) y desatando, como contrapartida, la misma debacle campesina que antes se produjera en México y que convirtiera a la tierra originaria del maíz en importador neto del transgénico norteamericano. A diez años de haberse puesto en vigor aquel tratado la principal vía de escape a la pobreza en El Salvador -que en el campo se empina alrededor del 60 por ciento de la población siendo un 40 por ciento para el total del país- sigue siendo la emigración. No hay prueba más contundente del fracaso del CAFTA que esa. Pero si bien es relativamente sencillo en el marco del tratado exportar mercancías a Estados Unidos (siendo muchísimo más fácil importarlas desde ese allí), los salvadoreños tienen que arriesgar sus vidas para ingresar al país que los invitara a compartir las mieles del “libre cambio”. Circulan sin restricciones las mercancías, no las personas. En la actualidad unos dos millones y medio de salvadoreños viven en Estados Unidos. Sin contar los que se encuentran en otros países (España, principalmente) se trata de una cifra que representa poco más del 40 por ciento de la población del país, estimada en unos 6.100.000 habitantes. La expulsión de esa masa migrante origina ingresos, por la vía de las remesas, del orden de los 4.200 millones de dólares, permitiendo que un millón trescientas mil personas puedan sobrevivir en el país a los rigores e inequidades de la globalización neoliberal. Téngase en cuenta que según datos oficiales el 87 por ciento de las personas en edad de jubilarse no cuenta con ningún tipo de pensión o ayuda previsional. Esas remesas son esenciales para su supervivencia y representan el segundo ítem de ingreso de divisas, sólo superado por las exportaciones salvadoreñas.


Todo lo anterior habla con elocuencia de la fragilidad del país y de la estafa de los tratados de libre comercio. En noviembre del año 2000, el corrupto presidente Francisco Flores, de la muy derechista ARENA –el partido que cuenta entre sus fundadores al asesino de Monseñor Oscar Arnulfo Romero- promulgó la Ley de Integración Monetaria por la cual El Salvador adoptó el dólar y abandonaba definitivamente el colón, que había sido la moneda oficial desde 1892. Como consecuencia de ello el gobierno perdió un instrumento decisivo de manejo macroeconómico: la política monetaria. Esta circunstancia, unida a la importancia de las remesas procedentes de los salvadoreños en el exterior y los perniciosos efectos del CAFTA refuerzan la dependencia estructural de El Salvador en relación con Estados Unidos y coloca al gobierno en una situación de debilidad que no pudo ser superada por el FMLN. Con el dólar, las remesas y el CAFTA Washington maneja los resortes fundamentales de la economía del país centroamericano. Agréguese a lo anterior la importancia de El Salvador por su ubicación en el istmo centroamericano, lo que suscita la permanente atención del Pentágono dado que esa parte del mundo es vista por sus estrategas como una fuente de innumerables acechanzas y, por eso mismo, territorio preferencial (junto con el Caribe) para la instalación de un gran número de bases militares que, según algunos expertos, serían más de cincuenta.


Dados estos antecedentes, lo que ha hecho el gobierno del FMLN es mucho, pero se trata de una tarea titánica por todo lo que todavía es preciso hacer. Democratizó el proceso político y el acceso al gobierno. Pero las estructuras de los “poderes fácticos” permanecen inalteradas, el Poder Judicial enfrenta con saña las iniciativas del presidente Salvador Sánchez Cerén y otro tanto ocurre con el Congreso y la feroz oligarquía mediática. En suma: conquistas democráticas en un ámbito acotado de la vida pública y permanencia del despotismo oligárquico en todo lo demás. El Salvador es un país que a lo largo de su historia fue víctima de brutales represiones. En 1932 el líder comunista Farabundo Martí encabezó una rebelión popular que fue ahogada en sangre, y la violencia reaccionaria se desplegó durante gran parte del siglo. Matanzas campesinas sin pausa; fuerzas armadas entrando a la Universidad Nacional destrozando su biblioteca para luego arrasar lo que quedaba en pie con el avance de sus tanques; masacres de aldeas enteras; asesinato de los jesuitas de la Universidad Centroamericana y de Monseñor Romero mientras consagraba la eucaristía; escuadrones de la muerte torturando y asesinando por doquier con la bendición y la cobertura de Washington. Todo eso en el país más pequeño de América Latina -el “pulgarcito” como dijera el poeta Roque Dalton- que pese a ello demostró tener unas agallas increíbles y con la guerrilla del FMLN lograr un éxito militar que casi no tiene parangón a nivel internacional: contener la campaña de exterminio lanzada por el ejército salvadoreño bajo la conducción efectiva y descarada de oficiales estadounidenses y así forzar un acuerdo de paz, que hubiera sido imposible si la guerrilla hubiera sido derrotada. Sólo porque esa guerra terminó en un empate –en realidad, una derrota para el Pentágono- es que fue posible llegar a un acuerdo de paz. Importante, aunque insuficiente. Pero el salvadoreño es un pueblo que no se arredra ante las derrotas y sigue luchando. Estamos seguros que más pronto que tarde recogerá los frutos de su heroísmo en la medida en que este combate no se circunscriba al ámbito económico y político e incluya también, como uno de sus principales teatros de operaciones, la “batalla de ideas” a los cuales Fidel nos convocara hace ya muchos años. Porque sin prevalecer en este crucial terreno, sin ganar el combate en el campo de las ideas y la conciencia, todas las demás conquistas pueden desbaratarse como un castillo de arena. Por suerte son cada vez más quienes en El Salvador sostienen esta convicción. Serán las “trincheras de ideas” martianas que frustrarán los designios estadounidenses de convertir a ese país en una gigantesca base de operaciones de contra-insurgencia para, desde allí, aplastar los procesos progresistas y de izquierda que se agitan por toda la región.



(Por Atilio A. Boron) Entre el 7 y 8 de Julio próximos tendrá lugar en Hamburgo una nueva cumbre de jefes y jefas de estado y del G-20, entre los cuales se encuentra la Argentina. El cónclave será presidido por Angela Merkel, y muchos participantes seguramente recordarán que en numerosas cumbres previas Cristina Fernández de Kirchner advertía sobre el rumbo equivocado de la economía mundial, los estragos del neoliberalismo, las trampas del libre cambio y los malhadados tratados de libre comercio. Cuando decía esas cosas los plumíferos de la derecha, dentro y fuera de la Argentina –en realidad, una impresentable colección de relacionadores públicos de las grandes transnacionales disfrazados de “economistas serios” o de “periodistas independientes”- se burlaban de lo atrasado de sus concepciones económicas, la acusaban estúpidamente de “setentista” y no cejaban de reprocharle por el “anacronismo” de sus críticas al orden económico internacional, responsable de que la Argentina se encontrase “aislada del mundo.” Quisiera ver qué dirán en ese momento los secuaces de Washington y sus paniaguados en los medios cuando escuchen a Trump pronunciar un discurso muy semejante al de Cristina, porque los desastres que el Consenso de Washington hizo en todo el mundo no exceptuaron a Estados Unidos. ¿Qué van a decir? Trump, para nada santo de mi devoción (como cualquier otro presidente de los Estados Unidos) comprendió que para reconstruir a su país tenía que arrojar por la borda las ideas que habían presidido las políticas económicas de la Casa Blanca desde comienzos de los ochentas. En su iconoclástico discurso inaugural proclamó el regreso al proteccionismo de los padres fundadores de la sociedad norteamericana (Alexander Hamilton, primer Secretario del Tesoro fue un contumaz proteccionista), denunció a la clase política tradicional –apañada y financiada por los agentes empresariales del neoliberalismo- de enriquecerse mientras la gran mayoría del país se empobrecía y las empresas y los empleos emigraban a otras latitudes y el “Sueño Americano” se convertía en una intolerable pesadilla. Trump pretende dispararle el tiro de gracia al neoliberalismo porque su virus –para usar la expresión de Samir Amin- contagió a la potencia integradora del sistema imperialista y sus efectos son letales. Habrá que ver si lo que en una nota anterior llamábamos “estado profundo”, o el “gobierno invisible” de EEUU le permite concretar su propósito. En todo caso, el discurso de Washington giró ciento ochenta grados y lo que antes era virtud ahora es un vicio a combatir sin cuartel. Ante este giro casi todos los gobiernos de América Latina, comenzando por el de Argentina, se quedaron pedaleando en el aire.



Al hablar de EEUU José Martí solía usar la expresión “Roma Americana.” Siguiendo con esa sugerente analogía podría decirse que el viraje antineoliberal de Trump guarda semejanza con lo ocurrido cuando el emperador Constantino, acosado por rebeliones que conmovían la inmensidad del imperio romano y en las cuales los cristianos eran la punta de lanza, dio a conocer, en el año 313, el Edicto de Milán que convertía al cristianismo en la religión oficial del imperio y declaraba heréticas las demás religiones. No hay que exagerar demasiado esta analogía pero, como se dice en italiano, “se non é vero é ben trovato”. Va de suyo que este giro hacia el “populismo económico” no lo hace Trump por simpatías con el socialismo del siglo veintiuno o las luchas emancipatorias de los países de la periferia. Menos todavía, como piensan algunos, para ensayar un “peronismo a la americana” porque al magnate neoyorquino ni remotamente se le pasa por la cabeza nacionalizar el comercio exterior, los depósitos bancarios, la Reserva Federal (un ente privado) o los medios de transporte, como hiciera Perón en la Argentina de la posguerra. Lo hace porque cayó en la cuenta de que el neoliberalismo está silenciosamente destruyendo a Estados Unidos. Como sea, los que antes, en el G20 apostrofaban a Cristina, ahora escucharán un discurso casi idéntico de labios del nuevo Constantino. Seguramente antes de lo que ella hubiera pensado la ex presidenta experimentará el íntimo regocijo de la reivindicación de sus justas críticas al (des)orden económico internacional. ¡Y nada menos que de labios del nuevo emperador!







Hola!  Comparto esta reflexión a propósito de la inauguración de la "era Trump".
Abrazos,

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Este viernes Donald Trump se convertirá en el 45ª presidente de Estados Unidos. El consenso entre los analistas, salvo pocas excepciones, es que durante su gestión “veremos cosas terribles”, como asegura Immanuel Wallerstein refiriéndose al primer año de su gestión. También dice, y lo subraya con razón el especialista panameño en asuntos estadounidenses, Marco Gandásegui, que el magnate neoyorquino es un personaje “totalmente impredecible”. De ningún presidente estadounidense podemos esperar nada bueno. No porque sean malvados sino porque su condición de jefes del imperio les impone ciertas decisiones que en la soledad de su escritorio probablemente no tomarían. Jimmy Carter es un ejemplo de ello; un buen hombre, como tantas veces lo recordara Fidel. Y Raúl más de una vez se encargó de decir que el bloqueo contra Cuba y la invasión de Bahía Cochinos comenzaron cuando Obama ni había nacido, y apenas contaba un año cuando se produjo la crisis de los misiles en Octubre de 1962. 

¿Adónde voy con esta reflexión? A señalar que no sería para nada extraño que bien pronto la inflamada retórica de DT deje de tener un correlato concreto en el plano más proteico de los hechos políticos, económicos y militares. Trump es lo que en la jerga popular norteamericana se llama “un bocón”. Por eso habrá que ver qué es lo que logra concretar de sus flamígeras amenazas una vez que deje de vociferar desde el llano y se inserte en los gigantescos y complicadísimos engranajes administrativos del imperio. No cabe la menor duda de que el personaje es un hábil demagogo, que agita con maestría un discurso reaccionario, racista, homófobo, belicista, transgresor y “políticamente incorrecto” por designio propio. Pero su irresistible ascenso no sólo es un efecto de su habilidad como publicista y la eficacia de su interpelación demagógica. Es síntoma de dos procesos de fondo que están socavando la primacía de Estados Unidos en el sistema internacional: uno, la ruptura en la unidad política-programática de la “burguesía imperial” norteamericana, dividida por primera vez en más de medio siglo en torno a cuál debería ser la estrategia más apropiada para salvaguardar la primacía norteamericana. Dos, los devastadores efectos de las políticas neoliberales con sus secuelas de exclusión social, explotación económica y analfabetismo político inducido por las elites dominantes y que arrojó a grandes sectores de la población en brazos de un outsider político como Trump que en épocas más felices para el imperio hubiera sido barrido de la escena pública en las primarias de New Hampshire.



Trump dijo, e hizo, antes de entrar a la Casa Blanca, cosas terribles: desde acusar a los mexicanos (y por extensión a todos los “latinos”) de ser violadores seriales, narcotraficantes y asesinos hasta declarar públicamente, para horror de los alemanes, que era “germanofóbico”. O de provocar al dragón chino llamando por teléfono a la presidenta de Taiwán, lo que motivó una inusualmente dura protesta de Beijing; decirles a los europeos que la OTAN es una organización obsoleta y que lo del Brexit fue una buena decisión. Pero como aseguran los más incisivos analistas de la vida política norteamericana, por debajo de la figura presidencial (o, según se lo mire, por encima de ella) está aquello que Peter Dale Scott denominó como “estado profundo”: el entramado de agencias federales, comisiones del Congreso, lobbies multimillonarios que por años y años han financiado a políticos, jueces y periodistas, el complejo militar-industrial-financiero, las dieciséis agencias que conforman la “comunidad de inteligencia” , tanques de pensamiento del establishment y las distintas ramas de las fuerzas armadas, todas las cuales son las que tendrán que llevar a la práctica –o “vender” política o diplomáticamente- las bravuconadas de Trump. Pero esos actores, a quienes nadie elige y que ante nadie deben rendir cuentas, tienen una agenda de largo plazo que sólo en parte coincide con la de los presidentes. Ocurrió con Kennedy, después con Carter y Obama, y seguramente volverá a pasar ahora. Dos ejemplos: el jefe del Pentágono James “Perro Rabioso” Mattis puede hacer honor a su apodo pero difícilmente sea un idiota y por buenas razones -desde el punto de vista de la seguridad del imperio- no quiere saber nada con debilitar a la OTAN. Y va a ser difícil que Stephen Mnuchin, el Secretario del Tesoro designado, un hombre surgido de las entrañas de Goldman Sachs, vaya a presidir una cruzada proteccionista y auspiciar el “populismo económico” contra el cual combatió sin resuello durante décadas desde Wall Street. 



¿Significa esto que deben tenernos sin cuidado los exabruptos verbales de Trump? De ninguna manera. Será preciso, más que nunca, estar alertas ante cualquier tropelía que pretenda hacer en Nuestra América. Sin duda continuará con la agenda de Obama: desestabilizar a Venezuela, promover el “cambio de régimen” (vulgo: contrarrevolución) en Cuba, acabar con los gobiernos de Bolivia y Ecuador y encuadrar, una vez más, a los países del área como obedientes satélites de Washington. Para lograr este objetivo, ¿irá a escalar esta agresión, que Obama no quiso, o no pudo, detener? Es muy poco probable. Ronald Reagan, con quienes a veces torpemente se lo compara, intervino abiertamente en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y en la Guerra de las Malvinas. Pero era otro contexto internacional: había un fenomenal tridente reaccionario formado por el propio Reagan con Margaret Thatcher y Juan Pablo II empeñado en demoler los restos del Estado de Bienestar y los proyectos socialistas; el Muro de Berlín estaba agrietado y la URSS venía cayendo en picada, sepultando a Rusia; y China no era ni remotamente lo que es hoy. Estados Unidos estaba llegando al apogeo de su poderío internacional. Hoy, en cambio, ya comenzó su irreversible declinación y el equilibrio geopolítico mundial es mucho menos favorable para Washington. Difícil, por no decir imposible, que el descarado intervencionismo reaganiano pueda ser replicado por DT en esta parte del mundo. Y si lo hiciera tropezaría con una generalizada repulsa popular que, como lo advirtiera Rafael Correa, movilizaría en contra de Washington a grandes masas en toda la región. Conclusión: el personaje es voluble, caprichoso e impredecible, pero el “estado profundo” que administra los negocios del imperio a largo plazo lo es mucho menos. Y en estos pasados quince años los pueblos de Nuestra América aprendieron varias lecciones.
8 de Enero, 2017
Este será un año especial. He aquí algunas de las razones. Mucho para conmemorar, y ejemplos que servirán como alicientes de lucha en tiempos difíciles como los que nos toca vivir, no sólo en Argentina sino en toda América Latina y, también, en gran parte del planeta.
1867 - 150 años de la publicación del Primer Tomo de EL CAPITAL, de Karl Marx, el primer y todavía hoy más profundo y definitivo análisis de la estructura y dinámica del modo de producción capitalista. NO se puede analizar al capitalismo prescindiendo de esta obra de Marx.. 


1917 - 100 años de la REVOLUCIÓN RUSA, la primera revolución proletaria triunfante en la historia universal y que partió, como un hachazo, la historia contemporánea.. A pesar de su defección final, el heroísmo de los bolcheviques abrió una nueva etapa en la historia universal y ya nada sería como antes.
1937 - 80 años de la muerte de ANTONIO GRAMSCI,una de las principales cabezas del marxismo en el siglo veinte y el más importante teórico del Estado capitalista contemporáneo y los procesos de dominación cultural
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1947 -70 años de la Resolución de la ONU sobre la Partición de la PALESTINA HISTÒRICA fuente de la cual brota la interminable crisis árabe-israelí y responsable fundamental del lento genocidio perpetrado en contra del pueblo palestino.
1967 - Asesinato del Guerrillero Heroico Ernesto "Che" GUEVARA en Bolivia. Con su muerte el "Che" se convirtió en un símbolo universal de la rebeldía y la lucha contra la injusticia en cualquier lugar del planeta.
Seguramente hay otros eventos más que conmemorar. Ayúdenme a recordarlos. Pero con estos cinco tenemos actividad para todo el año y que esas conmemoraciones nos sirvan para fortalecernos en nuestra lucha sin cuartel contra la dominación del capital, que día a día adquiere rasgos más despóticos, ¡SOCIALISMO O BARBARIE!


En uno de nuestros primeros análisis sobre el gobierno de Mauricio Macri decíamos que la Argentina estaba experimentando una doble involución: de país soberano a la semicolonia  (tema que no abordaremos en este momento) y desde la democracia al “régimen”, entendiendo por este un orden político que exhibe ciertos atributos formales y epifenoménicos de la democracia pero que son desmentidos por el espíritu profundamente autoritario que caracteriza las acciones del gobierno. La práctica anulación de la Ley de Medios, el intento de designar dos jueces de la Corte Suprema por decreto, el caso de Milagro Sala como presa política y en prisión sin que exista condena firme en su contra, la razzia de periodistas que no comparten la visión oficial en los medios públicos y, ahora, el saqueo de equipos de video y de audio, materiales, archivos, memorias digitales y fotografías de Resumen Latinoamericano, propinando un duro golpe a unas de las fuentes más importantes de contra información no sólo de la Argentina sino de América Latina. Los malechores no eran delincuentes comunes sino gentes que actuaron con total impunidad y seleccionando cuidadosa y prolijamente los objetos que robarían. Esto no puede ser visto como un episodio aislado ni como obra de delincuentes comunes. El Ministerio del Interior tiene que tomar cartas en el asunto, identificar a los autores del hecho y recuperar el precioso material documental que los compañeros de Resumen Latinoamericano acopiaron a lo largo de 24 años de labor. Van con estas palabras toda nuestra solidaridad y nuestra voluntad de colaborar con todo lo que esté a nuestro alcance para que Resumen Latinoamericano reanude su importantísima labor. Y un gran abrazo para Carlos Aznarez y María, y todo el equipo que tanto ha hecho por garantizar el acceso a la información genuina a los pueblo de América Latina.
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